Si desechamos la tradición legendaria que ubica el origen
de la denominada Orden del Santo Sepulcro en una época anterior a los
días de Godofredo de Bouillón o de Carlomagno, o incluso antes,
en tiempos de Santiago Apóstol, el primer Obispo de Jerusalén,
nos es imposible establecer ni el nombre del fundador ni la fecha de su fundación.
En realidad la Orden era una confraternidad secular que fue creciendo gradualmente
alrededor del más reverenciable de los Santos Lugares. Fue para liberar
el Santo Sepulcro que se organizaron las cruzadas; fue para defenderlo que se
instituyeron las órdenes militares. Durante la Edad Media, esta memorable
reliquia de la vida terrenal de Cristo fue considerada como el centro místico
del nuevo estado Latino. Godofredo de Bouillón no aceptó otro
título que el de Defensor del Santo Sepulcro y varios príncipes
latinos, Bohemundo de Antioquía y Tancredo, se reconocieron como sus
vasallos. Era por tanto algo natural que el Santo Sepulcro tuviera también
sus propios caballeros. En un sentido amplio, cualquier cruzado que tomara la
espada en defensa del Sepulcro podía asumir dicho título desde
el mismo instante en que fuese armado caballero. Aquellos que no habían
sido armados, tenían la ambición de ser investidos caballeros
preferiblemente en este santuario y, por tanto, de poder identificarse como
Caballeros del Santo Sepulcro par excellence (por excelencia, Nota del traductor).
La caída del Reino de Jerusalén no impidió la peregrinación
al Sepulcro de Cristo o la costumbre de armarse caballero en ese lugar. Cuando
la custodia de la Tierra Santa fue confiada a los franciscanos, estos continuaron
esta piadosa costumbre y le dieron a la Orden su primer Gran Maestre.
La constancia de la llegada oficial de los Frailes Menores a
Siria se encuentra en la Bula dirigida por el Papa Gregorio IX al clero de Palestina
en 1230 en la que les instruye dar la bienvenida a los frailes y permitirles
predicar a los fieles, así como tener oratorios y cementerios propios.
Gracias a la tregua de diez años pactada un año antes entre Federico
II de Sicilia y el sultán, les fue permitido a los franciscanos la entrada
en Jerusalén, pero también se contaron entre las primeras víctimas
de la violenta invasión de los kharizmianos en 1244, iniciando así
el extenso martirologio franciscano en Tierra Santa. A pesar de esto la provincia
franciscana de Siria continuó existiendo teniendo a la ciudad de Acre
como sede. Los monjes rápidamente reasumieron la posesión de su
convento de Monte Sión en Jerusalén al que ya habían probado
tener derecho a través de la sangre de sus mártires y donde se
mantuvieron obstinadamente, rodilla en tierra, a pesar sufrir numerosas penalidades
y ultrajes durante cinco siglos. Los turcos, no obstante su fiero fanatismo,
permitieron la veneración del Sepulcro de Cristo mediante pago para mantener
las ganancias derivadas del impuesto que se cobraba a los peregrinos. En 1342,
en su Bula “Gratiam agimus”, el Papa Clemente VI encomendó
de forma oficial el cuidado de Tierra Santa a los franciscanos, quienes cumplieron
con esta tarea hasta que Pío IX llevó a cabo la restauración
del Patriarcado Latino de Jerusalén. Consecuentemente, después
de 1342, para alistarse como Caballero de Santo Sepulcro era necesario acudir
a los Frailes Menores. En este período los itinerarios de los peregrinos
mencionan frecuentemente admisiones en esta confraternidad, impropiamente llamada
Orden, dado que no tenía reglas monásticas, organización
regular o bienes comunes. Cuando se hace mención de las posesiones del
Santo Sepulcro se está haciendo alusión a los Canónigos
del Santo Sepulcro que tenían conventos en varios lugares y no a los
caballeros como creen algunos autores.
Los peregrinos eran recibidos en esta confraternidad laica con
todo el ceremonial externo de la caballería antigua; sin embargo no siempre
se observaron las reglas fundamentales de la institución. Se ha dicho
que muchos de los que eran armados caballeros no pertenecían a la nobleza.
Al que solicitaba el ingreso en la Orden siempre se le preguntaba formalmente
“si era de noble cuna”, pero en el caso de que se tratase de mercaderes
o plebeyos, estos no estaban obligados a responder. El hecho es que en las peregrinaciones
estaban representadas todas las clases y es fácil comprender que aquellos
que habían cumplido con esta dura devoción, tan cargada de peligros
en aquellos tiempos, desearan llevar al irse de Jerusalén un recuerdo
duradero como la insignia de la Orden, y que rehusarles esto fuera difícil,
especialmente cuando el Santuario dependía en la práctica de los
donativos de estos mercaderes y por tanto, estas contribuciones eran más
merecedoras de reconocimiento que el voto platónico de esforzarse al
máximo en la defensa de Tierra Santa. En el ceremonial de recepción,
el papel del clérigo se limitaba a la benedictio militis (Bendición
de los militares, Nota del Traductor). La parte final de la ceremonia, la toma
de la espada, estaba reservada a un caballero de profesión. Es cierto
que en el siglo XV, desde 1480 hasta 1495 vivió en Jerusalén un
alemán, Juan de Prusia, que ocupó el cargo de senescal del convento
y en su carácter de gentilhombre y laico, ejecutó este acto reservado
a los caballeros. Con frecuencia ocurrió también que un caballero
extranjero, presente entre la multitud de peregrinos, ayudara en la ceremonia.
Sin embargo, en ausencia de estas posibles asistencias era el superior del convento
quién actuaba en el lugar del caballero, aunque este método era
considerado irregular dado que el portar la espada era incompatible con el estado
sacerdotal. Por esta época el superior del convento asumió el
título de Gran Maestre, título que fue reconocido por varios diplomas
pontificios y finalmente por una Bula de Benedicto XIV de 1746. Cuando Pío
IX restableció el Patriarcado Latino de Jerusalén en 1847, transfirió
a este el ministerio de Gran Maestre de la Orden. Al mismo tiempo el Papa redactó
y publicó en 1868 los nuevos estatutos de la Orden creando tres categorías
(Gran Cruz, Comendador y Caballero); ordenando que el hábito fuese “un
manto blanco con la cruz de Jerusalén en esmalte rojo”, y regulando
los honorarios del canciller. Pío X , por su Bula del 30 de mayo de 1907,
efectuó los últimos cambios al reservarse para sí el gran
maestrazgo de la orden, aunque delegando sus poderes en el Patriarca Latino.
QUARESMIUS, Historica Terrœ Sanctœ elucidatio (Antwerp,
1639); HODY, Notice sur les chevaliers du St-Sépulcre (Académie
d'archéologie, Antwerp, 1855); HERMENS, Der Orden vom h. Grabe (Cologne,
1870); COURET, L'Ordre du St-Sépulcre de Jerusalem (Paris, 1905).
CH. MOELLER
Trascrito por Douglas J. Potter
Traducido por José Andrés Pérez García