I. IDEAS GENERALES, CARÁCTER MORAL Y SANCIONES
PENALES
Cisma (del griego schisma, separación, división) es, en el lenguaje de la teología y
el derecho canónico, la ruptura de la unidad y unión eclesiásticas,
i.e. ya sea el acto por el cual uno de los fieles corta los vínculos
que le unen a la organización social de la Iglesia y que le hacen
miembro del cuerpo místico de Cristo, o el estado de disociación o
separación que resulta de dicho acto. En su sentido etimológico y
pleno el término aparece en los libros del Nuevo Testamento. Mediante
este nombre San Pablo caracteriza y condena los partidos formados
en la comunidad de Corinto (I Cor x, 12) : «Os ruego, hermanos», escribe,
«.... no haya cisma entre ustedes; antes sean acordes en el mismo
pensar y en el mismo sentir». La unión de los fieles, dice en otra
parte, debe manifestarse en la mutua comprensión y la acción convergente
de manera similar a la cooperación armoniosa de nuestros miembros
que Dios ha dispuesto «de manera que no pueda haber cisma en
nuestro cuerpo» (I Cor xii, 25). Así entendido, el cisma es un género
que abarca dos especies distintas: un cisma herético o mixto y un
cisma puro y simple. El primero tiene como origen o acompañamiento
la herejía; el segundo, el cual la mayoría de los teólogos designa
como cisma propia-mente dicho, es la ruptura del vínculo de subordinación
sin ir acompañado de un error persistente, directamente opuesto a
un dogma definido. Esta distinción fue delineada por San Jerónimo
y San Agustín. «Entre herejía y cisma», explica San Jerónimo, «hay
esta diferencia, que la herejía pervierte el dogma, mientras que el
cisma, por la rebelión contra el obispo, separa de la Iglesia. Sin
embargo, no hay cisma que no invente una herejía para justificar su
alejamiento de la Iglesia (En Ep. ad Tit. iii, 10). Y San Agustín:
«Mediante las falsas doctrinas referentes a Dios los heréticos
hieren la fe; mediante inicuas disensiones los cismáticos se apartan
de la caridad fraterna, aunque creen lo que nosotros creemos» (De
fide et symbolo, ix). Pero como San Jerónimo observa, práctica e históricamente,
herejía y cisma casi siempre van de la mano; el cisma conduce casi
invariablemente a la negativa de la primacía papal.
El cisma, por tanto, usualmente es mixto,
en cuyo caso, considerado desde el punto de vista moral, su perversidad
se debe principalmente a la herejía que contiene. En otro aspecto
y siendo cisma puro, es contrario a la caridad y la obediencia; contra
la primera porque corta los vínculos de la caridad fraterna, contra
la segunda porque el cismático se rebela contra la jerarquía divinamente
constituida. Sin embargo, no toda desobediencia es un cisma; para
que tenga este carácter debe incluir aparte de la trasgresión a las
órdenes de los superiores, la negativa del derecho divino para ordenar.
Por otra parte, el cisma no necesariamente implica adhesión, pública
o privada, a un grupo disidente o a una secta aparte, mucho menos
la creación de tal grupo. Llega a ser cismático cualquiera que, aunque
desee permanecer siendo cristiano, se rebele contra la autoridad legítima,
sin llegar al rechazo de la Cristiandad como un todo, lo que constituye
el delito de apostasía.
Anteriormente se consideraba correctamente
que un hombre era cismático cuando hacía caso omiso de la autoridad
de su obispo; de allí las palabras de San Jerónimo citadas arriba.
Antes de él San Cipriano había dicho: «Debe entenderse que el obispo
está en la Iglesia y ésta en el obispo, y no está en la Iglesia quién
no esté con el obispo» (Epis., Ixvi, 8). Mucho tiempo antes, San Ignacio
de Antioquía asentó este principio: «Donde está el obispo, allí está
la comunidad, así como donde está Cristo allí está la Iglesia Católica»
(Smym., viii, 2). Ahora sin embargo la evolución centralizadora que
enfatiza el papel preponderante del Soberano Pontífice en la constitución
de la unidad eclesiástica, el mero hecho de rebelarse contra el obispo
de la diócesis es a menudo un paso hacia el cisma; no es un cisma
en aquél que permanece, o reclama permanecer, sujeto a la Santa Sede.
En el sentido material de la palabra existe un cisma, que es la ruptura
del cuerpo social, si hubiera dos o más reclamantes del Papado,
cada uno de los cuales, teniendo de su lado ciertas comparecencias
de derecho y consecuentemente un número más o menos
numeroso de partidarios. Pero bajo estas circunstancias la buena fe
puede, al menos por un tiempo, evitar un cisma forma; éste
se inicia cuando la legitimidad de uno de los pontífices llega
a ser tan evidente como para hacer inexcusable la adhesión
a un rival. El cisma es considerado por la Iglesia como una falla
muy grave y se castiga con las mismas penas reservadas a la herejía,
debido a que usualmente ésta lo acompaña. Las penas son: excomunión
en la que se incurre ipso facto y que queda reservada al Soberano Pontífice (cf. Apostolicae
Sedis, I, 3); ésta es seguida por la pérdida de toda jurisdicción
ordinaria e incapacidad de recibir cualesquier beneficios o dignidades
eclesiásticos. Comunicar in
sacris con cismáticos, p.e. recibir los sacramentos de sus ministros,
asistir a los Oficios Divinos en sus templos, está estrictamente prohibido
para los fieles.
Algunos teólogos distinguen entre cisma
activo y pasivo. Por el primero entienden
apartarse deliberadamente del cuerpo de la Iglesia, renunciando libremente
al derecho de formar parte de él. Llaman cisma pasivo a la condición
de aquellos que la Iglesia por sí misma rechaza de su seno en virtud
de la excomunicación, en vista de que emprenden esa separación al
hacerse merecedores de ella, independientemente de que la deseen o
no. Por tanto, este artículo tratará directamente en forma exclusiva
con el cisma activo, o cisma propiamente dicho. Es claro, sin embargo,
que el llamado cisma pasivo no solamente no excluye el otro, sino
que a menudo lo supone tanto en teoría como de hecho. Desde este punto
de vista es imposible comprender la actitud de los protestantes
que siguen responsabilizando de la separación a la Iglesia que abandonaron.
Se prueba a través de todos los monumentos históricos y especialmente
mediante los escritos de Lutero y Calvino que, antes del anatema pronunciado
contra ellos en el Concilio de Trento, los líderes de la Reforma habían
proclamado y repetido que la Iglesia Romana era la Babilonia
del Apocalipsis, la sinagoga de Satán, la sociedad del Anticristo;
que ellos debían alejarse de ella y que lo ha-cían así para re-entrar
al camino de la salvación. Y en esto ajustaron la acción a sus palabras.
Así el cisma lo completaron cabalmente antes de que fuera solemnemente
establecido por la autoridad que ellos rechazaban y que transformado
por dicha autoridad en una justa sanción penal.
II.
EL CISMA A LA LUZ DE LA ESCRITURA
Y LA TRADICION
Como el cisma en su definición y pleno sentido es la
negación práctica de la unidad eclesial, la explicación del primero
requiere una clara definición de la segunda y probar la necesidad
de ésta para establecer la malicia intrínseca del cisma. En realidad
los textos de la Escritura y la Tradición muestran que estos aspectos
de la misma verdad están tan estrechamente unidos que el paso de uno
a otro es constante y espontáneo. Cuando Cristo construyó sobre Pedro
como fundamento firme del edificio indestructible de su Iglesia, de
ese modo Él indicó su unidad esencial y especial mente su unidad
jerárquica (Mt xvi, 18). Él expresó el mismo pensamiento cuando se
refirió a los fieles como un Reino y como un rebaño: «Tengo otras
ovejas, que no son de este redil: también debo traerlas y ellas oirán
mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn x, 16). La unidad
de la fe y adoración es indicada más explícitamente por las palabras
que esbozan la solemne mi-sión de los Apóstoles: «Vayan pues, y enseñen
a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo» (Mt xxviii, 19). Estas diversas formas de unidad
son el obje to de la oración después de la Ultima Cena, cuando Cristo
ruega por Él mismo y pide «que sean uno» como el Padre y el Hijo son
uno (Jn xvii, 21-22). Aquellos que violan las leyes de la unidad llegarán
a ser extraños a Cristo y a su familia espiritual: «Y si él no escucha
a la Iglesia, sea para ti como gentil o publicano» (Mt xviii, 17).
A imitación fiel de la enseñanza de su Maestro, San
Pablo a menudo se refiere a la unidad de la Iglesia, describiéndola
como un edificio, como un cuerpo, un cuerpo entre cuyos miembros existe
la misma solidaridad que hay entre los miembros del cuerpo humano
(1 Cor xii; Ef 4). Él ennumera sus diversos aspectos y fuentes: «Porque
en un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo....
y hemos bebido en un solo Espíritu» (1 Cor xii, 13); porque nosotros,
siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo, todos los que participamos
de un mismo pan» (1 Cor x, 17). Él lo resume en la siguiente fórmula:
«Un solo cuerpo y un solo Espíritu....un solo Señor, una sola fe,
un solo bautismo (Ef iv, 4-5). Finalmente llega a la conclusión lógica
cuando anatematiza las novedades doctrinales y a sus autores (Gal
i, 9), igualmente cuando escribe a Tito: «Al hombre que es hereje,
después de la primera y segunda amonestación, evítalo» (Tit iii, 10);
y de nuevo cuando con tanta energía condena las disensiones de la
comunidad de Corinto: «Hay discordias entre ustedes... cada uno de
ustedes dice: Yo, en realidad, soy de Pablo; y yo soy de Apolo; y
yo de Cefás; y yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Entonces Pablo
fue crucificado por ustedes, o fueron bautizados en su nombre? (1
Cor i, 11-13). «Ahora, les ruego hermanos, por el nombre de nuestro
Señor Jesucristo, que todos hablen la misma cosa y no haya cismas
entre uste- des; sino que tengan el mismo pensar y el mismo sentir»
(1 Cor i, 10). San Lucas hablando en elogio de la primitiva Iglesia
menciona su unanimidad de creencia, de obediencia y de adoración:
«Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la unión,
en la fracción del pan y en la oración» (He ii, 42). Toda la primera
carta de San Juan está dirigida contra los innovadores y cismáticos
contemporáneos; y el autor, en contraste a los miembros de la Iglesia,
los Hijos de Dios,
los considera como extraños a ésta y les llama los hijos
del diablo (1 Jn iii, 10); los hi-jos del mundo
(iv, 5), e incluso Anticristo (ii, 22; y iv, 3).
La misma doctrina es encontrada en todas las evidencias
de la Tradición, comenzando por las más antiguas. Antes del fin del
primer siglo San Clemente escribiendo a la Iglesia de Corinto para
restablecer la paz y la armonía fuertemente inculca la necesidad de
la sumisión al heugomenos (1 Cor i, 3), «a los guías de
nuestras almas» (lxiii, 1) y a los «presbíteros» (xlvii, 6; liv, 2;
lvii, 1). Es, dice, un «grave pecado» despreciar la autoridad de ellos
como lo están haciendo los corintios (xliv, 3, 4, 6; xlvii, 6); es
un deber honrarles (i, 3; xxi, 6). No debe haber división en el cuerpo
de Cristo (xlvi, 6). La razón fundamental para todo esto es el orden
jerárquico divinamente instituio. La obra de Cristo es de hecho continuada
por los Apóstoles, a quienes envió Cristo como Él fue enviado por
Dios (xlii, 1, 2). Fueron ellos quienes establecieron los «episcopi y diáconos» (xlii, 4) y decidieron que otros deberían sucederlos
en su ministerio (xliv,2). Así explica él la gravedad del pecado y
la severidad de las reprimendas dirigidas a los fomentadores de problemas.
«¿Por qué habría de haber entre ustedes diputas, querellas, disensiones,
cismas y guerra? ¿No tenemos un único y el mismo Dios, un único
y el mismo Cristo? ¿No es el mismo espíritu de gracia que ha sido
derramado sobre nosotros? ¿No tenemos una vocación común en Cristo?
¿Por qué dividir y separar a los miembros de Cristo?, ¿por qué estar
en guerra con nuestro propio cuerpo?, ¿por qué ser tan tontos como
para olvidar que somos miembros un so lo cuerpo?» (xlvi, 5-7).
San Ignacio insiste no menos enérgicamente en la necesidad de la unidad
y el peligro del cisma. Él es el primer autor en quien encontramos
la unidad episcopal claramente delineada, y ruega a los fieles se
coloquen al lado de los presbíteros y diáconos y especialmente
a través de ellos y con ellos se coloquen al lado del obispo: «Es
adecuado que ustedes tengan una misma mente con el obispo, como la
tienen, porque el venerable presbiterado de ustedes está ad-herido
al obispo como las cuerdas a la lira» (Eph, vi, 1); «ustedes no deben
aprovecharse de la edad de su obispo, sino, estando atentos al poder
de Dios Padre, muéstrenle de todas las maneras (posibles) el
respeto, como lo hacen los santos sacerdotes» (Magn., iii, 1). El
obispo es centro y pivote de la Iglesia: «Donde está él, allí debería
estar la comunidad» (Smyrn., xi, 1). Los deberes de los fieles hacia
la jerarquía están resumidos en uno: estar unidos a ella en sentimiento,
fe y obediencia. Deben ser siempre sumisos al obispo, al presbiterado
y a los diáconos (Eph., ii, 2; v, 3; xx, 2; Magn.,
ii; iii, 1; vi, 1,2; xiii, 2; Trall., ii, 1,2; xiii, 2;
Philad., vii, 1; Smyrn., viii, 1; Polyc.,
vi, 1). Jesucristo siendo la palabra del Padre y el obispo estando
en la doctrina de Cristo (en Iesou christou gnome) es adecuado adherirse
a la doctrina del obispo (Eph., iii, 2; iv, 1); «Aquellos que pertenecen
a Dios y a Jesucristo se alían ellos mismos con el obispo.
Hermanos, no se dejen engañar; cualquiera que sigue a un cismático
no heredará el Reino del Cielo» (Phi-lad., iii, 2,3). Finalmente como
el obispo es el centro doctrinal y disciplinario así también es el
centro litúrgico: «Que la Eucaristía es lícita cuando la consagra
el obispo o a quién él designe.... está prohibido bautizar o celebrar
el ágape sin el obispo; lo que él aprueba es lo agradable a Dios,
para que todo lo que se haga sea estable y válido» (Smyrn., viii,
1,2).
Hacia el fin del siglo segundo San Ireneo alaba en
términos resplandecientes la unidad de la Iglesia universal «la cual
tiene un solo corazón y una sola alma, cuya fe está a su cuidado»
y que parece «como el único sol que ilumina el mundo entero» (Adv.
haeres., i, 10). Condena toda división doctrinal, basando sus argumentos
en la autoridad magisterial de la Iglesia en general y de la Iglesia
Romana en particular. La doctrina de salvación, predicada por los
Apóstoles, es preservada en las Iglesias fundadas por ellos; pero
puesto que tomaría demasiado tiempo preguntar a todas las Iglesias
Apostólicas es suficiente volverse a la de Roma: «Porque la Iglesia
entera, que son todos los fieles del mundo, deberían estar de acuerdo
con esta Iglesia Romana, debido a su preeminencia superior; y en la
que todos los fieles han preservado la tradición Apostólica» (iii,
2, 3). Es por tanto de la máxima necesidad adherirse a esta Iglesia
porque donde está ella, hay toda la gracia y el espíritu es la verdad
(iii, 24). Pero adherirse a esta Iglesia es someterse a la jerarquía,
a su viviente e infalible magisterio: «Los sacerdotes de la Iglesia
han de ser obedecidos, aquellos que son los sucesores de los Apóstoles
y quienes con la sucesión episcopal han recibido un carisma cierto
y seguro de verdad.... Aquellos que dejan a los sucesores de los Apóstoles
y se reúnen en un lugar separado deben ser considerados con sospecha
o como heréticos, como hombres de malvadas doctrinas, o como cismáticos.
Los que rompen la unidad de la Iglesia recibirán el castigo divino
dado a Jeroboam; todos ellos deben ser evitados» (iv, 26).
Al inicio del tercer siglo, Clemente de Alejandría
describe la Iglesia como la ciudad del Logos
que debe ser buscada porque es la reunión de todos aquellos a quienes
Dios desea salvar (Strom., iv, 20; vii, v; Paedag.,
i, 6; iii, 12). Orígenes es más explícito; para él la Iglesia es también
la ciudad de Dios (Contra Cels., iii, 30), y agrega: «Que nadie
sea engañado; fuera de es ta morada, esto es fuera de la Iglesia,
nadie se salva. Si alguien la deja, él mismo será responsable de u
muerte» (In lib. Jesu Nave, Hom., iii, 5). En Africa, Tertuliano igualmente
condena toda separación de la Iglesia existente. Es famosa su De
praescriptionibus, y la tesis fundamental de la obra, inferida
de su mismo título, es resumida en la prioridad de la verdad y la
relativa novedad del error (principalitatem veritatis et posteritatem
mendacii), implicando así la prohibición de retirarse de la guía del
magisterio viviente: «Si el Señor Jesucristo envió a Sus Apóstoles
a predicar, debemos concluir que no debemos recibir a otros predicadores
más que los nombrados por Él. Lo que ellos han predicado, en otras
palabras, lo que Cristo les reveló, solamente puede ser establecido
por las Iglesias fundadas por los Apóstoles mismos, a quienes ellos
predicaron el Evangelio de palabra y por escrito» (De praescri., xxi).
Pero el gran campeón africano de la unidad eclesiástica
fue San Cipriano, contra los cismáticos de Roma y de Cartago. Él concibió
esta unidad como descansando en la autoridad de los obispos, en su
mutua unión y en la preeminencia del Romano Pontífice: «Dios es uno,
Cristo es uno, una es la Iglesia y una la sede fundada sobre Pedro
por la palabra del Señor» (Epist. lxx); «Nosotros los obispos que
gobernamos la Iglesia, debemos sostener y apoyar esta unidad, para
mostrar que el episcopado en sí mismo es uno e indiviso» (De ecclesiae
unit., v); «Sepan que el obispo está en la Iglesia y ésta en el obispo,
y que si alguien no está con el obispo, tampoco está con la Iglesia....
La Iglesia Católica es una sola, formada por la armoniosa unión de
los pastores quienes se apoyan mutuamente» (Epist. lxxvi, 5). Para
la unidad de la fe debe haber unidad litúrgica: «Un segundo altar
y un nuevo sacerdocio no pueden establecerse al lado del único altar
y del único sacerdocio» (Epist. lii, 24). Cipriano no veía ninguna
razón legítima para el cisma porque «que bribón, que traidor, que
loco estaría tan extraviado por el espíritu de discordia para creer
que está permitido desgarrar, o quién se atrevería a rasgar la unidad
divina, la vestimenta del Señor, la Iglesia de Jesucristo?»
(De eccles. unit., viii); «La esposa de Cristo es casta e incorruptible.
Quienquiera que abandona la Iglesia para seguir a una adúltera, renuncia
a las promesas de la Iglesia. El que abandona a la iglesia de Cristo
no recibirá las recompensas de Cristo. Llega a ser un extraño, un
impío, un enemigo. Dios no puede ser el Padre para aquel quien
la Iglesia no es su madre. Lo mismo que pudo salvarse alguien fuera
del Arca de Noé, así puede salvarse fuera de la Iglesia.... Quien
no respecta su unidad (de la Iglesia), no respetará la ley de Dios;
ése no tiene fe en el Padre y el Hijo, sin vida, sin salvación» (op.cit.,
viii).
Desde el siglo cuarto la doctrina de la unidad de la
Iglesia fue tan clara y universalmente admitida que es casi superfluo
citar testimonios particulares. Las largas polémicas de Optato de
Milevis (De Schism. Don., P. L. XI) y de San Agustín (especialmente
en De unit.eccl., P.L., XLIII) contra los donatistas,
a quienes acusa de estar separados del antiguo y primitivo tronco
de la Cristiandad. Y para aquellos que representan su grupo como una
porción de la Iglesia universal, San Agustín respondió: «Si ustedes
están en comunión con el mundo cristiano, envíen cartas a las Iglesias
Apostólicas y enséñenos sus respuestas» (Ep., xliv, 3). Estas cartas
(litteræ formatæ) entonces constituían una de las marcas y elementos
auténticos de la unidad visible. Respecto a las diversas formas de
esta unidad que él explica, San Agustín concuerda con San Cipriano
al mantener que fuera de ella no hay salvación: «Salus extra ecclesiam
non est» (De bapt., iv, 24), y agrega en confirmación de esto que
fuera de la Iglesia los medios de salvación, el bautismo y aun el
martirio no servirán para nada, porque el Espíritu Santo no es comunicado.
Durante el mismo siglo la supremacía romana empezó a enfatizarse como
factor de unidad. Jesucristo, dice San Optato, quiso adjuntar la unidad
a un centro definido; con este fin, El hizo a «Pedro cabeza de todos
los Apóstoles; a él (Cristo) le dio primero la sede episcopal de Roma,
en cuya única sede debe preservarse la unidad para todos; es, por
tanto, un pecador y cismático aquel que erige otra sede en oposición
a ella» (De schism. Don., ii, 2);
«El cuidado por asegurar la unidad hizo que el bendito Pedro
fuera preferido antes que todos los Apóstoles y recibiera, él solo,
las llaves del Reino de los Cielos, para que pueda admitir a otros»
(vii, 3). Paciano de Barcelo también dice que Cristo dio únicamente
a Pedro el poder de las llaves «para hacerlo, a él solo, fundamento
y principio de la unidad» (ad unum ideo ut unitatem fundaret ex uno
Epist., iii, 11).
Escritores más contemporáneos en la Iglesia Latina,
Hilario, Victorino, San Ambrosio, el Ambrosiaster, San Jerónimo, hablan
de manera similar y bastante explícita. Todos consideran a Pedro como
el fundamento de la Iglesia, el Príncipe de los Apóstoles, que fue
constituido cabeza perpetua para cortar cualquier intento de cisma.
«Donde está Pedro,» concluye San Ambrosio, «allí está la Iglesia;
donde está la Iglesia no hay muerte sino vida eterna» (In Ps., xl,
30). Y San Jerónimo: «Ese hombre es mi elección quién permanece en
unión con la silla de Pedro» (Epist., xvi, 2). Ambos declaran, como
San Optato, que estar fuera de la comunión romana es estar fuera de
la Iglesia, pero ponen especial énfasis en la autoridad jurisdiccional
y magisterial del centro de la unidad. Sus textos son clásicos: «Debemos
tener recurso a tu clemencia, rogándote que no dejes la cabeza del
mundo romano, la Iglesia Romana, y que no se altere la santísima Fe
Apostólica; porque de ella derivan todos los derechos de la comunión
católica» (Ambrosio, Ep., xi, 4). «Yo, que no sigo otra
guía que Cristo, estoy en comunión con Su Santidad, esto es con la
silla de Pedro. Yo sé que la Iglesia está construida sobre esta roca.
Quienquiera que comparte el Cordero fuera de esta casa comete sacrilegio.
Quien contigo no recoge, desparrama: en otras palabras, quién no está
con Cristo está con el Anticristo» (Jerónimo, WEpist.,
xv, 2).
El Oriente también vio en Pedro y en la sede episcopal
por él fundada la piedra angular de la unidad. Dídimo llama a Pedro
«el corifeo, la cabeza, quien fue primero entre los Apóstoles, a través
de quien los demás recibieron las llaves» (De Trinit., i, 27, 30;
ii, 10, 18). Epifanio también lo considera como «el corifeo de los
Apóstoles, la roca firme sobre la que descansa la fe inamovible» (Anchor.,
ix, 34; Hær., lix, 7, 8) y San Crisóstomo habla incesantemente
de los privilegios conferidos a Pedro por parte de Cristo. Adicionalmente
los griegos reconocieron en la Iglesia Romana una preeminencia y consecuentemente
un indiscutible papel unificador reconociendo su derecho a intervenir
en las querellas de las Iglesias particulares, como está probado por
los casos de Atanasio, Marcelo de Ancira y Crisóstomo. En este sentido
San Gregorio Nazianceno llama a la antigua Roma «el presidente del
universo, ten proeodron ton olon (Carmen de vita sua),
y es también la razón por la que aun los partidarios de Eusebio estuvieron
dispuestos a que el caso de Atanasio, después que ellos lo habían
aprobado, debiera ser sometido al juicio del Papa (Atan., Apol.contra
Arian, 20).
III. INTENTOS
DE LEGITIMAR EL CISMA
Los textos anteriores son suficientes para establecer
la gravedad del cisma desde el punto de vista de la economía de la
salvación y de la moral. A este respecto puede ser de interés citar
la opinión de Bayle, un escritor libre de la sospecha de parcialidad
y de juicio tolerante: «No conozco», escribe, «un crimen más grave
que el de desgarrar el cuerpo místico de Jesucristo, Su Iglesia
que Él compró con Su propia sangre, la madre que nos engendró para
Dios, la que nos nutrió con la le che de la comprensión,
la que nos guía a la vida eterna» (Supplement to Philosophical Comment, prefacio).
Varios motivos se han alegado para justificar el cisma:
(1) Algunos han reclamado que la introducción de abusos
en la Iglesia, novedades dogmáticas o litúrgicas, supersticiones,
con las cuales no se les permite, e incluso se les fuerza a no, aliarse.
Sin entrar en los fundamentos de tales acusaciones debería notarse
que los autores citados arriba no mencionan ni admiten una sola excepción.
Si aceptamos sus declaraciones, la separación de la Iglesia es necesariamente
un mal, un acto dañino y culpable, el abandono del verdadero camino
de salvación y esto, independientemente de todas las circunstancias
contingentes. Además las doctrinas de los Padres excluyen a
priori cualquier intento de justificación; para usar sus palabras,
está prohibido para los individuos o para las Iglesias nacionales
o particulares, constituirse en jueces de la Iglesia universal; el
mero hecho de tener tal intento conlleva su propia condenación. San
Agustín resumió toda su controversia contra los donatistas en la máxima:
«El mundo entero sin vacilar los declara equivocados a quienes por
sí mismos se separan del mundo entero en cualquier porción del mismo»
(quapropter secururs judicat orbis terrarum bonos non esse qui se
dividunt ab orbe terrarum, in quacumque parteorbis terrarum). Aquí
puede citarse nuevamente a Bayle: «Los protestantes presentan sólo
razones discutibles; no ofrecen nada convincente, ninguna demostración:
prueban y objetan, pero hay réplicas a sus pruebas y objeciones; responden
y se les contesta incesantemente; ¿por esto vale la pena crear un
cisma?» (Dict. crit., art.
Nihusius).
(2) Otros cismáticos han defendido la división de los
artículos del Credo en fundamentales y no fundamentales. Bajo ARTICULOS
FUNDAMENTALES se muestra que esta distinción, total-mente desconocida
hasta el siglo dieciséis y repugnante a la concepción misma de la
fe divina, es condenada en la Escritura y, queriendo una clara línea
de demarcación, autoriza las más monstruosas divergencias. La indispensable
unidad de la fe se extiende a todas las verdades reveladas por Dios
y transmitidas por los Apóstoles. La Tradición repite, a través de
diferentes formas, todo lo que Ireneo escribió: «La Iglesia extendida
por toda la tierra, recibió de los Apóstoles y sus discí-pulos la
fe en un solo Dios» (aquí siguen las palabras del Credo), luego el
escritor continúa: «Depositaria de esta predicación y de esta fe,
la Iglesia que se multiplica a través de todo el mundo, las vigila
tan diligentemente como si ella habitara en una sola casa. Ella cree
unánimemente en estas cosas como si tuviera un solo corazón y una
sola alma; ella las predica, las enseña y da testimonio de ellas como
si no tuviera sino una sola boca. Aunque hay en el mundo diferentes
lenguajes no hay sino una única e idéntica corriente de tradición.
Ni las Iglesias fundadas en Galia, ni las establecidas entre los iberos,
ni las de los países de los celtas, ni las del Oriente, ni las de
Egipto, ni las de Libia, ni las del centro del mundo presentan alguna
diferencia de fe o de predicación; pero como el sol creado por Dios
es uno y el mismo a través de todo el mundo, así una sola luz, una
única predicación de la verdad, ilumina todos los lugares e ilustra a todos los hombres que quieren lograr el conocimiento
de la verdad» (Adv. Hær., i, 10). Se ha mostrado arriba cómo el Obispo
de Lyons declaró que los continuadores del ministerio Apostólico eran
los «presbíteros de la Iglesia», y que un hombre era cristiano y católico
sólo a condición de obedecerlos sin reservas.
(3) La teoría del feliz punto medio o via media defendida por los anglicanos,
especialmente por los líderes de Oxford a principios del siglo XIX
como una vía de escape de las dificultades del sistema de artículos
fundamentales, es igualmente inaceptable. Newman demostró y exaltó
al máximo de su talento su Via Media, pero pronto reconoció
su debilidad, la abandonó y rechazó aun antes de su conversión al
Catolicismo. De acuerdo a esta teoría para salvaguardar la unidad
y evitar el cisma bastaba permanecer firme mediante la Escritura como
es interpretada por cada in-dividuo bajo la dirección, o con la ayuda
de, la tradición. En cualquier caso la Iglesia no debería ser considerada
como infalible, sino sólo como testigo digno de confianza con respecto
al verdadero sentido del texto inspirado cuando ella testifica de
una interpretación recibida de los tiempos Apostólicos. Parece innecesario
señalar el carácter iluso y casi contradictorio que tal regla asigna
a la autoridad magistral viviente; obviamente no reúne las condiciones
para la unidad de creencia que requiere conformidad con la Escritura
y, no menos, con la autoridad viviente de la Iglesia, o más exactamente,
que implica la obediencia absoluta a la infalible autoridad magistral
-tanto para la que interpreta la Escritura como para la que preserva
y transmite bajo cualquier otra forma el depósito de la Revelación.
San Ireneo es más explícito en todos estos puntos:
de acuerdo a él la fe es probada, y sus enemigos confundidos igualmente,
por la Escritura y la tradición (Adv. Hær., iii, 2), pero el auténtico
guardián de ambas es la Iglesia, i.e. los obispos como sucesores de
los Apóstoles: «La tradición Apostólica se manifiesta a través de
todo el mundo y en todas partes en la Iglesia está al alcance de aquellos
que desean conocer la verdad; porque podemos enumerar los obispos
establecidos por los Apóstoles, así como sus sucesores hasta el día
de hoy (op.cit., iii). A estos guardianes, y a ellos únicamente, deberíamos
recurrir con confianza: «La verdad que es fácil de conocer a través
de la Iglesia no debe ser buscada en otro lado; en la Iglesia en la
que como rico tesoro, los Apóstoles depositaron la totalidad de lo
que atañe a la verdad: de ella quien lo desee recibirá la poción de
vida. Ella es la puerta de la vida; todos los demás son ladrones y
salteadores» (iii, 4). Tal es la autoridad de la tradición viva que,
a falta de Escritura, debe recurrirse a la tradición sola. «¿Qué seríamos
si los Apóstoles no nos hubieran dejado las Escrituras? ¿No tendríamos
que recurrir a la tradición que ellos confiaron a quien encargaron
del gobierno de las Iglesias? Esto es lo que hacen muchos pueblos
bárbaros que creen en Cristo y que guardan la ley de la salvación
escrita en sus corazones por el Espíritu Santo, sin tinta o papel
y que fielmente conservan la antigua tradición» (iii, 4). Es claro
que con la asistencia del Espíritu Santo la autoridad didáctica de
la Iglesia es preservada del error; «Donde está la Iglesia, allí está
el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios,
allí está la Iglesia con todas las gracias y con el Espíritu de verdad»
(iii, 24). «Esto es
el por qué debe darse obediencia a los presbíteros
que están en la Iglesia, y que habiendo sucedido a los Apóstoles,
junto con la sucesión episcopal han recibido por voluntad del Padre
un cierto carisma de verdad» (iv, 26). Esto se encuentra bastante
alejado de las afirmaciones del camino-medio y las restricciones de
la Escuela de Oxford. La misma conclusión puede sacarse de la declaración
de Tertuliano sobre la imposibilidad de resolver una dificultad o
terminar una querella recurriendo a la Escritura sola (De præscript.,
xix), y de las palabras de Orígenes: «Puesto que entre los muchos
que presumen de una doctrina en conformidad con la de Cristo hay algunos
que no concuerdan con sus predecesores, todos adhirámonos a la doctrina
eclesiástica trasmitida de los Apóstoles vía la sucesión y preservada
en la Iglesia hasta el día de hoy: no tenemos ninguna ver-dad en la
cual creer sino la que no se desvía de la tradición eclesiástica y
Apostólica» (De princip., præf., 2).
IV. PRINCIPALES
CISMAS
En este mundo la Iglesia es militante y como tal, expuesta
a conflictos y prebas. Siendo la que es la condición humana, los cismas
locales o parciales han de producirse: «Oigo», dice San Pablo, «que
.... hay cismas entre ustedes; y en parte lo creo. Porque es preciso
que haya herejías, a fin de que se destaquen los de probada virtud
entre ustedes (1 Cor xi, 18-19). En el pleno y primitivo sentido de
la palabra cada seria ruptura de la unidad y consecuentemente cada
herejía es un cisma. Este artículo, sin embargo, pasará por alto la
larga serie de herejías y tratará solamente aquellas deserciones o
sectas religiosas a las que los historiadores comúnmente dan el nombre
específico de cismas, porque muy frecuentemente, y al menos al comienzo
de cada una de tales divisiones sectarias, el error doctrinal solamente
fue un accesorio. Serán tratadas en orden cronológico y las más importantes
en forma breve, siendo éstas objeto de artículos especiales en la
ENCICLOPEDIA.
(1) Ya se ha hecho mención de los cismas
de la naciente Iglesia de Corinto, cuando se dijo entre sus miembros:
«Yo, en realidad, soy de Pablo; y yo de Apolo; y yo de Cefas; y yo
de Cristo». La enérgica intervención de San Pablo les puso fin.
(2) De acuerdo a Hegesipo, la sección más avanzada
de judaizantes o Ebionitas en Jerusalén siguieron al obispo Thebutis
contra San Simeón y después de la muerte de Santiago en el año 63
de nuestra era, se separaron de la Iglesia.
(3) Hubo numerosos cismas locales en los siglos tercero
y cuarto. En Roma el Papa San Calixto (217-22) fue combatido por un
partido que tomó de pretexto la suavidad con que él aplicaba la disciplina
penitencial. Hipólito se colocó a sí mismo como obispo a la cabeza
de estos malcontentos y el cisma se prolongó bajo los dos sucesores
de San Calixto, San Urbano I (222-30) y San Ponciano (230-35).
No hay duda que Hipólito volvió al redil de la Iglesia (cf. dAlès,
La théol. de s.Hippolyte.
Paris, 1906, introducción).
(4) En el 251 cuando San Cornelio fue electo a la Sede
de Roma una minoría estableció a Novaciano como antipapa, siendo
de nuevo el pretexto el perdón que San Cornelio prometió a aquellos
que después de haber apostatado se arrepintieran. A través de un espíritu
de contradicción Novaciano fue tan lejos como para negar el perdón
aun a los agonizantes y la severidad fue extendida a otras categorías
de pecados graves. Los novacianos buscaban formar una Iglesia de santos.
En Oriente se denominaron a sí mismos katharoi, los puros. Grandemente bajo el
influjo de esta idea administraron un segundo bautismo a los que habían
desertado del Catolicismo y retornado a sus filas. La secta se desarrolló
grandemente en los países de Oriente, donde subsistieron hasta el
siglo VII, siendo reclutados no solamente de la defección de católicos
sino también del ascenso de los Montanistas.
(5) Durante el mismo período la Iglesia en Cartago
fue también presa de divisiones intestinas. San Cipriano sostuvo en
medida razonable los principios tradicionales referentes a la penitencia
y no dio a las cartas de los confesores, llamadas libelli
pacis, la importancia deseada por algunos. Uno de los principales
adversarios fue el sacerdote Donato Fortunato quien llegó a ser el
obispo del partido, pero el cisma, que fue de corta duración tomó
el nombre del diácono Felicísimo quien jugó un papel importante.
(6) Con la llegada del siglo IV Egipto fue el escenario
del cisma de Melesio, obispo de Lycópolis, en la Tebaida. Sus causas
no son conocidas con certidumbre; algunos autores antiguos lo atribuyen
a tendencias rigoristas en la penitencia, mientras que otros dicen
que fue ocasionado por la usurpación del poder por parte de Melesio,
notablemente el hacer ordenaciones fuera de su diócesis. El Concilio
de Nicea trató con este cisma, pero no tuvo éxito en erradicarlo en
su totalidad; y hubo vestigios de él hasta el siglo V.
(7) Algo más tarde el cisma de Antíoco, originado por
los problemas del Arrianismo, presenta complicaciones peculiares.
Cuando el obispo Eustacio fue depuesto en el 330 una pequeña parte
de su rebaño le permaneció fiel, aunque la mayoría siguió a los arrianos.
El primer obispo creado por ellos fue sucedido (en el 361) por Melesio
de Sebaste en Armenia, quien por la fuerza de las circunstancias llegó
a ser líder de un segundo partido ortodoxo. De hecho Melesio no se
apartó fundamentalmente de la Fe de Nicea, y pronto fue rechazado
por los arrianos; por otro lado, no fue reconocido por los eustacianos,
quienes vieron en él la elección de los heréticos y también lo censuraron
por algunas diferencias meramente terminológicas. El cisma duró hasta
cerca del 415. Paulino (m.388) y Evagrio (m.392), obispos eustacianos,
fueron reconocidos en Occidente como los verdaderos pastores, mientras
que en Oriente los obispos seguidores de Melesio fueron considerados
como legítimos.
(8) Después del destierro del Papa San Liberio en el
355, el diácono Félix fue escogido para reemplazarlo y tuvo seguidores
aun después del regreso del Papa legítimo. El cisma, apagado un tiempo
por la muerte de Félix, fue revivido a la muerte de San Liberio y
la rivalidad produjo sangrientos enfrentamientos. Tomó varios años
después de la victoria de San Dámaso para que la paz quedara totalmente
restaurada.
(9) El mismo período testimonió el cisma de los Luciferianos.
Lucifer, obispo de Calaris o Cagliari, se disgustó con Atanasio y
sus amigos quienes en el Sínodo de Alejandría (362) habían perdonado
a los semi-arrianos arrepentidos. Él mismo había sido culpado por
Eusebio de Vercelli por su prisa en ordenar a Paulino, obispo de los
eustacianos, en Antioquía. Por estas dos razones, se separó de la
comunión de los obispos católicos. Por algún tiempo el cisma ganó
adherentes en Cerdeña, donde se había originado, y en España, donde
Gregorio, obispo de Elvira, fue su principal instigador.
(10) Pero el cisma más importante de los cismas del
siglo IV fue el de los Donatistas (q.v.). Estos sectarios fueron notables
por su obstinación y fanatismo, así como por los esfuerzos y los escritos
que más bien inútilmente multiplicaron contra ellos San Agustín y
San Optato de Milevis.
(11) El cisma de Acacio pertence al final del siglo
V. Está conectado a la promulgación hecha por el emperador Zenón del
edicto conocido como Henoticon. Emitido con la intención de poner
fin a las querellas cristológicas, este documento no satisfizo ni
a católicos ni a monofisitas. El Papa San Félix II excomulgó a sus
dos verdaderos autores, Pedro Mongo, obispo de Alejandría y a Acacio
de Constantinopla. Siguió un rompimiento entre Oriente y Occidente
que duró durante treinta y cinco años. A instancias del general Vitaliano,
protector de la ortodoxia, Anastasio, sucesor de Zenón, prometió satisfacción
a los adherentes al Concilio de Calcedonia y la convocatoria de un
concilio general, pero mostró tan poca voluntad en la cuestión de
la unión que no se restauró hasta el 519 por medio de Justino I. La
reconciliación recibió sanción oficial en una profesión de Fe la cual
fue suscrita por los obispos griegos y que, dado que fue enviada por
el Papa San Hormisdas, es conocida en la historia como la Fórmula
de Hormisdas.
(12) En el siglo VI el cisma de Aquilea fue causado
por el consentimiento del Papa Vigilio a la condenación de los Tres
Capítulos (553). Las provincias eclesiásticas de Milán y Aquilea se
negaron a aceptar esta condena como válida y se separaron por un tiempo
de la Sede Apostólica. La invasión lombarda en Italia (568) favoreció
la resistencia, pero desde el 570 los milaneses volvieron gradualmente
a la comunión con Roma; la porción de Aquilea sujeta a los bizantinos
volvió en el 607, después del cual el cisma contó con pocas iglesias.
Se extinguió totalmente bajo el Papa San Sergio I, al final del siglo
VII.
(13) El siglo IX trajo el cisma de Focio, el cual,
aunque transitorio, preparó el camino nutriendo un espíritu de desafío
hacia Roma hasta la defección final de Constantinopla.
(14) Este tuvo lugar menos de dos siglos después bajo
Miguel Cerulario (q.v.) quien de un golpe (1053) cerró todas las iglesias
de los latinos en Constantinopla y confiscó sus conventos. El deplorable
cisma griego (ver IGLESIA GRIEGA), que aun subsiste y que a su vez
se dividió en varias comuniones, quedó consumado. Los dos acuerdos
de reunificación concluidos en el Segundo Concilio de Lyons en 1274
y el de Florencia en 1439, desafortunadamente no tuvieron resultados
duraderos.
(15) El cisma de Anacleto en el siglo XII, como el
de Félix V en el siglo XV, se debió a la existencia de un antipapa
lado a lado con un Pontífice legítimo. A la muerte de Honorio II (1130)
Inocente II había sido electo en forma regular, pero una numerosa
y poderosa facción se alzó contra él y escogió al cardenal Pedro de
la familia Pierleoni. Inocente fue obligado a huir, dejando
Roma en manos de sus adversarios. Él encontró refugio en Francia.
San Bernardo defendió ardientemente su causa, como lo hizo también
San Norberto. Dentro del lapso de un año casi toda Europa se había
declarado en su favor, salvo Escocia, el sur de Italia y Sicilia,
que constituían el otro partido. El emperador Lotario trajo a Inocente
II de regreso a Roma, pero apoyado por Roger de Sicilia el antipapa
(Anacleto II) retuvo la Ciudad Leonina, donde murió en 1138. Su sucesor
Víctor IV, dos meses después de su elección, buscó y obtuvo el perdón
y la reconciliación con el legítimo Pontífice. El caso de Félix
V fue más simple. Félix V fue el nombre que tomó Amadeo de Saboya,
elegido por el Concilio de Basilea, cuando entró en rebeldía abierta
contra Eugenio IV, negándose a dispersar sus fuerzas e incurriendo
así en excomunión (1439). El antipapa no fue aceptado más que
en Saboya y Suiza. Él continuó por breve tiempo con el pseudoconcilio
que lo había nombrado. Ambos se sometieron en 1449 a Nicolás V, que
había sucedido a Eugenio IV.
(16) El Gran Cisma de Occidente es objeto de un artículo
especial (CISMA DE OCCIDENTE); véase también CONSTANZA, CONCILIO DE;
PISA, CONCILIO DE.
(17) Todo mundo sabe los escandalosos orígenes del
cisma de Enrique VIII, que fue el preludio de la introducción del
Protestantismo en Inglaterra. El voluptuoso monarca se vio obstaculizado
en sus proyectos de divorcio y nueva boda por la oposición del Papa,
así que se separó de éste. Tuvo tanto éxito que en 1531 la asamblea
general del clero y el Parlamento lo proclamaron cabeza de la Iglesia
nacional. Warham, Arzobispo de Canterbury, había al principio originado
la adopción de una cláusula restrictiva: «mientras la ley divina lo
permita». Pero esta importante reserva no fue respetada, porque la
ruptura con la Corte Romana siguió casi inmediatamente. En 1534 el
Acta de Supremacía fue votada conforme a los términos de que el rey
llegaría a ser la única cabeza de la Iglesia de Inglaterra y que gozaría
de todas las prerrogativas que hasta entonces habían pertenecido al
Papa. La negativa de reconocer la nueva organización fue castigada
con la muerte. Varios cambios siguieron: supresión de los conventos,
destrucción de reliquias y de numerosas pinturas y estatuas. Pero
el dogma no fue de nuevo atacado bajo Enrique VIII, quien persiguió
con igual rigor la adhesión al Papa y a las doctrinas de los Reformadores.
(18) En los artículos JANSENIO Y JANSENISMO se han descrito
la formación y vicisitudes del cisma de Utretch, la infeliz consecuencia
del jansenismo, no obstante que nunca se difundió más allá de un puñado
de fanáticos. Los cismas subsecuentes pertenecen al fin del siglo
XVIII y al siglo XIX.
(19) El primero fue causado en Francia por la Constitución
Civil del clero de 1790. Por esta ley la Asamblea Nacional constituyente
se propuso imponer sobre la Iglesia una nueva organización que esencialmente
modificaba su condición y la regulaba mediante la ley eclesiástica
pública. Los 134 obispos del reino fueron reducidos a 83, conforme
a la división territorial en departamentos; la elección de párrocos
cayó en electores nombrados por miembros de las asambleas distritales;
la de obispos por electores nombrados por las asambleas de los departamentos;
y la institución canónica devuelta al metropolitano o a los obispos
de la provincia. Todos los beneficios sin cuidado de almas fueron
suprimidos. Una ordenanza posterior hizo de la obediencia a estos
artículos un requisito para la admisión a cualquier oficio eclesiástico.
Un gran número de obispos y sacerdotes, en total, de acuerdo a algunas
fuentes, cerca de un sexto del clero, y de acuerdo a otros documentos
casi un tercio, fueron suficientemente débiles para tomar el juramento.
De allí en adelante el clero francés se dividiría en dos facciones:
los juramentados y los no-juramentados, y el cisma fue llevado al
máximo extremo cuando intrusos bajo el nombre de obispos reclamaron
ocupar las sedes departamentales, durante el tiempo de vida y aun
en desafío a los derechos de los verdaderos titulares. La condena
de la Constitución Civil por parte de Pío VI en 1791 abrió
los ojos de algunos, pero otros persistieron hasta que su «Iglesia
Constitucional» decayó vergonzosamente y desapareció irremediablemente
durante el torbellino de la Revolución.
(20) Un cisma de naturaleza diferente y de menor importancia
fue el de la llamada Petit Eglise
o los Incomunicantes, formada
al principio del siglo XIX por grupos insatisfechos con el Concordato
y el clero del mismo. En las provincias del occidente de Francia el
partido adquirió cierta estabilidad desde 1801 hasta 1815; en esta
última fecha había llegado a ser una secta distinta. Languideció aun
hasta 1830 y eventualmente se extinguió por falta de sacerdotes que
la perpetuaran. En Bélgica algunos de sus miembros se llaman a sí
mismos Stevenistas, abusando así del nombre de un reputado eclesiástico,
Corneille Stevens, quien fue vicario general capitular de la Diócesis
de Namur hasta 1802, quién después escribió contra los Artículos Orgánicos,
pero aceptó el Concordato y murió en 1828, como había vivido, en sumisión
a la Santa Sede.
(21) En 1831 el abate Chatel fundó la Iglesia Católica
Francesa, un pequeño grupo que nunca adquirió importancia. El fundador,
quien al principio reclamaba haber retenido todos los dogmas, había
sido consagrado obispo por Fabre Palaprat, un autoproclamado obispo
del tipo Constitucional; Chatel pronto rechazó la infalibilidad
de la enseñanza de la Iglesia, el celibato de los sacerdotes
y la abstinencia. No reconoció ninguna regla de fe excepto la evidencia
individual y ofició en francés. La secta estaba ya a punto de morir
por el ridículo cuando sus lugares de reunión fue-ron cerrados por
el gobierno en 1842.
(22) Aproximadamente en la misma época hubo en Alemania
la escena de un cisma parecido. Cuando en 1844 el Manto Sagrado
fue expuesto en Tréveris para la veneración de los fieles, un sacerdote
suspendido, Johannes Ronge, aprovechó la ocasión para publicar un
violento panfleto contra Arnoldi, Obispo de Tréveris. Algunos descontentos
se pusieron de su lado. Casi simultáneamente Juan Czerski, un vicario
despedido, fundó en la provincia de Posen, una comunidad Católica
Cristiana. Tuvo imitadores. En 1845 los Católicos Alemanes,
como se autodenomina ron estos cismáticos, sostuvieron un sínodo
en Leipzig en el cual rechazaron entre otras cosas la primacía del
Papa, la confesión auricular, el celibato eclesiástico, la
veneración de los santos y suprimieron el Canon en su Liturgia Eucarística,
la cual llamaron liturgia alemana. Ganaron adeptos en
pequeña cantidad hasta 1848, pero luego de esa fecha decayeron, estando
en malos términos con los gobiernos quienes al principio los habían
apoyado pero luego les mostraron mala voluntad debido a sus agitaciones
políticas.
(23)
Mientras esta secta declinaba otra apareció en contra del Concilio
Vaticano I. Los oponentes de la recién definida doctrina de infalibilidad,
los viejos católicos, al principio se contentaron con una simple protesta;
en el Congreso de Munich en 1871 resolvieron constituir una Iglesia
separa-da. Dos años más tarde escogieron como obispo al profesor Reinkens
de Breslau, quien fue reconocido como obispo por Prusia, Baden y Hesse.
Gracias al apoyo oficial los rebeldes tuvieron éxito en apoderarse
de un cierto número de iglesias católicas y pronto, como los Católicos
Alemanes y cismáticos en general, introdujeron novedades disciplinarias
y doctrinales; sucesivamente abandonaron el precepto de la confesión
(1874), el celibato eclesiástico (1878), la liturgia romana,
que fue reemplazada (1880) por una liturgia alemana, etc. En Suiza
también la oposición al Concilio Vaticano I resultó en la creación
de una comunidad separada, que también disfrutó del apoyo gubernamental.
Se fundó una facultad Católica Antigua en Berna para la enseñanza
de teología y E. Herzog, un profesor de dicha facultad, fue electo
obispo de la secta en 1876. Un congreso organizado en 1890, en el
cual la mayoría de los grupos disidentes, jansenistas, viejos católicos,
etc. tu-vieron representantes, resolvieron unir todos estos diversos
elementos en la fundación de una Iglesia. Como una cuestión de hecho,
todos estos grupos están en la ruta del librepensamiento y el racionalismo.
En Inglaterra un reciente intento de cisma bajo el liderazgo de Herbert
Beale y Arthur Howarth, dos sacerdotes de Nottingham, y Arnold Mathew,
han fallado en alcanzar proporciones dignas de un aviso serio.
ACTUALIZACION DE ESTE ULTIMO PUNTO: Mathew cometió el error de invitar al Rev.
Frederick Samuel Willoughby, un clérigo anglicano, a ingresar a la
iglesia. Willoughby era miembro de la Sociedad Tesófica y convenció
a muchos miembros de ésta a participar en la Antigua Iglesia Católica
Romana. Pronto el obispo Willoughby tomó el control y arruinó la iglesia
que se fraccionó en multitud de grupúsculos.
STO.T.DE AQUINO, Summa,
II-II (q-xxxix); TANQUEREY, Synopsis
theologi, I (Roma, 1908); FUNK, Patres
apostolici, I (Tübingen,
1902); TIXERONT, Histoire des
dogmes (Paris, 1905-9); FUNK, Lehrb.der
Kirchengesch (Paderborn, 1902); ALBERS, Enchirid.
hist.. eccles. (Nimega, 1909-10); DUCHESNE, Hist.anccienne de lÉglise (Paris, 1907-10); GUYOT, Dict.universel des hérésies (Paris, 1847).
J.FORGET
Transcrito por Douglas J.Potter
Dedicado al Sagrado Corazón
de Jesús
Traducido por Eduardo Torres