La sobresaliente eminencia del carácter de Jesús ha sido
reconocida por hombres de todo tipo:
- Kant da testimonio de su ideal perfección;
- Hegel ve en Él la unión de lo humano y lo Divino;
- Los escépticos más avanzados le rinden homenaje;
- Spinoza habla de Él como el símbolo más verdadero
de la sabiduría celestial;
- La belleza y grandeza de su vida intimidan a Voltaire;
- Napoleón I, en Santa Helena, estaba convencido de que "entre
él [Jesús] y cualquiera en todo el mundo no había
ningún posible término de comparación" (Montholon,
"Récit de la Captivité de l'Empereur Napoléon).
- Rousseau testifica: "Si la vida y muerte de Sócrates
son las de un sabio, la vida y muerte de Jesús son las de un
dios."
- Strauss reconoce: "Él es el objeto más alto que
posiblemente podemos imaginar con respecto a la religión, el
ser sin cuya presencia en la mente, la perfecta piedad es imposible."
- Para Renan "El Cristo de los Evangelios es el más precioso
de los modos de la más preciosa encarnación de Dios.
su belleza es eterna; su reino nunca acabará."
- John Stuart Mill habló de Jesús como "un hombre
encargado por Dios con la especial, urgente y única tarea de
llevar a la humanidad a la verdad y a la virtud."
Los testimonios anteriores no tienen gran importancia para el estudio
teológico de la vida de Jesús; pero al menos muestran la
impresión tenida por diferentes tipos de hombres sobre la historia
de Cristo. En lo siguiente párrafos consideraremos el carácter
de Jesús, en primer lugar manifestado en su relación con
los hombres, después en su relación con Dios.
I. Jesús en relación con los hombres
A. A la luz de la razón
B. A la luz de Fe
II. Jesús en relación a Dios
A. La santidad de Jesús
B. La divinidad de Jesús
I. Jesús en relación con
los hombres
En su relación con los hombres Jesús manifestó ciertas
cualidades que fueron percibidas por todos, estando sujetas a la luz de
razón; pero otras estuvieron reservadas para aquéllos que
lo ven a la luz de fe. Las dos merecen un breve estudio.
A. A la luz de la razón
No hay ninguna tradición fidedigna acerca de la apariencia corporal
de Jesús, pero esto no se necesita para obtener una imagen de su
carácter. Es verdad que a primera vista la conducta de Jesús
es tan polifacética que su carácter parece eludir toda descripción.
Dominio y simpatía, poder y encanto, autoridad y afecto, alegría
y gravedad, son algunas de las cualidades que hacen imposible el análisis.
La composición de los Evangelios no facilita el trabajo. Al principio
nos aparecen como un bosque desconcertante de declaraciones dogmáticas
y principios morales; no hay sistema ni método, todo es el ocasional,
todo fragmentario. Los Evangelios no son un manual de dogma ni un tratado
de casuística, aunque ellos son fuente de ambos. No sorprenden
las diferentes conclusiones a la que han llegado diversos investigadores
en el estudio de Jesús. Algunos lo llaman fanático, otros
hacen de El un socialista, otros también un anarquista, mientras
muchos le llaman soñador, místico, esenio. Pero en esta
variedad de vistas hay dos conceptos principales bajo los que pueden resumirse
los demás: Algunos consideran a Jesús un asceta, otros un
esteta; algunos ponen énfasis en su sufrimiento, otros en su alegría;
algunos lo identifican con el clericalismo, otros con el humanismo; algunos
reconocen en Él la figura profética del Antiguo Testamento
y el monacal del Nuevo, otros ven en Él sólo alegría
y poesía. Puede haber fundamento para todos los puntos de vista;
pero no agotan el carácter de Jesús. Todos son elementos
que realmente existieron en Jesús, pero ante todo no fueron entendidos;
son solamente disfrutados o sufridos de pasada, mientras que Jesús
se esforzó por lograr un fin totalmente diferente de la alegría
o la pena.
1. La fuerza
Considerando la vida de Jesús a la luz de razón, su fuerza,
su equilibrio y su gracia son sus cualidades más características.
Su fuerza se muestra en su modo de vida, su decisión, su autoridad.
En su ruda vida, nómada, sin casa ni hogar, no hay lugar para la
debilidad o el sentimentalismo. La indecisión es rechazada por
Jesús en diferentes ocasiones: "Ningún hombre puede
servir a dos señores"; "Él que no está
conmigo, está contra mí"; "Buscad primero el reino
de Dios", éstas son algunas de las declaraciones que expresan
la actitud de Cristo sobre la indecisión. De si mismo dijo: "Mi
alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado"; "yo no
busco mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado."
La autoridad del Maestro no permite cuestionar su poder; llama a los hombres
en sus barcos, en sus oficinas de impuestos, en sus casas, "Sígueme",
y ellos miran su rostro y obedecen. San Mt testifica: "La multitud...
glorificaba a Dios que ha dado tanto poder al hombre"; San Marcos
agrega: "el Reino de Dios viene con poder"; San Lc dice: "Le
ha sido dado poder sobre toda carne"; leemos en el Libro de los Hechos:
"Dios lo ungió... con poder"; San Pedro también
se impresiona con "el poder de nuestro Señor Jesús."
En sus enseñanzas Jesús no arguye o demuestra o amenaza,
como los fariseos, pero habla como el que tiene autoridad. En ningún
momento es Jesús meramente un triste asceta o un camarada alegre,
lo encontramos como un líder de hombres cuyos principios se construyen
sobre la roca.
2. Equilibrio
Puede decirse que la fuerza del carácter de Cristo da lugar a
otra cualidad que podemos denominar equilibrio. La razón es como
las velas del barco, la voluntad es su timón, y los sentimientos
son las olas lanzadas sobre ambos lados de la nave cuando atraviesa las
aguas. La voluntad de Jesús es suficiente para guardar un equilibrio
perfecto entre sus sentimientos y su razón; su cuerpo es el instrumento
perfecto para el desarrollo de su deber; sus emociones están totalmente
subordinadas a la voluntad de su Padre; la llamada a obedecer sus deberes
superiores le previenen de una austeridad excesiva. Hay por tanto un balance
perfecto o equilibrio en Jesús entre la vida de su cuerpo, de su
mente y de sus emociones. Su carácter es tan pulido que, a primera
vista, no hay nada que pueda caracterizarlo. Este equilibrio en el carácter
de Jesús produce una simplicidad que impregna cada una de sus acciones.
Como las antiguas calzadas romanas siguen derechas adelante, a pesar de
las montañas y valles, ascensiones y declives, así la vida
de Jesús fluye calladamente de acuerdo con la llamada de su deber,
a pesar del placer o el dolor, el honor o la ignominia. Otro rasgo en
Jesús, que puede ser considerado como emanado del equilibrio de
su carácter, es su paz inalterable, una paz que puede perturbarse
pero no puede ser destruida ni por sus sentimientos interiores ni por
tropiezos externos. Y estas cualidades personales de Jesús se reflejan
en sus enseñanzas. Establece un equilibrio entre la honradez del
Antiguo Testamento y la justicia del Nuevo, entre el amor y vida del primero
y los del posterior. Rompe de hecho con el convencionalismo farisaico
y su externalismo, y con sus degeneradas consecuencias; insiste en la
ley de amor, pero enseña que ella abarca la Ley entera y los Profetas;
promete la vida, pero no consiste tanto en nuestra posesión como
en nuestra capacidad de usar nuestra posesión. Ni puede deducirse
que el equilibrio de la enseñanza de Cristo se destruya por sus
tres paradojas de confianza, de servicio y de idealismo. La ley de autosacrificio
nos inculca que encontraremos la vida perdiéndola; pero la ley
de los organismos biológicos, de los tejidos fisiológicos,
de los logros intelectuales y de los procesos económicos enseña
que el propio sacrificio es la misma realización al fin. La segunda
paradoja es la del servicio "... el que quiera llegar a ser grande
entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero
entre vosotros, será vuestro esclavo." Pero en el mundo industrial
y artístico, también, los hombres más grandes son
aquéllos que han hecho mayor servicio. En tercer lugar, el idealismo
de Jesús se expresa en palabras como: " La vida es más
que la carne", y "No solo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que procede de la boca de Dios." Pero incluso nuestra edad
realista debe conceder que la realidad de la ley son sus ideales, y de
nuevo, que el mundo del idealismo es imposible para el débil, mientras
el carácter fuerte crea el mundo por el que se esfuerza. El carácter
de Jesús es por consiguiente la encarnación de fuerza y
equilibrio. Verifica la definición dada por un escritor comprometido
como Emerson "el Carácter es la centralidad, la imposibilidad
de ser desplazado o removido... La medida natural de este poder es la
resistencia a las circunstancias."
3. la Gracia
Pero si no hubiera un tercer elemento esencial dentro del carácter
de Jesús, no podría ser atractivo después de todo.
Incluso los santos son a veces malos vecinos; pueden gustarnos, pero a
veces nos gustan sólo a una cierta distancia. El carácter
de Cristo lleva con él el rasgo de la gracia, anulando toda aspereza
y falta de amabilidad. La gracia es la libre expresión del olvido
de sí y del espíritu bondadoso. Es un bonito modo de hacer
lo bueno, de la manera correcta, en el momento correcto, así abre
todos los corazones a su poseedor. La simpatía es el canal más
amplio a través del que fluye la gracia y la abundancia de su caudal
testifica la reserva de gracia. Ahora Jesús simpatiza con todas
las clases, con ricos y pobres, sabios e ignorantes, felices y tristes;
Se mueve con la misma familiaridad entre todas las clases de sociedad.
Para los justificados Fariseos sólo tiene las palabras: "
Ay de vosotros, hipócritas"; enseña, "A menos
que os volváis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos." Platón y Aristóteles son absolutamente
diferentes a Jesús; ellos pueden hablar de virtud natural, pero
nunca encontramos a los niños en sus brazos. Jesús trata
a los publicanos como sus amigos; anima los más incipientes inicios
de crecimiento moral. Escoge a comunes pescadores como piedra angular
de su reino, y por su bondad los entrena para ser la luz del mundo y la
sal de la tierra; Doblega a San Pedro cuyo carácter era un montón
de arena en lugar de un sólido "cimiento", y lo convierte
en la piedra en la que construir su Iglesia. Después de que dos
de los Apóstoles hubieran caído, Jesús fue clemente
con ambos, aunque salvó únicamente a uno, mientras el otro
se destruyó a si mismo. Las mujeres necesitadas nos son excluidas
de la general clemencia de Jesús; Recibe el homenaje de la mujer
pecadora, consuela a las afligidas hermanas Marta y María, sana
a la suegra San. Pedro y restaura la salud de numerosas otras mujeres
de Galilea, tiene palabras de simpatía para las mujeres de Jerusalén
que lamentan sus sufrimientos, estuvo sometido a su madre hasta que fue
adulto, y cuando agonizaba en la Cruz le confió al cuidado de su
discípulo amado. La gracia del Maestro también es evidente
en el modo de su enseñanza: toma como contribución simples
muestras de la naturaleza, la gallina con sus pollos, el mosquito en la
taza, el camello en la calle estrecha, la higuera y su fruto, los pescadores
que ordenan la captura. Enfrenta con el toque más ligero, a veces
con el juego del humor y otras con el empuje de la ironía, las
simples dudas de sus discípulos, las preguntas egoístas
de sus oyentes, y las trampas más sutiles de sus enemigos. Lanza
sus parábolas al mundo para que aquéllos que tienen oídos
puedan oír. Hay tal prodigalidad en esta manifestación de
la gracia de Cristo que sólo puede simbolizarse, pero no igualarse,
por el desperdicio de semillas en el reino natural.
B. A la luz de Fe
A la luz de fe la vida de Jesús es una serie ininterrumpida de
actos de amor para con el hombre. Era amor lo que impelió al Hijo
de Dios a asumir la naturaleza humana, aunque lo hizo con el consentimiento
total de su Padre: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó
a su único Hijo" (Jn 3, 16). Durante treinta años Jesús
mostró su amor por una vida de pobreza, trabajo, y penalidades
en el cumplimiento de los deberes de un común artesano. Cuando
empezó su ministerio público, simplemente se entregó
por el bien de su prójimo, "haciendo el bien, y sanando todos
los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). Mostró una compasión
infinita por todas las enfermedades del cuerpo; usó su poder milagroso
para sanar enfermos, librar a los poseídos, resucitar a los muertos.
Las debilidades morales del hombre movían su corazón todavía
más eficazmente; la mujer en el pozo de Jacob, Mt el publicano,
María Magdalena la pecadora pública, Zaqueo el administrador
injusto, sólo son unos casos de pecadores que recibieron ánimos
de los labios de Jesús. Estaba lleno de perdón para todos;
la parábola del Hijo Pródigo ilustra su amor por el pecador.
En su labor de enseñar está tanto al servicio del proscrito
más pobre de Galilea como de las celebridades teológicas
de Jerusalén. Sus peores enemigos no son excluidos de las manifestaciones
de su amor; incluso, mientras le están crucificando, ora por su
perdón. Los Escribas y Fariseos son tratados severamente, sólo
porque están en el camino de su amor. "Venid a mí,
todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt.11,
28) es el mensaje de su corazón a la pobre humanidad sufriente.
Después de extender la regla," Nadie tiene mayor amor que
el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13), Él la supera
muriendo por sus enemigos. Cumpliendo la inconsciente profecía
del ateo sumo sacerdote, "os conviene que muera uno solo por el pueblo"
(Jn 11, 50), asume libremente sus sufrimientos que podría evitar
fácilmente libremente (Mt., 26, 53), sufre los más grandes
insultos e ignominias, atraviesa los dolores corporales más severos,
y vierte su sangre por los hombres "para la remisión de los
pecados" (Mt. 26, 28). Pero el amor de Jesús no sólo
abarcó el bienestar espiritual de hombres, también se extendió
a su felicidad temporal: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia
y todas estas cosas se os darán por añadidura" (Mt.6,
33).
II. Jesús en relación
a Dios
Prescindiendo de las discusiones teológicas que normalmente se
tratan en la tesis "De Verbo Incarnato", nosotros vamos
a considerar las relaciones de Jesús con Dios bajo los aspectos
de su santidad y su Divinidad.
A. La santidad de Jesús
Desde un punto de vista de negativo, la santidad de Jesús consiste
en su inmaculada ausencia de pecado. Puede desafiar a sus enemigos preguntando,
"¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?"
(Jn 8, 46). Incluso los malos espíritus son obligados a reconocerle
como el Santo de Dios (Mc, 1, 24; Lc 4, 34). Sus enemigos lo acusan de
ser un samaritano y de tener un diablo (Jn 8, 48), de ser un pecador (Jn
9, 24), un blasfemo (Mt., 16, 65), un violador del Sábado (Jn 9,
16), un malhechor (Jn 18, 30), un alterador de la paz (Lc 13, 5), un impostor
(Mt. 27, 63). Pero Pilato encuentra y declara a Jesús inocente,
y, cuando presionado por los enemigos de Jesús para condenarlo,
lavó sus manos, exclamó ante la multitud congregada, "soy
inocente de la sangre de esto hombre justo" (Mt. 27, 24). Las autoridades
judías admitieron prácticamente que no podían demostrar
ningún delito contra Jesús; ellos sólo insisten,"
Nosotros tenemos una ley y según la ley él debe morir, porque
se ha hecho Hijo de Dios" (Jn 19, 7). El cargo final instado contra
Cristo por sus peores enemigos fue su afirmación de ser el Hijo
de Dios.
El lado positivo de la santidad de Jesús esta bien confirmado
por su celo constante en el servicio de Dios. A la edad de doce años
pregunta a su madre, "¿no sabes que tengo que ocuparme de
las cosas de mi Padre? Urge a sus oyentes a la verdadera adoración
en espíritu y en verdad (Jn 4, 23) requerido por su Padre. Repetidamente
declara su total dependencia de su Padre (Jn v, 20, 30 etc.); Es fiel
a la voluntad de su Padre (Jn 8, 29); les dice a sus discípulos,
"Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn
4, 34). Ni siquiera los sacrificios más duros le impiden a Jesús
obedecer la voluntad de su Padre: "Padre mío, si esta copa
no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad." (Mt.16,
42). Jesús honra a su Padre (Jn 2, 17) y proclama al final de su
vida: "yo lo he glorificado en la tierra" (Jn 17, 4). Ora casi
continuamente a su Padre (Mc 1, 35; 6, 46; etc.) y enseña sus Apóstoles
el Padrenuestro (Mt.6, 9). Siempre bendice a su Padre por sus gracias
(Mt.11, 25; etc.) y, en resumen, continuamente se comporta únicamente
como el más amoroso hijo puede comportarse hacia su padre querido.
Durante su Pasión uno de sus más intensos dolores fue su
sentimiento de abandono por su Padre (Mc 15, 34) y al punto de morir entregó
gozosamente su espíritu en las manos de su Padre (Lc, 13, 46).
B. La divinidad de Jesús
La Divinidad de Jesús es demostrada por algunos escritores por
una llamada de atención a la profecía y al milagro. Pero,
aunque Jesús cumplió al pie de la letra las profecías
del Antiguo Testamento, Él mismo parece apelar a ellas principalmente
como prueba de su misión Divina; Muestra a los judíos que
Él cumple en su persona y sus acciones todo lo que se había
predicho del Mesías. Las profecías pronunciadas por el propio
Jesús difieren de las predicciones del Antiguo Testamento en que
Jesús no habla en nombre del Señor, como los videntes del
antiguo, sino en su propio nombre. Si pudiera demostrarse estrictamente
que eran hechas en virtud de su propio conocimiento del futuro, y su propio
poder para disponer los hechos corrientes, las profecías demostrarían
que su Divinidad; así solo demuestran al menos que Jesús
es un mensajero de Dios, un amigo de Dios, inspirado por Dios. Éste
no es el lugar para discutir la verdad histórica y filosófica
de los milagros de Jesús, pero sabemos que Jesús apela a
sus actos como testimonio de la verdad general de su misión (Jn
10, 25, 33, 38), y también de la verdad particular que se exige
(Mt.9, 6; Mc 2, 10, 11; etc.) Por consiguiente, ellos muestran al menos
que Jesús es un enviado Divino y que su enseñanza es infaliblemente
cierta.
¿Jesús enseñó que Él es Dios? Él
proclamó ser el Mesías ciertamente (Jn 4, 26), para cumplir
las descripciones Mesiánicas del Antiguo Testamento (Mt.9, 3-5;
Lc, 7, 22-23; 4, 18-21), para ser denominado por los nombres Mesiánicos
actuales, "rey de Israel" (Lc, 19, 38; etc.), "Hijo de
David" (Mt. 9, 27; etc.), "Hijo del hombre" (passim),"
él que viene en el nombre del Señor" (Mt.21, 9.etc.).
Es más, Jesús exige ser mayor que Abraham (Jn, 8i, 53, 56),
que Moisés (Mt 19, 8-9), que Salomón y Jonás (Mt
12, 41-42); Él habitualmente exige ser enviado por Dios (Jn, 36,
37, 43; etc.), llama Dios su Padre (Lc 2, 49; etc.), y acepta de buena
gana los títulos "Maestro" y "Señor"
(Jn, 13, 13, 14). Perdona el pecado en respuesta a la observación
de que solo Dios puede perdonar el pecado (Mc 2, 7, 10; Lc, v, 21, 24;
etc.). Actúa como Señor del Sábado (Mt 12, 8; etc.)
y dice a San Pedro que como "Hijo" Él es libre del deber
de pagar el tributo al templo (Mt 17, 24, 25). Desde el principio de su
ministerio permite a Natanael llamarle "Hijo de Dios" (Jn 1,
49); los Apóstoles (Mt 14, 33) y Marta (Jn 11, 27) le dan el mismo
título. Dos veces aprueba que Pedro le llame "el Cristo, el
Hijo de Dios" (Jn 6, 70), "Cristo, el Hijo del Dios vivo"
(Mt 16, 16). En cuatro momentos diferentes se proclama Hijo de Dios; al
hombre ciego de nacimiento (Jn 10, 30, 36); antes de las dos reuniones
del Sanedrín judío en la noche antes de su muerte (Mt 26,
63-64; Mc 14, 61-62; Lc 22, 70). Él no manifiesta su filiación
Divina ante Satanás (Mt 4, 3, 6) o ante los judíos que están
burlándoselo (Mt 27, 40). Jesús no desea enseñar
el misterio de su Divinidad al espíritu maligno; a los judíos
les da una señal mayor que la que están buscando. Jesús,
por tanto se aplica y permite otros aplicarle el título "Hijo
de Dios" en su pleno significado. Si hubiera habido alguna equivocación
Él la habría corregido, así como Pablo y Bernabé
corrigieron aquéllos que los tomaron por los dioses (Hch, 14, 12-14).
Ni puede decirse que el título "Hijo de Dios" denota
una filiación meramente adoptiva. Los textos anteriores no admiten
tal interpretación. San Pedro, por ejemplo, coloca a su maestro
sobre San Juan Bautista, Elías y los Profetas (Mt 16, 13-17). De
nuevo, el arcángel Gabriel declara que el Niño que nacerá
será "el Hijo del Altísimo" e "Hijo de Dios"
(Lc 1, 32, 35), de tal manera que será sin un padre terrenal. La
mera adopción presupone la existencia del niño para ser
adoptado; pero San José es advertido de "Que lo que ella (María)
ha concebido es del Espíritu Santo" (Mt 1, 20); ahora el ser
uno concebido por intervención de otro implica una relación
natural de filiación hacia él. Es más, la filiación
Divina reclamada por Jesús es tal que él y el Padre son
uno (Jn 10, 30, 36); una filiación meramente adoptiva no constituye
una unidad física entre el hijo y su padre adoptivo. Finalmente
si Jesús hubiera exigido sólo una filiación adoptiva,
habría decepcionado a sus jueces; ellos no podrían condenarlo
por exigir una prerrogativa común a todos los israelitas píos.
Harnack (Wesen des Christentums, 81) mantiene que la filiación
Divina reclamada por Jesús es una relación intelectual con
el Padre, emanada de un conocimiento especial de Dios. Este conocimiento
constituye "la esfera de la filiación Divina" y está
implícito en las palabras de Mt.11, 27: "nadie conoce al Hijo
sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar" Pero si la filiación Divina
de Cristo es solamente una relación intelectual y si Cristo es
Dios en un sentido figurativo, la Paternidad del Padre y la Divinidad
del Hijo se reducirían a una figura de discurso. (Ver Cristología)
A.J. MAAS
Trascrito por Joseph P. Thomas
En memoria de Arzobispo Mathew Kavukat
Traducido por Quique Sancho