Una secta político-religiosa, o fracción conformada por adherentes
del judaismo tardío, que surgió como una clase aproximadamente
en el tercer siglo antes de Cristo. Luego del exilio, las formas monárquicas
de poder de gobierno de los israelitas, llegaron a ser cosa del pasado. En su
lugar, los judíos crearon una comunidad mitad estado, mitad iglesia.
Una de sus principales características fue ir adquiriendo cierto sentido
de superioridad sobre las naciones que se consideraban irreligiosas o idólatras.
Se enseñaba insistentemente, que debían separarse de sus vecinos.
“Y ahora haz confesión al Señor tu Dios, Dios de tus padres,
y actúa según su complacencia, y sepárate de la gente de
la tierra y de sus extrañas esposas.” (I Esd., x, 11).
Se prohibía estrictamente el matrimonio con los irreligiosos, y muchos
de esos matrimonios, aún contraídos con anterioridad y correspondientes
a sacerdotes, fueron disueltos como consecuencia de la legislación promulgada
por Esdras. Tal era el estado de cosas en el tercer siglo, cuando la introducción
del helenismo amenazó con ser la destrucción del judaismo. Los
más celosos guardianes de la cultura judía se retiraron, y se
concentraron, haciéndose llamar “chasidim” o los
“piadosos”. Ellos se dedicaban a la realización de las ideas
inculcadas por Esdras, el santo sacerdote y doctor de la ley.
En las violentas condiciones de las guerras de lo macabeos, estos “hombres
piadosos”, algunas veces llamados también puritanos judíos,
llegaron a ser una clase distinta. Fueron llamados fariseos, lo que significa,
quienes se apartaron de los irreligiosos, y de las fuerzas y tendencias contra
la religión, que constantemente invadieron los predicamentos judíos
(I Mac. i, 11; II Mac. iv, 14 y siguientes; cf. Josefo Ant., XII, v, 1).
Durante estas persecusiones de Antiochus, los fariseos llegaron a ser los
más estrictos defensores de la religión y tradiciones judías.
En el curso de esta resistencia, muchos sufrieron martirio (I Mac. i, 41 y Sig.).
Fueron tan devotos de lo prescrito en la ley, que en una ocasión en que
eran atacados por los sirianos durante el sabat, ellos rechazaron defenderse
(I Mac. ii, 42; ibid., v, 3 sq.).
Llegaron a considerar una abominación el hecho tan sólo de comer
en la misma mesa con los irreligiosos, o tener alguna relación social
en absoluto con ellos. Debido al heroismo de su devoción, llegaron a
tener notable influencia en el pueblo, y con el transcurrir del tiempo, no eran
los sacerdotes, sino ellos, los que constituyeron fuente de autoridad. En los
tiempos de Nuestro Señor, tal era su poder y su prestigio, que se sentaban
y enseñaban desde la “Silla de Moisés”. Naturalmente
que esta actitud generó arrogancia y presunción, y fue causa,
en muchos sentidos, de perversiones respecto a las ideas conservadoras que ellos
tan firmemente apoyaban.
Muchos pasajes de los evangelios citan a Cristo advirtiendo a la multitud
contra ellos en términos acerbos. “Los escribas y fariseos se han
sentado en la silla de Moisés. Todas las cosas que les digan, obsérvenlas
y háganlas; pero no lo hagan de acuerdo con lo que ellos hacen. Porque
ellos dicen, no hacen. Porque ellos ponen cargas muy pesadas en los hombros
de los hombres, pero no levantan un dedo para hacerlas mover. Y todo lo que
hacen es para tener notoriedad. Porque hacen sus filacterias anchas, y alargan
los flecos. Ellos adoran estar en los primeros lugares de las fiestas, y ocupar
las primeras sillas en las sinagogas. Y desean obtener los saludos en los mercados
y ser llamados Rabí” (Mat., xxiii, 1-8). Luego siguen señalamientos
terribles contra los fariseos por su hipocresía, y su ceguera (ibid.,
13-36).
Luego de los conflictos con los romanos (A.D. 66-135) el fariseismo llegó
a ser prácticamente sinónimo con judaismo. Las grandes guerra
macabeas habían definido fariseismo, estos terribles conflictos les dieron
ascendencia final. El resultado en el contexto de estas guerras desde el Siglo
II, en la consolidación de una raza tenaz, fue la conformación
de mucho del judaísmo que en la actualidad es conocido para el mundo
occidental.
Un estudio de la historia antigua del fariseismo revela cierta dignidad moral
y grandeza, una marcada tenacidad de propósito para servir a los altos
ideales patrióticos y religiosos. En contraste con los saduceos, los
fariseos representaron una tendencia democrática. También contrastaron
con los sacerdotes. El fariseismo se mantuvo en una tendencia espiritual y democrática.
Por virtud de la ley, los sacerdotes eran una clase exclusiva. Ningún
hombre tenía permitido ejercer una función en el templo, a menos
que demostrara su descendencia de una familia de sacerdotes. Los fariseos consecuentemente
encontraron su principal función en la enseñanza y la prédica.
Su trabajo se encontraba fundamentalmente relacionado con las sinagogas, y
trabajaron también en la escolaridad de niños, y esfuerzos misioneros
entre las tribus no religiosas. En cierto sentido, el fariseismo ayudó
a crear la base en función de preparar el camino a la cristiandad. Fueron
los fariseos quienes idealizaron el nacionalismo, se basaron en el monoteismo
de los profetas, y con ello dieron esencia al judaismo.
A ellos les debemos los grandes apocalipses, Daniel y Enoq, y fueron ellos
quienes hicieron general la creencia en la resurrección y un mundo de
recompensas en el futuro. En una palabra, su influencia pedagógica fue
un importante factor en capacitar la voluntad nacional y el propósito
de introducción de la cristiandad. Este gran trabajo, sin embargo, estaba
acompañado de mucho defectos y limitaciones. Aunque se mantenían
en tendencias espirituales, el fariseismo desarrolló una ortodoxia arrogante
y orgullosa con exacerbación del formalismo. Insistieron en los detalles
ceremoniales a expensas de preceptos más importantes de la Ley (Mat.,
xxiii, 23-28).
El hecho de que se enfatizara con demasía el carácter de ser
descendiente de Abraham (Mat., iii, 9) obscureció el tenor de los asuntos
espirituales, creando actitudes estrechas, un exclusivo nacionalismo incapaz
de entender que una iglesia universal debía de incluir también
a los gentiles, tanto como a los judíos. Fue sólo por medio de
la revelación recibida por Saulo en el camino a Damasco, que siendo él
un fariseo, fue capaz de comprender una iglesia con equidad desde la “semilla
de Abraham”, todos en “un Cristo-Jesús” (Gal, iii,
28-9).
Ese exclusivismo, unido al gran valor conferido a las observancias levíticas
externas, fue causa de que los fariseos se colocaran en oposición a lo
que es conocido como el profetismo. Este último, ya sea en el Antiguo
o en el Nuevo Testamento, hace énfasis en el espíritu religioso.
Los fariseos por sus práctica, incurrieron no solamente en vehementes
reproches hacia el Precursor (Mat., iii, 7 y Sig.), sino que también
respecto al Salvador (Mat., xxiii, 25 y Sig.).
Se puede apreciar mucho de los fariseos, cuando se les compara con los zelotes
por una parte y los herodianos por la otra. A diferencia de los zelotes, los
fariseos se abstuvieron del uso de la fuerza armada. Fue su creencia que el
Dios de la nación controlaba todos los destinos históricos y que
El tendría su tiempo oportuno en cuanto a satisfacer las largas frustraciones
y deseos de su pueblo escogido.
El deber de los verdaderos israelitas era tener devoción, de todo corazón
hacia la Ley, y la observación de los muchos requerimientos que estaban
asociados con ella, junto con las tradiciones. Con ello debía tenerse
la paciencia de esperar por la voluntad divina. Los zelotes, por el contrario,
estaban amargamente resentidos contra la dominación romana y estaban
dispuestos a lograr mediante la espada, la promesa de la esperanza mesiánica.
Es bien conocido que durante la gran rebelión y el sitio de Jerusalem,
que terminó en la destrucción de la ciudad (A.D. 70) el fanatismo
de los zelotes les hizo ser terribles oponentes no sólo de los romanos,
sino también de otras facciones dentro de sus propios compatriotas.
Por otra parte, la fracción extrema de los saduceos, conocida como
los herodianos, estaba en simpatía con los gobernantes extranjeros y
la cultura pagana. Y llegaron a vislumbrar la restauración del reino
nacional bajo uno de los descendientes del rey Herodes. Aún con todo
esto, encontramos a los fariseos, haciendo causa común con los herodianos
en su oposición al Salvador (Marc., iii, 6; xii, 13, etc.).
GIGOT, Outlines of New Testament History (New York, 1902), 74
sqq.; LE CAMUS, L'Œuvre des Apôtres, I (Paris, 1905), 133; FARRAR,
The Life and Work of St. Paul (New York, 1880), 26-39; EATON in HAST INGS, Dict.
of the Bible, s. v.; EDERSHEIM, The Life and Times of Jesus the Messiah, passim.
JAMES F. DRISCOLL
Transcribed by WGKofron
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes
Con gratitud a la Iglesia de Santa María, Akron, Ohio