I. OBJETIVOS, HISTORIA Y ORGANIZACION
A. La preocupación por los pobres es la rama de la caridad. En un sentido
estrecho, la caridad significa cualquier ejercicio de piedad hacia el prójimo
enraizada en el amor a Dios. Mientras una gran cantidad de personas perfilan
como objetos de caridad, la clase principal es aquella constituida por el pobre.
Entendemos pobre a las personas que no poseen ni pueden adquirir los medios
para sobrevivir y, por lo tanto, son dependientes de la asistencia de otros.
De acuerdo con el mandamiento dado por Cristo (Mat. Xxv, 40), la preocupación
por los pobres es deber de todos los miembros del cuerpo Cristiano. Por las
obras de cada uno, se puede promover el bienestar de la comunidad. Sin embargo,
así como el éxito es logrado más rápidamente por
la cooperación sistemática de muchos, encontramos desde los primeros
tiempos de la Cristiandad un trabajo conjunto del ejercicio privado de la caridad,
estrictamente con medidas tomadas por la Iglesia en la preocupación por
el pobre. La preocupación de la Iglesia por el pobre no es por ningún
motivo sustituto de los esfuerzos privados; por el contrario, su intención
es ser suplemento, extensión y completación de la obra de individuos.
Los moralistas modernos distinguen, de acuerdo al grado de necesidad, tres tipos
de pobreza:
(1) pobreza ordinaria como aquella del obrero contratado quien vive precariamente,
no tiene propiedad, pero cuyo salario es suficiente para darse una subsistencia,
siendo ésta su situación social;
(2) respecto a este tipo, la preocupación por el pobre se reduce
a medidas preventivas para mantenerlos fuera del peligro de caer en pobreza
verdadera;
(3) necesidad real o mendigos, es la condición de aquellos que
no poseen ni pueden obtener suficientes medios para sobrevivir y dependen
de la caridad de aquello que les falta;
(4) Necesidad extrema o destitución es un estado en el cual los medios
que sostienen la vida faltan en tal forma que sin la ayuda externa, la existencia
es imposible.
Los dos primeros tipos de pobreza son primeramente objeto de curación
y luego de remedios preventivos. El objetivo del abastecimiento eclesiástico
al pobre, consiste primero en proveerlo de sus necesidades inmediatas
y luego la anulación de los efectos desmoralizadores de la pobreza,
motivación y el fomento hacia un deseo de trabajar e independizarse
y por lo tanto, el ejercicio de una influencia educativa en el alma: “El
cuidado de las almas es el alma del cuidado por el pobre”. Existe
además, el objetivo social de promover el bienestar público
y procurar que la mayor cantidad posible de personas compartan los bienes
materiales e intelectuales de la civilización. De este objetivo
surgen los deberes generales de la ayuda eclesiástica al pobre:
prevenir que aquellos que se pueden ganar la vida caigan en la pobreza,
asistir con limosnas al enfermo y al pobre, elevar la condición
moral y religiosa del pobre y suministrar a la vida social una bendición
a la humanidad necesitada.
El cuidado al pobre incluye incluso hoy en día, un importante
número de tareas que surgen de las influencias lujuriosas de las
formas de producción capitalistas, el moderno sistema de intereses
y usura en general, y la negligencia en los fundamentos morales de la
vida social basados en el Cristianismo. La Iglesia busca lograr los objetivos
y deberes de ayuda a los pobres por medio de sus obras corporales y espirituales
de misericordia usualmente incluidas bajo el nombre de limosnas.
B. El objetivo eclesiástico del cuidado por los pobres, determina sus
relaciones con la política social y las provisiones del Estado para con
los pobres. La política social y el cuidado eclesiástico por el
pobre tienen ambos por objeto remover las necesidades materiales, intelectuales
y morales de las clases mas pobres de la comunidad. Son esencialmente distintos
en tres puntos:
(1) El motivo principal de la política social es la justicia, el motivo
principal de la ayuda eclesiástica es la caridad Cristiana;
(2) La política social considera los grupos enteros o grandes clases
de personas; la ayuda eclesiástica tiene en sí misma, una preocupación
por el individuo; el objeto de la primera es abolir el pauperismo, mientras
que la última busca remover la pobreza individual;
(3) La política social apunta más bien a medidas profilácticas,
buscando prevenir la continuación o aumento de la pobreza, mientras que
la ayuda eclesiástica, aunque también profiláctica, es
principalmente curativa dado que alivia y en la medida de lo posible, remueve
la necesidad existente.
Tanto la obra eclesiástica de ayuda como la política social son
indispensables para la sociedad; actúan y reaccionan una sobre la otra.
La justicia sin caridad podría permitir a miles sufrir la destitución
y salva pero solo a algunos. El hombre que es capaz de sostener su propia vida
no necesita limosna, sino obras y salarios justos. La relación entre
la provisión del Estado por el pobre y la ayuda eclesiástica es
la siguiente: el Estado debe, en virtud de su política social preparar
el camino para el desarrollo de la ayuda voluntaria al pobre, y debe poner estas
políticas en práctica contra los individuos perezosos; por otro
lado la provisión por los realmente pobres es, en primer lugar, asunto
de la persona privada y la Iglesia, y en segundo lugar de la comunidad, y en
último lugar del Estado. Los economistas neoliberales representados por
ejemplo por Adam Smith, Richard Malthus y David Ricardo, están basados
en el punto de vista de la vida de la antigua Roma, y aseguran exclusivamente
para el Estado la tarea de ayudar al pobre, siendo que esta ayuda no disminuye
sino aumenta la cantidad de pobreza, impone grandes gastos para el Estado e
inclina a las clases mas bajas a la pereza. Por otro lado, se debe recordar
que el Estado debe apoyar los inalienables derechos humanos de los vulnerables
y promover el bienestar levantando a las clases necesitadas. Por lo tanto, las
políticas del pauperismo no se limitan sólo al interés
propio (por ejemplo, librar una guerra sobre los mendigos profesionales y toda
explotación malevolente de la caridad), sino también en la preocupación
privada por el pobre, especialmente hoy en día cuando la ayuda eclesiástica
voluntaria no es posible que satisfaga todas las demandas que exige. La Iglesia
sin dudas, siempre ha enfatizado los deberes del Estado en la promoción
del bienestar de la gente. La Encíclica del papa León XIII sobre
el tema del hombre que trabaja (1891) asigna al Estado tareas las cuales están
contempladas dentro del programa de ayuda al pobre. La parte jugada por el Estado
debe, sin embargo, ser sólo subsidiaria; el rol principal debe estar
regularmente cumplido por la ayuda voluntaria y la caridad al prójimo
dado que en sí mismo el principio de caridad espontánea e individualismo
puede ser guardado en tanto el alivio del Estado descansa en impuestos obligatorios
y siempre continúa burocrático.
Por lo tanto, la Iglesia afirma su derecho innato de preocupación por
los pobres junto con y en conjunto con el Estado, y condena la agitación
por un Estado monopólico de ayuda al pobre como una violación
al principio de justicia. El aspecto político de la pobreza no pertenece,
sin dudas al Estado; sin embargo, en la ayuda actual al pobre, la Iglesia y
la comunidad deben cooperar. Mientras las instituciones fundadas por la Iglesia
deben ser administradas por las autoridades eclesiásticas, la Iglesia
debe permitir el ejercicio, incluso en instituciones estatales, de su influencia
educativa y moral. Una estrecha cooperación entre la ayuda eclesiástica
al pobre, público y privado, efectivamente previene su explotación
por individuos indignos.
C. La ayuda eclesiástica del pobre está condenada por los Protestantes
(por ejemplo, en tiempos recientes por el Dr. Uhlhorn) quien afirma que es carente
de método, carente de crítica y sin organización, y consecuentemente
fomenta el mendicidad y ejerce una influencia dañina. A esto sólo
podemos replicar: El Cristianismo desaprueba cualquier irracionalidad y por
lo tanto, también un a priori, una preocupación por el pobre desorganizada
y ausente de crítica. Pero la vigilancia no debe ser injuriosa o degradante
con el pobre. Sin transgredir los límites de la caridad y respeto por
la dignidad del hombre, el Nuevo Testamento sin discusión demanda discreción
en la entrega de la limosna y condena el mendigar profesional (I Tes. Iv, 11;
I Tim., v. 13 sqq.). Todo el rango de la literatura eclesiástica e incluso
los grandes amigos de los pobres entre los maestros de la Iglesia insisten perentoriamente
en el orden y distinción al ser empleados en la ayuda al pobre, advierten
contra el fomento de los mendigos perezosos y declara que cualquiera podría
por lo menos apoyar la pereza como una inmoralidad; injustamente recibida, el
alivio al pobre debe ser restaurado. La ayuda eclesiástica al pobre ha
estado desde los primeros tiempos, muy bien organizada, una organización
que ha cambiado en cada siglo para ajustarse a las cambiantes condiciones de
los tiempos. No así en aquellos lugares donde la Iglesia tiene controlada
la ayuda a los pobres, sino en aquellos donde el Estado u otros poderes han
interferido con su administración, hay desorden y un deseo aparente de
discriminación.
Los más recientes oponentes a la ayuda eclesiástica al pobre
son los Individualistas extremos y los Socialistas. Al negar una existencia
futura, y profesando un Evolucionismo y Relativismo Extremo, sosteniendo en
la esfera moral la autonomía del individuo y proclamando la lucha como
rango (por ejemplo, la lucha de clases), condenan toda beneficencia como perjudicial
a la dignidad del hombre y al bienestar de la comunidad. Friedrich Nietzsche,
en tanto Individualista extremo, ve en la infinita competencia – una lucha
de todos contra todos, lo cual necesariamente significa la caída de los
débiles y los pobres – como los medios que aseguren el mayor bienestar
personal posible. El Socialismo representado como por Carl Marx y Carl Kautsky,
proclama la lucha del proletariado contra las clases propietarias, una lucha
cuya energía es paralizada y menoscabada (afirman) por la actividad caritativa.
En una crítica a las enseñanzas de Nietzsche, se debe enfatizar
que el superhombre es una mera fantasía sin ningún fundamento
filosófico o histórico. Incluso el hombre más fuerte es
dependiente de la civilización del pasado y el presente y en la organización
social. Es carente de poder contra las fuerzas de la naturaleza, contra los
tesoros acumulados de la civilización contra la combinación de
circunstancias adversas. Incluso el hombre con la voluntad más fuerte
podría ser en los próximos momentos ser el mortal más pío
ante la extrema necesidad de caridad. Si el hombre se hace a sí mismo
el centro de todos sus objetos, desafía a todos los hombres a la lucha.
La teoría de los derechos del más fuerte tiene su consecuencia
final en la reducción de la humanidad a una horda de bárbaros.
La moralidad Cristiana, por otro lado, distingue entre justo amor a sí
mismo, el cual incluye amor al prójimo, y amor a sí mismo el cual
combate y condena. Al apreciar el valor de la teoría socialista que declara
que el cuidado por el pobre es una deshonra tanto para la sociedad como para
quien recibe la limosna, debemos observar:
Incluso si estuviéramos dispuestos a otorgar que en el estado socialista
del futuro todos los defectos morales y sus consecuencias desaparecerían
(de lo cual no hay la menor prueba), las causas físicas de la pobreza
estarán aún presentes. Incluso en el futuro habrán huérfanos,
inválidos y ancianos vulnerables; a estas autoridades centrales no burocráticas,
pero simpatizante, la caridad puede brindar suficiente ayuda. La aceptación
de la limosna por parte del pobre inocente es, sin dudas, para ellos una cierta
mortificación, pero en ningún caso un asunto indigno. De otro
modo, sería indigno aceptar los regalos de la naturaleza y la civilización,
que nosotros mismos no nos hemos ganado, y que forman una parte más amplia
de nuestras posesiones materiales y espirituales. Es, sin embargo, una vergüenza
y amarga injusticia reemplazar el justo salario por limosnas. Esto está
muy lejos de ser el objeto Cristiano de cuidado por el pobre, y la moralidad
Cristiana expresamente condena como un pecado contra la justicia distributiva.
Sin embargo, todas las objeciones contra el cuidado eclesiástico por
el pobre pueden ser mas fácilmente vistas si damos un vistazo a su historia.
D. La historia del cuidado eclesiástico del pobre es difícil,
porque, de acuerdo con el mandamiento de Cristo (Mateo vi, 3) en su mayor parte
evita la publicidad, atañe a los individuos y es en gran extensión
influenciado por las instituciones sociales. Nos remitiremos a breves menciones
de los fenómenos históricos más importante.
(1) La simpatía humana, como una característica natural del hombre,
fue activa incluso entre los paganos quienes, sin embargo, no reconocían
ninguna obligación moral de otorgar, dado que el conocimiento de un origen
y destinos común y la igualdad del hombre ante Dios fue necesario. Algunas
sugerencias de la doctrina Cristiana de la caridad al prójimo, se encuentran
en los escritos de Cicerón, Séneca, Epíteto y Marco Aurelio,
pero estos escritores no tenían poder para convertir a amplios círculos
hacia sentimientos más humanos. Consecuentemente, en la Antigüedad,
no existió un cuidado por el pobre público y general, sino aisladas
sugerencias de ella. En Atenas, Pisistratus, hizo provisiones para los inválidos
de guerra y ciudadanos, y su aplicación fue más tarde extendida
a todos los residentes cuya dolencia los dejara imposibilitados de trabajar.
Los citaros, oficiales especiales fueron también designados para prevenir
el déficit de grano. Instituciones similares existieron en otros pueblos
Griegos. En Roma, las pobre regulaciones en la época de Julio César,
y las donaciones de grano, especialmente después de César y Augusto,
deben ser consideradas como simples medidas políticas designadas para
suavizar al proletariado Romano que clamaba por pan y juegos. Lo mismo podemos
decir de la alimentaturia de niños, fundada por Nerva y Hadrian y perfeccionada
por Trajano, instituciones que preveían a los huérfanos en numerosos
pueblos en Italia, apoyados por la bolsa imperial, y por las posteriores fundaciones
del mismo tipo bajo supervisión estatal fundadas en Italia y en diferentes
provincias. Bajo el Imperio, los colegios de artesanos estaban resueltos a proveer
a sus colegas empobrecidos. Los esfuerzos de Julián el Apóstata,
de implantar el auxilio al pobre Cristiano en tierras paganas con la asistencia
de Arsatinus, alto sacerdote pagano, se encontraron con muy poco éxito.
(2) La ley de Moisés estableció un auxilio a los pobres preventivo,
que contiene numerosas provisiones en favor de los Judíos necesitados,
y expresamente ordena la entrega de limosnas (Deut. Xv, 11) Estos preceptos
de la Ley fueron fuertemente inculcados por los profetas. El mandamiento Divino
de caridad hacia el prójimo está expresado claramente en la Ley
(Lev. Xix, 18) aunque los Judíos veían como su prójimo
solo a los miembros de su raza y extranjeros que vivían en sus territorios.
[Los fariseos intensificaron aún más está angosta interpretación
como desprecio por los gentiles y odio a los enemigos personales (mateo, v,
37; Luc., X, 33)]. Las medidas preventivas de auxilio a los pobres fueron las
decisiones de la Ley en relación con la división de la tierra
entre las tribus y familias, la inalienabilidad de la propiedad de la tierra,
el Sabat y al año Jubilar, usura, la cosecha de la uva y el grano, el
tercer diezmo, etc.
(3) Jesucristo comparó el amor al prójimo con el amor a Dios;
proclamó como su prototipo el amor del Padre que está en los Cielos
y a El mismo reclamando el amor por toda la humanidad; y enseñó
los deberes de las clases propietarias hacia el pobre. Su propia vida de pobreza
y necesidades y el principio, “lo que haces a uno de estos, el menor de
mis hermanos, me lo haces a mi” convino a las obras de piedad una demanda
del premio eterno, y a los necesidades de cualquier tipo, la esperanza de amoroso
auxilio. En la doctrina y ejemplo de Jesucristo descansan los gérmenes
de toda actividad caritativa de la Iglesia la cual ha aparecido siempre con
nuevas formas a través de los siglos Cristianos.
(4) En tiempos Apostólicos, el auxilio a los pobres estaba estrechamente
conectado con la Eucaristía, a través de las ofrendas y ágapes
y a través de la actividad de los obispos y diáconos (Hechos,
vi, 11 y sgtes.) Entre los Cristianos de Jerusalén, existía una
comunidad voluntaria para el uso de bienes, aunque probablemente no era una
comunidad de propiedad (Hechos, iv, 37; xii, 12) El cuidado por los pobres era
tal, que nadie podía decir que estaba en necesidad (Hechos, ii, 34, 44,
45; iv, 32 y sgtes.) A través de la institución de la bolsa común,
primero administrada por los Apóstoles y luego por los diáconos,
el auxilio al pobre recibió carácter público. El auxilio
público debía ser completado por la caridad privada (I Tim, v,
14). Los individuos privados, debían cuidar primero por los miembros
de sus propias familias, negligencia la cual fue asemejada con apostasía
(I Tim, v, 4,8,16), luego por los necesitados que eran miembros de su comunidad,
luego por los Cristianos de otras comunidades y finalmente por los no Cristianos
(Gal, vi, 10) Los Apóstoles proclamaban la alta dignidad moral en la
obligación de trabajar: “Si algún hombre no trabaja, tampoco
déjenlo comer” (II Tes, iii, 10); prohibida la amistad con el perezoso
(op. Cit, 11) quienes son indignos de la comunidad Cristiana (6 y sgtes.); y
prohibió el apoyo a los mendigos perezosos (I Tes, ii, 9; iv,11; Efesios,
iv, 28; I Tim, v, 3,13). La entrega de la limosna es para las personas propietarias
una obligación de la caridad piadosa; el pobre, sin embargo, no tiene
reclamo de ella; deben ser modestos y agradecidos (I Tim, vi, 6,8,10,17.)
(5) En tiempos sub. Apostólicos, especialmente durante las persecuciones,
el obispo continuaba como administrador de la propiedad de la Iglesia y director
del auxilio a los pobres. Sus asistentes eran diáconos y diaconizas.
El trabajo de las diaconizas, al principio era solo para las viudas, pero luego
también fueron para solteronas mayores (Rom. Xvi, 1; I Cor. ix,5; I Tim,
v, 9). Además de asistir en los servicios Divinos y en dar instrucciones,
debían visitar a los enfermos y prisioneros, cuidar a viudas pobres,
etc. La provisión individual del pobre y la visita a los pobres en sus
casas de acuerdo con una lista especial (matricula) fue practicada estrictamente
en cada comunidad Cristiana.
Las limosnas eran otorgadas luego de un estrecho examen y el abuso de la caridad
por los extranjeros fue prevenido por servicio a los recién llegados
a trabajar pidiéndoles cartas de recomendación. Ningún
mendigo perezoso podía ser mantenido. (Didache, XI, xii; Constit. Apost.
II, iv; III vii 6). Se buscaba con avidez hacer independientes a los pobres
asistiéndolos en su trabajo procurándoles posiciones, dándoles
herramientas etc. Los huérfanos y los niños expósitos eran
confiados a familias Cristianas para la adopción y educación (Const.
Apost. IV, i); los niños pobres eran confiados a maestros artesanos para
ser instruidos (op.cit. ii). Los recursos desde los cuales la Iglesia obtenía
sus ingresos para el auxilio a los pobres eran: los excedentes de las ofrendas
durante el Ofertorio de la Misa, las ofrendas en la limosna (Collecta) al comienzo
del servicio, las alcancías, el dinero de los primogénitos para
el apoyo del clero, el diezmo (Const. Apost. VIII, xxx) el dinero que quedaba
de las colectas realizadas regularmente en días feriados y también
en días de necesidad especial y finalmente de contribuciones libres.
(6) Luego de la era de Constantino, quien otorgó a la Iglesia el derecho
de adquirir propiedades, las posesiones eclesiales crecieron, gracias a los
numerosos obsequios de tierra, fundaciones y los diezmos que gradualmente fueron
establecidos (desde el siglo sexto) también en Occidente. Las imperfecciones
de la legislación Romana en este respecto, las incesantes guerras, los
atestados pobres en la Iglesia hicieron la tarea de auxiliar a los pobres incluso
más difícil. El obispo administraba la propiedad de la Iglesia,
siendo asistido en la superintendencia del auxilio a los pobres por los diáconos
y diaconizas y en muchos lugares por una conomi especial o por los archí
presbíteros y archidiáconos. En Occidente, la división
del ingreso eclesiástico se hacía en cuatro partes (para el obispo,
los otros clérigos, la construcción de la iglesia y el auxilio
a los pobres) comenzó en el siglo cuarto. Además de la provisión
para los pobres en sus hogares, la creciente masa de pobreza demandó
una nueva institución – el hospital. Estaba para servir a una clase
especial de necesitados, y fue la compleción regular de la actividad
caritativa general del distrito. Tales instituciones establecidas para la colecta
de los pobres eran: el diaconi, grandes bodegas cerca de la iglesia donde los
pobres diariamente disfrutaban de alimentos en común; el henodochi, para
los extranjeros; el nosocomi, para los enfermos; el orphanotrophi y el brephotrophi,
para los huérfanos y los niños expósito; el gerontocomi
para los ancianos. Tenía una importancia especial el hospital Basilias,
erigido por San Basilio en Cesarea cerca del 369 para todo tipo de necesitados.
A finales del siglo sexto, los hospitales y los hogares para pobres existieron
en gran número en todas las divisiones del territorio eclesiástico.
Todos estaban bajo el obispo y administrados por un director espiritual especial.
Los enfermos eran cuidados por las diaconizas, viudas y asistentes bajo ellas
(ver también HOSPITALES.)
(7) Luego de Gregorio el Grande (m. 604) quien organizó el cuidado de
los pobres sobre la base de un modelo en Roma, urgió a los obispos y
regidores seculares a racionalizar las obras de provisión para los necesitados,
la difusión del Cristianismo en los campos y en las tribus Anglo-Sajonas
y Germanas, todo lo cual llevó a una gradual extensión del sistema
parroquial, el cual data desde el siglo cuarto; este movimiento fue acompañado
por la descentralización del cuidado por los pobres. El obispo mantuvo
la dirección del auxilio a los pobres en su ciudad y se ocupaba de las
crisis especiales de necesidad en su diócesis; por otro lado, primero
en la Galia y luego en círculos más amplios, las parroquias debían,
de acuerdo con los decretos del Concilio de Tours (567) mantener a sus pobres
bajo su propio peculio, de manera que éstos no vagaran hacia otras comunidades.
Desde comienzos de la Edad Media, se fundaron nuevos centros de cuidado de los
pobres en monasterios, primero de los Benedictinos, y luego de los Cistercianos,
los Præmonstratensianos, etc. Estos constituían el factor principal
en la prevención y la curación del auxilio a los pobres; dieron
un ejemplo de obra; enseñaron a la gente incivilizada del agro, trabajos
manuales y artes; instruyeron a los jóvenes; construyeron y mantuvieron
hospicios para los extranjeros y hospitales para los enfermos. Un poderoso estímulo
al cuidado de los pobres eclesiástico y privado, fue dado por el reemplazo
de las penitencias canónicas de oración, ayuno y la entrega de
toda o parte de la fortuna propia a los pobres, como legados píos para
el alma propia o aquella de otro.
(8) Desde los tiempos de Constantino, la legislación civil apoyó
el cuidado de los pobres dando privilegios en favor de fundaciones pías,
legados, hospitales, etc. El Estado también adoptó desde los tiempos
de los Emperadores Graciano, Valentino II y Justiniano, medidas contra los mendigos
perezosos. Los posteriores Merovingios desviaron de alguna manera propiedad
de la iglesia de sus propios objetivos y desorganizaron el cuidado de los pobres.
En sus capitulaciones, Carlomagno creó el estado-eclesiástico,
organización que proveía a los pobres y prohibió estrictamente
la vagancia (806). Su organización fue reanimada por el Rey San Luis
(m. 1270) quien solicitó hacer responsables a las comunidades del apoyo
parroquial del auxilio a los pobres.
(9) Durante la edad Media, propiamente hablando, existió una importante
distinción entre el cuidado de los pobres en la ciudad, de aquella en
los campos. El sistema feudal, que fue establecido en el siglo décimo,
dirigió el cuidado de los empobrecidos sirvientes y siervos, y por lo
tanto de un mayor número de pobres de los distritos campestres, al Señor
feudal. Además, el párroco trabajó para los pobres de su
rebaño y los monasterios y fundaciones para los extranjeros y los enfermos.
(10) La provisión para los pobres, fue espléndidamente desarrollada
en las ciudades de la Edad Media. Sus administradores eran – además
del clero parroquial, los monasterios y hospitales – las hermandades (q.v.),
corporaciones y confraternidades. Los Hospicianos cuidaban de los enfermos,
a los pobres en sus hogares y a los viajeros; las hermandades, de los enfermos
y miembros empobrecidos de sus familias; las miserias de las hermandades, de
los peregrinos y viajeros. Congregaciones religiosas especiales cuidaron a los
enfermos y preparaban medicinas – por ejemplo, los Humiliati, los Jesuati,
los Hermanos del Espíritu Santo, los Beguinos y Begardos y, desde el
siglo trece, las órdenes mendicantes, especialmente los Franciscanos.
Las oficinas de empeño (montes pietatis) establecidas en Italia, y las
sociedades de préstamo fueron fundadas por el obispo Giberti de Verona
(1528) y servían como represión al auxilio de los pobres. Es falso
asegurar que las regulaciones municipales en ayuda de los pobres fueron el fruto
de la Reforma; los magistrados municipales medievales, en conjunto con el clero,
ya habían hecho extensiva la provisión por los pobres, se esforzaron
por detener la mendicidad a través de ordenanzas y regulaciones policiales,
apoyaron a los realmente pobres y a las instituciones municipales, y fomentaron
la educación de los huérfanos en tanto ello no eran entregado
por las limosnas y las hermandades. En general, el cuidado por los pobres medieval
de ninguna manera carecía de organización; en los distritos campestres,
la organización, era sin dudas, perfecta; en los pueblos, el clero, los
monasterios, los magistrados, las hermandades, confraternidades e individuos
privados se disputaban uno con otro la entrega a los pobres con tal discriminación
y adaptabilidad práctica que en tiempos normales, la provisión
satisfacía toda la demanda, las calamidades extraordinarias solas, las
oprimían. El espantoso crecimiento de los mendigos al final de la Edad
Media nació, no del fracaso del cuidado por los pobres eclesiástico,
sino de la relativa sobrepoblación de los países europeos civilizados
y otras condiciones económicas de la época. La falta de una administración
central ejercida por el obispo, luego del modelo de los primeros Cristianos,
constituyó sin dudas un defecto en la organización.
(11) La Reforma destruyó los monasterios y fundaciones eclesiales las
cuales fueron en la mayor parte, ocupadas de objetos seculares. Las terribles
guerras del siglo XVI y XVII agravaron la miseria causada por la secularización
de la propiedad la cual había mantenido el cuidado por los pobres a tal
extensión que la pobreza, la mendicidad, el crimen, las exigencias y
la inseguridad pública creció sin control. Las pobres regulaciones
en los pueblos fueron casi enteramente inefectivas, y el gobierno del Estado
entró en una guerrilla con la pobreza y vagabundaza inflingiendo severos
castigos y, en Inglaterra y Francia, la pena de muerte. En oposición
con la tradición cristiana, los Reformistas se convirtieron en paladines
del auxilio a los pobres público, administrada por la comunidad secular
y el Estado y sustituido por el principio de instituciones caritativas, como
el principio central. En Alemania, la secularización del auxilio a los
pobres comenzó con regulaciones policiales imperiales de 1530; en Francia
Francisco II extendió la obligación de la comunidad por dar y
apoyó el derecho del pobre a pedir, decretado por Francisco I en Paris
a todos sus territorios. No se esperaba sino la misma secularización
del auxilio a los pobres en Inglaterra (1536); esta provisión fue seguida
en 1575 por la institución legal de los hogares de pobres, y en 1601
por la celebrada Ley del Pobre de la Reina Isabel. Este estado continuó
hasta 1834, cuando la Reforma que había sido fundada como absolutamente
indispensable, fue efectiva.
(12) El Concilio de Trento, renovó los antiguos preceptos en relación
con las obligaciones de los obispos de entregar a los pobres, especialmente
de supervisar los hospitales (Sess. VII de Ref. Cáp. XV; Ses. XXV de
Ref. Cáp. Viii) y el empleo del ingreso de las prebendas eclesiásticas
(Ses. XXV de Ref. Cáp.). De acuerdo con estos decretos, numerosos sínodos
provinciales trabajaron para mejorar el cuidado eclesiástico del pobre.
San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán (m. 1584) trabajó con
especial celo y gran habilidad. Simultáneamente, surgieron especialmente
para el cuidado de los pobres y enfermos y la instrucción de niños
pobres, un número de nuevas ordenes y congregaciones. – Por ejemplo,
la Orden de los Hermanos de la Caridad, los Clérigos Regulares de San
Camilo de Lelis, los Somas quinos, la Orden de San Hipólito en Méjico,
los Betlehemitas, las Hermanas hospitalarias, los Paristas. Fundamental y ejemplar
fue la actividad de San Vicente de Paul (m. 1660). En 1617 fundó la Confréie
de la Charité, una asociaciones de mujeres que, bajo la guía del
párroco, proveían a los pobres y enfermos; en 1634 fundó
la Congregación de las Hermanas de la Caridad, un instituto visitante
bajo disciplina religiosa, que por siglos probó su eficiencia en el cuidado
de los enfermos y abasteciendo a los pobres; en su administración, combina
centralización y disciplina estricta con descentralización y adaptabilidad
en el auxilio del pobre.
(13) La secularización de la propiedad de la Iglesia durante la Revolución
Francesa y del periodo posterior (1804) dieron un severo golpe al auxilio eclesiástico
al pobre. Diversos estados pasaron leyes comprehensivas para los pobres, pero
en ningún caso fueron tales que hicieran la ayuda eclesiástica
dispensable.
(14) Desde mediados del siglo diecinueve, el desarrollo de las industrias,
el Crecimiento de las ciudades y la libertad de emigración redujeron
gran número de población a la pobreza, y gigantes gastos fueron
necesarios por parte de la comunidad y el Estado. Los Estados pensaron a través
de la protección legal del trabajo en la forma de seguros laborales,
leyes industriales y regulaciones comerciales, prevenir la pobreza y hacer las
pobres regulaciones más estrictas y perfectas. La legislación
obligó volver al antiguo principio Cristiano de instituciones de caridad.
En Alemania y en los países vecinos, el “Sistema Elberfelder”,
fue adoptado para el cuidado de los pobres público; este está
basado en el contacto personal entre quien dá y la familia empobrecida,
y combina las actividades de caridad comunales y privadas. En el Sur de Alemania,
Austria y Suiza, las comunidades emplearon mas que los antiguos cuerpos privados
en sus hogares y orfanatos, las congregaciones religiosas . - por ejemplo, las
Hermanas de la Caridad fundada por el Padre Teodocio Florentini (1844-1852)
– siendo confiada con la administración interna de tales instituciones
estatales. Las regulaciones concernientes a las comunidades y el establecimiento
del auxilio a los pobres, habían sido ampliamente inauguradas hasta hoy
en día en distritos, provincias, países y estados.
(15) Además del abastecimiento estatal a los pobres, el auxilio eclesiástico
al pobre ha desarrollado en tiempos recientes no meramente en las parroquias
y ordenes religiosas, sino también en un incalculable número de
instituciones de caridad. Nombraremos solamente los llamados créches,
escuelas de instituciones para niños pequeños de orfanatos, débiles,
los sordo mudos, los ciegos, los tullidos, niños desprotegidos, protectorados,
Escuelas Dominicales, protectorados para aprendices, la Asociación Internacional
para la Protección de las Niñas, la Misión del Ferrocarril,
hospicios para siervos, mujeres obreras, mujeres postradas y mujeres expuestas
a peligros, el abastecimiento para los criminales liberados, para emigrantes
y ancianos; asociaciones de mujeres de caridad (por ejemplo, las Isabelinas
– y las Ludwigsvereine); las asociaciones de hombres al auxilio de los
pobres incluyendo la Sociedad de San Vicente de Paul (fundada en 1833), los
Círculos de Caridad estudiantil, los bufetes legales, las colonias de
obreros, los movimientos de temperancia, y los asilos para ebrios.
(16) Mientras el Liberalismo político-religioso, destruyen las instituciones
de caridad eclesiástica y persigue a las congregaciones de caridad, el
amor Cristiano al prójimo continúa encontrando nuevas formas de
abastecimiento a los pobres. La necesidad de asegurar unanimidad de propósito
entre las varias instituciones eclesiásticas para el auxilio a los pobres,
han hecho nacer varias uniones diocesanas y nacionales para la organización
de la caridad – por ejemplo, La Caritasverband für Deutschland (1897),
la Austriaca Reichsverband der katholischen Wohltätigskeitsorganisation
(1900), la Caritasfaktion der schweizerische Katholikenveneins (1899). Los Protestantes
por su lado, organizan su auxilio a los pobres especialmente por
Misiones Centrales.
E. La organización del auxilio eclesiástico de los pobres es
hoy en día necesario para vincular, luego de la forma de la actividad
de caridad Cristiana de los primeros tiempos consistente en la represión
y prevención de la pobreza, todas las fuerzas religiosas monásticas,
privadas, corporativas, estatales y comunales animadas bajo el mismo objetivo;
mientras que las variantes condiciones nacionales y locales demandan una mayor
diversidad en la organización, en general, los principios guías
deben ser los siguientes:
(1) Para el auxilio eclesiástico del pobre, el obispo debe ser el alma
y centro de la organización diocesana. Dirige la empresa afectando el
todo o gran parte de la diócesis, y regula y supervisa la actividad caritativa
de los parroquianos;
(2) El pastor local es el director inmediato del auxilio de los pobres de su
parroquia. Las ordenes monásticas que trabajan en la parroquia, asociaciones
caritativas, orfanatos e institutos para los pobres y enfermos todos bajo su
dirección. El sacerdote párroco debe intentar cooperar lo más
posible con el auxilio a los pobres secular y privado uniformando la acción;
(3) El abastecimiento local de los pobres debe ser lo más posible confinado
al hogar, promocionando el contacto personal entre quien ayuda y el pobre; la
asistencia debe ser como regla, entregada en bienes, y debe cuidarse contra
el abuso de las regalías en dinero lo más prácticamente
posible;
(4) El auxilio a los pobres eclesiástico incluye toda clase de necesitados,
y debe darse consideración por los sentimientos de mortificación
y orgullo familiar. La mantención de una lista de los pobres es indispensable:
(5) Los medios deben ser obtenidos del ingreso de las fundaciones, de las contribuciones
regulares y voluntarias de los parroquianos y, en caso de necesidad, de colectas
extraordinarias. A veces, el auxilio local a los pobres es una combinación
es las organizaciones de caridad de los vecindarios.
(6) La provisión represiva del pobre dice relación en sí
misma y en primer lugar con aquellos que son capaces de trabajar con:
a. niños que son ubicados en capacitación ya sea con sus familiares,
con familias confiables o en orfanatos. Siendo que el mantenimiento dentro de
una familia es preferible, no hay una regla general sobre este punto. La provisión
caritativa hacia los niños es una nueva tarea, ya sea que son descuidados
por sus padres, o quienes están moralmente desprotegidos (cf. La Fürsorgeerziehungsgesetz
prusiana de 1897);
b. Personas enfermas o decrépitas quienes son asistidas ya sean con
donaciones de bienes, alimentos, medicina etc en sus hogares o los ubicados
en hogares para pobres u hospitales.
La disposición represiva a los pobres se dirige también hacia
las personas que son capaces de trabajar, quienes pueden ganarse la vida y no
lo hacen. Si esto es el resultado de pereza obstinada y una inclinación
a la mendicidad y a la vagancia, el Estado debe confinar a los ofensores en
instituciones de trabajo forzado, o comprometerlos en trabajos útiles
pagándoles un salario y manteniéndolos. Puede ser, sin embargo,
de la incapacidad para encontrar un empleo, e Estado debe interferir inaugurando
trabajos de auxilio, una organización comprehensiva de la información
en relación con las condiciones laborales, fomentando las medidas de
auxilio privadas, colonias de trabajadores, etc.
(7) La prevención del auxilio a los pobres busca prevenir la caída
en la pobreza. Esto nunca es totalmente exitoso, pero puede lograrse parcialmente
con el trabajo combinado de la Iglesia, el Estado, las organizaciones comerciales,
y agencias privadas de caridad junto con los siguientes lineamientos:
(a) a través de la educación de la juventud en la frugalidad,
establecimiento de bancos de ahorro escolar y especialmente en el fomento de
la economía entre las clases trabajadoras;
(b) a través de seguros voluntarios contra las enfermedades;
(c) haciendo al empleador responsable de los accidentes sucedidos a sus empleados;
(d) seguro contra la vejez e la incapacidad organizada en uniones comerciales
o principios Estatales;
(e) por la expresa inculcación de las obligaciones mutuas de los miembros
de una misma familia y parientes de acuerdo a los preceptos de la Cristiandad.
(f) Guerra contra la passion por el placer y una legislación social
guiada por los principios Cristianos.
T. J. BECK.
Traducido por:
Carolina Eyzaguirre Arroyo.