Nacido alrededor de 799; murió el 23 de octubre de 877; hijo
del Emperador Miguel I y Procopia. Su nombre, originalmente Nicetas,
fue cambiado a la edad de catorce a Ignacio. Leo el Armenio, habiendo
depuesto al Emperador Miguel (813), hizo a Ignacio eunuco y lo encarceló
en un monasterio, para que no reclamara el trono de su padre. Mientas
estaba así emparedado voluntariamente abrazó la vida religiosa,
y con el tiempo llegó a ser abad. Fue ordenado por Basilio, Obispo
de Paros, en Hellespont. A la muerte de Teófilo (841) Teodora
llegó a ser regente, así como co-soberana con su hijo,
Miguel III, del Imperio Bizantino. En 847, ayudado por la buena voluntad
de la emperatriz, Ignacio sucedió en el Patriarcado de Constantinopla,
vacante por la muerte de Metodius. El Emperador Miguel III fue un joven
licencioso que encontró compañía para su libertinaje
en Bardas, su tío materno. A sugerencia de éste último,
Miguel buscó la ayuda de Ignacio en un esfuerzo para obligar
a Teodora a entrar en un convento, con la esperanza de asegurar para
sí mismo la autoridad no dividida y libre reinado para su disolución.
El patriarca se negó indignado a ser parte de tal ultraje. Teodora
sin embargo, al darse cuenta de la determinación de su hijo de
poseer a cualquier costo el reinado sin dividir, abdicó voluntariamente.
Este rechazo a participar en sus esquemas inicuos, se agregó
a una valerosa reprimenda, el cual Ignacio administró a Bardas
por haber repudiado a su esposa y haber mantenido coito incestuoso con
su hijastra, por lo que el César determinó que el patriarca
había caído en desgracia. Surgió una revuelta insignificante,
liderado por un aventurero medio ingenioso, que Bardas adujo a Ignacio,
y habiendo convencido al emperador de la verdad de su acusación,
causó el exilio del patriarca a la isla de Terebinthus. En su
exilio fue visitado por los emisarios de Bardas, quien buscaba inducirlo
a que renunciara a su oficio patriarcal. Al fracasar en su misión,
le llenaron de toda clase de indignidades. Mientras tanto, un pseudo-sínodo,
celebrado bajo la dirección de Gregorio de Siracusa, un obispo
excomulgado, depuso a Ignacio de su sede. Bardas había seleccionado
a su sucesor en la persona de Photius, un laico de dotes brillantes,
y defensor del aprendizaje, pero sumamente inescrupuloso. Tenía
el favor del emperador, para el cual se desempeñaba como primer
secretario de estado. Habiendo sido aprobada esta elección por
el pseudo-sínodo, en seis días Photius corrió toda
la escala de las órdenes eclesiásticas desde el lectorado
hasta el episcopado. Para intensificar los ánimos contra Ignacio
y así fortalecer su propia posición, Photius acusó
al obispo exiliado con cargos adicionales de sedición. El 859
otro sínodo fue llamado para llevar adelante los intereses de
Photius, al proclamar nuevamente la deposición de Ignacio. Pero
no todos los obispos participaron en estos vergonzosos procedimientos.
Algunos pocos, con el valor de su oficio episcopal, denunciaron a Photius
como un usurpador de la dignidad patriarcal. Convencido de que no podía
disfrutar de un sentido de seguridad en su oficio sin la sanción
del papa, Photius envió embajadores a Roma con el fin de abogar
por su causa. Estos embajadores arguyeron que Ignacio, desgastado por
la edad y la enfermedad, se había retirado voluntariamente a
un monasterio; y que Photius había sido elegido por elección
unánime de los obispos. Queriendo aparentar celo religioso, solicitaron
que se enviaran delegados a Constantinopla para suprimir un recrudecimiento
de la Iconoclasia, y para fortalecer la disciplina religiosa. Nicolás
I envió a los delegados requeridos, pero con instrucciones de
investigar el retiro de Ignacio y tratar con Photius como con un laico.
Estas instrucciones fueron complementadas por una carta al emperador,
condenando la deposición de Ignacio. Pero los delegados demostraron
ser desleales. Intimidados por las amenazas y el cuasi-encarcelamiento,
acordaron decidir a favor de Photius. En 861 se acordó un sínodo,
y se citó al patriarca depuesto a presentarse como un simple
monje. Se le negó el permiso de hablar con los delegados. Citando
los cánones pontificios para demostrar la irregularidad de su
deposición, se negó a reconocer la autoridad del sínodo
y apeló al Papa. Pero sus ruegos fueron en vano. El programa
previamente arreglado fue llevado a término y el venerable patriarca
fue condenado y degradado. Aún después de esto, el incansable
odio de Bardas le persiguió, con la esperanza de arrancar de
él la renuncia a su oficio. Finalmente se emitió una orden
para su ejecución, pero había huido a lugar seguro. Los
delegados regresaron a Roma, meramente anunciaron que Ignacio había
sido canónicamente depuesto y que Photius había sido confirmado.
Sin embargo, el patriarca tuvo éxito en hacer saber al papa,
a través del archimandrita Theognostus, acerca de los procedimientos
ilícitos llevados a cabo en su contra. Por tanto, el papa declaró
al secretario imperial, a quien Photius había enviado al papa
para obtener la aprobación de sus actos, que no confirmaría
el sínodo que había depuesto a Ignacio. En carta dirigida
a Photius, Nicolás I reconoció a Ignacio como el legítimo
Patriarca de Constantinopla. Al mismo tiempo se despachó una
carta a los patriarcas del este, prohibiéndoles reconocer al
usurpador. Después de otro infructuoso esfuerzo por obtener la
confirmación papal, Photius dio rienda suelta a su furia en una
ridícula declaración de excomunicación contra el
Pontífice Romano. En 867 el Emperador Miguel fue asesinado por
Basilio el Macedonio, quien le sucedió como emperador. Casi su
primer acto oficial fue deponer a Photius y llamar de nuevo a Ignacio,
después de nueve años de exilio y persecución,
al patriarcado de Constantinopla, el 23 de noviembre de 867. Adrián
II, quien había sucedido a Nicolás I, confirmó
tanto la deposición de Photius como la restauración de
Ignacio. Por recomendación de Ignacio, Adrián III, el
5 de octubre de 869 convocó el Octavo Concilio Ecuménico.
Todos los participantes a este concilio fueron obligados a firmar un
documento aprobando la acción papal en cuanto a Ignacio y a Photius.
Ignacio vivió por diez años después de su restauración,
en el pacífico ejercicio de los deberes de su oficio. Fue enterrado
en Santa Sofía, pero después sus restos fueron enterrados
en la iglesia de San Miguel, cerca de Bósforo.
La Martiriología Romana (23 de octubre) dice: "En Constantinopla,
San Ignacio, Obispo, quien, cuando desaprobó a Bardas el César
por haber repudiado a su esposa, fue atacado por muchas injurias y enviado
al exilio; pero habiendo sido restaurado por el Pontífice Romano
Nicolás, al fin descansó en paz.
NICETAS, Vita Ignatii in MANSI, Amplissima Collectio
Conciliorum, XVI, 209 sqq.; GEDEON, Archivos Patriarcales (Griego (Constantinopla,
1890); Cartas del Papa Nicolás I en MANSI, ibid., XV, 159 Sqq.;
HARDUIN, Vita Ignatii, V, 119 sqq.; PHOTIUS, Epístola a Nicolás
I en Baronius, ad an. 859; ANASTASIUS, Prefacio al Octavo Concilio;
STYLIANUS, Epístola a Esteban VI; METROPHANES o SMYRNA, Epístola
a Manuel en MANSI, XVI, 295, 414, 426; NATALIS ALEXANDER, diss. iv,
In S c. IX et X; LEQUIEN, Oriens Christianus, Ign. et Phot. I, 246;
FORTESCUE, La Iglesia Griega Ortodoxa (Londres, 1907), proporciona (160-61)
una buena apreciación del personaje de Ignacio en cuanto a la
actitud anti-romana adoptada por éste ultimo después de
su restauración, cuando persuadió al príncipe búlgaro
para que expulsara a la jerarquía latina de esa tierra, y esto
causó que el patriarcado romano perdiera a Bulgaria; J. HERGENRÖTHER,
Photius, Patriarca de Constantinopla (3 vols., Ratisbon, 1867), obra
clásica sobre la materia; HEFELE, Hist. de los Concilios, nueva
versión francesa por LECLERCQ (París, 1907), con bibliografía
y disertación reciente.
JOHN B. O'CONNOR
Transcrito por Douglas J. Potter
Traducido por Lucía Lessan
Dedicado al Inmaculado Corazón de la Bendita Virgen María