La expresión "conocimiento de Jesucristo"
utilizada en este artículo no se refiere a un compendio de lo que
conocemos sobre Jesucristo, sino a un análisis de la dotación
intelectual de Cristo.
Poseyendo Cristo dos naturalezas, y por lo tanto dos inteligencias,
la humana y la divina, el problema sobre el conocimiento encontrado
en su inteligencia divina es idéntico
al problema acerca del conocimiento de Dios. Los arrianos, ciertamente,
sostenían que el Verbo mismo ignoraba muchas cosas, por ejemplo,
el día del juicio; en esto eran consistentes con su negación
de que el Verbo es consustancial con el Dios omnisciente. Los agnoetas,
también, atribuían ignorancia no solamente al alma humana
de Cristo, sino al Verbo eterno. Suicer, s.v. Agnoetai, I, p.
65, dice: "Hi docebant divinam Christi naturam... quaedam ignorasse,
ut horam extremi judicii". Pero los agnoetas eran una secta de los monofisitas,
e imaginaban una confusión de naturalezas en Cristo, siguiendo
modelo eutiquiano, atribuyendo ignorancia a aquella naturaleza divina
en la que su naturaleza humana (como sostenían) estaba absorbida.
Una honesta profesión de la divinidad
de Cristo requiere la admisión de la omnisciencia en su inteligencia
divina.
I. Clases de Conocimiento en la inteligencia humana de
Cristo
(1) La Visión Beatífica
(2) Conocimiento Infuso de Cristo
(3) Conocimiento Adquirido de Cristo
II. Alcance del conocimiento de Cristo
I. CLASES DE CONOCIMIENTO EN LA INTELIGENCIA
HUMANA DE CRISTO
El Hombre-Dios poseía no solo una naturaleza divina sino también
una naturaleza humana, y por lo tanto una inteligencia humana, y es
el conocimiento propio de esta naturaleza el que nos interesa aquí.
La integridad de su naturaleza humana implica la cognición intelectual
por actos de su inteligencia humana. Jesucristo puede ser sabio por
la sabiduría de Dios; sin embargo, la humanidad de Cristo conoce
por su propio acto mental. Si exceptuamos a Hugo de San Víctor,
todos los teólogos enseñan que el alma de Cristo es elevada
a la participación en la sabiduría divina por una infusión
de luz divina. Pues el alma de Cristo gozó desde el principio
de la visión beatífica,
estaba dotada de ciencia infusa, y adquirió en el curso del tiempo
conocimiento experimental.
(1) La Visión Beatífica
Petavio (De Incarnatione, I, xii, c. 4) mantiene que no hay controversia
entre los teólogos, o incluso entre los cristianos, acerca del
hecho de que el alma de Jesucristo disfrutó de la visión
beatífica (ver CIELO) desde el comienzo de su existencia.
Él conocía a Dios en su esencia, o, en otras palabras,
lo veía cara a cara como los bienaventurados en el cielo. Los
grandes teólogos conceden abiertamente que esta doctrina no está
expuesta explícitamente en los libros de la Sagrada Escritura,
ni siquiera en los escritos de los primeros Padres; pero incluso modernos
maestros en teología no dudan en
considerar la opinión contraria como imprudente, aunque fue sostenida
por la falsa escuela católica de Günther. La raíz
del privilegio de la visión beatífica de que goza el alma
humana de Cristo es su unión hipostática con el Verbo.
Esta unión implica una plenitud
de gracia y de dones en la inteligencia
y la voluntad. Tal
repleción no existe sin la visión beatífica.
De nuevo, en virtud de su unión hipostática la naturaleza
humana de Cristo es asumida en la unidad de la persona divina; no se
manifiesta cómo una alma tal podría al mismo tiempo permanecer
excluida de la visión de Dios que los seres humanos corrientes
esperan alcanzar solo cuando su estadía en la tierra haya culminado.
Una vez más, en virtud de la unión hipostática,
Jesús, incluso como hombre, era el hijo natural de Dios, no solamente
hijo adoptivo. Ahora bien, no sería correcto privar de contemplar
el rostro de su padre a un hijo que lo merece una incongruencia
que habría tenido lugar en el caso de Cristo si su alma hubiera
estado despojada de la visión beatífica. Todas estas razones
demuestran que el alma humana de Cristo debe haber visto a Dios cara
a cara desde el primer momento de su creación.
Aunque la Escritura no declara en términos explícitos
que Jesús fue privilegiado con la visión beatífica,
contiene pasajes que implican este prerrogativa: Jesús habla
de cosas divinas como un testigo ocular (Juan 3, 11 ss.;
1, 18; 1, 31 s.); cualquier conocimiento de Dios inferior a la
visión inmediata es imperfecto e indigno de Cristo (1 Cor. 13,
9-12); Jesús afirma repetidamente que Él conoce al Padre
y es conocido por Él, que Él conoce lo que el Padre conoce.
Existe una dificultad en conciliar los sufrimientos e incomparable aflicción
de Cristo con la beatitud implicada en su visión beatífica.
Pero si el Verbo pudo estar unido a la naturaleza humana de Cristo sin
permitir que su gloria se efundiera en su cuerpo sagrado, la felicidad
de la visión beatífica también podría haber
estado en el alma humana de nuestro Señor sin efundirse en sus
facultades menores y sin absorberlas, a fin de que pudiera sentir los
aguijones del pesar y el sufrimiento. Una
misma facultad puede ser afectada simultáneamente por la pena
y el gozo, lo que resulta de la percepción de objetos diferentes
(cf. Sto. Tomás III, Q. xiii, a. 5, ad 3; San Buenaventura in
III, dist. xvi, a. 2, q. 2); los mártires han testificado con
frecuencia la felicidad extática con que Dios colmaba sus almas,
al mismo tiempo que sus cuerpos sufrían los tormentos extremos.
(2) Conocimiento Infuso de Cristo
La existencia de una ciencia infusa en el alma humana de Jesucristo
puede tal vez ser menos incontestable, desde un punto de vista teológico,
que su continua y singular complacencia en la
visión de Dios; sin embargo, se admite casi universalmente que
Dios infundió en la inteligencia humana de Cristo una ciencia
similar en su tipo a la de los ángeles. Este es un conocimiento
que no se adquiere gradualmente por la experiencia, sino que es comunicado
al alma en una sola efusión. Esta doctrina se asienta sobre bases
teológicas: el Hombre-Dios debió haber poseído
todas las perfecciones como fe o esperanza excepto aquellas
que serían incompatibles con su visión beatífica,
o con su inocencia como contrición, o con su carácter
de Redentor, lo que sería incompatible con la consumación
de su gloria. Ahora bien, la ciencia infusa no es incompatible con la
visión beatífica de Cristo, con su inocencia, ni con su
carácter de Redentor. Además, el alma humana de Cristo
es el primero y más perfecto de todos los espíritus creados,
y no puede serle vedado un privilegio concedido a los ángeles.
Más aún, una inteligencia creada es perfecta solo cuando,
además de la visión de las cosas en Dios, tiene una visión
de las cosas en ellas mismas; Dios únicamente ve todas las cosas
comprensivamente en Él mismo. El Hombre-Dios, además de
verlas en Dios, también las percibiría y conocería
por su inteligencia humana. Por último, la Sagrada Escritura
apoya la existencia de tal ciencia infusa en la inteligencia humana
de Cristo: San Pablo habla de todos los tesoros de la sabiduría
y ciencia de Dios ocultos en Cristo (Col. 2, 3); Isaías habla
del espíritu de sabiduría y consejo, de ciencia y entendimiento,
reposando sobre Jesús (Is. 11, 2); San Juan señala que
Dios ha dado su Espíritu sin medida a su enviado divino (Juan
3, 34); San Mateo presenta a Cristo como nuestro Maestro supremo (Mt.
23, 10). Además del conocimiento divino y angélico, la
mayoría de los teólogos admite en la inteligencia humana
de Jesucristo una ciencia infusa per accidens, es decir, una
comprensión extraordinaria de las
cosas que podrían ser aprendidas del modo ordinario, similar
a aquella otorgada a Adán y Eva (cf. Sto. Tomás III.,
Q. i, a. 2; QQ. viii-xii; Q. xv, a. 2).
(3) Conocimiento Adquirido de Cristo
Jesucristo tiene también, sin duda, un conocimiento experimental
adquirido por el uso natural de sus facultades, a través de sus
sentidos e ideación, tal como sucede en el caso del conocimiento
humano común. Decir que sus facultades humanas estaban totalmente
inactivas parecería una profesión
ya sea de monotelismo o de
docetismo. Este conocimiento creció naturalmente en Jesucristo
en el curso del tiempo, de acuerdo con las palabras de Lucas 2, 52:
"Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia
ante Dios y ante los hombres". Entendido de este modo, el Evangelista
habla no solo de una manifestación cada vez mayor de la ciencia
infusa y divina de Cristo, no solo de un incremento en su conocimiento
en cuanto a efectos externos, sino de un adelanto real en su conocimiento
adquirido. No es que este tipo de conocimiento implicara un objeto mayor
de su ciencia, sino que significa que Él llegó a conocer
gradualmente, según un modo meramente humano, algunas de las
cosas que había conocido desde el principio por su ciencia divina
e infusa.
II. ALCANCE DEL
CONOCIMIENTO DE JESUCRISTO
Ya se ha dicho que el conocimiento en la naturaleza divina de Cristo
es coextensivo a la omnisciencia de Dios. En cuanto al conocimiento
experimental adquirido por Cristo, debe haber sido por lo menos igual
a la ciencia de los más dotados de los hombres; nos parece totalmente
impropio de la dignidad de Cristo que sus poderes de observación
y penetración naturales debieran haber sido menores que aquellos
de otros hombres naturalmente perfectos. Pero la dificultad principal
proviene de la cuestión sobre el grado del conocimiento de Cristo
que fluye de su visión beatífica, y de su medida de conocimiento
infuso.
(1) El Concilio de Basilea (Sesión XXII) condenó
la proposición de un cierto Agustino de Roma: "Anima Christi
videt Deum tam clare et intense quam clare et intense Deus videt seipsum"
(El alma de Cristo ve a Dios tan clara e íntimamente como Dios
se percibe a sí mismo). Es bastante claro que, no obstante cuán
perfecta sea el alma de Cristo, siempre queda finita y limitada; de
aquí que su conocimiento no pueda ser ilimitado e infinito.
(2) Aunque la ciencia en el alma humana de Cristo no era infinita,
era de lo más perfecta y abarcaba el mayor rango, extendiéndose
a las ideas divinas ya consumadas, o aún por ser consumadas.
La nesciencia de cualquiera de ellas denotaría ignorancia positiva
en Cristo, como la ignorancia de la ley en un juez. Pues Cristo no es
solamente nuestro Maestro infalible, sino también el mediador
universal, el supremo juez, el rey soberano de toda la creación.
(3) Se citan dos importantes textos contra esta perfección del
conocimiento de Cristo: Lucas 2, 52 requiere de un progreso en el conocimiento
de Cristo; este texto ya ha sido considerado en el parágrafo
anterior. El otro texto es Marcos 13, 32: "Mas de aquel día y
hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo,
sino solo el Padre." Después de todo lo que se ha escrito en
los últimos años, no vemos la necesidad de agregar algo
a las explicaciones tradicionales: el Hijo no tiene conocimiento del
día del juicio que pueda comunicar; o el Hijo no tiene conocimiento
de este evento, lo que resulta de su naturaleza humana como tal, o,
de nuevo, el Hijo no tiene conocimiento del día ni la hora que
no le haya sido comunicado por su Padre. (Ver Mangenot in Vigouroux,
"Dict. de la Bible", II, Paris, 1899, 2268 ss.)
Desde los tiempos de las controversias nestorianas, la tradición
católica ha sido prácticamente unánime en cuanto
a la doctrina concerniente al conocimiento de Cristo (cf. Leporio, "Libellus
Emendationis", n. 40; Eulogio Alej., "in Phot.", cod. 230, n. 10; San
Gregorio Magno, lib. X, ep. xxxv, xxxix; Sofronio, "Ep. Syn. ad Sergium";
Damasceno, "De Haer.," n. 85; Nat. Alex., "Hist. Eccl. in saec. sext.",
n. 85). En cuanto a los Padres anteriores a la controversia nestoriana,
Leoncio de Bizancio hace resignar su autoridad ante los opositores
de nuestra doctrina sobre el conocimiento de Cristo; Petavio la presenta
como parcialmente irresuelta; pero los primeros
Padres pueden ser excusados porque
escribieron en la mayoría de los casos contra la herejía
arriana, de manera tal que se aplicaron a establecer la divinidad de
Cristo extirpando toda ignorancia de su naturaleza divina, y no se preocuparon
por adentrar en una investigación ex professo del conocimiento
propio de su naturaleza humana. En aquel tiempo no había razón
para tal estudio. Después del período patrístico,
Fulgencio (Resp. ad quaest. tert. Ferrandi) y Hugo de San Víctor
exageraron el conocimiento humano de Cristo, así que los primeros
Escolásticos preguntaron por qué la omnisciencia de Dios
era incomunicable (Lomb., "Liber Sent.", III, d. 14). Pero incluso en
este período se admitía por lo menos una diferencia modal
entre la omnisciencia de Dios y el conocimiento humano de Cristo (cf.
Buenav. in III., dist. 13, a. 2). Pronto,
sin embargo, los teólogos comenzaron a limitar el conocimiento
humano de Cristo al rango de la scientia visionis o de todo lo
que en acto ha sido, es, o será, mientras que la omnisciencia
de Dios comprende también el rango de las posibilidades.
PEDRO LOMBARDO, Liber Sent., III, dist. 13-14, y STO.
TOMÁS, SAN BUENAVENTURA, ESCOTO, DIONISIO EL CARTUJO acerca de
este pasaje; Summa, III, QQ. viii-xii, y sv, a. 2, y VALENT., SUÁREZ,
SALMERON sobre estos capítulos; MELCHOR CANO, De Locis, XII, xiii;
PETAVIO, I, i ss.; THOMASSIN, VII; LEGRAND, De Incarn., dissert. ix, c.
ii; MALDONADO, A LÁPIDE, KNABENBAUER, etc., sobre Lucas 3, 52 y
Marcos 23, 32; FRANZELIN, De Verb. Incarn., p. 426. Ciertas obras han
sido ya citadas en el cuerpo del artículo.
A.J. MAAS
Transcrito por Thomas M. Barrett
Dedicado a las Afligidas Almas del Purgatorio
Traducido por Emilce S. Fékete