También llamada Santa Isabel de Turingia, nacida en Hungría,
probablemente en Presburgo en 1207, muerta en Marburgo, Hesse, el 17 de
Noviembre (no el 19 de Noviembre) de 1231.
Era hija del rey Andrés II de Hungría (1205-35) y de su mujer
Gertrudis, de la familia de los condes de Andechs-Meran; el hermano de Isabel
sucedió a su padre en el trono de Hungría como Bela IV; la hermana
de su madre Gertrudis, fue Santa Eduvigis, esposa del duque Enrique I el Barbudo
de Silesia, mientras que otra santa, Santa Isabel de Portugal (muerta en 1336),
la esposa del tiránico rey Diniz de ese país, era su sobrina-
nieta.
En 1211 se envió una embajada formal por el landgrave Herman I de Turingia
para convenir, como era tradicional en esa época, un matrimonio entre
su hijo mayor Herman e Isabel, que tenía entonces cuatro años
de edad. Este plan de matrimonio era el resultado de consideraciones políticas
y se pretendía que fuera la ratificación de una gran alianza que
en los planes políticos de la época se buscaba constituir contra
el emperador Otón IV, miembro de la casa Güelfa, que se había
enemistado con la Iglesia. No mucho después de esto, la niña fue
llevada a la corte de Turingia para ser educada con su futuro marido y, con
el transcurso del tiempo, desposarse con él.
La corte de Turingia era en este periodo famosa por su magnificencia. Su centro
era el imponente castillo de Wartburg, espléndidamente situado en la
Selva de Turingia cerca de Eisenach, donde el landgrave Herman vivía
rodeado de poetas y minnesingers, de los que era generoso mecenas. No obstante
la turbulencia y vida puramente secular de la corte y la pompa de su ambiente,
la muchacha creció como una niña muy religiosa con evidente inclinación
por la oración y las prácticas piadosas y los pequeños
actos de automortificación. Estos impulsos religiosos se reforzaron indudablemente
por las tristes experiencias de su vida.
En 1213 la madre de Isabel, Gertrudis, fue asesinada por nobles húngaros,
probablemente por odio a los alemanes. El 31 de Diciembre de 1216, el hijo mayor
del landgrave, Herman, con el que se iba a casar Isabel, murió; después
de esto fue desposada a Luis, el hijo segundo. Fue probablemente en esos años
cuando Isabel tuvo que sufrir la hostilidad de los miembros más frívolos
de la corte de Turingia, para los que la piadosa y contemplativa niña
era un constante reproche. Luis, sin embargo, debe haber venido pronto en su
protección contra cualquier maltrato. La leyenda que surgió más
tarde es incorrecta al hacer a la suegra de Isabel, la landgravina Sofía,
de la familia reinante en Baviera, la jefa de ese partido de la corte. Por el
contrario, Sofía era una mujer muy religiosa y caritativa y una madre
bondadosa para la pequeña Isabel.
Los planes políticos del viejo landgrave Herman le implicaron en graves
dificultades y reveses; fue excomulgado, perdió la cabeza hacia el fin
de su vida, y murió, el 25 de Abril de 1217, sin reconciliarse con la
Iglesia. Fue sucedido por su hijo Luis IV, que, en 1221, fue también
hecho regente de Meissen y de la Marca Oriental. El mismo año (1221)
Luis e Isabel se casaron, teniendo el novio treinta y un años y la novia
catorce. El matrimonio fue en todos los aspectos feliz y ejemplar, y la pareja
estaba fielmente unida. Luis probó ser digno de su mujer. Protegió
sus actos de caridad, penitencia, y sus vigilias, y a menudo sostuvo las manos
de Isabel mientras ella rezaba arrodillada junto a su cama por la noche. Era
también un gobernante capaz y bravo soldado. Los alemanes le llamaban
San Luis, apelativo que le daban como a uno de los mejores hombres de su tiempo
y piadoso marido de Santa Isabel.
Tuvieron tres hijos: Herman II (1222-41), que murió joven; Sofía
(1224-84), que se casó con Enrique II, duque de Brabante, y fue la antepasada
de los landgraves de Hesse, cuando en la guerra de sucesión de Turingia
ganó Hesse para su hijo Enrique I, llamado el Niño; Gertrudis
(1227-97), la tercera hija de Isabel, nació varias semanas después
de la muerte de su padre; posteriormente llegó a ser abadesa del convento
de Altenberg cerca de Wetzlar. Poco después de su matrimonio, Isabel
y Luis hicieron un viaje a Hungría; después de esto Luis fue a
menudo empleado por el emperador Federico II, al que era muy afecto, en los
asuntos del imperio. En la primavera de 1226, cuando las inundaciones, el hambre,
y la peste causaban estragos en Turingia, Luis estaba en Italia asistiendo a
la Dieta de Cremona en nombre del emperador y del imperio. En estas circunstancias,
Isabel asumió el control de los asuntos, distribuyó limosnas en
todas partes del territorio de su marido, dando incluso trajes de gala y adornos
a los pobres. Para asistir personalmente a los infortunados construyó
en la parte baja de Wartburg un hospital con veintiocho camas y visitaba diariamente
a los enfermos para atender sus necesidades; al mismo tiempo ayudaba a novecientos
pobres diariamente. Es este periodo de su vida el que ha conservado la fama
de Isabel para la posteridad como la gentil y caritativa castellana de Wartburg.
A su vuelta Luis confirmó todo lo que había hecho ella. Al año
siguiente (1227) emprendió con el emperador Federico II una cruzada a
Palestina pero murió el 11 de Septiembre del mismo año en Otranto,
de peste. Las noticias no llegaron a Isabel hasta Octubre, poco después
de que hubiera dado a luz a su tercer hijo. Al oír las noticias Isabel,
que sólo tenía veinte años, exclamó: “El mundo
con todas sus alegrías está ahora muerto para mí”.
El hecho de que en 1221 los seguidores de San Francisco de Asís (muerto
en 1226) hicieran su primera fundación permanente en Alemania fue de
gran importancia en la carrera posterior de Isabel. El hermano Rodeger, uno
de los primeros alemanes a quien el provincial para Alemania, Cesáreo
de Espira, recibió en la orden, fue durante un tiempo el instructor espiritual
de Isabel en Wartburg; en sus enseñanzas le expuso los ideales de San
Francisco, y éstos le atrajeron con fuerza. Con la ayuda de Isabel los
franciscanos fundaron en 1225 un monasterio en Eisenach; el hermano Rodeger,
como informa su compañero en la orden, Jordán, instruyó
a Isabel, a practicar, de acuerdo con su estado de vida, la castidad, la humildad,
la paciencia, el ejercicio de la oración, y la caridad. Su posición
le impedía alcanzar el otro ideal de San Francisco, una pobreza voluntaria
y completa. Diversas observaciones de Isabel a sus damas dejaron claro cuán
ardientemente deseaba la vida de pobreza. Después de un intervalo el
puesto que había ocupado el hermano Rodeger fue asumido por el Maestro
Conrado de Marburgo, que no pertenecía a ninguna orden, pero era muy
ascético y, debe reconocerse, un hombre muy severo y algo brusco. Era
bien conocido como predicador de la cruzada y también como inquisidor
o juez en casos de herejía. Por causa de esta última actividad
ha sido juzgado más severamente de lo que es justo; en la actualidad,
sin embargo, la estimación por él ha mejorado. El Papa Gregorio
IX, que escribía a veces a Isabel, le recomendó personalmente
al devoto predicador. Conrado trató a Isabel con severidad inexorable,
utilizando incluso medios de corrección corporal; sin embargo, la llevó
con mano firme por el camino de la automortificación a la santidad, y
tras su muerte fue muy activo en su canonización. Aunque le prohibió
seguir a San Francisco en la total pobreza como un mendigo, aun así,
por otro lado, mediante la orden de conservar la herencia de su marido le permitió
realizar obras de caridad y delicadeza.
Hasta 1888 se creía, por el testimonio de una de las damas de Isabel
en el proceso de canonización, que Isabel había sido expulsada
de Wartburg en el invierno de 1227 por su cuñado, Heinrich Raspe, que
actuaba como regente en nombre de su hijo, entonces de sólo cinco años.
Hacia 1888 diversos investigadores (Börner, Mielke, Wenck, E. Michael,
etc.) afirmaron que Isabel dejó Wartburg voluntariamente, siendo moral
la única compulsión. No podía seguir en el castillo la
orden de Conrado de comer sólo alimentos obtenidos de manera que fuera
con seguridad correcta y adecuada. Posteriormente, sin embargo, Huyskens (1907)
trató de probar que Isabel fue expulsada del castillo de Marburgo, en
Hesse, que era suyo por herencia de su marido. Por consiguiente, el Te Deum
que ella ordenó cantar a los franciscanos en la noche de su expulsión
habría sido cantado en el monasterio franciscano de Marburgo. Acompañada
de dos damas, Isabel dejó el castillo que está en una altura que
domina Marburgo. Al día siguiente le fueron traídos sus hijos,
pero pronto fueron llevados a otro lugar para ser cuidados. La tía de
Isabel, Matilde, abadesa del monasterio de monjas benedictinas de Kitzingen
cerca de Wurzburgo, se hizo cargo de la infortunada landgravina y la envió
a su tío Eckbert, obispo de Bamberg. El obispo, sin embargo, estaba resuelto
a organizar otro matrimonio para ella, aunque en vida de su marido Isabel había
hecho voto de continencia en caso de que éste muriera; el mismo voto
habían hecho también sus acompañantes. Mientras Isabel
estaba manteniendo su posición contra su tío fueron traídos
a Bamberg los restos de su marido por sus fieles seguidores que los habían
transportado desde Italia. Llorando amargamente, enterró el cuerpo en
el panteón familiar de los landgraves de Turingia en el monasterio de
Reinhardsbrunn. Con ayuda de Conrado recibió entonces el valor de su
herencia en dinero, a saber, dos mil marcos; de esta suma repartió quinientos
marcos en un día entre los pobres. El Viernes Santo de 1228, en el convento
franciscano de Eisenach Isabel renunció formalmente al mundo; luego yendo
ante el maestro Conrado a Marburgo, ella y sus doncellas recibieron de él
el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, siendo así de
las primeras terciarias de Alemania. En el verano de 1228 construyó el
hospital franciscano de Marburgo y a su conclusión se dedicó enteramente
al cuidado de los enfermos, especialmente de los afligidos por las enfermedades
más repugnantes. Conrado de Marburgo aún le impuso muchas mortificaciones
y renuncias espirituales, mientras que a la vez le quitaba a Isabel sus devotas
damas. Constante en su devoción a Dios, la fuerza de Isabel se consumió
en obras caritativas, y murió a la edad de veinticuatro años,
una edad en que la vida se está iniciando para la mayoría de los
seres humanos.
Muy pronto tras la muerte de Isabel comenzaron a producirse milagros en su
tumba de la iglesia del hospital, especialmente curaciones milagrosas. El Maestro
Conrado mostró gran celo en adelantar el proceso de canonización.
Por orden papal se celebraron tres exámenes de los que habían
sido curados: a saber, en Agosto de 1232, Enero de 1233, y Enero de 1235. Antes
de que el proceso llegara a su fin, sin embargo, Conrado fue asesinado el 30
de Julio de 1233. Pero en 1233 los Caballeros Teutónicos fundaban una
casa en Marburgo, y en Noviembre de 1234, Conrado, landgrave de Turingia, el
cuñado de Isabel, ingresaba en la orden. En Pentecostés (28 de
Mayo) del año 1235, se celebró la solemne ceremonia de canonización
de la “mujer más grande de la Edad Media alemana” por Gregorio
IX en Perugia, estando presente el landgrave Conrado. En Agosto del mismo año
(1235) se puso en Marburgo la piedra angular de la bella iglesia gótica
de Santa Isabel; el 1 de Mayo de 1236, el emperador Federico II asistió
a la exhumación del cuerpo de la santa; en 1249 los restos fueron colocados
en el coro de la iglesia de Santa Isabel, que no fue consagrada hasta 1283.
Las peregrinaciones a la tumba pronto alcanzaron tanta importancia que a veces
se podían comparar a las del santuario de Santiago de Compostela. En
1539, Felipe el Magnánimo, landgrave de Hesse, que se había hecho
protestante, puso fin a las peregrinaciones mediante una injustificable interferencia
en la iglesia que pertenecía a la Orden Teutónica y retirando
por la fuerza las reliquias y todo lo que estaba consagrado a Isabel. Sin embargo,
todo el pueblo alemán aún honra a la “querida Santa Isabel”
como es llamada; en 1907 se dio un nuevo impulso a su veneración en Alemania
y Austria por la celebración del setecientos aniversario de su nacimiento.
Santa Isabel es representada generalmente como una princesa dando graciosamente
limosnas a los pobres desgraciados o teniendo rosas en su regazo; en este último
caso se la retrata sola o como sorprendida por su marido, quien, según
una leyenda que, sin embargo, se cuenta de otras santas también, se le
reunió inesperadamente cuando iba secretamente en misión de caridad,
y, así lo cuenta la historia, el pan que estaba intentando ocultar se
convirtió de repente en rosas.
Los materiales originales para la vida de Santa Isabel deben
buscarse en las cartas enviadas por CONRADO DE MARBURGO al Papa Gregorio
IX (1232) y en el testimonio de sus cuatro damas (Libellus de dictis quatuor
ancillarum) tomado por la tercera comisión papal (Enero de 1235).
La mejor edición del testimonio se encuentra en HUYSKENS, Quellenstudien
zur Geschichte der hl. Elisabeth, Landgräfin von Thüringen (Marburgo,
1908),110-40. Para las Actas del proceso de canonización ver HUYSKENS,
Quellenstudien, 110-268; Vita S. Elisabethae des Caesarius von Heisterbach
O. Cist. (1236), ed. HUYSKENS, in Annalen des historischen Vereins für
den Niederrhein (Colonia, 1908), Pt. LXXXV; la hagiografía de Santa
Isabel fue muy influida por DIETRICH DE APOLDA, Vita S. Elisabeth (escrita
en 1289-97), publicada en CANISIUS, Antiquae lectionis (Ingolstadt, 1605),
V, Pt. II, 147-217, y en BASNAGE, Thesaurus Monumentorum Ecclesiasticorum
(Amsterdam, 1723). IV. 115-152.
MICHAEL BIHL
Traducido por Francisco Vázquez