Arzobispo de Cartago de 388 al 423. Desde el título de San Cipriano,
Cartago fue uno de los más importantes lugares de la Cristiandad. Sus
obispos portaron el título de Primados, aunque no lo hicieron de manera
formal, ellos llegaron a confirmar las nominaciones episcopales, y los concilios
en plenaria, los que se llevaron a cabo casi anual y firmaron cartas de los
sínodos en nombre de todos los participantes.
Esas fueron las condiciones en las cuales Aurelio ocupó su cargo, en
tiempos en los cuales África mantenía el liderazgo intelectual
de la Iglesia. Su episcopado coincidió con el último notable esfuerzo
de los donatistas por sostener una causa perdida, y con la primera aparición
del pelagianismo. Ambas crisis fueron enfrentadas por Aurelio con igual decisión
y determinación.
Fue un hombre con disposición a la conciliación, y gran amor
a la paz; su tendencia se inclinó a tratamientos indulgentes de arrepentimiento
de los donatistas. Esto fue puesto de manifiesto en los actos del sínodo
de su propia iglesia, y en las plenarias de consejos que llegó a presidir.
En todo ello él mantuvo la misma política de moderación.
Sin embargo, cuando los donatistas optaron por la rebelión, y recurrieron
a los asesinatos, Aurelio se unió a sus colegas apelando por el poder
secular.
Fue alguien firme y claro en denunciar al pelagianismo. En 412 excomulgó
a Cartago Caelestinus, el discípulo de Pelagio. En 416 los condenó
a ambos, en un sínodo de sesenta y ocho obispos de la Proconsulatoría.
Indujo a Inocencio I a abordar dos principales errores, como lo fueron la definición
de la gracia y el bautismo de los infantes.
Cuando el Papa Zosimus se permitió el ser engañado por las mentiras
de Pelagio, Aurelio llegó a realizar la plenaria de un consejo en África
(417) y envió los nombres al Pontífice, quien a su vez (418) llegó
a condenar a los herejes. Aurelio es mencionado en el martirologio el día
20 de julio.
A.J.B. VUIBERT
Transcripción de Joseph P. Thomas
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes