La Armada Española, también
llamada la Armada Invencible (infra), y más correctamente
La Armada Grande, fue una flota (I) que pretendía invadir
Inglaterra y poner un fin a la larga serie de agresiones inglesas contra
las colonias y posesiones de la Corona española; (II) sin embargo
fue totalmente destruida luego de una semana de combates y un crucero
desastroso; (III) esto condujo a la decadencia gradual del poder marítimo
de España; (IV) los católicos en general apoyaron a la
Armada, pero con algunas notables excepciones.
I. LA PROVOCACIÓN INGLESA
Hasta el comienzo del reinado
de Isabel (1558), Felipe había sido su mejor amigo. La
intercesión de este ayudó a salvar su vida después
de la rebelión de Wycliffe (1554). Él facilitó
su advenimiento, la apoyó contra las demandas de María
Estuardo, e intervino poderosamente en su favor para prevenir que
ayuda francesa fuese enviada a Escocia. Cuando Inglaterra
surgió triunfante en el tratado de Edimburgo (1560), Isabel le
envió una comisión especial para darle las gracias con
el Lord católico Montague a su cabeza, a quien había dispensado
de las leyes inglesas para que pudiera practicar el Catolicismo durante
la misión de embajador.
Siendo ahora completa la victoria
del Protestantismo, fue mostrada una mayor frialdad. Conforme
el tiempo fue pasando, el embajador español fue tratado irrespetuosamente,
su casa fue asediada, los visitantes de su capilla encarcelados; naves
españolas fueron robadas impunemente en el Canal. En 1562, Hawkins
se abrió camino por medio de la violencia a los mercados prohibidos
de las Indias Orientales, siendo su principal mercancía los esclavos
capturados en África Oriental. En 1564 y 1567 se repitieron las
mismas medidas violentas, pero la última terminó en un
desastre para él. Mientras tanto el partido protestante en los
Países Bajos empezaba a rebelarse en 1566 y era subvencionado
por Inglaterra.
En 1568, habiendo atracado en
Plymouth una nave española con la paga para todo el ejército
español en Flandes, el dinero fue tomado por el gobierno inglés.
Se desataron represalias en ambos lados, el comercio fue paralizado,
y la guerra estuvo a punto de estallar, tanto con ocasión del
levantamiento del norte (1569) como en la vez de la conspiración
de Ridolfi en 1571. El imprudente embajador español, Don Gerau
Despes, fue entonces expulsado de Inglaterra, habiendo Felipe despedido
previamente de España al embajador español, Dr. Mann,
un sacerdote apóstata cuya selección, obviamente, fue
considerada un insulto. Mientras la flota española estaba luchando
por la causa de la Cristiandad en contra de los Turcos en Lepanto (1572),
Drake saqueó tres veces las colonias casi indefensas en el mar
español, de donde regresó con un enorme botín (1570,
1571, 1572-73).
Relaciones ligeramente mejores se establecieron entre los dos países
hacia el final de ésta década, cuando Isabel temió
que, con el decaimiento del poder español en los Países
Bajos, Francia pudiese conquistar el país para sí. Así,
en 1578 un embajador español fue recibido en Londres, a pesar
de que al mismo tiempo Drake recibió el permiso para navegar
en su gran viaje bucanero alrededor del mundo. A su regreso la opinión
pública empezó a condenar en voz alta al "ladrón
maestro del Nuevo Mundo", pero Isabel se manifestó intensamente
en su favor, le concedió el honor de la caballería, y
tres años después, inmediatamente antes de enviar su ejército
a luchar en contra de los españoles en los Países Bajos,
lo envió nuevamente para estropear las Indias Orientales. Fue
entonces que Drake "convenció España de que en su propia
defensa debía aplastar a Inglaterra" (J.R. Seeley, Growth
of British Policy).
Mr. Froude y los panegiristas
mayores de la Reina Isabel constantemente justifican las acciones de
piratería inglesas como actos de venganza contra las crueldades
de la Inquisición, y sostienen que Felipe había dado motivos
para la guerra animando complots contra el trono y la vida de Isabel.
El motivo primordial de la Armada, dicen ellos, era derrocar el Protestantismo.
Pero estas declaraciones no pueden probarse y están desorientadas
(vease Laughton, p. xxii; Pollen, The Month, February, March, April,
1902). Es cierto que los ineficaces esfuerzos de España por cerrar
al resto de Europa el tráfico con sus colonias fueron imprudentes,
injustos quizás, y actuaron como incentivo para el tráfico
secreto e ilegal. Pero también debe recordarse que los monopolios
comerciales florecieron en Inglaterra con tal magnitud que es posible
que sus piratas hayan tomado esa profesión a causa de que el
comercio legal estuviera tan impedido (Dascent, Acts of Privy Council,
VII, p. xviii). Por otro lado, uno tiene que condenar sin reserva las
crueldades de Alva y de los Inquisidores españoles que agriaron
mucho la pelea una vez comenzada.
II. EL CONFLICTO
Desde julio de 1580 Felipe empieza a considerar a los piratas ingleses
bajo una nueva perspectiva. Él, entonces, había validado
por la fuerza su pretensión a la corona de Portugal, por lo que
se hizo señor de las extensas y ricas colonias portuguesas. Si
él no se propusiera defenderlas pronto, éstas se perderían
o serían robadas. Él ahora era, además, el señor
de una considerable flota. El peligro de los Turcos había sido
reducido enormemente. Las guerras religiosas habían desgastado
las fuerzas de Francia. Jaime de Escocia había roto los lazos
con los que Isabel lo había atado durante su niñez, y
demostró cierta intención de ayudar a su madre, la Reina
María, y ella podría persuadir a los católicos
ingleses a que apoyasen al ejército que debía enviarse
para liberarla. Pero Felipe llegó a esta conclusión tan
lenta y silenciosamente que es difícil decir cuando pasó
de la aprobación especulativa de la guerra a la determinación
real de luchar.
En abril, mayo, y junio de 1587,
Drake atravesó la costa de España, y, contrariando el
deseo de Isabel, atacó las naves españolas, en Cádiz
quemó a las que estaban a medio acabar y todavía no tripuladas,
e hizo enorme daño a la armada española. Felipe, finalmente
convencido de que tenía que luchar, empezó a poner su
máximo empeño. Pero su ineficacia como organizador nunca
fue más evidente. Lento, inactivo, y no sólo ignorante
del secreto del poder marino, sino incluso negándose a admitir
que hubiese cualquier necesidad de consejo y dirección especiales,
desperdició meses preparando los planes de la campaña
mientras la construcción y provisiones de la flota permanecían
abandonados.
Los españoles de esos días eran tenidos por los mejores
soldados del mundo, pero en cuanto a las maniobras navales y al uso
de artillería pesada estaban muy atrás de sus rivales.
La peor de todas las torpezas fue cometida después de la muerte
del Marqués de Santa Cruz, Don Álvaro de Bazan el mayor,
marinero veterano, el único comandante naval de reputación
que poseyó España. Felipe después de considerar
largamente definió que el Duque de Medina Sidonia debería
sucederlo. Fue vano el intento del Duque de expresar su falta de habilidad
e inexperiencia en temas navales. El rey insistió, y el gran
noble fielmente dejó su espléndido castillo para intentar
lo imposible, y cometer de buena fe los más desastrosos errores
de comando.
Un notable comentario sobre la ineficacia de los enormes preparativos
se ofrece en las cartas del nuncio papal en la corte de Felipe. Él
informa, a fines de febrero de 1588, que había estado hablando
con los otros enviados de Alemania, Francia, y Venecia, y que ninguno
de ellos podía imaginarse que la flota pretendiese atacar a Inglaterra
a final de cuentas, porque a todos les parecía demasiado débil.
El mes siguiente él fue confirmado por uno de los consejeros
personales de Felipe--ellos se sentían seguros de que todo iría
bien una vez que consiguieran poner un pie en Inglaterra (Archivos Vaticanos,
Germania, CX sq., 58, 60).
La Armada partió de Lisboa el 20 de mayo de 1588. Consistía
de aproximadamente 130 naves y 30.493 hombres; pero por lo menos la
mitad de las naves eran de transporte, y dos tercios de los hombres
eran soldados. Iba rumbo a Flandes dónde debería unirse
al Príncipe de Parma, quién había construido varios
pontones y transportes para armar a su ejército. Pero la flota
se vio forzada a detenerse casi inmediatamente en el puerto de Coruña
para reabastecerse. El almirante ya estaba sugiriendo que se suspendiera
la expedición, pero Felipe insistió, y navegó el
12 de julio, de acuerdo al viejo estilo entonces observado en Inglaterra.
Esta vez el viaje prosperó, y una semana después la Armada
se había reunido nuevamente en Lizard y prosiguió al día
siguiente, sábado 20 de julio, hacia el este rumbo a Flandes.
Luces de faro notificaron su llegada
a los ingleses, quienes se apresuraron en partir de Plymouth y lograron
escapar de los españoles en la noche, poniendo a su favor el
factor del clima, una ventaja que nunca perdieron. Las naves
de guerra de la Armada estaban ahora formadas en media luna, las de
transporte permanecían entre los cuernos, y en esta formación
avanzaron lentamente por el canal, mientras los ingleses cañoneaban
a los de atrás, causando así la pérdida de tres
de las principales embarcaciones. Todavía en la tarde del sábado
27 de julio, los españoles estaban anclados en los caminos de
Calais, con urgente necesidad de reabastecerse, es cierto, pero con
sus números todavía casi intactos.
De acuerdo a las mejores autoridades
modernas, estos números, que habían sido ligeramente favorables
a España al inicio, ahora que los ingleses habían recibido
refuerzos y los españoles habían sufrido pérdidas,
estaban a favor de los ingleses. Había aproximadamente sesenta
navíos de guerra en ambas flotas, pero en cuanto al número
y al calibre de las armas la ventaja estaba con los ingleses, y en cuanto
a la artillería y las tácticas navales no había
punto de comparación.
Howard no permitió que su enemigo se reabasteciera en ningún
momento. La noche siguiente, cuando la marea creció, algunos
brulotes navegaron por entre la Armada. Los españoles, preparados
para este peligro, deslizaron sus cables, sin embargo sufrieron algunas
pérdidas por las colisiones. El lunes siguiente la gran batalla
se realizó cerca al puerto de Gravelines, donde los españoles
fueron completamente sobrepasados y derrotados. Habla mucho de su heroísmo
que sólo se notifica que una nave haya sido capturada; pero tres
se hundieron, cuatro o cinco huyeron hacia la costa, y el Duque de Medina
Sidonia tomó la resolución de liderar el muy dañado
grupo remanente a través del norte de Escocia e Irlanda, y de
ahí de regreso a España. Pero para tan difícil
viaje no disponían de ningún mapa ni un solo piloto en
toda la flota. Más y más naves se perdían ahora
a cada tempestad y a cada punto de peligro. El 13 de septiembre el duque
regresó a Santander, habiendo perdido la mitad su flota y cerca
de tres cuartos de sus hombres.
III. LA SECUELA
Grandes como fueron los efectos del fracaso de la Armada, son sin embargo,
frecuentemente sobredimensionados. La derrota sin duda puso límites
a la expansión española, y aseguró el poder de
su rival. A pesar de ello, es un error suponer que este cambio fue inmediato,
obvio, o uniforme. Las guerras religiosas en Francia, promovidas por
Isabel, terminaron debilitando a ese país de tal manera que España
parecía estar, a dos años de la Armada, más cerca
que nunca de la dominación universal, y la consumación
de esta fue evitada por la reconciliación de Enrique IV con el
Catolicismo, lo que, al reunir a Francia, restauró el equilibrio
de poder en Europa, tal como fue reconocido por España en la
Paz de Vervins en 1598.
Ni siquiera el cambio de poder marítimo fue inmediato u obvio.
En realidad Inglaterra siempre había sido superior en el mar,
como muestra claramente la historia de Drake y sus compañeros.
Su debilidad estaba en la pequeñez de su armada permanente, y
su necesidad de munición adecuada. España se demoró
tanto en rehabilitar su fuerza marítima que Inglaterra tuvo amplio
tiempo para organizar y armar una flota superior. Pero, aunque España
hubiese fallado en el mar, seguía siendo el principal poder en
tierra, y, habiendo reconocido su inferioridad naval, fortaleció
a sus defensas terrestres con tal éxito que la depredación
de Inglaterra en sus colonias después de su derrota fue incomparablemente
menor de las que habían ocurrido antes. Su decadencia sobrevino
porque las causas de la derrota no se remediaron. El trabajo
de esclavos y sus consecuentes corrupciones en las colonias, y la falta
de organización y de un gobierno libre en casa, se unieron al
afán de poder en el extranjero --éstas, y no cualquier
derrota aislada, por grande que fuese, fueron las causas de la decadencia
del gran poder mundial del siglo dieciséis.
IV. LA COOPERACIÓN CATÓLICA
Entre los muchos temas periféricos que encuentra el estudiante
de la historia de la Armada, el de la cooperación o favor del
Papa, y del partido católico inglés es, evidentemente,
importante para los católicos. No queda duda de que por más
que el predominio español no fuese deseado por los católicos
de Inglaterra, Francia, y Alemania, o de Roma, el sufrimiento y el enojo
generales causados por las guerras religiosas fomentadas por Isabel,
y la indignación causada por su persecución religiosa,
además de la ejecución de María Estuardo, causaron
que los católicos en todos lados simpatizaran con España,
hasta el punto de considerar la Armada como una cruzada contra el más
peligroso enemigo de la Fe.
El Papa Sixto V acordó renovar la excomunión de
la reina, y conceder un gran subsidio a la Armada, pero, sabiendo de
la lentitud de España, no daría nada hasta que la expedición
hubiese realmente desembarcado en Inglaterra. De esta manera había
evitado gastar millones de coronas, evitando también el reproche
por haber procedido fútilmente contra la reina hereje. Esta excomunión
había sido, desde luego, muy merecida, y existe una proclamación
que lo justifica, que se habría publicado en Inglaterra si la
invasión hubiera sido exitosa. Fue firmada por el Cardenal
Allen, y se titula "Una Advertencia a la Nobleza y al Laicado de
Inglaterra". Se pretendía que este documento comprendiese todo
lo que pudiera ser dicho en contra de la reina, y la acusación
es, por consiguiente, más completa y fuerte que cualquier otra
emitida por los exiliados religiosos, que generalmente eran muy reservados
en sus quejas. Allen también tuvo el cuidado de confiar su publicación
al fuego, y sólo la conocemos a través de uno de los ubicuos
espías de Isabel que había robado previamente una copia.
No hay duda de que todos los exiliados por motivos religiosos en esta
época compartían los sentimientos de Allen, pero no así
los católicos en Inglaterra. Ellos siempre habían sido
lo más conservadores con los partidos ingleses. El resentimiento
que sintieron al ser perseguidos los llevó a culpar a los ministros
de la reina, pero no a cuestionar su derecho a gobernar. Para ellos
el gran poder de Isabel era evidente, las fuerzas e intenciones de España
eran de cantidades desconocidas. Ellos podían, debían,
y se resistieron hasta que se pusiera delante de ellos una justificación
completa, y esto de hecho nunca se intentó. Conforme a lo que
sabemos del clero católico que trabajaba entonces en Inglaterra,
por ejemplo, no podemos encontrar que cualquiera de ellos haya usado
la religión para adelantar la causa de la Armada. Protestantes
y católicos contemporáneos también concuerdan que
los católicos ingleses eran enérgicos en sus preparativos
contra la Armada.
Siendo así, era inevitable que los líderes católicos
en el extranjero perdieran influencia por haber estado del lado de España.
Por otro lado, dado que el Papa y todos aquellos entre quienes ellos
vivían habían sido de la misma opinión, era evidentemente
injusto culpar tan severamente su deseo de tener una perspectiva política.
De hecho, los cambios no vinieron sino hasta cerca del final del reinado
de Isabel, cuando, durante las apelaciones contra el arcipreste, los
viejos líderes, sobre todo el Padre Jesuita Robert Persons,
fueron acusados libremente por la alianza española. Los términos
de la acusación fueron exagerados, pero la razón para
el reclamo no puede ser negada.
La literatura que se
ha recogido en torno a la Armada es voluminosa, y, claro, ha sido ampliamente
influenciada por prejuicios nacionales y religiosos de las naciones
involucradas. Cualquier detalle puede bastar parar indicar cómo
el viento ha estado soplando. Casi todos los escritores han escrito
sobre la Armada "Invencible", pensando que estaban usando un epíteto
aplicado a su flota por los propios españoles, y que profesamente
traicionaba el orgullo español. Hoy parece que era apenas uno
de los insultos que panfleteaban los ingleses contemporáneos,
y que no se encuentra en ningún escritor español de la
época (Laughton, pág. xix). En el lado inglés,
los más representativos de la escuela antigua son J. L. Motley,
Rise of the Dutch Republic, y J. A. Froude, History of England, XII,
y English Seamen of the Sixteenth century. El último escritor
es notoriamente inexacto, pero la peor falta de ambos es su confianza
en evidencias teñidas o incluso groseramente prejuiciadas. La
más antigua visión española es ofrecida por F.
Estrada, De Bello Belico, y L. Carrera de Córdoba, Felipe Segundo,
1619. Pero todos estos escritores han sido reemplazados por la publicación
de los papeles del estado inglés y español, sobre todo
por J. K. Laughton y J. S. Corbett, en las publicaciones de la Navy
Record Society (Londres, 1892-93), I, II, y las colecciones españolas
del Capitán C. Fernandez Duro, La Armada Invencible (Madrid,
1884), y Armada Española, II, III (Madrid, 1896); y Martin Hume,
Calendarios españoles. Todavía, el principal desiderátum
en la actualidad es una colección más amplia de periódicos
españoles que ilustran la guerra naval entera desde el principio.
D. de Alcedo y Herrera, Piraterías y agresiones de los Ingleses
en la América española (Madrid, 1882) contiene poco sobre
el periodo en revisión. La historia más erudita de la
batalla publicada hasta ahora es la de un estudiante americano, W. F.
Tilton, Die Katastrophe der spanischen Armada (Friburgo, 1894). J. S.
Corbett, Drake and the Tudor Navy, esfuerzos por reconciliar las viejas
tradiciones inglesas con los descubrimientos modernos, y no siempre
científicamente. Sobre el Papa y los católicos vease J.
A. v. Hubner, Sixte Quint (París, 1870, la mejor edición);
T.F. Knox, Letters of Carinal Allen (Londres 1882).
J.H. POLLEN
Trascrito por M. Donahue
Traducido por Bartolomé Santos