(Girolamo,
Hieronymo)
Nació el 17 de diciembre de 1642, y murió el 11 de mayo de 1716.
El lugar en que nació fue Crottaglie, un pequeño pueblo en Apulia,
situado a unas 5 ó 6 leguas de Taranto. A la edad de 16 años entró
en el colegio de Taranto, en el cual estuvo bajo el cuidado de la Sociedad de
Jesús. Allí estudió humanidades y filosofía, y tanto
éxito, que un obispo lo envió a Nápoles para que asistiera
a conferencias en Teología Canónica en el famoso colegio, Gesu
Vecchio, el cual, en ese tiempo rivalizaba con las más grandes universidades
en Europa.
Se ordenó sacerdote allí el 18 de marzo de 1666. Luego estuvo
por cuatro años a cargo de los estudiantes del colegio de nobles en Nápoles,
donde los alumnos le dieron el sobrenombre de “San Prefecto”. Entró
en el noviciado de la Sociedad de Jesús, el 1 de julio de 1670. Al final
de su primer año de prueba, fue enviado como misionero, a fin de tomar
sus primeras lecciones en el arte de la prédica, en un lugar cercado
a Otranto.
Un nuevo período de cuatro años lo dedicó trabajando en
pueblos y villas en un trabajo misionero, demostrando mediante el mismo, a sus
superiores, su maravilloso don de prédica. Por esa razón, una
vez que completó sus estudios teológicos, sus superiores determinaron
que debía dedicarse a trabajar como predicador, y lo enviaron a residir
a Gesu Nuovo, la residencia de los padres de Nápoles.
Francisco habría ido y trabajado mucho, incluso habría dado su
vida, como él frecuentemente lo dijo, entre las naciones bárbaras
e idólatras del lejano oriente. Frecuentemente escribió a sus
superiores rogándoles que le concedieran ese gran favor. Finalmente ellos
le dijeron que abandonara la idea y que concentrara su esfuerzo y energía
en la ciudad y en el reino de Nápoles. Francisco entendió que
esto debía ser la voluntad de Dios y no insistió en otros planes.
Nápoles por tanto, y durante los siguientes y restantes cuarenta años
de su vida, de 1676 hasta su muerte, fue el centro de su labor apostólica.
Primero se dedicó a desarrollar el entusiasmo religioso de una congregación
de trabajadores, llamado el “Oratio della Missione”, la
cual fue establecida en una casa de Nápoles. El principal objetivo de
esta asociación fue proporcionar asistentes a los padres misioneros,
quienes ayudarían en las muchas dificultades que de pronto pueden aparecer
en el curso de las misiones. Animados por los sermones de entusiasmo del director,
esta gente llegó a ser un conjunto de cooperadores muy celosos de su
trabajo. Una característica sobresaliente de esas actividades fue el
hecho de que trajeron una multitud de pecadores a los pies de Francisco.
En las notas que él envía a sus superiores en lo relativo a
su trabajo misionero, el santo aparece como teniendo gran placer en hablar del
fervor que animaba a los miembros de su querido “Oratorio”. También
el director supervisó o se encargó de las necesidades materiales
de aquellos que le asistían. En el “Oratorio” estableció
un fondo de piedad. El capital de este fondo se incrementó por los regalos
de los asociados. Gracias a esta institución, él pudo contar cada
día, en caso de enfermedad, de una suma de unos cuatro carlines, cerca
de unos 33 centavos de dólar. En caso de muerte de alguno de los miembros,
un respetable funeral podía establecerse, costándole a la institución
unos 18 ducados. Ellos también tenían el privilegio de poder ser
enterrados en la Iglesia de Gesu Nuovo (véase Brevi notizie, pp. 131-136).
Francisco también estableció en Gesu, uno de los más
importantes y beneficiosos trabajos de la casa de Nápoles, la comunión
general en el tercer domingo de cada mes (Brevi notizie, 126). Francisco fue
un infatigable predicador y frecuentemente habló cuarenta veces en un
solo día, escogiendo para ello las calles que él sabía,
eran el centro de algún escándalo secreto. Sus sermones elocuentes,
breves y energéticos, llegaron a conmover las consciencias culpables
de quienes le escuchaban y por medio de ello se llevaron a cabo milagrosas conversiones.
El resto de la semana, cuando no estaba trabajando en la ciudad, él estaba
visitando los lugares alrededor de Nápoles.
En algunas ocasiones, pasó en no menos de 50 aldeas por día,
predicando en las calles, en las plazas públicas y en las iglesias. El
siguiente domingo, él tenía el consuelo de ver en la misa hasta
multitudes de 12 ó 13 mil personas. De acuerdo a sus biógrafos,
ordinariamente se podían contarse unos 15 mil hombres presentes en la
comunión general mensual.
Sin embargo su trabajo por excelencia fue el desarrollar misiones al aire
libre y en la ciudad de Nápoles. Su figura alta, sus grandes ojos obscuros,
su nariz aguileña, sus mejillas hundidas, y su tez pálida, le
daban la apariencia de ser un austero ascético y producía una
maravillosa impresión. La gente se conglomeraba alrededor de él
a fin de verlo, encontrarlo, de poder besar sus manos y tocar su vestimenta.
Cuando él exhortaba a los pecadores a arrepentirse, parecía adquirir
un poder que era más que natural y su voz llegaba a ser resonante e inspiradora.
“El es el cordero cuando él habla” decía la gente,
“pero es un león cuando predica”.
Siendo un predicador idealmente popular como él lo fue, en presencia
de una audiencia impresionable como la de los napolitanos, Francisco no dejó
de abordar cosas que pudiesen animar sus imaginaciones. Una vez él trajo
un cráneo al púlpito y lo mostró a la audiencia, impartiendo
los conocimientos que deseaba. En otra ocasión intempestivamente detuvo
su discurso, descubrió sus hombros, y se castigó así mismo
con una cadena de hierro hasta que llegó a sangrar. El efecto fue irresistible,
y jóvenes que tenían vidas de maldad, llegaron a seguir el ejemplo
del predicador, confesando sus pecados en voz alta. Mujeres abandonadas llegaron
a colocarse delante del crucifijo, cortando sus largos cabellos y dando expresión
de su amargo dolor y arrepentimiento.
En su trabajo apostólico, unido a su espíritu de penitencia,
y a su ardiente ánimo de oración, hizo que el santo lograra maravillosos
resultados entre los esclavos del pecado y del crimen. Por tanto, los dos refugios
de Nápoles, llegaron a tener cada uno, hasta 250 penitentes. En el Asilo
del Santo Espíritu, llegó a tener en el refugio hasta 190 niños
infortunados, preservándolos a ellos en cuanto a no seguir la tradición
vergonzosa de sus madres. El tuvo el consuelo de ver a 22 de ellos dedicarse
a la vida religiosa. También él cambió barcos de convictos
que se habían hundido en la iniquidad, en refugios de paz cristiana y
resignación.
El también llegó a lograr que muchos esclavos turcos y moros,
llegaran a encontrar la verdadera fe, e hizo uso de pomposas ceremonias en sus
bautizos con tal de conmover el corazón y la imaginación de los
espectadores (Breve notizie, 121-126).
En cualquier tiempo que él no estaba ocupado en la ciudad, se dedicaba
a actividades en el medio rural, en misiones de aldeas de cuatro, ocho o hasta
diez días. Aquí y allá, dio retiros a comunidades religiosas,
pero a fin de ahorrar tiempo, él no escuchaba confesiones (cf. Recueil
de letters per le Nozze Malvezzi Hercolani (1876), p. 28). Con el fin de consolidar
su trabajo, trato de establecer en todos los lugares, una asociación
de San Francisco Xavier, su patrono y modelo, o bien una congregación
de la Santísima Virgen.
Durante veintidós años, predicó y realizó alabanzas
cada martes en la iglesia napolitana conocida como Santa María de Constantinopla.
Aunque participaba en un activo trabajo exterior, San Francisco tenía
un alma mística. Frecuentemente se le vio caminando por las calles de
Nápoles con una apariencia de éxtasis en su rostro y lágrimas
en sus ojos. El deseo de que la gente quería acompañarle y llamar
su atención, hizo que el santo decidiera caminar como encapuchado o incógnito,
cuando estaba en esas ocasiones, en público. Tenía la reputación
en Nápoles de ser un hombre capaz de realizar milagros, y sus biógrafos,
quienes testificaron durante el proceso de su canonización, no dudaron
en atribuirle un conjunto de curas maravillosas de todo tipo.
Fue motivo de grandes procesiones para los napolitanos, y de no haber sido
por la intervención de la guardia suiza, sus seguidores habrían
expuesto sus restos, aún con el riesgos de que los mismos hubieran sido
desacrados. En todas las calles y plazas de Nápoles, en todos los suburbios,
incluso en las pequeñas villas, todos hablaban de la santidad, la elocuencia
y la caridad infinita del misionero cuando había muerto. Las autoridades
eclesiásticas rápidamente reconocieron que la causa de su beatificación
debía dar inicio. El 2 de mayo de 1758, Benedicto XIV declaró
que Francisco de Gerónimo había practicado las virtudes teológicas
y cardinales, hasta un grado heroico.
Habría sido beatificado de una manera más rápido, a no
ser por la tormenta que ocurrió en la Compañía de Jesús,
en ese tiempo y que terminó con la supresión de la orden. Pio
VII no pudo proceder con la beatificación, sino hasta el 2 de mayo de
1806, y Gregorio XVI canonizó solemnemente al santo el 26 de mayo de
1839.
San Francisco de Gerónimo escribió poco. Algunas de sus cartas
han sido recolectadas por sus biógrafos, y han sido insertadas en sus
trabajos. Para algunos de esos escritos véase, cf. Sommervogel, “Bibl.
de la Comp. de Jésus”, nueva edición, III, columna 1358.
Debemos mencionar que el santo escribió a sus superiores, dando cuenta
de quince años de su labor y su ministerio, con recuentos que tienen
grandes detalles. El trabajo dato de octubre de 1693. El santo modestamente
llama a esto: “Brevi notizie della cose di gloria de Dio accadute negli
exercizi delle sacri missioni de Napoli da quindice anni in qua, quanto si potuto
richiamare in memoria”. Boero publicó eso en “San Franciso
de Girolamo, e le sue missioni dentro e fuori de Napoli”, p. 67-181 (Florencia
1882).
Los archivos de la Sociedad de Jesús contienen una voluminosa colección
de sus sermones, y también algunos borradores de lo que pudo haber sido
planes de sus sermones. Eso ha sido muestra del cuidado que el santo tomaba
en la realización de su ministerio en el púlpito. Sus biógrafos
no han totalmente caracterizado el hecho de que sus discursos hayan podido ser
extemporáneos.
Entre sus biógrafos principales, merecen mención los siguientes:
Stradiotti, quien vivió 25 años con el santo en la casa de Nápoles
y quien había sido su superior. Escribió su vida en 1719, a solamente
tres años de la muerte de San Francisco. Seis años más
tarde aparece una nueva biografía, escrita por un sobresaliente jesuita,
Bagnati. El vivió con San Franciso durante los últimos quince
años de su vida y fue su confesor ordinario.
La biografía más popular fue escrita por Bonis, quien compuso
su trabajo al tiempo del proceso de beatificación del santo. También
merece la pena mencionar el Summarium de virtutibus ven. Francisci de Hieronymo
(1751). Es un trabajo que debe ser abordado con precauciones, el postulador
de la causa del santo Muzzarelli, extrajo un número importante de hechos
relacionados con la actividad y milagros del santo, “Raccolta di avveminenti
singolari e documenti autentici spenttanti alla vita del B. Francesco di Geronimo”
(Roma, 1806). Por último se tiene la historia de San Francisco de Gerónimo,
editado por Bach (Metz, 1851), que es el trabajo más completo en este
tema, aunque el autor deja mucho a la construcción del lector.
C. Carayon, Bibliographie historique de la Compagne de Jesus,
nn. 1861-89 (París, 1864).
FRANCIS VAN ORTROY
Transcripción de M. Donahue
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes