San Eustaquio fue un mártir durante el gobierno del emperador Adriano
en el año 188. Su fiesta es celebrada en el oeste el 20 de septiembre
y el 2 de noviembre se celebra en el este. Sus emblemas son: un crucifijo, un
ciervo y un horno.
La leyenda cuenta que Eustaquio (Placidus antes del bautismo), vio un ciervo
que venía hacia él, con un crucifijo entre sus cuernos; en ese
momento, oyó una voz que le decía que iba a sufrir mucho por la
causa de Cristo. Posteriormente recibió el bautismo, junto con su esposa
Tatiana (o Trajana, después del bautismo Theopista) y sus hijos, Agapius
y Theopistus. Se dice que el lugar de la visión fue Guadagnolo, población
ubicada entre Tivoli y Palestina, cercana a Roma. Por adversidades económicas
la familia de San Eustaquio tuvo que separarse, pero al poco tiempo se volvieron
a unir.
Por su rechazo a los ídolos, tuvieron que asumir la muerte propiciada
por un toro. Baronius (el anuncio Eccl., 103, 4) lo identificaría
con Placidus, mencionado por Josefo Flavio como el general subalterno
de Titus.
Los actos son ciertamente fabulosos, y recuerdan la historia similar
en los reconocimientos de Clementina. Son una producción del siglo
séptimo, y fueron utilizados por San Juan Damasceno. Pero, la veneración
del santo es muy antigua en las iglesias griegas y latinas, donde es honrado
como uno de los santos ayudantes que se invocan en situaciones difíciles.
Además, es patrón de Madrid y de los cazadores y su nombre
lo llevan una isla en Lesser Canilles y una ciudad canadiense.
En el año 827 existió en Roma la iglesia de San Eustaquio,
llamada así por un cardenal, pero, se cree que Gregorio el grande
(fallecido en el año 604), solicitó el traslado de las religiosas
del santo, que permanecían en San Denis y en San Eustaquio en París.