Es el nombre que se da a la fórmula que
el sacerdote recita por triplicado en la Misa según el rito romano
(excepto el Viernes y Sábado santos). Se ubica al fin del canon, después
de la oración haec comixtio, etc. Una vez concluida esta
oración, el sacerdote tapa el cáliz con la palia, hace una genuflexión,
se levanta, inclina su cabeza (no su cuerpo) profundamente hacia el
altar y, juntas sus manos a la altura del pecho (o sea, sin colocarlas
sobre el altar), dice en voz alta: Agnus dei, qui tollis peccata
mundi, miserere nobis (Cordero de Dios, que quitas el pecado
del mundo, ten misericordia de nosotros), repite la fórmula una vez
más, sin modificarla, y otra vez, substituyendo el miserere
nobis por las palabras dona nobis pacem (danos la
paz), golpeándose el pecho con la mano derecha a cada miserere nobis y al dona
nobis pacem (mientras la mano izquierda reposa sobre el altar).
En las misas de réquiem, sin embargo, si bien la fórmula se repite
en la misma parte de la Misa, se dice dona eis requiem
(dales el descanso) en vez de miserere nobis y dona
eis requiem sempiternam (dales el descanso eterno) en lugar
de dona nobis pacem. En este caso, el sacerdote no se
golpea el pecho, sino que permanece con las manos juntas durante toda
la recitación. Estos detalles de la rúbrica se dan aquí porque ambos:
la fórmula y las ceremonias que la acompañan, han sufrido varios cambios
a través de las épocas y los diversos lugares. No hace falta aquí
entrar en las razones simbólicas de la práctica que aquí se describe.
La fórmula parece haber sido tomada directamente
del antiquísimo canto del Gloria in excelsis, con una
sola palabra cambiada: peccata por peccatum (aunque
peccatum aparece en otras fuentes, tales como el Misal de Stowe
y otros manuscritos ingleses, y el Antifonario de Bangor). En el texto
de los ritos romano y ambrosiano: Agnus Dei, Filius Patris,
qui tollis peccata mundi, miserere nobis; qui tollis peccata mundi,
suscipe deprecationem nostram; qui sedes ad dexteram Patris, miserere
nobis (Cordero de Dios, Hijo del Padre, que quitas los pecados
del mundo, ten piedad de nosotros; que quitas los pecados del mundo,
recibe nuestra súplica; que estás sentado a la diestra del Padre,
ten piedad de nosotros, N.T.), que contienen todas las palabras
de la fórmula original del Agnus Dei, podemos encontrar la fuente
inmediata de su texto. Su fórmula más remota es la declaración del
Bautista: Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccatum mundi
(Nota del traductor: He aquí al Cordero de Dios, he aquí al
que quita el pecado del mundo) (Jn 1, 29), reforzado por el
grito de los dos ciegos (Mt 9,
27): Miserere nostri, Fili David (Nota del Traductor: Ten
misericordia de nosotros, Hijo de david.). El origen
escriturístico de la fórmula es evidente a primera vista. Su simbolismo
se puede rastrear hasta el Apocalipsis con sus más de treinta referencias
al Cordero degollado desde el inicio del mundo (13, 8),
la sangre del Cordero (12, 11), están escritas en
el libro de la vida del Cordero (21, 27), y en los siguientes:
5,6; 7, 10, 17; 14, 4, 10; 15, 3; 19, 9; 21, 23; 22, 1, 3. Del Apocalipsis,
podemos seguir buscando en la Primera Carta de San Pedro (1,19): Con
una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla.
También en la lectura perpleja del eunuco de la reina Candace (Hech
8, 32-33): Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero
mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca. Y
finalmente, al gran capítulo mesiánico de Isaías (53, 7-12), que constituye
el objeto de la pregunta del eunuco: Te ruego me digas de quién
dice esto el profeta: ¿de si mismo o de otro?. Felipe, entonces, partiendo
de este texto de la escritura, se puso a anunciarle la buena nueva
de Jesús (Hech 8, 34-35). Si Isaías fue quien comparó
a Nuestro Salvador con un cordero, el Bautista fue el primero
que aplicó ese nombre a Nuestro Señor- He aquí al Cordero
de Dios- y sin duda lo hizo siguiendo un cierto sentido derivado
de algún antiguo modelo y profecía. Los cristianos podemos recordar
algunas instancias del Antiguo Testamento en que se menciona al cordero
pascual de los judíos, el animal será sin defecto, macho, de
un año (Ex 12, 5), cuya sangre, rociada en las puertas, los
protegería del ángel exterminador. Era una figura del Cordero Inmaculado
cuya sangre habría de vencer a la muerte y abrir para la humanidad
las puertas de la verdadera tierra prometida. También del sacrificio
perpetuo en el altar de la Nueva Alianza. El Bautista añade, a las
ideas de pureza inmaculada, de amabilidad, de rescate y sacrificio
eucarístico, la de universalidad de propósito: El que quita
los pecados del mundo, y no únicamente de Israel. Del Bautista
tomó el otro Juan la totalidad del simbolismo y lo repitió de tal
forma en los capítulos cuarto y quinto del Apocalipsis que prefiguraron los esplendores de la Misa
solemne: el Cordero sobre el altar, como sobre un trono; el clero
participante como los ancianos sentados en derredor, vestidos de túnicas
blancas; el canto del Sanctus, sanctus, sanctus; el incienso
que sube de los incensarios dorados y la música de las arpas; y luego,
como un cambio repentino, en medio de todo, un cordero de pie,
como degollado (5, 6). Naturalmente, el simbolismo de los tipos
y figuras del Antiguo Testamento, la profecía mesiánica de Isaías,
la declaración del Bautista y las revelaciones místicas del Apocalipsis
desde muy antiguo fueron conmemorados en el himno matutino del Gloria
in excelsis. Este originalmente formaba parte del oficio de
maitines. En forma algo distinta se encuentra también en las Constituciones
apostólicas y en los apéndices de la Biblia en el Codex
Alexandrinus del siglo V. Aparece utilizado por primera vez,
muy apropiadamente, en Roma, en la Misa de la Natividad. El Papa San
Símaco (498-514) extendió su uso a la misa episcopal. Sin embargo,
la forma distinta y condensada del Agnus Dei, en si misma, no fue
introducida en la Misa hasta el año 687, cuando el Papa Sergio I decretó
que durante la fracción de la Hostia tanto el clero como el pueblo
deberían entonarla: Hic statuit ut tempore confractionis dominici
corporis Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, a clero
et a populo decantetur (Nota del Traductor: Aquí se determinó
que al momento de la fracción del cuerpo del Señor se cantase por
el clero y el pueblo Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere
nobis.)" (Liber Pontificalis, ed. Duchesne, I, 381, nota 42). Duchesne acepta
la postura del Cardenal Bona sobre las razones de Sergio: "il
n'est pas defendu de voir, dans ce décret de Sergius, une protestation
contre le canon 82 du concile in Trullo, qui proscrivit la
representation symbolique du Sauveur sous forme d'agneau (Nota
del traductor: Es posible ver, en este decreto de Sergio, una
protesta en contra del canon 82 del Concilio in Trullo, que prohibía
la representación simbólica del Salvador bajo la forma de un cordero)".
En la liturgia de Santiago, al hacer la señal de
la cruz sobre el pan, antes de comulgar él, el sacerdote dice He
aquí el Cordero de Dios, el Hijo del Padre, que quita el pecado del
mundo, sacrificado por la vida y la salvación del mundo. Esa
fórmula se recita una sola vez. En un momento parecido, en la liturgia
de San Juan Crisóstomo, el celebrante divide la Hostia en cuatro
partes, con cuidado y reverencia (en el lenguaje de la
rúbrica) y dice: El Cordero de Dios es partido y distribuido.
Aquel que está partido no está dividido en partes. Comido, mas nunca
consumido, santifica a los que comulgan (Neale, History of
the Holy Eastern Church, Introducción, 650). Sin embargo, esas
palabras están ausentes de la antigua Misa del Santo (siglo IX). En
el Oficio de Prothesis (una especie de ceremonia preparatoria de la
misa, también llamada proskomedia, que significa preparación,
y que se lleva a cabo en la mesa de la oblación en la que se prepara
el Pan santo o Cordero santo, como le llaman)
que se usa hoy día, se hace referencia más detallada a la profecía
de Isaías en el ceremonial. Finalmente, el diácono, coloca el Cordero
sobre el disco y dice al sacerdote: ¡Sacrifica, Señor!,
a lo que el sacerdote responde, al tiempo que lo divide oblicuamente:
el Cordero de Dios es sacrificado. El que quita el pecado del
mundo, para vida y salvación del mundo (Neale, loc. Cit., 343,344).
Aunque es verdad que, a diferencia de otras liturgias, la romana no
ordena ningún canto para la fracción de la Hostia, el Agnus Dei- si
bien no es propiamente una oración- llena cabalmente ese vacío. Se
puede afirmar que esta fórmula aparece en la Misa Romana, en forma
más condensada que en la de Santiago y distinta a la ya mencionada
de San Crisóstomo, con toda la simetría del ceremonial y del simbolismo
más apropiado posible a una liturgia.
Las palabras del Liber Pontificalis (a
clero et a populo decantetur) abren la interrogante de si antes
era el coro solo quien cantaba la fórmula, como afirma Mabillon, y
era el caso durante el siglo IX y en tiempos de Inocencio III
(+ 1216). Originalmente el celebrante no la recitaba él mismo, dado
que las otras funciones ocupaban su atención, pero ciertamente ya
en el siglo XIII era común la introducción de esta recitación, y Durandus
hace notar que algunos sacerdotes lo hacían con las manos colocadas
sobre el altar y otros con las manos juntas ante el pecho. Martene
muestra que, aunque al inicio solamente se recitaba una vez, en algunas
iglesias se ordenaba que se recitara tres veces. Ejemplo de ello es
la iglesia de Tours, antes del año 1000, y un canónigo de Paris, Jean
Beleth, en un escrito del siglo XII, dice: Agnus Dei ter canitur
(Nota del traductor: El Agnus Dei se canta tres veces).
Por esa misma época se introdujo la costumbre de substituir dona
nobis pacem por el tercer miserere nobis, aunque
a modo de excepción el tercer miserere únicamente se decía
el Jueves Santo (quizás porque ese día no se acostumbra el ósculo
de paz). Una buena razón para la substitución del dona
nobis pacem se puede encontrar en su carácter preparatorio para
el ósculo de la paz (la Pax) que le sucede, a pesar
de que Inocencio III explica su introducción haciendo referencia los
disturbios y calamidades que afectaban a la Iglesia. La basílica Lateranense,
empero, conserva la costumbre antigua del triple miserere.
No hay huella del Agnus Dei en la Misa Romana del Misal
de Bobbio, ni en el de Stowe. Tampoco en el Mozárabe, ni en el Gelasiano,
ni el Ambrosiano (excepto en las misas ambrosianas de réquiem, en
las que aparece en su forma de triple invocación, como en el Misal
Romano, pero añadiendo a la tercera las palabras et locum indulgentiae
cum sanctis tuis in gloria) (Nota del traductor: y un
lugar de indulgencia con tus santos en la gloria). Se ha dicho
arriba que el Agnus Dei sigue hoy día a la oración Haec commixtio.
En los manuscritos de los siglos IX a XIII eso acontecía con
tanta frecuencia que un liturgista piensa que esa oración era la conclusión
ordinaria del canon de la Misa en la Edad Media. Al igual que en el
caso del Kyrie eleison y de otros textos del Ordinario
de la Misa (e.gr. el Gloria, la secuencia, el Santo, el Hosanna, el
Ite Missa est), las palabras del Agnus Dei fueron con frecuencia considerablemente
alargados por los tropos (Nota del traductor: figuras del lenguaje
en donde hay una mutación o traslación de significado, bien en lo
interno- pensamiento- o en lo externo-
palabra.) acostumbrados por los Festivae laudes
romanas (ignorantes, quizás, de su origen griego). Estas adiciones
estaban constituidas por prefacios, o intercalamientos, o frases conclusivas,
que en ocasiones tenían una relación estricta con el significado del
texto, y a veces eran simples composiciones individuales con una relación
puramente titular con el texto. El Cardenal Bona nos dejó un ejemplo
interesante:
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,
Crimina tollis, aspera molis, Agnus honoris,
Miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,
Vulnera sanas, ardua planas, Agnus amoris,
Miserere nobis.
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,
Sordida mundas, cuncta foecundas, Agnus odoris,
Dona nobis pacem.
(Nota del traductor: Cordero de Dios, que
quitas los pecados del mundo,
que quitas los crímenes, emparejas lo áspero, Cordero de honor,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Sanas las heridas, enderezas las dificultades, Cordero de amor,
Ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Limpias lo sucio, todo lo fecundas, Cordero de fragancia,
Danos la paz.)
El cardenal no menciona la fecha de su fuente, pero
el poema es citado también por Blume y Bannister en su Tropi
graduales [Analecta Hymnica (Leipzig, 1905), XLVII, 398], junto
con varias referencias a manuscritos fechados. Esta formidable colección
contiene no menos de 97 tropos del Agnus Dei. El siguiente tropo del
siglo X nos mostrará otra forma, en hexámetros clásicos, de la cual
hay muchos ejemplos:
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi,
Omnipotens, aeterna Dei Sapientia, Christe,
miserere nobis, Agnus Dei. . . peccata mundi,
Verum subsistens veo de lumine lumen,
miserere nobis. Agnus Dei. . . peccata mundi,
Optima perpetuae concedens gaudia vitae,
dona nobis pacem.
(Nota del traductor: Cordero de Dios, que
quitas los pecados del mundo,
Cristo Omnipotente, Sabiduría eterna de Dios,
ten piedad de nosotros, Cordero de Dios... los pecados del mundo.
Verdad que procedes de la verdadera luz,
ten piedad de nosotros, Cordero de Dios...los pecados del mundo.
Que concedes los mejores gozos de la vida eterna,
danos la paz.)
A veces los tropos no se basaban en la medida, ya
fuera clásica o acentuada, sino simplemente en un tipo primitivo de
prosa rítmica o, mejor, asonante, como el siguiente (siglo X), que
contiene el triple miserere nobis en vez del dona...:
Agnus Dei. . .peccata mundi,
Omnipotens, pie,
te precamur assidue,
miserere nobis.
Agnus Dei. . .peccata mundi,
Qui cuncta creasti,
Nobis semper (te) adiunge,
miserere nobis.
Agnus Dei. . .peccata mundi,
Redemptor, Christe,
Exoramus te supplices,
miserere nobis.
(Nota del Traductor: Cordero de Dios... los
pecados del mundo,
omnipotente, piadoso,
te suplicamos perseverantes,
ten misericordia de nosotros.
Cordero de Dios... los pecados del mundo,
que todo lo creaste,
únenos siempre a Ti,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios... los pecados del mundo,
Cristo redentor,
Te exhortamos suplicantes,
ten piedad de nosotros)
En ocasiones eran breves; a veces extensos, como
el siguiente (del que por causa de espacio sólo incluimos una estrofa)
del siglo XIII:
Agnus Dei,
Sine peccati macula
solus permanens
cuncta per saecula,
nostra crimina dele,
qui tollis peccata mundi;
Haec enim gloria soli
Domino est congrua;
Miserere nobis.
(Nota del Traductor: Cordero de Dios,
sin la mancha del pecado
permaneces solo,
borra todos nuestros crímenes
a través de los siglos,
Tú quitas los pecados del mundo.
Pues la gloria sólo pertenece al Señor,
Ten piedad de nosotros.)
Brevemente podemos mencionar otros dos usos del Agnus
Dei. Primero, antes de distribuir la comunión, ya sea durante o fuera
de la Misa, el sacerdote toma una partícula y la muestra a los fieles,
diciendo: Ecce Agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi. Domine
non sum dignus", etc. El uso de la fórmula en este sentido parece
ser de reciente aparición. Antiguamente, la fórmula usada era simplemente
Corpus Christi, Sanguis Christi, a lo que
los fieles respondían Amén, semejante a la fórmula usada
en la liturgia de San Marcos: El Santo Cuerpo, La
preciosa Sangre de Nuestro Señor y Dios y Salvador. En
segundo lugar, al fin de las letanías la fórmula aparece como sigue:
"Agnus Dei qui tollis peccata mundi, Parce nobis, Domine"
(Perdónanos, Señor). Agnus Dei qui tollis peccata mundi, Exaudi
nos, Domine" (Escúchanos, Señor). Agnus Dei qui tollis
peccata mundi, miserere nobis" (Ten piedad de nosotros).
Así se usaba en la letanía de los santos y en la de Loreto.
La letanía del Santísimo Nombre de Jesús añade la palabra Jesu
a la última palabra, y substituye Jesu por Domine
en las dos terminaciones anteriores. En la así llamada Litania Romana,
encontrada en un antiguo manuscrito del sacramentario de San Gregorio
Magno, la fórmula aparece una sola vez, y eso en las palabras
de la fórmula utilizada en la Misa: Agnus Dei... mundi, miserere
nobis. Su uso en las letanías es de fecha relativamente reciente.
Únicamente queda decir algo respecto a los acompañamientos
musicales del Agnus Dei en la Misa. Claro que en los inicios la melodía
era en tono recto, indudablemente sencilla y silábica. Subsecuentemente
adoptó formas más ricas. Estudios recientes de paleología musical
han rescatado del olvido las antiguas melodías. En el Kyriale
Vaticano (1905) encontramos veinte composiciones que reproducen los
antiguos textos en forma substancial. Dichas melodías van desde lo silábico, a través
de varios grados de lo florido, hasta lo moderadamente melismático.
Se puede obtener una idea general de las formas melódicas considerando
que hay 18 sílabas en el texto de alguna de las tres invocaciones,
y que el número de notas que acompañan a cada invocación de 18 sílabas
va de 19 (en cuyo caso únicamente una de las sílabas puede recibir
dos notas) a 61 (como en el número V del Kyriale). En
el número V, sin embargo, la primera sílaba tiene cinco notas y una
mera enumeración de las notas no basta para describir el carácter
y el flujo de la melodía, aunque tal enumeración ayudaría a formarse
una idea de la riqueza o de la pobreza melódica. La conocida melodía
del Agnus Dei de la Misa de Réquiem, con sus 20 notas para 18 sílabas,
describe un canto puramente silábico y ayuda a explicar su carácter
de apoyo en los días penitenciales, tales como las ferias de Cuaresma
y Adviento, o los días de rogativas y vigilias, a los que normalmente
los asigna el Kyriale. En lo tocante a la variedad de
melodías ofrecidas en la triple invocación, encontramos seis misas
(I, V, VI, XVIII, XIX, XX) en las que la melodía permanece idéntica
en las tres- lo que puede categorizarse como forma a, a, a. Hay
12 misas en las que la melodía del primer y tercer Agnus Dei es idéntica
y distinta a la del segundo- lo que podría clasificarse como a,
b, a. Y una misa en la que son iguales las dos primeras, con diferencias
en la tercera (número VIII): a, a, b. Sin
embargo, en las de tipo a, b, a pueden hallarse correspondencias
melódicas en algunas partes del texto en a y b. Por
el contrario, en la forma a, b, c la melodía del nobis
es común a las tres. Podemos percibir en todo ello la operación de
excelentes trabajos de simetría y forma en medio de una gran variedad
melódica. Las melodías llanas del Agnus Dei (como la de otros cantos,
de entre los cuales los Kyries muestran una obvia y semejante simetría,
mientras que los cantos más melismáticos del propio de la Misa producen
resultados sorprendentemente bellos una vez analizados técnicamente)
son signos que ilustran el hecho de que los antiguos compositores,
si bien trabajaban bajo conceptos de música diversos de los que se
tienen hoy día, tenían una percepción muy clara de la forma en el
arte musical y reglas de construcción y criticismo que nosotros, muy
probablemente, no hemos llegado aún a apreciar. [Wagner, "Einfuhrung
in die Gregorianischen Melodien" (Friburgo, Schweiz, 1895), 247-250;
también en la revista trimestral de Filadelfia, "Church Music",
Junio 1906, 362-380, dos artículos sobre el introito "Gaudeamus
omnes in Domino", y marzo, 1906, 222-232, el artículo sobre el
"Haec dies"].
El texto del Agnus Dei, con su triple repetición,
y en posesión de derechos de simetría textual, era muy respetado por
los compositores medievales. El hecho que, en ese sentido, distingue
las formas de tratamiento de estos últimos de las usadas por los maestros
compositores de música sacra moderna es la ausencia de cualquier tratamiento
del Dona nobis pacem, ese movimiento de grand finale
en el que los modernos han acostumbrado reunir todas sus energías
técnicas, voces, e instrumentos, y al que le asignan un movimiento
enteramente distinto al que le precede. Ejemplos conocidos de ésto
se encuentran en la gran misa en Si menor de Bach, donde los dos primeros
Agnus Dei son solos altos, seguidos por el Dona en una
fuga de cuatro partes. Muy característico de la elevación musical
y litúrgica del Dona del Agnus Dei en esta composición
es el hecho de que no existe el tercer Agnus Dei.
En la misa monumental en Re de Beethoven, el solista
y el coro cantan el adagio Agnus... nobis tres
veces, con el Dona constituyendo un movimiento nuevo en
allegretto vivace que requiere más del triple de páginas que
el triple Agnus. Ocurre lo mismo en su misa en Do, donde
el Dona, en allegro ma non troppo, ocupa tres veces
más páginas que todo el texto precedente en poco andante. Cosa
idéntica se observa en el Dona de la tercera misa de Hayden,
en allegro vivace, que requiere el doble de páginas que el
restante adagio. Y en su primera, en el adagio para
cuerdas solamente del Agnus; en el Dona, en
alegro, para oboe, trompeta , y cuerdas; en la sexta, con el
Agnus en adagio, ¾, y el Dona, allegro
con spiritu, 4/4; en la Decimasexta, el
Agnus, en adagio, 4/4, para cuerdas, clarinetes,
trompetas, tímpanos, y órgano. Los ejemplos se pueden multiplicar
si acudimos a otras misas, de Mozart, Schubert y otros.
Una excepción muy interesante se encuentra en las misas de Gounod
(lo cual es de esperarse, habida cuenta de su entrenamiento y estudios
polifónicos), respecto a la triple simetría del texto, y así encontramos
en su Agnus una simetría parecida a la del canto llano
primitivo. Su misa segunda de los Orfeonistas nos da un
tipo a, a, b (que concuerda, extrañamente, con el único ejemplo
de ese tipo en el Kyriale, al tener una única fórmula
musical para los dos nobis y el Dona). Su
misa del Sagrado Corazón es del tipo a, b, a, con
ligeras variaciones; su Santa Cecilia (que omite las interpolaciones
del Domine non sum dignus), es del tipo a, a, a, con
una pequeña variación. Gounod interpola el Domine no
sum dignus lo que le ha valido severas críticas de haber violado
la liturgia. De hecho sí lo hizo, pero es interesante notar ahí un
eco de la costumbre medieval de la que se habló en la parte anterior
de este artículo, al hablar de los tropos en los textos litúrgicos.
El tropo de Gounod es obra de su fantasía, pero al menos se apegó
al espíritu litúrgico al seleccionar el texto intercalado. También
es muy apropiado a la parte de la misa en donde fue colocado: la comunión
del sacerdote y del pueblo. No merece atención, por otra parte, el
tratamiento casi dramático que se le ha dado al Agnus Dei en tiempos
modernos (e.g., la misa de Hayden in tempore belli, la misa
en Do de Beethoven, con redoble de tambores acentuando las
bendiciones de la paz en contraste con los horrores de la guerra),
o los arreglos que han desfigurado de tal modo la belleza de los textos
litúrgicos, a causa de las omisiones, inserciones y adiciones de palabras,
o a causa de las interposiciones de palabras, que casi desaparece
el sentido original. Ejemplo de ello es la Misa en Sol de Poniatowski,
simplemente para elegir una, que indiscriminadamente añade a cada
Agnus... mundi una mezcla de miserere y Dona,
y cuyo simbolismo no queda claro. Estos excesos litúrgicos son el
resultado del instinto dramático que opera en el campo de la música
sacra.
H.T. HENRY
Transcrito por Michael T. Barrett
Dedicado al coro de la misa latina de San José, en Salem, Oregon.
Traducción: Javier Algara Cossío