banner

 
PUBLICIDAD
La ENCICLOPEDIA CATÓLICA no respalda necesariamente a estos anunciantes. Por favor proceda con la discreción adecuada y sírvase notificar cualquier abuso, enviando la dirección web a
ec@aciprensa.com

Título

El nombre oficial en francés es "République Française". Es el quinto en tamaño (normalmente considerado el cuarto) entre los más grandeds paises de Europa y de uno de los mas antiguos y, cultural e historicamente, una de las mas importantes naciones de Europa y, desde luego, de toda la civilizacion occidental.

I.                     Geografia Descriptiva
II.                   Estadisticas

A.    Estadísticas Vitales
B.    Indicadores Sociales
C.    Calidad de Vida del trabajador
D.    Acceso a Servicios
E.    Participacion Social
F.     Desviación Social
G.    Economía Nacional
H.    Comercio Exterior
I.        Transporte
J.      Educación y Salud
K.    Ejército

III.                  Historia de la Tercera República
IV.               La Tercera República
V.                 Francia Misionera del Siglo XIX
VI.               Francia en Roma
VII.              Divisiones Eclesiásticas
VIII.            La Tercera República y la Iglesia en Francia
IX.               Leyes Concernientes a las Congregaciones
X.                 La Laicización de la Educación Primaria

A.    Sobre el Tema de la Educación
B.    Laicización del Personal Docente

XI.               Educación Primaria Confesional
XII.              Educación Secundaria Confesional
XIII.            Educación Superior Confesional
XIV.          Leyes concernientes a las Aplicaciones y Efectos de la Religión en la Vida Civil

A.    El Descanso Dominical
B.    Juramentos
C.   Inmunidades
D.    Matrimonio
E.    Entierros y Cementerios

XV.           Ley de Separación
XVI.          Reglamento civil del Culto Público

A.    Reglas Relacionadas con las Ceremonias Religiosas
B.    Represión de la Interferencia ton el Culto Religioso

XVII.        Ley de Separación de Protestantes y Judios
XVIII.       Capellanías
XIX.          Grupos políticos, la Prensa, y Organizaciones Intelectuales y Sociales
XX.           La Iglesia en Francia Durante los Primeros Tres años después de la Ley de Separación

I. GEOGRAFIA DESCRIPTIVA

La ciudad más grande de Francia es París (La capital). La superficie total de Francia metropolitana y la isla de Córcega es de 543 965 km²; posee 3 140 kilómetros de litorales continentales (1.130 km en la costa norte, - canal de la Mancha y mar del Norte -, con puertos como El Havre y Cherburgo. 1.390 km en la costa occidental frente al Atlántico, incluyendo el golfo de Vizcaya cuyos puertos principales son Brest, Lorient y Saint-Nazaire. Burdeos se encuentra hacia el interior de la Gironda. Los mejores puertos naturales de Francia, como Marsella, Tolón y Niza, se encuentran en el Mediterráneo, cuya costa, de 620 km de longitud, es rocosa y de aguas poco profundas). Francia posee 2 453 kilómetros de fronteras terrestres.

Los limites de Francia son: al norte, el canal de la Mancha, el estrecho de Dover o Paso de Calais y el mar del Norte (que la separa de Gran Bretaña); al noreste, Bélgica, Luxemburgo y Alemania; al este de Alemania, Suiza e Italia; al sureste, el mar Mediterráneo; al sur, España y el Principado de Andorra; al suroeste, el golfo de Vizcaya; y al oeste, el océano Atlántico.Mónaco es un pequeño estado independiente en la costa del sur. La República Francesa tiene diez posesiones en ultramar: Los departementos de Guayana Francesa, en Sudamérica, Martinica y Guadalupe en las Indias Occidentales, y la isla Reunión en el océano Índico. Las dependencias territoriales son Saint Pierre y Miquelon, Mayotte, Nueva Caledonia, Polinesia Francesa, las Tierras Australes y Antárticas Francesas, y las islas Wallis y Futuna.

La forma de Francia es casi un hexágono cuyos lados son:

(1)   - De Dunquerque a Punta San Mateo (arena y dunas desde Dunquerque hasta la desembocadura del Somme; precipicios, llamados "falaises", se extienden desde el Somme hasta el Orne, excepto donde su pared es rota por el estuario del Sena; cantos rodados de granito atravesados por profundas caletas desde el Orne hasta Punta San Mateo.

(2)   - De Punta San Mateo hasta la desembocadura del Bidasoa (precipicios de granito alternados con caletas tan profundas como la del Río Loira; extensiones arenosas y áridos páramos del Loira al Garona; arenales, lagunas y dunas del Garona a los Pirineos).

(3)   - Del Bidasoa al Cabo Cerbére (una formación conocida como calcáreo Pirenaico).

(4)   - De Cabo Cerbére a Menton (una frontera abrupta y rocosa de los Pirineos a la desembocadura del Tech; arenales y lagunas entre el Tech y el Ródano, y una muralla ininterrumpida de piedras puntiagudas que se extiende del Ródano a Menton).

(5)   - Varias cadenas montañosas, entre las cuales algunas cordilleras de los Alpes y del Jura, constituyen las fronteras naturales con Italia y Suiza hasta Ginebra. Desde Ginebra la frontera pasa al este del Jura hasta Basilea desde donde, y hasta la esquina noreste de Francia, el río Rin delimita la frontera con Alemania.

(6)   - Desde la esquina noreste de Francia, el Rin a Dunquerque (una frontera artificial con pocas peculiaridades físicas notables).

Francia es el único país en Europa con litorales en el Atlántico y en el Mediterráneo; además los pasajes de Belfort, Côte d'Or y otros ofrecen vías de comunicación fáciles entre el Rin, el Canal de la Mancha, el Atlántico, y el Mediterráneo. Es además notable que, dondequiera que la frontera francesa esta defendida por elevadas montañas (como, por ejemplo, los Alpes o los Pirineos), las gentes fronterizas son semejantes al francés sea en raza, lengua, o costumbres (los pueblos latinos), mientras que los pueblos teutones, que difieren tanto del francés en ideas y sentimiento, están físicamente separados de ellos sólo por las poco elevadas colinas y llanuras del Noreste. Así se ve que Francia siempre se ha prestado con singular facilidad a la difusión de todos los grandes movimientos intelectuales llegados de las costas del mediterráneo, como fue el caso de la Cristiandad. Francia fue la gran ruta natural entre Italia e Inglaterra, entre Alemania y la península ibérica. En tierra francesa las razas del Norte se mezclaron con las del Sur; y la misma configuración geográfica del país explica, en cierto sentido, el instinto de expansión, el talento de asimilación y de difusión, gracias al que Francia ha podido jugar el papel de distribuidor general de ideas. De hecho, dos mundos completamente diferentes se reúnen en Francia. Un viaje de norte a sur nos lleva a través de tres zonas distintas: el país del grano extendido del litoral septentrional a una línea trazada de Mézières a Nantes; el país de la vid y la región de bayas, del sur de esta línea hasta la latitud de Grenoble y Perpiñán; la tierra de aceitunas y bosquecillos de naranjos, se extiende a lo largo del límite sur del país. Su clima va desde los brumosos promontorios de Bretaña hasta las asoleadas costas de Provence; de la uniforme temperatura del Atlántico a los repentinos cambios tan característicos del mediterráneo. Su gente varía desde las razas de cabellos claros de Flandes y Lorena, que llevan una mezcla de sangre alemana en sus venas, hasta los moradores del sur de piel color de aceituna, quienes son esencialmente latinos y mediterráneos por su extracción. Asimismo la Naturaleza ha formado, en la geografía física de este país, una multitud de regiones, cada una con sus propias características -- su propia personalidad, por decirlo así -- a las que, en tiempos anteriores, el instinto popular llamó países separados. Sin embargo, la tendencia a la abstracción que entusiasmó a los jefes de la Revolución, responsable de las completamente arbitrarias divisiones actuales del país, conocidas como "departamentos". La geografía contemporánea esta influida por los antiguos nombres y las antiguas divisiones en "países" y "provincias" que corresponden casi más con las estructuras geográficas así como con las particularidades naturales de las diferentes regiones.  El "Massif Central" (la Meseta Central), una tierra escabrosa habitada por una obstinada raza que a menudo se alegra de dejar su seguridad y esas confortables tierras que están a lo largo del gran Llano Septentrional, el valle del Loira, y la cuenca fértil en la que Paris se encuentra. Pero a pesar de esta variedad, Francia es una unidad. Estas regiones, tan distintas y diversificadas, se equilibran y complementan una a la otra como los miembros de un ser viviente. Tal como dijo Michelet, "Francia es una persona".

II. ESTADISTICAS

La población de Francia era, en 1998, de 58 841 000 con una densidad de 108 habitantes por Km²; En 1996, la población era 72.9% urbana y 27.1% rural con 48.71% de hombres y 51.29% de mujeres. En 1995 la población se repartía, por edades como sigue: menos de 15 años, 19.7%; de 15 à 29, 21.4%; 30-44, 22.2%; 45-59, 16.9%; 60-74, 13.6%; 75 y mas, 6.2%. Las proyecciones de población se establecían en 59 317 000 en el año 2000.

La composición etnolinguística lengua, en 1990, era: Francés (lengua materna) 93.6%, de los cuales completa o prácticamente bilingues en Occitano 2.7%, alemán (la mayor parte alsaciano) 2.6%, bretón 1.0%, catalán 0.4%; árabe 2.5%; otros 3.9%.

En 1997, se declaraban como: católicos romanos 76.3%; musulmanes 5.5%; protesttantes 2.4%; otros 15.8%.

Las ciudades más grandes, en 1990, eran: Paris con 2 175 200 habitantes (área metropolitana 9 318 821); Marsella 878 869 (1 230 936); Lyón 418 476 (1 262 223); Toulouse 365 933 (608,430); Niza 342,439 (475,507); Estrasburgo 255 937 (388 483); Nantes 244,995 (492,255); Burdeos 213 274 (685,456); Montpellier 207,996 (236,788). En 1990, otras 25 poblaciones superaban los 100 000 habitantes.

El origen de la población era en 1990: Francés 93.6%, de los cuales Martiniqués 0.2%, de Guadalupe 0.2%, de la Reunión 0.2%; Portugués 1.1%; Argelino 1.1%; Marroquí 1.0%; Italiano 0.4%; español 0.4%; turco 0.3%; otro 2.1%.

La movilidad de la población en 1990 era: Población viviendo en la misma residencia que en 1982: 51.4%; misma región 89.0%; otra región 8.8%; otro país 2.2%.

En 1993: el numero promedio de gente viviendo en la misma casa era de 2.6 personas; las habitaciones eran: de una sola persona, 27.7%, de 2 personas, 32.0%, de 3 personas 17.4%, de 4 personas 14.7%, de 5 personas o mas, 8.2%. El numero de casas de familia en 1990 era de 14 118 940 (72.1%) y de no-familias era de 5 471 460 (27.9%, de las cuales el 24.6% eran de 1 sola persona). Los inmigrantes admitidos en 1994 fueron 64 102 (Argelia 13.6%, Marruecos 12.3%, Turquía 7.3%, Túnez 3.4%, Sri Lanka 2.7%, Líbano 1.3%).

A. Estadísticas Vitales

  • Tasa de nacimientos por 1 000 habitantes, 1996: 12.6 (promedio mundial 25.0) de los cuales (en 1994) eran legítimos 63.9% e ilegítimos 36.1%.

  • Mortalidad por 1 000 habitantes (1996): 9.2 (promedio mundial 9.3).

  • Tasa natural de aumento por 1 000 habitantes (1996): 3.4 (promedio mundial. 15.7).

  • Tasa de fertilidad (promedio de nacimientos por mujer en edad de procrear; 1995): 1.7.

  • Numero de matrimonios por 1 000 habitantes en 1996: 4.8.

  • Numero de divorcios por 1 000 habitantes (1993): 1.9.

Esperanza de la vida al nacer (1994): varón 73,7 años; mujer 81,8 años.

Causas mayores de muerte por 100.000 [habitantes] (1994): enfermedad del corazón y otras enfermedades circulatorias 286.7; neoplasmas malignos (cánceres) 247.6; accidentes y violencia 76.9; enfermedades respiratorias 63.7; enfermedades del tracto digestivo 43.7.

B. Indicadores Sociales

Nivel educativo (1990). Porcentaje de población de 25 años y más con educación: Primaria 22.1%; secundaria 7.8%; vocacional y profesional 29.4%; Superior 11.6%; nivel no declarado 29.1%.

C. Calidad de Vida del Trabajador

Semana de trabajo promedio (1994): 38.9 horas. Tasa anual por 100 000 obreros de: lesión o accidente 5 322 (muertes 0.8); accidentes de tránsito al trabajo 708 (muertes 68.3); enfermedad industrial 16.6 {1}; muerte 4.8 {1}. Días promedio perdidos por paros de trabajo por 1 000 obreros (1993): 23.0. Distancia promedio de transporte al trabajo (1990): 14 km.

D. Acceso a Servicios

(1992), Proporción de habitaciones con: calefacción central 86.0%; agua corriente 97.0%; plomería interior 95.8%.

E. Participación Social

Votantes elegibles que participaron a las elecciones de mayo y junio de 1997: elección nacional: c. 78%. Población de mas de 15 años de edad que participa en asociaciones voluntarias: 28.0%.

F. Desviación Social

Tasa de ofensas por 100 000 habitantes (1994): asesinato 0.8; violación 11.3; otro ataque 290.8; robo (incluso robo en casas) 5,204.2. Incidencia por 100 000 habitantes de: muertes relacionadas con el alcoholismo (1991) 5.0; suicidio (1993) 21.1.

Ocio (1987-88). Tasa de participación en actividades favoritas: ver televisión 82%; leer revistas 79%; escuchar la radio 75%; recibir parientes 64%; visitar parientes 61%; asistir a ferias o exposiciones 56%.

Bienestar material (1994). Casas con: automóvil 79.5%; televisión de colores 92.4%; video-casetera 52.8%; refrigerador 99.0%, máquina de lavar 89.4%.

G. Economía Nacional

Producto Nacional Bruto (1996): U.S. $1 533 619 000 000 (U.S. $26 270 por persona).

Presupuesto (1996). Ingreso: F 1 552 100 000 000 (impuesto al valor agregado 49.1%; impuestos directos 38.2%; impuestos aduanales 10.2%). Gasto: F 1 541 300 000 000 (educación 22.5%, defensa 15.6%, servicio de la deuda 4.7%, bienestar social 10.8%).

Producción (toneladas métricas excepto cuando se indica). Agricultura, silvicultura, pesca (1997): trigo 34 070 000, remolachas de azúcar 32 171 000, maíz 15 110 000, cebada 10 161 000, uvas 7 000 000, papas 6 500 000, semillas 3 512 000, guisantes secos 3 087 000, girasol 2 193 000, manzanas 2 192 000, tomates 785 000, zanahorias 644 000, guisantes verdes 575 000, avena 563 000, coliflor 530 000, lechuga 528 000, melocotones 474 000, sorgo 426 000, chícharos 325,000, cebollas 324 000; ganado (número de animales vivos) 20 300 000 vacuno, 14 968 000 cerdos, 10 126 000 ovejas, 1 114 000 cabras; Madera (1995) 46 345 000 metros cúbicos; pesca (1995) 793 413. Minería y cantera (1995): mineral de hierro 1 500 000; sales de potasio 800 000; bauxita 130 800; uranio 840; oro 151 124 onzas troy; plata 48 231 onzas troy. Industrial (1995): cemento 19 896 000; acero bruto 18 132 000; hierro 12 876 000; productos de papel 8 700 000; productos de caucho 619 400 de los cuales: neumáticos 59 268 000 unidades; aluminio 586 000; automóviles 3 200 000 unidades. Construcción (unidades de habitación terminadas en 1993) 299 000. Producción de energía (consumo) {2}: electricidad (kW-HR; 1994) 475 622 000 000 (412 454 000 000); carbón (toneladas métricas; 1994) 8 039 000 (21 809 900); petróleo crudo (barriles; 1994) 20 297 000 (562 907 000); derivados del petróleo (toneladas métricas; 1994) 69 078 000 (66 994 000); gas natural (metros cúbicos; 1994) 2 517 200 000 (33 449 900 000).

Población económicamente activa (1995): total 25 260 300; tasa de actividad de la población total 43,4% (tasa de participación por edad: 15-64, 67.6% {3}; mujeres 45.0%; desempleados 11.7%).

Ingreso y gasto por vivienda (1995). Tamaño promedio de vivienda 2.6; promedio de ingreso anual por vivienda F 302 560 (U.S. $60 610); fuentes de ingreso: sueldos y salarios 70.0%, auto-empleados 24.4%, seguro social 5.6%; gasto: vivienda18.2%, comida 16.8%, transporte 14.5%, salud 10.4%, diversión 6.9%, ropa 5.4%.

Turismo (1996): ingresos U.S.$ 28 181 700 000; gastos  U.S.$ 17 505 400 000.

Deuda pública (1997): F 3 794 600 000 000 (U.S.$ 657 840 000 000).

Uso de la Tierra (1994): bosque 27.3%; pastura 19.3%; agricultura 35.4%; otro 18.0%.

H. Comercio Exterior

Importaciones (1995): F 1 380 400 000 000 (maquinaria y equipo de transporte 38.5%, del cual equipo de transporte 14.6%; productos agrícolas 11.0%; químicos 8.4%; combustibles 6.9%). Principales fuentes de importación: Alemania 18.3%; Italia 9.9%; Reino Unido 9.5%; Bélgica-Luxemburgo 8.8%; España 6.1%; EE.UU. 6.1%.

Exportaciones (1995): F 1 428 800 000 000 (maquinaria y equipo de transporte 42.6%, del cual equipo de transporte 19.5%; productos agrícolas 15.1%; productos químicos 8.4%; plásticos 3.2%). Principales destinaciones de la exportación: Alemania 17.7%; Italia 9.5%; Bélgica-Luxemburgo 8.6%; Reino Unido 7.6%; EE.UU. 7.4%.

I. Transporte

Ferrocarriles (1995): longitud de vías 31 940 km; pasajeros-km 55 470 000 000; ton métrica-km de carga 47 400 000 000. Caminos (1995): longitud total 812 700 km (pavimentado [1985] 92%). Vehículos (1995): carros de pasajeros 25 100 000; camiones y autobuses 5 005 000. Marina mercante (1992): Navíos (100 toneladas brutas y mas) 729; tonelaje total en peso muerto 4 981 027. Transporte aéreo (1994): pasajero-km
67 500 000 000; ton métrica-km de carga 11 300 000 000; aeropuertos (1996) con vuelos programados 61.

J. Educación y salud

Alfabetización (1980): población total instruida 41 112 000 (98.8%); varones instruidos
19 933 000 (98.9%); mujeres instruidas 21 179 000 (98.7%).

Salud: médicos (1994) 160 235 (1 por 361 personas); camas de hospital (1995) 679 731 (1 por 86 personas); tasa de mortalidad infantil (1996) 4.9.

Comida (1995): absorción calórica diaria por persona 3 588 (productos vegetales 62%, productos animales 38%); 142% del requisito mínimo recomendado por la FAO.

K. Ejército

Personal total en servicio activo (1996): 398 900 (ejército 59.3%, armada 15.9%, fuerza aérea 22.2%, otro 2.6%). Gasto militar en porcentaje del PIB (1995): 3.1% (mundo 2.8%); gasto por habitante U.S.$ 826.

Notas:

{1} 1989. {2} Toda las estadísticas de energía incluyen a Mónaco. {3} agosto.

III. HISTORIA DE LA TERCERA REPUBLICA

El tratado de Verdún (843) definitivamente estableció la división del imperio de Carlomagno en tres reinos independientes, y uno de éstos fue Francia. Un gran eclesiástico, Hincmar, Arzobispo de Reims (806-82), fue el creador del nuevo orden. Apoyó fuertemente la monarquía de Carlos el Calvo, bajo cuyo cetro habría puesto también a Lorena. Para Hincmar, el sueño de una cristiandad unida no tenia la apariencia de un imperio, aunque fuera ideal, sino la forma concreta de varios Estados unidos, cada uno miembro de un poderoso grupo, la gran República de la Cristiandad. El reemplazaría el imperio por una Europa de la que Francia seria un miembro. Bajo Carlos el Gordo (880-88) pareció, por un momento, como si el imperio de Carlomagno fuera a vivir de nuevo; pero la ilusión duro poco, y en su lugar, rápidamente, se formaron siete reinos: Francia, Navarra, Provence, Borgoña más allá del Jura, Lorena, Alemania, e Italia. El feudalismo fue el crisol, y el edificio imperial se desmorono hasta hacerse polvo.  Hacia fines del siglo X, en el reino Franco, solo veintinueve provincias o fragmentos de provincias, bajo el dominio de duques, condes, o vizcondes, constituyeron soberanías verdaderas, y a fines del siglo XI hubo hasta cincuenta y cinco de estos estados menores, de mayor o menor importancia. A principios del siglo X una de las familias feudales había empezado a tomar el liderazgo, la de los Duques de Francia, descendientes de Roberto el Fuerte, y señores de todo el país entre el Sena y el Loira. > De 887 a 987 defendieron con éxito la tierra francesa contra los invasores Normandos, y Eudes, U Odo, Duque de Francia (887-98), Roberto su hermano (922-23), y Raúl, o Rodolfo, el yerno de Roberto (923-36), ocuparon el trono durante un breve intervalo. La debilidad de los últimos reyes Carolingios era evidente para todos, y en 987, a la muerte de Luis V, Adalberon, Arzobispo de Reims, durante una reunión de los principales jefes que se tuvo en Senlis, hizo contrastar la incapacidad del Carolingio Carlos de Lorena, el heredero al trono, con los méritos de Hugo, Duque de Francia. Gerbert, quien después llegó a ser Silvestre II, consejero y secretario de Adalberon, y Arnoul, Obispo de Orléans, también hablaron para apoyar a Hugo, con el resultado de que se le proclamó rey.

Así que la dinastía de los Capetos tuvo su ascensión en la persona de Hugo Capeto. Fue la obra de la Iglesia, causada por la influencia de la Sede de Reims, renombrada en toda Francia desde el episcopado de Hincmar, famosa desde los días de Clovis por el privilegio conferido a su titular de ungir a los reyes Francos, y renombrada muy oportunamente en ese tiempo por la erudición de su escuela episcopal presidida por el mismo Gerbert.

La Iglesia, que instaló a la nueva dinastía, ejerció una muy saludable influencia sobre la vida social francesa. Que el origen y desarrollo de las "Chansons de geste," i.e., de la literatura épica inicial, están estrechamente unidas a los famosos santuarios de peregrinaje, en donde la piedad de las personas se manifestaba, ha sido demostrado por los esfuerzos literarios de M. Bédier. Y el valor militar y el heroísmo físico fueron enseñados y benditos por la Iglesia, que en la primera parte del siglo XI transformó la caballería, de una institución laica de origen alemán, en una religiosa poniendo entre sus ritos litúrgicos la ceremonia de caballería, en la que el candidato prometía defender la verdad, la justicia y al oprimido. La Congregación de Cluny, fundada en 910, que tuvo un rápido progreso en el siglo XI, preparó Francia a jugar un papel importante en la reforma de la Iglesia emprendida durante la segunda mitad del siglo XI por un monje de Cluny, Gregorio VII y le dio a la Iglesia otros dos papas después de él, Urbano II y Pascal II. Fue el francés, Urbano II, quien en el Concilio de Claraval (1095), inició el glorioso movimiento de las cruzaadas, una guerra emprendida por la cristiandad en la que Francia tomó el liderazgo.

El reino de Luis VI (1108-37) es notable en la historia de la Iglesia, y en la de Francia; por una parte porque la solemne adhesión de Luis VI a Inocente II aseguró la unidad de la Iglesia, que en ese momento era seriamente amenazada por el Antipapa Anacleto; por otra parte porque por primera vez los reyes Capetos tomaron posición como campeones de la ley y el orden contra el sistema feudal y como protectores de los derechos públicos. Un eclesiástico, Suger, abad de Saint-Denis, amigo de Luis VI y ministro de Luis VII (1137-80), desarrolló y llevo a cabo este ideal del deber real. Luis VI, secundado por Suger, y contando con el apoyo de las ciudades -- las "comunas" así llamadas cuando habían obligado a los señores feudales a concederles estatutos de libertad -- cumplió a la letra el papel de príncipe tal como fue concebido por la teología de la Edad Media.  "Los reyes tienen brazos largos," escribió Suger, "y es su deber reprimir con toda su fuerza, y por el derecho de su cargo, la osadía de aquellos que desgarran el Estado con guerras interminables, quienes se regocijan con el pillaje, y quienes destruyen heredades e iglesias."

Otro Eclesiástico francés, San Bernardo, ganó a Luis VII para las cruzadas; y no fue su culpa que Palestina, donde la primera cruzada había establecido un reino latino, no permaneciera como colonia francesa al servicio de la Iglesia. El divorcio de Luis VII y Leonor de Aquitania (1152) destruyó el ascendiente de la influencia francesa y abrió la vía para el desarrollo de las pretensiones Anglo-Normandas sobre el suelo francés, del Canal a los Pirineos. Pronto, sin embargo, en virtud de leyes feudales, el rey francés, Felipe Augusto (1180-1223), se proclamó señor feudal por encima de Ricardo Corazón de León y de Juan Sin Tierra, y la victoria de Bouvines, en la que triunfó sobre el Emperador Otto IV, apoyado por una coalición de nobles feudales (1214), fue el primer evento en la historia francesa que provocó un movimiento de solidaridad nacional alrededor de un rey francés. La guerra contra los albigenses bajo Luis VIII (1223-26) provocó el establecimiento de la influencia y de la autoridad de la monarquía francesa en el sur de Francia.

San Luis IX (1226-1270), "ruisselant de piété, et enflammé de charité" ("derramando piedad, y encendido de caridad") como un contemporáneo lo describió, hizo a los reyes tan queridos que desde entonces existe el culto real, por así decirlo, que fue una de las fuerzas morales en la antigua Francia, y que no existió de la misma manera en ningún otro país de Europa. La piedad había sido para los reyes de Francia, puestos en sus tronos por la Iglesia de Dios, como un deber correspondiente a su cargo u oficio; pero en la piedad de San Luis había una marca que le era propia, la marca de la santidad. Con él acabaron las cruzadas pero no su espíritu. Durante los siglos XIII y XIV, se hicieron proyecto tras proyecto para intentar poner en pie una cruzada, y los mencionamos sólo para señalar que el espíritu de un apostolado militante continuó a fermentar en el alma de Francia. El proyecto de Carlos Valois (1308-09), la expedición francesa bajo Pedro I de Chipre contra Alejandría y las costas armenias (1365-1367), cantada por el trovador francés, Guillaume Machault, la cruzada de Juan de Nevers, que acabó en la sangrienta batalla de Nicópolis (1396) -- en todas estas empresas, el espíritu de San Luis vivió, así como en el corazón de los cristianos orientales, a quienes Francia trataba así de proteger, allí ha sobrevivido una gratitud duradera hacia la nación de San Luis. Si la débil nación de los Maronitas clama hoy a Francia por ayuda, es debido a una carta escrita por San Luis a la nación de San Maroun en mayo de 1250. En los días de San Luis la influencia de la literatura épica francesa en Europa era suprema. Brunetto Latini, desde mediados del siglo XIII escribió que, "de todos los idiomas [parlures] el de los franceses es el más encantador, y el más favorecido por todo el mundo." El francés tuvo influencia en Inglaterra hasta mediados del siglo XIV; se hablaba con fluidez en la Corte de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada y en Grecia en los ducados, principados y baronías fundados allí por las Casas de Borgoña y Champaña. Y fue en francés que Rusticiano de Pisa, hacia 1300, escribió de los labios de Marco Polo el relato de sus maravillosos viajes. La Universidad de Paris, fundada por privilegio de Inocente III entre 1280 y 1213, fue preservada de un espíritu de exclusividad por la afortunada intervención de Alejandro IV, que la obligó a abrir sus cátedras a los frailes mendicantes. Entre su profesores estuvieron Duns Scotus; los italianos, San Thomas y San Buenaventura; Alberto el Grande, un alemán; Alejandro de Hales, un inglés. Entre sus alumnos tuvo a Roger Bacon, Dante, Raimundo Lulio, los Papas Gregorio IX, Urbano IV, Clemente IV, y Bonifacio VIII

Francia fue también el lugar de nacimiento del arte gótico, que fue llevado por arquitectos franceses a Alemania. El método empleado en la construcción de muchas catedrales góticas -- i.e., con la ayuda real de los fieles -- da testimonio de que en este período la vida de los franceses estaba profundamente compenetrada con la fe. Una maravilla arquitectónica tal como la catedral de Chartres era en realidad la obra del arte popular nacido de la fe de las personas que allí rendían culto.

Bajo Felipe IV, el Hermoso (1285-1314), la casa real de Francia llegó a ser muy poderosa. Por medio de alianzas extendió su prestigio hasta el Oriente. Su hermano Carlos de Valois se casó con Catalina de Courtney, una heredera del Imperio latino de Constantinopla. Los Reyes de Inglaterra y Menorca eran sus vasallos, el Rey de Escocia su aliado, los Reyes de Nápoles y Hungría tenían conexiones por matrimonios. Buscaba una forma de supremacía sobre el cuerpo político Europeo. Pierre Dubois, su jurisconsulto, soñaba con que el papa entregaría todos sus dominios a Felipe recibiendo a cambio un ingreso anual, y Felipe tendría así a la cabeza espiritual de la cristiandad bajo su influencia. Felipe IV trabajó para acrecentar las prerrogativas reales y por consiguiente la unidad nacional de Francia. Por el envío de magistrados en territorios feudales, por la definición de ciertos casos (cas royaux) como reservados a la competencia del rey, asestó un fuerte revés al feudalismo de la Edad Media. En cambio, bajo su reinado muchas máximas anti-cristianas empezaron a deslizarse dentro de la ley y la política. Despacio, se re-introdujo el derecho romano dentro de la organización social, y gradualmente la idea de una cristiandad unida desapareció de la política nacional. Felipe el Hermoso, pretendía regir por derecho Divino, dio a entender que el no rendía cuenta de su monarquía a nadie bajo el cielo. Negó al papa el derecho a representar, como el papado lo había siempre hecho en el pasado, las exigencias de moralidad y justicia en lo que concernía a los reyes. En consecuencia surgió, en 1294-1303, su contienda con el Papa Bonifacio VIII, pero en esa disputa fue lo bastante hábil como para obtener el apoyo de los Estados Generales, que representaban a la opinión pública en Francia. Más tarde, luego de siglos de gobierno monárquico, esta misma opinión pública se levantó en contra del abuso del poder ejercido por sus reyes en nombre de un pretendido derecho divino, y hizo así una implícita enmienda honorable a lo que la Iglesia le había enseñado acerca del origen, los límites, y la responsabilidad de todo poder, que había sido olvidado o mal interpretado por los abogados de Felipe IV cuando instalaron su Estado pagano como la fuente absoluta del poder. La elección del Papa Clemente V (1305) bajo la influencia de Felipe, el destierro del papado a Aviñon, la nominación de siete papas franceses en sucesión, debilitaron la influencia del papado en la cristiandad, aunque recientemente se ha mostrado que los papas de Aviñon no siempre permitieron que la independencia de la Santa Sede vacilara o desapareciera en el juego de la política. Felipe IV y sus sucesores pueden haber tenido la ilusión de que tomaban el lugar de los emperadores alemanes en los asuntos europeos. El papado estaba preso en su territorio; el imperio alemán, que pasaba por una crisis, estaba, en realidad, en decadencia, y los reyes de Francia podían imaginarse bien como los vicarios temporales de Dios, al lado, o incluso en oposición, con el vicario espiritual que vivía en Aviñon.

Pero con ese crítico momento la Guerra de Cien años estalló, y el reino francés, que aspiraba a ser el árbitro de ls cristiandad, fue amenazado en su existencia misma por Inglaterra. Los reyes ingleses pusieron su mira en la corona francesa, y las dos naciones lucharon por la posesión de Guyena. Dos veces durante esta guerra la independencia de Francia estuvo en peligro.  Derrotada en la Ecluse (1340), en Crécy (1346), en Poitiers (1356), Francia fue salvada por Carlos V (1364-80) y por Duguesclin, sólo para sufrir la derrota bajo Carlos VI en Agincourt (1415) y ser cedida por el Tratado de Troyes a Enrique V, Rey de Inglaterra. En esa, la hora más oscura de la monarquía, la nación misma se sublevó. El atentado revolucionario de Etienne Marcel (1358), y la revuelta que provocó la Ordonnace Cabochienne (1418) fueron las primeras señales de la impaciencia popular sobre el absolutismo de los reyes franceses, pero las disensiones internas impidieron una defensa eficaz patriótica del país. Cuando Carlos VII llegó al trono, Francia había casi cesado de ser francesa. El rey y la corte vivían más allá del Loira, y Paris era el asiento de un gobierno inglés. Santa Juana de Arco fue la salvadora de la nacionalidad y de la realeza francesa, y al final del reino de Carlos VII (1422-61), Calais era el único sitio en Francia bajo control inglés.

El ideal de una cristiandad unida continuó a obsesionar el alma de Francia a pesar de la influencia predominante, gradualmente asumida por la política francesa, de aspiraciones completamente nacionales. Del reino de Carlos VI, o aun de los últimos años de Carlos V, data la costumbre de darles el título exclusivo de Rex Christianissimus a los reyes franceses. Pipino el Breve y Carlomagno habían sido proclamados "Los más Cristianos" por los papas de su tiempo: Alejandro III había otorgado el mismo título a Luis VII; pero desde Carlos VI en adelante, el título es de uso constante como la prerrogativa especial de los reyes de Francia. "Debido al vigor con el que Carlomagno, San Luis y otros valientes reyes franceses, más que los otros reyes de la cristiandad, han sostenido la Fe católica, los reyes de Francia son conocidos entre los reyes de la cristiandad como 'Los Mas Cristianos'." Así escribió Felipe de Mezières, un contemporáneo de Carlos VI. En tiempos posteriores, el Emperador Federico III, dirigiéndose a Carlos VII, escribió "Sus antepasados han ganado para su nombre el título Los Más Cristianos, como una herencia de la que no debe separarse." Desde el pontificado de Paulo II (1464), los papas, al dirigir bulas a los reyes de Francia, siempre utilizaron el estilo y título Rex Christianissimus. Además, la opinión pública europea siempre tuvo a Santa Juana de Arco, quien salvó a la monarquía francesa, como la heroína de la cristiandad, y creyó que la doncella de Orleáns quiso guiar al rey de Francia en otra cruzada después de asegurarle la posesión pacífica de su propio país. La heroína nacional de Francia fue así anunciada por la imaginación de sus contemporáneos, por Cristina de Pisan, y por ese mercader veneciano cuyas cartas se han conservado para nosotros en la Crónica Morosini, como una heroína cuya miras eran tan amplias como la cristiandad misma.

El siglo XV, durante el cual Francia crecía en espíritu nacional, y mientras que las mentes de los hombres eran aun conscientes de las demandas de la cristiandad en su país, fue también el siglo durante el cual, al día siguiente del Gran Cisma y de los Concilios de Basilea y de Constancia, empezó un movimiento entre los poderosos obispos feudales contra el papa y el rey, y que pretendía emancipar a la Iglesia galicana. Las proposiciones sostenidas por Gerson, y aplicadas por él, como representante de la Universidad de Paris, en el Concilio de Constancia, habrían instalado en la Iglesia un régimen aristocrático análogo al que los señores feudales, aprovechándose de la debilidad de Carlos VI, habían soñado con establecer en el Estado. Una proclamación real de 1518, emitida después de la elección de Martín V, mantuvo en oposición al papa "todos los privilegios y franquicias del reino," acabó con la costumbre de "annates" (ingresos al papa), limitó los derechos de la corte romana para colectar beneficios, y prohibió el envío a Roma de artículos de oro o plata. Esta proposición fue tolerada por el joven Rey Carlos VII en 1423, quien al mismo tiempo envió al Papa Martín V una embajada para pedir la absolución del juramento que había tomado de sostener los principios de la Iglesia galicana y tratar de concertar un concordato que le daría un derecho de patronato al rey francés sobre 500 beneficios en su reino. Éste fue el origen de la práctica adoptada por los reyes franceses de organizar el gobierno de la Iglesia directamente con los papas por encima de los obispos. Carlos VII, cuya disputa con Inglaterra había dejado a su autoridad todavía muy incierta, fue obligado, en 1438 durante el Concilio de Basilea, para apaciguar a los poderosos prelados de la Asamblea de Bourges, a promulgar la Sanción Pragmática, confirmando así, en Francia, aquellas máximas del Concilio de Basilea que el Papa Eugenio había condenado. Pero, inmediatamente, él sopesó la idea de un concordato, y se hicieron insinuaciones en ese sentido a Eugenio IV. Eugenio contestó que él bien sabía que la Sanción Pragmática -- "esa odiosa ley" -- no era un acto libre del rey y discutieron un concordato entre ellos. Luis XI (1461-83), cuya política interior buscaba terminar ó debilitar el nuevo feudalismo que se había desarrollado durante dos siglos por la costumbre de presentar "appanages" a los hermanos del rey, extendió a los obispos feudales la mala voluntad que profesaba a los señores feudales. Aborrecía la Sanción Pragmática como una ley que fortalecía el feudalismo eclesiástico, y el 27 de noviembre de 1461, le anunció al papa su supresión. Al mismo tiempo él prometió, como lo pedía su Parlamento, que en el futuro el papa debería permitir que la colecta de beneficios eclesiásticos se hiciera totalmente o en parte por conducto del poder civil. El concordato de 1472 obtuvo de Roma concesiones muy materiales a este respecto. En ese tiempo, además del "galicanismo episcopal," en contra del cual el papa y el rey actuaban juntos, remontaríamos, en los escritos de los abogados de los últimos años del siglo XV, a los orígenes de un "galicanismo real" que enseñaba que en Francia el Estado debía gobernar a la Iglesia.

Las guerras italianas emprendidas por Carlos VIII (1493-98), y continuadas por Luis XII (1498-1515), ayudados por un excelente cuerpo de artillería, y todos los recursos de la furia francesa, para defender ciertas reivindicaciones francesas sobre Nápoles y Milán, no cumplieron completamente los sueños de los reyes franceses. Tuvieron, sin embargo, un triple resultado en los mundos de la política, la religión y el arte. Políticamente, llevaron a las potencias extranjeras a creer que Francia era una amenaza para el equilibrio del poder, y en consecuencia suscitaron alianzas para mantener ese balance, tales como, por ejemplo, la Liga de Venecia (1495) y la Liga Santa (1511-12). Desde el punto de vista del arte, llevaron el aliento del Renacimiento a través de los Alpes. Y en el ámbito religioso proporcionaron a Francia la oportunidad de afirmar por primera vez en tierra italiana los principios del galicanismo real. Luis XII, y el emperador Maximiliano, apoyados por los adversarios del Papa Julio II, reunieron en Pisa un concilio que amenazó los derechos de la Santa Sede. El asunto parecía muy serio. El acuerdo entre el papa y los reyes franceses colgaba en la balanza. Leo X entendió el peligro cuando la victoria de Marignano abrió a Francisco I el camino de Roma. El papa, alarmado, se retiró a Bolonia, y el concordato de 1516, negociado entre los cardenales y Duprat, el canciller, y aprobado después por el Concilio Ecuménico Laterano, reconoció el derecho del Rey de Francia a nombrar no sólo a 500 beneficios eclesiásticos, como Carlos VII lo había pedido, sino a todos los beneficios de su reino. Fue un regalo justo en verdad. Pero si en asuntos temporales los obispos estaban así en las manos del rey, su institución en asuntos espirituales estaba reservada al papa. El Papa y el rey de común acuerdo acabaron así con una aristocracia episcopal tal como los galicanos de los grandes concilios la habían soñado. El concordato entre Leo X y Francisco I equivalió a una solemne repudiación de toda la obra anti-romana de los grandes concilios del siglo XV. La conclusión de este concordato fue una de las razones por las que Francia escapó a la Reforma. Ya que la disposición de los bienes de la iglesia, tal como lo fijaba el concordato, pertenecía al poder civil, la realeza no tenía nada que ganar de la Reforma. Mientras que los reyes de Inglaterra y los principitos alemanes vieron en la reforma una oportunidad para obtener posesión de los bienes eclesiásticos, los reyes de Francia, gracias al concordato, estaban ya en posesión legal de ésos tan envidiados bienes. Cuando Carlos V llegó a ser Rey de España (1516) y emperador (1519), uniendo así en su persona las posesiones hereditarias de las Casas de Austria y Alemania, así como los antiguos dominios de la Casa de Borgoña en los Países Bajos -- uniendo además la monarquía española con Nápoles, Sicilia, Cerdeña, la parte norte de África, y ciertas tierras en América, Francisco I inició una disputa entre Francia y la Casa de Austria. Después de cuarenta y cuatro años de guerra, de la victoria de Marignano al tratado de Cateau-Cambrésis (1515-59), Francia abandonó la esperanza de guardar posesión de Italia, pero obtuvo del imperio los Obispados de Metz, Toul, y Verdún y ganó de nuevo posesión de Calais. Los españoles se quedaron en posesión de Nápoles y del territorio alrededor de Milán, y su influencia predominó en toda la Península italiana. Pero el sueño que Carlos V había acariciado, por un breve momento, de un imperio mundial había sido destruido.

Durante esta lucha contra la Casa de Austria, Francia, por motivos de exigencia política y militar, había sido obligada a apoyarse en los luteranos de Alemania, e incluso en el sultán. La política extranjera de Francia, desde Francisco I, había sido la de perseguir exclusivamente el bien de la nación y no más la de ser guiada por los intereses del Catolicismo en general. La Francia de las cruzadas incluso se volvió aliada del sultán. Pero, por una extraña anomalía, este nuevo arreglo político permitió que Francia continuara su protección a los cristianos de Oriente. En la edad media los protegió por la fuerza de las armas; pero desde el siglo XVI, por tratados llamados capitulaciones, el primero de los cuales se redactó en 1535. El espíritu de la política francesa había cambiado, pero las comunidades cristianas de Oriente contaban siempre con Francia, y este protectorado continuó a existir bajo la Tercera República, sin nunca fallarles.

La primera parte del siglo XVI fue marcada en Francia por el desarrollo del protestantismo, bajo las formas del luteranismo y del calvinismo. El luteranismo fue el primero en hacer su entrada. En Francia, algunas mentes ya estaban preparadas para recibirlo. Seis años antes de Lutero, el arzobispo Lefebvre de Etaples (Faber Stapulensis), un protegido de Luis XII y de Francisco I, había predicado la necesidad de leer las escrituras y de "regresar la religión a su pureza primitiva." Un cierto número de mercaderes, algunos de los cuales, por razones de negocios, habían viajado en Alemania, y algunos sacerdotes, estaban infatuados con las ideas luteranas. Hasta 1534, Francisco I era casi favorable a los luteranos, e incluso propuso nombrar a Melanchthon presidente de la Universidad de Francia. Pero al saber, en 1534, que ese mismo día se habían fijado carteles muy violentos contra la Iglesia de Roma en muchas grandes ciudades, e incluso cerca del propio salón del rey en el Castillo de Amboise, tuvo miedo de una conjura luterana; se ordenó una investigación, y siete luteranos fueron condenados a muerte y quemados en la hoguera en Paris. Eminentes eclesiásticos como du Bellay, Arzobispo de Paris, y Sadolet, Obispo de Carpentras, deploraron estas ejecuciones, y la masacre de Valdois ordenada por d'Oppède, presidente del Parlamento de Aix, en 1545. Laicos, sin embargo, que mal comprendían la mansedumbre cristiana de estos prelados, les reprocharon el ser lentos y negligentes en reprimir la herejía; y cuando, bajo Enrique II, el calvinismo avanzó desde Ginebra, se lanzó una política de persecución. De 1547 a 1550, en menos de tres años, la chambre ardente, una comisión del Parlamento de Paris, condenó a más de 500 personas a retractarse de sus creencias, a la prisión, o a la muerte en la hoguera. A pesar de esto, los calvinistas, en 1555, pudieron organizarse en Iglesias según el esquema de la de Ginebra; y, para unir más estrechamente a esas Iglesias, tuvieron un sínodo en Paris en 1559. Había en Francia en aquel momento setenta y dos Iglesias Reformadas; dos años más tarde, en 1561, el número había aumentado a 2000. Los métodos, además, de la propaganda calvinista habían cambiado. Los primeros calvinistas, como los luteranos, habían sido artistas y obreros, pero con el transcurso del tiempo, en el sur y en el oeste, varios príncipes y nobles se unieron a sus filas. Entre éstos hubo dos príncipes de sangre, descendientes de San Luis: Antonio de Borbón, que llegó a ser Rey de Navarra por su matrimonio con Juana d'Albret, y su hermano el Príncipe de Condé. Otro nombre de marca es el del Almirante Coligny, sobrino de aquel duque de Montmorency que fuera el Primer Barón de la cristiandad. Así ocurrió que en Francia el calvinismo ya no fue más una fuerza religiosa, sino que se había convertido en una intriga política y militar; y oponiéndosele, los reyes franceses no hacían más que defender sus propios derechos.

Tal fue el origen de las Guerras de Religión. Tuvieron como punto de comienzo la conspiración de Amboise (1560) por la que los lideres protestantes trataron de apoderarse de Francisco II, para retirarlo de la influencia de Francisco de Guise. Durante los reinos de Francisco II, Carlos IX y Enrique III, la reina-madre ejerció una poderosa influencia, sirviéndose de los conflictos entre las facciones religiosas contrarias para asentar con más seguridad el poder de sus hijos. En 1561 Catalina de Médicis organizó la discusión de Poissy para tratar de obtener un acuerdo entre las dos creencias, pero durante las Guerras de religión ella siempre mantuvo una actitud ambigua entre ambos partidos, favoreciendo tanto el uno como el otro, hasta que, temiendo que Carlos IX se librara de su influencia, tomó una gran responsabilidad en la odiosa matanza de San Bartolomé.  Hubo ocho de estas guerras durante treinta años. La primera fue iniciada por una matanza de calvinistas en Vassy por los soldados de tropa de Guise (1 de marzo de 1562), e inmediatamente ambos partidos pidieron ayuda extranjera. Catalina, que estaba en este momento trabajando por la causa católica, se dirigió a España; Coligny y Condé se dirigieron a Elizabeth de Inglaterra y le entregaron el puerto de Le Havre. Así, desde el principio, se prefiguraron las líneas que las Guerras de religión seguirían. Entregaron Francia a la intervención de príncipes extranjeros tales como Elizabeth y Felipe II, y al pillaje de soldados extranjeros, tales como los del Duque de Alba y los soldados alemanes (Reiter) llamados por los protestantes. Una tras otra, estas guerras terminaron en débiles tratados provisionales que no duraron. Bajo los estandartes del partido de la Reforma o de los de la Liga organizada por la Casa de Guise para defender el Catolicismo, se posicionaron las opiniones políticas, y durante esos treinta años de desorden civil la centralización monárquica estuvo frecuentemente a punto de ser derrocada. Si hubiera prevalecido el partido de Guise, la tendencia política adoptada por la monarquía francesa hacia el Catolicismo después del concordato de Francisco I habría ciertamente sido menos galicana. Ese concordato había puesto la Iglesia de Francia y su episcopado en las manos del rey. El antiguo galicanismo episcopal que sostenía que la autoridad del papa no estaba por encima de la de la Iglesia congregada en concilio y el galicanismo real que sostenía que no había nadie en la tierra superior al rey, ni aun el papa, se aliaron entonces en contra de la monarquía papal fortalecida por el Concilio de Trento. El resultado de todo esto fue que los reyes franceses se negaron a permitir que se publicaran en Francia las decisiones de ese concilio, y ese rechazo nunca se ha retirado.

A fines del siglo XVI pareció por un instante como si el partido de la casa de Francia fuera a sacudirse del yugo de las opiniones galicanas. Se había roto el feudalismo; la gente estaba ávida de libertad; los católicos, descorazonados por la corrupción de la corte de Valois, pensaron llevar al trono, en sucesión de Enrique II, que no tenía hijos, a un miembro de la poderosa Casa de Guise. De hecho, la Liga había pedido a la Santa Sede el aceptar el deseo del pueblo, y darle a Francia un Guise como rey. Enrique de Navarra, el presunto heredero al trono, era un protestantes; Sixto V le había dado la opción de permanecer protestante y nunca reinar en Francia, o de abjurar su herejía, recibir la absolución del papa mismo, y, con ella, el trono de Francia. Pero había una tercera solución posible, y el episcopado francés la previó, a saber que se debería hacer la abjuración no al papa sino a los obispos franceses. Se satisfarían así las susceptibilidades galicanas, se mantendría la ortodoxia dogmática en el trono francés, y además se alejaría el peligro al que la unidad de Francia se exponía por la propensión de un cierto número de Miembros de la Liga de alentar la intervención de los ejércitos españoles y las ambiciones del rey español, Felipe II, que consideraba la idea de poner a su propia hija en el trono de Francia.

La abjuración de Enrique IV hecha a los obispos franceses (25 de julio de 1593) fue una victoria del catolicismo sobre el protestantismo, aunque fue la victoria del galicanismo episcopal sobre el espíritu de la Liga. Canónicamente, la absolución dada por los obispos a Enrique IV fue ineficaz, ya que solo el papa podía legalmente otorgarla; pero políticamente esa absolución estaba destina a tener un fuerte efecto. Desde el día en que Enrique IV se volvió católico, la Liga fue derrotada. Dos prelados franceses fueron a Roma a pedir la absolución para Enrique. San Felipe Neri ordenó a Baronius -- sonriendo, sin duda, al hacerlo -- a decirle al papa, cuyo confesor era Baronius mismo, que él no podía recibir la absolución hasta que hubiera absuelto al Rey de Francia. Y el 17 de septiembre de 1595, la Santa Sede solemnemente absolvió a Enrique IV, sellando así la reconciliación entre la monarquía francesa y la Iglesia de Roma. La accesión de la familia real Borbónica fue una derrota para el protestantismo, pero al mismo tiempo una victoria a medias para el galicanismo. Desde el año de 1598 el trato de los Borbones con el protestantismo fue regulado por el Edicto de Nantes. Este instrumento no sólo les otorgó a los protestantes la libertad de practicar su religión en sus propios hogares, en las ciudades y pueblos donde se habían establecido desde antes de 1597, y en dos lugares en cada baillage, también les abrió todos los empleos y creó tribunales mixtos en los que se elegían jueces igualmente de entre católicos y calvinistas; además los convirtió en un poder político reconociéndolos durante ocho años como señores de cerca de cien ciudades que se conocían como "lugares de seguridad" (places de sûreté). Favorecidos por las causas políticas del Edicto los protestantes rápidamente llegaron a ser un imperium in imperio (imperio en el imperio), y en 1627, en La Rochelle, formaron una alianza con Inglaterra para defender, contra el gobierno de Luis XIII (1610-43), los privilegios de los que el Cardinal Richelieu, ministro del rey, quería despojarlos. La toma de La Rochelle por las tropas del rey (noviembre, 1628), después de un sitio de catorce meses, y la sumisión de los rebeldes protestantes en las Cévenes, dieron por resultado una decisión real que Richelieu llamó la Grâce d'Alais: los protestantes perdieron todos sus privilegios políticos y todos sus "lugares de seguridad" pero en cambio se les garantizó la libertad de culto y la absoluta igualdad con los católicos.

Ambos, el Cardinal Richelieu y su sucesor, el Cardinal Mazarin, escrupulosamente observaron esta garantía, pero bajo Luis XIV se inauguró una nueva política. Durante veinticinco años el rey prohibió a los protestantes todo lo que el edicto de Nantes no les garantizaba explícitamente, y luego, neciamente, creyendo que el protestantismo declinaba, y que quedaban en Francia sólo unos cientos de herejes obstinados, revocó el Edicto de Nantes (1685) e inició una política opresiva en contra de los protestantes, que provoco la insurrección de los Camisards en 1703-05, y que duró, con alternancias de dureza y benevolencia hasta 1784, cuando Luis XVI fue obligado a darles sus derechos civiles a los protestantes una vez más. La manera misma en la que Luis XIV, que se consideraba como la cabeza religiosa de su reino, emprendió la Revocación, no fue más que una aplicación de las máximas religiosas del galicanismo.

En la persona de Luis XIV, de hecho, el galicanismo estaba en el trono. Durante los Estados-Generales en 1614, el tiers état se esforzó por hacer que la asamblea se comprometiera a si misma a ciertas, decididamente galicanas, declaraciones, pero el clero, gracias al Cardinal Duperron, consiguió archivar la cuestión; entonces Richelieu, cauteloso, para no pelearse con el papa, tomo la mitigada y muy discreta forma de galicanismo representada por el teólogo Duval. En cuanto a Luis XIV, quien se consideraba a si mismo un Dios en la tierra -- su religión era la del Estado; cada súbdito que no sostiene esa religión estaba fuera del Estado. En consecuencia hubo la persecución de protestantes y de jansenistas. Pero al mismo tiempo nunca autorizaría que se publicara en Francia una Bula papal sin que el Parlamento decidiera que no interfería con las "libertades" de la Iglesia francesa o la autoridad del rey. Y en 1682 invitó al clero de Francia a proclamar la independencia de la Iglesia galicana en un manifiesto de cuatro artículos, dos de los cuales, al menos, -- se relacionaban con los poderes respectivos del papa y del concilio -- tratando cuestiones que sólo un concilio ecuménico podría decidir. Como consecuencia de esto una crisis surgió entre la Santa Sede y Luis XIV que provocó que treinta y cinco sedes quedaran vacantes en 1689. También Luis XV adoptó la política de Luis XIV en asuntos religiosos. Su manera de atacar a los Jesuitas en 1763 fue en principio la misma que la tomada por Luis XIV para imponer el galicanismo a la Iglesia -- el poder real pretendiendo a la supremacía por encima de la Iglesia. La política doméstica de los Borbones del siglo XVII, ayudados por Scully, Richelieu, Mazarin y Louvois, completó la centralización del poder real. En el extranjero, el principio fundamental de su política fue continuar la lucha en contra de la Casa de Austria. El resultado de la diplomacia de Richelieu (1624-42) y de Mazarin (1643-61) fue una nueva derrota para la Casa de Austria; Las armas francesas fueron victoriosas en Rocroi, Fribourg, Nördlingen, Lens, Sommershausen (1643-48), y por la Paz de Westphalia (1648) y la de los Pirineos (1659), Alsacia, Artois, y Rosellón fueron anexadas al territorio francés. En la pelea Richelieu y Mazarin tuvieron el apoyo del príncipe luterano de Alemania y de países protestantes como la Suecia de Gustavo Adolfo.

De hecho se puede decir que durante la Guerra de Treinta años, Francia sostuvo al protestantismo. Luis XIV, al contrario, que por muchos años fue el árbitro de los destinos de Europa, actuaba por motivos completamente religiosos en varias de sus guerras. Así la guerra contra Holanda, y aquella en contra de la Liga de Augsburgo, y su intervención en los asuntos de Inglaterra fue en algunos aspectos el resultado de una política religiosa y de un deseo de sostener al catolicismo en Europa. Las expediciones en el mediterráneo en contra de los piratas de Barbarie tenían todo el halo de los antiguos ideales de la cristiandad -- ideales que en los días de Luis XIII habían obsesionado la mente del Padre Joseph, el famoso confidente de Richelieu, y le habían inspirado el sueño de cruzadas lideradas por Francia, una vez que se hubiera derrotado a la Casa de Austria.

El reino prolongado y complejo de Luis XIV, a pesar de los desastres que marcaron su fin, obtuvo para Francia la posesión de Flandes y de Franche-Comté, y vio un Borbón, Felipe V, nieto de Luis XIV, sentarse en el trono de España. El siglo XVII en Francia fue par excellence un siglo de despertar católico. Varios obispos emprendieron la reforma de sus diócesis según las reglas fijadas por el Concilio de Trento, aunque sus decretos no se oficializaron en Francia. El ejemplo de Italia produjo fruto en todo el país. El cardenal de la Rochefoucauld, Obispo de Claremont y después de Senlis, había conocido a San Carlos Borromeo. Francisco Taurugi, un compañero de San Felipe Neri, era el arzobispo de Aviñon. San Francisco de Sales cristianizó a la sociedad laica con su "Introducción a la Vida Devota”, que escribió a instancias de Enrique IV. El cardinal de Bérulle y su discípulo de Condren fundaron el Oratorio. San Vicente de Paul, fundando a los sacerdotes de la Misión y M. Olier, fundando los Sulpicianos, prepararon el renuevo del clero secular y el desarrollo de los grandes seminarios. Fue el período, también, cuando Francia empezó a construir su imperio colonial, cuando Samuel de Champlain fundaba prósperas colonias en Acadia y Canadá. Con la sugerencia del Père Coton, confesor de Enrique IV, los jesuitas siguieron a los colonos; Hicieron a Québec la capital de todo ese país y le dieron un francés, Mgr. de Montmorency-Laval como su primer obispo. Los primeros apóstoles para los Iroqueses fueron los jesuitas franceses, Lallemant y de Brébeuf; y fueron los misioneros franceses, tanto como los comerciantes, quienes abrieron la comunicación postal sobre 500 leguas de territorios entre las colonias francesas de Luisiana y Canadá. En China los jesuitas franceses, por sus labores científicas, se ganaron una verdadera influencia en la corte y convirtieron a por lo menos un príncipe chino. Por último, de principios de este mismo siglo XVII, bajo la protección de Gontaut-Biron, Marqués de Salignac, Embajador de Francia, data el establecimiento de los jesuitas en Esmirna, en el Archipiélago, en Siria y en El Cairo. Un capuchino, el Père Joseph du Tremblay, confesor de Richelieu, estableció muchas fundaciones capuchinas en Oriente. Una pía dama Parisina, Madame Ricouard, dio una cantidad de dinero para la construcción de un obispado en Babilonia, cuyo primer obispo fue un carmelita francés, Jean Duval. San Vicente De Paul envió a los lazaristas dentro de las galeras y prisiones de Barbarie, y a las islas de Madagascar, Borbón, Mauritania, y las Mascareñas, a tomar posesión de ellas en nombre de Francia. Bajo el consejo del Padre Jesuita de Rhodes, Propaganda y Francia decidieron edificar obispados en Amman y, en 1660 y 1661, tres obispos franceses, François Pallu, Pierre Lambert de Lamothe y Cotrolendi, salieron para Oriente. Fueron las actividades de los misioneros franceses las que allanaron el camino para la visita de los emisarios Siameses a la corte de Luis XIV. En 1663 se fundó el Seminario para las Misiones Extranjeras y en 1700 la Société de Missions Etrangères recibió su constitución aprobada que nunca se ha modificado.

Repitiendo un dicho de Ferdinando Brunetière, el siglo XVIII fue el menos cristiano y menos francés siglo de la historia de Francia. Religiosamente hablando, la alianza del galicanismo parlamentario y el Jansenismo debilitó la idea de religión en una atmósfera ya amenazada por los filósofos y, aunque la monarquía continuó a guardar el estilo y título de "Más Cristiano," la incredulidad y el libertinaje fueron aceptados y, a veces, defendidos en la corte de Luis XV (1715-74), en los salones, y entre la aristocracia. Políticamente, la tradicional disputa entre Francia y la Casa de Austria acabó, a mediados del siglo XVIII, con el famoso Renversement des Alliances (ver Choiseul, Etienne-François, Duc de; Fleury, Andre-Hercule de). Este siglo esta lleno de esa lucha entre Francia e Inglaterra que puede ser llamaba la segunda Guerra de Cien años, durante la cual Inglaterra tuvo como aliado a Federico II, Rey de Prusia, un país que entonces subía rápidamente en importancia. El control del mar estaba en juego. A pesar de hombres como Dupliex, Lally-Tollendal y Montcalm, Francia con ligereza abandonó sus colonias por tratados sucesivos, el más importante de los cuales fue el Tratado de Paris (1763). La adquisición de Lorena (1766) y la compra de Córcega de los Genoveses (1768) fueron pobres compensaciones por esas pérdidas; y cuando, bajo Luis XVI, la armada francesa una vez más irguió su cabeza, apoyó la rebelión de las colonias inglesas en América y apoyó así la emancipación de los Estados Unidos (1778-83).

El movimiento de ideas del que Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot, cada uno a su propia manera, habían sido protagonistas, una impaciencia provocada por los abusos debidos a una monarquía demasiado centralizada y el anhelo de igualdad que agitaba profundamente al pueblo francés, todo preparó la explosión de la Revolución Francesa, ese levantamiento que ha sido por mucho tiempo considerado como una ruptura en la historia de Francia. Las investigaciones de Alberto Sorel han demostrado que las tradiciones diplomáticas del antiguo régimen se perpetuaron bajo la Revolucion; la idea de la preeminencia del Estado sobre la Iglesia, que habían puesto en practica los ministros de Luis XIV y los partidarios del Parlamento -- los parlementaires -- en los días de Luis XV reaparece con los autores de la "Constitución Civil del Clero", a la vez que el espíritu centralizador de la antigua monarquía reaparece con los funcionarios administrativos y los comisarios de la Convención. Es más fácil cortar la cabeza de un rey que cambiar la constitución mental de un pueblo.

La Asamblea Constituyente (5 de mayo de 1789-30 de septiembre de 1791) rechazó la moción del Abad d'Eymar que declaraba a la religión católica como la religión del Estado, pero no por eso ponía a la religión católica en el mismo nivel que las otras religiones. Voulland, dirigiéndose a la Asamblea con la idea de tener una religión dominante, declaró que la religión católica fue fundada en una base moral tan pura como para que no se le de el primer lugar. El artículo 10 de las "Declaraciones de los Derechos del Hombre" (agosto, 1789) proclamó la tolerancia, estipulando "que no se debe molestar a nadie a causa de sus opiniones, aun religiosas, con tal de que su manifestación no perturbe el orden público" (pourvu que leur manifestation ne trouble pas l'ordre public établi par là). Fue en virtud de la supresión de los privilegios feudales y, de acuerdo con las ideas profesadas por los defensores del antiguo régimen cuando se cuestionaba la propiedad de la iglesia, que la Asamblea Constituyente abolió los diezmos y confiscó las posesiones de la Iglesia, reemplazándolos por una anualidad otorgada por el erario. La "Constitución Civil del Clero" fue una interferencia más seria en la vida del Catolicismo francés, y fue redactada bajo la instigación de abogados jansenistas. Sin referir al papa, estableció una nueva división en diócesis, dio a los votantes, quien quiera que fueran, el derecho de nombrar sacerdotes de parroquias y obispos, ordenó metropolitanos para que se hicieran cargo de la institución canónica de sus sufráganos, y prohibió a los obispos el obtener de Roma una Bula de confirmación en sus cargos. La Asamblea Constituyente exigió a todos los sacerdotes jurar obediencia a esta constitución, que recibió la reacia sanción de Luis XVI, el 26 de diciembre de 1790, y fue condenada por Pio VI. Por Informes fechados del 10 de marzo y del 13 de abril, prohibió a los sacerdotes hacer ese juramento, y la mayoría lo obedeció. En contra de esos "no juramentados" (insermentés) o sacerdotes "refractarios" pronto empezó un período de persecución. La Asamblea Legislativa (1 de octubre de 1791-21 de septiembre de 1792), mientras preparaba el camino para la república que ambos grandes partidos (la Montaña y los Girondinos) igualmente deseaban, sólo agravó la dificultad religiosa. El 19 de noviembre de 1791, decretó que aquellos sacerdotes que no habían aceptado la "Constitución Civil" serian requeridos, en una semana, a jurar obediencia a la nación, a la ley y al rey, bajo pena de que se les suspendieran sus asignaciones y de que se les detuviera como sospechosos. El rey se negó a aprobar esto, y (26 de agosto de 1792) declaró que todos los sacerdotes refractarios deberían salir de Francia bajo pena de diez años de prisión o destierro a Guyana.

La Convención (21 de septiembre de 1792-26 de octubre de 1795) que proclamó la república y causó la ejecución de Luis XVI (21 de enero de 1793), llevó a cabo una muy tortuosa política hacia la religión. Desde 13 de noviembre de 1792, Cambon, en el nombre del Comité Financiero, anunció a la Convención que sometería rápidamente un esquema de reforma general incluyendo la supresión de la apropiación para culto religioso, que, afirmaba, costaba a la república "100 000 000 de libras anualmente". Los jacobinos se opusieron a este esquema como prematuro y Robespierre lo declaró derogatorio a la moralidad pública. Durante los primeros ocho meses de su existencia la política de la Convención fue de mantener la "Constitución Civil" y aumentar las penas en contra de los sacerdotes "refractarios" sospechosos de complicidad con la insurrección de Vendée. Un decreto fechado el 18 marzo de 1793, castigaba con la muerte a todos los sacerdotes comprometidos. Ya no solo perseguía a los sacerdotes refractarios, sino a cualquier eclesiástico que, acusado de deslealtad (incivisme) por seis ciudadanos cualesquiera, seria sujeto a deportación. Según la revolucion, ya no había buenos y malos sacerdotes; para los sans-culottes cada sacerdote era sospechoso. Entonces, de las provincias, agitadas por la propaganda de André Dumont, Chaumette y Fouché, empezó un movimiento de des-cristianización. El obispo constitucional, Gobrel, abdicó en noviembre, 1793, junto con sus vicarios-generales. En la fiesta de la Libertad, que se tuvo en Notre Dame el 10 de noviembre, un altar fue instalado para la diosa de la Razón y la iglesia de Nuestra Señora se convirtió en el templo de esa diosa. Unos días después de esto una diputación ataviada con vestiduras sacerdotales, en burla del culto católico, desfiló delante de la Convención. La Comuna de Paris, el 24 de noviembre de 1793, con Chaumette como su portavoz, exigió el cierre de todas las iglesias. Pero el Comité de Seguridad Pública estaba en favor de temporizar para evitar de asustar al populacho y escandalizar Europa.

El 21 de noviembre de 1793, Robespierre, hablando de la tribuna Jacobina de la Convención, protestó contra la violencia del partido des-cristianizador, y en diciembre el Comité de Seguridad Pública incitó la Convención a pasar un decreto asegurando la libertad de culto, y prohibiendo el cierre de iglesias católicas. Por doquier en todas las provincias la guerra civil estallaba entre los campesinos, que se asían a su religión y fe, y los fanáticos de la Revolución, que, en el nombre del patriotismo amenazado, como decían, por los sacerdotes, derribaban los altares. Según el lugar en el que pudieran estar, los propagandistas o alentaban ó frenaban esta violencia contra la religión; pero aun durante los mas crueles días del terror, nunca habo un momento en el que se suprimiera el culto católico en toda Francia.

Después de que Robespierre envió a los guerrilleros de Hébert y de Danton al patíbulo, intentó imponer en Francia lo que llamó la religión del Ser Supremo. Se suprimió la libertad de conciencia, pero el ateísmo era también un crimen. Citando a Rousseau sobre los dogmas indispensables, Robespierre se autoproclamó un líder religioso, un pontífice y un dictador; y el culto del Ser Supremo fue enaltecido por sus partidarios como la encarnación religiosa del patriotismo. Pero después del 9 de Termidor, Cambon propuso una vez más el principio de separación entre la Iglesia y el Estado, y se decidió que de aquí en adelante la República no pagaría los gastos de ninguna forma de culto (18 septiembre, 1794). Enseguida, la Convención votó la laicización de las escuelas primarias y el establecimiento, a intervalos de diez días, de festividades llamadas fêtes décadaires. Cuando el Obispo Grégoire, en un discurso se aventuró a desear que el Catolicismo renaciera un día, la Convención protestó. No obstante la gente en las provincias estaba ansiosa porque el clero reasumiera sus funciones, y los sacerdotes "constitucionales", menos en peligro que los otros, reconstruyeron los altares en algunas partes del país. En febrero de 1795, Boissy-d'Anglas rindió una disposición de libertad religiosa, y al mismo día siguiente se dijo Misa en todas las capillas de Paris. El domingo de Pascua, de 1795, en la misma ciudad que, unos meses antes, había alabado el culto de la Razón, casi cada tienda cerró sus puertas. En mayo de 1795, la Convención restauró el culto en las iglesias, a condición de que los pastores se sometieran a las leyes del Estado; en septiembre de 1795, menos que un mes antes de su disolución, reguló la libertad de culto por una ley de control, y promulgó penalidades severas, destierro o encarcelamiento, contra los sacerdotes responsables de regresar a tierra francesa. El directorio (27 de octubre de 1795 -- 9 de noviembre de 1799), que reemplazó a la Convención, impuso a todo ministro religioso (Fructidor, año V) la obligación jurar odio a la realeza y a la anarquía. Un cierto número de sacerdotes "papistas" tomaron el juramento, y la religión "papista" se estableció en algunos lugares, aunque continuó a ser perturbada por los incesantes actos arbitrarios de interferencia por parte de los empleados administrativos del directorio, quienes, con mandatos legales, deportaron a los sacerdotes acusados de incitar al desorden. De esta manera 1 657 sacerdotes franceses y 8 235 belgas, fueron desterrados. El objetivo del directorio era sustituir el Catolicismo por el culte décadaire, y la observancia del domingo por el descanso en el décadis, o décimo día. En Paris quince iglesias se le dieron a este culto. El directorio también favoreció el intento no-oficial de Chemin, el escritor, y algunos de sus amigos para instalar una cierta Iglesia nacional bajo el nombre de "Teofilantropía"; pero la Teofilantropía y el culte décadaire, aunque perturbaron a la Iglesia, no pudieron satisfacer las necesidades de las personas por sacerdotes, altares y fiestas tradicionales.

Todo esto fue restaurado por el concordato de Napoleón Bonaparte, que fue Cónsul por diez años a partir del 4 de noviembre de 1799. El concordato aseguró al Catolicismo francés, a pesar de la interposición de los artículos organiques, cien años de paz. La conducta de Napoleon I, cuando fue emperador (18 de mayo de 1804) hacia Pio VII fue de lo más ofensiva al papado; pero incluso durante esos años en los que Napoleón maltrataba a Pío VII y lo tenía prisionero, el Catolicismo en Francia se reavivaba y prosperaba día con día. Numerosas congregaciones religiosas renacían o crecían rápidamente, con frecuencia bajo la guía de simples sacerdotes o humildes mujeres. Las hermanas de las Escuelas Cristianas de Misericordia, que trabajaban en hospitales y escuelas, datan de 1802, lo mismo que las hermanas de la Providencia de Langres; las hermanas de la Misericordia de Montauban de 1804; las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús de St-Julien-du-Gua datan de 1805. En 1806 tenemos a las hermanas de Reuilly-sur-Loire, fundadas por el Abbé Dujarie; las hermanas de St. Regis en Aubenis, fundadas por el Abbé Therne; las hermanas de Nuestra Señora del Buen Auxilio en Charly; las hermanas de la Misericordia de Billom.

Las hermanas de la Sabiduría fundadas por el Beato Grignon de Montfort, remodelaron sus instituciones en esa época en La Vendée, y la Señora Dupleix fundó en Lyón y en Durat la Confraternidad de María y José de visitadores en las prisiones. El año de 1807 vio la llegada de las Hermanas de la enseñanza cristiana y de enfermos (de l'Instruction chrétienne et des malades) de St-Gildas-des-Bois fundada por el Abad Deshayes y la gran orden de enseñanza de las Hermanas de Santa Cristiana de Metz. En 1809 aparecieron en Aveyron las hermanas de la Bendita Virgen María; en 1810 las hermanas de St. Joseph de Vaur (Ardéche), las hermanas Hospitalarias de Rennes, y las hermanas de St. Joseph de Cluny. --Tal fue el fruto de ocho años de renacimiento religioso, y la lista podría fácilmente continuarse con los años que siguieron.

Durante las Guerras de la Revolución, que empezaron el 20 abril de 1792, las cualidades misioneras francesas que, bajo el antiguo régimen, se había empleado para el servicio del ideal cristiano, se consagraron a los ideales de "los Derechos del Hombre" y a emancipar a los pueblos de "los tiranos"; pero, durante las Guerras Napoleónicas que siguieron, esos mismos pueblos, enardecidos  por los principios de libertad que les había llegado de Francia, expresaron su recientemente desarrollada conciencia nacional luchando contra los ejércitos franceses. De esta manera la propaganda de la Revolución tuvo al final una desastrosa reacción en contra del mismo país en el que sus ideales se originaron. Durante el siglo XIX, Francia se dedicó a emprender varias guerras por la emancipación de naciones -- la Guerra griega (1827-28) bajo la Restauración; la Guerra italiana (1859) bajo el segundo Imperio -- y fue en el nombre del principio de nacionalidad que el Segundo Imperio creció hasta que, en 1870, llegó a su mayor crecimiento a costa de Francia.

Bajo la Restauración se introdujo en Francia el gobierno parlamentario. La revolución de julio, en 1830, revolución "liberal" y "burguesa", reafirmó, en contra del absolutismo de Charles X, los derechos garantizados a los franceses por la Constitución -- la "Charte" como se le llamaba -- y la llevó al trono de Luis Felipe, Duque de Orleáns, durante cuyo reino como "Rey de los franceses," se estableció finalmente el dominio francés en Argelia.

Una de las más admirables instituciones caritativas de origen francés data de la Monarquía de julio, a saber las Pequeñas Hermanas del Pobre iniciada (1840) por Jeanne Jugan, Franchon Aubert, Marie Jamet, y Virginie Trédaniel, pobres mujeres trabajadoras que formaron una asociación para cuidar a una vieja mujer ciega. En 1900 la congregación así iniciada contaba con 3 000 Pequeñas Hermanas distribuidas entre 250 a 260 albergues en todo el mundo cuidando de 28 000 ancianos. También bajo la Monarquía de julio, fueron fundadas las conferencias de San Vicente De Paul, las primeras de ellas a Paris, en mayo de 1883, por un sencillo y pío hombre llamado Ozanam, para la ayuda material y moral de familias pobres; en 1900 había, tan solo en Francia, 1 224 de esas conferencias y 5 000 en el mundo entero. En 1895 la ciudad de Paris tenía 208 conferencias cuidando de 7 908 familias. El ingreso promedio anual de las conferencias de San Vicente De Paul en toda Francia era de 2 198 566 francos ($440 000.00 o £88 000). En 1906 el ingresos de las conferencias en todo el mundo sumó 13 453 228 francos ($2 690 645) y sus gastos fueron de 13 541 504 francos ($2 708 300), mientras que, para cubrir demandas extraordinarias, tenían una reserva de 3 069 154 francos ($613 830). El gasto anual siempre excedía la suma anual recibida. Como amaba decir el Cardinal Regnier, "Las conferencias han tomado el voto de pobreza."

La Revolución de febrero de 1848, contra Luis Felipe y Guizot, su ministro, que quiso mantener la distinción de propiedad para el sufragio, llevó al establecimiento de la Segunda República y al sufragio universal. Por haber concedido la libertad de enseñanza (Loi Falloux), y por haber enviado un ejército a Roma a asistir a Pio IX, se ganó la gratitud de los católicos. En ese momento de la historia, cuando se agitaban muchas aspiraciones sociales y democráticas, la eficacia social del pensamiento cristiano fue demostrada por el Vizconde de Melun, que desarrolló la "Société Charitable" y los "Annales de la Charité" y promovió una ley de pensiones para gente de edad avanzada y sociedades de beneficio mutualista; y por Le Prévost, fundador de la Congregación de los Hermanos de San Vicente De Paul, que vestido de laico llevaba una vida religiosa, sostenía a la gente trabajadora.

El Segundo Imperio, el resultado del coup d'êtat de luis Napoleon Bonaparte (2 de diciembre de 1851), afirmaron el sufragio universal asegurando así la victoria de la democracia francesa; pero redujeron el parlementarisme a un papel insignificante, ya que el Plebiscito se empleó como un medio ordinario para determinar la voluntad de la gente. Fue también el segundo imperio el que le dio Niza, Saboya, y Cochinchina a Francia.

IV. LA TERCERA REPUBLICA

La Tercera República -- tumultuosamente proclamada el 4 de septiembre de 1870, sobre las ruinas del imperio derrocado en Sedán -- triunfó, gracias a Thiers y al ejército de Versalles, sobre la insurrección Parisina llamada la Comuna (marzo-mayo, 1871). Efectivamente definida por la Constitución de 1875, tuvo que aceptar el Tratado de Frankfurt (1871) por el que Alsacia y Lorena fueron cedidas a Alemania. En cambio, enriqueció las posesiones coloniales, o la zona de influencia, de Francia por la adquisición de Tongking, Túnez y Madagascar.  Bajo la Tercera República se estableció un sistema parlamentario de dos cámaras sobre el doble principio de un ministerio responsable y de un presidente por encima de toda responsabilidad, este último elegido por las dos cámaras por un período de siete años. Thiers, MacMahon, Jules Grévy, Sadi-Carnot, Félix Faure, Emile Loubet, Armand Falliérres estuvieron sucesivamente a la cabeza del estado francés desde 1870.

 A través de todos estos cambios de gobierno, la política extranjera francesa, a sabiendas o por costumbre y precedencia, ha servido a la Iglesia católica, servicio ampliamente compensado por la Iglesia por la continuación, de cierta manera, del ideal cristiano de los antiguos tiempos. La Guerra de Crimea (1855), emprendida por Napoleón, se originó en el deseo de proteger a los cristianos latinos de Palestina, protegidos de Francia, en contra de las intrusiones rusas. Durante el siglo XIX, la diplomacia francesa en Roma y en Oriente trató de salvaguardar las prerrogativas de Francia como patrón de la cristiandad Oriental, y de justificar así la tradicional confianza de los Orientales en los "Francos" como los campeones naturales de la Cristiandad en el Imperio Otomano. La influencia francesa en este campo fue amenazada, uno tras otro, por Austria, Italia y Alemania; la primera de estas potencias alegaba que ciertos tratados con el sultán, desde el siglo XVIII, le daban el derecho de defender los intereses católicos en la Sublime Porte; las otras dos hicieron repetidos esfuerzos para instigar a los misioneros italianos y alemanes a buscar la protección de sus propios cónsules, en lugar de los de Francia. Pero el 22 de mayo de 1888, la circular "Aspera rerum conditio", firmada por el Cardinal Simeoni, prefecto de la Propaganda, ordenó a todos los misioneros el respetar las prerrogativas de Francia como su potencia protectora. Aun después y a pesar de la separación de la Iglesia y del Estado, la diplomacia de la Tercera República en Oriente aprovecha el prestigio adquirido por la Francia de San Luis y Francisco I. Y entre todas las ideas y tendencias de "laicización" este protectorado continúa a existir como una reliquia y un derecho de la Francia cristiana -- "El anticlericalismo no es un artículo de exportación" decía Gambetta y, hasta años recientes, éste ha sido siempre el lema de la Francia Republicana. A pesar de las constantes amenazas bajo las que las congregaciones han vivido durante la Tercera República, es indiscutible que ciertos institutos importantes vieron el número de sus miembros aumentar notablemente. Esto es ilustrado por la tabla siguiente:

Instituto -- Miembros (1879) -- Miembros (1900)

  • Socitété des Misiones Etrangères -- 480 -- 1 200
  • Hermanas de San José de Cluny -- 2 067 -- 4 000+
  • Hijas de la Sabiduría -- 3 600 -- 4 650
  • Hermanas de San Pablo de Chartres --1 119 -- 1 732
  • Hermanos de San Gabriel -- 791 -- 1 350
  • Pequeños Hermanos de María -- 3 600 -- 4 850
  • Pequeñas Hermanas del Pobre -- 2 683 -- 3 073
  • Hermanos del espíritu santo -- 515 -- 902

Taine demostró que las vocaciones religiosas aumentaron notablemente en la Francia del siglo XIX, siendo además completamente espontáneas, en contraste con las de la Francia del siglo XVIII, cuando muchas familias, por razones mundanas, colocaban a sus hijas en conventos.

V. FRANCIA MISIONERA DURANTE EL SIGLO XIX

El renacimiento del Catolicismo británico a principios del siglo XIX fue en cierta medida debido a la influencia del clero francés refugiado que la Revolución había desterrado. Y cuando, en 1789 en los Estados Unidos de América, John Carroll fue nombrado Obispo de Baltimore, recurrió a los Padres Sulpicianos para establecer su seminario, preparando así el papel que jugó este espléndido instituto de sacerdotes franceses, y todavía continúa a jugar, en la construcción de la Iglesia de América. La discusión entre monseñor Duborg, Obispo de Nueva Orleáns, y la Señora Petit, una viuda de Lyon, sobre las necesidades espirituales de Luisiana (1815), y la carta escrita por el Abad Jaricot a su hermana Pauline, que también vivía en Lyon, sobre la pobreza de las misiones extranjeras (1819), llevó a estas damas a organizar, independientemente una de la otra, sociedades para la colecta de limosnas de los fieles para la propagación de la cristiandad, y de estos pobres inicios nació, el 3 de mayo de 1822, la gran obra conocida por los católicos anglófonos como la "Propagación de Lyon." En 1898, esta sociedad reunió de varios países 7 700 921 francos ($1 140 180.00 o £228 000) para propósitos misioneros. De esta suma, tan sólo Francia donó no menos de 4 077 085 francos, mientras que, en 1908, debido a las muchas necesidades domesticas de la Iglesia, el donativo de Francia bajó de 6 402 586 francos a 3 082 131 francos. En 1898 la obra de la Sainte Enfance (La Santa Niñez), también de origen francés, que aspira a salvar los cuerpos y las almas de niños chinos, reunió 3 615 845 francos (aproximadamente $723 000.00 o £145 000), de los cuales 1 094 092 francos vinieron de Francia, mientras que en 1908-09, por la razón antes mencionada, la generosidad francesa sólo pudo contribuir con 813 952 francos a esta obra, cuyos ingresos generales sumaron 3 761 954 francos. Esa obra ayudó en 1907-08 a 236 misiones, 1 171 orfelinatos, 7 372 escuelas y 2 480 establecimientos de instrucción manual. En 1898 además, L'Oeuvre des Ecoles d'Orient, una asociación para proporcionar escuelas en Oriente, reunió en Francia 584 056 francos y en otros países sólo 27 596 francos. En 1898 la Sociedad de Misiones Africanas reunió 50 000 francos, la Sociedad Anti-esclavitud 120 000 francos y las limosnas del Viernes Santo para el sostén de la Tierra Santa 122 000 francos, haciendo un total, en 1898, de 6 047 231 francos donados por Francia a misioneros extranjeros sin distinción de nacionalidad.

Pero Francia proporciona no sólo dinero sino hombres y mujeres a estas misiones. En vísperas de la Ley de 1901 el Abad Kannengieser compiló las estimaciones siguientes de religiosos, hombres y mujeres, de nacionalidad francesa comprometidos en la obra misionera:

- Socitété des Missions Etrangères -- 1 200
-
Sociedad dee Jesus -- 750
- Lazaristas -- 500
- Agustinianos de la Asunción -- 216
- Hermanos de las escuelas cristianas -- 813
- Capuchinos -- 160
- Dominicanos -- 80
- Misioneros de San Francisco de Sales -- 60
- Carmelitas -- 14
- Marianistas -- 80
- Pequeños Hermanos de María -- 359
- Oblatos de San Francisco de Sales -- 25
- Franciscanos -- 95
- Padres del espíritu santo -- 429
- Padres Blancos -- 500
- Misiones africanas -- 123
-
Oblatos de María Inmaculada -- 400
-
Maristas -- 320
- Padres de Picpus -- 80
-
Misioneros de María -- 46
-
Hermanos de San Gabriel -- 53
-
Redentoristas -- 100
-
Sacerdotes de Bétharram -- 80
-
Hermanos Cristianos de Ploërmel -- 272
-
Hermanos Cristianos del Sagrado Corazón -- 346
-
Misioneros del Corazón Sagrado -- 27
-
Padres Sulpicianos -- 30
-
Congregación de la Santa Cruz -- 40
-
Padres de Misericordia -- 21
-
Hijos de María Inmaculada -- 15
-
Hermanos de Nuestra Dama de la Anunciación -- 60
-
Hermanos de la Sagrada Familia -- 40
-
Benedictinos de La-Pierre-qui-Vire -- 25
-
Padres de La Salette -- 5
-
Trapistas -- 21

Una lista similar de mujeres comprometidas con la obra religiosa de las misiones, hecha la víspera de la Ley de 1901, dio un gran total de 7 745 religiosos y 9 150 religiosas proporcionadas por la sola Francia para esta obra. Las Missions Etrangères contaban en 1908 con 37 obispos, 1 371 misioneros, 778 sacerdotes locales, 3 050 catequistas, 45 seminarios, 2 081 seminaristas, 305 religiosos, 4 075 religiosas, 2 000 vírgenes chinas, 5 700 iglesias y capillas, 347 casas-cuna y orfelinatos, albergando a 20 409 niños, 484 farmacias y dispensarios farmacéuti