I. GEOGRAFÍA
II. HISTORIA PRIMITIVA
III. EL PRIMER IMPERIO
IV. EL SEGUNDO IMPERIO, O IMPERIO CALDEO
V. ALGUNAS REFERENCIAS BÍBLICAS ESPECÍFICAS
1. El primer pasaje referente a Babilonia está en
Gén., 10, 8-10
2.El comienzo de su reino fue Babel y Arac
y Acad y Calneh...
3. El pasaje bíblico que trata de la Torre de Babel
en Gén., 11, 1-9
4. El relato de la batalla de los cuatro reyes contra
cinco cerca del Mar Muerto en Gén., 14
5. Abraham era un babilonio de la ciudad de
Ur según Gén., 11, 28 y 31
6. La característica más asombrosa de las Escrituras
Hebreas es la ausencia de ideas religiosas babilónicas
VI. RELIGIÓN
VII. CIVILIZACIÓN
VIII. LITERATURA
1. Las Epopeyas
2. Los Salmos
3. La Narración Histórica
Al tratar de la historia, carácter, e influencia de
este antiguo imperio, es difícil no hablar al mismo tiempo de su hermana,
o más bien, hija, Asiria. Esta vecina del norte y colonia de
Babilonia siguió siendo hasta el fin de la misma raza e idioma y casi
de la misma religión y civilización que la del país del que procedía.
Las suertes políticas de ambos países durante más de mil años estuvieron
entremezcladas una con otra; de hecho, durante varios siglos formaron
una unidad política. Se remite por tanto al lector al artículo Asiria
para las fuentes de la historia Asiro-babilonia; para el relato de la
exploración, idioma y escritura; para su valor en la exégesis del Antiguo
Testamento, y para mucha de la historia de Babilonia durante el periodo
de la supremacía asiria.
I. GEOGRAFÍA
El país se extiende diagonalmente del noroeste al sudeste,
entre 30º y 33º de latitud Norte y 44º y 48º de longitud Este, o desde
la actual ciudad de Bagdad al Golfo Pérsico, desde las vertientes de
Khuzistan al este hasta el Desierto Arábigo al oeste, y está sustancialmente
contenido entre los ríos Éufrates y Tigris, aunque se debe añadir al
oeste una estrecha franja de cultivo a la orilla derecha del Éufrates.
Su longitud total es de unas 300 millas, su máxima anchura unas 125
millas; alrededor de 23.000 millas cuadradas en total, o el tamaño de
Holanda y Bélgica juntas.
Como estos dos países, su suelo está ampliamente constituido
por depósitos aluviales de dos grandes ríos. Una característica muy
notable de la geografía de Babilonia es que la tierra al sur invade
el mar y que el Golfo Pérsico retrocede actualmente al ritmo de una
milla cada setenta años, mientras que en el pasado, aunque aún en los
tiempos históricos, retrocedía hasta una milla cada treinta años. En
el periodo inicial de la historia babilónica el golfo se extendería
unas ciento veinte millas tierra adentro. Según registros históricos
las ciudades de Ur y Eridu estaban antiguamente junto al mar, del que
están ahora a unas cien millas de distancia; y de las crónicas de la
campaña de Senaquerib contra Bît Yakin deducimos que ya en 695 antes
de Cristo, los cuatro ríos Kerkha, Karun, Éufrates y Tigris entraban
en el golfo por bocas separadas, lo que prueba que el mar incluso entonces
se extendía a una considerable distancia al norte de donde el Éufrates
y el Tigris se juntan ahora para formar el Shat-el Arab. Las observaciones
geológicas muestran que una formación secundaria de piedra caliza comienza
abruptamente en una línea que va de Hit en el Éufrates a Samarra en
el Tigris, esto es, a cuatrocientas millas de su actual boca; esta debe
haber sido antiguamente la línea de la costa, y todo el territorio al
sur fue ganado sólo gradualmente al mar por depósito fluvial. Hasta
qué punto fue el hombre testigo de esta gradual formación del suelo
babilónico no podemos establecerlo ahora; tan lejos al sur como en Larsa
y Lagash el hombre había construido ciudades 4.000 años antes de Cristo.
Se ha sugerido que el relato del Diluvio puede estar relacionado con
el recuerdo del hombre de las aguas que se extendían muy al norte de
Babilonia, o de algún gran acontecimiento natural relacionado con la
formación del suelo; pero con nuestro actual conocimiento imperfecto
sólo puede hacerse la más simple sugerencia. Bien puede, sin embargo,
observarse que el asombroso sistema de canales que existió en la antigua
Babilonia incluso en las épocas históricas más remotas, aunque ampliamente
debido a la cuidadosa industria y paciente peaje del hombre, no fue
enteramente obra de la pala, sino anteriormente de la naturaleza que
condujo las aguas del Éufrates y Tigris en un centenar de riachuelos
al mar, formando un delta como el del Nilo.
La fertilidad de esta rica llanura aluvial era en épocas
antiguas proverbial; producía abundancia de trigo, cebada, sésamo, dátiles
y otros frutos y cereales. Los campos de trigo de Babilonia estaban
principalmente al sur, donde Larsa, Lagash, Erech y Calneh eran centros
de una opulenta población agrícola. La palmera se cultivaba con asiduo
cuidado y aparte de suministrar toda clase de alimento y bebida, se
usaba para mil necesidades domésticas. Pájaros y aves acuáticas, piaras
y rebaños, y numerosísimos ríos con peces proveían a los habitantes
de una abundancia rural que sorprende al lector moderno de informes
catastrales y cuentas de los diezmos de los antiguos templos. El país
está completamente desprovisto de riqueza mineral, y no posee piedra
ni metales, aunque ya desde el 3000 antes de Cristo se estaba importando
piedra del Líbano y Amanus; y mucho antes, hacia el 4500 antes de Cristo,
Ur-Nina, rey de Shirpurla envió a Magan, esto es, a la península del
Sinaí, a por piedra y madera duras; mientras que las minas de cobre
del Sinaí estaban siendo explotadas probablemente por los babilonios
poco después del 3750, cuando Snefru, primer rey de la Cuarta Dinastía
egipcia, los expulsó. Es notable que Babilonia no tuviera periodo del
bronce, sino que pasara del cobre al hierro; aunque en épocas posteriores
aprendió el uso del bronce de Asiria.
Las ciudades de la antigua Babilonia fueron las siguientes:
las más meridionales, Eridu, corrupción semítica del antiguo nombre
de Eri-dugga, buena ciudad, actualmente los montículos
de Abu-Sharain; y Ur, lugar de nacimiento de Abraham, a unas veinticinco
millas al noreste de Eridu, actualmente Mughair. Ambas ciudades
arriba citadas se hallan al oeste del Éufrates. Al este del Éufrates,
las ciudad más meridional era Larsa, la Elasar bíblica (Gén., 14; en
la Vulgata y la versión de Douai desafortunadamente traducida como Pontus),
actualmente Senkere; Erech, la bíblica Arac (Gén., 10, 10), a quince
millas al noroeste de Larsa, es actualmente Warka; A ocho millas al
noreste de la moderna Shatra estaba Shirpurla, o Lagash, hoy Tello.
Shirpurla era una de las más antiguas ciudades de Babilonia, aunque
no es mencionada en la Biblia; probablemente Ciudad del cuervo
(shirpur-cuervo), por el emblema sagrado de su diosa y santuario,
Nin-Girsu, o Nin-Sungir, que por una veintena de siglos fue un importante
centro político, y probablemente dio su nombre a la Babilonia del sur
Sungir, Shumer, o en Gén., 10, 10, Senaar.
Gishban (se lee también Gish-ukh), una pequeña
ciudad un poco al norte de Shirpurla, actualmente los montículos de
Iskha, es de importancia sólo en la historia muy primitiva de Babilonia.
La situación de la importante ciudad de Isin (que se lee también Nisin)
aún no ha sido determinado, pero probablemente estaba situada un poco
al norte de Erech. Calneh, o Nippur (en la versión de Douai, Gén., 10,
10, Calanne), actualmente Nuffar, fue un gran centro religioso,
con su templo de Bel, sin rival en antigüedad y santidad, una especie
de Meca para los babilonios semitas. Las recientes excavaciones norteamericanas
han hecho su nombre tan famoso como las excavaciones francesas hicieron
el de Tello o Shirpurla.
En la Babilonia del Norte tenemos, de nuevo al extremo
sur, la ciudad de Kish, probablemente la Cush bíblica (Gén., 10, 8);
sus ruinas están bajo el actual túmulo El-Ohemir, a ocho millas al este
de Hilla.
A poca distancia hacia el noroeste se halla Kutha,
la actual Telli Ibrahim, la ciudad de donde fueron tomados los colonos
babilonios de Samaría (IV Reyes, 17, 30), y que jugó un gran papel en
la Babilonia Septentrional antes de la dinastía Amorita. El lugar de
Agade, esto es, Akkad (Gén., 10, 10), el nombre de cuyos reyes era temido
en Chipre y en el Sinaí en 3800 antes de Cristo, es por desgracia desconocido,
pero no debe haber estado lejos de Sippara; se ha sugerido que fue uno
de los barrios de esa ciudad, que estaba apenas a treinta millas al
norte de Babilonia y que, ya en 1881, fue identificada por excavaciones
británicas, con la actual Abu-Habba.
Finalmente, Babilonia, con su ciudad gemela Borsippa,
aunque probablemente fundada ya en 3800 antes de Cristo, jugó un papel
insignificante en la historia del país hasta que, bajo Hammurabi, hacia
el 2300 antes de Cristo, entró en esa carrera imperial que mantuvo durante
casi 2000 años, de tal modo que su nombre representa un país y una civilización
de gran antigüedad antes de que Babilonia se alzara con el poder e incluso
antes de que fuera puesto un ladrillo de Babilonia.
II. HISTORIA PRIMITIVA
Al alba de la historia a mediados del quinto milenio
antes de Cristo encontramos en el Valle del Éufrates cierto número de
ciudades-estado, o más bien de ciudades-reino, rivales unas de otras
en tales condiciones de cultura y progreso, que este valle ha sido llamado
la cuna de la civilización, no sólo del mundo semítico, sino muy probablemente
también de Egipto. Los pueblos que habitaban este valle no eran seguramente
todos de una misma raza; diferían en tipo y lenguaje. Los habitantes
primitivos eran probablemente de ascendencia mogola, se llamaron sumerios,
o habitantes de Sumer, Sungir, Senaar. Inventaron la escritura cuneiforme,
construyeron las ciudades más antiguas, y condujeron al país a una alta
cumbre de pacífica prosperidad.
Fueron gradualmente vencidos, desposeídos y absorbidos
por una nueva raza que entró en la llanura entre los dos ríos, los semitas,
que les presionaban desde el norte, desde el reino de Akkad. Los invasores
semíticos, sin embargo, adoptaron fervorosamente, mejoraron y extendieron
con amplitud la civilización de la raza que habían conquistado. Aunque
una cierta cantidad de argumentos conduce a una irrefutable prueba de
que los sumerios fueron los habitantes aborígenes de Babilonia, no tenemos
documentos históricos de la época en que eran los únicos ocupantes del
Valle del Éufrates; al inicio de la historia encontramos a ambas razas
hasta cierto punto mezcladas en posesión de la tierra, aunque los semitas
eran predominantes en el Norte mientras que los sumerios se mantuvieron
durante siglos en el Sur. De dónde vinieron estos sumerios no puede
determinarse, y probablemente todo lo que nunca sabremos es que, después
de una existencia nómada en distritos montañosos del Este, encontraron
una llanura en las tierras de Senaar y se asentaron en ella (Gén., 11,
2). Su primer establecimiento fue Eridu, entonces un puerto de mar en
el Golfo Pérsico, donde sus mitos más antiguos representan al primer
hombre, Adapu, o Adamu (¿Adán?), que pasa su tiempo pescando, y donde
el dios del mar le enseña los elementos de la civilización. Es seguro,
sin embargo, que poseían una considerable cantidad de cultura incluso
antes de entrar en la llanura de Babilonia; pues, contemporáneamente
con las primeras fundaciones de sus templos más antiguos, poseían la
escritura cuneiforme, que puede ser descrita como una escritura cursiva
desarrollada a partir de signos pictóricos durante siglos de cultura
primitiva. Desde dónde invadió la raza semítica Babilonia, y cuál fue
su origen, no lo sabemos, pero debe señalarse que la lengua que hablaban,
aunque clara y totalmente semítica, es aun así tan chocantemente diferente
de todas las demás lenguas semíticas que representa una categoría aparte,
y la época en la que formaba una sola habla con las demás lenguas semíticas
se sitúa infinitamente más allá de nuestros cálculos.
Los documentos más antiguos, entonces, nos muestran
un estado de cosas no diferente del de nuestra heptarquía sajona: pequeños
príncipes, o ciudades-reinos que emprenden con éxito la obtención del
señorío sobre una ciudad vecina o un grupo de ciudades, y a su vez siendo
vencidos por otros. Y, teniendo en cuenta que la mayoría de estas ciudades
estaban a una veintena de millas de distancia una de otra y cambiaban
frecuentemente de gobernantes, la historia es algo confusa. El gobernante
más antiguo que actualmente conocemos es Enshagkushanna, quien se titulaba
rey de Kengi. Debido al estado de mutilación del fragmento en el que
aparece la inscripción, y que posiblemente data de poco después del
5000 antes de Cristo, el nombre de su capital es desconocido. Probablemente
fuera Shirpurla, y gobernara sobre Babilonia del Sur. Afirma haber ganado
una gran victoria sobre la ciudad de Kish, y dedica su botín, que incluye
una estatua de plata reluciente, a Mulill, el dios de Calanne (Nippur).
Parece como si Kish fuera la ciudad más meridional capturada por los
semitas; de uno de sus reyes, Manishtusu, poseemos un cetro, como signo
de su realeza, y una estela, u obelisco, en cuneiforme arcaico y babilonio
semítico. Algo después, Mesilim, el rey de Kish, reparó la derrota de
su predecesor y actuó como soberano de Shirpurla. Otro probable nombre
de un rey de Kish es Urumush, o Alusharshid, aunque algunos lo hacen
rey de Akkad. Mientras que nuestra información referente a la dinastía
de Kish es sumamente fragmentaria, estamos algo mejor informados sobre
los gobernantes de Shirpurla. Hacia 4500 antes de Cristo encontramos
a Urkagina reinando allí y, algo después, Lugal (lugal, gran
hombre, esto es, príncipe, o rey) Shuggur.
Luego, tras un intervalo, se nos informa de una sucesión de no menos
de siete reyes de Shirpurla: Gursar, Gunidu, Ur.Ninâ, Akur-Gal, Eannatum
I, Entemena y Eannatum II este último rey debiendo haber reinado
hacia 4000 antes de Cristo. De Sarzec encontró en Tello un muro de templo,
alguno de cuyos ladrillos llevaban la clara leyenda de Ur-Ninâ, dejándonos
así constancia de la actividad constructora de este rey. Gracias a la
famosa estela de los buitres, hoy en el Louvre, a algunas estelas de
arcilla en el Museo británico, y a un cono encontrado en Shirpurla,
tenemos una idea de las propensiones bélicas de Eannatum I, que sometió
el pueblo de Gishban mediante una aplastante derrota, les hizo pagar
una casi increíble indemnización de guerra en trigo, y nombró a su propio
virrey para esa ciudad, que colocó su yugo sobre el país de Elam,
y de Gisgal, y que es representando rompiendo con su maza
las cabezas de sus enemigos que sobresalen por la abertura de un saco
en el que están atados. Que, no obstante estas escenas de derramamiento
de sangre, fue una época de arte y cultura puede demostrarse evidentemente
por descubrimientos tales como el de un soberbio vaso de plata de Entemena,
hijo y sucesor de Eannatum, y, siendo príncipe heredero, general de
su ejército. Tras Eannatum II hay un vacío en la historia de Shirpurla,
hasta que encontramos el nombre de Lugal Ushumgal, cuando, sin embargo,
la ciudad ha perdido por un tiempo su independencia, pues este gobernante
era vasallo de Sargón I de Akkad, hacia 3800 antes de Cristo. Aun así,
unos seis siglos después, cuando la dinastía de Akkad se había extinguido,
los patesis, o sumos sacerdotes, de Shirpurla eran aún hombres
de renombre. Una larga inscripción en la parte trasera de una estatua
nos habla de los vastos logros constructores de Ur-Bau hacia el año
3200; y del nombre de su hijo y sucesor, Nammaghani. Unos dos siglos
después encontramos a Gudea, uno de los gobernantes más famosos que
la ciudad nunca poseyó. Las excavaciones en Tello han puesto al descubierto
los colosales muros de su gran palacio y nos han mostrado cómo, por
tierra y mar, trajo sus materiales desde vastas distancias, mientras
que su arquitectura y escultura muestra un perfecto arte y refinamiento,
e incidentalmente nos enteramos de que conquistó el distrito de Anshan
en Elam. Después de Gudea, tenemos información sobre los nombres de
cuatro gobernantes más de Shirpurla, pero en estos reinados subsiguientes
la ciudad parece haberse hundido rápidamente en la insignificancia política.
Otra dinastía sumeria fue la de Erech, o Gishban. Hacia 4000 antes de
Cristo un tal Lugal Zaggisi, hijo del Patesi de Gishban, que se convirtió
en rey de Erech, se titulaba orgullosamente rey del Mundo, como habían
hecho Enshagkusama y Alushardid, afirmaba gobernar desde el Golfo Pérsico
al Mediterráneo, y alaba al dios supremo Enlil, o Bel, de Nippur, que
le concedió el dominio de todo desde donde sale el sol hasta su
ocaso e hizo que los países vivieran en paz. Aun así no nos parece
sino un precario resplandor de gloria; pues después de su hijo Lugal-Kisalsi
el reino de Erech desaparece en la noche del pasado. Lo mismo puede
decirse de la dinastía de Agade. El hijo de Ittibel, Sargón I, aparece
repentinamente ante nosotros como una figura gigante de la historia
hacia el 3800 antes de Cristo. Fue un monarca orgulloso de su raza e
idioma, pues sus inscripciones estaban en su lengua materna semítica,
no en sumerio, como el de los reyes anteriores. Es correctamente denominado
el primer fundador de un imperio semítico. Bajo él floreció el lenguaje
semítico, la literatura, y el arte, especialmente la arquitectura. Estableció
su dominio en Susa, la capital de Elam, sometió Siria y Palestina en
tres campañas, erigió una imagen suya en la costa siria, como monumento
de sus triunfos, y unió sus conquistas en un imperio. Naram-Sin, su
hijo, extendió incluso las conquistas de su padre, invadiendo la península
del Sinaí y, aparentemente, Chipre, donde se encontró un sello cilíndrico
en el que recibe homenaje como un dios. En las inscripciones de esa
fecha aparece por primera vez la mención de la ciudad de la Puerta de
Dios, o Babilonia (Bâb-ilu, a veces Bâb-ilani, de donde
el griego Babulon, luego escrito ideográficamente Kâ-Dungir).
Después de Bingani, hijo de Naram-Sin, los éxitos semíticos
se eclipsaron temporalmente; Egipto ocupó el Sinaí, Elam se hizo de
nuevo independiente, y en la propia Babilonia se reafirmó el elemento
sumerio. Encontramos ya destacada una dinastía de Ur. Esta ciudad parece
haber ejercido en dos periodos distintos la hegemonía en el Valle del
Éufrates o en parte de él. El primero bajo Ungur y Dungi I, hacia el
3400 antes de Cristo. Este Ungur asumió el título de rey de Sumer y
Akkad, haciendo así el primer intento de unir el Norte y Sur de Babilonia
en una unidad política, e inaugurando un título real que se mantuvo
quizá más tiempo que el título de ninguna otra dignidad desde que se
creó el mundo. Ur predomina, por segunda vez, hacia el 2800 antes de
Cristo, Bajo Dungi II, Gungunu, Bur-Sin, Gimil-Sin e Ine Sin, cuyas
construcciones y fortificaciones se encuentran en muchas ciudades de
Babilonia. La historia de Ur es hasta ahora tan oscura que algunos eruditos
(Thureau-Dangin, Hilprecht, Bezold) no aceptan sino dos dinastías, otros
(Rogers) tres, otros (Hugo, Radau) cuatro. La supremacía de Ur fue seguida,
hacia 2500 antes de Cristo, por la de (N)Isin, aparentemente una ciudad
sin importancia, pues sus gobernantes se titulan a sí mismos Pastores,
o Graciosos Señores, de Isin, y colocan este título detrás del de rey
de Ur, Eridu, Erech, y Nippur. Conocemos a seis gobernantes de Isin:
Ishbigarra, Libit-Ishtar, Bur-Sin II, Ur-Ninib, Ishme-Dagan, y Enannatum.
El último de los reinos-ciudad fue el de Larsa, hacia 2300 antes de
Cristo, con sus soberanos Siniddinam Nur-Adad, Chedornanchundi, Chedorlaomer,
Chedormabug, y Eri-Aku. La formación de estos nombres reales con Chedor,
la elamita Kudor, muestra suficientemente que no pertenecían
a una dinastía nativa, ni sumeria ni semita. Uno de los invasores elamitas
de Babilonia más antiguos fue Rim-Amun, quien logró una posición de
fuerza tal en suelo babilonio que el año de su reinado fue usado para
fechar las tablillas de los contratos, signo seguro de que era al menos
rey de facto. Chedornanchundi invadió Babilonia hacia el año
2285, llegó a Erech, derribó sus templos, y capturó a la diosa de la
ciudad; pero subsiste la duda de si estableció un gobierno permanente.
Algo después Chedorlaomer (Kudur-Laghamar, Servidor de
Laghamar, una deidad elamita), al que conocemos por la Biblia,
parece haber tenido más éxito. No sólo aparece como supremo señor de
Babilonia, sino que lleva sus conquistas tan lejos como Palestina. Chedormabug
era originalmente príncipe de Emutbal, o Elam occidental, pero logró
dominio sobre Babilonia y reconstruyó el templo en Ur. Su hijo, Rim-Sin,
o Eri-Aku, se consideró tan bien establecido en el territorio babilonio
que adoptó los antiguos títulos, exaltador de Ur, rey de Larsa, rey
de Sumer y Akkad. Aun así fue el último de los reyes de ciudades, y
un nuevo orden de cosas comenzó con el surgimiento de Babilonia.
III. EL PRIMER IMPERIO
La dinastía que puso los cimientos de la grandeza de
Babilonia es a veces llamada árabe. Ciertamente era semítica
occidental y casi seguramente amorrea. Los babilonios la llamaron dinastía
de Babilonia, pues, aunque extranjera en su origen, puede haber tenido
su hogar efectivo en esa ciudad, que la recordó con gratitud y orgullo.
Duró 296 años y vio la máxima gloria del imperio antiguo y tal vez la
Edad de Oro de la raza semita en el mundo antiguo. Los nombres de sus
monarcas son: Sumu-abi (15 años), Sumu-la-ilu (35), Zabin (14), Apil-Sin
(18), Sin-muballit (30), Hammurabi (35), Samsu-iluna (35), Abishua (25),
Ammi-titana (25), Ammizaduga (2), Samsu-titana (31). Bajo los cinco
primeros reyes Babilonia era aún sólo la más poderosa entre varias ciudades
rivales, pero el sexto rey, Hammurabi, que tuvo éxito en vencer toda
oposición, logró el gobierno absoluto del Norte y el Sur de Babilonia
y expulsó a los invasores elamitas. De ahí en adelante Babilonia formó
un solo estado y se unió en un imperio. Hubo aparentemente días tormentosos
antes del triunfo final de Hammurabi. El segundo gobernante reforzó
su capital con amplias fortalezas; el tercero estuvo aparentemente en
peligro por culpa de un pretendiente nativo o rival exterior llamado
Immeru. Sólo el cuarto gobernante se tituló claramente rey; mientras
que el propio Hammurabi al comienzo de su reinado reconoció la soberanía
de Elam. Este Hammurabi es una de las más gigantescas figuras de la
historia universal, digno de figurar junto a Alejandro, César, o Napoleón,
pero comparable mejor a Carlomagno, un conquistador y legislador, cuyo
poderoso genio creó del caos un imperio duradero, y cuya benéfica influencia
se mantuvo por siglos en un área casi tan extensa como Europa. Es indudable
que una docena de siglos después los reyes asirios iban a hacer conquistas
mayores que él, pero mientras aquellos fueron gigantes destructores
él fue un gigante constructor. Su amplia correspondencia pública y privada
nos da un conocimiento profundo de sus numerosas preocupaciones, su
minuciosa atención a los detalles, sus métodos constitucionales (Ver
Las cartas e inscripciones de Hammurabi, por L.W. King;
Londres, 1898, 3 vols.). Su famoso código de leyes civiles y criminales
ilustra sobre su genio como legislador y juez. La estela en que están
inscritas estas leyes se encontró en Susa por M. De Morgan y el fraile
dominico Scheil, y fue publicada por primera vez y traducida por este
último en 1902. Este asombroso descubrimiento que nos da, en 3638 cortas
líneas, 282 leyes y regulaciones que afectan a todo el ámbito de la
vida pública y privada, no tiene igual incluso en la maravillosa historia
de la investigación babilónica. De ningún otro documento se puede obtener
una estimación más rápida y precisa de la civilización babilónica como
de este código. (Para una traducción inglesa completa ver T.G. Pinches,
op. cit., pp. 487-519). Mientras que a los reyes asirios les gustaba
llenar sus jactanciosas crónicas con espantosas descripciones de batallas
y guerra, de modo que poseemos los más minuciosos detalles de sus campañas
militares, el genio de Babilonia, por el contrario era de paz, cultura,
y progreso. La edificación de templos, la ornamentación de ciudades,
la excavación de canales, la construcción de caminos, la creación de
leyes era su orgullo; sus crónicas alientan, o afectan alentar, una
serena tranquilidad; las hazañas bélicas sólo se mencionan de pasada,
de ahí que no tengamos, ni siquiera en el caso de los dos máximos conquistadores
babilonios, Hammurabi y Nabucodonosor II, sino escasa información de
sus hechos de armas.Excavé el canal Hammurabi, bendición de los
hombres, que trae el agua que desborda hasta la tierra de Sumer y Akkad.
Sus orillas de ambos lados hice tierra arable; semilla en abundancia
esparcí sobre ella. Agua duradera suministré a la tierra de Sumer y
Akkad. Uní a los pueblos separados de la tierra de Sumer y Akkad, con
bendiciones y abundancia les doté, en moradas pacíficas les hice vivir
tal es el estilo de Hammurabi. En lo que parece una oda sobre
el rey, grabada en su estatua encontramos las palabras: Hammurabi,
el fuerte guerrero, el destructor de sus enemigos, él es el huracán
de la batalla, barriendo la tierra de sus enemigos, él anula la oposición,
pone fin a la insurrección, destroza al guerrero como a una imagen de
arcilla Pero aún hay detalles cronológicos confusos. En una lista
de fechas muy fragmentaria se da el 31º año de su reinado como el de
la tierra de Emutbalu, que se toma habitualmente como el de su victoria
sobre Elam occidental, y se considera por muchos como el de su conquista
de Larsa y de su rey, Rim-Sin, o Eri-Aku. Si el Amrafel bíblico es Hammurabi
tenemos en Gén., 14, la crónica de una expedición suya a la tierra occidental
anterior a su trigésimo primer año de reinado. De los inmediatos sucesores
de Hammurabi no sabemos nada excepto que reinaron en pacífica prosperidad.
Que prosperó el comercio y se construyeron templos, es todo lo que podemos
decir.
La dinastía amorrea fue sucedida por una serie de once
reyes que pueden ser apropiadamente designados como la Dinastía desconocida,
la cual ha recibido una cantidad de nombres: Ura-Azag, Uru-ku, Shish-ku.
No es seguro si fue semita o no; los años de reinado se dan en la lista
de reyes, pero son sorprendentemente largos (60-50-55-50-28, etc.),
así que no sólo se plantean grandes dudas sobre la corrección de estas
fechas, sino que la propia existencia de esta dinastía es puesta en
duda o rechazada por algunos estudiosos (como Hommel). En realidad,
es notable que los reyes sean once, como los de la dinastía amorrea,
y que en ninguna parte encontremos una clara evidencia de su existencia;
aun así estas premisas difícilmente bastan para probar que un documento
tan antiguo como la lista de reyes cometa el imperdonable
error de atribuir casi cuatro siglos de gobierno a una dinastía que
en realidad era contemporánea, si no idéntica, a la de los monarcas
amorreos. Sus nombres son ciertamente muy enigmáticos, pero se ha sugerido
que no eran nombres personales, sino nombres de los barrios de la ciudad
de los que eran originarios. Si esta dinastía ha tenido existencia,
es seguro decir que eran gobernantes nativos, y que sucedieron a los
amorreos sin ruptura de la vida nacional y política. Debido a la cuestionable
realidad de esta dinastía, la cronología de la anterior varía grandemente;
de ahí surge, por ejemplo, que las fechas de Hammurabi se den como 1772-17
en el Diccionario de la Biblia de Hasting, mientras que
la mayoría de estudiosos la colocan hacia el 2100 antes de Cristo, o
un poco antes; ni tampoco hay los indicios necesarios para demostrar
que, sea o no ficticia la Dinastía desconocida, la última
fecha sea aproximadamente correcta.
En tercer lugar viene la dinastía casita, de treinta
y seis reyes, durante 576 años. La tablilla con esta lista está desgraciadamente
mutilada, pero casi todos los diecinueve nombres que faltan pueden ser
suministrados con alguna exactitud por otras fuentes, tales como la
historia sincrónica asiria y la correspondencia con Egipto. Esta dinastía
era extranjera, pero su lugar de origen no es fácil de establecer. En
su propia designación oficial se titulan a sí mismos reyes de Kardunyash
y el rey de Egipto se dirige a Kadashman Bel como rey de Kardunyash.
Este Kardunyash ha sido provisionalmente identificada con Elam del Sur.
La información sobre el periodo casita se ha logrado sólo escasamente.
Tenemos una copia asiria de una inscripción de Agum-Kakrime, quizá el
séptimo rey de esta dinastía: se llama a sí mismo: rey de Kasshu
y Akkad, rey de la extensa tierra de Babilonia, que hizo que mucha gente
se estableciera en el país de Ashmumak, rey de Padan y Alvan, rey del
país de Guti, muy extensos pueblos, rey que gobierna los cuatro confines
del mundo. La extensión del territorio bajo dominio del monarca
babilónico es pues más amplia incluso que la de la dinastía amorrea;
pero en el título real, que es totalmente desacostumbrado en su forma,
Babilonia sólo tiene el tercer lugar; sólo unas generaciones después,
sin embargo, se reasumen el antiguo estilo y título, y Babilonia se
coloca de nuevo en primer lugar; los conquistadores extranjeros fueron
evidentemente conquistados por la pacífica conquista de la superior
civilización babilónica. Este Agum-Kakrime con todos sus extensos dominios
tuvo aun así que enviar una embajada al país de Khani para conseguir
los dioses Marduk y Zarpanit, los más sagrados ídolos nacionales, que
habían sido evidentemente capturados por el enemigo. El siguiente rey
del que tenemos algún conocimiento es Karaindash (1450 antes de Cristo)
quien fijó las fronteras de su reino con su contemporáneo Asshur-bel-nisheshu
de Asiria. A partir de las tablillas de Tell-el-marna concluimos que
en 1400 antes de Cristo Babilonia ya no era la única gran potencia de
Asia occidental; el reino de Asiria y el reino de Mittani eran sus rivales
y casi iguales. Aun así en las cartas que se cruzaron entre Kadashman-Bel
y Amenofis III, rey de Egipto, es evidente que el rey de Babilonia podía
asumir un tono más independiente de cortés igualdad con el gran Faraón
que los reyes de Asiria o Mittani. Cuando Amenofis pide a la hermana
de Kadashman-Bel en matrimonio, Kadashman-Bel rápidamente pide a cambio
a la hermana de Amenofis; y cuando Amenofis vacila, Kadashman-Bel rápidamente
le contesta que, salvo que se le envíe alguna bella egipcia de rango
principesco, Amenofis no tendrá a su hermana. Cuando Asiria buscó la
ayuda egipcia contra Babilonia, Kadashman-Bel diplomáticamente recuerda
al Faraón que Babilonia no ha dado en tiempos pasados ayuda a los príncipes
sirios vasallos contra su soberano egipcio, y espera que Egipto ahora
actúe de la misma manera no concediendo ayuda a Asiria. Y cuando una
caravana babilonia ha sido asaltada por gente de Akko en Canáan, el
gobierno egipcio recibe una perentoria carta de Babilonia pidiendo amende
honorable y restitución. Amenofis es considerado responsable, pues
Canaán es tu país, y tú eres su rey. Kadashman-Bel fue sucedido
por Burnaburiash I, Kurigalzu I, Burnaburiash II. Seis cartas del último
citado a Amenhotep IV de Egipto sugieren un periodo de perfecta tranquilidad
y prosperidad. Para las causas y el resultado del primer gran conflicto
entre Asiria y Babilonia ver ASIRIA.
Cómo acabó la larga dinastía casita no lo sabemos,
pero fue sucedida por la dinastía de Pashi (algunos la llaman Isin),
once reyes en 132 años (hacia 1200-1064 antes de Cristo). El monarca
más grande de esta casa fue Nabucodonosor I (hacia 1135-1125 antes de
Cristo); aunque dos veces derrotado por Asiria, tuvo éxito contra los
Lulubi, castigó a Elam, e invadió Siria, y por sus brillantes logros
detuvo la inevitable decadencia de Babilonia. Las dos dinastías siguientes
son conocidas como la del País del Mar, y la de Bazi, de tres reyes
cada una y fueron seguidas por un rey elamita (ca. 1064-900 antes de
Cristo). A estas oscuras dinastías le sigue la larga serie de reyes
babilónicos, que reinaron mayoritariamente como vasallos, a veces casi
independientes, a veces como reyes rebeldes en el periodo de supremacía
asiria (para lo cual ver Asiria).
IV. EL SEGUNDO IMPERIO, O IMPERIO
CALDEO
Con la muerte, el año 626 antes de Cristo, de Kandalanu
(el nombre babilónico de Asurbanipal), rey de Asiria, el poder asirio
en Babilonia cesó prácticamente. Nabopolasar, un caldeo que había ascendido
desde la posición de general del ejército asirio, gobernó Babilonia
como Shakkanak durante algunos años bajo la nominal dependencia de Nínive.
Luego, como rey de Babilonia, invadió y anexionó las provincias mesopotámicas
de Asiria, y cuando Sinsharishkun, último rey de Asiria, intentó impedir
su vuelta y amenazó Babilonia, Nabopolasar llamó en su ayuda a los Manda,
tribus nómadas del Kurdistán, algo incorrectamente identificadas con
los Medos. Aunque Nabopolasar sin duda contribuyó a los acontecimientos
que condujeron a la completa destrucción de Nínive (606 antes de Cristo)
por estos bárbaros mandas, en apariencia no cooperó personalmente en
la toma de la ciudad, ni participó del botín, pero utilizó la oportunidad
para establecer firmemente su trono en Babilonia. Aunque semitas, los
caldeos pertenecían a una raza completamente distinta de la babilónica
propiamente dicha, y eran extranjeros en el Valle del Éufrates. Eran
colonos de Arabia, que habían invadido Babilonia desde el sur. Su plaza
fuerte era el distrito conocido como País del Mar. Durante la supremacía
asiria las fuerzas aliadas de Babilonia y Asiria les habían puesto en
jaque, pero, debido probablemente a las terribles atrocidades asirias
en Babilonia, los ciudadanos habían comenzado a pedir ayuda a sus antiguos
enemigos, y el poder caldeo había comenzado a crecer rápidamente en
Babilonia hasta que, con Nabopolasar, asumió las riendas del gobierno,
y así imperceptiblemente una raza extranjera se impuso a los antiguos
habitantes. La ciudad siguió siendo la misma, pero su nacionalidad cambió.
Nabopolasar debe haber sido un gobernante fuerte y benéfico, ocupado
en reconstruir templos y excavar canales, como sus predecesores, y aun
así mantuvo su control sobre las provincias conquistadas. Los egipcios,
que habían sabido de la debilidad de Asiria, ya habían, tres años antes
de la caída de Nínive, cruzado las fronteras con un poderoso ejército
mandado por Necao II, con la esperanza de participar en la desmembración
del Imperio asirio. Cómo Josías de Judá, al intentar impedir su avance,
fue muerto en Megido se sabe por IV Reyes, 23, 29.
Mientras tanto Nínive fue tomada y Necao, quedando
satisfecho con la conquista de las provincias sirias, no avanzó más
allá. Algunos años después, sin embargo, hizo marchar un colosal ejército
de Egipto al Éufrates con la esperanza de anexionarse parte de Mesopotamia.
Se enfrentó con el ejército babilonio en Carchemish, la antigua capital
hitita, dónde deseaba cruzar el Éufrates. Nabopolasar, impedido por
su mala salud y avanzada edad, había enviado a su hijo Nabucodonosor,
y le puso al mando. Los egipcios fueron absolutamente derrotados en
este gran encuentro, uno de los más importantes de la historia (604
antes de Cristo). Nabucodonosor persiguió al enemigo hasta las fronteras
de Egipto, donde recibió la noticia de la muerte de su padre. Se apresuró
a volver a Babilonia, fue recibido sin oposición, y comenzó, en 604
antes de Cristo, los cuarenta y dos años del más glorioso reinado. Sus
primeras dificultades surgieron en Judá. Contra la solemne advertencia
del profeta Jeremías, Joaquín rehusó pagar el tributo, esto es, se rebeló
contra Babilonia. Al principio Nabucodonosor II emprendió una pequeña
guerra de guerrilla contra Jerusalén; luego, en 597 antes de Cristo,
despachó un considerable ejército, y tras un intervalo comenzó en persona
el asedio. Sin embargo Jeconías, hijo de Joaquín que, mozo de dieciocho
años, había sucedido a su padre, se rindió; se llevó a 7000 hombres
capaces de llevar armas y 1000 trabajadores del hierro y les hizo constituir
una colonia en un canal cerca de Nippur (el río Chobar en Ezequiel,
1, 1), y Sedecías sustituyó a Jeconías como rey vasallo de Judá.
Unos diez años después Nabucodonosor se encontró una
vez más en Palestina. Hofra, rey de Egipto, que había sucedido a Necao
II en 589 antes de Cristo, había intentado por medio de agentes secretos
asociar a todos los estados sirios en una conspiración contra Babilonia.
Edom, Moab, Ammon, Tiro y Sidón habían entrado en la coalición, y al
final incluso Judá se había unido, y Sedecías, contra el consejo de
Jeremías, rompió su juramento de fidelidad a los caldeos. Un ejército
babilonio empezó a cercar Jerusalén en 587 antes de Cristo. Fueron incapaces
de tomar la ciudad por asalto y pretendieron someterla por hambre. Pero
el Faraón Hofra entró en Palestina para ayudar a los sitiados. Los babilonios
levantaron el asedio para expulsar a los egipcios; luego volvieron a
Jerusalén y continuaron el sitio con encarnizado rigor. El 9 de Julio
de 586 antes de Cristo, entraron en tropel a través de una brecha en
la muralla de Ezequías y tomaron la ciudad por asalto. Capturaron al
fugitivo Sedecías y lo llevaron ante Nabucodonosor en Riblah, donde
sus hijos fueron muertos delante de él y cegaron sus ojos. La ciudad
fue destruida y los tesoros del Templo llevados a Babilonia. Una gran
cantidad de su población fue deportada a algunos distritos de Babilonia,
y sólo a un escaso resto se le permitió permanecer bajo las órdenes
del gobernador judío Godolías. Cuando este gobernador fue asesinado
por una facción judía mandada por Ismael, una parte de este resto, temiendo
la ira de Nabucodonosor, emigró a Egipto, llevándose consigo a la fuerza
al profeta Jeremías.
La expedición de Babilonia a Judá terminó pues dejando
un distrito devastado, despoblado y en ruinas. Nabucodonosor entonces
volvió sus armas contra Tiro. Después de Egipto, esta ciudad había sido
probablemente el origen principal de la coalición contra Babilonia.
El castigo previsto para Tiro era el mismo que el de Jerusalén, pero
Nabucodonosor no tuvo éxito como lo tuvo con la capital de Judá. La
situación de Tiro era inconmensurablemente superior a la de Jerusalén.
Los babilonios no tenían flota; por ello, en tanto que el mar permaneciera
abierto, Tiro era inexpugnable. Los caldeos estuvieron ante Tiro trece
años (585-572), pero no consiguieron tomarla. Ethobal II, su rey, parece
haber llegado a un acuerdo con el rey de Babilonia, temiendo, sin duda,
la lenta pero segura destrucción del comercio de Tiro con el interior;
al menos tenemos la evidencia, por la tablilla de un contrato fechado
en Tiro, de que Nabucodonosor a fines de su reinado era reconocido como
soberano de la ciudad. No obstante el escaso éxito contra Tiro, Nabucodonosor
atacó Egipto en 567. Penetró hasta el mismo corazón del país, destruyó
y saqueó cuanto quiso, aparentemente sin oposición, y regresó cargado
de botín por las provincias sirias. Pero el resultado no fue una ocupación
permanente de Egipto por Babilonia.
Así pues el caldeo Nabucodonosor demostró ser un capaz
gobernante militar, aunque como monarca de Babilonia, siguiendo la costumbre
de sus predecesores, se glorió no de sus artes de guerra, sino de paz.
Su orgullo eran las vastas operaciones de construcción que hicieron
de Babilonia una ciudad (para aquellos días) inexpugnable, que adornó
la ciudad con palacios, y la famosa vía procesionaria, y
la Puerta de Ishtar, y que restauró y embelleció un gran número de templos
en diversas ciudades de Babilonia. Sobre la locura de Nabucodonosor
(Daniel, 4, 26-34) no se ha encontrado hasta ahora ningún documento
babilónico. Gran cantidad de sugerencias ingeniosas se han hecho en
esta materia, una de las mejores de las cuales la sustitución de Nabucodonosor
por Nabonid, hecha por el profesor Hommel, pero es mejor dejar la cuestión
hasta que tengamos más información sobre el periodo. Del profeta Daniel
no encontramos mención segura en documentos contemporáneos; el nombre
babilónico del profeta, Baltasar (Balatsu-usur) es desgraciadamente
muy común. Sabemos al menos de catorce personas de esa época llamadas
Balatu y de siete llamadas Balatsu, pudiendo ser ambos nombres abreviaturas
de Baltasar, o Protege su vida. La etimología de Sidrach
y Misach es desconocida, pero Abednego y Arioch (Abdnebo y Eriaku) son
bien conocidos. El profesor J. Oppert encontró la base de una gran estatua
cerca de un montículo llamado Douair, al este de Babilonia, y esta puede
haber pertenecido a la imagen de oro erigida en la llanura de
Dura de la provincia de Babilonia (Dan., 3, 1). El año 561 antes
de Cristo, Nabucodonosor fue sucedido por Evil-Merodach (IV Reyes, 25,
27), quien liberó a Joaquín de Judá y le puso por encima de los demás
reyes vasallos en Babilonia, pero su blando gobierno evidentemente disgustó
a la casta sacerdotal, y le acusaron de gobernar ilegal y extravagantemente.
Después de menos de tres años fue asesinado por Neriglisar (Nergal-sar-usur),
su cuñado, que es posiblemente el Nergalsharezer presente en la toma
de Jerusalén (Jer., 39, 3-13). Neriglisar fue sucedido tras cuatro años
por su hijo Labasi-Marduk, nada más que un niño, quien reinó nueve meses
y fue asesinado. Los conspiradores eligieron a Nabonid (Nabu-naid)
para el trono. Era un anticuario real más que un gobernante. Reconstruyo
desde sus cimientos el gran templo Shamash en Sippar y el templo Sin
en Harran, y en su reinado las murallas de la ciudad de Babilonia fueron
curiosamente construidas con ladrillo cocido y betún. Pero él
residía en Tema, evitaba la capital, ofendía a las ciudades de provincia
transportando sus dioses a Shu-anna, y se enajenaba al clero de Babilonia
por lo que ellos llamaban piedad mal dirigida. Para nosotros su búsqueda
anticuaria de las primeras piedras de los templos que reconstruyó es
de la máxima importancia. Nos dice que la primera piedra del templo
Shamash puesta por Naram Sin no había sido vista durante 3200 años,
lo que, aproximadamente, nos da la fecha de 3800 antes de Cristo para
Sargón de Akkad, padre de Naram Sin; sobre esta fecha se ha basado la
mayor parte de nuestra cronología primitiva babilónica. Las tareas
efectivas de gobierno parecen haber estado en gran medida en manos del
príncipe heredero Baltasar (Bel-shar-usur), que residía como regente
en Babilonia.
Mientras tanto Ciro, reyezuelo de Anshan, había comenzado
su carrera de conquistas. Derrocó a Astiages, rey de los medos, victoria
por la cual Nabonid le alabó como joven siervo de Merodach; derrotó
a Creso, rey de Lidia y a su coalición; asumió el título de rey de los
Parsu, y dio comienzo a una nueva potencia mundial indo-germánica que
reemplazó a la decrépita civilización semítica. Al final Nabonid, dándose
cuenta de la situación, se enfrentó con los persas en Opis. Debido a
la disensión interna entre los babilonios, muchos de los cuales estaban
insatisfechos con Nabonid, los persas tuvieron una fácil victoria, tomando
la ciudad de Sippar sin lucha. Nabonid huyó a Babilonia. Los soldados
de Ciro, bajo el mando de Ugbaru (Gobryas), gobernador de Gutium, entraron
en la capital sin violencia y capturaron a Nabonid. Esto sucedía en
Junio; en Octubre Ciro en persona entró en la ciudad, rindiendo homenaje
a Marduk en E-sagila. Una semana después los persas entraron, por la
noche, en el barrio de la ciudad en que Baltasar ocupaba una posición
fortificada aparentemente segura, donde los vasos sagrados del templo
de Jehová fueron profanados, donde apareció en la pared la mano escribiendo
Mane, Tekel, Phares , y donde se ofreció a Daniel el tercer puesto
del reino (esto es, detrás de Nabonid y Baltasar). Esa misma noche Baltasar
fue muerto y el Imperio semita de Babilonia llegó a su fin, pues el
ex-rey Nabonid pasó el resto de su vida en Carmania.
En cierto sentido aquí termina la historia de Babilonia,
y empieza la historia de Persia, aunque son precisas algunas palabras
sobre la vuelta de los cautivos judíos tras setenta años de exilio.
Se ha supuesto durante mucho tiempo que Ciro, que profesaba la religión
mazdeísta, era un monoteísta estricto y que liberó a los judíos por
simpatía hacia su fe. Pero este rey fue, aparentemente, sólo un instrumento
inconsciente en manos de Dios, y el permiso de retorno de los
judíos fue meramente debido a sagacidad política y deseo de popularidad
en sus nuevos dominios. Tenemos al menos inscripciones suyas en las
que se muestra muy efusivo en su homenaje al Panteón babilónico. Como
Nabonid había ultrajado los sentimientos religiosos de sus súbditos
reuniendo todos sus dioses en Shu-anna, Ciro llevó a cabo la política
contraria y devolvió todos estos dioses a sus fieles; y , no teniendo
ídolos los judíos, les devolvió los vasos sagrados que Baltasar había
profanado, y les dio permiso para la reconstrucción de su Templo. La
misma fraseología del decreto que da I Esdras, 1, 2 y ss., refiriéndose
al Dios de los cielos muestra su respetuosa actitud,
si no inclinación, hacia el monoteísmo, que era profesado por tantos
de sus súbditos indo-germánicos. Darío Histaspes, que en 521 antes de
Cristo, tras derrotar al pseudo-Esmerdis, sucedió a Cambises (rey de
Babilonia desde 530 antes de Cristo) era un convencido monoteísta y
adorador de Ahuramazda, y si fue él quien ordenó y ayudó a la terminación
del templo en Jerusalén, tras la interrupción provocada por la intervención
samaritana, fue sin duda por simpatía hacia la religión judía (I Esdras,
6, 1 y ss.). No es totalmente seguro, sin embargo, que el Darío allí
referido sea este rey; se ha sugerido que se trata de Darío Notus, quien
subió al trono casi cien años después. Zorobabel es un nombre completamente
babilonio y aparece con frecuencia en documentos de esa época. Pero
hasta ahora no podemos encontrar relación alguna entre el Zorobabel
de la Escritura y los mencionados en estos documentos.
V. ALGUNAS REFERENCIAS BÍBLICAS
ESPECÍFICAS
1. El primer pasaje referente
a Babilonia está en Gén., 10, 8-10: Kush engendró a Nemrod, y
el comienzo de su reino fue Babel y Arac y Acad y Calneh en la tierra
de Senaar El gran valor histórico de estas genealogías en el Génesis
ha sido reconocido por estudiosos de todas las escuelas; estas genealogías
son, sin embargo, no de personas, sino de tribus, lo que resulta obvio
en una audaz metáfora tal como Canaán engendró a Sidón, su primogénito
(versículo 15). Pero en muchos casos los nombres son los de personas
reales cuyos nombres personales se convirtieron en designaciones de
tribus, tal como en casos conocidos de los clanes escoceses e irlandeses
o tribus árabes. Kush engendró a Nemrod. Kush, según el relato bíblico,
no era semita, y es notable que todos los recientes descubrimientos
parecen apuntar al hecho de que la civilización original de Babilonia
fue no-semita y que el elemento semítico sólo gradualmente desplazó
a los aborígenes y adoptó su cultura. Debe señalarse también que en
el versículo 22 Asur es descrito como hijo de Sem, aunque en el versículo
11 Asur sale de la tierra de Senaar. Esto exactamente representa el
hecho de que Asiria era puramente semítica donde Babilonia no lo era.
Algunos ven en Kush una designación de la ciudad de Kish, mencionada
arriba entre las ciudades de la Babilonia primitiva, y ciertamente una
de sus más antiguas ciudades. Nemrod, según esta suposición, no sería
sino Nin-marad, o Señor de Marad, que era una ciudad hija de Kish. Gilgamesh,
a quien la mitología transformó en un Hércules babilónico, cuyas aventuras
se describen en la epopeya de Gilgamesh, sería entonces la persona designada
por el Nemrod bíblico. Otros a su vez ven en Nemrod una corrupción intencional
de Amarudu, la versión acadia de Marduk, a quien los babilonios adoraban
como gran Dios, y que, tal vez, era el deificado ancestro de su ciudad.
Esta corrupción sería paralela a Nisroch (IV Reyes, 19, 37) por Assuraku,
y Nibhaz (IV Reyes, 17, 31) por Abahazu, o Abe Nego por Abdnebo. La
descripción de robusto cazador o héroe-trampero cuadraría
bien con el papel atribuido al dios Marduk, que atrapó al monstruo Tiamtu
en su red. Ambos ejemplos bíblicos, IV Reyes, 17, 31 y 19, 37, sin embargo,
son muy dudosos, y Nisroch ha encontrado una explicación más probable.
2.El comienzo de su reino
fue Babel y Arac y Acad y Calneh. Estas ciudades de Babilonia
del Norte se enumeran probablemente en orden inverso a su antigüedad;
así que Nippur (Calneh) es la más antigua, y Babilonia la más moderna.
Recientes excavaciones han demostrado que Nippur data de mucho antes
de la época sargónida (3800 antes de Cristo) y Nippur se menciona en
la quinta tablilla de la Historia de la Creación babilónica.
3. El siguiente pasaje bíblico
que precisa mención es el que trata de la Torre de Babel (Gén., 11,
1-9). Esta narración, aunque expresada en términos de folklore oriental,
no expresa meramente una lección moral, sino que se refiere a algún
hecho histórico del oscuro pasado. No hubo tal vez en el mundo antiguo
lugar en toda la tierra en que se oyera tal variedad de lenguas y dialectos
como en Babilonia, donde acadios, sumerios y amorreos, elamitas, casitas,
sutitas, kutitas, y quizá hititas se reunían y dejaban su huella en
el lenguaje; donde asirios y babilonios semitas sólo muy gradualmente
desplazaron la lengua no semítica más antigua, y donde durante muchos
siglos la gente era al menos bilingüe. Fue el lugar de encuentro de
turanios, semitas e indogermánicos. Aun así permanecía en la conciencia
nacional el recuerdo de los primeros pobladores de la llanura babilónica
que hablaban un solo lenguaje. Vinieron del Este como dice
la Biblia y todas las recientes investigaciones sugieren. Cuando leemos
la tierra tenía una sola lengua, no es preciso que tomemos
esta palabra en su sentido más amplio, pues la misma palabra se traduce
a menudo como país. La filología podrá o no probar la unidad
del habla humana, y la descendencia del hombre de una única pareja parece
postular la unidad original del lenguaje, pero en cualquier caso la
Biblia aquí no parece referirse a eso, y el propio relato bíblico sugiere
que una gran variedad de lenguas existía antes de la fundación de Babilonia.
No hay sino que referirse a Gén., 10, 5,21,31: Según familias
y lenguas y regiones y naciones; y Gén., 10, 10 donde Babilonia
es presentada como casi contemporánea de Arac, Acad, y Calneh, y posterior
a Gomer, Magog, Elam, Arfaxad, de modo que la división original de lenguas
no puede haber tenido lugar primero en Babel. Qué hecho histórico se
esconde tras el relato de la construcción de la Torre de Babel es difícil
de aseverar. Por supuesto cualquier intento real de alcanzar el cielo
está fuera de cuestión. Las montañas de Elam estaban demasiado cerca
como para mostrarles que unas pocas yardas más o menos no tenían importancia
a la hora de conseguir tocar el cielo. Pero el deseo de tener un punto
de reunión en la llanura es sólo demasiado natural. Es un hecho chocante
que la mayor parte de la ciudades babilónicas tuvieran un zigurat
(un estrado o torre de templo), y que estos llevasen nombres sumerios
muy significativos, como por ejemplo, en Nippur, Dur-anki, Enlace
del cielo y la tierrala cima del cual alcanza los
cielos, y su cimiento descansa en la brillante profundidad; o,
en Babilonia, Esagila, Casa del Supremo Jefe, cuya
más antigua denominación era Etemenanki, Casa del Fundamento
del Cielo y la Tierra; o Ezida en Borsippa, por su designación
más antigua Euriminianki, o Casa de las Siete Esferas del
Cielo y la Tierra. Los restos de Ezida, actualmente Birs Nimrud,
son señalados tradicionalmente como la Torre de Babel; si es correctamente,
es imposible decirlo; Esagila, en la misma Babilonia, tiene igual, si
no mejor, pretensión. No tenemos constancia de que la construcción de
la ciudad y la torre fuera interrumpida por una catástrofe tal como
la confusión de lenguas; pero que tal interrupción por causa de la diversidad
del habla de la gente de la ciudad tuviera lugar, no es imposible. En
cualquier caso sólo puede haber sido una interrupción, aunque quizá
de muchos siglos, pues Babilonia creció y prosperó durante muchos siglos
después del periodo al que se refiere el Génesis. La historia de la
ciudad de Babilonia antes de la dinastía amorrea es un vacío absoluto,
y no tenemos hechos para llenar los quince siglos de su existencia anterior
a esa fecha. La etimología dada para el nombre Babel en Gén., 11, 9,
no es el significado histórico de la palabra, que, como se dice más
arriba es Kadungir, Bab-Ilu, o Puerta de Dios.
La derivación en el Génesis se basa en la similitud de sonido con una
palabra formada de la raíz balal, balbucir o ser
confuso.
4. Lo siguiente que hay que
mencionar es el relato de la batalla de los cuatro reyes contra cinco
cerca del Mar Muerto (Gén. 14). La Senaar mencionada en el versículo
1 es el Sumer de las inscripciones babilónicas, y Amrafel se identifica
por muchos eruditos con el gran Hammurabi, sexto rey de Babilonia. Al
ser blanda la inicial gutural del nombre del rey, y siendo los babilonios
dados a quitar sus haches, el nombre efectivamente se presenta en las
inscripciones cuneiformes como Ammurapi. La ausencia de la l
final surge del hecho de que el signo pi fue mal leído como bil
o quizá ilu, el signo de la deificación o complemento del nombre,
que se ha omitido. No hay dificultad filológica en esta identificación,
pero la dificultad cronológica (es decir, de Hammurabi como vasallo
de Chedorlaomer) ha llevado a otros a identificar a Amraphel con el
padre de Hammurabi Sin-muballit, cuyo nombre se escribe ideográficamente
Amar-Pal. Arioc, rey de Pontus (Pontus es la desafortunada tentativa
de San Jerónimo para identificar Elasar) no es otro que Rim-Sin, rey
de Larsa (Elasar en la Versión autorizada), cuyo nombre era Eri-Aku,
y que fue derrotado y destronado por el rey de Babilonia, Hammurabi
o Sin-mullabit; y si fue el primero, entonces esto ocurrió el trigesimo
primer año de su reinado, el año del país de Emutbalu, al llevar Eri-Aku
el título de rey de Larsa y Padre de Emutbalu. El nombre de Chedorlaomer
se ha encontrado aparentemente, aunque no con total seguridad, en dos
tablillas junto con los nombres de Eriaku y Tudhula, el cual es evidentemente
Tadal, rey de Goyim. La palabra hebrea goyim, naciones,
es un error de copista por Gutium, o Guti, un estado vecino
que jugó un importante papel en toda la historia babilónica. De Kudur-laghumal,
rey del país de Elam, se dice que descendió y ejerció
soberanía en Babilonia la ciudad de Kar-Duniash. Tenemos evidencia
documental de que el padre de Eriaku, Kudurmabug, rey de Elam, y después
de él, Hammurabi de Babilonia, afirmaron su autoridad sobre la tierra
de Martu en Palestina. Este pasaje bíblico, por tanto, que antiguamente
fue descrito como erizado de imposibilidades, sólo ha recibido hasta
ahora confirmación de documentos babilonios.
5. Según Gén., 11, 28 y 31,
Abraham era un babilonio de la ciudad de Ur. Es notable que el nombre
Abu ramu (Padre honrado) aparece en las listas epónimas de 677
antes de Cristo, y Abe ramu, un nombre similar, en una tablilla-contrato
en el reinado de Apil-Sin, mostrando así que Abram era un nombre babilonio
en uso mucho antes y después de la fecha del patriarca. Su padre se
trasladó de Ur a Harran, desde el antiguo centro del culto lunar al
nuevo. La tradición talmúdica hace de Terah un idólatra, y su religión
puede haber tenido que ver con su emigración. No se han hecho hasta
ahora excavaciones en Harran, y el linaje de Abraham permanece oscuro.
El Aberamu del reinado de Apil-Sin tenía un hijo Sha-Amurri, cuya conducta
demuestra el temprano intercambio entre Babilonia y el país amorreo,
o Palestina. En Canaán Abraham permaneció dentro de la esfera de influencia
e idioma babilonio, o quizá incluso de autoridad. Varios siglos después,
cuando Palestina ya no formaba parte del Imperio Babilónico, Abd-Hiba,
rey de Jerusalén, en su intercambio con su soberano de Egipto, no escribía
en su propio idioma ni en el del Faraón, sino en babilonio, el idioma
universal de la época. Incluso cuando viajó a Egipto, Abraham permaneció
bajo gobierno semítico, pues los Hicsos gobernaban allí.
6. Considerando que el progenitor
de la raza hebrea fue un babilonio, y que la cultura babilónica siguió
siendo la más importante en Asia Occidental durante más de 1000 años,
la característica más asombrosa de las Escrituras hebreas es la casi
completa ausencia de ideas religiosas babilónicas, tanto más cuanto
que la religión babilónica, pese al politeísmo oriental, poseía un refinamiento,
una nobleza de pensamiento, y una piedad, que a menudo son admirables.
El relato babilónico de la creación, aunque a menudo comparado con el
bíblico, difiere de él en puntos principales y esenciales pues no contiene
afirmación directa de la Creación del mundo: Tiamtu y Apsu, la
desolación húmeda y el abismo en unión conyugal, engendran el
universo; Marduk, el conquistador del caos, forma y ordena todas las
cosas; pero este es el ropaje mitológico de la evolución como opuesta
a la creación.
No se hace a la deidad la primera y única causa de
la existencia de todas las cosas; los propios dioses no son sino el
resultado de fuerzas preexistentes, aparentemente eternas; no hay causa,
sino efecto.Hace el mundo actual resultado de una gran guerra; es la
historia de la Resistencia y la Lucha, que es exactamente lo opuesto
al relato bíblico. No ordena las cosas creadas en grupos o clases, que
es uno de los principales rasgos de la historia en el Génesis. La obra
de creación no se divide en un número de días la principal característica
literaria del relato bíblico. La mitología babilónica posee algo análogo
al jardín del Edén bíblico. Pero aunque aparentemente tengan la palabra
Edina, no sólo significando la llanura, sino como
nombre geográfico, su jardín de las delicias está situado en Eridu,
donde crece una viña oscura; fue hecho un lugar glorioso, plantado
junto al abismo. En la morada gloriosa, que es como un bosque, se extiende
su sombra; ningún hombre penetra en su centro. En su interior está el
Dios-sol Tammuz. Entre las bocas de los ríos, que están a ambos lados.
Este pasaje tiene una chocante analogía con Gén., 2, 8-17. Los babilonios,
sin embargo, no parecen haber tenido relato de la Caída. Parece probable
que el nombre de Ea, o Ya, o Aa, el dios más antiguo del Panteón babilónico,
se relacione con Jahve, Jahu o Ja del Antiguo Testamento. El profesor
Delitzsch afirmó recientemente haber encontrado el nombre de Jahve-ilu
en una tablilla babilonia, pero la lectura ha sido fuertemente discutida
por otros eruditos. La máxima similitud entre las historias hebrea y
babilonia está en sus relatos del Diluvio. Pir-napistum, el Noé babilónico,
por orden de Ea, construye un barco y traslada allí a su familia, a
las bestias del campo, y a los hijos de los artífices, y cierra las
puertas. Seis días y seis noches sopló el viento, y la inundación arrolló
la tierra. El séptimo día cesó la tormenta; aquietado, el mar retrocedió;
toda la humanidad había vuelto a la corrupción. El barco se detuvo en
la tierra de Nisir. Pir-napistum envió primero una paloma, que volvió;
luego una golondrina, y volvió, luego un cuervo, y no volvió. Dejó el
barco, derramó una libación, hizo una ofrenda en el pico de la montaña.
Los dioses olieron un sabor, los dioses olieron un sabor dulce,
los dioses se congregaron como las moscas sobre el que hacía el sacrificio.
Nadie que lea el relato babilónico del Diluvio puede negar su íntima
relación con la narración del Génesis, aunque la primera está tan íntimamente
unida con la mitología babilónica, que el carácter inspirado del relato
hebreo se aprecia mejor por contraste.
VI. RELIGIÓN
El Panteón babilónico surgió de la gradual amalgama
de las deidades locales de las primitivas ciudades-estado de Sumer y
Akkad. Y la mitología babilónica es principalmente la proyección en
la esfera celeste de las aventuras terrenales de los primitivos centros
de civilización en el valle del Éufrates. La religión babilónica, por
tanto, es en gran medida un producto sumerio, esto es, mogol, sin duda
modificado por la influencia semita, aunque llevando hasta el final
la huella de su origen mogol en los propios nombres de sus dioses y
en las lenguas muertas sagradas en las que se dirigen a ellos. El espíritu
tutelar de una localidad extendía su poder con el poder político de
sus adherentes; cuando los ciudadanos de una ciudad entraban en relaciones
políticas con los ciudadanos de otra, la imaginación popular pronto
creaba la relación de padre e hijo, hermano y hermana, o marido y mujer,
entre sus dioses respectivos. La Trinidad babilónica de Anu, Bel y Ea
es el resultado de una especulación tardía, que divide el poder divino
en lo que gobierna el cielo, lo que gobierna la tierra y lo que gobierna
bajo la tierra. Ea fue originariamente el dios de Eridu en el Golfo
Pérsico y por tanto el dios del océano y de las aguas bajo él. Bel fue
originariamente el espíritu principal (en sumerio En-lil, la designación
más antigua de Bel, que en semita significa jefe o señor)
de Nippur, uno de los más antiguos, posiblemente el más antiguo, centro
de civilización después de Eridu. El culto local de Anu es hasta ahora
inseguro; se ha sugerido que sea Erec; sabemos que Gudea le erigió un
templo; siempre fue una personalidad en la sombra. Aunque jefe nominal
del Panteón, en tiempos posteriores no tenía templos dedicados a él
excepto uno, y el que compartía con Hadad. Sin, la luna, era el dios
de Ur; Shamash, el sol, era el dios de Larsa y Sippar; cuamdo las dos
ciudades de Girsu y Uruazaga se unieron en la única ciudad de Lagash,
las dos deidades locales respectivas, Nin-Girsu y Bau, se convirtieron
en marido y mujer, a los que Gudea trajo regalos de boda. Con el ascenso
de Babilonia y la unificación política de todo el país bajo esta metrópoli,
el dios de la ciudad Marduk, cuyo nombre no aparece en ninguna inscripción
anterior a Hammurabi, salta al primer plano. Los teólogos babilonios
no sólo le dan sitio en el Panteón, sino que en la epopeya Enuma
Elish se relata cómo en recompensa por vencer al Dragón del Caos,
los grandes dioses, sus padres, concedieron a Marduk sus propios nombres
y títulos. Marduk eclipsó gradualmente tanto a las demás deidades que
estas fueron consideradas como meras manifestaciones de Marduk, cuyo
nombre se convirtió casi en sinónimo de Dios. Y aunque Babilonia
nunca alcanzó del todo el monoteísmo, sus ideas a veces parecen llegar
cerca de él. A diferencia de los asirios, los babilonios nunca tuvieron
una deidad femenina de tanto nivel en el Panteón como Ishtar de Nínive
o Arbela. En el Segundo Imperio, Nebo, el dios de la ciudad de Borsippa,
frente a Babilonia, asciende a la preeminencia y gana honores casi iguales
a los de Marduk, y las ciudades gemelas tienen dos dioses casi inseparables.
A juzgar por la continua invocación a los dioses en cada detalle concebible
de la vida, y por el continuo reconocimiento de la dependencia de ellos,
y por las humildes y ansiosas plegarias que aún existen, los babilonios
fueron una nación de destacada piedad.
VII. CIVILIZACIÓN
Es imposible dar en este artículo una idea de la asombrosa
cultura que se había desarrollado en el Valle del Éufrates, la cuna
de la civilización, incluso ya en el 2300 antes de Cristo. Un examen
del artículo Hammurabi, y una cuidadosa lectura de su código de leyes
nos dará una clara percepción del mundo babilónico de hace 4000 años.
La letanía ética de las tablillas de Shurpu contiene un examen de conciencia
más detallado que las denominadas confesiones negativas
del Libro de los Muertos egipcio y nos llena de admiración por el nivel
moral del mundo babilónico. Aunque polígamos, los babilonios sólo elevaban
a una mujer al nivel legal de esposa, y las mujeres tenían considerables
derechos y libertad de acción. Los contratos de matrimonio protegían
a las casadas y las solteras gobernaban sus propias haciendas. Por otro
lado, tenían una institución análoga a las vírgenes vestales de Roma.
Estas devotas mujeres tenían una posición privilegiada en la sociedad
babilónica; no sabemos, sin embargo, que su infidelidad tuviera pena
tan terrible como la infligida por la ley romana. Una devota podía incluso
contraer un matrimonio nominal, si daba a su marido una doncella, como
Sara le dio a Abraham. Según la Ley 110 de Hammurabi, sin embargo, si
una devota que reside en un monasterio abre una taberna o entra en una
taberna para beber, esa mujer deberá ser quemada Por otro lado
(Ley 127), si un hombre motiva que se señale con el dedo a una
devota y no lo justifica, será presentado ante los jueces y marcada
su frente. El lado oscuro de la sociedad babilónica se ve en el
extraño decreto: Si el hijo de una cortesana o de una mujer pública
llega a conocer la casa de su padre y desprecia a sus padres adoptivos
y va a casa de su padre, se le arrancarán los ojos. El repetido
emparejamiento de las palabras devota o mujer pública y
la minuciosa e indulgente legislación de la que son objeto nos hace
temer que la virtud de la castidad no fuera apreciada en Babilonia.
Aunque originariamente sólo un pueblo agrícola previsor y próspero,
los babilonios parecen haber desarrollado un gran talento comercial;
y bien podría haberse referido a sus vecinos del sur algún Napoleón
asirio como esa nación de tenderos. En 1893 el doctor Hilprecht
encontró 730 tablillas a 20 pies de profundidad en las ruinas de un
edificio de Nippur, que se demostró eran los archivos bancarios de la
firma Nurashu e Hijos, firmados sellados y fechados hacia el 400 antes
de Cristo. También tenemos una escritura de compra de Manishtusu, rey
de Kish, hacia el 4000 antes de Cristo, en babilonio arcaico, que en
precisión y minuciosidad de detalle respecto a monedas y valores se
podría comparar con una hoja de balance moderna aprobada por contables
diplomados. No faltan pruebas de los talentos comerciales de los babilonios
durante los treinta y cinco siglos entre estas fechas.
VIII. LITERATURA
Tan vasto como es el material de las inscripciones
babilónicas es de variado su contenido. Sin duda la gran mayoría de
las 300.000 tablillas desenterradas hasta ahora tratan de asuntos de
negocios más que de cuestiones literarias; contratos, pactos matrimoniales,
revisiones catastrales, cartas comerciales, pedidos de bienes o acuses
de su recepción, comunicaciones oficiales entre magistrados y gobernadores
civiles o militares, nombres, títulos, y fechas de primeras piedras,
correspondencia privada, etc. Aun así un buen porcentaje tiene derecho
a ser estrictamente clasificada como literatura o bellas
letras. Debemos además tener constantemente en cuenta que sólo
una quinta parte aproximadamente del número total de estas tablillas
ha sido publicada y que cualquier descripción de su literatura hasta
ahora será fragmentaria y provisional. Es conveniente clasificarla como
sigue: (1) las epopeyas; (2) los salmos; (3) la narración histórica.
1. Las Epopeyas
(a) Las denominadas Siete Tablillas de la Creación,
por estar escritas en una serie de siete tablillas muy mutiladas en
la Biblioteca Kouyunshik. Felizmente las lagunas pueden ser aquí y allá
colmadas por fragmentos de duplicados encontrados en otros lugares.
Tomando prestada una expresión de la literatura teutónica primitiva,
se le podría llamar la saga del caos primitivo. Los escribas
asirios la llamaron por sus primeras palabras Enuma Elish
(Cuando en lo alto) como los judíos llamaban al Génesis Bereshith
(en el principio). Aunque contiene un relato del origen del mundo, tal
como el arriba contrastado con el dado en la Biblia, no es tanto una
cosmogonía como la historia de las heroicas hazañas del dios Marduk,
en su lucha contra el Dragón del Caos. Aunque era el más joven de los
dioses, Marduk es encargado por ellos de combatir a Tiamtu y a los dioses
de su partido. Obtiene una gloriosa victoria; arrebata las tablillas
del destino a Kimgu, marido de Tiamtu; le abre a ésta el cráneo de un
golpe, parte en dos los canales de su sangre y hace que el viento del
norte se los lleve a lugares ocultos. Divide el cadáver del gran Dragón
y con una mitad hace una bóveda para los cielos y fija así las aguas
por encima del firmamento. Luego se pone a formar el universo, y las
estrellas, y la luna; forma al hombre. Recojamos mi sangre y creemos
al hombre, hagamos hombres que vivan en la tierra. Cuando Marduk
ha acabado su obra, es aclamado por todos los dioses con alegría y se
le dan cincuenta nombres. Los dioses están en apariencia impacientes
de otorgarle sus propios títulos. La finalidad del poema es claramente
explicar cómo Marduk, el dios local de una ciudad tan moderna como Babilonia,
había desplazado a las deidades de las ciudades babilonias más antiguas,
sus padres los dioses.
(b) La gran epopeya nacional de Gilgamesh, que probablemente
tuvo en la literatura babilónica un lugar similar al de la Odisea o
la Eneida entre los griegos y romanos. Consiste en doce capítulos o
cantos. Se inicia con las palabras Sha nagbo imuru ( El que lo
ve todo). La cantidad de tablillas existentes es considerable, pero
desgraciadamente son todas muy fragmentarias y con excepción del undécimo
capítulo el texto es muy imperfecto y muestra todavía enormes lagunas.
Gilgamesh era rey de Erech la amurallada. Cuando empieza la historia,
la ciudad y los templos están en estado ruinoso. Alguna gran calamidad
ha caído sobre ellos. Erech ha estado asediada durante tres años, hasta
que Bel e Ishtar se han interesado por ella. Gilgamesh había anhelado
un compañero, y la diosa Arurn crea a Ea-bani, el guerrero, cubierto
de pelo estaba todo su cuerpo y tenía trenzas como una mujer, su pelo
crecía espeso como el trigo; aunque hombre, vive entre las bestias del
campo. Lo atraen a la ciudad de Erech mediante los encantos de
una mujer llamada Samuhat; vive allí y se hace un amigo fiel de Gilgamesh.
Gilgamesh y Ea-bani parten en busca de aventuras, viajan a través de
bosques, y llegan al palacio de una gran reina. Gilgamesh corta la cabeza
de Humababe, el rey elamita. La diosa Ishtar se enamora de él y le pide
en matrimonio. Pero Gilgamesh desdeñosamente le recuerda su trato a
anteriores amantes. Ishtar airada vuelve al cielo y se venga enviando
un toro divino contra Gilgamesh y Ea-bani. Este animal es vencido y
muerto para gran alegría de la ciudad de Erech. Se envía a Gilgamesh
sueños premonitorios y su amigo Ea-bani muere, y Gilgamesh parte en
un largo viaje, para traer de vuelta a su amigo del mundo subterráneo.
Tras interminables aventuras nuestro amigo alcanza en un barco las aguas
de la muerte y conversa con Pir-napistum, el Noé babilónico, quien le
cuenta la historia del Diluvio que ocupa el undécimo capítulo de unas
330 líneas, arriba referido. Pir-napistum da a Gilgamesh la planta del
rejuvenecimiento pero la pierde de nuevo en su camino de vuelta a Erech.
En el último capítulo Gilgamesh logra evocar al espíritu de Ea-bani,
que da un vívido retrato de la vida tras la muerte donde el gusano
devora a los que han pecado en su corazón, pero donde los bienaventurados
recostados en un sofá, beben agua pura. Aunque en extremo fantástico
y a nuestros ojos una mezcla de lo grotesco y lo sublime, esta epopeya
contiene pasajes descriptivos de indudable fuerza. Unas líneas como
ejemplo: Al romper el alba por la mañana se levantó desde lo profundo
del cielo una oscura nube. El dios de la tormenta tronó dentro de ella
y Nebo y Marduk fueron ante ella. Luego vinieron los heraldos sobre
montes y llano. Uragala arrastró el ancla suelta, el Annunak alzó sus
antorchas, con sus resplandores iluminaron la tierra. El rugido del
dios de la tormenta alcanzó los cielos y todo brillo se volvió oscuridad.
(c) La leyenda de Adapa, una especie de Paraíso
perdido, probablemente una obra corriente de la literatura babilónica,
pues se encuentra no sólo en la biblioteca de Nínive sino incluso entre
las tablillas de Amarna en Egipto. Relata cómo Adapa, el hombre sabio
o Atrachasis, el proveedor del santuario de Ea, es engañado,
por la envidia de Ea. Anu, el Dios Supremo, le invita al Paraíso, le
ofrece la comida y bebida de inmortalidad, pero Adapa, creyéndolas erróneamente
veneno, rehúsa, y pierde la vida eterna. Anu desdeñosamente dice: Tómalo
y llévalo de vuelta a su tierra.
(d) El descenso de Ishtar al Hades, que contiene aquí
y allí sorprendentes semejanzas a líneas bien conocidas del Infierno
de Dante. La diosa de Erech va:
A la tierra de donde nadie ha regresado nunca,
A la casa de tinieblas donde mora Irkalla,
A la casa en la que uno entra pero nunca abandona,
Por el camino donde no se pueden seguir los pasos,
A la casa en la que uno entra, y cesa la luz del día.
En una tablilla de Amarna encontramos una descripción
espectral y gráfica de una fiesta, una pelea, y una boda en el infierno.
(e) Fragmentos similares de historias legendarias sobre
los primitivos reyes de Babilonia nos han llegado. Uno de los más notables
es aquel en que Sargón de Akkad, nacido de una virgen vestal de alta
categoría, es abandonado por su madre en un cesto de anea y echado a
flotar en las aguas del Éufrates; es encontrado por un aguador y educado
como jardinero. Esta historia no puede sino recordarnos el nacimiento
de Moisés.
2. Los Salmos
Esta especie de literatura, que antiguamente parecía
casi limitada a la raza hebrea, tuvo un exuberante desarrollo en suelo
babilonio. Estos cantos a los dioses, o a algún dios, son a menudo en
realidad misteriosos conjuros o letanías monótonas; y cuando tras examinar
un buen número de ellas, uno se vuelve al Salterio hebreo, ninguna persona
imparcial negará la casi inconmensurable superioridad de este último.
Por otro lado, sólo un irrazonable prejuicio negaría la a menudo emocionante
belleza y nobleza de pensamiento de alguna de estas producciones de
la piedad instintiva de una noble raza. Es natural además que el tono
de algunos salmos babilonios nos recuerde fuertemente a algunos cantos
de Israel, donde todos los salmistas se jactaban de tener un antepasado
babilonio: Abraham de Ur de los Caldeos. Algunos de estos salmos están
escritos en sumerio, con traducciones interlineares en babilonio semítico;
otros sólo en babilonio semítico. Muestran toda clase de técnicas de
versificación, paralelismo, aliteración, y ritmo. Hay acrósticos e incluso
dobles acrósticos, siendo las sílabas iniciales y finales de cada línea
las mismas. Estos salmos contienen alabanzas y súplicas a los grandes
dioses, pero, lo que es más notable, algunos de ellos son salmos penitenciales,
doliéndose el cantante de su pecado e implorando la vuelta a su favor.
Además hay un gran número de lamentaciones por calamidades
no personales sino nacionales; y un profeta babilonio llora
la caída de Nippur muchos siglos antes de que Jeremías escribiera sus
inspirados cantos de dolor por la destrucción de Jerusalén. Aparte de
estas hay innumerables tablillas de presagios, recetas mágicas para
toda clase de enfermedades, y rituales del servicio del templo, pero
pertenecen a la historia de la religión y a la astrología más que a
la de la literatura.
3. La Narración Histórica
Los babilonios no parecen haber tenido historiadores
ex professo, que, como Herodoto, se esforzaran en dar una narración
relacionada del pasado. Tenemos que construir su historia a partir de
las inscripciones reales en monumentos y muros de palacios y cilindros
estatales en los que cada soberano registra sus grandes hechos in
perpetuam rei memoriam. Mientras que afortunadamente poseemos
una abundancia de textos históricos de los reyes asirios, gracias al
descubrimiento de la biblioteca de Asurbanipal, hasta ahora no hemos
sido tan afortunados en el caso de los reyes babilónicos; de los primitivos
reyes de ciudades babilonias tenemos cierta cantidad de cortas inscripciones
en estelas y piedras miliares en estilo verdaderamente lapidario y registros
históricos más extensos en las inscripciones del gran cilindro de Gudea
de Lagash. Mientras que tenemos considerables textos históricos de Hammurabi,
sólo tenemos muy poco de sus muchos sucesores en el trono de Babilonia
hasta el Segundo Imperio Babilónico, cuando largos textos históricos
nos cuentan los hechos de Nabopolasar, Nabucodonosor, y Nabonid. Son
todos de una pomposa grandeza que empalaga un poco a la mentalidad occidental,
y su autoadulación nos resulta extraña. Están en el estilo que la imaginación
popular suele atribuir a las declaraciones de Su Majestad Celestial,
el Emperador de China. Invariablemente comienzan con un largo homenaje
a los dioses, dando largas listas de deidades, protectoras del soberano
y el estado, y terminan con imprecaciones para los que destruyan, mutilen,
o no hagan caso de la inscripción. Las inscripciones reales babilonias,
tal como actualmente las conocemos, son casi sin excepción pacíficas
en tono y materia. Sus temas recurrentes son la erección, restauración,
u ornamentación de templos y palacios y la excavación de canales. Incluso
cuando estaban en guerra, los reyes babilonios juzgaban de mal gusto
referirse a ella en sus proclamaciones monumentales. Sin duda los babilonios
despreciaban las inscripciones asirias como aburridos escritos sanguinarios.
Porque el genio de Babilonia fue de cultura y paz; por ello, aunque
fue centro del mundo mil años antes que Nínive, duró más de mil años
después de que Nínive fuera destruida.
Además de la bibliografía dada al final
del artículo Asiria: Boscawen, The First of Empires (2ª ed., Londres,
1905); Bezold, Ninive und Babylon (Leipzig, 1903); Pinches, The Old
Testament in the Light of the Historical Records and Legends of Assyria
and Babylonia (Londres, 1903); Sayce, The Archaeology of the Cuneiform
Inscriptions (Londres, 1907); Jastrow, Die Religion Babyloniens und
Assyriens (Giessen, I, 1905; II, 1907); Radau, Early Babylonian History
(Nueva York, 1900); Lagrange, Historical Criticism and O.T. (Londres,
1906); Jeremias, Das Alte Testament in Lichte des alten Orients (Leipzig,
1906); Delitzsch, Babel und Bibel (Leipzig y Stuttgart, 1905) para una
colección de textos en relación inmediata con el A.T.; Winckler, Keilinschriftliches
Textbuch zum Alten Testament (Leipzig, 1903).
J.P. ARENDZEN
Transcrito por el Rev. Richard Giroux
Traducido por Francisco Vázquez