(HILDEBRANDO).
Uno de los más grandes pontífices romanos y uno de los hombres
más notables de todos los tiempos, nació entre los años
1020 y 1025, en Soana o Ravacum, en Toscana; murió el 25 de mayo de 1085
en Salerno
Los primeros años de su vida están envueltos en considerable oscuridad.
Su nombre, Hildebrando (Hellebrand) — significó para los contemporáneos
que le amaron “una brillante llama” y para los que le odiaron, una
señal del infierno – parece indicar que su familia tenía
conexiones lombardas, aunque más tarde también se relacionó
con su ascendencia, fabulosa más bien, de la noble familia Aldobrandini.
No parece que haya razones para dudar de una carta de un abad contemporáneo
que le llama vir de plebe indicando su origen humilde. En algunas crónicas
se dice que su padre, Bonizo, era carpintero, en otras que campesino, aunque
no hay evidencias. No se conoce el nombre de su madre. Llegó a Roma de
muy tierna edad para ser educado en el monasterio de Santa maría en el
Aventino, del que era abad Lorenzo, su tío materno. El austero espíritu
de Cluny dominaba en este claustro romano y no es improbable que el joven Hildebrando
respirara aquí los principios de reforma eclesiástica de los que
fue el más valiente exponente. Profesó como monje benedictino
en Roma (no en Cluny) en una temprana fecha de su vida, aunque no se sepa ni
en qué casa ni en qué fecha entró en la orden. Como clérigo
con órdenes menores entró al servicio de Juan Gratian, Arcipreste
de S. Juan de la Puerta Latina, y al ser Gracián elevado al pontificado
como Gregorio VI, fue su capellán. En 1046 siguió a su patrón
a través de los Alpes, al exilio, permaneciendo con Gregorio en Colonia
hasta la muerte del depuesto pontífice, en 1047, fecha en la que se retiró
a Cluny, residiendo allí durante más de un año. En enero
de 1049, en Besançon, conoció a Bruno, obispo de Toul, recién
elegido pontífice en Worms bajo el nombre de León IX, y volvió
con él a Roma pero no antes de que Bruno, que había sido nombrado
solamente por el emperador, hubiera expresado su intención de someterse
a la elección formal de los clérigos y pueblo de Roma. Poco después
de acceso de León a la Sede fue nombrado cardenal-diácono y administrador
del Patrimonio de S. Pedro. Enseguida dio Hildebrando muestras de esa extraordinaria
capacidad de administración que más tarde caracterizó su
gobierno de la Iglesia Universal. Bajo su enérgica y capaz dirección,
la propiedad de la Iglesia, que últimamente había sido desviada
a manos de la nobleza romana y de los normando, se recuperó y las rentas
de la Santa Sede, cuyo tesoro había sido agotado, aumentó rápidamente.
León IX también le nombró propositus o promisor (no abad)
de monasterio de S. pablo Extramuros. La violencia de las bandas sin ley que
pululaban por la campiña había traído una gran miseria
a tan venerable establecimiento. La disciplina monástica se había
relajado tanto que los monjes, en el refectorio, eran servidos por mujeres y
los edificios sagrados estaban tan abandonados que las ovejas y el ganando campaban
a su antojo por el interior de las puertas rotas. Hildebrando logró restaurar
la regla antigua de la abadía y las antiguas observancias con rigurosas
reformas y sabia administración; y a lo largo de su vida siempre manifestó
su profunda ligazón con esa famosa casa a la que con su energía
había salvado de la ruina y de la decadencia.
En 1054 fue enviado a Francia como delegado papal para examinar la causa de
Berengario. Mientras estaba en Tour supo de la muerte de León IX y volviendo
rápidamente a Roma, supo que el clero y la plebe querían elegirle
a él, que había sido el mejor amigo y consejero de León,
como su sucesor. Hisldebrando se resistió a la propuesta de del romanos
y salió para Alemania a la cabeza de una embajada para implorar al emperador
un nombramiento. Las negociaciones, que duraron once meses, resultaron en la
selección del candidato de Hildebrando, Gebhard, obispo de Eichstadt,
que fue consagrado en Roma el 13 de abril de 1055 con el nombre de Víctor
II. Durante su pontificado, el cardenal–subdiácono mantuvo e incrementó
la ascendencia que había adquirido gracias a su extraordinaria capacidad
de mando, adquirida durante el pontificado de León IX. A finales del
año 1057 volvió una vez más a Alemania a reconciliar a
la Emperatriz–regente Inés y su corte por la (meramente) canónica
elección del papa Esteban X (057-1058).
Aún no había completado su misión cuando
Estaban murió en Florencia y aunque el moribundo papa había prohibido
que eligieran a nadie antes de la vuelta de Hildebrando, la facción tusculana
aprovechó la oportunidad para colocar a un miembro de la familia de Crescencio,
Juan Mincius, obispo de Valletri, bajo el título de Benedicto X. Pero
con habilidosa maestría, Hisdebrando logró derrotar al partido
hostil y aseguró la elección de Gerardo, obispo de Florencia,
burgundio de nacimiento, que asumió el nombre de Nicolás II (1059-1061)
Las dos transacciones más importantes de este pontificado - el celebrado
decreto de elección que asignaba el poder de elección de los papas
al colegio de cardenales y la alianza con los normandos, asegurada por el tratado
de Meifi, 1059, fueron en gran medida mérito de Hildebrando, cuyo poder
e influencia era ahora supremo en Roma. Quizás fue inevitable que el
nuevo decreto sobre la elección papal encontrara dificultades y al morir
Nicolás II en 1061, el conflicto se declaró. Pero cuando terminó,
tras varios años de cisma, el partido imperial con su antipapa Cadolus
había quedado desconcertado y el candidato de Hildebrando y del partido
reformista, Anselmo de Baggio, fue entronizado en el Palacio luterano como Alejandro
II. En 1059 Hildebrando había sido elevado a la dignidad y oficio de
Archidiácono de la Santa Iglesia Romana, y Alejandro II le hizo ahora
Canciller de la Sede Apostólica. Alejandro II murió el 21 de abril
de 1073. Había llega el tiempo para Hildebrando, que durante más
de 20 años había sido la figura más prominente de la Iglesia
y el instrumento de la elección de dirigentes, que había dado
inspirado y dedo un propósito a su política y que había
estado desarrollando y llevando a cabo su soberanía y pureza, de que
asumiera en su persona la majestad y reponsabilidad de ese poder exaltado que
su genio había dirigido durante tanto tiempo.
Al día siguiente de la muerte de Alejandro II, mientras se celebraban
en la Basílica Laterana las exequias por el pontífice difunto,
surgió de repente un enorme griterío de la multitud del pueblo
y clero de Roma ¡Qué Hildebrando sea papa! ¡S. Pedro ha elegido
al archidiácono Hildebrando! Toda oposición del archidiácono
resultó inútil, su protestas en vano. Más tarde, aquel
mismo día, Hildebrando fue llevado a la iglesia de S. Pedro in Vinculi
y elegido allí, de forma legal, por los cardenales reunidos, con el debido
consentimiento del clero romano y entre repetidas aclamaciones de la gente.
No parece probable que este arranque del clero y del pueblo a favor de Hildebrando
fuera el resultado de acuerdos previos, como a veces se afirma. Hildebrando
era el hombre de aquella hora. Su austera virtud imponía respeto y su
genio, admiración. La prontitud y unanimidad en su elección indicaría,
más bien, un reconocimiento general de su preparación para el
puesto. En el decreto de elección los que le habían elegido como
pontífice le proclamaban “un hombre devoto, un hombre poderoso
en conocimiento humano y divino, un distinguido amante de la equidad y la justicia,
un hombre firme en la adversidad y templado en la prosperidad, un hombre, según
el dicho del Apóstol, de buen comportamiento, sin culpa, modesto, sobrio,
casto, dado a la hospitalidad y uno que gobierna bien su propia casa; un hombre
educado desde su tierna infancia en el regazo de la Madre Iglesia y por el mérito
de su vida ya elevado a la dignidad archidiaconal”. “Elegimos entonces,
dice a la gente, “a nuestro Archidiácono Hildebrando para papa
y sucesor del Apóstol, y para que lleve desde ahora en adelante el nombre
de Gregorio” (22 de abril, 1703), Mansi, "Conciliorum Collectio",
XX, 60.
Puesto que el decreto de Nicolás II reconocía expresa, si bien
vagamente, el derecho del emperador a tener voz en la elección papal,
Hildebrando pospuso la ceremonia de su consagración hasta haber recibido
la sanción real. Al enviar a Enrique IV de Alemania el anuncio formal
de su elevación, aprovechó la ocasión para indicar francamente
la actitud que estaba dispuesto a asumir como soberano pontífice en el
trato con los príncipes cristianos y con una nota grave de aviso personal
suplicó al rey que se abstuviera. Los obispos alemanes temerosos de la
severidad con la que un hombre como Hildebrando llevaría a cabo los decretos
de reforma intentaron prevenir al rey para que no asintiera a la elección.
Pero con el informe favorable del Conde Eberhard de Nettenburg que había
sido enviado a Roma para hacer valer los derechos de la corona, Enrique dio
su aprobación (resultó ser la última vez en la historia
de la elección papal que era ratificada por un emperador) y el nuevo
papa entretanto fue ordenado de sacerdote y consagrado solemnemente en la fiesta
de los santos Pedro y Pablo , el 29 de junio de 1703. Al asumir el nombre de
Gregorio VII no solamente honraba a su protector Gregorio VI sino que también
proclamaba ante el mundo la legitimidad de su titulo pontificio.
De las cartas que Gregorio envió a sus amigos poco después
de ser elegido implorando sus oraciones y pidiendo su simpatía y apoyo,
se deduce con claridad que asumió la carga del pontificado, que le había
sido impuesto, solamente con la mayor reticencia y no sin una gran lucha interior.
A Desiderio abad de Monte Casino le habla con terror por su elevación,
utilizando las palabras del salmista” He llegado a aguas profundas y la
corriente me arrastra”. “intrepidez y temblores han venido sobre
mi y la oscuridad me cubre”. Y en vista de la espantosa naturaleza de
la tarea que tenía ante sí (nadie tenía una más
clara percepción de las dificultades que él mismo) no puede parecer
extraño que hasta su intrépido espíritu estuviera abrumado
en ese momento. Porque en el momento de la elevación de Gregorio, el
mundo cristiano estaba en una condición deplorable. Durante la desoladora
era de la transición -- ese terrible período de guerras y rapiña,
violencia y corrupción en los altos lugares, que siguió inmediatamente
a la disolución del imperio carolingio, período en el que la sociedad
en Europa y todas las instituciones existentes parecían condenadas a
ruina y destrucción – la Iglesia no había sido capaz de
escapar de la degradación general. El siglo décimo, quizás
el más triste en los anales cristianos, se caracteriza, segón
la vívida descripción de Baronio de que Cristo dormía mientras
el barco de la Iglesia naufragaba. En la elección de León IX,
en 1049, según el testimonio de S, bruno, obispo de Sengi, todo el mundo
yacía en la maldad, la santidad había desaparecido, la justicia
había perecido y la verdad había sido enterrada; Simón
el mago dominaba la iglesia, cuyos obispos y sacerdotes estaban entregados a
la lujuria y la fornicación” (Vita S. Leonis PP. IX in Watterich,
Pont. Roman, Vitae, I, 96). S. Pedro Damían, el censor más severo
de su tiempo hace una descripción de la decadencia de la moral clerical
en su "Liber Gomorrhianus" (Libro de Gomorra). Aunque concedamos alguna
licencia al estilo exagerado y retórico -- un estilo común a todos
los censores de la moralidad – la evidencia derivada de otras fuentes
justifica la creencia de que la corrupción estaba extendida.
Al escribir a su venerado amigo el abad Hugo de Cluny (enero 1075) el mismo
Gregorio lamenta el infeliz estado de la iglesia en los siguientes términos:”
La iglesia oriental ha perdido la fe y está ahora siendo asaltada por
todas partes por infieles. A cualquier parte que vuelvo mis ojos – al
oeste, el norte o al sur – encuentro obispos que han conseguido su oficio
de una forma irregular, cuyas vidas y conversación están extrañamente
en desacuerdo con su sagrada llamada y cumplen sus obligaciones no por el amor
de Cristo sino por motivos de ganancias mundanas.. Ya no hay príncipes
que pongan por delante el honor de Dios antes que sus fines egoístas
o que permitan que la justicia se oponga a su ambición…Y aquellos
entre los que vivo – romanos , lombardos y normandos – son , como
con frecuencia les he dicho, peores que los judíos o los paganos (Greg.
VII, Registr., 1.II, ep. xlix).
Pero fueran los que fueran los sentimientos y ansiedades que Gregorio pudiera
haber tenido al aceptar el peso del papado, en un tiempo en que los escándalos
y abusos aparecían pro todas partes, el pontífice, no sintió
miedo ni vacilación alguna cumpliendo con su deber en la realización
de la reforma ya empezada por sus predecesores. Una vez asegurado en el trono
apostólico, Gregorio hizo todos los esfuerzos para desterrar de la iglesia
los dos males que la consumían en esa época, la simonía
y la incontinencia clerical, y, con la energía y vigor que le caracterizaba,
trabajó incesantemente para asegurar los principios que el creía
que estaban ligados inseparablemente del bienestar de la iglesia de Cristo y
de la regeneración de la misma sociedad. Su primera preocupación,
naturalmente, fue asegurarse su posición en Roma. Para ello viajó
al sur de Italia, unos meses tras su elección, y cerró tratados
con Landolfo de Benevento, Ricardo de Capun y Gisolfo de Salerno, por los que
esos príncipes se comprometían a defender a la persona del papa
y la propiedad de la Santa Sede y nunca investir a nadie con un beneficio eclesiástico
sin la sanción papal.
El líder normando Robert Guiscard, sin embargo, mantuvo
una actitud de desconfianza hacia el papa y en el Sínodo de Cuaresma
(1075) Gregorio lo excomulgó solemnemente por su sacrílega invasión
del territorio de la Santa Sede (Capun y Benevento). Durante el año 1704
la mente del papa estuvo muy ocupada por el proyecto de una expedición
a oriente para librar a los cristianos orientales de la opresión de los
turcos selyúcidas. Para promover la causa de la cruzada y realizar, si
era posible, una reunión entre las iglesias orientales y occidentales
– el emperador Miguel VIII en su carta a Gregorio VII de 1703, había
dado esperanzas en este sentido – el pontífice envió al
patriarca de Venecia a Constantinopla como su legado. Escribió a los
príncipes cristianos para que reunieran las fuerzas de la cristiandad
occidental para la defensa del este cristiano y en marzo de 1704 envió
una carta circular a todos los fieles exhortándoles a ir en ayuda de
sus hermanos orientales. Pero el proyecto halló mucha indiferencia y
hasta oposición y como el mismo Gregorio se vio enseguida envuelto en
complicaciones por todas partes que reclamaban todas sus energías, no
pudo realizar sus intenciones y la expedición quedó en nada.
Las relaciones de Gregorio con el joven monarca alemán al principio de
su pontificado eran pacíficas. Enrique, que entonces estaba amenazado
por los sajones, había escrito al papa en septiembre de 1073 en un tono
de humilde deferencia, reconociendo su pasada mala conducta y expresando pesar
por sus numerosas fechorías – invasión de propiedades de
la iglesia, promoción simoníaca de personas indignas, negligencia
en castigar a los malhechores – prometió corregirse en el futuro,
profesó sumisión a la Santa Sede en un lenguaje más amable
que el que habían empleado sus predecesores con el Pontífice de
Roma, y expresó la esperanza de que los poderes real y sacerdotal, unidos
por la necesidad de mutua ayuda, permanecieran indisolublemente unidos en adelante.
Pero el apasionado y voluntarioso rey no mantuvo mucho tiempo estos sentimientos.
Gregorio comenzó con admirable discernimiento su gran tarea de purificar
la Iglesia con una reforma del clero. En su primer sínodo cuaresmal (marzo,
1704), emitió los siguientes decretos:
· Que los clérigos que habían obtenido con dinero cualquier
grado, oficio u órdenes sagradas cesen inmediatamente como ministros
de la iglesia.
· Que nadie que hubiera comprado una iglesia la retuviera y que a nadie
se le permitiera en el futuro comprar o vender derechos eclesiásticos.
· Que todos los culpables de incontinencia dejasen de ejercer su sagrado
ministerio
· Que la gente rechazara el ministerio de los clérigos que no
obedeciesen estos mandatos
Decretos similares habían sido emitidos por papas y concilios
anteriores. Clemente II, León IX, Nicolás II y Alejandro II habían
renovado las leyes disciplinarias antiguas y hecho esfuerzos para que se cumplieran.
Pero encontraron vigorosa resistencia y sólo tuvieron éxitos parciales.
Sin embargo la promulgación de las medidas de Gregorio en este momento
provocaron una violenta tormenta de oposición por toda Italia, Alemania
y Francia. Y las razones de esta oposición por parte de una gran cantidad
de clérigos inmorales y simoníacos no son difíciles de
encontrar. Mucho de lo conseguido por la reforma hasta ahora se había
conseguido principalmente por los esfuerzos de Gregorio. T todas la naciones
habían conocido la fuerza de su voluntad y el poder de su dominante personalidad.
Su carácter, por consiguiente, era suficiente garantía de que
su legislación no acabaría en letra muerta. En Alemania en particular
se levantó un sentimiento de intensa indignación por los decretos
de Gregorio. El conjunto de los clérigos casados ofrecieron la más
firme resistencia y declararon que el canon que imponía el celibato no
encontraba aval en la Escritura. En apoyo de su postura apelaban a las palabras
del Apóstol Pablo en I Cor.,vii, 2 y 9: “ es mejor casarse que
abrasarse”; y I Tim., iii,2: Conviene que el obispo sea irreprensible,
varón de una sola mujer” Citaban también la palabras de
Cristo en Mat. xix,11: “ No todos los hombres entienden éstas palabras,
sino aquellos a quienes les es dado” y recurrían al discurso del
obispo egipcio Paphnutius en el Concilio de Nicea. En Nüremberg le dijeron
al legado papal que preferían renunciar a su sacerdocio que a sus esposas
y que aquel que creía que los hombres no eran suficientemente buenos
para presidir las iglesias que buscara ángeles para que lo hicieran.
Sigfrido, Arzobispo de Maguncia y Primado de Alemania, trató de contemporizar
cuando fue obligado a promulgar los decretos, y dio seis meses a sus clérigos
para que lo pensaran. La orden permaneció sin efecto, naturalmente, tras
ese período y tampoco pudo conseguir nada en un sínodo celebrado
en Erfurt en octubre de 1704. Altmann, el enérgico obispo de Nassau,
casi pierde la vida por publicar esas medidas, pero se adhirió firmemente
a las instrucciones del pontífice. La gran mayoría de obispos
recibieron las instrucciones con manifiesta indeferencia y algunos desafiaron
abiertamente al papa. Otto de Constanza que había tolerado antes el matrimonio
de sus clérigos, ahora lo sancionó formalmente. En Francia la
excitación no era menor que en Alemania. Un concilio en Paris en 1704
condenó los decretos romanos, porque implicaba que la validez de los
sacramentos dependía de la santidad del ministro y los declaró
intolerables e irracionales. Juan, Arzobispo de Ruán, fue apedreado y
tuvo que salir huyendo para salvar la vida, cuando trataba de hacer cumplir
el canon del celibato en un sínodo provincial. Walter, abad de Pontoise,
que trató de defender los decretos papales encarcelado y amenazado de
muerte. En un concilio en Burgos, España, el legado papal fue insultado
y ultrajado en su dignidad. Pero el celo de Gregorio no cedió. Hizo seguimiento
de sus decretos enviando legados a todas partes con atribuciones para deponer
a los eclesiásticos inmorales y simoníacos. Estaba claro que las
causas de la simonía y de la incontinencia entre el clero estaban muy
unidas y que la propagación de la última solo podía ser
reprimida con la erradicación de la primera. Enrique IV había
fallado en hacer efectivas las promesas hechas en su carta penitente al nuevo
pontífice. Cuando logró suyugar a Sajones y Turingios, depuso
a los obispos sajones y los remplazó por criaturas suyas.
En 1705 un sínodo en Roma excomulgaba a “cualquier persona, aunque
fuera emperador o rey, que confiriera una investidura de un oficio eclesiástico”,
y Gregorio, reconociendo la futilidad de medidas más suaves, depuso a
los prelados simoníacos nombrados por Enrique, anatematizó a varios
consejeros imperiales y citó al mismo emperador para que se presentase
en Roma en 1706 para responder de su conducta ante un concilio. A esto contestó
Enrique reuniendo con sus seguidores una Dieta en Worms en enero de 1706, que
defendió a Enrique contra los cargos papales, acusó al pontífice
de los más horribles crímenes y lo declaró depuesto. Estas
decisiones fueron aprobadas unas pocas semanas después por dos sínodos
de los obispos lombardos en Piacenza y Pavía respectivamente y se envió
un mensajero con la respuesta que portaba una carta personal de Enrique, muy
ofensiva para el papa. Gregorio ya no dudó: reconociendo que la fe cristiana
debía ser preservada y la marea de inmoralidad cortada de raíz
a toda costa y viendo que no podía evitar el por el cisma del emperador
y por la violación de sus promesas solemnes, excomulgó a Enrique
y a todos los eclesiásticos que le apoyaban y libró a sus súbditos
del juramento de fidelidad de acuerdo con los procedimientos políticos
usuales de la época.
La posición de Enrique era ahora precaria. Al principio,
sus seguidores le animaron a resistir, pero sus amigos, incluso sus cómplices
en el episcopado, comenzaron a abandonarle, mientras los Sajones se rebelaban
una vez más exigiendo un nuevo rey. En una reunión de los Señores
alemanes, tanto espirituales como temporales, que tuvo lugar en Tibur, en octubre
de 1076, se especuló con la elección de un nuevo emperador. Al
saber por el legado papal el deseo de Gregorio de que, si era posible, se mantuviese
a Enrique en el trono, la asamblea se contentó de momento con hacer saber
al emperador que se abstuviese de la administración de los asuntos públicos
y que evitase la compañía de los que habían sido excomulgados
y declararon su corona retenida como prenda durante un año para que en
ese tiempo se reconciliara con el papa. Se acordó además invitar
a Gregorio a un concilio en Ausgburgo en febrero siguiente, al que se citaba
a Enrique para que se presentase. Abandonado por los suyos y temiendo por su
trono, Enrique huyó en secreto con su mujer, su hijo y un criado para
mostrar su sumisión a Gregorio. Cruzó los Alpes en medio de uno
de los peores inviernos que re recuerdan. Al llegar a Italia, los italianos
se acercaban a él prometiéndole ayuda contra el papa, pero Enrique
despreció sus ofrecimientos. Gregorio iba ya de camino a Ausgburgo y
temiendo una traición, se retiró al castillo de Canossa. Hasta
allí le siguió Enrique, pero el pontífice, recordando sus
traiciones anteriores, lo trató con extrema severidad. Quitándose
sus vestiduras reales, vestido como un penitente y pisando hielo y nieve con
los pies desnudos, rogaba ser admitido a la presencia del papa. Permaneció
todo el día a las puertas de la ciudadela, ayunando y expuesto a la inclemencia
del frío invernal, sin lograr ser admitido. Un segundo y un tercer día
permaneció disciplinándose, hasta que finalmente, el 28 de enero
de 1087, fue recibido por el pontífice y absuelto de toda censura, con
la condición de que se presentara y se sometiera a las decisiones del
concilio que se iba a celebrar
Enrique volvió a Alemania, aunque la severa lección no logró
mejora radical alguna en su conducta. Disgustados por su inconsistencia y deshonestidad,
los príncipes alemanes eligieron a Rodolfo de Swabia el 15 de marzo de
1077, para que le sucediera. Gregorio intentó permanecer neutral hasta
que se llegara a un compromiso entre las partes. Pero ambas partes estaban insatisfechas
e impidieron que se celebrara el concilio. Mientras tanto, la conducta de Enrique
para con el papa se caracterizaba por una gran duplicidad y llegó hasta
amenazar con crear un antipapa. Gregorio renovó en 1080 la sentencia
de excomunión contra él. En Junio de 1080, en Brixen, el rey y
sus obispos feudales, ayudados por los lombardos, llevaron a cabo la amenaza
y pusieron un antipapa, Gilberto, arzobispo de Ravena, simoniaco y excomulgado,
con el nombre de Clemente III. En la batalla de Mersburg en 1080, cayó
herido mortalmente Rodolfo de Swabia y Enrique pudo concentrar todas sus fuerzas
contra Gregorio. En 1081 marchó hacia Roma, pero no pudo tomarla hasta
1084. Gregorio entonces se retiró al exilio de Sant ´Angelo, rehusando
hacer caso a los intentos de Enrique, aunque éste prometió entregarle
a Gilberto como prisionero, si el papa consentía en coronarle como emperador.
Gregorio insistió en que antes Enrique debía aparecer ante un
concilio y hacer penitencia. El emperador, fingiendo someterse a sus términos,
intentaba evitar al mismo tiempo que se reunieran los obispos. Sin embargo un
pequeño número logró juntarse y de acuerdo con sus deseos,
Gregorio excomulgó de nuevo a Enrique, quien al saberlo entró
de nuevo en Roma el 21 de marzo de 1084. Gilberto fue consagrado papa y a su
vez coronó a Enrique como emperador. Sin embargo Roberto Guiscard, duque
de Normandía, que había formado alianza con Gregorio, estaba ya
marchando sobre la ciudad. Enrique, al saberlo, huyó a Citta Castellana.
El pontífice fue liberado pero la gente estaba cansada de los excesos
de sus aliados normandos y fue obligado a abandonar Roma. Desilusionado y doliente
se retiró a Monte Cassino y después al castillo de Salerno, junto
al mar, donde murió al año siguiente. Tres días antes de
su muerte levantó todas las censuras de excomunión que había
pronunciado, excepto las de los principales culpables, Enrique y Gilberto. Sus
últimas palabras fueron: “Amé la justicia y odié
la iniquidad, por ello muero en el exilio” Su cuerpo fue enterrado en
la iglesia de S. Mateo de Salerno. Fue beatificado por Gregorio XIII en 1584,
y canonizado en 1725 por Benedicto XIII. Sus escritos tratan principalmente
de los principios y práctica del gobierno de la iglesia. Se pueden encontrar
bajo el título "Gregorii VII registri sive epistolarum libri"
en Mansi, "Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio" (Florence,
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See also HERGENROTHER-KIRSCH, Kirchengeschichte; and GORINI, Defense de l'eglise
contre les erreurs historiques de MM. Guizot, Aug. et Am. Thierry, Michelet,
Ampere, etc., III (Lyons, 1872), 177-307.
THOMAS OESTREICH
Transcrito por Janet van Heyst
Traducido por Pedro Royo