(Cecilio Cipriano Tascio)
I. La persecución de Decio
II. La unidad de la Iglesia
III. Novacianismo
IV. Los Lapsos
V. Rebautismo de los herejes
VI. Apelación a Roma
VII. Martirio
VIII. Escritos
IX. Doctrina
X. Apócrifos
Obispo y mártir. De su fecha de nacimiento y los primeros años
de su vida nada se conoce con exactitud. Al momento de su conversión
al Cristianismo, probablemente ya había pasado la mitad de su vida.
Fue famoso como rétor y jurista, tenía una considerable
riqueza y gozaba, sin lugar a dudas, de una posición privilegiada
en la metrópolis de Africa. Sabemos por San Poncio, su diácono,
cuya historia sobre la vida del santo se ha conservado, que su semblante
era solemne pero sin severidad, y alegre pero sin efusividad. Su don de
elocuencia es evidente en sus escritos. No fue un pensador, un filósofo
o un teólogo, sino un hombre de mundo y administrador, y de un
carácter firme y vigoroso. Su conversión se debió
a un presbítero de su misma edad llamado Ceciliano, con el que
aparentemente se fue a vivir. Antes de morir Ceciliano encomendó
su esposa y su familia al cuidado de Cipriano. Mientras aun era catecúmeno,
el santo decidió guardar castidad y repartió la mayor parte
de sus bienes entre los pobres. Vendió sus propiedades, incluyendo
sus jardines en Cartago. Estas le fueron regresadas (Dei indulgentia
restituti, dice Poncio), al ser compradas aparentemen-te por sus
amigos para devolvérselas; pero él las vendería de
nuevo, movido por la persecución. Su bautismo probablemente tuvo
lugar en el 246, posiblemente en la noche de Pascua, el 18 de Abril.
El primer escrito Cristiano de Cipriano es "Ad Donatum",
un monólogo dirigido a un amigo, sentado bajo la pérgola
de una cava. Él cuenta cómo, hasta que la gracia de Dios
lo iluminó y fortaleció su conversión, le parecía
imposible dominar los vicios en una decadente sociedad Romana de la que
traza una pintura entristecedora; los espectáculos con gladiadores,
el teatro, los tribunales injustos, la vacuidad del éxito político;
el único refugio es la templanza, el estudio y la piadosa vida
de los Cristianos. Probablemente al principio se colocaron las pocas palabras
que Donato dirige a Cipriano, las cuales fueron impresas por Hartel como
una carta ficticia. El estilo de este opúsculo es rebuscado y nos
recuerda la grandilocuencia e incomprensibilidad de Poncio. No es como
Tertuliano, brillante, bárbaro, inculto, sino que refleja el preciosismo
que Apuleyo puso de moda en África. En sus otros trabajos Cipriano
se dirige a un auditorio cristiano; su propio fervor se manifiesta al
máximo, su estilo se hace más simple aunque vigoroso, y
en ocasiones poético pero no florido. Sin ser un clásico,
está acorde a su tiempo, y la cadencia de las frases tiene un ritmo
preciso en todos sus escritos más cuidadosos. En general, su belleza
de estilo ha sido raramente igualada y nunca superada entre los Padres
Latinos, excepto por la energía y agudeza incomparables de San
Jerónimo.
Otro trabajo de sus primeros días fue el "Testimonia
ad Quirinum", en dos libros. Consta de pasajes de la Escritura
ordenados bajo algunos títulos para ilustrar el fin de la Antigua
Ley y su plena realización en Cristo. Un tercer libro, agregado
más tarde, contiene textos que tratan temas de ética Cristiana.
Esta obra es de un gran valor para la historia de la antigua versión
Latina de la Biblia. Nos da un texto Africano cercanamente relacionado
con el manuscrito Bobbio, conocido como k (Turín). La edición
de Hartel ha tomado el texto de un manuscrito que muestra una versión
revisada, pero lo que Cipriano escribió puede ser bastante bien
recuperado del manuscrito citado en las notas de Hartel como L. Otro libro
de exhortaciones sobre el martirio se titula "Ad Fortunatum",
cuyo texto no puede ser apreciado en ninguna edición impresa. Cipriano
era, ciertamente, sólo un recién converso cuando se convirtió
en Obispo de Cartago, hacia finales del 248 o a principios del 249, pero
pasó por todos los grados del ministerio. Él había
declinado el cargo, pero el pueblo le obligó a aceptarlo. Una minoría
se opuso a su elección, incluyendo cinco presbíteros que
permane-cieron como sus enemigos; pero, como él nos lo cuenta,
fue elegido válidamente "después del juicio Divino,
el voto del pueblo y el consentimiento de los obispos".
I. La persecución de Decio
La prosperidad de la Iglesia durante un periodo de paz de treinta y ocho
años había producido grandes desórdenes. Hasta muchos
de los obispos cedieron a la mundanería y el lucro personal, y
nosotros nos enteramos aun de peores escándalos. En Octubre del
249, Decio se convirtió en emperador con el deseo de recuperar
la antigua virtud de Roma. En Enero del 250, publicó un edicto
contra los Cristianos. Se envió a la muerte a los obispos, muchas
personas fueron castigadas y torturadas hasta que abjuraran.. El 20 de
Enero fue martirizado el Papa Fabián, y casi al mismo tiempo Cipriano
tuvo que huir y esconderse en un lugar seguro, hecho que sus enemigos
continuamente le reprocharon. Pero permanecer en Cartago era exponerse
a la muerte, atraer mayores peligros sobre otros, y dejar a la Iglesia
sin gobierno; y en esos tiempos elegir un nuevo obispo habría sido
tan imposible como lo era en Roma. Concedió mucha potestad a un
confesor, Rogaciano, para atender a los necesitados. Parte del clero perdió
la fe, y otros se dispersaron; Cipriano suspendió sus estipendios
para que ejercieran sus ministerios con menos peligro que el obispo. Desde
su retiro animó a los confesores y escribió elocuentes panegíricos
sobre los mártires. Quince murieron pronto en la prisión
y uno en las minas. A la llegada del procónsul en Abril aumentó
la severidad de la persecución. San Mapálico murió
gloriosamente el día 17. Los niños eran torturados, las
mujeres deshonradas. Numídico, quien había confortado y
animado a muchos, vio quemar viva a su esposa, y él mismo fue medio
quemado y luego abandonado para morir; su hija lo encontró aún
con vida, se recuperó y Cipriano lo hizo sacerdote. Varios, después
de haber sido torturados dos veces, fueron destituidos o desterrados,
a menudo en la mendicidad.
Pero existía la otra cara de la imagen. En Roma, los aterrorizados
Cristianos corrieron a los templos para sacrificar. En Cartago la mayoría
apostató. Algunos no sacrificarían sino que adquirirían
los libelli, o certificados, para lograr la exención de
sus familias aún al precio de su propio pecado. De estos libellatici
había varios miles en Cartago. De los que cayeron, los hubo que
no se arrepintieron, otros se unieron a los herejes, pero los más
de ellos clamaron por el perdón y su readmisión en la Iglesia.
Hubo quienes, después de haber sacrificado bajo tortura, se retractaron
y regresaron para ser torturados de nuevo. Casto y Emilio fueron quemados
por abjurar, otros fueron exiliados; pero casos como estos fueron extremadamente
raros. Unos pocos comenzaron a pagar un castigo canónico. El primero
en sufrirlo fue un joven Cartaginés, de nombre Celerino. Él
se reconcilió y fue convertido en lector por Cipriano. Su abuela
y dos tíos habían sido mártires, pero sus dos hermanas
apostataron por temor a las torturas, y en su arrepentimiento ellas mismas
se ofrecieron para atender a quienes estaban en prisión. Su hermano
buscaba con urgencia su readmisión. Su carta enviada desde Roma
a Luciano, un confesor en Cartago, aún existe con la respuesta
de este último. Luciano consiguió de un mártir de
nombre Paulo, poco antes de su pasión, una encomienda para conceder
la paz a todo aquel que la pidiera, y distribuyó estas "indulgencias"
con una fórmula vaga: "Permitámosle a uno comulgar
con su familia". Tertuliano habla en el 197 de la "costumbre"
de aquellos que, sin estar reconciliados con la Iglesia, suplicaban a
los mártires esta paz. Más tarde, en sus días como
Montanista (c. 220), exhortaba a que los adúlteros a quienes el
Papa Calixto estaba dispuesto a perdonar después de la debida penitencia,
pudieran ya ser readmitidos mediante una simple imploración a los
confesores y a aquellos que se encontraban confinados en las minas. Consecuentemente,
encontramos a Luciano expidiendo exculpaciones en el nombre de los confesores
que aún se encontraban con vida, lo que constituía un manifiesto
abuso. El heroico Mapálico había intercedido solamente por
su propia madre y su hermana. Parecería ahora como si no tuviera
que hacerse cumplir nin-guna penitencia sobre los lapsos, y Cipriano escribió
para protestar.
Mientras tanto llegaron desde Roma noticias oficiales de la muerte del
Papa Fabián, junto con una carta sin firmar y mal escrita dirigida
al clero de Cartago de una parte del clero Romano, acusando a Cipriano
por haber abandonado a su grey y dando consejos sobre la forma de tratar
a los lapsos. Cipriano explicó su conducta (Ep. XX), y envió
a Roma copias de trece de las cartas que escribió a la comunidad
de Cartago desde su refugio. Los cinco presbíteros que se opusieron
a él estaban ya recibiendo de inmediato a la comunión a
todo el que tuviera recomendaciones de los confesores, y estos mismos
emitieron una indulgencia general, de acuerdo a la cual los obispos readmitirían
a la comunión a todos aquellos a quienes ellos hubieran examinado.
Esto fue un atropello a la disciplina eclesiástica, y aun Cipriano
estaba dispuesto a dar cierto valor a las indulgencias que de esta forma
incorrecta se concedían, siempre y cuando todo se hiciera en sumisión
al obispo. Él propuso que los libellatici podrían
ser readmitidos, cuando estuvieran en peligro de muerte, por un presbítero
o hasta por un diácono, pero el resto debería esperar a
que la persecución terminara, cuando pudieran celebrarse concilios
en Roma y Cartago, y se lograra llegar a un acuerdo común sobre
el tema. Se tendrían algunas consideraciones sobre las prerrogativas
de los confesores, pero la situación de los lapsos no debería
ser mejor que la de los que perseveraron, fueron torturados, despojados
o exiliados. Los culpables se aterrorizaron por las maravillas que entonces
ocurrieron. Un hombre se quedó sin habla en el mismo Capitolio
en donde había renegado de Cristo. Otro se volvió loco en
los baños públicos, y se le carco-mió la lengua con
la que había probado un sacrificio pagano. En presencia del propio
Cipriano, un infante que había sido llevado por su niñera
a tomar parte de lo ofrecido en un altar pagano y luego al Santo Sacrificio
celebrado por el obispo, fue puesto en tortura y vomitó las Sagradas
Especies que había recibido en un cáliz consagrado. Una
mujer relapsa de edad avanzada, había caído en un ataque
al aventurarse a comulgar indignamente. Otra, al abrir el recipiente en
el cual, de acuerdo a la costumbre, había llevado a su casa el
Santísimo Sacramento para una Comunión privada, fue disuadida
de tocarlo sacrílegamente por un fuego que apareció de repente.
Y aun otra mujer encontró dentro de su copón nada más
que cenizas. Hacia Septiembre, recibió una promesa de apoyo de
los sacerdotes Romanos en dos cartas escritas por el famoso Novaciano
en nombre de todos sus colegas. A principios del 251 la persecución
decayó, debido al surgimiento sucesivo de dos emperadores rivales.
Los confesores fueron liberados y se convocó un concilio en Cartago.
Por la perfidia de algunos sacerdotes Cipriano no pudo dejar su refugio
hasta después de la Pascua (el 23 de Marzo). Pero escribió
una carta a su grey denunciando al más infame de los cinco presbíteros,
Novato, y a su diácono Felicísimo (Ep. XLIII). A la instrucción
de los obispos de aplazar la reconciliación de los lapsos hasta
el concilio, Felicísimo había replicado con un manifiesto,
declarando que ninguno que hubiera aceptado las abundantes limosnas distribuidas
por órdenes de Cipriano, podría comulgar con él.
El tema de la carta es desarrollado en una forma más completa en
el tratado "De Ecclesiae Catholicae Unitate", que fue
escrito por Cipriano alrededor de esta época (Benson pensó
equivocadamente que fue escrita contra Novaciano algunas semanas más
tarde).
Este celebrado panfleto fue leído por su autor al concilio con
el que se encontró en Abril, y en el que pudo obtener el apoyo
de los obispos contra el cisma iniciado por Felicísimo y Novato,
quienes contaban ya con un gran número de seguidores. La unidad
de la que San Cipriano trata no es tanto la unidad de toda la Iglesia,
cuya necesidad él postula ligeramente, como la unidad que se ha
conservado en cada diócesis por la unión con el obispo;
la unidad de toda la Iglesia se mantiene por la estrecha unión
de los obispos quienes están "pegados uno con otro",
de aquí que cualquiera que no está con su obispo está
fuera de la unidad de la Iglesia y no puede estar unido a Cristo; el modelo
del obispo es San Pedro, el primer obispo. Los controversialistas Protestantes
han atribuido a San Cipriano el absurdo argumento de que Cristo dijo a
San Pedro lo que Él realmente tenía la intención
de hacerlo para todos, con el fin de dar un modelo o una imagen de unidad.
Lo que San Cipriano dice en realidad es simplemente esto, que Cristo,
valiéndose de la metáfora de un edificio, fundó su
Iglesia sobre una sola base que manifestará y asegurará
su unidad. Y así como Pedro es la base que sostiene a toda la Iglesia
junta, el obispo lo es en cada diócesis. Con este único
argumento Cipriano pretende cortar de raíz todas las herejías
y cismas. Ha sido un error tratar de encontrar alusión a Roma en
este pasaje (De Unit., 4).
II. La unidad de la Iglesia
En los días de la apertura del concilio (251), llegaron dos cartas
desde Roma. Una de ellas, anunciando la elección del papa, San
Cornelio, fue leída por Cipriano ante toda la asamblea; la otra
contenía acusaciones tan violentas y poco probables contra el nuevo
papa, que pensó que era mejor ignorarla. Pero dos obispos, Caldonio
y Fortunato, fueron enviados a Roma para obtener mayor información,
y todo el concilio tuvo que esperar su regreso con el mismo interés
como si se tratara de una elección papal. Mientras tanto se recibió
otro mensaje con la noticia de que Novaciano, el presbítero más
eminente de todo el clero Romano, había sido hecho papa. Afortunadamente
llegaron al mismo tiempo dos prelados africanos, Pompeyo y Estéfano,
que habían estado presentes en la elección de Cornelio y
pudieron testificar que él había sido elegido válidamente
"en el lugar de Pedro", cuando no hubo otro pretendiente. Fue
así posible replicar a las recriminaciones de los mensajeros de
Novaciano, y se envió a Roma una breve carta explicando la discusión
que había tenido lugar en el concilio. Poco tiempo después
llegó el reporte de Caldonio y Fortunato junto con una carta de
Cornelio, en la que este último se quejaba un poco de la tardanza
en reconocerlo. Cipriano escribió a Cornelio explicándole
su prudente conducta. Además añadió una carta dirigida
a los confesores que eran el principal apoyo del antipapa, dejando a Cornelio
la decisión de si debería entregarla o no. También
envió copias de sus dos tratados "De Unitate"
y "De Lapsis" (este había sido compuesto por
él inmediatamente después del otro), y deseaba que los confesores
los leyeran en ese orden para que pudieran entender la cosa tan horrible
que es el cisma. Es en esta copia del tratado "De Unitate"
en la que, al parecer con mucha probabilidad, Cipriano agregó en
el margen una versión alterna del capítulo cuarto. El texto
original, como se encuentra en la mayoría de los manuscritos y
como está impresa en la edición de Hartel, dice así:
Si cualquiera toma en cuenta esto, no hay necesidad de un extenso tratado
y de argumentos. 'El Señor dijo a Pedro: 'Yo te digo a ti que tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia, y las puertas
del infierno no prevalecerán sobre ella; a ti te daré las
llaves del reino de los cielos, y lo que tú ates en la tierra será
atado en el cielo, y lo que tú desates en la tierra será
desatado en el cielo.' Sobre uno solo edifica el Señor Su Iglesia,
y aunque a todos Sus Apóstoles después de Su resurrección
Él les atribuye una potestad igual y dice: 'Como Mi Padre me envió
a Mi, así los envío Yo: Reciban el Espíritu Santo,
a quienes perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes
se los retengan les quedarán retenidos', aunque Él puede
hacer la unidad evidente, dispuso que esa unidad provenga de uno. Ciertamente
los demás Apóstoles eran lo que era Pedro, dotados, como
una hermandad, de honor y poder, pero el comienzo procede de uno, con
lo que la Iglesia demuestra que es una sola. A esta única Iglesia
el Espíritu Santo en la persona del Señor la designa en
el Cantar de los Cantares, y dice, Única es Mi Paloma, Mi perfecta,
única es ella para su madre, la preferida de la que la engendró.
El que no sostiene esta unión con la Iglesia, ¿acaso cree
que mantiene la Fe? El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella
¿puede pensar que está en la Iglesia?
El texto que lo substituye dice así:
…atado en el cielo. Sobre uno solo edifica el Señor Su Iglesia,
y al mismo Él dice después de Su resurrección, 'apacienta
Mis ovejas'. Y aunque a todos Sus Apóstoles Él les atribuye
una potestad igual, constituyó una sola cátedra, y dispuso
así por su autoridad el origen y el fundamento de la unidad. Ciertamente
los demás Apóstoles eran lo que era Pedro, pero el primado
se da a Pedro, mostrando así que hay una sola Iglesia y una sola
cátedra. Y todos son pastores, pero queda manifiesto que se trata
de una sola grey que es apacentada con unanimidad de sentimientos por
todos los Apóstoles. El que no sostiene esta unión con la
Iglesia, ¿acaso piensa que mantiene la Fe? Quien abandona la cátedra
de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, ¿ puede
pensar que está en la Iglesia?
Estas versiones alternativas están dadas una después de
la otra en la familia principal de manuscritos que las contienen, mientras
que en algunas otras familias las dos han sido parcial o completamente
combinadas en una sola. La versión combinada es la única
que ha sido impresa en varias ediciones, y ha jugado un papel importante
en la controversia con los Protestantes. Desde luego esta forma combinada
es espuria, pero la versión alternativa dada renglones arriba no
sólo se ha encontrado en manuscritos de los siglos octavo y noveno,
sino que es citado por Beda, por Gregorio Magno (en una carta escrita
por su predecesor Pelagio II), y por San Gelasio; de hecho, es casi seguro
que fue conocida por San Jerónimo y por San Optato en el siglo
cuarto. La evidencia de los manuscritos podría indicar una fecha
igualmente temprana. Cada expresión y pensamiento en el pasaje
puede ser comparado con el lenguaje habitual de San Cipriano, y parece
ser hoy una idea generalmente aceptada que este texto alternativo es una
alteración hecha por el mismo autor cuando reenvió su trabajo
a los confesores Romanos. La "cátedra única" en
Cipriano es siempre la silla episcopal, y Cipriano ha sido cuidadoso para
enfatizar este punto, y al agregar una referencia al otro gran texto Petrino,
el Cargo en Juan XXI. La declaración de igualdad de los Apóstoles
como Apóstoles permanece, y las omisiones se hacen únicamente
con el fin de abreviar. La vieja controversia de que es una falsificación
Romana, está a todas luces totalmente fuera de discusión.
Otro pasaje que también está alterado en todos los mismos
manuscritos es el que contiene la interpolación; es un párrafo
en el que la humilde y piadosa conducta de los lapsos "por una parte"
(hic) es contrastada en una larga sucesión de paralelismos con
el orgullo y malicia de los cismáticos "por otra parte"
(illic), pero en el delicado estilo del tratado, estos últimos
únicamente son aludidos de una manera general. En los manuscritos
"interpolados" encontramos que los lapsos, cuya causa ha quedado
ahora re-suelta por el concilio, están "por otra parte"
(illic), mientras que la referencia a los cismáticos -significando
los confesores Romanos que apoyaron a Novaciano y a quienes había
sido enviado el libro- se hizo con toda la intención de ponerlos
en un primer plano mediante la repetición constante de hic, "por
una parte".
III. Novacianismo
La reconvención del santo tuvo sus efectos, y los confesores se
reunieron en torno a Cornelio. Pero durante dos o tres meses la confusión
por toda la Iglesia Católica había sido terrible. Ningún
otro evento en estos primeros tiempos nos muestra tan claramente la enorme
importancia del papado en Oriente y en Occidente. San Dionisio de Alejandría
unió su gran influencia a la del primado Cartaginés, y muy
pronto pudo escribir que Antioquía, Cesarea y Jerusalén,
Tiro y Laodicea, toda Cilicia y Capadocia, Siria y Arabia, Mesopotamia,
el Ponto y Bitinia, habían regresado a la unidad y que sus obispos
estaban todos en armonía (Eusebius, Hist. Eccl., VII, v). De esto
podemos calcular el área de los disturbios. Cipriano dice que Novaciano
"asumió la primacía" (Ep. LXIX, 8) y envió
a sus nuevos apóstoles a muchas ciudades: y en todas las provincias
y ciudades en las que desde mucho tiempo atrás se habían
establecido obispos ortodoxos, probados en la persecución, se atrevió
a crear nuevos obispos con la intención de substituirlos, como
si quisiera abarcar por completo el mundo entero (Ep. LV, 24). Tal fue
el poder asumido por este antipapa del siglo tercero. Cabe recordar que
en los primeros días del cisma no surgió ningún problema
de herejía, y que Novaciano solamente proclamó su negativa
de conceder el perdón a los lapsos hasta después de que
él mismo se hizo papa. Las razones de Cipriano para sostener a
Cornelio como el obispo legítimo están abundantemente detalladas
en la Ep. LV que envió a un obispo, quien al principio había
dado la razón a los argumentos de Cipriano y que había sido
comisionado para informar a Cornelio que "ahora comulgaba con él,
que es con la Iglesia Católica", pero que más tarde
había vacilado. Esto implica, evidentemente, que si él no
comulgaba con Cornelio, podría estar fuera de la Iglesia Católica.
Escribiendo al papa, Cipriano se disculpa por su tardanza en reconocerle;
y que, por lo menos, ha exhortado a todos aquellos que navegan hacia Roma
para asegurarse de que reconozcan y se mantengan fieles a la cuna y raíz
de la Iglesia Católica (Ep. XLVIII, 3). Esto probablemente significa
"la cuna y raíz , la cual es la Iglesia Católica",
pero Harnack y muchos Protestantes, así como muchos Católicos,
encuentran aquí una declaración de que la Iglesia Romana
es la cuna y raíz. Cipriano continua y agrega que él esperó
un reporte formal de los obispos que habían sido enviados a Roma,
antes de comprometer a los obispos de África, Numidia y Mauritania
a tomar una decisión, la que, cuando ya no quedaran dudas entre
sus colegas "pudiera firmemente demostrar y sostener su comunión,
que es la unidad y la caridad de la Iglesia Católica". Es
cierto que San Cipriano sostuvo que quien estaba en comunión con
un antipapa sostenido fuera de la raíz de la Iglesia Católica,
no se alimentaba de su pecho, no bebía de su fuente. Era tan poco
el rigor de Novaciano el que originó su cisma, que su principal
partidario no podía ser otro que Novato, quien en Cartago había
readmitido indiscriminadamente a los lapsos sin cumplir ninguna penitencia.
Al parecer él llegó a Roma poco después de la elección
de Cornelio, y su incorporación al partido de los rigoristas tuvo
el curioso resultado de acabar con la oposición a Cipriano en Cartago.
Es verdad que Felicísimo luchó resueltamente durante algún
tiempo; llegó a nombrar a cinco obispos, todos excomulgados y depuestos,
fue él quien consagró para el partido a un cierto Fortunato
opuesto a San Cipriano, con el fin de no ser relegado por los seguidores
de Novaciano, quien ya tenía un obispo rival en Cartago. La facción
inclusive apeló a San Cornelio, y Cipriano tuvo que escribir al
papa una larga relación de circunstancias, ridiculizando su pre-sunción
de "navegar a Roma, la Iglesia principal (ecclesia principalis),
la Cátedra de Pedro, de donde brotó la unidad del Episcopado,
y ni siquiera pensaron que aquellos son los mismos Romanos cuya fe alabó
San Pablo (Rom., I, 8), a los que no debería tener acceso la perfidia".
Pero esta embajada no fue exitosa, y el partido de Fortunato y Felicísimo
al parecer ha tenido que desaparecer.
IV. Los Lapsos
Con respecto a los lapsos el concilio decidió que cada caso tendría
que ser juzgado sobre sus méritos, y los libellatici deberían
ser readmitidos después de cumplir periodos de penitencia variados
y prolongados, mientras aquellos que de hecho tuvieron que sacrificar,
luego de pagar una penitencia de por vida, podrían recibir la Sagrada
Comunión a la hora de su muerte. Pero todo aquel que demorara la
aflicción y la penitencia hasta el momento de estar enfermo, tendría
que ser excluido de toda Comunión. La decisión fue la más
severa. Un recrudecimiento de la persecución, anunciado ya, según
nos cuenta Cipriano, por numerosas visiones, motivó la reunión
de otro concilio en el verano del 252 (como afirman Benson y Nelke, pero
Ritsch y Harnack prefieren el 253), en el que se decidió readmitir
enseguida a todos aquellos que estuvieran haciendo penitencia, con objeto
de que pudieran ser fortalecidos por la Sagrada Eucaristía ante
la prueba que se avecinaba. En esta persecución de Gayo y Volusiano,
la Iglesia de Roma fue nuevamente probada, pero esta vez Cipriano pudo
felicitar al papa por la firmeza mostrada; toda la Iglesia de Roma, dice
él, ha confesado unánimemente, y una vez más su fe,
alabada por el Apóstol, se ha celebrado por todo el mundo (Ep.
LX). Hacia Junio del 253, Cornelio fue exiliado a Centumcellae
(Civitavecchia), y murió ahí, siendo contado entre
los mártires por Cipriano y el resto de la Iglesia. Su sucesor,
Lucio, fue enviado de inmediato al mismo lugar al momento de su elección,
pero pronto le fue permitido regresar, y Cipriano le escribió para
felicitarlo. Murió el 5 de Marzo del 254, y fue sucedido por Esteban,
el 12 de Mayo del 254.
V. Rebautismo de los herejes
Mucho tiempo antes, Tertuliano esgrimió el argumento de que los
herejes no tienen el mismo Dios, ni el mismo Cristo como los Católicos,
por lo tanto su bautismo es nulo. La Iglesia Africana adoptó este
punto de vista en un concilio celebrado bajo un predecesor de Cipriano,
Agripino, en Cartago. En Oriente también existía la costumbre
de Cilicia, Capadocia y Galacia de rebautizar a los Montanistas que regresaron
a la iglesia. La opinión de Cipriano sobre el bautismo administrado
por heréticos fue expresada firmemente: "Non abluuntur
illic homines, sed potius sordidantur, nec purgantur delicta sed immo
cumulantur. Non Deo nativitas illa sed diabolo filios generat"
("De Unit.", XI). Un cierto obispo, Magno, escribió para
preguntar si el bautismo de los Novacianos sería respetado (Ep.
LXIX). La respuesta de Cipriano puede datarse al 255; niega que ellos
se distingan de cualquier otro de los herejes. Posteriormente encontramos
una carta en este mismo sentido, proba-blemente de la primavera del 255
(otoño, de acuerdo a d'Ales), de un concilio de treinta y un obispos
realizado bajo la presidencia de Cipriano (Ep. LXX), dirigida a dieciocho
obispos Numidios; aparentemente este fue el principio de la controversia.
Parece ser que los obispos de Mauritania no siguieron la costumbre del
Africa Proconsular y Numidia, y que el Papa Esteban les envió una
carta aprobando su adhesión a la costumbre Romana.
Cipriano, siendo consultado por un obispo Numidio, Quinto, le envió
la Ep. LXX, y respondió a sus preguntas (Ep. LXXI). El concilio
celebrado en Cartago durante la primavera del año 256, fue más
numeroso que lo usual, y sesenta y un obispos firmaron la carta conciliar
dirigida al papa explicando sus razones para rebautizar, y afirmando que
era una cuestión sobre la cual los obispos eran libres de diferir.
Este no era el punto de vista de Esteban, y de inmediato publicó
un decreto, expresando en términos aparentemente bastante perentorios,
que no sería hecha ninguna "innovación" (lo que
en términos modernos significa "ningún nuevo bautismo"),
pero la tradición Romana de imponer simplemente las manos sobre
los herejes convertidos en señal de absolución, debería
seguirse en todas partes, so pena de sufrir la excomunión. Evidentemente
esta carta fue dirigida a los obispos Africanos, y contenía algunas
censuras severas sobre el mismo Cipriano. Cipriano escribe a Jubaino,
que él está defendiendo a la única Iglesia, la Iglesia
fundada sobre Pedro - ¿Por qué entonces es llamado un prevaricador
de la verdad, un traidor de la verdad;? (Ep. LXXIII, 11). Al mismo destinatario
le envía las Ep. LXX, LXXI, LXXII; él no hace leyes para
otros, pero conserva su propia libertad. Envía también una
copia de su tratado más reciente "De Bono Patientiae".
A Pompeyo, quien le ha pedido ver una copia de la versión de Esteban,
le escribe con gran violencia: "A medida que la leas, notarás
su error más y más claramente; al aprobar el bautismo de
todas las herejías, él ha acumulado dentro de su propio
seno los pecados de todas ellas; ¡una magnífica tradición,
en efecto! ¡Qué ceguera de mente, qué depravación!
- "ineptitud", "terquedad" - tales son los adjetivos
que salen de la pluma de uno que declaró que sobre este tema había
libertad de opinión, y quien precisamente en esta carta explica
que un obispo nunca debe ser camorrista, sino dócil y enseñable.
En Septiembre del 256, se convocó un concilio todavía mayor
en Cartago. Todos estuvieron de acuerdo con Cipriano; Esteban no fue mencionado,
y algunos escritores han supuesto que el concilio se reunió antes
de que se recibiera la carta de Esteban (Ritschl, Grisar, Ernst, Bardenhewer).
Cipriano no quería que toda la responsabilidad fuera suya. Declaró
que nadie puede erigirse a sí mismo como obispo de obispos, y que
todos deben dar su propia opinión. Por lo tanto, el voto de cada
uno era dado en un pequeño discurso, y el acta ha llegado hasta
nosotros en la correspondencia Cipriánica bajo el título
de "Sententiae Episcoporum". Pero a los mensajeros
enviados a Roma con este documento les fue negada una audiencia y aún
cualquier tipo de hospitalidad por parte del papa. Entonces regresaron
prontamente a Cartago, y Cipriano buscó obtener apoyo de Oriente.
Escribió al famoso obispo de Cesarea en Capadocia, Firmiliano,
enviándole el tratado "De Unitate" y la correspondencia
sobre la cuestión bautismal. A mediados de Noviembre se recibió
la respuesta de Firmiliano, y que ha llegado hasta nosotros en una traducción
hecha por la época en Africa. Su tono es, posiblemente, más
violento que el de Cipriano (Ver FIRMILIANO). Después de esto no
sabemos más de la controversia.
Esteban murió el 27 de Agosto del 257, y fue sucedido por Sixto
II, que ciertamente comulgaba con Cipriano, y es llamado por Poncio "un
obispo bueno y amante de la paz". Probablemente fue examinando la
situación en Roma y al darse cuenta que en el Oriente se había
cometido extensamente la misma equivocación, fue que la cuestión
quedó zanjada definitivamente. Se debe recordar que, aunque Esteban
pedía obediencia incuestionable, aparentemente, y al igual que
Cipriano, consideraba este asunto como una cuestión de disciplina.
San Cipriano apoya su punto de vista sobre una inferencia equivocada de
la unidad de la Iglesia, y nadie pensó en un principio fundamental
que más tarde sería enseñado por San Agustín,
que, dado que Cristo es el autor principal, la validez del sacramento
es independiente de la indignidad del ministro: Ipse est qui baptizat.
Esto es lo que estaba implícito en la insistencia de Esteban de
que no era necesario nada más que la forma correcta, "porque
el bautismo es dado en el nombre de Cristo", y "el efecto se
debe a la majestad del Nombre". La imposición de manos ordenada
por Esteban se expresa reiteradamente in poenitentiam, sin embargo
Cipriano continúa con la discusión de que el don del Espíritu
Santo mediante la imposición de las manos no es una regeneración,
sino que debe ser subsecuente a la misma e implicarla. Esto a llevado
a algunos estudiosos a la idea de que tal vez Esteban tenía la
intención de administrar la confirmación (Duchesne), o al
menos que había sido muy mal interpretado por Cipriano (d'Ales).
Pero el pasaje (Ep. LXXIV) no necesariamente indica esto, y es bastante
improbable que la confirmación se hubiese siquiera pensado en esta
situación. Al parecer Cipriano considera la imposición de
las manos una penitencia para recibir el Espíritu Santo. En Oriente,
la costumbre de rebautizar herejes quizás habría surgido
a partir del hecho que muchos herejes no creían en la Santísima
Trinidad, y probablemente ni siquiera usaban la fórmula y la materia
correctas. Durante siglos esta práctica subsistió, al menos
en el caso de algunas herejías. Pero en Occidente rebautizar estaba
con-siderado como herético, y Africa siguió pronto esta
línea después de San Cipriano. San Agustín, San Jerónimo
y San Vicente de Lérins elogian extensamente la firmeza de Esteban
como correspondía a su posición. Pero las desafortunadas
cartas de Cipriano se convirtieron en el principal apoyo del puritanismo
de los Donatistas. San Agustín en su "De Baptismo"
las refuta una por una. No insistirá en las violentas palabras
quae in Stephanum irritatus effudit, y expresa su confianza de
que el glorioso martirio de Cipriano lo habrá expiado por sus excesos.
VI. Apelación a Roma
La Ep. LXVIII fue escrita para Esteban antes de la ruptura. Cipriano
había escuchado dos veces por boca de Faustino, Obispo de Lyons,
que Marciano, Obispo de Arles, se había unido al partido de Novaciano.
Con toda certeza el papa ya habría sido informado de esto por Faustino
y por otros obispos de la provincia. Cipriano apremia:
Debería enviar varias cartas detalladas a nuestros hermanos obispos
de la Galia, para no permitir que el obstinado y orgulloso Marciano siga
insultando nuestra hermandad…Envíe, por lo tanto, cartas
a la provincia y la gente de Arles, por las cuales, se informe que Marciano
ha quedado excomulgado, y que otro deberá tomar su lugar…para
el abundante cuerpo de los obispos, unido por el pegamento de la concordia
y el vínculo de la unidad, con objeto de que, si cualquiera de
nuestra hermandad intentara crear una herejía para herir y devastar
el rebaño de Cristo, el resto debe acudir en su ayuda…Pues
aunque somos muchos pastores, alimentamos un solo rebaño.
Parece inexplicable que Cipriano esté aquí dando razones
al papa de por qué se atrevió a interferir, y que él
le atribuya al papa la potestad para deponer a Marciano y ordenar una
nueva elección. Podríamos comparar su testimonio de que
Novaciano usurpó un poder similar como antipapa.
Otra carta está fechada un poco más tarde. Procede de un
concilio de treinta y siete obispos, y obviamente fue compuesta por Cipriano.
Está dirigida al presbítero Félix y a la gente de
Legio y Astúrica, y al diácono Aelio y a la gente de Emérita,
en España. Relata que los obispos Félix y Sabino habían
venido a Cartago para quejarse. Habían sido ordenados legítimamente
por los obispos de la provincia en lugar de los antiguos obispos, Basílides
y Marcial, quienes habían aceptado libelli durante la persecución.
Poco después, Basílides cayó enfermo y blasfemó
contra Dios; confesando su blasfemia renunció a su obispado, quedando
agradecido de que se le permitiera seguir en comunión. Marcial
había participado en banquetes paganos y había enterrado
a sus hijos en un cementerio pagano. Públicamente atestiguó
ante la presencia del procurator ducenarius que él había
renegado de Cristo. Por consiguiente, continúa la carta, tales
hombres son indignos de ser obispos, por lo que la Iglesia entera y el
anterior Papa Cornelio han decidido que los tales pueden ser admitidos
a la penitencia, pero jamás a la ordenación; como esto no
los beneficiaba, engañaron al Papa Esteban, quien se encontraba
lejos e ignorante de los hechos, y lograron ser restituidos injustamente
en sus sedes; más aún, con este fraude lo único que
consiguieron fue aumentar su culpabilidad. De este modo, la carta es una
declaración de que Esteban fue engañado maliciosamente.
No se le imputa ninguna falta, ni existe algún reclamo para revertir
su decisión o para negar su derecho a darla; simplemente se señala
que esta se basó en información falsa y, por lo tanto, era
nula. Pero es obvio que el concilio Africano solamente había escuchado
una parte, mientras que Félix y Sabino tenían que haber
presentado su causa en Roma antes de venir a Africa. En este terreno los
Africanos parecen haber emitido un juicio bastante apresurado. Pero no
se sabe nada más a este respecto.
VII. Martirio
El imperio se encontraba rodeado por hordas de bárbaros que penetraban
por todos lados. El peligro fue la señal para una renovada persecución
desatada por el Emperador Valeriano. En Alejandría San Dionisio
fue exiliado. El 30 de Agosto del 257, Cipriano fue llevado ante la presencia
del Procónsul Paterno en su secretarium. Su interrogatorio aún
existe, y forma la primera parte del "Acta proconsularia" de
su martirio. Cipriano se declara a sí mismo como Cristiano y obispo.
Él sirve al único Dios a Quien ruega día y noche
por todos los hombres y por la seguridad del emperador. "¿Perseveras
en esto?" pregunta Paterno. "Un buen deseo que Dios sabe que
no puede ser alterado." "¿Quieres entonces, partir al
exilio en Cúrubis?" "Iré." También
se le preguntaron los nombres de los presbíteros, pero replicó
que la delación estaba prohibida por las leyes; los encontrarían
con suma facilidad en sus ciudades respectivas. En Septiembre salió
a Cúrubis, acompañado por Poncio. La ciudad estaba solitaria,
pero Poncio nos cuenta que era un día soleado y agradable y que
estaba llena de visitantes, mientras que los habitantes eran muy amables.
Relata que Cipriano tuvo un sueño durante su primera noche en ese
lugar, en el que se encontraba en la corte del procónsul y era
condenado a muerte, pero por su propia petición le era aplazada
hasta la mañana. Se despertó aterrorizado, pero ya despierto
esperó la mañana con calma. Esta llegaría en el preciso
aniversario del sueño. En Numidia las medidas fueron más
severas. Cipriano escribió a nueve obispos con quienes estuvo trabajando
en las minas, con la mitad de su cabello esquilado y con insuficiente
comida y vestido. Pero aún era rico y capaz de ayudarlos. Sus respuestas
se han conservado, y tenemos también las Actas auténticas
de varios mártires Africanos que sufrieron poco después
que Cipriano.
En Agosto del 258, se enteró que el Papa Sixto había sido
muerto en las catacumbas el día 6 del mismo mes, junto con cuatro
de sus diáconos, a consecuencia de un nuevo edicto en el que se
decretaba que los obispos, presbíteros y diáconos deberían
ser enviados a la muerte de inmediato; a los senadores, patricios y otros
nobles se les confiscarían sus bienes, y si aún persistían,
serían ejecutados; las matronas serían exiliadas; los Cesarianos
(oficiales del fiscus) se convertirían en esclavos. Galerio Máximo,
sucesor de Paterno, envió a Cipriano de regreso a Cartago, y en
sus propios jardines el obispo esperó la sentencia final. Muchos
personajes ilustres le rogaban encarecidamente que huyera, pero no había
tenido alguna visión que le moviera a tomar esta medida, y sobre
todo deseaba quedarse para exhortar a los demás. Más aún,
él mismo se ocultó en lugar de obedecer la orden del procónsul
de presentarse en Utica, porque consideraba que lo correcto para un obispo
era morir en su propia sede. Al regreso de Galerio a Cartago, Cipriano
fue llevado de sus jardines por dos principes en un carruaje, pero el
procónsul estaba enfermo, y Cipriano pasó la noche en la
casa del primer princeps en compañía de sus amigos. Del
resto tenemos una vaga descripción hecha por Poncio y un reporte
detallado en las Actas proconsulares. En la mañana del día
14, se reunió una multitud "en la villa de Sexto", por
orden de las autoridades. Cipriano fue juzgado allí. Se rehusó
a sacrificar, añadiendo que en un asunto tan importante no había
lugar para reflexionar sobre las consecuencias. El procónsul leyó
su sentencia y la multitud clamó "¡Que seamos nosotros
también decapitados con él!" Fue llevado al campo,
hasta un claro rodeado por árboles, a los que muchas personas se
subieron. Cipriano se quitó su capa, y se arrodilló para
orar. Luego se quitó su dalmática y la entregó a
sus diáconos, y se quedó únicamente con su túnica
de lino esperando en silencio al verdugo, a quien ordenó le fueran
entregadas veinticinco monedas de oro. Los fieles extendieron telas y
pañuelos delante de él para recoger su sangre. Él
mismo se vendó los ojos con la ayuda de un presbítero y
un diácono, ambos de nombre Julio. Y entonces padeció. Durante
el resto del día su cuerpo fue expuesto para satisfacer la curiosidad
de los paganos. Pero en la noche los fieles lo llevaron con velas y antorchas,
en solemnidad y gran triunfo, hasta el cementerio de Macrobio Candidiano
en las afueras de Mapalia. Fue el primer obispo de Cartago en obtener
la corona del martirio.
VIII. Escritos
La correspondencia de Cipriano consta de ochenta y una cartas. Sesenta
y dos de las cuales están a su nombre y tres más a nombre
de los concilios. De esta gran colección obtenemos un retrato muy
vívido de su tiempo. La primera colección de escritos tuvo
que haber sido hecha poco antes o después de su muerte, tal y como
era conocida por Poncio. Consta de diez tratados y siete cartas sobre
el martirio. A estas se añadieron en Africa un juego de cartas
sobre la cuestión bautismal, y en Roma, al parecer, la correspondencia
con Cornelio, excepto la Ep. LXVII. Otras cartas se fueron agregando sucesivamente
a estos grupos, incluyendo algunas dirigidas a Cipriano o relacionadas
con él, sus colecciones de Testimonios, y muchos trabajos apócrifos.
A los tratados ya mencionados hay que agregar una ex-posición bien
conocida de las Oraciones del Señor; un trabajo sobre la sencillez
de la vestimenta adecuada para las vírgenes consagradas (estas
obras están basadas en Tertuliano); "De Mortalitate",
un hermoso opúsculo compuesto en ocasión de la peste que
azotó Cartago en el 252, cuando Cipriano, con maravillosa energía,
reunió un equipo de trabajadores y un gran fondo de dinero para
la atención de los enfermos y la sepultura de los muertos. Otra
obra "De Opere et Eleemosynis", por su carácter
Cristiano, su necesidad y valor satisfactorio, quizá fue escrita,
como lo señala Watson, en respuesta a la calumnia de que las generosas
donaciones de Cipriano eran sobornos para poner de su lado a las personas.
Solo uno de sus escritos está redactado en un tono severo, el "Ad
Demetrianum", en el cual contesta de manera vigorosa a la acusación
de un pagano de que el Cristianismo había traído la peste
sobre el mundo. Dos trabajos breves "De Bono Patientiae"
y "De Zelo et Liuore", aparentemente escritos durante
la controversia bautismal, fueron muy leídos en tiempos antiguos.
San Cipriano fue el primer gran escritor Latino entre los Cristianos,
ya que Tertuliano cayó en la herejía y su estilo era duro
e incomprensible. Hasta los días de Jerónimo y Agustín,
los escritos de Cipriano no tuvieron rival en Occidente. Su alabanza es
entonada por Prudencio, quien se une a Paciano, Jerónimo, Agustín
y muchos otros para atestiguar su extraordinaria popularidad.
IX. Doctrina
Lo poco que puede ser extractado de San Cipriano sobre la Santísima
Trinidad y la Encarnación es correcto, a juzgar por las normas
posteriores. Sobre la regeneración bautismal, la Presencia Real
y el Sacrificio de la Misa, su fe se manifiesta clara y repetidamente,
especialmente en la Ep. LXIV sobre el bautismo de los infantes, y en la
Ep. LXIII sobre la mezcla en el cáliz, escrita contra la costumbre
sacrílega de usar agua sin vino durante la Misa. Sobre la penitencia
es claro, como todos los antiguos, que para aquellos que han sido separados
de la Iglesia por el pecado, no hay manera de regresar excepto a través
de una confesión humilde (exomologesis apud sacerdotes), seguida
por la remissio facta per sacerdotes. El ministro ordinario de este sacramento
es el sacerdos par excellence, el obispo; pero los presbíteros
pueden administrarlo en sujeción a él, y en caso de necesidad
el relapso podría ser readmitido por un diácono. Él
no agrega, como lo haríamos nosotros en la actualidad, que en este
caso no es sacramento; tales distinciones teológicas no estaban
en su línea. No existía ni siquiera una ley canónica
incipiente en la Iglesia de Occidente en el siglo tercero. Desde el punto
de vista de Cipriano, cada obispo es responsable únicamente ante
Dios por sus acciones, aunque debe tomar en cuenta el consejo del clero
y también de los seglares en todos los asuntos importantes. El
Obispo de Cartago tenía una posición de privilegio como
jefe honorario de todos los obispos en las provincias de Africa Proconsular,
Numidia y Mauritania, los cuales eran aproximadamente cien; pero realmente
no tenía jurisdicción sobre ellos. Al parecer cierto número
de ellos se reunía en Cartago cada primavera, pero sus decisiones
conciliares no eran realmente obligatorias. Si un obispo apostatara o
se convirtiera en hereje o cometiera un pecado escandaloso, podría
ser depuesto por sus coprovinciales o por el papa. Cipriano pensaba probablemente
que las cuestiones de herejía serían siempre tan obvias
que no necesitarían mucha discusión. Es cierto que él
consideraba que Roma no debería interferir en los casos donde la
disciplina interna fuera preocupante, y que la uniformidad no era conveniente
una idea muy poco práctica. Hemos de recordar siempre que su experiencia
como Cristiano fue de corta duración, que se convirtió en
obispo casi inmediatamente después de su conversión, y que
no tenía escritos Cristianos además de las Sagradas Escrituras
para estudiar, aparte de los de Tertuliano. Evidentemente no sabía
Griego, y probablemente no estaba familiarizado con la traducción
de Ireneo. Para él, Roma era el centro de la unidad de la Iglesia;
fue la Sede de Pedro, quien era el modelo de obispo, el primero de los
Apóstoles. Diferencias de opinión entre los obispos en cuanto
al ocupante correcto de las Sedes de Arles o Emérita no involucraría
un rompimiento de la comunión, pero obispos rivales en Roma dividiría
la Iglesia, y comulgar con el equivocado sería cisma. Un tema controvertido
es si la castidad era obligatoria o sólo fuertemente requerida
sobre los presbíteros en su día. Las vírgenes consagradas
eran para él la flor de su rebaño, las joyas de la Iglesia,
entre la extrema inmoralidad del paganismo.
X. Apócrifos
Un breve tratado, "Quod Idola dii non sint", está
impresa en todas las ediciones como de Cipriano. Está copiado de
Tertuliano y Minucio Félix. Su autenticidad es aceptada por Benson,
Monceaux, y Bardenhewer, como lo fue antiguamente por Jerónimo
y Agustín. Hauss-leiter lo atribuye a Novaciano, y es rechazado
por Harnack, Watson, y von Soden. "De Spectaculis"
y "De Bono Pudicitiae" son, con bastante probabilidad,
atribuidos a Novaciano. Hay cartas bien escritas de un obispo ausente
de su rebaño. "De Laude martyrii" es de nuevo
atribuida por Harnack a Novaciano; pero esto no es aceptado en general.
"Adversus Judaeos" es quizá de un Novacianista
y Harnack la atribuye al mismo Novaciano. "Ad Novatianum"
es atribuida por harnack al Papa Sixto II. Erhard, Benson, Nelke, y Weyman
están de acuerdo con él en que fue escrita en Roma. Esto
es rechazado por Julicher, Bardenhewer, y Monceaux. Rombold cree que es
de Cipriano. "De Rebaptismate" aparentemente es el
trabajo que Genadius atribuye a un Romano llamado Ursino, c. 400. Esta
idea también fue seguida por algunos críticos tempranos
como Routh, Oudin, y últimamente por Zahn. Pero se puede afirmar
casi con certeza, que fue escrita durante la controversia bautismal bajo
el pontificado de Esteban. Proviene de Roma (Harnack y otros) o de Mauritania
(Ernst, Monceaux, d'Ales), y está dirigida contra el punto de vista
de Cipriano. La pequeña homilía "De Aleatoribus"
había sido ampliamente considerada como de su autoría hasta
hace pocos años, desde entonces fue atribuida por Harnack al Papa
Víctor, y por lo tanto registrada como el primer escrito eclesiástico
en Latín. La controversia ha ayudado a aclarar, al menos, que el
autor fue, ya sea uno muy temprano o no ortodoxo. Ha sido demostrado que
es improbable que haya sido un autor muy temprano, y Harnack admite ahora
que el trabajo es de un antipapa, sea Novacianista o Donatista.
Referencias a todos los folletos y artículos sobre el tema se
pueden encontrar en Ehrhard, en Bardenhewer, y especialmente en Harnack
(Chronol., II, 370 y subsecuentes).
"De Montibus Sina et Sion" es posiblemente anterior
a la época de Cipriano (ver Harnack, y también Turner en
Revista de Estudios Teológicos, Julio de 1906). "Ad Vigilium
Episcopum de Judaica incredulitate" está escrita por
un cierto Celso, y alguna vez se supuso por Harnack y Zahn que estaba
dirigida a un conocido Virgilio de Tapso. Pero Macholz ha convencido ahora
a Harnack que data de la persecución de Valeriano o la de Majencio.
Las dos "Orationes" son de fecha y autor desconocidos. El panfleto
"De Singularitate clericorum" ha sido atribuido por
Dom Morin y Harnack al Obispo Donatista Macrobio en el siglo cuarto. "De
Duplici Martyrio ad Fortunatum" no se encuentra en manuscritos
y aparentemente fue escrita por Erasmo en 1530. "De Pascha Computus"
fue escrita en la Pascua del año anterior al 243. Todos los apócrifos
mencionados arriba están impresos en la edición de Hartel
de Cipriano. La "Exhortatio de paenitentia" (primero
impreso por Trombelli en 1751) es ubicada en el siglo cuarto o quinto
por Wunderer, pero Monceaux la coloca en el tiempo de Cipriano. Cuatro
cartas son también proporcionadas por Hartel: la primera es comienzo
original la "Ad Donatum". Las otras son falsificaciones;
la tercera, de acuerdo a Mercati, es de un Donatista del cuarto siglo.
Los seis poemas son obra de un solo autor, de fecha incierta. La entretenida
"Cena Cypriani" se encuentra en una gran cantidad de
manuscritos Cipriánicos. Su fecha es incierta; fue reeditada por
el Beato Rabano Mauro. Sobre el uso de esta en procesiones de la temprana
Edad Media, ver Mann, "Historia de los Papas", II, 89.
Las principales ediciones de los trabajos de San Cipriano son: Roma,
1471 (la ed. princeps), dedicada a Paulo II; reimpresión, Venecia,
1471 y 1483; Memmingen, c. 1477; Deventer, c. 1477; París, 1500;
edición por Rembolt (París, 1512); por Erasmo (Basilea,
1520 y frecuentes; la edición de 1544 se imprimió en Colonia).
Una cuidadosa edición crítica fue preparada por Latino Latini,
y publicada por Manucio (Roma, 1563); Morel también abarca los
manuscritos (París, 1564); igualmente Pamele (Amberes, 1568), pero
con menor éxito; Rigault la hizo un poco mejor (París, 1648,
etc.). John Fell, Obispo de Oxford y Decano de la Iglesia de Cristo, publicó
una edición muy conocida en Inglaterra a partir de los manuscritos
(Oxford, 1682). Las disertaciones de Dodwell y los "Anales Cipriánicos"
de Pearson, quien acomodó las cartas en orden cronológico,
hacen a esta edición importante, aunque el lenguaje es pobre. La
edición preparada por Etienne Baluze fue producida después
de su muerte por Dom Prudence Maran (París, 1726), y ha sido reimpresa
varias veces, especialmente por Migne (P.L., IV y V). La mejor edición
es la de la Academia de Viena (C.S.E.L., vol. III, en 3 partes, Viena,
1868-1871), editada desde los manuscritos por Hartel. Desde entonces muchos
trabajos se han hecho sobre la historia del texto, y especialmente sobre
el orden de las cartas y tratados como lo atestigua la genealogía
de los códices.
Una lista esticométrica, probablemente hecha en
el 354, de los Libros de la Biblia, y de muchos otros trabajos de Cipriano,
fue publicada en 1886 a partir de un manuscrito entonces en Cheltenham
por MOMMSEN, Zur lat. Stichometric; Hermes, XXI, 142; ibid. (1890), XXV,
636, sobre un segundo manuscrito en St. Gall. Ver SANDAY y TURNER en Studia
Biblica (Oxford, 1891), III; TURNER en Classical Review (1892), etc.),
VI, 205. On Oxford MSS., ver WORDSWORTh en Old Lat. Biblical Texts (Oxford,
1886), II, 123; sobre Madrid MSS., SCHULZ, Th. Lit. Zeitung (1897), p.
179. Sobre otros MSS., TURNER en Journal of Th. St., III, 282, 586, 579;
RAMSAY, ibid., III, 585, IV, 86. Sobre la importancia del orden, CHAPMAN,
ibid., IV, 103; VON SODEN, Die cyprianische Briefsammlung (Leipzig, 1904).
Existen muchos puntos de interés en MER-CATI, D'alcuni nuovi sussidi
per la critica del testo di S. Cipriano (Rome, 1899).
Sobre la vida de San Cipriano: PEARSON, Annales Cyprianici, ed. FELL;
Acta SS., 14 Sept; RETTBERG, Th. Caec. Cyprianus (Gottingen, 1831); FREPPEL,
Saint Cyprien et l'Eglise d'Afrique (París, 1865, etc.); PETERS,
Der hl. Cypr. v. Karth. Ratisbon, 1877); Freppel y Peters exageran ocasionalmente
en el interés Católico. FECHTRUP, Der hl. Cyprian (Munster,
1878); RITSCHL, Cyprian v. K. und die Verfassung der Kirche (Gottingen,
1885); BENSON, Cipriano, su vida, su época, su trabajo (Londres,
1897). (Esta es la más completa y mejor biografía en inglés;
está llena de entusiasmo, pero estropeada por odios teológicos,
y de poca confianza en donde surgen puntos controversiales, sea contra
los no conformistas o contra los Católicos.) MONCEAUX, Hist. litt.
de l'Afrique chret. (París, 1902), II, un trabajo valioso. De las
relaciones de historias, enciclopedias y patrologías, la mejor
es la de BARDENHEWER, Gesch. der altkirchl. Lit. (Freiburg, 1903), II.
El orden cronológico de las cartas hecho por PEARSON se obtiene
de la edición de HARTEL. Correcciones propuestas por RITSCHL, De
Epistulis Cyprianicis (Halle, 1885), y Cyprian v. Karthago (Gottingen,
1885); por NELKE, Die Chronologie der Korresp. Cypr. (Thorn, 1902); por
VON SODEN, op. cit.; por BEN-SON y MONCEAUX. Estos puntos de vista son
discutidos por BARDENHEWER. loc. cit., y HARNACK, Chronol., II. BONACCORSI,
Le lettere di S. Cipriano in Riv. storico-critica delle scienze teol.
(Rome, 1905), I, 377; STUFLER, Die Behandlung der Gefallenen zur Zeit
der decischen Verfolgung in Zeitschrift fur Kathol. Theol., 1907, XXXI,
577; DWIGHT, St. Cyprian and the libelli martyrum in Amer. Cath. Qu. Rev.
(1907), XXXII, 478. Sobre la cronología de la controversia bautismal,
D'ALES, La question baptismale au temps de Saint-Cyprien in Rev. des Questions
Hist. (1907), p. 353.
Sobre los textos bíblicos de Cipriano: CORSSEN, Zur Orientierung
uber die bisherige Erforschung der klass. Altertumswiss. (1899); SANDAY
en Old Latin Bibl. Texts (1886), II; TURNER en Journ. Theol. St., II,
600, 610; HEIDENREICH, Der ntl. Text bei Cyprian (Bamberg, 1900); MON-CEAUX,
op. cit.; CORSSEN, Der cypr. Text der Acta Ap. (Berlin, 1892); ZAHN, Forschungen
(Erlangen, 1891), IV, 79 (sobre el texto de Cipri-ano del Apoc.). Se espera
una nueva edición (Oxford Univ. Press) de Testimonia por SANDAY
y TURNER. Prolegómenos tentativos a este por TURNER en Journal
Theological Studies (1905), VI, 246, y (1907), IX, 62. El trabajo que
ha sido interpolado; ver RAMSAY, Sobre las primeras inserciones en el
Tercer Libro del Texto de Cipriano en Journal of Theol. St. (1901), II,
276. Testimonios de los antiguos a Cipriano en HAR-NACK, Gesch. der altchristl.
Lit., I; GOTZ, Gesch. der cyprianischen Literatur bis zu der Zeit der
ersten erhaltenen Handschriften (Basle, 1891). Sobre el Latín de
San Cipriano, un excelente ensayo por WATSON, The Style and Language of
St. Cyprian in Stud. Bibl. (Oxford, 1896), IV; BAYARD, Le Latin de Saint
Cyprien (París, 1902). Las cartas de Cornelio están en Latín
vulgar (ver MERCATI, op. cit.), y la Epp. viii (anónimo) y xxi-xxiv
(Celerino, Luciano, Confesores, Caldonio); han sido editadas por MIODONSKI,
Adversus Alcatores (Erlangen and Leipzig, 1889). Sobre las interpolaciones
en De Unitate Eccl., ver HARTEL, Prefacio; BENSON, pp. 200-21, 547-552;
CHAPMAN, Les interpolations dans le traite de Saint Cyprien sur l'unite
de l'Eglise in Revue Benedictine (1902), XIX, 246, 357, y (1903), XX,
26; HARNACK en Theo. Litt. Zeitung (1903), no. 9, y en Chronol., II; WATSON
en Journal Theol. St. (1904), p. 432; CHAPMAN, ibid., p. 634, etc. Sobre
puntos particulares ver HARNACK en Texte und Untersuch., IV, 3, VIII,
2; sobre las cartas del clero Romano HARNACK en Theol. Abhandl. Carl v.
Weisacker gewid-met (Friburgo, 1896).
Sobre la teología de Cipriano se ha escrito mucho. RITSCHL es fantasioso
y poco comprensivo, BENSON es poco confiable. GOTZ, Das Chris-tentum Cyprians
(Giessen, 1896). Sobre su confianza en las visiones, HARNACK, Cyprian
als Enthusiast in Zeitschr. fur ntl. Wiss. (1902), III, ibid. Sobre la
controversia bautismal y la excomunión de Cipriano, ver GRISAR
en Zeitschr. fur kath. Theol. (1881), V; HOENSBROECH, ibid. (1891), XV;
ERNST, ibid., XVII, XVIII, XIX. POSCHMANN, Die Sichtbarkeit der Kirche
nach der Lehre des h. Cypr. (Breslau, 1907); RIOU, La genese de l'unite
catholique et la pensee de Cyprien (París, 1907). Para simples
trabajos controversiales no son necesarias referencias.
Lo mencionado arriba es sólo una selección de una inmensa
literatura sobre Cipriano y los escritos pseudo Cipriánicos, para
lo cual ver CHEVA-LIER, Bio-Bibl., y RICHARDSON, Bibliographical Synopsis.
Excelentes listas en VON SODEN, y en HARNACK, Chronol., II; las referencias
más completas en BARDENHEWER están clasificadas adecuadamente.
JOHN CHAPMAN
Transcrito por Michael T. Barrett
Dedicado a JoAnn Smull
Traducido por Salvador Gómez Contreras
Dedicado a Teresa, Luis Fernando y Juan Pablo