(867-872)
Luego de la muerte de san Nicolás I, el clero romano y el pueblo eligieron,
aunque contra su voluntad, al venerable cardenal Adriano, universalmente conocido
por su caridad y amabilidad, y descendiente de una familia romana que ya había
dado dos pontífices a la Iglesia (Esteban III y Sergio II). Adriano tenía
setenta y cinco años, y ya en dos ocasiones había rechazado el
nombramiento.
Estuvo casado antes de recibir las órdenes sagradas, y su vejez fue
ensombrecida por una tragedia doméstica.
Como Papa, siguió fielmente los pasos de su enérgico predecesor.
Se esforzó por mantener la paz entre los avariciosos e incompetentes
descendientes de Carlomagno. En una entrevista en Monte Cassino, accedió
a administrar la comunión al arrepentido Lotario, rey de Lorena, pero
sólo después de exigirle una declaración pública
de que no había sostenido relaciones sexuales con su concubina desde
la prohibición papal de que volvería a tomar a su legítima
esposa, Teutberga, hasta la decisión final de la sede romana. También
propugnó vigorosamente contra Hincmar de Reims el derecho ilimitado de
los obispos de interpelar al soberano pontífice.
En el Octavo Concilio General, al cual convocó en Constantinopla en
el 869, y que fue presidido por más de diez nuncios, hizo efectivas la
excomunión de Focio y la restauración de la unidad entre Occidente
y Oriente. Fracasó en retener a los búlgaros del patriarcado de
Occidente. Esa nación determinó imprudentemente adherirse a Constantinopla,
decisión que terminó por acarrearle la ruina y el estancamiento.
Sin embargo, el Papa Adriano logró preservar a los eslavos occidentales
de un destino similar, al secundar los esfuerzos de los santos hermanos Cirilo
y Metodio. Su principal legado fue el reconocimiento de la liturgia en lengua
eslava. El Papa Adriano murió hacia finales del año 872.
Liber Pontif. (ed. DUCHESNE), 173-190; JAFFÉ, Regesta
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JAMES F. LOUGHLIN
Traducido por Douglas Agustín y Ochoa