Estos sirvientes, quienes eran de baja condición, no eran confundidos
con los asistentes armados, quienes formaban la escolta de un caballero,
Desde el siglo trece los escuderos también fueron armados y montados
a caballo y pasaban de un grado a otro, fueron elevados finalmente a
la caballería.
Banderas
Los estandartes fueron también una marca distintiva de Hidalguía.
Eran fijados y llevados a la lanza. Había una clara definición
entre el pendón, una bandera en punta y ahorquillada en la extremidad,
usada por un simple caballero o mancebo como una insignia personal,
y el estandarte, de forma cuadrada, usada como la insignia de una banda
y reservada al barón en mando de un grupo de al menos diez caballeros,
llamada una guardia civil. Cada bandera o estandarte era ensalzado con
las armas de su dueño para distinguir uno de otro en el campo
de batalla. Esta relación heráldica llegó a ser
después hereditaria y dio lugar a la complicada ciencia heráldica.
Social
La carrera de un caballero era costosa, requiriendo de medios personales
de conformidad con la estación, un caballero tenía que
sufragar sus propios gastos en una época cuando el monarca no
tenía tesoro ni presupuesto de guerra disponible. Cuando la tierra
era la única clase de riqueza, cada soberano que deseaba formar
un ejército dividía sus dominios en feudos militares,
el arrendatario apoyaba el servicio militar con sus propios gastos personales
por un número determinado de días (cuarenta en Francia
e Inglaterra durante el periodo Normando). Estos derechos como otras
concesiones feudales, llegaron a ser hereditarios, y de este modo se
desenvolvió la clase noble, para quienes la profesión
caballeresca era la única carrera.
La Encomienda, sin embargo, no era hereditaria, previsto sólo
a los hijos de un caballero que estuviera elegible a su categoría.
En su puericia eran enviados a la corte de algún noble, donde
eran entrenados en el uso de los caballos y armas además de enseñarles
clases de cortesía. Desde el siglo trece, los candidatos, después
de que habían obtenido la categoría de escudero, se les
permitía formar parte en las batallas; pero era sólo cuando
habían llegado a la edad, comúnmente a los veintiún
años a la que eran admitidos en el grado de caballero, a través
de una ceremonia propia llamada "Armar caballero". Cada caballero
era apto para investir la encomienda, proporcionando al aspirante requisitos
completos de sus condiciones de linaje, edad, y entrenamiento. Cuando
la condición de linaje era carencia en el aspirante, el monarca
únicamente podía crear un caballero, como parte de su
privilegio real.
Religioso
En la ceremonia de investir la encomienda, la Iglesia participaba
a través de la bendición de la espada, y en virtud de
esta bendición la hidalguía asumía su carácter
religioso. En el principio de la cristiandad, no obstante las enseñanzas
de tertuliano acerca de que la cristiandad y la profesión de
las armas eran incompatibles era condenado como herético, la
carrera militar era considerada como un pequeño privilegio. En
la hidalguía, la religión y la profesión de las
armas era reconciliable. Este cambio de actitud en la parte de la Iglesia
viene, de acuerdo a algunos, desde las cruzadas, cuando los cristianos
armados fueron por primera vez devotos de un propósito sagrado.
Aún antes de las cruzadas, sin embargo, un anticipo de esta actitud
se encontró en la costumbre llamada "Tregua de Dios".
Fue entonces que la clericatura aprovechada de la oportunidad ofrecida
por estas treguas exigió de los guerreros rudos de épocas
feudales una promesa religiosa para usar sus armas ampliamente para
la protección de los débiles e indefensos, especialmente
mayores y huérfanos, y de las Iglesias. La hidalguía,
en el sentido moderno, se sustentó en una promesa, fue esta promesa
la que dignificó al soldado, elevado en su propia estima, y levantado
casi al nivel del monje en la sociedad medieval. Como correspondencia
a esta promesa, la Iglesia decretó una bendición especial
para el caballero en la ceremonia llamada en el PONTIFICADO ROMANO,
"Benedictio novi militis".
Al principio muy simple en su forma, este ritual gradualmente se desarrolló
dentro de una ceremonia elaborada. Antes de la bendición de la
espada sobre el altar, muchos exámenes preliminares fueron requeridos
del aspirante, tales como la confesión, una vigilia de oración,
ayuno, un baño simbólico, y una investidura con una túnica
blanca, con el propósito de imprimir en el candidato la pureza
del alma con las cuales comenzaba como tal una noble carrera.
Arrodillado, en la presencia del clero, pronunciaba la promesa solemne
de la hidalguía, al mismo tiempo muchas veces renovando la promesa
bautismal; al escogido como padrino enseguida lo golpea levemente en
la nuca con una espada (armar caballero) en el nombre de Dios y San
Jorge, el patrono de la hidalguía.
Historia
Existen cuatro periodos distintos en la historia de la hidalguía.
El periodo de la fundación, es decir, el tiempo cuando la tregua
de Dios estaba en vigor, atestiguando la larga competencia de la Iglesia
contra la violencia de la época ante el éxito del refrenamiento
del espíritu silvestre de los guerreros feudales, quienes anterior
a esto reconocían no la ley sino fuera por la fuerza bruta.
Primer periodo: Las cruzadas
Las cruzadas introdujeron la época de oro de la hidalguía
y el cruzado era el modelo del caballero perfecto. El rescate de los
lugares sagrados de Palestina desde la dominación musulmana y
la defensa de peregrinos llegó a ser el nuevo objetivo de su
promesa. En correspondencia, la Iglesia lo acogió bajo su protección
de una forma especial, y confiriéndole a él privilegios
espirituales temporales excepcionales, tales como el perdón de
todas sus penas, dispensa de la jurisdicción de las cartas mundanas,
y como una forma de sufragar los gastos de la jornada a la Tierra Santa,
los caballeros fueron dispensados de la décima parte de todos
los ingresos de la Iglesia.
La promesa del cruzado estuvo limitado a un tiempo específico.
Por los viajes distantes dentro de Asia, el promedio de tiempo fue de
dos a tres años.
Segundo periodo: Las órdenes militares
Después de la conquista de Jerusalén, la necesidad
de un ejército permanente llegó a ser definitiva; para
prevenir la pérdida de la Ciudad Santa cercándola de las
naciones enemigas. Fuera de esta necesidad surgieron las órdenes
militares las cuales fueron adoptadas como una cuarta promesa monástica
la del combate permanente contra los infieles. Fue en estas órdenes
donde se llevó a cabo la perfecta fusión de lo religioso
y el espíritu militar, la hidalguía alcanzó su
auge. Este espíritu heroico tuvo también a notables representantes
entre los cruzados seglares, como Godofredo de Boullion, Tancredo de
Normandía, Ricardo Corazón de León y sobre todo
Luis IX de Francia, en quien la encomienda estuvo coronada por santidad.
Como el monástico, la promesa del caballero se limita con vínculos
comunes de los guerreros de cada país y condición, y enrolados
en una enorme fraternidad de manera, ideales y objetivos. La hermandad
seglar tuvo, como la regular imposición de reglas sobre la fidelidad
de sus miembros hacia allá; los patrones y sus mandatos proceso
legal en el campo de batalla y la observación de la sentencia
de honor y cortesía. El caballero medieval, por otra parte abrió
un nuevo capítulo en la historia de la literatura. Preparó
el camino y dio un pronto uso corriente a un movimiento épico
y romántico a la literatura reflejando el ideal de la encomienda
y elaborando sus logros y alcances. Provenza y Normandía fueron
los centros principales de esta clase de literatura, la cual fue divulgada
por todo Europa por los trovadores.
Tercer periodo: La Hidalguía seglar
Después de las cruzadas la hidalguía perdió
gradualmente su aspecto religioso. En este, su tercer periodo, el honor
queda en el culto particular de la encomienda. Este espíritu
es manifestado en las muchas hazañas caballerescas las cuales
llenan las crónicas de las largas contiendas entre Inglaterra
y Francia durante la Guerra de los cien años. Las Crónicas
de Froissart dan una descripción intensa de esta época,
donde las batallas sangrientas se alternan con torneos y manifestaciones
vistosas. Cada país contendiente tiene sus héroes. Si
Inglaterra se ufanaba de las victorias del Príncipe negro, Caudos,
y Talbat, Francia podía jactarse de las proezas de Du Guesclin,
Boucicaut, y Dunois.
Pero con toda la brillantez y hechizo de sus alcances, el principal
resultado era un inútil derrame de sangre, desperdicio de dinero
y miseria para las clases más bajas. El carácter cariñoso
de la nueva literatura hubo contribuido no en poco a desvía la
hidalguía de su ideal original. Bajo la influencia de las aventuras
el amor llevó a ser ahora la causa principal de la hidalguía.
Como consecuencia aquello levantó un nuevo tipo de Caballero,
haciendo un voto al servicio de alguna dama noble, quien podría
aún ser otra esposa del hombre. Este ídolo de su corazón
tenía que ser reverenciado a la distancia. Desafortunadamente,
a pesar de las obligaciones abusando del caballeresco aficionado, estas
fantasías extravagantes a menudo llevaban a resultados lamentables.
Cuarto periodo: La hidalguía cortesana
En sus últimas etapas, la Hidalguía llegó a
ser un simple servicio cortesano. La orden de la Jarretera, fundada
en 1348 por Eduardo III de Inglaterra, la orden del vellocino de oro
(Toison d'or) de Felipe de Brogoña, remontado a 1430, formó
una hermandad, no de cruzadas, sino de cortesanos, sin otra finalidad
que contribuir al resplandor de la soberanía.
Sus más serias tareas fueron el deporte de justas y torneos.
Hicieron sus votos no en capillas, sino en salones de banquetes, no
en la cruz, sino sobre algunas aves emblemáticas. El "Voto
del cisne" de 1306, fue instituido durante la fiesta del armado
caballero del hijo de Eduardo I. Fue ante Dios y el cisne que el antiguo
rey juró con sus caballeros de vengar en Londres el asesinato
de su lugarteniente. Más celebrado es "el voto del Faisán",
hecho en 1454 en la corte de Felipe de Borgoña. La razón
más importante por cierto, siendo nada más que el rescate
de Constantinopla, la cual había caído el año anterior
en las manos de los Turcos. Pero la solemnidad del motivo no disminuyó
la frivolidad de la ocasión. Un voto solemne fue tomado ante
Dios y el faisán en un banquete suntuoso al costo licencioso
del cual podía mejor haber sido afecto a la diligencia misma.
No menos que ciento cincuenta caballeros, la flor de la nobleza, repitieron
el voto, pero la misión llegó a nada. La hidalguía
había degenerado en un vano pasatiempo y en una promesa vacía.
La literatura, que tuvo en el pasado tan gran contribución a
la exaltación de la hidalguía, ahora reaccionó
contra sus extravagancias. En la primera parte del siglo catorce esta
crisis llega a ser evidente en la poesía de Chaucer. No obstante
el mismo había hecho muchas traducciones de las novelas francesas,
y que suavemente ridiculiza a su modo en su "Sir Thopas".
El golpe final fue reservado para el inmortal trabajo de Cervantes,
"Don Quijote", el cual suscitó la risa de todo Europa.
La infantería en su renacimiento como una fuerza efectiva en
el campo de batalla durante el siglo catorce empezó a disfrutar
la supremacía que la hidalguía pesada había disfrutado
por largo tiempo. La hidalguía que descansó del todo en
la superioridad del soldado de caballería en combate, rápidamente
decayó.
En Crecy (1346) y Auicourt (1415) la caballería francesa fue
diezmada por las flechas de los arqueros Ingleses de Eduardo III y Enrique
V.
La nobleza austriaca en Sempach (1476) fue incapaz de sostener el opresor
ataque furioso del campesinado suizo. Con la llegada de los rifles de
pólvora y el uso general de armas de fuego en la batalla, la
hidalguía rápidamente se desintegró y finalmente
desapareció para siempre.
CH. MOELER
Traducido por: Ramón Terrazas