(Francés para Carolus Magnus, o Carlus
Magnus ["Carlos el Grande"]; En alemán Karl der Grosse.
Nombre dado por posteriores generaciones a Carlos, Rey
de los
francos, primer soberano del Imperio Cristiano de Occidente;
nació el 2 abril de 742; murió en
Aachen (
Aquisgrán),
el 28 enero de 814. Nota, sin embargo, el lugar de su nacimiento (Aquisgrán
o Lieja) nunca ha sido totalmente establecido, mientras que la fecha
tradicional ha sido luego fijada uno o más años después
por recientes escritores; si seguimos a
Alcuino de manera literal
debió nacer en el 745. Durante la época del nacimiento
de Carlos, su padre,
Pipino el Breve,
Mayordomo del Palacio, de la línea de Arnulfo, era, en teoría,
sólo el primer súbdito de Childerico III, el último
rey Merovingio de los
francos; pero su modesto título
implicaba un poder real, militar, civil, e incluso eclesiástico,
del cual la corona de Childerico era sólo un símbolo.
No se sabe a ciencia cierta si Bertrada (o Berta), la madre de Carlomagno,
hija de Cariberto, conde de Laon, estuvo legalmente casada con Pipino
hasta algunos años después del 742 ó 745.
El curso de la vida de Carlomagno lo llevó a ser reconocido
por la Santa Sede como su principal protector y coadjutor en
lo temporal, desde Constantinopla hasta por lo menos Basilea
en Occidente. Este reinado, el cual se involucró bastante más
que cualquier otro personaje histórico en el desarrollo orgánico,
y todavía más, en la consolidación de una Europa
cristiana, será esbozado en este artículo tocando los
periodos en los que está naturalmente dividido. La época
de Carlomagno también fue una de reforma para la Iglesia gala,
y de la fundación de la Iglesia en Alemania, la cual estuvo
marcada por el florecimiento de la erudición, hecho que fructificó
en las grandes escuelas cristianas de los siglos doce y posteriores.
Hasta la Caída de Pavía (742-774)
En el 752, cuando Carlos era sólo un niño
no mayor de diez años, Pipino el Breve había apelado
al Papa Zacarías para que reconociera su reinado y su título
y dignidad real. Esta apelación a la Santa Sede tuvo como efecto
práctico, dos años después, el viaje de Esteban
III por los Alpes, con el propósito no sólo de ungir
con el óleo real a Pipino, sino también a su hijo Carlos
y al menor llamado Carlomán. El Papa luego les dio a los francos
cristianos un precepto, bajo las más graves penas espirituales,
ellos nunca "debían escoger a sus reyes de alguna otra familia".
La primogenitura no contaba en las leyes francas de sucesión;
la monarquía era electiva, aunque la elegibilidad se limitaba
a los miembros masculinos de la familia privilegiada. De esta manera,
en San Dionisio en el Sena, en el Reino de Neustria, el 28 de julio
de 754, la casa de Arnulfo fue, por acto solemne del sumo pontífice,
establecida en el trono, el cual hasta ese momento había sido
nominalmente ocupada por la casa de Merowig (Merovingia).
Carlos, ungido para ocupar el cargo real siendo aún
un niño, aprendía los rudimentos del arte de la guerra
mientras iba creciendo, acompañando a su padre en varias campañas.
Estas primeras experiencias fueron importantes, pues desarrollaron
en el muchacho aquellas virtudes militares que, unidas a su extraordinaria
fuerza física y a su intenso nacionalismo, lo hicieron un héroe
popular de los francos mucho tiempo antes de que fuese su legítimo
rey. Al cabo, en septiembre de 768, Pipino el Breve, previendo su
fin, realizó la partición de sus dominios entre sus
dos hijos. Pocos días después el anciano rey falleció.
Para comprender mejor los efectos del acto de la partición
por la cual Carlos y Carlomán heredaron los dominios de su
padre, así como la historia subsecuente del reinado de Carlos,
debemos señalar que esos dominios comprendían:
- Primero, Franconia (Frankreich);
- Segundo, aproximadamente unas siete dependencias autónomas,
pobladas por varias razas y que obedecían diferentes
códigos de ley.
De estas dos divisiones, la primera se extendía,
hablando a grosso modo, desde los límites de Turingia, en el
Este, hasta lo que ahora es el litoral belga y normando, en el Oeste;
por el Norte se extendía hasta Sajonia, incluido ambos lados
del Rin desde Colonia (la antigua Colonia Agrippina) hasta
el Mar del Norte; sus vecinos del Sur eran los bávaros, germanos,
y los burgundios. Los Estados dependientes eran: fundamentalmente
la Galia Neustria (incluyendo dentro de sus fronteras a París),
la cual fue, sin embargo, bien fermentada con elementos francos; al
Sudoeste de Neustria, Bretaña, antes llamada Armórica,
con una población británica y galorromana; al Sur de
Neustria el Ducado de Aquitania, en su mayor parte, entre el Loira
y el Garona, con una población galorromana; y por el Este de
Aquitania, a lo largo del valle del Ródano, habitada por burgundios,
un pueblo de tan variado como el de Aquitania, aunque con una gran
cantidad de sangre teutónica. Estos Estados, con quizás
la excepción de Bretaña, reconocían como ley
el Código de Teodosio. Las dependencias alemanas del reino
franco eran Turingia, en el valle del Main, Baviera y Alemania (lo
que más tarde fue conocido como Suabia). Éstos últimos,
al momento de la muerte de Pipino, se habían recién
convertido al cristianismo, principalmente gracias a la predicación
de San Bonifacio. La parte que le tocó a Carlos consistía
en toda la Austrasia (la antigua Franconia), la mayor parte de Neustria,
y toda la Aquitania excepto el rincón Sudeste. Como vemos,
las posesiones del hermano mayor rodeaban a las del menor por ambos
lados, pero por otro lado, esta distribución bajo sus respectivos
gobernantes fue para evitar cualquier tipo de discordia que podría
surgir del sentimiento nacional de los muchos súbditos.
A pesar de esta prudente división, Carlomán
ideó un desacuerdo con su hermano. Hunaldo, antiguo duque de
Aquitania, vencido por Pipino el Breve, dejó el claustro en
el que había vivido como monje durante veinte años,
y avivó una revuelta en la parte Occidental del ducado. Según
la costumbre franca, Carlomán debía de haber ayudado
a Carlos; pero el hermano menor se puso de lado de Aquitania; pero
declaró que, como sus dominios no se veían afectados
por esta revuelta, no era asunto suyo. Hunaldo, sin embargo, fue vencido
por Carlos, sin ninguna ayuda; fue traicionado por un sobrino con
quien él había buscado refugio, enviado a Roma para
responder por la violación de sus votos monacales, y por finalmente,
después de abandonar nuevamente el claustro, fue apedreado
hasta morir por los lombardos de Pavía. Lo que fue realmente
importante para Carlos después de este episodio de Aquitania,
fue el comprobar los malos sentimientos que tenía su hermano
hacia él, y para evitar problemas tomó inmediatas precauciones,
especialmente ganándose a los amigos a quienes juzgaba más
valiosos; la primera y más importante fue su madre, Berta,
la cual se había esforzado mucho y con mucha prudencia para
que sus hijos hicieran la paz, pero que, llegado el momento en el
que debía tomar partido por uno de ellos, no dudara en su apoyo
hacia el primogénito. Carlos era un hijo afectuoso; además
parece que, en general, le ayudó su gran don de gentes.
Carlomán murió poco tiempo después
(4 diciembre de 771), y una cierta carta del "Monje Clodulfo", citado
por Bouquet (Recueil. hist., V, 634), enumerando las grandes bendiciones
por las que el rey se sentía con el deber de agradecer, dice:
"Tercero. Dios lo ha conservado de las supercherías de
su hermano. Quinto, y no el menos importante, que Dios haya quitado
a su hermano de este reino terrenal".
Carlomán no puede haber sido tan malo como
los entusiastas partidarios de Carlos lo describen, pero la división
de los dominios de Pipino era en sí misma un impedimento para
el surgimiento de un poderoso reino franco tal como Carlos lo necesitaba
para lograr la unificación del Continente cristiano. Si bien
Carlomán tenía dos hijos, fruto de su unión con
su esposa, Gerberga, pero la ley franca de sucesión no hacía
ninguna preferencia por los hijos o por los hermanos; dejado a su
propia opción, los vasallos francos, ya sea por amor a Carlos
o por el temor que su nombre inspiraba, lo aceptaron con alegría
como su rey. Gerberga y sus hijos huyeron a la corte Lombarda de Pavía.
Mientras tanto, se empezaron a dar complicaciones en la política
extranjera de Carlos, algo que hacía que su supremacía
recientemente establecida en casa, fuese doblemente oportuna.
Carlos, de su padre, heredó el título
de "Patricius Romanus" el cual traía consigo una obligación
especial de proteger los derechos temporales de la Santa Sede. El
más cercano y mayor amenaza para el Patrimonio de San Pedro
era el vecino Desiderio (Didier), rey de los lombardos, y fue con
este monarca que la viuda Berta había acordado una alianza
matrimonial para su hijo mayor. El Papa tenía sólidas
razones temporales para objetar este matrimonio. Es más, Carlos
ya estaba, in foro conscientiae, si no por las leyes francas,
casado con Himiltruda. A pesar de la protesta del Papa (PL 98,250),
Carlos se casó con Deseada, la hija de Desiderio (770), tres
años después la repudió y se casó con
Hildegarda, la hermosa suaba. Naturalmente, Desiderio se puso furioso
por este insulto, y los dominios de la Santa Sede fueron los primeros
en sentir su ira.
Carlos tenía que defender sus propias fronteras
contra los paganos y también proteger Roma contra los lombardos.
Al norte de Austrasia queda Frisia, la cual parece haber sido de alguna
manera equívoca una dependencia, y al Este de Frisia, del banco
izquierdo del Ems (sobre la frontera de la actual Renania del Norte-Westfalia),
por el valle del Weser y Aller, y todavía más al Este,
hacia el banco izquierdo del Elba, se extendía por el país
de los sajones, quienes no reconocían obediencia alguna a los
reyes francos. En 772, los sajones eran una horda de paganos salvajes
que no daban a los misioneros cristianos ninguna esperanza salvo el
martirio; estaban en un mismo territorio, pero, normalmente, no tenían
ningún tipo de organización política común,
y siempre realizaban devastadoras incursiones en tierras de los francos.
Parece que su idioma era muy parecido al hablado por los Egberto y
Etelredo de Bretaña, pero el trabajo de su primo cristiano,
San Bonifacio, no había influenciado en ellos todavía;
le rendían culto a los dioses del Walhalla, se unían
en sacrificio solemne -a veces humano- a Irminsul (Igdrasail), el
árbol sagrado que estaba en Eresburg, y todavía mataban
a los misioneros cristianos cuando sus parientes de Bretaña
realizaban sínodos de la Iglesia y construían catedrales.
Carlos no podía aguantar sus devastadores hábitos ni
su intolerancia pagana; además, era imposible hacer las paces
de manera permanente con ellos, mientras vivieran según la
antigua costumbre teutónica de tener sus pueblos independientes.
Hizo su primera expedición a este país en julio de 772,
tomó Eresburg por asalto, y quemó a Irminsul. Fue en
enero de este mismo año que el Papa Esteban III murió,
y Adriano I, un antagonista de Desiderio, fue elegido. El nuevo
Papa fue casi de inmediato atacado por el rey de los lombardos, que
se apoderó de tres pequeñas ciudades del Patrimonio
de San Pedro, amenazó Ravena, y empezó a organizar un
complot en la Curia. Pablo Afiarta, el chambelán pontificio,
fue descubierto actuando como agente secreto de los lombardos, por
lo que fue capturado y ajusticiado. El ejército lombardo marchó
contra Roma, pero se acobardó ante las armas espirituales de
la Iglesia. Mientras tanto, Adriano había enviado un legado
a la Galia pidiendo la ayuda del Patricio.
Así, mientras Carlos descansaba en Thionville,
luego de su campaña contra los sajones, se le recordó
el duro y urgente trabajo que le esperaba al sur de los Alpes. La
embajada de Desiderio llegó poco después que la de Adriano.
Carlos no tenía ninguna duda en que la justicia estaba de parte
de Adriano; además, puede que haya visto aquí su oportunidad
para hacer algunas reparaciones por su repudio a la princesa lombarda.
Por ello, antes de tomar armas por la Santa Sede, envió comisionados
a Italia para que examinen el caso. Cuando Desiderio declaró
que la toma de las ciudades pontificias era sólo como un pago
legal de una hipoteca, Carlos, rápidamente, se ofreció
a reembolsarlo con el pago de dinero. Pero Desiderio se negó
a aceptar el dinero, y cuando los comisionados de Carlos informaron
en favor de Adriano, el único camino que quedaba era la guerra.
En la primavera de 773 Carlos reunió toda la
fuerza militar de los francos para invadir Lombardía.
Sus golpes eran lentos, pero golpeaba muy duro. No poseemos ningún
dato sobre el número de sus fuerzas, pero sabemos que su ejército,
en orden de hacer el descenso más rápido, cruzó
los Alpes por dos pases distintos: el Montcenis y por el San Bernardo.
Einhard, quien acompañó al rey por el Montcenis
(la fuerza que cruzó por el San Bernardo estuvo comandada por
el duque Bernardo), narra con gran emoción las maravillas y
peligros del pasaje. Los invasores encontraron a Desiderio esperándolos,
se atrincheró en Susa; cambiaron su flanco y pusieron al ejército
Lombardo en retirada. Con todas las ciudades de las llanuras abandonadas
a su destino, Desiderio reunió parte de sus fuerzas en Pavía,
su amurallada capital, mientras su hijo Adalgiso, con el resto de
las mismas, ocupó Verona. Carlos, habiéndose ya reunido
con el duque Bernardo, tomó las desamparadas ciudades que encontraba
a su paso, y luego se centró en la captura de Pavía
(septiembre de 773), desde donde Otger, el fiel sirviente de Gerberga,
podía ver con temblor la formación militar de sus compatriotas.
Poco después Navidad, Carlos retiró del sitio una parte
del ejército y lo empleó en la captura de Verona. Aquí
encontró a Gerberga y sus hijos; lo que pasó con ellos
la historia no lo cuenta; probablemente entraron a un monasterio.
Lo que sí relata la historia con gran elocuencia
es la primera visita de Carlos a la Ciudad Eterna. Se hizo todo lo
posible para darle a su entrada el mayor realce posible y a semejanza
de los triunfos que se celebraban en la Roma antigua. Los jueces le
dieron alcance a casi 50 kilómetros de la ciudad; la milicia
puso a los pies de su gran patricio el estandarte de Roma y lo aclamaron
como su imperator. Carlos se olvidó de la Roma pagana
y se postró a besar el umbral de los Apóstoles, y luego
pasó siete días dialogando con el sucesor de Pedro.
Fue, sin duda, en este momento cuando hizo grandes planes para gloria
de Dios y exaltación de la Santa Iglesia Santa, los cuales,
a pesar de las debilidades humanas y de la ignorancia, hizo lo que
pudo por cumplir. Su coronación como sucesor de Constantino
no se dio hasta después de veintiséis años, pero
su consagración como principal defensor de la Iglesia católica
tuvo lugar en la Pascua del año 774. Poco después (junio
de 774) Pavía cayó y Desiderio fue desterrado, Adalgiso
escapó hacia la corte bizantina, y Carlos, asumiendo la corona
de Lombardía, le renovó a Adriano la donación
de los territorios hechos por Pipino el Breve después de su
derrota sobre Aistulph. (Esta donación es ahora generalmente
admitida, así como el regalo original de Pipino en Kiersy en
el año 752. El llamado "Privilegium Hadriani pro Carolo" concediéndole
pleno derecho para nombrar al Papa e investir a todos los obispos
es una falsificación).
Hasta el Bautismo de Witikind (774-785)
Los siguientes veinte años de la vida de Carlos
pueden ser considerados como larga guerra. Estuvieron llenos de una
serie de asombrosas marchas rápidas de extremo a extremo de
un continente cruzado por montañas, pantanos y bosques, y con
pocos caminos. Parece que la clave de sus muchas victorias, ganadas
tanto por ascendiente moral, así como por superioridad física
o mental, la podemos encontrar en la dada por el Papa Adriano I a
su defensor franco. Weiss (Weltgesch., 11, 549) enumera cincuenta
y tres campañas de Carlomagno; de éstas, es probable
que sólo doce o catorce no fueron emprendidas con el objetivo
principal o total de cumplir su misión como soldado y protector
de la Iglesia. En sus dieciocho campañas contra los sajones,
Carlos actuaba movido por el deseo de extinguir lo que él y
su gente consideraron una forma de culto demoníaco, no menos
odioso que lo que el fetichismo de África Central es para nosotros.
Mientras Carlos estuvo en Italia, los sajones, irritados
por lo de Eresburg e Irminsul, se levantaron en armas, incursionaron
en el país de los francos, quemando muchas iglesias; San Bonifacio
en Fritzlar, siendo un hombre de piedra, derrotó sus ataques.
Regresando al Norte, Carlos envió una columna de caballería
al país enemigo, mientras él sostuvo un concilio del
reino en Kiersy (Quercy) en septiembre de 774, en donde se decidió
que los sajones (westfalios, ostfalios, y los angrivarios) debían
dárseles la alternativa del bautismo o la muerte. Las campañas
nororientales durante los siguientes siete años tenían
como objetivo una conquista tan importante, que su ejecución
tenía que ser realizable. El año 775 fue testigo de
la primera de una serie de colonias militares francas, siguiendo el
antiguo plan romano, establecidas en Sigeburg, entre los westfalios.
Carlos, luego, sometió, aunque de manera temporal, a los ostfalios,
cuyo jefe, Hessi, habiendo aceptado el bautismo, acabó sus
días en el monasterio de Fulda (véase BONIFACIO;
FULDA). Luego, un campamento franco en Lübeck, en el Weser,
fue sorprendido por los sajones y asesinados, por lo que Carlos marchó
nuevamente hacia el Oeste, derrotando una vez más a los westfalios,
y recibiendo su juramento de sumisión.
Estando las cosas de esta manera (776) los asuntos
de Lombardía interrumpieron la cruzada en contra de los sajones.
Areghis de Benevento, yerno del derrotado Desiderio, había
formado un plan con su cuñado Adalgiso, desterrado en Constantinopla,
en el que éste último bajaría a Italia, apoyado
por el emperador Oriental; Adriano estaba en ese momento involucrado
en una riña con los tres duques lombardos, Reginaldo de Clusium,
Rotgaud de Friuli, e Hildebrando de Spoleto. El arzobispo de Ravena,
que se llamaba a sí mismo "primado" y " exarca de Italia",
también estaba intentando fundar un principado independiente
a expensas del Estado pontificio, pero fue finalmente sometido en
776, y su sucesor manifestó quedar satisfecho con el título
de "Vicario" o representante del Papa. La unión entre los poderes
antedichos, todos hostiles al Papa y a los francos, Carlos,
que estaba ocupado en Westfalia, se abstuvo de intervenir por la muerte
de Constantino V Copronymus, en septiembre de 775 (véase BIZANTINO,
IMPERIO). Después de vencer a Hildebrando y Reginaldo
por medio de la diplomacia, Carlos descendió a Lombardía
por el Paso del Brennero (primavera de 776), derrotó a Rotgaud,
y dejó guarniciones y gobernadores, o condes (comites),
como se les llamaba, en las ciudades reconquistadas del ducado de
Friuli, regresando nuevamente a Sajonia. Allí, la guarnición
franca se había visto obligada a evacuar Eresburg, y el sitio
que sufrían en Sigeburg se rompió de forma tan inesperada,
que dio ocasión para una leyenda de intervención angélica
en favor de los cristianos. Como de costumbre, la rapidez de la reaparición
del rey y el efecto moral de su presencia sosegó los furores
de los paganos. Carlos dividió el territorio de los sajones
en distritos Misioneros. En champ de Mai, Paderborn, en 777,
muchos sajones se bautizaron; pero, Witikind (Widukind), su líder
y luego un héroe popular de los sajones, huyó a donde
su cuñado, Sigfrido el danés.
El episodio de la invasión de España
viene después, según el orden cronológico. Los
sufrimientos de la venerada Iglesia ibérica, la cual estaba
bajo dominación musulmana, atrajo fuertemente las simpatías
del rey. En 777 fueron a Paderborn tres emires moros, enemigos del
Omeya Abderrahmán, el califa de Córdoba. Estos emires
le rindieron homenaje a Carlos y le propusieron invadiera el norte
de España; uno de ellos, Ibn-el-Arabi, prometió reforzar
a los invasores con una fuerza de beréberes de África;
los otros dos prometieron ejercer su gran influencia en Barcelona
y en otros lugares del norte del Ebro. Según eso, en la primavera
de 778, Carlos, con una fuerza de cruzados, que hablaban muchas lenguas,
y que incluso entre sus miembros contaba con un grupo de lombardos,
se movió hacia los Pirineos. Su lugarteniente de confianza,
el duque Bernardo, con una división, ingresó a España
por la costa. El mismo Carlos marchó directamente a través
de los pasos montañosos a Pamplona. Pero Ibn-el-Arabi, que
había retirado su ejército de beréberes prematuramente,
fue asesinado por un emisario de Abderrahán, y aunque Pamplona
fue arrasada, y Barcelona y otras ciudades cayeron, Zaragoza resistió.
Aparte del efecto moral de esta campaña en los gobernantes
musulmanes de España, su resultado fue insignificante, aunque
la famosa emboscada en la que pereció Roland, el gran paladín,
en el Paso de Roncesvalles, dio al mundo medieval material para su
épica más gloriosa e influyente, la "Canción
de Roland".
Mucho más importantes para la posteridad fueron
los eventos subsiguientes, los cuales llevaron a su fin la larga lucha
con los sajones. Durante la cruzada española, Witikind regresó
de su destierro, trayendo con él aliados dinamarqueses, y estaba
saqueando Hesse; el valle de Rin desde Deutz a Andenach era una presa
fácil para los sajones "adoradores del diablo"; los misioneros
cristianos se dispersaron y escondieron. Carlos reunió sus
fuerzas en Düren, en junio de 779, y atacó el campamento
atrincherado de Witikind en Bocholt, luego de esta campaña,
parece que ya consideró Sajonia un país casi totalmente
dominado. De todos modos, los "Sajones Capitularios" (véase
CAPITULARIOS) de 781, obligaron a todos los sajones a que se
bauticen (y esto bajo pena de muerte) y también a pagar diezmos,
tal como los francos lo hacían para apoyar a la Iglesia;
además, confiscó gran cantidad de propiedades para beneficio
de las misiones. Esto le dio a Witikind una última oportunidad
para restaurar la independencia nacional y el paganismo; su gente,
exasperada contra los francos y su Dios, ávidamente
tomaron las armas. En Suntal, en el Weser, con Carlos ausente, derrotaron
un ejército franco, matando a dos legados reales y cinco condes.
Pero Witikind cometió el error de aliarse con un grupo que
no era teutón, que vivía más allá del
Saale; la rivalidad de estos dos pueblos debilitaron rápidamente
sus fuerzas, y las huestes sajonas se fueron disolviendo. Acerca de
lo que se conoce como la "Matanza de Verden" (783) es necesario aclarar
que, los 4,500 sajones que murieron no eran prisioneros de guerra;
legalmente, eran los cabecillas de un grupo en rebelión, seleccionados
como tales de varios grupos rebeldes. Witikind logró escapar
más allá del Elba. No fue hasta después de la
derrota sufrida por los sajones en Detmold, y de Osnabrück, en
la "Colina de la Matanza", que Witikind reconoció al Dios de
Carlos como más fuerte que Odín. En el año 785
Witikind recibió el bautismo en Attigny, y Carlos fue su padrino.
Últimos Pasos hacia el Trono Imperial (785-800)
En el verano de 783 empezó un nuevo periodo
en la vida de Carlos, en que empezaron a darse algunos hechos menos
agradables en su vida. Fue durante este año, según algunos
cronistas, que un calor sin precedentes y la peste, fueron causa de
la muerte de las dos reinas, Berta, la madre del rey, e Hildegarda,
su segunda (o tercera) esposa. Estas dos mujeres, la primera en especial,
habían ejercido una gran influencia para bien en su vida. Después
de unos meses, el rey se casó con Fastrada, la hija de un conde
de Austrasia. Los años subsiguientes fueron, hablando comparativamente,
años de cosecha después del estupendo periodo anterior,
en que aró y sembró todo lo anterior; además,
el carácter de Carlos era de un tipo que aparece en toda su
plenitud en momentos de tormentas y tensiones. Lo que iba a convertirse
en el Imperio Occidental de la Edad Media, ya había sido bosquejado
después del bautismo de Witikind. Desde ese día, hasta
su coronación en Roma, en el año 800, su trabajo militar
consistió, principalmente, en suprimir revueltas de los recién
conquistados o dominar a los celosos príncipes súbditos
descontentos. En tres ocasiones, durante estos quince años,
los sajones se sublevaron, pero sólo para ser derrotados. Tasilo,
el duque de Baviera, había sido desde el principio del reinado
de Carlos, un vasallo más o menos rebelde, y Carlos hizo uso
de la influencia del Papa, ejercido a través de los poderosos
obispos de Freising, Salzburgo, y Regensburgo (Ratisbona), para dominarlo.
En 786 una revuelta en Turingia fue sofocada con la muerte, castigos,
y destierro de sus líderes. Al año siguiente, Areghis,
el príncipe lombardo, habiéndose fortificado en Salerno,
fue coronado como rey de los lombardos, cuando Carlos fue a donde
él en Benevento, recibió su sumisión y tomó
a su hijo Grinoaldo, como rehén, pero después, se enteró
que Tasilo y se habían aliado clandestinamente con una conspiración
de lombardos, por lo que invadió Baviera por tres flanco, con
tres ejércitos de por lo menos cinco distintas nacionalidades.
Una vez más, la influencia de la Santa Sede arreglo la cuestión
bávara en favor de Carlos; Adriano amenazó a Tasilo
con la excomunión si él persistía en su rebelión,
y como los súbditos del duque se negaron a seguirlo al campo
de batalla, se sometió y le rindió homenaje, a su vez,
Carlos lo confirmó en su ducado (octubre de 787).
Durante esta época, el descontento nacional
con Fastrada culminó en un complot, en el que Pipino el Jorobado,
hijo de Carlos con Himiltruda, fue implicado, y aunque gracias a la
intercesión de su padre se le perdonó la vida, Pipino
pasó el resto de su vida en un monasterio. Otro hijo de Carlos
(Carlomán, conocido luego como Pipino, coronado como rey de
Lombardía en Roma en 781, en ocasión de una visita en
Pascua hecha por el rey, en la cual también su hermano Luis
fue coronado rey de Aquitania), sirvió a su padre tratando
con los ávaros, unos peligrosos paganos fronterizos que, si
los comparamos con los sarracenos que invadieron Septimania (793),
éstos últimos no fueron más que un insignificante
incidente fronterizo. Estos ávaros, probablemente de sangre
mongol, ocupaban los territorios del Norte del Save y hacia el Oeste
del Theiss. Tasilo les había pedido ayuda contra su señor;
y después de la sumisión final del duque, Carlos invadió
su país y lo conquistó hasta el Raab (791). Gracias
a la captura del famoso "Anillo" de los ávaros, con sus nueve
círculos concéntricos, Carlos entró en posesión
de inmensas cantidades de oro y plata, parte del pillaje que estos
bárbaros habían acumulado durante dos siglos. En esta
campaña, el rey Pipino de Lombardía ayudó a su
padre, con fuerzas traídas de Italia; las etapas posteriores
de esta guerra (la cual puede ser considerada la última de
las grandes guerras de Carlos) fueron realizadas por el joven rey.
Las últimas etapas por las que la historia
de la carrera de Carlos llegó a su clímax, fueron gracias
al exclusivo dominio espiritual de la Iglesia. Él nunca había
dejado de interesarse por las deliberaciones de los sínodos,
y este interés se extendía (algo que trajo fatales resultados
en épocas posteriores) a discusiones de cuestiones que ahora
serían consideradas dogmáticas. Carlos intervino en
la disputa sobre la herejía adopcionista (véase ADOPCIONISMO;
ALCUINO; FRANCFORT). Su intervención en la cuestión
Iconoclasta, herejía con la que la Emperatriz-madre Irene y
Tarasio, el Patriarca de Constantinopla, se habían enfrentado
en el Segundo Concilio de Nicea, agradó poco a Adriano. El
Sínodo de Francfort, equivocadamente informado, pero inspirados
por Carlos, tomaron la decisión de condenar el Concilio mencionado,
aunque éste había sido aprobado por la Santa Sede (véase
CAROLINE BOOKS). En el año 797 el Emperador Oriental,
Constantino VI, con quien su madre, Irene, había tenido durante
algún tiempo sus diferencias, fue por ella destronado, encarcelado
y cegado. Fue significativo para la posición de Carlos como
Emperador de facto de Occidente, que Irene enviara representantes
a Aquisgrán para exponer ante Carlos su punto de vista
sobre esta horrible historia. También es importante señalar
que la impresión popular que generó el asesinato de
Constantino, y la aversión a que el cetro imperial estuviera
en manos de una mujer, también fueron responsables de lo que
sucedió después. Por último, era sólo
a Carlos a quien los cristianos de Oriente clamaban para que los ayudara
contra el avance del peligroso califa musulmán Harum-el-Raxid.
En 795 Adriano I murió (25 de diciembre), hecho que Carlos
sintió profundamente, pues sentía gran estima por el
pontífice, y mandó se preparara un epitafio en latín
para la tumba del Papa. En 787 Carlos visitó Roma por tercera
vez, por pedido del Papa y para asegurar su posición sobre
el Patrimonio de Pedro.
León III, el sucesor inmediato de Adriano I,
le notificó a Carlos su elección (26 de diciembre de
795) como Sumo Pontífice. El rey le envió a cambio,
espléndidos regalos, a través del Abad Angilberto,
a quien encargó tratar con el Papa sobre todos los asuntos
concernientes al cargo real de Patricio romano. Si bien esta carta
es respetuosa e incluso afectuosa, también muestra la idea
de Carlos sobre la interacción de los poderes espirituales
y temporales, y tampoco duda en recordarle al Papa sus graves obligaciones
espirituales. El nuevo Papa, un romano, tenía enemigos en la
Ciudad Eterna, los cuales extendieron informes muy perjudiciales acerca
de su vida anterior. Al cabo de un tiempo (25 de abril de 799) fue
atacado y dejado inconsciente. Luego de escapar a San Pedro, fue rescatado
por dos de los missi del rey, quienes llegaron con un gran
ejercito. El duque de Spoleto albergó al Papa fugitivo, y luego
se dirigió a Paderborn, en donde estaba el rey. Carlos recibió
al Vicario de Cristo con toda la reverencia debida. León regresó
a Roma escoltado por los missi reales; los insurrectos, completamente
asustados e incapaces de convencer a Carlos de la maldad del Papa,
se rindieron, y los missi enviaron a Pascual y a Campulo, sobrinos
de Adriano I y jefes de la banda contraria al Papa León, al
rey, para que hiciera con ellos lo que le plazca.
Carlos no tenía prisa para solucionar este
asunto. Arregló varios asuntos relacionados con la frontera
más allá del Elba, con la protección de las Islas
Baleares de los sarracenos, y en el norte de la Galia de los vikingos
escandinavos; pasó gran parte del invierno en Aquisgrán,
y estuvo en San Riquier para la Pascua. Además, aproximadamente
por esta época, estuvo ocupado acompañando en el lecho
de muerte al reina Liutgarde, con quien se casó después
de la muerte de Fastrada (794). En Tours se reunió con Alcuino,
luego, convocó al ejercito franco, que se reúnan
en Maguncia, y también les anunció su intención
de entrar nuevamente en Roma. Entró a Italia por el Paso del
Brenner, viajó por Ancona y Perugia hacia Nomentum, en donde
el Papa León se encontraba, y la dos entraron juntos a Roma.
Se realizó un sínodo y los cargos contra León
fueron declarados falsos. En esta ocasión, los obispos francos
se declararon así mismos desautorizados para poder realizar
un juicio a la Sede Apostólica. Por propia iniciativa, León,
bajo juramento, declaró públicamente en San Pedro, que
era inocente de los cargos que se le imputaban. León pidió
que sus acusadores, condenados a muerte, sólo sean castigados
con el destierro.
Después de Su Coronación en Roma
(800-814)
Dos días después (en Navidad de 800) se
dio el evento más importante en la vida de Carlos. Durante la
Misa pontifical celebrada por el Papa, cuando el rey se arrodilló
para rezar delante del altar mayor, bajo el cual están los cuerpos
de
San Pedro
y
San Pablo, el Papa se le
acercó, y le puso en la cabeza la corona imperial, lo hizo una
reverencia formal como se acostumbraba en la antigüedad, lo saludó
como Emperador y Augusto, y lo ungió, mientras los romanos estallaban
en grandes aclamaciones, por tres veces repitieron: "A Carlos Augusto,
coronado por Dios, emperador poderoso y pacífico, larga vida
y victoria" (Carolo, piisimo Augusto a Deo coronato, pacificio magno
et pacificio Imperatori, vita et vicotria). Estos detalles han sido
tomados de relatos contemporáneos (Vida de León III en
"lib. Pont".; "Annales Laurissense majores"; Einhard,
Vita Caroli;
Theophanes). Si bien no todos están de acuerdo en las interpretaciones
de sus relatos, no hay ninguna buena razón por dudar de la exactitud
de los mismos. La declaración de Einhard (
Vita Caroli 28)
que Carlos no sospechaba nada de lo que iba a suceder, pues si lo hubiese
sabido, no habría aceptado la corona imperial, es algo muy discutido.
Algunos ven en él poca voluntad para aceptar la corona imperial
en una base eclesiástica, otros, con un poco más de justicia,
ven una vacilación natural antes de un paso tan importante, superado
por la acción positiva de amigos y admiradores, y culminando
en la escena antes descrita. Por otro lado, no existe ninguna razón
para dudar que antes de la elevación de Carlos, este asunto haya
sido tratado, tanto en su casa como en Roma, sobre todo en vistas a
dos hechos: los escándalos del gobierno imperial de Constantinopla,
y la grandeza y solidez de la casa carolingia. No debía su elevación
a la conquista de Roma, ni a un acto del Senado romano (por entonces
sólo un cuerpo municipal), mucho menos a los habitantes de Roma,
sino al Papa, que ejercía la supremacía moral en la
Cristiandad
Occidental, que la época le reconoció ampliamente
y a la cual, de hecho, Carlos le debía el título que las
Papas le habían transferido a su padre Pipino. Es cierto que
Carlos constantemente atribuyó su dignidad imperial a la voluntad
de Dios, transmitido, claro está, a través del ministerio
del Vicario de Cristo (
divino nutu coronatus, a de Deo coronatus,
en "Capitularia", ed. Baluze, I, 247, 341, 345); también es cierto
que después de la ceremonia, Carlos hizo muy ricos regalos a
la Basílica de San Pedro, y que ese mismo día el Papa
ungió (como rey de los
francos) a su hijo Carlos, que
en ese momento estaba destinado a sucederle en la dignidad imperial.
El Imperio romano (Imperium Romanum), prácticamente extinguido
en Occidente desde 476, salvo por un intervalo breve en el siglo seis,
fue restaurado con éste acto pontificio, el cual se convirtió
en base histórica de las futuras relaciones entre los Papas y
los sucesores de Carlomagno (a lo largo de la Edad Media, ningún
emperador occidental era considerado legítimo, a menos que fuera
coronado y ungido en Roma por el sucesor de San Pedro). A pesar de la
buena voluntad y de la ayuda del papado, el emperador de Constantinopla,
heredero legítimo del título imperial (todavía
se llamaba a sí mismo emperador romano, y su capital era oficialmente
Nueva Roma) había demostrado su incapacidad para conservar su
autoridad en la península italiana. Las revoluciones palaciegas
y las herejías, sin mencionar la opresión fiscal, la antipatía
racial, y sus intrigas, lo hicieron ganarse el odio de los romanos e
italianos. En todo caso, desde la Donación de Pipino (752), el
Papa era formalmente el soberano del ducado de Roma y del Exarcado;
por ello, aparte del efecto de su oscura demanda sobre la soberanía
de toda Italia, el gobernante bizantino no tenía nada que perder
por la elevación de Carlos. Sin embargo, este evento ocurrido
el Día de Navidad de 800, fue por mucho tiempo sentido en Constantinopla,
en donde, a los sucesores de Carlos se les llamaba "Emperador", o "
Emperador de los
francos", pero nunca "Emperador romano". (Para
un relato más específica sobre el nuevo Imperio Occidental;
su naturaleza, alcances, y otros puntos importantes, véase
SACRO IMPERIO ROMANO;
PODER TEMPORAL). Basta con agregar
aquí que, mientras la consagración imperial lo hizo en
teoría, lo que él ya era de hecho, el gobernante principal
de Occidente, y con la dignidad patricia de Roma que le pertenecía
a la familia Carolingia desde antiguo, lo elevó a la dignidad
de supremo protector temporal de la Cristiandad Occidental, y de forma
especial de su cabeza, la Iglesia romana. Esto no significó sólo
el bienestar del papado, el buen orden bueno y la paz en el Patrimonio
de Pedro, sino que también significó, frente al inmenso
mundo pagano (las naciones bárbaras) del Norte y del Sudeste,
una responsabilidad religiosa, el estímulo y protección
de las misiones, el crecimiento de la cultura cristiana, la organización
de distintas diócesis, la entrada en vigor de una disciplina
cristiana de vida, la mejora del clero, en una palabra, todas las formas
de cooperación gubernamental con la Iglesia, las cuales están
presente en la vida y legislación de Carlos. Bastante tiempo
antes de este evento, el Papa Adriano I había conferido (774)
a Carlos la dignidad de su padre, es decir, la de
Patricius Romanus,
la cual implicaba, principalmente, la protección de la Iglesia
romana en todos sus derechos y privilegios, sobre todos en la autoridad
temporal que había adquirido gradualmente (especialmente el antes
ducado bizantino de Roma y el Exarcado de Ravena), algo que sólo
fueron títulos en el curso de los dos siglos anteriores. Carlos,
es cierto, después de su consagración imperial ejerció
prácticamente en Roma su autoridad como
Patricius, o protector
de la Iglesia romana. Pero, lo hizo con el debido reconocimiento a la
soberanía papal y principalmente para prevenir la cuasi-anarquía
que fomentaban las intrigas locales y pasiones, los intereses familiares
y ambiciones, y las acciones contrarias que promovían los bizantinos.
Sería antihistórico declarar que, como emperador ignoró
la soberanía civil del Papa sobre el Patrimonio de Pedro. Estos
(el ducado de Roma y el Exarcado) fueron omitidos en la partición
del Estado franco realizado en la Dieta de Thionville, en 806. Habría
que subrayar que, en esta división pública de su propiedad,
no hizo mención de su título imperial, además,
comprometió a sus tres hijos en "la defensa y protección
de la Iglesia romana". En 817, Luis el Piadoso, en una famosa carta,
de la cual no existen razones de peso para dudar de su autenticidad,
le confirmó al Papa Pascual y a todos sus sucesores que, "la
ciudad de Roma con su ducado y dependencias, como hasta ahora ha sido
con sus predecesores, bajo su autoridad y jurisdicción", agregando
luego que él no pretende ninguna jurisdicción sobre estos
territorios, excepto cuando le sea solicitado por el Papa. Se puede
señalar que, los cronistas del noveno siglo le dan el nombre
de "restitución" a San Pedro a las varias cesiones y concesiones
de ciudades y territorios realizados en éste periodo por los
gobernantes carolingios dentro de los límites del Patrimonio
de Pedro. La Carta de Luis el Piadoso fue después confirmada
por el emperador Otón I, en 962 y por Enrique II en 1020. Estos
documentos imperiales aclaran que los hechos que el nuevo emperador
ejerció con autoridad sobre el Patrimonio de Pedro, fueron sólo
realizados ejerciendo su cargo de Defensor de la Iglesia romana. Kleinclausz
(l'Empire carolingien, etc., París, 1902, 441 ss.), niega la
autenticidad de la famosa carta (871) del emperador Luis II al emperador
griego Basilio (en que éste reconoce el origen pontificio de
su dignidad imperial), y se lo atribuye a Anastasius Bibliotheca en
879. Sus argumentos son flojos; la autenticidad es admitida por Gregorovius
y O. Harnack. Los escritores Anti-papales han emprendido la tarea de
querer demostrar que la dignidad de Carlos, de
Patricius Romanorum
era equivalente a la inmediata y única autoridad soberana
en Roma, y excluía cualquier tipo de soberanía papal legal
o de facto. En la realidad, este patriciado romano, bajo Pipino y Carlos,
no fue más que un protectorado a la soberanía civil del
Papa, cuya independencia local, tanto antes como después de la
coronación de Carlos, es históricamente cierta, incluso
sin hacer mención a las cartas imperiales antes mencionadas.
La devoción personal que Carlos le tenía
a la Sede Apostólica, es bastante conocida. En el prólogo
a sus Capitularios, se llama a sí mismo, el "devoto defender
y humilde ayudante de la Santa Iglesia", era especialmente aficionado
a la basílica de San Pedro, en Roma. Einhard
menciona (Vita, c. XXVII) que él la enriqueció más
que a todas las otras iglesias, y que él estaba particularmente
ansioso de que la Ciudad de Roma, durante su reinado, obtenga nuevamente
su antigua autoridad. Promulgó una ley especial sobre el respeto
debido a la Sede de Pedro (Capitular de honoranda sede Apostólica,
ed. Baluze I, 255). Las cartas que escribieron los Papas a él,
a su padre y a su abuelo, están reunidas en orden, en el famoso
"Codex Carolinus". Gregorio VII nos dice (Regest., VII, 23) que, Carlos
puso bajo la protección de San Pedro una parte del territorio
sajón conquistado, y que envió a Roma un tributo del
mismo. Recibió del Papa Adriano el canon del derecho romano
bajo la forma del "Collectio Dionysia-Hadriana", y también
(784-91) el "Sacramental Gregoriano" o el uso litúrgico de
Roma, para guía de la Iglesia franca. También introdujo
en la iglesia franca el canto Gregoriano. Es de especial interés
señalar que, antes de su coronación en Roma, Carlos
recibió a tres mensajeros del Patriarca de Jerusalén,
quienes le entregaron al rey de los francos, las llaves del Santo
Sepulcro y el estandarte de Jerusalén, "un reconocimiento
de que el lugar más santo en la Cristiandad estaba bajo la
protección del gran monarca de Occidente" (Hodgkin). Poco después
de este evento, el Califa Harum-el-Raxid envió una embajada
a Carlos, quien mostraba un gran interés por el Santo Sepulcro
y construyó monasterios latinos en Jerusalén, y también
un hospital para los peregrinos. En esta misma época se fundó
la Schola Francorum cerca de la Basílica de San Pedro,
un refugio y hospital (con cementerio adjunto) para los peregrinos
francos que iban a Roma, ahora representado por el Campo Santo
de' Tedeschi, cerca del Vaticano.
La obra principal de Carlomagno en el desarrollo de la Cristiandad
Occidental, puede ser considerada terminada si en ese momento
moría. Todo lo que añadió durante los trece años
que le quedaron de vida, no aumentó la estabilidad de su estructura
de manera perceptible. Se poder militar y su instinto para la organización
fue aplicado con éxito a la formación de un poder material
obligado a apoyar al papado, y por otro lado, por lo menos un Papa
(Adriano), había prestado toda la fuerza espiritual de la Santa
Sede para ayudar en la construcción del nuevo Imperio Occidental,
el cual, su sucesor (León) solemnemente consagró. De
hecho, los restantes trece años de la vida de Carlos, parecen
ilustrar más los inconvenientes de una conexión íntima
entre la Iglesia y el Estado, que sus ventajas.
Durante estos años, no tuvo nada parecido a
la actividad militar del pasado; habían mucho menos enemigos
que conquistar. Sus hijos realizaban algunas expediciones, como cuando
Luis capturó Barcelona (801) o Carlos el joven invadió
el territorio de los Sorbs. Pero Carlos tenía en mente algo
más grande; sobre todo, tenía que reconciliarse o neutralizar
los celos del Imperio bizantino, el cual todavía tenía
el prestigio de una antigua tradición. En Roma, Carlos había
sido aclamado legítimamente por el pueblo como "Augusto", pero
no podía dejar de pensar en el hecho que desde hacía
muchos siglos, el derecho de conferir este título había
pasado de la Antigua a la Nueva Roma. La Nueva Roma, es decir Constantinopla,
consideraba el acto de León, como una especie de cisma. Nicéforo,
el sucesor de Irene (803) entró en relaciones diplomáticas
con Carlos, pero no reconocería su carácter imperial.
Según un relato (Teófanes), Carlos había pretendido
casarse con Irene, pero este plan no tuvo éxito. Luego, el
emperador franco se ocupó de las rebeldes Venecia y Dalmacia.
La guerra continuó por el mar, bajo el rey Pipino, y en 812,
después de la muerte de Nicéforo, una embajada bizantina
en Aquisgrán se dirigió a Carlos, tratándolo
como Basileus. Aproximadamente en esta época, Carlos
nuevamente zanjó un problema a favor de las enseñanzas
de la Iglesia, sobre el asunto del Filioque, aunque
en este caso la Santa Sede admitió la entereza de su doctrina,
pero condenó su usurpación de funciones.
Otra fuente de problemas en el nuevo Imperio Occidental,
y esto desde su fundación, fue el de la sucesión. Carlos
no se pronunció a favor del derecho de primogenitura hacia
su hijo mayor, ni nombró sucesor. Como Pipino el Breve había
dividido el reino franco, así también lo hizo Carlos,
dividiendo el imperio entre sus hijos, pero no nombró emperador
a ninguno de ellos. Según el testamento que hizo en 806, la
mayor parte de lo que se conocía con el nombre de Francia,
se lo dio a Luis el Piadoso; Franconia, es decir, Frisia, Sajonia
y Hesse fueron la herencia de Carlos el Joven; Pipino recibió
Lombardía y sus dependencias italianas, Baviera, y Alemania
del sur. Pero Pipino y Carlos murieron antes que el emperador, y en
813 los magnates del imperio hicieron homenaje en Aquisgrán
a Louis el Piadoso, como rey de los francos, y único
futuro gobernante del gran imperio. Así fue como el Imperio
carolingio, como institución dinástica, acabó
con la muerte de Carlos el Gordo (888), mientras que el Sacro imperio
romano, continuó con Otón el Grande (968-973), pero
sin los territorios que pertenecen ahora a Francia. Pero la idea de
una sólida Europa, unida por varias razas, bajo la influencia
espiritual de la Fe católica y del Vicario de Cristo, fue concretizada.
Sólo nos falta decir algo de los logros de
Carlomagno en su casa. Su vida estuvo llena de movimiento, realizando
largos viajes, su casa, en este caso, significaba algo más
que el entorno de su corte, dondequiera que estuviera ese día.
Aunque, tenía una especial una especial preferencia por Austrasia,
o Franconia (también le gustaba Aquisgrán, Worms, Nymwegen,
e Ingleheim). Carlos mostraba gran interés por el desarrollo
agrícola del reino, y por el crecimiento del comercio, tanto
doméstico como extranjero. La obra legislativa en lo civil
que realizó Carlos, fue principalmente la de organizar y codificar
los principios de las antiguas leyes francas; así, en 802,
las leyes de los frisios, turingios y sajones fueron escritas. Entre
sus principios, es importante señalar uno, en el que se decía
que ningún hombre libre podía ser privado de su vida
o libertad, sin un juicio realizado por los de su misma condición.
El espíritu de su legislación era antes que nada religioso;
reconocía como base y norma los cánones eclesiásticos,
estaba habituado a someter sus proyectos de ley a los obispos, y a
dar autoridad civil a los decretos de los sínodos. Más
de una vez hizo leyes a sugerencia de Papas u obispos. Por propósitos
administrativos, el Estado fue dividido en condados y centenares,
cuyo gobierno estaba en manos de condes y de un responsable de los
centenares. Lado a lado con los condes en el gran parlamento nacional
(Reichstag, Dieta), que normalmente se reunía en la
primavera, se sentaban los obispos, que los asuntos espirituales estaba
tan estrechamente entrelazado con los temporales que, al leer un "concilio"
bajo Carlos, es no siempre fácil determinar si los procedimientos
son de un parlamento o de un sínodo. No obstante, este parlamento
o dieta, era esencialmente bicameral (civil y eclesiástico),
y las descripciones anteriores se aplican a la mutua discusión
del res mixtae o asuntos que pertenecen a ambas ordenes. La
institución administrativa franca a la que Carlos dio un nuevo
carácter, fue la missi dominici, representantes (civiles
y eclesiásticos) de la autoridad real, que al ser mensajeros
reales asumían también muchas funciones parecidas a
la de los legados pontificios, es decir, ellos eran por una parte
representantes reales, y por otra gobernadores itinerantes. Normalmente
habían dos por provincia (uno eclesiástico y un señor
laico), y estaban obligados a visitar su territorio (missatica)
cuatro veces por año. Entre estos missi y los gobernadores
locales o condes, el poder de los antiguos grandes vasallos (los duques,
Herzöge) se vio bastante mermada. La justicia local era
administrada en la corte del antes mencionado conde (comes,
Graf), el cual realizaba tres por año (placitum generale),
con la ayuda de siete asesores (scabini, rachimburgi), y existía
una apelación graduada, la cual terminaba en la persona del
emperador.
Si bien ya hemos dicho suficiente como para mostrar
cuán listo estaba para intervenir en las cosas de la Iglesia,
no parece que esta propensión se diera por otro motivo que
no fuera su carácter religioso. Sería absurdo pretender
que Carlomagno fuera durante toda su vida un hipócrita; si
no lo es, entonces su entusiasta interés por todo lo que concerniente
a los servicios litúrgicos de la Iglesia, e incluso su participación
cantando en el coro (aunque, como su biógrafo lo dice, "con
voz suave"), su meticulosa atención en cuestión de ritos
y ceremonias (Monachus Sangallensis), nos muestran, entre otros muchos
de sus rasgos, que su naturaleza áspera y fuerte estaba toda
impregnada de celo, aunque a veces equivocado, por la gloria terrenal
de Dios. Buscó elevar y perfeccionar al clero, tanto monacal
como secular, a estos últimos, por medio de la Vita Canonica
o vida en común. Los diezmos fueron rigurosamente respetados
para apoyo del clero y dignidad del culto público. Se reconoció
y protegió la inmunidad eclesiástica, los obispos
realizaban frecuentes visitas a su diócesis, se dio una instrucción
religiosa regular, y en lengua vernácula. Por medio de Alcuino,
hizo que se pusieran copias corregidas de la Sagrada Escritura en
las iglesias, y ganó gran crédito por su mejora del
bastante distorsionado texto latino de la Vulgata. La educación,
por lo menos de los aspirantes al sacerdocio, fue expandida, por orden
real, en el año 787, por la cual, todos los obispos y abades
debían abrir en sus catedrales y monasterios, escuelas para
el estudio de las siete artes liberales y la interpretación
de la Escritura. También hizo mucho para mejorar la música
eclesiástica, y fundó escuelas de música de Iglesia
en Metz, Soissons, y San Gall. Para conocer más detalles sobre
el desarrollo contemporáneo de la civilización cristiana
a través de Alcuino, Einhard, y otros estudiosos, italianos
e irlandeses, y también para saber más acerca de los
logros personales del rey en literatura, véase ESCUELAS
CAROLINGIAS; ALCUINO; EINHARD. Carlos hablaba bien
el latín, y le gustaba mucho escuchar textos de San Agustín,
especialmente "La Ciudad de Dios". Entendía griego, pero se
dedicó en especial al franco (antiguo-alemán), su lengua
materna; los términos usados para designar los meses y el de
varios vientos, fueron creados por él. También intentó
crear una gramática alemana, y Einhard nos dice que él
hizo que la antigua canción popular y relatos de héroes
(barbara atque antiquissima carmina) fueran coleccionados;
desgraciadamente esta colección dejó de ser apreciada
y se perdió con el tiempo.
Carlos, desde niño, había mostrado fuertes
afectos caseros. Juzgando, quizás, desde las normas cristianas
desarrolladas en días posteriores, sus relaciones matrimoniales
estaban lejos de ser prístinas; pero sería injusto criticar
su moral, basándonos en los oscuros relatos que nos han llegado
sobre su vida familiar. Lo que sí es cierto (y más agradable
contemplar), es el cuadro que sus contemporáneos nos han legado,
sobre lo feliz que era cuando estaba con sus hijos, haciendo deporte
con ellos, especialmente mientras realizaban su deporte preferido,
nadar, y encontrando relajo en compañía de sus hijos
e hijas; a la última, se negó a entregarla en matrimonio,
desafortunadamente, por su carácter moral. Murió a los
setenta y dos años, después de cuarenta y siete años
de reinado, y fue enterrado en la iglesia octágona bizantina-románica
de Aquisgrán, construida por él y decorada con columnas
de mármol traído de Roma y Ravena. Por el año
1,000, Otón III abrió la tumba imperial y encontró
(se dice) al gran emperador, tal como había sido enterrado,
sentado en un trono de mármol, vestido y coronado tal como
cuando vivía, y con el libro de los Evangelios abierto sobre
sus rodillas. En algunas partes del imperio, el afecto popular lo
puso entre los santos. Por conveniencias políticas y para complacer
a Federico Barbaroja, fue canonizado (1165) por el antipapa Pascual
III, pero este acto nunca ha sido ratificado con la inserción
de su fiesta en el Breviario romano o por la Iglesia Universal; su
culto, sin embargo, es permitido en Aquisgrán [Acta SS., 28
ene., 3d ed., II, 490-93, 303-7, 769; su oficio está en Canisius,
"Antiq. Lect"., III (2)]. Según su amigo y biógrafo,
Einhard, Carlos era de estatura imponente, y sus ojos claros y pelo
largo le aumentaban la dignidad. Su cuello era bastante corto, y su
barriga prominente, pero la simetría de sus demás miembros,
ocultaban este defecto. Su clara voz no era tan sonora como su gigantesca
estatura sugeriría. Exceptuando durante sus visitas a Roma,
usaba el vestido nacional de los francos, camisa y calzoncillos de
lino, una túnica sostenida por un cordón de seda, y
polainas; sus muslos los rodeaba con tiras de; sus pies los cubría
con zapatos atados. Tuvo buena salud hasta los sesenta y ocho años,
época en que le empezaron las fiebres, y empezó a cojear.
Se dice que él era su propio médico, y detestaba a los
consejeros médicos que le decían que comiera la carne
hervida, en vez de asada. No existe un retrato hecho mientras él
vivió. Se dice que una estatuilla que se encuentra en el Musée
Carnavalet, en París, es muy antigua.
THOMAS J. SHAHAN
E. MACPHERSON
Transcrito por Michael C. Tinkler
Traducido por Bartolomé Santos