Aquí vamos a tratar sobre los espíritus-mensajeros
y vamos a tocar los siguientes puntos:
Los ángeles, a lo largo de toda la Biblia,
aparecen representados como un cuerpo de seres espirituales que son
intermediarios entre Dios y los hombres: "Lo creaste (al hombre) poco
inferior a los ángeles" (Salmo 8,6). Ellos, al igual que los
hombres, son seres creados; "Alabadle, ángeles suyos todos,
todas sus huestes, alabadle! Alaben el nombre de Yahveh. pues él
lo ordenó y fueron creados" (Salmo 148, 2, 5: Colosenses 1,
16-17). El hecho de que los ángeles fueron creados, fue confirmado
en el Cuarto Concilio de Letrán (1215). El decreto llamado
"Firmiter", contra los albigenses, habla del hecho de que ellos fueron
creados, y que los hombres fueron creados después de ellos.
Este decreto fue repetido por el Concilio Vaticano Primero, en su
decreto "Dei Filius". Hacemos mención aquí de él,
porque las palabras: "El que vive eternamente lo creó todo
por igual" (Eclesiástico 18,1) se usan para demostrar la creación
simultánea de todas las cosas; pero generalmente se considera
que "juntos" (simul) puede aquí significar "igualmente",
en el sentido de que todas las cosas fueron "igualmente" creadas.
Son espíritus; el autor de la Epístola a los Hebreos
dice: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con
la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?"
(Heb 1, 14).
"Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un
Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los
cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de
fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría
y manaba delante de él. Miles de millares le servían,
miríadas de miríadas estaban en pie delante de él.
El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. (Daniel
7,9-10; cf. Salmo 96, 7; Salmo 102, 20; Isaías 6, etc.).Esta
función de las huestes angélicas es expresada por
la palabra "presentarse" (Job 1, 6; 2, 1), es decir, estar presentes
ante Dios, y el Señor declara que esa es su función
perpetua (Mt 18, 10). En más de una ocasión se dice
que hay siete ángeles cuya principal función es
la de "estar siempre presentes ante la gloria de Dios" (Tob, 12,
15; Ap 8, 2-5). Esta misma idea puede querer significar "el ángel
de Su presencia" (Is 63,9) una expresión también
dada en el pseudo-epigráfico "Testamento de los Doce Patriarcas".
Mensajeros de Dios para la humanidad
Pero estos vistazos de la vida que está más allá
de lo conocido, son sólo ocasionales. Los ángeles
que aparecen en la Biblia, generalmente tienen la misión
de ser mensajeros de Dios para la humanidad. Ellos son los instrumentos
que utiliza para comunicar Su plan a los hombres, y en la visión
de Jacob, ellos son descritos ascendiendo y descendiendo una escalera
que va desde la tierra al cielo, mientras que el Padre Eterno contempla
al vagabundo de abajo. Fue un ángel quien encontró
a Agar en el desierto (Gén, 16); unos ángeles sacaron
a Lot de Sodoma; fue un ángel quien le anunció a Gedeón
que debía salvar a su pueblo; un ángel anuncia el
nacimiento de Sansón (Jueces, 13), y el ángel Gabriel
instruyó a Daniel (Dan 8,16), aunque aquí no se le
llama ángel, sino "el hombre Gabriel" (9,21). Este mismo
espíritu celestial anunció el nacimiento de San Juan
Bautista y la Encarnación del Redentor, la tradición
le atribuye también el mensaje a los pastores (Lucas, 2,
9), y la misión más gloriosa de todas, la de fortalecer
al Rey de los Ángeles en Su Agonía (Lucas 22,43).
La naturaleza espiritual de los ángeles es manifestada de
manera muy clara en el relato que Zacarías hace de las revelaciones
que recibió por medio de un ángel. El profeta dice
que el ángel estaba hablando "en él". Esto parece
implicar que él era consciente de una voz interior que no
era la de Dios sino la de Su mensajero. El texto Masorético,
la Septuaginta, y la Vulgata describen de esta misma manera el mensaje
que el ángel dio al profeta. Es una pena que la "Versión
Revisada" haya, en clara oposición a los textos antedichos,
oscurecido este rasgo traduciéndolo: "el ángel que
hablaba conmigo": en vez de "dentro de mí" (cf. Zac 1, 9,
13-14; 2, 3; 4, 5; 5, 10).
Estas apariciones de ángeles generalmente duran sólo
el tiempo que dura el mensaje, pero frecuentemente su misión
se prolonga, y son también representados como los guardianes
de las naciones en momentos en que se da algún problema específico,
por ejemplo durante el Éxodo (Éxodo 14, 19; Baruc, 6,
6). Los Padres interpretan por igual que cuando se dice "el príncipe
del Reino de Persia" (Dan 10, 13; 10, 21) debemos entender el ángel
a quien se le confió el cuidado espiritual de ese reino, y
quizá podemos ver en el "hombre de Macedonia" que se le apareció
a San Pablo en Tróada, al ángel
guardián de ese país (Hechos 16, 9). La Septuaginta
(Dt 32, 8) ha conservado un fragmento con esta idea, aunque es difícil
calibrar su significado exacto: "Cuando el Altísimo dividió
las naciones, cuando esparció a los hijos de Adán,
estableció los límites de las naciones según
el número de los ángeles de Dios". Cuán grande
era el papel que el ministerio de los ángeles representaba
no sólo en la teología hebrea, sino también en
las ideas religiosas de otras naciones, lo podemos ver en la expresión
"como un ángel de Dios". Es usada en tres ocasiones para David
(2Sam 14, 17, 20; 14, 27) y una vez por Akis de Gat (1Sam 29,9). Incluso
Ester lo usa para designar a Asuero (Ester 15, 16), y se dice que
la cara de San Esteban parecía "como la de un ángel"
cuando estaba de pie ante el Sanedrín (Hechos 6, 15).
Guardianes personales
En toda la Biblia encontramos repetidamente que cada alma tiene
su ángel guardián. Abraham, al enviar a su
siervo ha buscarle una esposa a Isaac, le dice: "Él enviará
su Ángel delante de ti" (Génesis 24, 7). Las palabras
del Salmo noventa que el diablo le citó al Señor
Jesús (Mt.4, 6) es bien conocido, y Judit relata su hecho
heroico diciendo: "Vive el Señor, cuyo ángel ha sido
mi guardián" (13, 20). Estos pasajes y muchos parecidos (Gén,
16, 6-32; Oseas, 12, 4; 1Re 19, 5; Actos 12, 7; Sal 33, 8), si bien
por sí mismos no son una prueba acerca de que cada persona
tiene su ángel guardián designado, se complementan
con las palabras del Señor Jesús: "Guardaos de menospreciar
a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles,
en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está
en los cielos" (Mt 18, 10), palabras que ilustran el comentario
de San Agustín: "Lo que está escondido en el Antiguo
Testamento, es hecho manifiesto en el Nuevo". De hecho parece que
el libro de Tobías, más que cualquier otro, está
dirigido a enseñarnos esta verdad, y San Jerónimo
en su comentario sobre las palabras anteriormente mencionadas del
Señor Jesús dice: "La dignidad de una alma es tan
grande, que cada uno tiene un ángel guardián desde
su nacimiento". La doctrina acerca de que los ángeles son
designados nuestros guardianes es considerada una verdad de fe,
pero que cada miembro de la humanidad tiene su propio ángel
guardián no es de fe (de fide); sin embargo esta idea
tiene tal apoyo por parte de los Doctores de la Iglesia que sería
temerario negarlo (cf. San Jerónimo, supra). Pedro
Lombardo (Sentencias, lib. II, dist. XI) se inclinó por la
idea de que cada ángel estaba encargado de varios seres humanos.
Las hermosas homilías de San Bernardo (11-14) sobre el Salmo
noventa, respiran el espíritu de la Iglesia pero sin resolver
la cuestión. La Biblia no sólo representa a los ángeles
como nuestros guardianes, sino también como nuestros intercesores.
El ángel Rafael (Tob 12, 12) dice: "Ofrecí oraciones
al Señor por ti" (cf. Job, 5, 1 (Septuaginta), y 33,23 (Vulgata);
Apocalipsis 8,4). El culto católico a los ángeles
tiene, por ello, fundamento escriturístico. Quizás
la declaración explícita más temprana sobre
esto lo tenemos en las palabras de San Ambrosio: "Debemos rezarle
a los ángeles que nos son dados como guardianes" (De Viduis,
IX); (cf. San Agustín, Contra Faustum, XX, 21). El culto
indebido a los ángeles es reprobado por San Pablo (Col, 2,
18), y que esta tendencia se siguió dando por mucho tiempo
en este mismo lugar lo atestigua el Canon 35 del Sínodo de
Laodicea.
Como agentes divinos que gobiernan el mundo
Los pasajes anteriores, especialmente aquellos relacionados con ángeles
que tenían encargos diversos, nos permite entender la idea
casi unánime de los Padres de que son los ángeles quienes
pusieron por obra la ley de Dios con respecto al mundo físico.
La creencia semítica en el genii y en espíritus
que causan el bien o el mal es bastante conocido, y rastros de ello
serán hallados en la Biblia. Por ello, la peste que devastó
a Israel por culpa del pecado de David por censar al pueblo de Israel,
le es atribuida a un ángel el cual se dice que David vio (2Sam
24, 15-17, y de manera más explícita en 1Cro 21, 14-18).
Incluso el viento que susurra en la copa de los árboles era
considerado como un ángel (2Sam 5, 23-24; 1Cro 14, 14-15).
Esto es declarado de forma más explícita en el pasaje
de la piscina Probática (Juan 5, 1-4), aunque existen algunas
dudas sobre este texto; en este pasaje se dice que el movimiento de
las aguas era realizado por las visitas periódicas de un ángel.
Los semitas estaban convencidos de que toda la armonía del
universo, así como las interrupciones de esta armonía,
era debido a Dios como creador, pero llevadas a cabo por Sus ministros.
Esta idea está fuertemente marcada en el "Libro de los Júbilos"
en él las hordas celestiales de ángeles buenos y malos
están siempre actuando en el universo material. Maimónides
(Directorium Perplexorum, IV y VI) citado por Santo
Tomás de Aquino (Summa Theol., I:1:3) dice que la Biblia
frecuentemente delinea los poderes de los ángeles de la naturaleza,
ya que ellos manifiestan la omnipotencia de Dios (cf. San Jerónimo,
En Mich., VI, 1, 2; P. L., IV, col. 1206).
Organización jerárquica
Si bien los ángeles que aparecen mencionados en los libros
más tempranos del Antiguo Testamento son impersonales y quedan
ensombrecidos por la importancia del mensaje que llevan o por la
obra que realizan, no nos dan ninguna información acerca
de la existencia de una cierta jerarquía en el ejército
celestial.
Después de la expulsión de Adán del Paraíso,
este es defendido de nuestros Primeros Padres por querubines
que son ministros de Dios, aunque nada se menciona acerca de su
naturaleza. Sólo una vez más aparece la figura de
un querubín en la Biblia, en la maravillosa visión
que tuvo Ezequiel en la que los describe con muchos detalles (Ezeq
1), y que en Ezequiel 10 los llama querubines. El Arca era defendida
por dos querubines, pero sólo tenemos conjeturas acerca de
cómo eran. Se ha sugerido, con gran probabilidad, que estos
pueden ser comparados con los toros y leones alados que cuidan los
palacios asirios, y también con los extraños hombres
alados con cabeza de halcones pintados en las paredes de algunas
de sus construcciones. Los serafines sólo aparecen en la
visión de Isaías, 6, 6.
Ya hemos mencionado a los siete místicos que están
de pie ante Dios, y parece que en ellos tenemos una indicación
de un cordón interno que rodea el trono. El término
arcángel sólo aparece en San Judas y 1Tes., 4,
15; pero San Pablo nos da otras dos listas de nombres de las cohortes
celestiales. Nos dice (Ef 1, 21) que Cristo está "por encima
de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación"; y, escribiendo
a los Colosenses (1, 16), dice: "porque en él fueron creadas
todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las
invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades".
Hay que señalar que San Pablo
usa dos de estos nombres para señalar los poderes de la oscuridad
cuando (2, 15) dice que una que Cristo haya "despojado los Principados
y las Potestades. incorporándolos a su cortejo triunfal". Y
no es de menos importancia que sólo dos versículos después
advierta a sus lectores a no dejarse seducir por "el culto de los
ángeles". Aparentemente pone su sello en una cierta angelología
permitida, y al mismo tiempo advierte en contra de las supersticiones
sobre este asunto. Tenemos una insinuación de algunos excesos
en el Libro de Enoc, en el que, como ya dijimos, los ángeles
tienen un papel bastante desproporcionado. Al igual, Josefo nos dice
(Be. Jud., II, VIII, 7) que los esenios realizaban un voto para preservar
los nombres de los ángeles.
Ya hemos visto como (Daniel 10, 12-21) varios ángeles están
designados a varios lugares, y que se les llama sus príncipes,
y este mismo rasgo reaparece de manera más notable en el
Apocalipsis "los ángeles de las siete Iglesias", aunque es
imposible decir el significado preciso de este término. Generalmente
estos siete Ángeles de las Iglesias son considerados los
Obispos que ocupan éstas sedes. San Gregorio Nacianceno en
su carta a los Obispos en Constantinopla en dos ocasiones les dice
"Ángeles", según el idioma del Apocalipsis.
El tratado "De Coelesti Hierarchia" atribuido a San Dionisio Areopagita,
y que ejerció una gran influencia entre los escolásticos,
trata con muchos detalles las jerarquías y órdenes
de los ángeles. Generalmente se considera que este trabajo
no pertenece a San Dionisio, y que fue escrito algunos siglos después.
Si bien su doctrina acerca de los coros de ángeles ha sido
aceptada en la Iglesia con gran unanimidad, ninguna proposición
referente a las jerarquías angélicas es dogma de fe.
El siguiente pasaje de San Gregorio Magno (Hom. 34, en Evang.) nos
dan una idea clara del punto de vista de los doctores de la Iglesia
acerca de este punto:
Sabemos por la autoridad de la Escritura que existen nueve órdenes
de ángeles: Ángeles, Arcángeles, Virtudes,
Potestades, Principados, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines.
Que existen Ángeles y Arcángeles casi todas las páginas
de la Biblia nos lo dice, y los libros de los Profetas hablan de
Querubines y Serafines. San Pablo, también, escribiendo a
los Efesios enumera cuatro órdenes cuando dice: 'sobre todo
Principado, Potestad, Virtud, y Dominación'; y en otra ocasión,
escribiendo a los Colosenses dice: 'ni Tronos, Dominaciones, Principados,
o Potestades'. Si unimos estas dos listas, tenemos cinco Órdenes,
y agregando los Ángeles y Arcángeles, Querubines y
Serafines, tenemos nueve Órdenes de Ángeles.
Santo Tomás (Summa Theologica I:108), siguiendo a San Dionisio
(De Coelesti Hierarchia, VI, VII), divide a los ángeles en
tres jerarquías cada una de las cuales contienen tres órdenes.
Su proximidad al Ser Supremo sirve como base para esta división.
En la primera jerarquía pone a los Serafines, Querubines,
y Tronos; en la segunda, a las Dominaciones, Virtudes, y Potestades;
en la tercera, a los Principados, Arcángeles, y Ángeles.
Los únicos nombres que nos dan la Escritura de ángeles
en particular son los de Rafael, Miguel, y Gabriel,
nombres que significan sus atributos. Los libros judíos apócrifos,
como el Libro de Enoc, nos dan el de Uriel y Jeremiel, mientras
que otras fuentes apócrifas nos dan muchos más, como
por ejemplo Milton en su "Paraíso Perdido". (Para conocer
sobre el uso supersticioso de estos nombres, véase más
arriba).
El número de ángeles
Frecuentemente se dice que el número de los ángeles
es prodigioso (Daniel 7,10; Apocalipsis 5,11; Salmo 67,18; Mateo
26,53). Del uso de la palabra huestes (sabaoth) como sinónimo
del ejército celestial es difícil no darse la idea
de que el término "Señor de las Huestes" se refiere
al mando Supremo de Dios sobre la multitud angélica (cf.
Deuteronomio 33,2; 32,43; Septuaginta). Los Padres ven una referencia
al número referente de hombres y ángeles en la parábola
de las cien ovejas (Lucas 15,1-3), aunque esto puede parecer algo
imaginativo. Los escolásticos, nuevamente siguiendo el tratado
"De Coelesti Hierarchia" de San Dionisio, consideran la preponderancia
del número como una perfección necesaria de las huestes
angélicas (cf. Santo Tomás, Summa Theol., I:1:3).
Los ángeles malos
La distinción entre ángeles buenos y ángeles
malos aparece constantemente en la Biblia, pero es importante señalar
que no existe señal alguna de dualismo o conflicto entre
dos principios iguales, uno bueno y otro malo. El conflicto descrito
es más bien realizado en la tierra entre el Reino de Dios
y el Reino del Maligno, pero siempre con la inferioridad del último.
La existencia, pues, de este espíritu inferior, y por consiguiente
creado, debe de ser explicado.
El desarrollo gradual de la conciencia hebrea sobre este tema está
claramente presente en la Sagrada Escritura. El relato de la caída
de nuestros Primeros Padres (Gén, 3) es expresado en tales
términos que es imposible ver en ellos otra cosa diferente
que la existencia de un agente del mal quien está envidioso
de la raza humana. La declaración (Gén, 6, 1) de que
los "hijos de Dios" se casaban con las hijas de los hombres es explicado
por la caída de los ángeles, en Enoc, 6-11, y en los
códices, D, E, F, y A de la Septuaginta dice frecuentemente,
por "hijos de Dios", oi aggeloi tou theou. Desgraciadamente,
los códices B y C son diferentes que el Génesis 6,
pero probablemente es porque ellos, también, leyeron oi
aggeloi en este pasaje, pues constantemente ponen la expresión
"los hijos de Dios"; cf. Job, 1, 6; 2, 1; 38, 7; pero por otro lado,
véase Sal 2, 1; 88, & (Septuaginta). Filón, haciendo
un comentario sobre este pasaje en su tratado "Quod Deus sit immutabilis",
I, sigue a la Septuaginta. Para conocer la doctrina de Filón
sobre los Ángeles, cf. "De Vita Mosis", III, 2, "De Somniis",
VI: "De Incorrupta Manna", I; "De Sacrifciis", II; "De Lege Allegorica",
I, 12; III, 73; y para el punto de vista del Génesis 6, 1,
cf. San Justino, Apol., II, 5. Debe además señalarse
que la palabra hebrea nephilim que es traducida por
gigantes, en 6,4, pueden significar "los caídos".
Los Padres generalmente se lo refieren a los hijos de Set, el linaje
escogido. En I K., XIX, 9, se lee que un espíritu malo posee
a Saúl, aunque es probablemente una expresión metafórica;
más explícito es el III B., XXII, 19-23, en donde
se describe a un espíritu en medio del ejército celestial
y que por invitación del Señor, aparece como un espíritu
mentiroso en la boca de los falsos profetas de Ajab. Podemos, siguiendo
a los escolásticos, explicar esto como un malum poenae
el cual es realizado por Dios a causa de las faltas de los hombres.
Una más exacta exégesis insistiría en el tono
totalmente imaginativo de todo este episodio; no es tanto la manera
en el que el mensaje es dado sino su sentido real lo que queremos
desarrollar aquí.
El cuadro que nos da Job 1 y 2, es igualmente imaginativo; pero
Satanás, quizás la individualización más
temprana del Ángel caído, se presenta como un intruso
que envidia a Job. Él es, evidentemente, un ser inferior
a la Deidad y puede sólo tocar a Job con permiso de Dios.
La manera en la que el pensamiento teológico avanzó
a medida en que la cantidad de la revelación aumentó,
lo podemos ver en una comparación entre 2Sam, 24, 1, y 1Cro
21, 1. Mientras que en el primer pasaje se dice que el pecado de
David fue debido a "la ira del Señor" que "incitó
a David", en el último leemos que "Satanás incitó
a David para hacer el censo del pueblo de Israel". En Job 4, 18,
nos parece encontrar una declaración clara sobre la caída:
"Y aún a sus ángeles achaca desvarío". La Septuaginta
de Job contiene algunos interesantes pasajes con respecto a ángeles
vengadores en quienes quizá podemos ver a los espíritus
caídos, así en 33, 23: "Si hay mil ángeles
mediadores de la muerte en su contra, ninguno de ellos le hará
daño"; y en 36, 14: "Incluso si sus almas mueren en plena
juventud, serán heridos por los ángeles"; y en 21,
15: "Las riquezas injustamente aumentadas serán vomitadas,
un ángel lo sacará de su casa"; cf. Prov 17, 11; Sal
34, 5, 6; 77, 49, y especialmente, Eclesiástico 39, 33, un
texto que, hasta donde puede ser deducido por el estado actual del
manuscrito, estaba en el original hebreo. En algunos de estos pasajes,
es verdad, los ángeles pueden ser considerados como los vengadores
de la justicia de Dios, sin ser, por consiguiente, los espíritus
malos. En Zac 3, 1-3, Satanás se le llama al adversario que
suplica ante el Señor contra el Sumo Sacerdote Josué.
Isaías 14, y Ezequiel 28, son para los Padres el loci
classici con respecto a la caída de Satanás (cf.
Tertul., adv. Marc., II, X); y el mismo Señor Jesús
ha dado color a esta idea usando las imágenes de este último
pasaje al decir a Sus Apóstoles: "Yo veía a Satanás
caer del cielo como un rayo" (Lucas 10, 18). En tiempos del Nuevo
Testamento la idea de los dos reinos espirituales se ve con claridad.
El diablo es un ángel caído que con su caída
arrastró consigo multitudes de la hueste celestial. El Señor
Jesús se refiere a él como "el Príncipe de
este mundo" (Juan 14, 30); el tentador de la raza humana que intenta
involucrarlos en su caída (Mateo 25, 41; 2Pedro, 2, 4: Ef
6, 12: 2Cor 11, 14; 12, 7). La representación cristiana del
diablo bajo la forma de un dragón deriva especialmente del
Apocalipsis (9, 11-15; 12, 7-9), en donde se le menciona como el
"ángel del hoyo sin fondo", "el dragón", "la serpiente
antigua", etc., y se le representa como si realmente hubiese estado
combatiendo con el Arcángel Miguel. La similitud entre estas
escenas y los antiguos relatos babilónicos sobre la lucha
entre Merodak y el dragón Tiamat son muy parecidos. Si vinculamos
su origen a las vagas reminiscencias de los increíbles saurios
que antiguamente poblaron la tierra es una cuestión discutible,
pero el lector curioso puede consultar a Bousett, "The Anti-Christ
Legend" (tr. al inglés por Keane, Londres, 1896). El traductor
ha prefijado un interesante discurso sobre el origen del mito babilónico
del Dragón.
El término "Ángel" en la septuaginta
Hemos tenido ocasión de mencionar la versión Septuaginta
en más de una ocasión, y no puede ser tomado a mal mostrar
unos pasajes en el que es nuestra única fuente de información
con respecto a los ángeles. El pasaje más conocido es
Is 9, 6, en que la Septuaginta da al Mesías el nombre de "Ángel
del gran Consejo". Nosotros ya hemos hablado de Job 20, 15, donde
la Septuaginta dice "Ángel" en lugar de "Dios", y en 36, 14,
donde parece trata de ángeles malos. En 9, 7, la Septuaginta
(B) dice: "Él es el hebreo" (5, 19) dice de "Behemot": "Él
es el inicio de los caminos de Dios, el que lo creó hará
su espada para acercarse":, la Septuaginta dice: "Él es el
principio de la creación de Dios, creado para que Sus Ángeles
se mofen", y el mismo comentario es hecho sobre "Leviatán",
41, 24. Ya hemos visto que la Septuaginta generalmente da el término
"los hijos de Dios" por "ángeles", pero en Dt 32, 43, la Septuaginta
menciona ambas condiciones: "Exultad en Él todos los cielos,
y adórenle todos los ángeles de Dios; exultad las naciones
con su pueblo, y glorifíquenle todos los Hijos de Dios". Ni
siquiera la Septuaginta nos da aquí una referencia adicional
a los ángeles; la cual en ocasiones nos permite corregir pasajes
difíciles sobre ellos en la Vulgata y en los textos Masoréticos.
Por ejemplo, el difícil Elim del texto Masorético
en Job 41, 17, la Vulgata traduce como "ángeles", y la Septuaginta
"bestias salvajes". Las ideas en la antigüedad sobre la personalidad
de las diferentes apariencias angélicas son, como hemos visto,
notablemente vagas. Al principio los ángeles eran considerados
en una forma bastante impersonal (Gén 16, 7). Son mensajeros
de Dios y a menudo se les identifica con el Autor de su mensaje (Gén
48, 15-16). Pero mientras que en el pasaje del encuentro entre Jacob
leemos los "Ángeles de Dios" (Gén 32, 1), en otros leemos
de uno que es llamado "el Ángel de Dios" par excellence,
por ejemplo Gén 31, 11. Es verdad que, debido al modismo hebreo,
esto puede significar sólo "un ángel de Dios", y la
Septuaginta lo traduce con o sin el artículo, a voluntad; parece
que los tres visitantes en Mambré eran de diferente rango,
aunque San Pablo (Heb., 13, 2) los
consideró a todos igualmente ángeles; en el relato de
Gén 13, el que habla es siempre "el Señor". En el relato
del Ángel del Señor que visitó a Gedeón
(Jueces, 6), al visitante se le llama tanto "el Ángel del Señor"
como "el Señor". De igual manera, en Jueces 13, el Ángel
del Señor se aparece, y tanto Manóaj como su esposa
exclaman: "Seguro que vamos a morir, porque hemos visto a Dios". Esta
búsqueda de claridad se puede ver especialmente clara en los
varios relatos que el Éxodo da de Ángeles. En Jueces
6, mencionado recientemente, la Septuaginta tiene mucho cuidado en
usar el hebreo "Señor" en vez de "el Ángel del Señor";
pero en la historia del Éxodo es el Señor que va delante
de ellos como una columna de nube (Ex 13, 21), y la Septuaginta no
realiza ninguna modificación (cf. también Num 14, 14,
y Ne 9, 7-20). Pero, en Ex 14, 19, el que los guía es llamado
"el Ángel de Dios". Cuando leemos Ex 33, en donde Dios está
enfadado con Su gente por adorar al becerro de oro, es difícil
no ver al mismo Dios como guía del pueblo, pero que ahora se
niega a acompañarlos. Dios les ofrece a un ángel a cambio,
pero por pedido de Moisés, dice (14) "Mi rostro irá
contigo", la Septuaginta lo traduce por autos pero el versículo
siguiente muestras que esa traducción no es posible, pues Moisés
responde: "Si no vienes tú mismo, no nos hagas partir de aquí".
Pero, ¿qué quiere decir Dios con "mi rostro?" ¿Es posible que
algún ángel de rango especialmente alto, haga las veces
de, como en Is 63, 9? (cf. Tobías 13, 15). ¿Esto no será
lo que significa "el ángel de Dios?" (cf. Núm 20, 16).
Que un proceso de evolución en el pensamiento teológico
acompañó la gradual revelación de Dios casi
no es necesario decirlo, y este se ve de una manera especial en
los diferentes puntos de vista con respecto al Dador de la Ley.
El texto Masorético así como la Vulgata en el pasaje
del Éxodo en los capítulos 3 y 19-20 nos dicen con
claridad que es el Ser Supremo quien se le aparece a Moisés
en la zarza y en la Monte del Sinaí; pero la versión
de la Septuaginta, si bien está de acuerdo que era el mismo
Dios quien le entregó la Ley, dice que fue el "ángel
del Señor" quien se apareció en la zarza. Durante
la época del Nuevo Testamento el punto de vista de la Septuaginta
prevalecía, y en esta se considera que no sólo el
ángel del Señor fue quien se apareció en la
zarza, y no Dios mismo, sino que el ángel también
es el Dador de la Ley (cf. Gál 3, 19; Heb 2, 2; Hch 7, 30).
La persona del "ángel del Señor" encuentra su complemento
en la personificación de la Sabiduría en los libros
Sapienciales y en por lo menos un pasaje (Zac 3, 1) parece ser "el
Hijo de Hombre" que Daniel (7, 13) vio era llevado ante "el Anciano".
Zacarías dice: "Me hizo ver después al sumo sacerdote
Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha
estaba el Satán para acusarle". Tertuliano considera muchos
de estos pasajes como preludios de la Encarnación; como la
Palabra de Dios prefigurando el carácter sublime con el que
Él un día se revelará a los hombres (cf. adv,
Prax., XVI, adv. Marc., II, 27; III, 9: I, 10, 21, 22). Es posible
que, en estos diferentes puntos de vista podamos encontrar, un poco
a tientas, ciertas verdades dogmáticas sobre la Trinidad,
reminiscencias quizás de la revelación de la cual
el Protevangelio del Gén 3 es sólo una pista. Los
primeros Padres de la Iglesia, ciñéndose a la letra
del texto, decían que era el mismo Dios quien se aparecía.
Quien se aparecía era llamado Dios y actuaba como Dios. Por
ello, no era raro que Tertuliano, como ya hemos visto, considere
tales manifestaciones como un preludio de la Encarnación,
y la mayoría de los Padres Orientales siguió esa misma
línea de pensamiento. Ha sido sostenido incluso en 1851 por
Vandenbroeck, "Dissertatio Theologica de Theophaniis sub Veteri
Testamento" (Lovaina).
Pero los grandes Padres Latinos, San Jerónimo, San
Agustín y San Gregorio Magno, sostuvieron la idea contraria,
y los escolásticos como una unidad los siguió. San Agustín
(Sermo VII, de Scripturis, P. G. V) al tratar sobre la zarza ardiente
(Ex 3) dice que: "Considerar que la misma persona que le habló
a Moisés sea el mismo Señor y un ángel del Señor,
es muy difícil de entender. Es una pregunta que no da lugar
a rápidas aseveraciones, sino que demanda una cuidadosa investigación.
Algunos declaran que es llamado tanto el Señor y el ángel
del Señor porque era Cristo, de hecho el profeta (Is 9, 6,
Ver. Septuaginta) con claridad prefigura a Cristo como el Ángel
del gran Consejo". El santo luego muestra que semejantes interpretaciones
son sostenibles, pero que debemos tener cuidado de no caer en el arrianismo.
Señala, sin embargo, que si decimos que era un ángel
el que se apareció, debemos explicar el por qué se le
llamó "el Señor", y luego procede a demostrar cómo
esto pudo ser: "En otro lugar de la Biblia, cuando un profeta habla,
se dice que es el Señor el que habla, no porque el profeta
sea el Señor, sino porque el Señor está en el
profeta; y de esa misma manera, cuando el Señor se digna hablar
a través de la boca de un profeta o de un ángel, es
igual que cuando Él habla por medio de un profeta o apóstol,
y el termino ángel está correctamente usado si lo consideramos
en sí mismo, pero es igualmente correcto si le 'llama el Señor'
porque Dios mora en él". Concluye diciendo que: "Es el nombre
del que mora en el templo, y no el del templo". Y un poco más
adelante dice: "Me parece que deberíamos decir que nuestros
antepasados reconocieron al Señor en el ángel", y aduce
a la autoridad de los escritores del Nuevo Testamento que lo entendieron
así y que incluso ellos, a veces, cometían la misma
confusión de términos (cf. Heb 2, 2, y Hechos 7, 31-33).
El santo habla con más detalle sobre esta misma cuestión
en su obra "In Heptateuchum", lib. VII, 54, P. G. III, 558. Como un
ejemplo de lo convencido que estaban algunos de los Padres defendiendo
la interpretación contraria, podemos citar las palabras de
Teodoreto (In Exod.): "El pasaje entero (Ex 3) muestra que era Dios
quien se le aparecía a Moisés. ¿Pero (Moisés)
lo llamó un ángel para darnos a entender que no era
Dios Padre a quien vio -¿pues qué ángel pudo el Padre
ser?- sino al Hijo Unigénito, el Ángel del gran Consejo"
(cf. Eusebio, Hist. Eccles., I, II, 7; San Ireneo, Haer., III, 6).
La interpretación dada por los Padres latinos fue la que perduró
en la Iglesia, y el escolasticismo lo convirtió en un sistema
(cf. Santo Tomás, Quaest., Disp., De Potentia, VI, 8, ad. 3am);
y para una exposición más amplia sobre ambas interpretaciones,
cf. "Revue biblique" 1894, 232-247.
Los ángeles en la literatura babilónica
La Biblia nos ha mostrado que la creencia en los ángeles,
o en espíritus mediadores entre Dios y los hombres, es una
característica de los semitas. Es por consiguiente interesante
rastrear esta creencia hasta los semitas de Babilonia. Según
Sayce (The Religions of Ancient Egypt and Babylonia, Gifford Lectures,
1901), la mezcla de creencias semíticas en la primitiva religión
Sumeria de Babilonia está marcada por la idea de los ángeles
o sukallin en su teosofía. Por ello, encontramos un
interesante paralelo en "los ángeles del Señor" en
Nebo, "el ministro de Merodach" (ibid., 355). Él también
es llamado el "ángel" o intérprete de la voluntad
de Merodach (ibid., 456), y Sayce acepta la teoría de Hommel
de que se puede demostrar por las inscripciones Minoicas que la
religión semítica primitiva consistió en el
culto a la luna y a las estrellas, el dios-luna Attar y un dios
"ángel" que está de pie a la cabeza del panteón
(ibid., 315). El conflicto bíblico entre los reinos buenos
y malos tienen su paralelo en "los espíritus de cielo" o
Igigi -quienes constituían la "hueste" de la que Ninip era
el campeón (y de quien recibió el título de
"jefe de los ángeles") y los "los espíritus de la
tierra", o Annuna-Ki que vivían en el Averno (ibid. 355).
Los sukalli babilónicos corresponden a los espíritus-mensajeros
de la Biblia; ellos mostraban la voluntad de su Señor y ejecutaban
sus ordenes (ibid., 361). Algunos de ellos parece ser que eran más
que mensajeros; eran los intérpretes y representantes de
la deidad suprema, por ello, Nebo es "el profeta de Borsippa". Estos
ángeles son llamados "hijos" de la deidad cuyo representante
son; por ello Ninip, en una ocasión mensajero de En-lil,
se transforma en su hijo así como también Merodach
se convierte en hijo de Ea (ibid., 496). Los relatos babilónicos
de la Creación y del Diluvio no contrastan de una manera
muy favorable con los relatos bíblicos, y esto mismo debe
decirse de las caóticas jerarquías de los dioses y
ángeles que la investigación moderna ha descubierto.
Quizás queda justificado el hecho de ver todas las formas
religiosas de vestigios de un primitivo culto natural que ha hecho
que en ocasiones se rebaje la más pura revelación,
y que, si esa revelación primitiva no ha recibido incrementos
sucesivos, como entre los hebreos, trae como resultado una abundante
cosecha de hierba mala.
La Biblia menciona la idea de algunos ángeles que tienen
a su cargo pueblos específicos (cf. Dan 10, y este mismo
trabajo). Esta creencia persiste pero con menos fuerza en la noción
árabe de los Genii, o Jinni, quienes aparecen en algunos
lugares particulares. Una referencia sobre lo podemos quizá
encontrar en Gén 32, 1-2: "Jacob se fue por su camino, y
le salieron al encuentro ángeles de Dios. Al verlos, dijo
Jacob: 'Este es el campamento de Dios'; y llamó a aquel lugar
Majanáyim, es decir, 'Campamento'". Exploraciones recientes
en territorio árabe cerca de Petra, han revelado algunas
áreas señaladas con piedras, como un lugar al que
los ángeles constantemente iban, y las tribus nómades
frecuentan este lugar para rezar y hacer sacrificios. Estos lugares
llevan un nombre que corresponde exactamente con el de "Majanáyim"
mencionado en el pasaje anterior del Génesis (cf. Lagrange,
Religions Semitques, 184, y Robertson Smith, Religion of the Semites,
445). La visión de Jacob en Betel (Gén 28, 12) puede
quizá ser considerada de la misma categoría. Basta
con decir que no todo lo que está en la Biblia es revelación,
y que el objeto de los escritos inspiradas no es sólo darnos
nuevas verdades, sino también hacer más claras ciertas
verdades enseñadas por la naturaleza. La idea moderna que
tiende a considerar todo lo babilónico como completamente
primitivo y que parece pensar que porque los críticos fijan
una fecha tardía a las escrituras Bíblicas, la religión
contenida en ella debe ser retrasada, puede verse en Haag, "Theologie
Biblique" (339). Este escritor ve en los ángeles Bíblicos
sólo deidades primitivas rebajadas a semi-dioses por el victorioso
progreso del monoteísmo.
Los ángeles en el Zend-Avesta
También se han hecho esfuerzos por rastrear una conexión
entre los ángeles de la Biblia y los "grandes arcángeles"
o "Amesha-Spentas" del Zend-Avesta. Que la dominación persa
y la cautividad babilónica ejercieron una gran influencia
en la concepción hebrea de los ángeles se puede ver
en el Talmud de Jerusalén, Rosch Haschanna, 56, donde se
dice que se introdujeron los nombres de los ángeles de Babilonia.
Pero, no es para nada evidente, que los seres angélicos que
aparecen tantas veces en las páginas del Avesta, tengan conexión
con el antiguo neo-zoroastrismo persa de los sasánidas. Si
éste fuera el caso, como lo sostiene Darmesteter, debemos
darle la vuelta a la postura y atribuirle a los ángeles del
zoroastrismo la influencia de la Biblia y de Filón. Se ha
hecho hincapié entre la similitud entre los "siete que están
de pie ante Dios" Bíblicos, y los siete Amesha-Spentas del
Zend-Avesta. Pero debe señalarse que estos último
realmente son seis, el número siete sólo se obtiene
contando al "padre, Ahura-Mazda", entre ellos como su jefe. Es más,
estos arcángeles del zoroastrismo son más abstractos
que concretos; ellos no son individuos que reciben importantes misiones
como en la Biblia.
Los ángeles en el Nuevo Testamento
Hasta aquí hemos hablado casi exclusivamente sobre los ángeles
del Antiguo Testamento cuyas visitas y mensajes no eran algo extraño;
pero en el Nuevo Testamento sus nombres aparecen en cada una de
sus páginas y el número de referencias sobre ellos
iguala aquellas dadas en la Antigua Dispensación. Fue su
privilegio el anunciar a Zacarías y a María el albor
de la Redención, y a los pastores su cumplimiento. El Señor
Jesús en Sus discursos habla de ellos con la autoridad de
alguien que los ha visto, y que mientras "habla con los hombres",
está siendo adorado inadvertida y silenciosamente por la
hueste celestial. Él describe sus vidas en el cielo (Mt 22,
30; Lucas 20, 36); nos dice como se forman a su alrededor para protegerlo
y que con sólo una palabra suya atacarían a Sus enemigos
(Mt 26, 53); uno de ellos tuvo el privilegio de atenderlo en el
momento de Su Agonía y que sudó sangre. Más
de una vez, habla de ellos como de auxiliares y testigos del Juicio
Final (Mt 16, 27), el cual ellos prepararán (ibid., 13, 39-49);
y por último, ellos dan un alegre testimonio de Su triunfante
Resurrección (ibid., 28, 2). Es fácil para las mentes
escépticas ver en esta hueste angélica la obra de
la imaginación hebrea y de la superstición, pero,
¿los relatos sobre ángeles que figuran en la Biblia no nos
proporcionan una progresión bastante natural y armoniosa?
En la página de apertura de la historia sagrada de la nación
judía, esta es escogida como depositaria de las promesas
de Dios; como el pueblo en el que nacería el Redentor. Los
ángeles aparecen en el curso de la historia de este pueblo
escogido, como mensajeros de Dios, como guías; como quienes
anuncian la ley de Dios, en otra ocasión prefiguran al Redentor
cuya misión divina ayudan a madurar. Conversan con los profetas,
con David y Elías, con Daniel y Zacarías; acaban con
las huestes acampadas para atacar a Israel, sirven como guías
a los siervos de Dios, y el último profeta, Malaquias, lleva
un nombre de importancia especial; "el Ángel de Jehová".
Parece resumir en su mismo nombre el anterior "ministerio realizado
por las manos de los ángeles", como si Dios con ello recordara
las antiguas glorias del Éxodo y del Sinaí. La Septuaginta,
de hecho, parece no dar su nombre como para un profeta individual,
y el versículo de apertura de su profecía es peculiarmente
solemne: "La carga de la Palabra del Señor de Israel por
la mano de Su ángel; colóquenla en sus corazones".
Todo este ministerio amoroso realizado por los ángeles ex
sólo por la causa del Salvador, Cuyo rostro ellos desean
contemplar. Por ello, cuando la plenitud de los tiempos llegó,
fueron ellos quienes lo proclamaron alegremente cantando "Gloria
in excelsis Deo". Ellos guiaron al recién nacido Rey de los
Ángeles en Su huida a Egipto, y lo atendieron en el desierto.
Su segunda venida y los temibles eventos que le precederán,
han sido revelados a su siervo predilecto en la isla de Patmos.
Nuevamente se trata de una revelación, y por ello, sus antiguos
ministros y mensajeros aparecen nuevamente en la historia sagrada,
y el relato final del amor de Dios acaba casi como lo había
empezado: "Yo, Jesús, he enviado a mi Ángel para daros
testimonio de lo referente a las Iglesias" (Ap 22, 16). Es fácil
para los estudiosos ver la influencia de las naciones circundantes
y de otras religiones en los relatos Bíblicos sobre los ángeles.
De hecho es necesario e instructivo hacerlo, pero estaría
mal que cerremos los ojos a la línea más elevada del
desarrollo que hemos mostrado y que muestra de una manera notable
la gran unidad y armonía de toda la historia divina de la
Biblia. (Véase también LOS ÁNGELES EN EL
ANTIGUO ARTE CRISTIANO)
Además de los trabajos antes mencionados,
véase Santo Tomás, Summa Theol., I, QQ. 50-54 y 106-114;
Suarez De Angelis, lib. I-IV.
HUGH POPE
Transcrita por Jim Holden
Traducido por Bartolomé Santos