El Evangelio llegó a lo que es hoy el estado de Chihuahua alrededor
de 1560 con los franciscanos procedentes de la custodia de Zacatecas.
Casi al mismo tiempo que ellos, llegaron los clérigos seculares,
que pertenecían a la lejana diócesis de Guadalajara. Al
comenzar el siglo XVII llegaron también a la región los
jesuitas. Tanto los franciscanos como los jesuitas se dedicaron a evangelizar
a los indios, mientras que el clero secular se hizo cargo de las parroquias
de españoles.
En 1620 el territorio de Chihuahua, que hasta entonces pertenecía
en lo eclesiástico al obispado de Guadalajara, paso a depender
del obispado de Durango, erigido en ese año. Así permaneció
hasta el 23 de junio de 1891, cuando el Papa León XIII erigió
la diócesis de Chihuahua mediante la bula Illud in primis, señalandole
como territorio todo el estado del mismo nombre, con 245,612 k2.
Su primer obispo fue José de Jesús Ortiz, del clero de
Morelia, quien tomó posesión en 1893 y gobernó la
diócesis hasta 1901, en que fue promovido al arzobispado de Guadalajara.
El segundo obispo fue Nicolás Pérez Gavilán, del
clero de Durango, que gobernó la diócesis de 1902 a 1919,
tocándoles los difíciles años de la Revolución.
El tercer obispo fue Antonio Guízar Valencia, del clero de Zamora,
que gobernó la diócesis durante 48 años (1921-1969),
los últimos siete años por medio de un administrador apostólico,
que fue Luis Mena Arroyo (1962-1969). Guízar Valencia tuvo también
como obispo auxiliar a Francisco Espino Porras (1943-1961). La diócesis
fue elevada a la categoría de arquidiócesis por el Papa
Juan XXIII el 22 de noviembre de 1958 mediante la bula Supremi Muneris,
asignándole como sufragáneas las diócesis de Sonora
(Hermosillo) y Ciudad Juárez, y nombrando como primer arzobispo
al mismo Antonio Guízar Valencia. A Guízar Valencia le tocaron
los años difíciles de persecución religiosa de las
décadas de los 20 y de los 30. A partir de 1940 la diócesis
gozó de una relativa paz, que le permitió crecer y consolidarse.
Después del periodo de Luis Mena Arroyo como administrador apostólico,
fue nombrado como cuarto obispo y segundo arzobispo Adalberto Almeida
Merino, del clero de Chihuahua, que había sido anteriormente obispo
de Tulancingo y de Zacatecas. Gobernó la diócesis de 1969
a 1991 y le tocó dirigir el proceso de renovación diocesana
de acuerdo con las directivas del Concilio Vaticano II. El siguiente arzobispo,
que dirige la arquidiócesis a partir de 1991 hasta la fecha, es
José Fernández Arteaga, del clero de Tulancingo, que antes
de Chihuahua gobernó las diócesis de Apatzingán y
Colima.
El 1900 los jesuitas, que habían sido expulsados de sus misiones
en la Sierra Tarahumara, regresaron a hacerse cargo de la misma, bajo
la jurisdicción del obispo de Chihuahua. En 1950, la Tarahumara
fue convertida en misión sui juris, dependiente de la Congregación
de Propaganda Fide; en 1958 se convirtió en vicariato apostólico
y en 1993 en diócesis.
En 1957 fue desmembrada del territorio de la arquidiócesis de
Chihuahua la diócesis de Ciudad Juárez. En 1966 se creó
la prelatura de Ciudad Madera, la cual se convirtió en diócesis
en 1995 con el nombre de Cuauhtémoc-Madera. En 1977 se creó
la prelatura de Nuevo Casas Grandes, la cual se convirtió en diócesis
en el año 2000. Finalmente, en 1992 fue erigida la diócesis
de Parral.
La arquidiócesis de Chihuahua, con la sede episcopal en la capital
del estado, tiene ahora una extensión de 73,956.50 km2 y una población
católica de 1,010,133 de católicos para una población
total estimada en 1,285,624. Comprende 62 en 20 municipios del estado.
Cuenta con 130 sacerdotes y 9 diáconos permanentes. De los sacerdotes,
101 son diocesanos y 29 religiosos pertenecientes a 7 institutos religiosos
masculinos, así como 20 institutos religiosos femeninos con 191
religiosas (datos de 2005).
Autor: Dizán Vázquez.