Terciaria Dominicana, nacida en Siena, el 25 de Marzo de 1347; murió
en Roma, el 29 de Abril de 1380. Fue la penúltima de una familia
numerosa. Su padre, Giacomo di Benincasa, era tintorero; su madre, Lapa,
hija de un poeta del pueblo. Pertenecían a la clase media-baja
de la facción de mercaderes y pequeños notarios, conocidos
como "el Partido de los Doce", que entre una revolución y otra
normó la República de Siena desde 1355 hasta 1365. Desde
su infancia Catalina empezó a tener visiones y a practicar austeridades
extremas. A la edad de siete años consagró su virginidad
a Cristo; a los dieciséis años tomó el hábito
de los Terciarios Dominicanos, y renovó la vida de anacoretas del
desierto en un pequeño cuarto de la casa de su padre. Después
de tres años de visitas celestiales y una conversación familiar
con Cristo, experimentó la experiencia
mística conocida como los "esponsales espirituales", probablemente
durante el carnaval de 1366. Luego ella, viviendo con su familia, empezó
a atender a los enfermos, especialmente aquellos infectados con las enfermedades
más repulsivas, a servir a los pobres y trabajar por la conversión
de los pecadores. A pesar de siempre sufrir terrible dolor físico,
vivir largos intervalos de tiempo sin comer nada excepto el Santísimo
Sacramento, ella estaba siempre radiantemente feliz y llena de sabiduría
práctica no menor que una elevada profundidad espiritual. Todos
sus contemporáneos atestiguan su extraordinario encanto personal,
que prevalecía sobre las continuas persecusiones de que era objeto
incluso por los frailes de su propia orden y sus hermanas en religión.
Empezó a reunir discípulos alrededor suyo, hombres y mujeres,
quienes formaban una maravillosa confraternidad espiritual, unida a sí
por los lazos de amor místico. Durante el verano de 1370 ella recibió
una serie de manifestaciones especiales de misterios divinos, que culminaron
en un prolongado trance, un especie de muerte mística, en la que
tuvo una visión del Infierno, del
Purgatorio y del Cielo, y escuchó
una orden divina de abandonar su celda y entrar en la vida pública
del mundo. Empezó a enviar cartas a hombres y mujeres en toda condición
de vida, entró en correspondencia con príncipes y repúblicas
de Italia, fue consultada por enviados del Papa acerca de los asuntos
de la Iglesia y se ofreció a sí misma para sanar las heridas
de su tierra natal quedándose en la furia de la guerra civil y
los destrozos de la facción. Imploró al Papa Gregorio XI,
dejar Avignon, para reformar el clero y la administración de Estados
Papales, y con ardor se lanzó a impulsar la idea del Papa de una
Cruzada, con la esperanza de unir los poderes
de la cristiandad en contra de los infieles, y restaurar la paz en Italia
librándola de las compañías errantes de soldados
mercenarios. Mientras en Pisa, en el cuarto domingo de Cuaresma,
en 1375, ella recibió los Estigmas,
sin embargo, a raíz de su especial oración, las marcas no
aparecieron exteriormente en su cuerpo mientras vivió.
Principalmente durante la mala administración de los oficiales
papales, la guerra estalló entre Florencia y la Santa Sede,
y casi la totalidad de los Estados Papales se levantaron en insurrección.
Catalina había sido enviada en una misión por el Papa
para asegurar la neutralidad de Pisa y Lucca. En Junio de 1376, fue
a Avignon como embajadora de los Florentinos, para hacer las pases;
pero, debido a la mala fe de la república o de algún
malentendido causado por los frecuentes cambios en el gobierno, no
tuvo éxito. Sin embargo, ella causó tan profunda impresión
en la mente del Papa, que, a pesar de la oposición del Rey
de Francia y casi todo el Colegio Sagrado, regresó a Rome (17
de Enero de 1377). Catalina pasó gran parte de 1377 produciendo
una maravillosa renovación espiritual en los distritos sujetos
a la República de Siena, y fue en este tiempo que ella milagrosamente
aprendió a escribir, aunque parece haber seguido confiando
en sus secretarios para su correspondencia. Tempranamente en 1378
fue enviada por el Papa Gregorio a Florencia, a realizar un nuevo
esfuerzo por la paz. Desafortunadamente, debido al faccioso comportamiento
de sus asociados florentinos, se vio involucrada en las políticas
internas de la ciudad, y durante un tumulto popular (22 de Junio)
sufrió un atentado contra su vida. Estaba ligeramente decepcionada
en su escape, declarando que sus pecados la habían privado
de la rosa roja del martirio. Sin embargo, durante la desastrosa revolución
conocida como "el tumulto de Ciomi", se quedó en Florencia
o en su territorio hasta que, los primeros días de Agosto,
llegaron las noticias de que la paz había sido firmada por
la república y el nuevo Papa. Catalina entonces, instantáneamente
regresó a Siena, donde permaneció unos meses en relativo
silencio, dictando su "Diálogo", el libro de sus meditaciones
y revelaciones.
Mientras tanto, el Gran Cisma había dividido la Iglesia. Desde
el principio Catalina se adhirió con entusiasmo al reclamante
romano, Urbano VI, quien en Noviembre de 1378 la llamó a Roma.
En la ciudad eterna ella vivió hasta el final de sus días,
trabajando esforzadamente por la reformación de la Iglesia,
sirviendo al desvalido y al afligifo, y enviando cartas elocuentes
en nombre de Urbano arriba, abajo y en todas direcciones. Su esfuerzo
rápidamente se fue consumiendo; suplicó a su Divino
Desposado que le permita sobrellevar el castigo por todos los pecados
del mundo, y recibir el sacrificio de su cuerpo por la unidad y la
renovación de la Iglesia; al final parecía que la Barca
de Pedro había sido puesta sobre sus hombros, y que la estaba
quebrando mortalmente con su peso. Después de una prolongada
y misteriosa agonía de tres meses, llevada por ella con suprema
exultación y gozo, desde el Sexagésimo Domingo hasta
el Domingo antes de la Ascensión, murió. Su último
trabajo político, efectuado prácticamente desde su lecho
mortal, fue la reconciliación del Papa Urbano VI con la República
Romana (1380).
Entre los principales seguidores de Catalina están Fra Raimondo
delle Vigne, de Capua (m. 1399), su confesor y biógrafo, posteriormente
General de los Dominicos, y Stefano di Corrado Maconi (m. 1424), quien
había sido uno de sus secretarios, y se convirtió en
Prior General de los Cartusianos. El libro de Raimondo, el "Leyenda",
se terminó en 1395. Una segunda vida de ella, el "Suplemento",
fue escrito unos pocos años después por otro de sus
socios, Fra Tomaso Caffarini (m. 1434), quien también compuso
el "Leyenda Menor", que fue traducido al italiano por Stefano Maconi.
Entre 1411 y 1413 las declaraciones de los testigos sobrevivientes
de su vida y obra fueron recogidas en Venecia, para constituir el
famoso "Proceso". Catalina fue canonizada por Pío II en 1461.
Los emblemas por los que se le conoce en el arte cristiano son la
azucena y el libro, la corona de espinas, o a veces un corazón
--refiriéndose a la leyenda de haber cambiado su corazón
por el de Jesús. Su fiesta principal se celebra el 30 de Abril,
pero es popularmente conmemorada en Siena el Domingo siguiente. La
festividad de sus Esponsales se mantiene el Jueves del carnaval.
Las obras de Santa Catalina de Siena figuran entre los clásicos
de la lengua italiana, escritas en el hermoso Toscano vernacular del
siglo catorce. No obstante la existencia de numerosos excelentes manuscritos,
las ediciones impresas presentan el texto en una frecuente condición
mutilada y poco satisfactoria. Sus escritos consisten en:
- el "Diálogo" o "Tratado de la Divina Providencia";
- una colección de cerca de cuatrocientas cartas; y
- una serie de "Oraciones".
El "Diálogo" especialmente, que trata de la totalidad de la
vida espiritual del hombre en la forma de una serie de coloquios entre
el Padre Eterno y el alma humana (representada por la misma Catalina),
es la contraparte mística en prosa de la "Divina Comedia" de
Dante.
Una obra más pequeña en la forma de diálogo,
el "Tratado de la Perfección Consumada", es también
atribuido a ella, pero es probablemente ilegítimo. Es imposible
en pocas palabras dar una concepción adecuada de las muchas
facetas del carácter y el contenido de las "Cartas", que son
la más completa expresión de la riqueza de la personalidad
de Catalina. Mientras que las cartas que fueron dirigidas a Papas
y soberanos, gobernadores de repúblicas y líderes de
ejércitos, son documentos de incalculable valor para los estudiosos
de historia, muchas de las que fueron escritas a ciudadanos, hombres
y mujeres en el claustro o en el mundo, son tan frescas como iluminadoras,
tan sabias como prácticas en su consejo y guía para
el devoto católico de hoy así como lo fueron para aquellos
que buscaron su consejo mientras vivió. Otras cartas conducen
al lector a alturas místicas de contemplación, una atmósfera
singular de santidad en la que sólo unos pocos espíritus
privilegiados pueden morar. La clave para la enseñanza de Catalina
es que el hombre, ya sea en el claustro o en el mundo, debe habitar
en la celda del auto-conocimiento, que es permanente, en la que el
peregrino del tiempo a la eternidad debe nacer nuevamente.
Processus contestationum super sanctitate
et doctrina beatae Catharinae de Senis, en MARTENE
AND DURAND, Veterum Scriptorum et Monumentorum Amplissima Collectio
(Paris, 1729), VI; GIGLI, L'opere della serafica Santa Caterina
da Siena (Siena y Lucca, 1707-54); TOMMASEO, Le Lettere di S. Caterina
da Siena (Florence, 1860); traducciones italianas del Leyenda
y el Suplemento están incluidas en el primer y quinto volúmenes
de la Edición GIGLI; porciones importantes del Process se
mantienen sin publicar en manuscritos de la Biblioteca Comunale de Siena
y la Biblioteca Casanatense en Roma.
EDMUND G. GARDNER
Trancrito por Lois Tesluk
Traducido por Armando Llaza Corrales