Nació en el año 1090, en Fontaine, cerca de Dijon, Francia
y murió en Claraval el 21 de agosto de 1153. Sus padres fueron
Tescelin, señor de Fontaine y Aleth de Montbard, pertenecientes
ambos a la alta nobleza de Borgoña. Bernardo, tercero de una familia
de siete hijos, seis de los cuales eran varones, fue educado con un cuidado
especial porque aún antes de nacer un hombre devoto le había
vaticinado un gran destino. Cuando tenía nueve años, Bernardo
fue enviado a una famosa escuela en Chatillon-sur-Seine que seguía
la antigua regla de San Vorles. Tenía gran inclinación a
la literatura y se dedicó algún tiempo a la poesía.
Ganó la admiración de sus maestros con su éxito en
los estudios y no menos destacable fue su crecimiento en la virtud. El
gran deseo de Bernardo era progresar en literatura, con vistas a abordar
el estudio de la Sagrada Escritura para hacerla su propia lengua, como
así fue. "Todo en él era piedad," dice Bossuet. Tenía
una devoción especial a la Santísima
Virgen y nadie ha hablado de manera más sublime de la Reina
de los Cielos. Bernardo tenía apenas diecinueve años cuando
murió su madre. Durante su juventud no le faltaron tentaciones,
pero su virtud triunfó sobre ellas, muchas veces de forma heroica,
y desde entonces pensó en retirarse del mundo y llevar una vida
de soledad y oración.
San Roberto, Abad de Molesmes, había fundado en el año
1098 el monasterio de Cîteaux, a unas cuatro leguas de Dijon,
con el propósito de restaurar la regla de San Benito en todo
su rigor. A su regreso a Molesmes dejó el gobierno de la nueva
abadía a San Alberico, que murió en el año 1109.
San Esteban Harding le sucedió (1113) como tercer Abad de Cîteaux,
cuando Bernardo, joven de la nobleza de Borgoña, pidió
la admisión en la Orden a la edad de treinta años. Tres
años después San Esteban envió al joven Bernardo,
el tercero en dejar Cîteaux, al frente de un grupo de monjes
para fundar una nueva comunidad en el Valle de Absinthe, o Valle de
la Amargura, en la Diócesis de Langres. Bernardo lo llamó
Claire Vallée, de Clairvaux (Claraval), el 25 de Junio del
año 1115, y los nombres de Bernardo y Claraval son inseparables
desde entonces. Durante la ausencia del Obispo de Langres, Bernardo
fue investido como Abad por Guillermo de Champeaux, Obispo de Châlons-sur-Marne,
que vio en él al hombre predestinado, siervo de Dios. Desde
ese momento, nació una fuerte amistad entre el Abad y el obispo,
que fue profesor de teología en Notre Dame de París
y fundador del convento de San Víctor.
Los comienzos de Claraval fueron confusos y penosos. El régimen
era tan austero que afectó a la salud de Bernardo y solamente
la autoridad de Guillermo de Champeaux, y la del Capitulo General,
pudieron hacer que mitigase sus austeridades. Sin embargo, el monasterio
progresó rápidamente. Acudieron gran número de
discípulos deseosos de ponerse bajo la dirección de
Bernardo. Su padre, el anciano Tescelin, y todos sus hermanos entraron
en Claraval como religiosos, quedando en el mundo solamente Humbeline,
su hermana, que ingresó pronto en el convento benedictino de
Jully, con el consentimiento de su marido. Claraval se quedó
pronto pequeño para los religiosos que acudieron, siendo necesario
enviar grupos a fundar nuevas comunidades. En el año 1118 se
fundó el Monasterio de las Tres Fuentes en la Diócesis
de Châlons; en 1119 el de Fontenay en la Diócesis de
Auton (ahora Dijon) y en 1121 el de Foigny, cerca de Vervins, en la
Diócesis de Laon (ahora Soissons). A pesar de esta prosperidad,
el Abad de Claraval tuvo sus pruebas. Durante una ausencia de Claraval,
el Gran Prior de Cluny, Bernardo de Uxells, envió al Príncipe
de los Priores, en expresión de Bernardo, a Claraval para atraerse
al primo del Abad, Roberto de Châtillon. Esto fue ocasión
de la más larga y sentida carta de Bernardo.
En el año 1119 Bernardo asistió al primer Capitulo General
de la Orden, convocado por Esteban de Cîteaux. Aunque aún
no tenía treinta años, Bernardo fue escuchado con la mayor
atención y respeto, especialmente cuando expuso sus pensamientos
acerca de la revitalización del espíritu primitivo de orden
y fervor en todas las órdenes monásticas. Este Capitulo
General fue el que dio forma definitiva a las constituciones y regulaciones
de la Orden en la "Cédula de la Caridad", confirmada por el
Papa Calixto II el 23 de Diciembre de 1119. En 1120 Bernardo compuso su
primera obra "De Gradibus Superbiae et Humilitatis" y sus homilías
"De Laudibus Mariae". Los monjes de Cluny habían visto,
con satisfacción, que los de Cîteaux no destacaban entre
las ordenes religiosas por regularidad y fervor. Por esta razón
los "Monjes Negros" cayeron en la tentación de acusar a las reglas
de la nueva Orden de impracticables. A petición de Guillermo de
San Thierry, Bernardo se defendió a sí mismo publicando
su "Apología", que consta de dos partes. En la primera parte, prueba
su inocencia respecto a las invectivas contra Cluny que le habían
sido atribuidas, y en la segunda, expone las razones de su ataque contra
los abusos. Declara su profunda estima a los Benedictinos de Cluny, a
quien ama igual que a las demás órdenes religiosas. Pedro
el Venerable, Abad de Cluny, respondió al Abad de Claraval sin
ofender a la caridad lo más mínimo, y le aseguró
su gran admiración y sincera amistad. Entretanto, Cluny estableció
una reforma, y el mismo Suger, ministro de Luis el Gordo y Abad de San
Denis, se convirtió por la apología de Bernardo, terminando
de inmediato su mundanal vida y restaurando la disciplina en su monasterio.
El celo de Bernardo no acabó aquí sino que se extendió
a los obispos, al clero y a los fieles, así como obtuvo destacadas
conversiones de personas profanas entre otros frutos de su labor. La carta
de Bernardo al Arzobispo de Sens es un verdadero tratado "De Officiis
Episcoporum". Por entonces escribió su obra sobre la "Gracia
y Libre Albedrío".
En el año 1128 Bernardo asistió al Concilio de Troyes,
que había sido convocado por el Papa Honorio II y fue presidido
por el Cardenal Matthew, Obispo de Albano. El propósito de este
concilio era solucionar ciertas controversias de los obispos de París
y regular otros asuntos de la Iglesia de Francia. Los obispos nombraron
a Bernardo secretario del concilio y le encargaron la redacción
de los estatutos del sínodo. El Obispo de Verdún fue depuesto
después del concilio. Entonces recayeron sobre Bernardo injustos
reproches, siendo incluso denunciado en Roma por injerencias en asuntos
que no conciernen a un monje. El Cardenal Harmeric, en nombre del Papa,
escribió a Bernardo una severa carta de amonestación. "No
es digno" le dijo "que ranas ruidosas e impertinentes salgan de sus ciénagas
para molestar a la Santa Sede y a los cardenales". Bernardo respondió
a la carta diciendo que si él había asistido al concilio,
había sido arrastrado a ello a la fuerza, como así era.
"Ahora bien, ilustre Harmeric", añadió, "si tanto lo deseabas,
quién habría sido más capaz de liberarme de la necesidad
de asistir que tú mismo? Prohibe a esas ranas ruidosas e impertinentes
salir de sus agujeros, abandonar sus ciénagas . . . Entonces, tu
amigo, ya no se expondrá a las acusaciones de orgullo y presunción
". Esta carta causó una fuerte impresión en el cardenal
y justificó a su autor ante sí mismo y ante la Santa Sede.
En este concilio, Bernardo indicó las líneas generales de
la Regla de los Caballeros Templarios, que pronto se convertirían
en el ideal de la nobleza francesa. Bernardo lo alaba en su "De Laudibus
Novae Militiae".
La influencia del Abad de Claraval se notó pronto en los asuntos
provinciales. Defendió los derechos de la Iglesia frente a
las intromisiones de reyes y príncipes, y recordó sus
deberes a Enrique, Arzobispo de Sense, y a Esteban de Senlis, Obispo
de París. A la muerte de Honorio II, que ocurrió el
14 de febrero de 1130, un cisma quebró a la Iglesia al ser
elegidos dos papas, Inocencio II y Anacleto II. Inocencio II desterrado
de Roma por Anacleto se refugió en Francia. El rey Luis el
Gordo convocó un concilio nacional de los obispos de Francia
en Etampes, y Bernardo, emplazado allá con el beneplácito
de los obispos, fue elegido para juzgar entre los dos papas rivales.
Él decidió a favor de Inocencio II, motivando su reconocimiento
por los principales poderes católicos, fue con él a
Italia, serenó los ánimos que agitaban el país,
reconcilió Pisa con Génova, y a Milán con el
papa y con Lotario. Por deseo de éste, el papa fue a Lieja
a consultar con el emperador sobre las mejores medidas a tomar para
su regreso a Roma, pues allí Lotario iba a recibir la corona
imperial de manos del papa. Desde Lieja el papa volvió a Francia,
visitó la Abadía de San Denis, y después la de
Claraval, donde su recibimiento tuvo un carácter simple y puramente
religioso. Toda la corte pontificia quedó impresionada por
la santa conducta de esta comunidad de monjes. En el refectorio solo
se encontraron unos cuantos peces para el papa y, en lugar de vino,
se sirvió zumo de hierbas como bebida, dice el cronista de
Cîteaux. No se sirvió al papa y a sus seguidores un banquete
festivo, sino una fiesta de virtudes. El mismo año, Bernardo
estuvo otra vez al lado de Inocencio II, para quien era un oráculo,
en el Concilio de Reims; y luego en Aquitania, donde consiguió
de momento separar a Guillermo, Conde de Poitiers, de la causa de
Anacleto.
En 1132, Bernardo acompañó a Inocencio II a Italia
y en Cluny el papa abolió los derechos que Claraval pagaba
a esa famosa abadía -- acción que dio lugar a una disputa
entre los "Monjes Blancos" y los "Monjes Negros" durante veinte años.
En el mes de mayo, el papa apoyado por la armada de Lotario entró
en Roma, pero sintiéndose Lotario demasiado débil para
resistir a los partidarios de Anacleto, se retiró tras los
Alpes, e Inocencio solicitó refugio en Pisa en Septiembre de
1133. Entretanto el abad había vuelto a Francia en junio y
continuó trabajando a favor de la paz que comenzó en
1130. A finales de 1134 hizo un segundo viaje a Aquitania, donde Guillermo
X había recaído en el cisma. Éste hubiera muerto
por sí solo si Guillermo hubiera estado desapegado de la causa
de Gerardo, que había usurpado la Sede de Burdeos y retenido
la de Angulema. Bernardo invitó a Guillermo a la misa que celebró
en la iglesia de La Couldre. En el momento de la comunión,
colocando la Sagrada Forma sobre la patena, fue a la puerta de la
iglesia donde estaba Guillermo y, apuntando hacia la Sagrada Forma,
conjuró al Duque a no menospreciar a Dios como hacía
con sus sirvientes. Guillermo cedió y el cisma terminó.
Bernardo marchó otra vez a Italia, donde Roger de Sicilia estaba
tratando de apartar a los de Pisa de su obediencia a Inocencio. Recuperó
a la ciudad de Milán para la obediencia, ya que había
sido seducida y descarriada por el ambicioso prelado Anselmo, Arzobispo
de Milán, recusó a éste y volvió finalmente
a Claraval. Creyéndose al fin tranquilo en su claustro, Bernardo
se dedicó, con renovado vigor, a la composición de sus
piadosos y sabios trabajos, que le han merecido el titulo de "Doctor
de la Iglesia". Ahora escribió sus sermones sobre el "Cantar
de los Cantares ". En 1137 fue forzado de nuevo a abandonar su soledad,
por orden del papa, para poner fin a la querella entre Lotario y Roger
de Sicilia. En la conferencia de Palermo, Bernardo convenció
a Roger sobre los derechos de Inocencio II y acalló a Pedro
de Pisa que apoyaba a Anacleto. Éste murió apesadumbrado
y decepcionado en 1138, y con él el cisma. De nuevo en Claraval,
Bernardo se ocupó en enviar comunidades de monjes desde su
atestado monasterio a Alemania, Suecia, Inglaterra, Irlanda, Portugal,
Suiza e Italia. Algunas de ellas, por disposición de Inocencio
II, tomaron posesión de la Abadía de las Tres Fuentes,
cerca de Salvian Waters en Roma, de donde salió elegido el
Papa Eugenio III. Bernardo resumió su comentario al "Cantar
de los Cantares", asistió en 1139 al Segundo Concilio General
de Letrán y Décimo Ecuménico, en el que fueron
definitivamente condenados los aún partidarios del cisma. Por
esta época, Bernardo recibió en Claraval la visita de
San Malaquías, metropolitano de la Iglesia de Irlanda, creándose
entre ellos una estrecha amistad. San Malaquías hubiera tomado
con alegría el hábito cisterciense, pero el Soberano
Pontífice no hubiera dado su permiso. Sin embargo murió
en Claraval en 1148.
En el año 1140 encontramos a Bernardo comprometido en otros
asuntos que perturbaron la paz de la Iglesia. A finales del siglo
XI, las escuelas de filosofía y teología, apasionadas
por los debates y espíritu de independencia que las arrastraron
a controversias político-religiosas, se convirtieron en una
verdadera liza pública sin otro motivo más que la ambición.
Esta exaltación de la razón humana y del racionalismo
encontraron un ardiente e influyente defensor en Abelardo, el más
elocuente e instruido hombre de la época después de
Bernardo. "La historia de las calamidades y la refutación de
su doctrina por San Bernardo", dice Ratisbonne, "forman el mayor episodio
del siglo XII ". El tratado de Abelardo sobre la Trinidad había
sido condenado en 1121 y él mismo había quemado su libro.
Pero en 1139 propugnó nuevos errores. Bernardo, informado de
ello por Guillermo de San Thierry, escribió a Abelardo, quién
le contestó de una manera insultante. Bernardo le denunció
al papa, ocasionando un concilio general a celebrar en Sens. Abelardo
pidió un debate público con Bernardo; éste mostró
los errores de su oponente con tal claridad y lógica que fue
incapaz de responder, y fue obligado a jubilarse tras ser condenado.
El papa confirmó el dictamen del concilio, Abelardo se sometió
sin resistencia y se retiró a Cluny, donde vivió bajo
la autoridad de Pedro el Venerable, muriendo dos años después.
Inocencio II murió en 1143. Sus dos sucesores, Celestino II
y Lucio, reinaron poco tiempo, y a continuación, Bernardo vio
a uno de sus discípulos, Bernardo de Pisa, Abad de las Tres
Fuentes y conocido después como Eugenio III, elevado a la Silla
de San Pedro. Bernardo le envió, a petición suya, diversas
instrucciones que componen el "Libro de Meditación ", cuya
idea predominante es que la reforma de la Iglesia debe comenzar con
la santidad de su cabeza. Los asuntos temporales son simplemente secundarios,
los principales son la piedad, la meditación o consideración,
que deben preceder a la acción. El libro contiene una hermosísima
página sobre el papado, que ha sido siempre profundamente estimada
por los soberanos pontífices, muchos de los cuales la usaron
como lectura ordinaria.
Por entonces llegaron alarmantes noticias del Este. Edesa había
caído en manos de los turcos, y Jerusalén y Antioquía
estaban amenazadas con parecido desastre. Delegaciones de los obispos
de Armenia solicitaron ayuda al papa y el rey de Francia también
envió embajadores. El papa encomendó a Bernardo predicar
una nueva Cruzada y concedió para ella las mismas indulgencias
que Urbano II había otorgado a la primera. Se convocó
un parlamento en Vezelay, Burgundia, en 1134, y Bernardo predicó
antes de la asamblea. El rey Luis el Joven, la reina Leonor y los
príncipes y señores presentes se postraron a los pies
del Abad de Claraval para recibir la cruz. El santo se vio obligado
a usar porciones de su hábito para hacer cruces con las que
satisfacer el celo y ardor de la multitud, que deseaba tomar parte
en la Cruzada. Bernardo se trasladó a Alemania y los milagros
que se multiplicaban casi a cada paso contribuyeron indudablemente
al éxito de la misión. El emperador Conrado y su nieto,
Federico Barbarroja, recibieron la cruz de los peregrinos de manos
de Bernardo, y el papa Eugenio fue en persona a Francia para alentar
la empresa. Con motivo de esta visita se celebró un concilio
en París, en 1147, en el que fueron examinados los errores
de Gilberto de la Porée, Obispo de Poitiers. Él insinuó
entre otros disparates que la esencia y los atributos de Dios no son
Dios, que las propiedades de las Personas de la Trinidad no son las
personas mismas, en resumen que la Naturaleza Divina no se ha encarnado.
La discusión se acaloró por ambas partes. La decisión
se pospuso para el concilio que tuvo lugar en Reims el año
siguiente (1148) y en el cual Eon de l'Etoile era uno de los jueces.
Bernardo fue elegido por el concilio para redactar una profesión
de fe exactamente opuesta a la de Gilberto, quien por último
declaró a los Padres: "Si creéis y afirmáis algo
distinto que yo, estoy dispuesto a creer y decir lo que vosotros ".
La consecuencia de esta declaración fue que el papa condenó
las afirmaciones de Gilberto sin denunciarle personalmente. Después
del concilio, el papa visitó Claraval donde celebró
un Capitulo General de la Orden y advirtió la prosperidad de
la que Bernardo era el alma.
Los últimos años de la vida de Bernardo se vieron entristecidos
por el fracaso de la Cruzada que había predicado, cuya completa
responsabilidad recayó sobre él. Él había
acreditado la empresa con milagros, pero no había garantizado
su éxito contra el extravío y perfidia de los que participaron
en ella. La falta de disciplina y presunción de las tropas alemanas,
las intrigas del príncipe de Antioquía y de la reina Leonor
y, finalmente, la avaricia y evidente traición de los nobles
cristianos de Siria, impidiendo la toma de Damasco, parecen haber sido
la causa del desastre. Bernardo consideró su deber enviar una
apología al papa, y ésta figura en la segunda parte del
"Libro de Meditación". Allí explica como con los cruzados,
al igual que con los hebreos, en cuyo favor el Señor había
multiplicado sus prodigios, sus pecados fueron la causa de sus infortunios
y desgracias. La muerte de sus contemporáneos sirvieron de aviso
a Bernardo de su próximo fin. El primero en morir fue Suger (1152),
sobre quien el Abad escribió a Eugenio III: "Si hay algún
vaso precioso adornando el palacio del Rey de Reyes, es el alma del
venerable Suger". Thibaud, Conde de Champagne, Conrado, emperador de
Alemania, y su hijo Enrique, murieron el mismo año. Desde el
comienzo del año 1153, Bernardo sintió aproximarse su
muerte. El tránsito del papa Eugenio le dio el golpe fatal, al
apartarle del que consideraba su mejor amigo y consolador. Bernardo
murió a los sesenta y tres años, tras pasar cuarenta en
el claustro. Fundó ciento sesenta y tres monasterios en diferentes
partes de Europa; a su muerte alcanzaban los trescientos cuarenta y
tres. Fue el primer monje cisterciense inscrito en el calendario de
los santos y fue canonizado por Alejandro III el 18 de enero de 1174.
El papa Pío VIII le concedió el titulo de Doctor de la
Iglesia. Los cistercienses le honran como solo se honra a los fundadores
de órdenes, por la maravillosa y extensa actividad que dio a
la Orden de Cîteaux.
Las obras de San Bernardo son las siguientes:
- "De Gradibus Superbiae", su primer tratado;
- "Homilías sobre el Evangelio 'Missus est'" (1120);
- "Apología a Guillermo de San Thierry", contra las pretensiones
de los monjes de Cluny;
- "Sobre la conversión de los clérigos", libro dirigido
a los jóvenes eclesiásticos de París (1122);
- "De Laudibus Novae Militiae", dirigido a Hughes de Payns,
primer Gran Maestre y Prior de Jerusalén (1129). Esta obra
es un elogio de la orden militar fundada en 1118 y una exhortación
a los caballeros para conducirse con valor en su condición.
- "De amore Dei", donde San Bernardo muestra que la manera
de amar a Dios es amarle sin medida, y da diferentes grados de este
amor;
- "Libro de preceptos y gobierno " (1131), que contiene respuestas
a cuestiones sobre ciertos puntos de la Regla de San Benito sobre
las que el abad puede, o no, dispensar;
- "De Gratiâ et Libero Arbitrio", en la que prueba
el dogma católico de la gracia y libre albedrío de
acuerdo con los principios de San Agustín;
- "Libro de Meditación ", dirigido al papa Eugenio III;
- "De Officiis Episcoporum", dirigido a Enrique, Arzobispo
de Sens.
Sus sermones son también numerosos:
- "Sobre el Salmo 90, 'Qui habitat'" (alrededor de 1125);
- "Sobre el Cantar de los Cantares ". San Bernardo explica, en
ochenta y seis sermones, únicamente los dos primeros capítulos
del Cantar de los Cantares y el primer verso del tercer capítulo.
- También sus ochenta y seis "Sermones para todo el año"
y sus "Cartas" en número de 530.
Se han encontrado entre sus obras muchas cartas, tratados, etc. que
se le atribuyen falsamente, tales como "La Escala del Claustro " que
es una obra de Guigues, Prior de La Gran Cartuja, las Meditaciones,
la Edificación de la Casa Interior, etc.
M. GILDAS
Transcrito por Janet Grayson
Traducido por Miguel Villoria de Dios