Las acusaciones formuladas contra la Compañía han sido
excepcionales por su frecuencia e intensidad. En realidad muchas serían
demasiado absurdas como para merecer mención, si no estuvieran
acreditadas por gente culta e ilustrada. Tales son por ejemplo las acusaciones
de que la Compañía fue responsable de la Guerra Franco-Prusiana,
del affaire Dreyfus, del escándalo de Panamá, del asesinato
de Papas, príncipes, etc.- afirmaciones que se encuentran en
libros y periódicos de algunas pretensiones. Semejante a eso
es el así llamado juramento jesuita, una burda fabricación
del falsificador Robert Ware, expuesta por Bridget en "Errores
y Falsificaciones". La falacia de tales acusaciones puede a menudo
detectarse por principios generales.
A. Los Jesuitas son falibles
B. Los acusadores
C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques
D. La Leyenda Jesuita
E. Algunas objeciones modernas
(1) Los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía
de hostilidad a la libertad
(2) También de hostilidad a lo que es culto
e intelectual
(3) Fracaso
(a) Fracaso por decadencia interna o fracaso por
violencia externa
(b) La decadencia tras la época de Acquaviva
(c) Conflicto y debates sobre el tiranicidio y
la equivocación por controversias externas
(d) La alegación de que los jesuitas fueron
inmensamente ricos es una fábula
(e) Ciertos problemas domésticos
A. Los Jesuitas son falibles
Los jesuitas son falibles, y pueden haber dado ocasión al acusador.
Las acusaciones presentadas contra ellos nunca habrían sido formuladas
contra ángeles, pero no son en lo más mínimo inconsistentes
con que la Compañía sea un organismo de hombres buenos
pero falibles. Dramáticas negaciones y un tono ofendido estarían
fuera de lugar aquí y podrían ocasionar falsas concepciones.
Como ejemplo de la falibilidad jesuita, se puede mencionar que escritos
de casi un centenar de jesuitas han sido colocados en el "Index"
romano. Puesto que esto implica también una reflexión
sobre los censores jesuitas de libros, podría parecer que es
un fracaso en un asunto importante. Pero cuando recordamos que el número
de autores jesuitas supera los 120.000, la proporción de los
que han sido descalificados no puede considerarse extraordinaria; además,
la censura infligida nunca ha sido de la clase más grave. Muchos
críticos de la orden, que no consideran deshonrosas las censuras
del Índice, no pueden perdonar tan fácilmente el exagerado
espíritu de cuerpo en el que se complacen ocasionalmente jesuitas
de experiencia limitada, especialmente en controversias o cuando elogian
a sus colegas; ni pueden perdonar la estrechez o tendenciosidad con
que algunos autores jesuitas han criticado a hombres de otras tierras,
instituciones, o educación, aunque es injusto presentar los defectos
de algunos como característicos de todo el colectivo.
B. Los acusadores
(1) En un pasaje muy citado sobre los mártires San Ambrosio
nos dice: "Vere frustra impugnata qui apud impios et infidos impietatis
arcessitur cum fidei sit magister" (En verdad es acusado en vano
de impiedad por los impíos y los infieles, aunque es un maestro
de la fe). El equilibrio personal del acusador es un factor de corrección
de gran importancia; sin embargo hay que aplicarlo igualmente con gran
precaución; en ningún otro punto es una persona acusada
tan propensa a cometer errores. Indudablemente, sin embargo, cuando
encontramos a un hombre sabio como Harnack que declara rotundamente
(pero sin pruebas) que los jesuitas no son historiadores, podemos colocar
esta afirmación suya junto a otra de sus dichos profesionales,
que la Biblia no es historia. Si el mismo principio sirve de base a
ambas proposiciones, la acusación contra la orden tendrá
poco peso. Cuando un gobierno descreído, a punto de atacar las
libertades de la Iglesia, empieza por expulsar a los jesuitas, con la
acusación de que destruyen el amor a la libertad en sus estudiantes,
sólo podemos decir que sus palabras no pueden contrapesar la
lógica de sus actos. A principios de este siglo, el gobierno
francés alegó como una de sus razones para suprimir todas
las órdenes religiosas, entre ellas la Compañía,
que los religiosos estaban excluyendo al clero secular de sus esferas
de actividad propia. Apenas fueron suprimidas las órdenes religiosas
cuando se aprobó la ley separando Iglesia y Estado para paralizar
y dominar a los obispos y el clero secular.
(2) Tampoco hay que asombrarse de que los herejes en general, y aquellos
en particular que impugnan las libertades de la Iglesia y la autoridad
de la Santa Sede, estén siempre dispuestos a atacar a los jesuitas,
que están ligados para siempre a la defensa de esa Sede. Parece
extraño que los oponentes de la Compañía estén
a veces dentro de la Iglesia, aunque es casi inevitable que tal oposición
se produzca en ocasiones. No importa lo adecuadamente que el derecho
canónico que regula las relaciones de los religiosos con la jerarquía
y el clero pueda disponer para su pacífica cooperación
en empresas misioneras, educativas y caritativas, necesariamente habrá
ocasión para la diferencia de opinión, discusiones sobre
jurisdicción, métodos, y puntos vitales similares que
en el calor de la controversia a menudo amargan e incluso enemistan
a las partes en desacuerdo. Tales controversias religiosas surgen entre
otras órdenes religiosas y la jerarquía y el clero secular;
no son comunes ni permanentes, ni la regla sino la excepción,
así que no justifican el siniestro juicio que a veces se forma
de la Compañía en particular como incapaz de trabajar
con otros, celosa de su propia influencia. A veces, especialmente cuando
problemas de esta clase han afectado a amplias cuestiones de doctrina
y disciplina, la agitación ha alcanzado proporciones inmensas,
y la amargura ha permanecido durante años. La controversia De
auxiliis condujo a violentas explosiones de enojo, a intrigas, y a un
furioso lenguaje que fue simplemente asombroso; y hubo otras, en Inglaterra
por ejemplo sobre las facultades del arcipreste, en Francia sobre el
Galicanismo, que fueron casi igualmente memorables por la pasión
y la furia. El odium theologicum inspira con seguridad en todas las
épocas una excitación de intensidad inhabitual, pero podemos
ser comprensivos con los primitivos disputadores por la naturaleza belicosa
de los tiempos. Cuando la época aprobaba enteramente a los caballeros
que se mataban uno a otro en duelo por la más leve provocación,
poco puede asombrarnos que los clérigos, cuando se les incitaba,
olvidaran el decoro y el autodominio, afilando sus plumas como puñales,
y mojándolas en hiel, golpearan en cualquier puntos sensible
de sus adversarios en el que pudieran herir. Las acusaciones divulgadas
por partidistas tan excitados deben ser recibidas con la máxima
cautela.
(3) Los miembros más amargados e indignos de confianza de la
Compañía (afortunadamente no son muy numerosos) han sido
siempre desertores de sus propias filas. Sabemos con cuánta malicia
y virulencia algunos sacerdotes infieles acostumbran a atacar a la Iglesia,
que en otro tiempo creían ser divina, y el odio de algunos jesuitas
que han sido infieles a su vocación no ha sido distinto.
C. La proximidad a Cristo siempre invita a los ataques
¿Qué debe esperarse? La Compañía ciertamente
ha tenido alguna participación en la bienaventuranza de sufrir
por causa de las persecuciones; aunque no es cierto, sin embargo, decir
que la Compañía es objeto de aborrecimiento universal.
Destacados políticos, cuyos actos afectan a los intereses de
millones, son mucho más violenta y calurosamente criticados,
son mucho más libremente denunciados, caricaturizados y condenados
en el curso de un mes, que los jesuitas individual o colectivamente
en el curso de un año. Una vez que el político es derrocado,
el mundo desvía su fuego sobre el nuevo poseedor del poder, y
olvida al hombre que ha caído. Pero el fuego que ataca a la Compañía
nunca cesa por largo tiempo, y sus efectos acumulados parecen más
serios de lo que deberían, porque la gente olvida los largos
lapsos de tiempo que se producen entre los diferentes ataques señalados.
Otro principio a recordar es que los enemigos de la Iglesia no atacarían
a la Compañía en absoluto, si no fuera porque es notablemente
popular en amplias capas de la comunidad católica. Por tanto
no debe esperarse ni el odio universal ni la liberación de todo
ataque, sino acusaciones que, por exageración, inversión,
sátira, o ironía, de algún modo corresponden al
lugar de la Compañía en la Iglesia.
Al no ser contemplativos como los monjes antiguos, los jesuitas no
son desacreditados como perezosos e inútiles. Al no ser llamados
a ocupar puestos de alta autoridad, o a gobernar, como Papas y obispos,
los jesuitas no son seriamente denunciados como tiranos, ni difamados
por nepotismo y crímenes similares. Ignacio
describe su orden como un escuadrón volante dispuesto para el
servicio en cualquier parte, especialmente como educadores y misioneros.
Las acusaciones principales contra la Compañía son desfiguraciones
de estas cualidades. Si están listos para el servicio en cualquier
parte del mundo, son llamados entrometidos, turbulentos, políticos
sin apego a ningún país. Si no gobiernan, al menos han
de ser ansiosos, ambiciosos, intrigantes, y acostumbrados a bajos niveles
de moralidad, al menos para ganar el control de las conciencias. Si
están bien disciplinados, se dirá que es por espionaje
y supresión de la individualidad e independencia. Si son populares
como maestros, se dirá que son buenos para los niños,
buenos quizá como preparadores apresurados, pero malos educadores,
sin influencia. Si son los confesores favoritos, su éxito será
atribuido a sus laxas doctrinas morales, a su casuística, y por
encima de todo a la máxima que se supone que justifica cualquier
y todo acto malo: "el fin justifica los medios". Este quizá
es el más destacado ejemplo de la ignorancia y mala voluntad
de sus acusadores. Sus libros están abiertos a todo el mundo.
Una y otra vez se ha pedido a los que les imputan como colectivo, o
a alguna de sus publicaciones, la utilización de esta máxima
para justificar el mal de cualquier clase, que citen un ejemplo de la
utilización, pero todo en vano. El notable fracaso de Hoensbroech
para establecer ante los tribunales civiles de Tréveris y Colonia
(30 de Julio de 1905) un ejemplo tal de la enseñanza jesuita,
debería silenciar ésta y similares acusaciones para siempre.
D. La Leyenda Jesuita
Es curioso que en la actualidad, incluso hombres ilustrados no tengan
apenas interés en los hechos objetivos referentes a la Compañía,
ni siquiera en los que se supone que van en su perjuicio. Toda la atención
se centra en la leyenda jesuita; artículos de enciclopedia e
historias generales apenas se refieren a otra cosa. La leyenda, aunque
alcanzó su forma actual a mediados del Siglo XIX, empezó
en un periodo muy anterior. Las primeras persecuciones de la Compañía
(que contó unos 100 mártires en Europa durante su primer
siglo) fueron respaldadas por autores apasionados, ruidosos y sin escrúpulos
tales como Hassenmueller y Hospinian, quienes reunieron diligentemente
y defendieron todas las acusaciones contra los jesuitas. Las ofensivas
ideas que expusieron estos autores adoptaron rasgos más sutiles
de engaño y duplicidad por medio de las "Monita Secreta
Societatis Iesu" de Zahorowski (Cracovia, 1614), una sátira
que desfiguraba la regla de la orden, que es francamente creída
como genuina por los adversarios crédulos (ver Monita Secreta).
La versión actual de la leyenda es francesa tardía, desarrollada
durante el largo fermento revolucionario que precedió al Tercer
imperio. Comenzó con las denuncias de Montlosier (1824-27), y
se desarrolló con fuerza (1833-45) en la Universidad de París,
que afectaba considerarse la representante de la Sorbona galicana, de
Port-Royal, y de la Encyclopédie. La ocasión para las
hostilidades literarias se dio por los intentos de reforma en la Universidad
que, así fingieron creer los liberales, estaban instigadas por
los jesuitas. En seguida se dio un lugar a las "Provinciales"
en el currículum de la Universidad, y Villemain, Thiers, Cousin,
Michelet, Quinet, Libri, Mignet, y otros respetables académicos
tuvieron éxito mediante sus escritos y denuncias en dar al anti-jesuitismo
una especie de moda literaria, no siempre con una escrupulosa observancia
de la exactitud o la justicia. Más dañinas aún
para la orden fueron las obras de teatro, las canciones, las novelas
populares contra ella. De éstas la más célebre
fue el "Juif errant"(Judío errante) de Eugène
Sue (1844), que pronto se convirtió en el libro anti-jesuita
más popular jamás impreso, y ha hecho más que ningún
otro para dar su forma final a la leyenda jesuita.
La característica específica de esta fábula es
que apenas tiene nada que ver en absoluto con la orden, habiéndose
copiado simplemente sus rasgos de la masonería. El anterior fantasma
jesuita era uno que al menos habitaba iglesias y colegios, y operaba
a través del confesionario y del púlpito. Pero esta creación
de la ficción moderna ha perdido toda relación con la
realidad. Él (o incluso ella) es una persona, no necesariamente
un sacerdote, a las órdenes del Papa negro que vive en un mundo
imaginario de escaleras traseras, armarios y oscuros pasadizos. Se ocupa
de tramar e intrigar, hipnotizando a los débiles y corrompiendo
a los honrados, ocupaciones diversificadas por crímenes secretos
o intentos melodramáticos de crímenes de toda especie.
Vemos que la idea está tomada en conjunto del método de
vida real, o supuesto, del masón continental. Aún así
ésta es la clase de absurdo sobre el que corresponsales especiales
envían telegramas a los periódicos, sobre el que agitadores
revolucionarios y astutos políticos hacen largos discursos inflamados,
sobre el que obras corrientes de referencia discuten bastante seriamente,
al que ninguno de nuestros autores populares se atreve a presentar como
una impostura (ver Brou, op. cit., infra II, 199-247).
E. Algunas objeciones modernas
(1) Sin haber renunciado a las viejas objeciones históricas
( para cuyo estudio pueden consultarse las secciones históricas
de este artículo), los anti-jesuitas de hoy acusan a la Compañía
de estar anticuada respecto del Zeitgeist moderno, de ser hostil a la
libertad y la cultura, y de ser un fracaso. La libertad, a continuación
de la inteligencia (y algunos la ponen antes), es la más noble
de las cualidades humanas. Sus enemigos son los enemigos de la raza
humana. Aun así se dice que el sistema de Ignacio, al aspirar
a una "obediencia ciega", paraliza el juicio y por consiguiente
expulsa la voluntad, introduciendo en su lugar la voluntad del superior,
como un relojero reemplaza un muelle por otro (cf. Encyc. Brit., 1911,
XV, 342); perinde ac cadaver, "como un cadáver",
también, "similar al bastón de un anciano" -
por tanto muerto y desmayado, similar a meras máquinas, incapaces
de distinción individual (Bohmer-Monod, op. cit. infra, p. lxxvi).
La agudeza de esta objeción reside en su audaz inversión
de ciertas verdades simples. En realidad nadie amaba la libertad mejor
o la aseguraba más cuidadosamente que Ignacio. Pero él
sostenía el principio más profundo de que la verdadera
libertad consiste en obedecer a la razón, siendo licencia todas
las demás opciones. Los que se consideran a sí mismos
libres para desobedecer incluso las leyes de Dios, que declaran toda
regla en la Iglesia una tiranía, y que aspiran al amor libre,
al divorcio libre, y al libre pensamiento - rechazan, por supuesto,
su teoría. Su costumbre en la práctica era formar la voluntad
tan completamente que sus hombres fueran capaces en poco tiempo de "elevar
a su nivel" a otros (una cosa más difícil), incluso
aunque vivieran fuera de los claustros, sin apoyo externo para su disciplina.
Los maravillosos logros de contener y hacer retroceder la marea de la
Reforma, en lo que se debió a los jesuitas, fue el resultado
del poder aumentado de la voluntad dado a los anteriormente irresolutos
católicos por los métodos de Ignacio. Respecto a la obediencia
"ciega", debemos señalar que toda obediencia debe ser
ciega hasta cierto punto - "Lo suyo no es razonar el por qué,
sino que lo suyo es hacer y morir". Ignacio tomó de antiguos
escritos ascéticos las fuertes metáforas del "hombre
ciego", "el cadáver", "el bastón del
anciano", para ilustrar la naturaleza de la obediencia de manera
vívida; pero no quiere llevar esas metáforas hasta la
muerte. No sólo quiere que el subordinado implique tanto a la
cabeza como al corazón en la ejecución de la orden, sino
que conociendo la naturaleza humana y sus flaquezas, reconoce que surgirán
cuestiones cuando la orden del superior pueda parecer impracticable,
irrazonable, o mala a un subordinado libre y puede que realmente así
sea. En tales casos es una tarea reconocida del subordinado apelar,
y su juicio tanto como su conciencia, incluso cuando pueda ocurrir que
está mal formada, debe ser respetado; las Constituciones prevén
la resolución de tales conflictos mediante la discusión
y el arbitraje, una disposición que sería inconcebible,
salvo que se reconociera y respetara una voluntad y una opinión
libres, independientes de, y posiblemente opuestas a, la del superior.
Ignacio espera de sus subordinados que estén "muertos"
o "ciegos" sólo con respecto a la pereza, a la pasión,
al interés propio, y a la autoindulgencia, que impediría
la pronta ejecución de las órdenes. Tan lejos está
de desear una ejecución mecánica, que explícitamente
denigra "la obediencia, que se ejecuta sólo en trabajo",
como "indigna del nombre de virtud" y urge calurosamente a
"inclinarse, con todas las fuerzas de la mente y el corazón,
a que debemos llevar a cabo las órdenes rápida y completamente"
(Carta sobre la obediencia, sec. 5, 14). Una ilustración adicional
del amor de Ignacio por la libertad la podemos encontrar en los Ejercicios
Espirituales, y en el carácter de ciertas doctrinas teológicas,
como el Probabilismo y el Molinismo (con sus modificaciones subsiguientes)
que son enseñados habitualmente en las escuelas jesuitas. Así,
el Molinismo "está por encima de todo determinado a rodear
con un muro de seguridad la libre voluntad" (ver Gracia, Controversias
sobre la) y el Probabilismo (vid.) enseña que la libertad no
puede ser restringida salvo que la fuerza de restricción se fundamente
en una base de seguridad. La característica de ambas teorías
es enfatizar el carácter sagrado de la libre voluntad, algo más
de lo que se hace en otros sistemas. Los Ejercicios Espirituales, el
secreto del éxito de Ignacio, son una serie de consideraciones
ordenadas, como él dice al ejercitante desde el principio, a
permitirle hacer una opción o elección sobre los principios
supremos y sin miedo a las consecuencias. También se advierte
al sacerdote que explica las meditaciones para que tenga el mayor cuidado
de no inclinar al ejercitante más hacia un objeto de elección
que hacia otro (Anot. 15).
Es obviamente imposible esperar que los autores antijesuitas de nuestra
época se enfrenten a su materia con sentido común o de
manera científica. Si lo hicieran, uno señalaría
que la única manera racional de investigar la cuestión
sería aproximarse a las personas bajo discusión (que son
después de todo muy accesibles), y ver si no tienen carácter,
como se dice que son. Otra prueba sencilla sería volver sobre
las vidas de sus grandes misioneros, Brebeuf, Marquette, Silveira, etc.
Ningún hombre menos parecido a "meras máquinas"
hubiera sido posible de concebir. Los éxitos de la Compañía
en la educación confirman la misma conclusión. Es verdad
que últimamente, como medida preparatoria del cierre de sus escuelas
por la violencia, los anti-jesuitas franceses afirmaron tanto por escrito
como en la Cámara que la educación jesuita produce meros
instrumentos, apocados, nulidades sin iniciativa. Pero la razón
real fue notoriamente que los estudiantes de las escuelas jesuitas eran
excepcionalmente afortunados en los exámenes de ingreso como
oficiales del ejército, y mostraron ser los hombres más
valerosos y vigorosos de la nación. En un asunto controvertido
como éste, la prueba más obvia de que la educación
de la Compañía adapta a sus discípulos a la lucha
de la vida se encuentra en la disposición constante de los padres
a confiar a sus hijos a los jesuitas incluso cuando, desde un punto
de vista meramente mundano, parecería haber muchas razones para
vacilar. (Una discusión sobre esta cuestión, desde un
punto de vista francés, se encontrará en Brou, op. cit.
infra, II, 490; Tampe en "Etudes", París, 1900, pp.
77, 749). Apenas es necesario añadir que naturalmente los métodos
de disciplina escolar diferirán en gran medida en los distintos
países. La Compañía preferiría ciertamente
observar, mutatis mutandis, su bien probado Ratio Studiorum; pero está
lejos de creer que las costumbres locales (como por ejemplo las relativas
a la vigilancia) y la disciplina externa deban ser uniformes en todas
partes.
(2) Otra objeción análoga a la supuesta
hostilidad a la libertad es la presunta Kulturfeindlichkeit, hostilidad
a lo que es culto e intelectual. Este grito se ha elevado principalmente
por los que rechazan la teología católica como un dogmatismo,
que se burlan de la filosofía católica como escolástica,
y de la insistencia de la Iglesia en la inspiración bíblica
como retrógrada y acientífica. Tales hombres tienen poco
en cuenta el trabajo por los ignorantes y los pobres, tanto en el interior
como en las misiones, hablan de la pobreza evangélica, de las
prácticas de penitencia y de mortificación, como si fueran
envilecedoras y retrógradas. Comparan sus numerosas y ricamente
dotadas universidades con los pocos y relativamente pobres seminarios
de los católicos y de los jesuitas, y sus progresos en una multitud
de ciencias con la timidez intelectual (como ellos creen) de aquellos
cuya suprema ambición es no ir más allá de la ortodoxia
teológica. Los jesuitas, dicen, son los líderes de la
Kulturfeindliche; su gran objeto es reforzar las tradiciones anticuadas.
No han producido genios, mientras que hombres a los que habían
formado, y que se liberaron de sus enseñanzas, Pascal, Descartes,
Voltaire, han influido poderosamente en las creencias filosóficas
y religiosas de grandes masas de la humanidad; mientras que la respetable
mediocridad es la marca de la larga lista de nombres jesuitas en los
catálogos de Alegambe y de Backer. Bajo Bismarck y Waldeck-Rousseau
argumentos de este tipo fueron acompañados de decretos de expulsión
y de confiscación de bienes.
Esta objeción surge principalmente del prejuicio -religioso,
a nivel mundial, o nacional. El católico opinará más
bien mejor que peor de hombres que son denunciados y perseguidos por
razones que se aplican a toda la Iglesia. Es verdad que las escuelas
jesuitas modernas son a menudo más pequeñas y pobres que
los establecimientos de sus rivales, que a veces se instalan en las
academias que los jesuitas de épocas anteriores lograron fundar
y dotar. No se va a cuestionar que la suma total de instituciones de
enseñanza en manos de no católicos es mayor que la que
está en manos de nuestros correligionarios, pero el amor a la
cultura seguramente no se ha extinguido en los jesuitas franceses, alemanes
o portugueses exilados, quienes quizá privados de todo lo que
poseen, en seguida comienzan de nuevo su tarea de estudio, escritura
o de educación. Son muy raros los casos en que los jesuitas,
viviendo entre gente emprendedora, se han conformado con la inferioridad
educativa. Por la superioridad sobre otros, incluso en enseñanza
sagrada, la Compañía no compite ni debe hacerlo. En su
propia línea, esto es, en teología católica, filosofía
y exégesis, ellos esperan no estar en un nivel inferior al de
su generación, y por eso, lejos de conformarse con una inferioridad
intelectual, aspiran a hacer sus escuelas tan buenas como las circunstancias
se lo permitan. También reclaman haber formado muchos buenos
estudiosos en casi todas las ciencias.
La objeción de que los maestros jesuitas no influyen en las
masas de la humanidad, mientras hombres como Descartes y Voltaire, tras
romper con la educación jesuita, lo han hecho, deriva su fuerza
de pasar por alto la labor principal de los jesuitas, que es salvar
las almas, y cualquier medio legítimo que ayude a ese fin, como,
por ejemplo, el mantenimiento de la ortodoxia. Es fácil olvidar
esto, y los que objetan probablemente lo despreciarán, incluso
si lo reconocen. La labor no es llamativa, mientras que la de los satíricos,
los iconoclastas, y periodistas atrae la atención. Evitando comparaciones,
es seguro decir que los jesuitas han hecho mucho por mantener la enseñanza
de la ortodoxia, y que los ortodoxos superan mucho en número
a los seguidores de hombres como Voltaire y Descartes.
Sería imposible, dada la naturaleza del caso, idear una prueba
satisfactoria que demuestre qué amor a la cultura, especialmente
a la cultura intelectual, hay en un colectivo tan diverso y disperso
como la Compañía. Muchas podrían aplicarse, y una
de las más eficaces es la regularidad con que cada prueba revela
refinamiento y estudio en cualquier parte de sus filas, incluso en las
pobres y lejanas misiones extranjeras. A alguno le parecerá significativo
que el Papa, cuando busca teólogos y consultores para diversos
colegios y congregaciones romanas, deba tan frecuentemente elegir a
jesuitas,
Un colectivo relativamente pequeño, un treinta o un cuarenta
por ciento de cuyos miembros están empleados en misiones extranjeras
o entre los pobres de nuestras grandes ciudades. Los periódicos
de los jesuitas, de los que una lista se da más abajo, suministran
otra indicación de cultura, y favorable, a aquellos a quienes
ha de recordarse que estas publicaciones están principalmente
escritas con una finalidad de popularizar el conocimiento. Los libros
más serios e ilustrados deben estudiarse por separado. La prueba
más impresionante de todas es la ofrecida por la gran bibliografía
jesuita del Padre Sommervogel, mostrando más de 120.000 autores,
y una lista casi interminable de libros, panfletos, y ediciones. No
hay otro colectivo en el mundo que pueda mostrar tal monumento. Cavillers
puede decir que el signo distintivo es la "respetable mediocridad";
incluso así el valor del conjunto será muy notable, y
podemos estar seguros de que jueces menos prejuiciosos y por tanto mejores
tendrán una superior estimación. Las obras maestras, además,
en todos los campos de la enseñanza eclesiástica y en
varias de las ramas seculares no son raras. La afirmación de
que la Compañía ha producido pocos genios no produce impresión
en las bocas de aquellos que no han estudiado, o son incapaces de estudiar
o juzgar, a los autores en discusión. De nuevo la objeción,
sea cual sea su valor, confunde dos ideales. Los organismos educativos
deben necesariamente formar por clases y escuelas y producir hombres
formados sobre líneas definidas. Por otro lado, el genio es independiente
de la formación y no se conforma a un tipo. Es irrazonable reprochar
al sistema educativo de un misionero por no poseer las ventajas que
ningún sistema puede ofrecer. Pues es bueno tener presente que
el genio no se limita a solos los escritores y estudiosos. Hay un genio
de organización, exploración, empresa, diplomacia, evangelización,
y ejemplos de ello, en una u otra de estas direcciones, son bastante
comunes en la Compañía.
Los hombres divergirán en sus estimaciones respecto a si la
cantidad de genios jesuitas es o no grande, según la estimación
que hagan de estos estudios en los que es más fuerte la Compañía.
Pero tanto si la cantidad es grande como si es pequeña, no se
ve impedida por los esfuerzos de Ignacio en pro de la uniformidad. La
objeción tomada de las palabras de la regla "Decid todos
lo mismo siempre que sea posible" no es convincente. Esta es una
cita truncada, pues Ignacio continua añadiendo "iuxta Apostolum",
una referencia evidente a la epístola de San Pablo a los Filipenses,
3, 15,16, más allá de la cual no va. En realidad, el objeto
de Ignacio es el práctico de evitar que celosos profesores malgasten
su tiempo de enseñanza discutiendo pequeños puntos en
los que puedan diferir de sus colegas. Los autores y maestros de la
Compañía nunca están obligados a la misma rígida
aceptación de las opiniones de otro como es a menudo el caso
en otros lugares, vg., en la política, la diplomacia, o el periodismo.
Los miembros de una plantilla de escritores destacados tienen constantemente
que hacer pasar por propias convicciones, no realmente suyas, a mandato
del editor; mientras que los autores y maestros jesuitas escriben y
hablan casi invariablemente en su propio nombre, y con una variedad
de tratamiento y una libertad de pensamiento que se compara favorablemente
con otros exponentes de los mismos asuntos.
(3) Fracaso
La Compañía nunca se ha "relajado", ni precisado
una "reforma" en el sentido técnico en que estos términos
se aplican a las órdenes religiosas. Las constantes relaciones
entre todas las partes capacita al general a descubrir muy pronto cuando
algo va mal, y sus amplios poderes para nombrar nuevos cargos han sido
siempre suficientes para mantener un alto nivel tanto de disciplina
como de virtud religiosa. Por supuesto, han surgido críticos,
que han trastocado este hecho generalmente reconocido. Se ha dicho que
- el fracaso se ha convertido en una nota de las empresas jesuitas.
Otras instituciones religiosas y de enseñanza perduran siglo
tras siglo. La Compañía apenas tiene una casa de cien
años de antigüedad, muy pocos que no la hacen lo bastante
moderna. Sus grandes glorias misioneras, Japón, Paraguay, China,
etc. pasaron como el humo, e incluso ahora, en países predominantemente
católicos, está prohibida y sus obras arruinadas, mientras
que otros católicos se salvan y perduran. También que
- después de la época de Acquaviva, siguió un
periodo de decadencia;
- las discusiones sobre el Probabilismo, el tiranicidio, la equivocación,
etc., causaron un fuerte y continuo declive en la orden;
- la Compañía tras la época de Acquaviva comenzó
a adquirir enormes riquezas y los profesos vivían lujosamente;
- la energía religiosa fue enervada por las intrigas políticas
y disensiones internas.
(a) La palabra "fracaso" se toma aquí
de dos formas diferentes - fracaso por decadencia interna y fracaso
por violencia externa. La primera es deshonrosa, la última puede
ser gloriosa, si es buena la causa. Si los fracasos de la Compañía,
como su supresión, y la violenta expulsión de varios países
incluso en nuestra época fueron fracasos deshonrosos es una cuestión
histórica tratada en otro lugar. Si lo fueron, entonces debemos
decir que tales fracasos contribuyen a la reputación de la orden,
que son más aparentes que reales, y que la Providencia de Dios
hará, a su propia manera, buena la pérdida. En efecto
vemos a la Compañía sufriendo con frecuencia, pero con
igual frecuencia recuperándose y renovando su juventud. Sería
inexacto decir que las persecuciones que ha sufrido la Compañía
han sido tan grandes y continuas como para ser irreconciliables con
el habitual curso de la Providencia, que acostumbra a mitigar la adversidad
con el alivio, para hacer posible la resistencia (I Cor., 10, 13). Así,
mientras que se puede decir que muchas comunidades jesuitas se han visto
forzadas a disolverse en los últimos treinta años, otras
han tenido una existencia corporativa de dos o tres siglos. El Colegio
de Stonyhurst, por ejemplo, sólo tiene 116 años en su
actual sitio, pero su vida corporativa es 202 años más
antigua todavía; aun así las páginas más
gloriosas de su historia son las de sus persecuciones, en las que perdió,
tres veces en total, todo lo que poseía, y, escapando apenas
por la huída, renovó una vida incluso más honorable
y distinguida que la que le había precedido, una fortuna probablemente
sin igual en la historia de la pedagogía. También los
Bolandos (vid.) y el Colegio Romano pueden citarse como ejemplos bien
conocidos de instituciones que, aunque una vez derribadas, han revivido
y florecido después tanto como antes, si no más. Se puede
citar como ejemplo, también, la provincia alemana que, aunque
llevada al exilio por Bismarck, ha más que doblado su número
anterior. El Cristianismo que los jesuitas implantaron en Paraguay sobrevivió
de manera portentosa, después de irse ellos, y el redescubrimiento
de la Iglesia en Japón presta un glorioso testimonio de la perfección
de los antiguos métodos misioneros.
(b) Volviendo al punto de la decadencia tras la época
de Acquaviva, podemos conceder libremente que ninguna generación
subsiguiente contuvo tantas grandes personalidades como la primera.
Los primeros cincuenta años muestran casi todos los santos de
la Compañía y una gran proporción de sus grandes
autores y misioneros. Pero el mismo fenómeno se observa en casi
todas las órdenes, de hecho en muchas otras instituciones humanas
tanto sagradas como profanas. Respecto a las disensiones internas tras
la muerte de Acquaviva, la verdad es que los problemas graves ocurrieron
antes, no después de ella. La razón de esto es fácilmente
comprensible. Los problemas internos vinieron principalmente del conflicto
de opiniones que era inevitable mientras las Constituciones, las reglas,
y las tradiciones generales del cuerpo se estaban amoldando. Esto duró
hasta casi el fin del generalato de Acquaviva. El problema peor vino
al principio, bajo el propio Ignacio con respecto a Portugal como se
ha explicado en otro lugar (ver Ignacio de Loyola). El conflicto de
Acquaviva con España fue el siguiente en gravedad.
(c) Después de la muerte de Acquaviva de hecho
encontramos algunas calurosas discusiones teológicas sobre el
Probabilismo y otros puntos, pero en realidad todo este conflicto y
los debates sobre el tiranicidio y la equivocación tuvieron mucho
más que ver con controversias externas que con la división
interna. Después de que se hubieran razonado plenamente y resuelto
por la autoridad papal, el acuerdo fue aceptado por toda la Compañía
sin ningún problema.
(d) La alegación de que los jesuitas fueron
siempre inmensamente ricos es demostrablemente una fábula. Parecería
haber surgido de la presuposición vulgar de que todos los que
viven en grandes casa o iglesias deben ser muy ricos. La alegación
fue explotada ya en 1594 por Antoine Arnauld, quien declaró que
los jesuitas franceses tenían una renta de 200.000 livres (50.000
libras, que podrían multiplicarse por seis para obtener el poder
adquisitivo relativo de esa época). Los jesuitas respondieron
que sus veintidós colegios e iglesias, que tenían una
plantilla de 500 a 600 personas, tenían en total sólo
60.000 livres (15.000 libras). Las rentas anuales exactas de la provincia
inglesa durante unos 120 años se han publicado por Foley (Registros
S.J., VII, Introd., 139). Duhr (Jesuitenfabeln, 1904, 606, etc.) da
muchas cifras de la misma clase. Podemos por tanto decir ahora que las
rentas de colegio eran, para su finalidad, muy moderadas. Los rumores
de inmensas riquezas adquirieron vigencia adicional por dos sucesos,
el Restitutionedikt de 1629, y la licencia, a veces concedida por la
autoridad papal, a los procuradores de las misiones extranjeras para
incluir en la venta de los productos de sus propias granjas de la misión
los productos de sus conversos nativos, que eran generalmente demasiado
incultos e infantiles para hacer negocios por sí mismos. El Restitutionedikt,
como se ha explicado (ver arriba, Alemania), no condujo a resultados
permanentes, pero la venta del producto de las misiones llegó
notoriamente al conocimiento público en la época de la
Supresión, por la quiebra del Padre La Valette (ver, en el artículo
de arriba, Supresión, Francia). En ningún caso las transacciones
monetarias, tal como fueron, afectaron al nivel de vida en la propia
Compañía, que siguió siendo siempre el de los honesti
sacerdotes de su época (ver Duhr, op. cit. infra, pp. 582-652).
Durante los meses finales de 1761 muchos otros prelados escribieron
al rey, al canciller, M. de Lamoignon, protestando contra el arrêt
del Parlement de 6 de Agosto de 1761 y prestando testimonio de la a
su juicio injusticia de las acusaciones hechas contra los jesuitas,
y de la pérdida que sufrirían sus diócesis por
su supresión. De Ravignan da los nombres de veintisiete de tales
obispos. De la minoría, cinco de seis entregaron una respuesta
colectiva, aprobando la conducta y la enseñanza de los jesuitas.
Estos cinco obispos, el cardenal de Choiseul, hermano del estadista,
Mons. de La Rochefoucauld, arzobispo de Ruán, y Mons. Quiseau
de Nevers, Choiseul-Beaupré de Châlons, y Champion de Cicé
de Auxerre, declararon que "la confianza depositada en los jesuitas
por los obispos del reino, todos los cuales los aprueban en sus diócesis,
es la evidencia de que todos ellos son considerados útiles en
Francia", y que en consecuencia, ellos, los que escriben, "suplican
al rey conceda su real protección y mantenga para la Iglesia
de Francia una Compañía recomendable por los servicios
que presta a la Iglesia y al Estado y que se puede confiar que la vigilancia
de los obispos la mantendrá libre de los males que se teme podrían
llegar a afectarla." A la segunda y la tercera de las preguntas
del rey respondieron que ocasionalmente jesuitas individuales han enseñado
doctrinas dignas de reproche o invadido la jurisdicción de los
obispos, pero que la falta no ha sido lo bastante general como para
afectar al colectivo en su conjunto. A la cuarta pregunta responden
que "la autoridad del general como acostumbra a ser y debe ser
ejercida en Francia no parece necesitar modificación; ni ven
nada objetable en los votos jesuitas". De hecho, el único
punto en el que difieren de la mayoría es en la sugestión
de que "para eliminar todas las dificultades en el futuro sería
bueno solicitar de la Santa Sede que publique un Breve fijando con precisión
los límites para ejercer la autoridad del general en Francia
que requieren las máximas del reino".
Testimonios como estos podrían multiplicarse indefinidamente.
Entre ellos, uno de los más significativos es el de Clemente
XIII, fechado el 7 de Enero de 1765, que menciona específicamente
las cordiales relaciones de la Compañía con los obispos
de todo el mundo, precisamente cuando se estaba tramando su supresión.
En sus libros sobre Clemente XIII y Clemente XIV, de Ravignan hace constar
las actas y cartas de muchos obispos a favor de los jesuitas, enumerando
los nombres de casi 200 obispos de todas las partes del mundo. De una
fuente secular el testimonio más notable es el de los obispos
franceses cuando la hostilidad hacia la Compañía predominaba
en las altas esferas. El 15 de Noviembre de 1761, el conde de Florentin,
ministro de la Casa Real, ordenó al cardenal de Luynes, arzobispo
de Sens, que convocara a los obispos entonces en París para investigar
los siguientes puntos:
- La utilidad que los jesuitas podían tener en Francia, y las
ventajas o males que podría esperarse acompañaran a
su separación de las diferentes funciones a ellos encomendadas.
- La forma en la que en su enseñanza y práctica se conducían
los jesuitas con respecto a las opiniones peligrosas para la seguridad
personal del soberano, a la doctrina del clero francés contenida
en la Declaración de 1682, y con respecto a las opiniones ultramontanas
en general.
- La conducta de los jesuitas respecto a la subordinación debida
a los obispos y superiores eclesiásticos, y respecto a si no
infringen los derechos y funciones de los párrocos.
- Qué limitación puede ponerse a la autoridad del General
de los Jesuitas, tal como se ejerce hasta ahora en Francia.
Para obtener el juicio de los eclesiásticos del reino sobre
la acción del Parlement, no había preguntas más
deseables, y los obispos convocados (tres cardenales, nueve arzobispos,
y treinta y nueve obispos, esto es, en total cincuenta y uno) se reunieron
a considerarlas el 30 de Noviembre. Nombraron una comisión compuesta
de doce de ellos, a la que se dio un mes para su tarea, e informó
debidamente el 30 de Diciembre de 1761. De estos cincuenta y un obispos,
cuarenta y cuatro dirigieron una carta al rey, fechada el 30 de Diciembre
de 1761, respondiendo a todas las cuatro preguntas en un sentido favorable
a la Compañía, y dando bajo cada encabezamiento una clara
explicación de sus razones.
A la primera pregunta los obispos responden que el "Instituto
de los jesuitas ... está notoriamente consagrado al bien de la
religión y al provecho del Estado". Comienzan señalando
cómo una sucesión de Papas, San Carlos Borromeo, y los
embajadores de los príncipes, que estaban presentes con él
en el Concilio de Trento, junto con los Padres de ese Concilio en su
capacidad colectiva, se habían pronunciado a favor de la Compañía,
después de una experiencia de los servicios que podía
prestar; cómo, aunque, en un primer momento, hubo un prejuicio
contra ella en Francia, por motivo de ciertas novedades en sus constituciones,
el soberano, los obispos, el clero, y el pueblo se habían, al
llegar a conocerla, apegado firmemente a ella, como se testimonió
por las demandas de los Estados Generales en 1614 y 1615, y de la Asamblea
del Clero en 1617, organismos que deseaban colegios jesuitas en París
y las provincias como "el mejor medio adaptado para implantar en
los corazones de la gente la religión y la fe". Se referían
también al lenguaje de muchas cartas patentes por las que los
reyes de Francia habían autorizado diversos colegios jesuitas,
particularmente el de Claremont, en París, que Luis XIV había
deseado llevara su propio nombre, y que había llegado a ser conocido
como el Colegio de Louis-le-Grand. Luego, viniendo a su experiencia
personal, prestaban testimonio de que "los jesuitas son muy útiles
en nuestra diócesis, para la predicación, para la guía
de almas, para implantar, mantener y renovar la fe y la piedad, mediante
sus misiones, congregaciones, retiros que llevan a cabo con nuestra
aprobación y bajo nuestra autoridad" De ahí que concluyan
que "sería difícil reemplazarlos sin pérdida,
especialmente en las ciudades de provincia, donde no hay universidad".
A la segunda pregunta los obispos responden que, si hubiera alguna
realidad en la acusación de que la enseñanza jesuita fuera
una amenaza a las vidas de los soberanos, los obispos habrían
tomado medidas desde hace mucho tiempo para reprimirla, en vez de confiar
a la Compañía las funciones más importantes del
ministerio sagrado. También indican la fuente en que tiene su
origen ésta y similares acusaciones contra la Compañía.
"los calvinistas" dicen "intentaron con todas sus fuerzas
destruir en su cuna una Compañía cuyo principal objeto
era combatir sus errores... y difundieron muchas publicaciones en los
que señalaban a los jesuitas como profesando una doctrina que
amenazaba las vidas de los soberanos, porque acusarlos de un crimen
tan capital era el medio más seguro de destruirlos; y de los
prejuicios así suscitados contra ellos se han apropiado desde
entonces con avidez todos los que tenían algún motivo
interesado para objetar la existencia de la Compañía (en
el país)." Los obispos añaden que las acusaciones
contra los jesuitas que se estaban haciendo en ese momento en tantos
escritos con los que se inundaba el país no eran sino refundiciones
de lo que se había dicho y escrito contra ellos a lo largo del
siglo y medio anterior.
A la tercera pregunta responden que los jesuitas han recibido sin duda
numerosos privilegios de la Santa Sede, la mayor parte de los cuales,
sin embargo, y los más amplios, se les han acumulado por comunicación
con las demás órdenes a las que se les había originariamente
concedido; pero que la Compañía se había acostumbrado
a usar sus privilegios con moderación y prudencia.
La cuarta y última de las preguntas no es pertinente aquí,
y omitimos la respuesta. El arzobispo de París, que era uno de
los obispos reunidos, aunque sobre la base de los precedentes prefirió
no firmar la declaración de la mayoría, la aprobó
en una carta separada que dirigió al rey.
(e) No se puede negar que, como la Compañía
adquirió reputación e influencia incluso en las cortes
de reyes poderosos, surgieron ciertos problemas domésticos, de
los que no se habían tenido noticia antes. Algunas envidias fueron
inevitables, y algunas pérdidas de amistad; también hubo
peligro de que los defectos de la corte se contagiaran a los que la
frecuentaban. Pero es igualmente claro que la Compañía
estuvo celosamente alerta en esta materia, y parecería que sus
precauciones tuvieron éxito. La observancia religiosa no sufrió
de manera apreciable. Pero poca gente del Siglo XVII, si hubo alguna,
se dio cuenta de los graves peligros que se estaban derivando del gobierno
absoluto, el declive de energía, el deseo disminuido de progreso.
La Compañía como el resto de Europa sufrió bajo
esas influencias, pero fueron claramente externas, no internas. En Francia,
la dañina influencia del Galicanismo debe admitirse (ver más
arriba, Francia). Pero incluso en este sombrío periodo encontramos
a los jesuitas franceses en el nuevo campo de misiones del Canadá
mostrando un fervor digno de la más altas tradiciones de la orden.
La prueba final y más convincente de que no hubo nada seriamente
malo en la pobreza y la disciplina de la Compañía hasta
la época de su supresión la ofrece la incapacidad de sus
enemigos de sustanciar sus acusaciones cuando, tras la supresión,
todas las cuentas y documentos de la Compañía pasaron
en bloque a posesión de sus adversarios.¡Qué incomparable
oportunidad de probar al mundo esas alegaciones que hasta ahora carecían
de respaldo! Pese a ello, después de un cuidadoso escrutinio
de los documentos, tal intento no se hizo. No se podían probar
graves faltas.
Ni a mediados del Siglo XVIII ni en ninguna época anterior hubo
decadencia interna de la Compañía; no hubo pérdida
en cifras, sino al contrario, un crecimiento constante; no hubo disminución
en el saber, moralidad, celo. De 1.000 miembros en 12 provincias en
1556, había crecido a 13.112 en 27 provincias en 1615; a 17.665
en 1680, 7.890 de los cuales eran sacerdotes, en 35 provincias con 48
noviciados, 28 casas profesas, 88 seminarios, 578 colegios, 160 residencias
y 106 misiones extranjeras; y a despecho de todos los obstáculos,
persecuciones, expulsiones, durante los Siglos XVII y XVIII, en 1749
se contaban 22.589 miembros, de los cuales 11.293 eran sacerdotes, en
41 provincias, con 61 noviciados, 24 casas profesas, 176 seminarios,
669 colegios, 335 residencias, 1.542 iglesias, y 273 misiones extranjeras.
Que no hubo disminución en el saber, moralidad, o celo los historiadores
en general lo atestiguan, sean hostiles o amistosos respecto a la Compañía
(ver Maynard, "Los jesuitas, sus estudios y su enseñanza").
Sobre este punto el testimonio de Benedicto XIV será seguramente
aceptado como incontrovertible. En una carta fechada el 24 de Abril
de 1748, dice que la Compañía es aquella "cuyos religiosos
tienen reputación en todas partes de tener el buen aroma de Cristo,
principalmente porque, para el progreso de los jóvenes que frecuentan
sus iglesias y escuelas en busca de conocimiento liberal, sabiduría,
y cultura, tanto como de actos y hábitos de piedad y religiosidad
cristiana, ejercitan celosamente todos los esfuerzos para el provecho
de los jóvenes".
En otra carta que lleva la misma fecha dice:
Es una convicción universal confirmada por declaración
pontificia [Urbano VIII, 6 de Agosto de 1623] que así como
Dios Todopoderoso suscitó otros hombres santos en otras épocas,
así suscitó a San Ignacio y la Compañía
por él establecida para oponerse a Lutero y los herejes de
su tiempo; y los religiosos hijos de esta Compañía,
siguiendo la luminosa vía de tan gran padre, continúan
dando un inagotable ejemplo de las virtudes religiosas y una distinguida
habilidad en toda clase de saber, más especialmente en lo sacro,
de modo que, como su cooperación es un gran servicio en la
exitosa conducción de los asuntos más importantes de
la Iglesia Católica, en la restauración de la moralidad,
y en la cultura liberal de los jóvenes, merecen nuevas pruebas
del favor apostólico.
En el párrafo siguiente habla de la Compañía como
"la más meritoria de la religión ortodoxa" y
más adelante dice: "Abunda en hombres cualificados en todas
las ramas del saber". EI 27 de Septiembre de 1748, elogió
al General de la Compañía y a sus miembros "por sus
arduos y fieles trabajos de sembrar y propagar por todo el mundo la
fe y unidad católica, tanto como la doctrina y piedad católica,
en toda su integridad y santidad". El 15 de Julio de 1749, habla
de los miembros de la Compañía como "hombres que
mediante su asiduo trabajo se esfuerzan en instruir y formar a los fieles
de ambos sexos en todas las virtudes, y en celo por la piedad y doctrina
cristiana". "La Compañía de Jesús"
escribía el 29 de Marzo de 1753, "estrechamente adherida
a las espléndidas lecciones y ejemplos dados por su fundador,
San Ignacio, se dedica al máximo a esta piadosa obra [los ejercicios
espirituales] con tanto ardor, celo, caridad, atención, vigilancia,
trabajo...", etc.
Para las primeras controversias ver los artículos
de Annat, Cerrutti, Forer, Gretzer. Grou, y Reiffenberg en Sommervogel,
y la lista completa de apologías jesuitas, ibíd., X, 1501.
Bohmer-Monod, Les jesuites (París, 1910); Gioberti, Il Gesuita
moderno (Lausana, 1840); Griesinger, Hist. of the Jesuits (Londres,
1872); Hoenbroech, Vierzehn Jahre Jesuit (Leipzig, 1910); Huber, Der
Jesuiten-Orden (Berlín, 1873); Michelet-Quintet, des jesuites
(París, 1843); Muller, Les origines de la comp. de Jesus (París,
1898); Reusch, Beitrage fur Gesch. der jesuiten (Munich, 1894); Taunton,
Hist. of the Jesuits in England (Londres, 1901); Theiner, Hist. des
institutions chret d'education eccles. (Tr. fr., Cohan, París,
1840). Discusiones sobre los autores citados arriba y otros hostiles
se encontrarán en los periódicos jesuitas citados más
arriba; ver también Pilatus (Viktor Naumann), Der Jesuitismus
(Ratisbona, 1905), 352-569, una buena crítica, por un autor protestante,
de la literatura anti-jesuítica; Briere, L'apologitique de Pascal
et la mort de Pascal (París, 1911), Brou, Les jesuites de la
legende (París, 1906); Concerning Jesuits (Londres, 1902); Duhr,
Jesuiten-Fabeln (Friburgo, 1904); Du Lac, Jesuites (París, 1901);
Maynard, The Studies and Teachings of the Society of Jesus (Londres,
1855); Les Provinciales et leur refutation (París, 1851-2); De
Ravignan, De l'existence et de l'institut des jesuites (París,
1844), tr. Seager (Londres, 1844); Weiss, Antonio de Escobar y Mendoza
(Friburgo, 1911); Reusch, Der Index der verboten Bucher; Dolinger and
Reusch, Gesch, des Moralstreitigkeiten; Darrel, A Vindication of St.
Ignatius from Phanaticism, and of the Jesuites from the Calumnies laid
at their charge (Londres, 1688); Hughes, Loyola and the Educat. System
of the Jesuits (Nueva York, 1892); Pachtler-Duhr, Ratio Studiorum in
Mon. Germ. paedagogica (Berlín, 1887); Swickerath, Jesuit Education,
Its History and Principles in the Light of Modern Educational Problems
(St. Louis, 1905).
J.H. POLLEN
Transcrito por Michael Donahue
Traducido por Francisco Vázquez