Nombres adoptados por las dos facciones que mantuvieron a Italia dividida y
devastada por la guerra civil durante una gran parte de la Edad Media. Grisar,
en su biografía del Papa Gregorio el Grande, dice que la doctrina de
los dos poderes para gobernar el mundo, uno espiritual y otro temporal , cada
uno independiente del otro dentro de sus propios límites es tan antigua
como el cristianismo y se basa en el mandato divino de “dar al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Los primeros papas, como S. Gelasio (494) y Símmaco (506) escriben enfáticamente
sobre este tema , ilustrado por el arte cristiano del siglo octavo en un mosaico
del palacio Laterano que representa a Cristo dando las llaves a S. Silvestre
y el estandarte al emperador Constantino. S. Pedro entrega la estola papal a
León III y el estandarte a Carlomagno. La última escena insiste
en la acción papal de la restauración del Imperio de Occidente,
lo que para Dante es un acto de usurpación por parte de León.
Para Dante el papa y el emperador son como dos soles que derraman su luz sobre
los caminos materiales y espirituales del hombre respectivamente , ordenado
todo por la infinita bondad de Aquel de Quien el poder de Pedro y el de César
provienen y se bifurcan. Así, a través de los convulsos tiempos
medievales los hombres miraban a la armoniosa alianza de esos dos poderes para
renovar la faz de la tierra, o cuando los dos ya no podían trabajar al
unísono, apelaban a uno o al otro para que salvara a la sociedad. La
más noble de estas aspiraciones se refleja en el “De monarchia”,
de Dante, por una parte, y en la concepción del papa ideal, el papa angélico
en “ De Consideratione“ de S. Bernardo y en las cartas de Sta. Catalina
d Siena.
Esta gran concepción puede entreverse en las fases de las luchas de los
Güelfos y Gebelinos, aunque pronto quedó obscurecida por consideraciones
y condiciones materiales poco ideales.
Se puede decir que hay dos principales grandes factores que produjeron y mantuvieron
vivas estas luchas: el antagonismo entre papado e imperio, cada uno tratando
de extender su autoridad al campo del otro y la mutua hostilidad entre la nobleza
feudal territorial, de instintos militares y ascendencia extranjera y la municipalidad
democrática y comercial , que se aferraba a las tradiciones del derecho
romano y era cada vez más rica y poderosa. Desde la coronación
de Carlomagno (800), las relaciones entre la Iglesia y el Estado habían
sido mal definidas, llevando en sí la semilla de futuros problemas que
estallaron en la larga “guerra de las investiduras”, comenzada por
Gregorio VII y el emperador Enrique IV (1075) que terminan con Calixto II y
Enrique V (1122). Ni la iglesia ni el imperio eran capaces de imponerse políticamente
en Italia. Durante el siglo XI las ciudades libres italianas habían crecido
por una alianza nominal con el imperio que habría heredado el poder de
la Antigua Roma , pero al mismo tiempo buscaban el apoyo político y espiritual
del papado. Parece que los nombres “Güelfo” y “Gibelino”
se originaron en Alemania, en la rivalidad de la casa de Welf ( duques de Baviera)
y la casa de Hohenstaufen (duques de Suabia),cuyo castillo ancestral era Waiblingen
en Franconia. Inés, hija de Enrique IV y hermana de Enrique V, casó
con el duque Federico de Suabio. “Welf” y “ Waibligen”
fueron utilizados como gritos de guerra en la batalla de Weinsberg (1140), en
la que el hijo de Federico, el emperador Conrado III (1138-1152), derrotó
al Welf Enrique el Orgulloso, hermano del rebelde duque de Baviera. Federico
Barbarroja(1152-1190), sobrino y sucesor de Conrado, intentó imponer
su autoridad sobre las ciudades italianas y ejercer la supremacía sobre
el papado. Reconoció a Víctor, un antipapa, en oposición
al legítimo soberano pontífice Alejandro III(1159), destruyó
Milán (1162) pero fue finalmente derrotado por las fuerzas de la Liga
Lombarda en la batalla de Legnano (1176) y forzado a firmar la paz de Constanza
(1183) con la que se aseguraba la libertad de las comunas italiana. Los celos
entre las mismas ciudad italianas impidieron que la paz tuviera efectos duraderos
para la independencia y unidad de la nación. Después de la muerte
de Enrique VI (1197) hijo y sucesor de Federico, estalló la lucha en
Alemania e Italia entre los pretendientes al imperio, Felipe de Suabia, (muerto
en 1208) hermano de Enrique y Otto de Baviera. De acuerdo con la teoría
más probable fue entonces cuando se introdujeron en Italia los nombres
italianizados y las facciones de Güelfos y Gibelinos ( por Welf" y
"Waiblingen").
Los príncipes de la casa Hohenstaufen opuestos permanentemente
al papado y los términos Güelfo y Gibelino se tomaron el significado
de “ a favor de la iglesia ”(Güelfo) y “a favor del imperio”
(Gibelino). Los Güelfos formaban el partido republicano, comercial, burgués,
de la ciudades italianas, cuyo crecimiento era favorecido por el papa. Los Gibelinos
representaban a la antigua nobleza feudal italiana, que en su mayoría
eran descendientes de familias teutónicas llegadas a la península
durante las invasiones germánicas y naturalmente miraban al emperador
como protector contra las crecientes pretensiones de la ciudades. Pero está
claro que esos nombres se adoptaron para designar partidos que de una forma
u otras habían existido desde el fin del siglo XI.
En el intento de explicar el significado preciso de esos términos, hay
que tener en cuenta las políticas locales y la condiciones especiales
de cada estado o ciudad. Así, en Florencia , las luchas entre las familias
de los Buondelmonti y los Amidei, en 1215, llevaron a la introducción
de los términos Güelfo y Gibelino para distinguir a los partidos
que mantuvieron desde entonces a la ciudad dividida. Pero las facciones habían
existido desde que a la muerte de la gran condesa Matilde de Toscana(1115),
cien años antes, la república había quedo en libertad para
elegir su propio destino. La rivalidad entre ciudades era con frecuencia razón
suficiente para declararse güelfo o gibelino más que por la proclividad
de los ciudadanos hacia el papado o al imperio. Pavía era gibelina porque
Milán era güelfa. Florencia era la cabeza de la liga Güelfa
de Toscana y Lucca que necesitaba su protección, también lo era.
Siena era gibelina porque buscaba el apoyo del emperador contra los florentinos
y contra los nobles rebeldes de su propio territorio. Pisa era gibelina en parte
por hostilidad a Florencia y en parte porque rivalizaban, con la ayuda del emperador,
para emular las antiguas glorias marítimas de Génova.
En muchas ciudades güelfos y gibelinos se turnaban en el poder, expulsaban
a sus adversarios, destruían sus casas y confiscaban sus posesiones.
Venecia que había ayudado a Alejandro III contra Federico I no estaba
en deuda con el imperio y naturalmente se mantuvo al margen.
Uno de los actos de Federico I había sido asegurarse el matrimonio
de su hijo Enrique con Constanza, tía y heredera de Guillermo el
Bueno, último rey normando de Nápoles y Sicilia. El hijo
de este matrimonio, Federico II (nacido en 1194) heredó así
el reino italiano del sur, que hasta entonces había sido la molestia
principal contra el poder del imperio germánico en Italia y cuya
posesión había sido defendida contra el emperador Otto por
el papa Inocencio III , a cuyo cuidado había sido dejado por su
madre. A la muerte de Otto (1218) Federico fue coronado como emperador
en Roma por Honorio III ( 1220) . El peligro para el papado y para Italia
de la unión de Nápoles y Sicilia (reino vasallo del la Santa
sede) con el imperio era obvio. Y Federico al ser elegido rey de los romanos
había jurado no unir el reino del sur con la corona germana. El
olvido de esta promesa y los malentendidos que surgieron en torno a la
cruzada trajo enseguida nuevos conflictos entre el Imperio y la Iglesia.
La lucha se prolongó y fue continuada por los sucesores de Honorio,
desde Gregorio IX a Clemente IV, contra los últimos príncipes
suabos, mezclándose los peores excesos de las facciones italianas
de ambos bandos y todo ello se convirtió en la fase más
típica del conflicto de güelfos y gibelinos.
Desde 1227, fecha en que Federico fue excomulgado por primera vez por
Gregorio IX , hasta el fin de su vida hubo de batallar incesantemente
contra los papas, contra la segunda Liga Lombarda y contra el partido
güelfo por toda Italia. La flota genovesa que transportaba a los
cardenales y prelados franceses a un concilio convocado en Roma, fue destruida
por los pisanos en la batalla de Meloria (1241); el sucesor de Gregorio,
Inocencio IV fue obligado a refugiarse en Francia (1245). Ezzelino da
Romano , un tirano atroz, estableció un sangriento despotismo en
Verona y Padua; los güelfos nobles fueron temporalmente expulsados
de Florencia ; pero el hijo favorito de Federico, el rey Enzio de Cerdeña,
fue derrotado y capturado por los boloñeses (1249) y la agotadora
oposición de los italianos, todo ello resultó ser demasiado
para el poder imperial. Después de la muerte de Federico (1250)
pareció que su hijo ilegítimo Manfredo , rey de Nápoles
y Sicilia, que era prácticamente un italiano, estuvo a punto de
unir toda Italia en una monarquía gibelina, antipapal. Aunque en
el norte la supremacía gibelina era contrarrestada por la victoria
del marqués Azzo d´Este sobre Ezzelino en Cassano sobre el
Ada(1259) en Toscana y hasta Florencia fue perdida para la causa de los
güelfos en la sangrienta batalla de Montaperti (4 Sept., 1260), celebrada
en el poema de Dante. Entonces Urbano IV ofreció la corona de Manfredo
a Carlos de Anjou , hermano de S. Luis de Francia. Carlos llegó
a Italia y tras la gran victoria de Benevento (26 Feb., 1266) en la que
murió Manfredo, estableció una dinastía francesa
en el trono de Nápoles y Sicilia. La derrota del nieto de Federico
Conradin, en la batalla de Tagliacozzo (1268), seguida por el asesinato
judicial en Nápoles, ordenado por Carlos, marca el fin de la lucha
y la expulsión del poder imperial de Italia durante dos siglos
y medio.
La lucha terminó con el triunfo completo de los Güelfos. Florencia,
una vez más libre y democrática estableció una organización
especial dentro de la república, conocida como Parte Güelfa,
para mantener los principios güelfos y castigar a los sospechosos
gibelinos. Siena, hasta entonces bastión del gibelinismo en Toscana,
se hizo güelfa tras la batalla de Colle di Valdelsa (1269). El pontificado
del santo y pacífico Gregorio X (1271 –1276) tendió
a disociar a la iglesia del partido güelfo que comenzó a mirar
hacia la casa real de Francia. Aunque perdieron Sicilia en las “Vísperas
Sicilianas” (Palermo 1282) los reyes angevinos de Nápoles
y los líderes naturales de los güelfos con cuya ayuda habían
conseguido la corona , permanecieron como principal poder en Italia. Aun
se mantenían fieles a los principios gibelinos las repúblicas
de Pisa y Arezzo, la familia Della Scala de Verona y algunos pequeños
déspotas de la Romagna y otros varios lugares. No había
grandes ideales en juego en esta época. Como dice Dante el canto
IV de “Paraíso” un partido oponía al águila
imperial las flores de lis doradas y los otros se apropiaban del águila
para su facción “ de manera que es difícil ver quien
peca más”. La intervención de Bonifacio VIII en la
política de la Toscana, cuando los güelfos dominantes en Florencia
se dividieron en dos nuevas facciones, fue la causa del exilio de Dante
(1301) y le llevó temporalmente a las filas de los gibelinos. El
papa siguiente Benedicto XI (1303-1304) se esforzó en reconciliar
a todos los partidos, pero la “Cautividad de Babilonia” de
sus sucesores en Aviñón aumentó las divisiones en
Italia. Desde la muerte de Federico II (1250) Hasta la lección
de Enrique VII (1308) los italianos miraban al trono imperial como vacante.
Enrique era un caballero de grandes ideales que odiaba hasta los nombres
de güelfos y gibelinos. Su expedición a Italia (1310-1313)
levantó mucho entusiasmo ( se refleja en la poesía de Dante
y de Cino da Pistoia) pero el rey Roberto de Nápoles y los florentinos
resistieron con éxito. Tras su muerte, vicarios imperiales se hicieron
fuertes en varias ciudades. Uguccione della Faggiuola (d. 1320), durante
un tiempo señor de Pisa “en su maravillosa gloria”,
derrotó a las fuerzas aliadas de Nápoles y Florencia en
la batalla de Montecatini (29 Aug., 1315), famoso desastre que ha dejado
huellas en la poesía popular de siglo catorce. Can Grande della
Scalla ( muerto en 1339) amigo y protector de Dante, defendió la
causa gibelina con magnanimidad en Lombardía oriental, mientras
Matteo Visconti (muerto en 1322) estableció una dinastía
permanente en Milán que se convirtió en una especie de contrapeso
gibelino al poder de los angevinos napolitanos en el sur. Castruccio Interminelli
(muerto en 1328), soldado de fortuna que llegó a ser duque de Lucca
intentó algo parecido en la Italia central, pero su señoría
pereció con él. Algo del viejo espíritu de los güelfos
y gibelinos sobrevivió durante las luchas de entre Luis de Baviera
y el papa Juan XXII; Luis colocó un antipapa y fue coronado en
Roma por el representante del pueblo romano pero su conducta disgustó
a sus propios seguidores. En la poesía de Fazio degli Uberti (
muerto después de 1368) se puede oír un nuevo gibelinismo:
Roma declara que Italia puede solamente disfrutar de la paz cuando esté
unida bajo el cetro de un rey italiano.
Antes de que los papas retornaran de Aviñón, los términos
“Güelfo” y “Gibelino” ya no significaban nada.
Se llamaban con esos nombres y luchaban furiosamente con ellos para indicar
bandos contrarios. En una ciudad que hubiera sido oficialmente güelfa en
el pasado , cualquier minoría que se opusiera al gobierno o que no simpatizara
con el partido en el pode, era automáticamente calificado como gibelino.
Así en 1364 la República de Florencia declaró que cualquiera
que apele al papa o a su legado o a los cardenales sea declarado gibelino. “
No hay gente peor o más loca bajo el manto de los cielos que los Güelfos
y los Gibelinos, decía S. Bernardino de Siena en 1427. Describe un cuadro
espantoso de las atrocidades que aún se cometían, hasta por mujeres,
bajo tales nombres, aunque para entonces el significado primitivo ya se había
perdido, y dice que el simple hecho de declarar que se pertenece a cualquiera
de los dos partidos es un pecado mortal. Las palabras se siguieron usando para
captar partidarios , y todavía con consecuencias sangrientas, hasta la
llegada a Italia de Carlos V (1529) que restableció el poder imperial
y abrió una nueva época en las relaciones entre el papa y el emperador.
SISMONDI, Histoire des Republiques italiennes du moyen age; BALBO,
Sommario della Storia d'Italia (Florence, 1856); BRYCE, The Holy Roman Empire;
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Welfen und Gibelinge in Zeitschrifte f. Geschichtswissenschaft (1846), V, 317;
HOLDER-EGGER, Cronica Fratris Salimbene (Hanover, 1905-08).
EDMUND G. GARDNER
Transcrito por Herman F. Holbrook
Rex regum et Dominus dominantium misereatur nobis Iesus Christus.
Traducido por Pedro Royo