Entre los escritores de la Biblia Hebrea, se le conoce como uno de los
“Grandes Profetas”; es un caso sobresaliente el de “Isaías,
el santo profeta… el gran profeta, el fiel a los ojos de Dios”
(Ecclus., xlviii, 23-25).
I. VIDA
El nombre Isaías significa “Yave es salvación”
(Yave o Jehová, nota del traductor). Asume dos diferentes formas
en la Biblia Hebrea: como autor en el texto del Libro de Isaías,
y en otros escritos del Antiguo Testamento, por ejemplo en IV Reyes, xix,
2; II Par., xxvi, 22; xxxii, 20, 32, en ellos se lee Yeshá`yahu,
y en otras colecciones de los profetas como Yeshá`yah, en griego
es Esaías, y en latín, generalmente se acepta como Isaias,
aunque algunas veces también, como Esaias.
Con este mismo nombre se reconocen a otras cuatro personas en el Antiguo
Testamento (Esd., viii, 7; viii, 19; II Esd., xi, 7; I Par., xxvi, 25);
en tanto que los nombres de Jesaia (I Par., xxv, 15), y Jeseias (I Par.,
iii, 21; xxv, 3) pueden ser considerados más bien como variantes.
Por medio del profeta mismo (i, 1; ii, 1) sabemos que fue hijo de Amos.
Este nombre tiene similitudes entre el griego y el latín y se relaciona
con el profeta pastor de Thecue. Algunos inicialmente tomaron el nombre
del profeta Amos por el padre de Isaías. En el prefacio de su trabajo
"Commentary on Amos" (P.L., XXV, 989) San Jerónimo puntualiza
este error.
No conocemos casi nada de la ascendencia de Isaías, pero varios
pasajes de sus profecías (iii, 1-17, 24; iv, 1; viii, 2; xxxi,
16) nos permite inferior que pertenecía a una de las mejores familias
de Jerusalén. Una tradición judía lo menciona en
el Talmud (Tr. Megilla, 10b.) y lo señala como sobrino del Rey
Amasias. No se tiene referencia del año de nacimiento del profeta;
pero se considera que tenía alrededor de veinte años cuando
dio inicio a su ministerio público.
Muy probablemente fue ciudadano o nativo de Jerusalén. Sus escritos
incuestionablemente muestran signos de una gran cultura. De sus profecías
(vii y viii) aprendemos que se casó con una mujer a quien se refiere
como “la profetisa” y que tuvo dos hijos, She`arYashub
y Mahershalalhashbaz. Nada indica que se haya casado dos
veces, como algunas historias llamativas tratan de hacer ver, señalando
que Almah de vii, 14, fue también su esposa.
Se estima que el ministerio profético de Isaías llegó
a durar cerca de medio siglo, desde el año que terminaba Ozías,
Rey de Judá, posiblemente hasta los tiempos de Manasses. Se trata
de un período de gran actividad profética. Israel y Judá
ciertamente demostraron estar con gran necesidad de guías. Luego
de la muerte de Jeroboam II, revoluciones se sucedieron a revoluciones
y la parte norte del reino se había hundido rápidamente
en el vasallaje a los asirios.
Las Naciones de Occidente sin embargo, se recobraron de los problemas
de principios del octavo siglo, y manifestaban aspiraciones de independencia.
Rapidamente las tropas de Theglathfalasar III marcharon hacia Siria. Grandes
tributos fueron impuestos y grandes amenazas se cernía sobre los
que manifestaban reticencias con los pagos. En 725, Osee, el último
rey de Samaria cayó miserablemente bajo el poder de Salmanasar
IV, y tres años más tarde Samaria caía en las manos
de los asirios.
Mientras tanto, el reino de Judá escasamente tenía un
mejor destino. Un largo período de paz había enervado los
ánimos y el joven e inexperimentado Achaz no fue un contrincante
importante para los sirios e israelitas que le confrontaron. Preso de
pánico, y a pesar de lo que le había dicho Isaías,
resolvió apelar a Theglatfalasar. La ayuda de Asiria estuvo asegurada,
pero la independencia de Judá quedó prácticamente
hipotecada.
A fin de explicar con mayor claridad la situación política,
a la que se hacen muchas alusiones en los escritos de Isaías, se
ha recopilado aquí un esquema cronológico de tal período:
745, Theglatfalasar III, rey de Siria;
Azarias (A. V. Uzziah), de Judea;
Manahem (A. V. Menahem) de Samaria; y Sua of Egipto;
740, muerte de Azarias; Joatham (A. V. Jotham), rey de Judá; captura
de Arphad (A. V. Arpad) por parte de Theglatfalasar III (Is., x, 9);
738, campaña de Theglatfalasar contra Siria; captura de Calano
(A. V. Calno) y Emath (A. V. Hamath); se le impone un fuerte tributo a
Manahem (IV Kings, xv, 19-20); victoriosas guerras de Joatham contra los
Ammonites (II Par., xxvii, 4-6);
736, a Manahem le sigue Phaceia (A. V. Pekahiah); 735, Joatham es sucedido
por Achaz (IV Reyes, xvi, 1); Phaceia reemplazado por Phacee (A. V. Pekah),
hijo de Remelia (A. V. Remaliah), uno de sus capitanes; Jerusalén
es sitiada por Phacee en alianza con Rasin (A. V. Rezin), rey de Siria
(IV Reyes xvi, 5; Is., vii, 1, 2);
734. Theglatfalasar, contestando pedido de ayuda de Achaz, marcha contra
Siria e Israel, toma varias ciudades del norte y este de Israel (Reyes,
xv, 29), y desaparece a sus habitantes; los aliados asirios devastan la
parte del territorio de Judá y Jerusalén; Phacee muerto
durante una revolución en Samaria (A. V. Hoshea);
733. Expediciones fracasadas de Achaz contra Edom (II párrafo,
xxviii, 17) y los filisteos (20);
732. campaña de Theglatfalasar contra Damasco; Rasin es sitiado
en su capital, capturado, y asesinado; Achaz va a Damasco a pagar tributo
al gobernador asirio (IV Reyes, xvi, 10-19);
727. Muerte de Achaz; ascensión Ezequías (IV Reyes, xviii,
1); en Asiria, Salmanasar IV tiene éxito con la campaña
de Theglatfalasar III, campaña
726. campaña de Salmanasar contra Osee (IV Reyes, xvii, 3);
725. Osee hace alianza con Sua, rey de Egipto (IV Reyes, xvii, 4); segunda
campaña de Salmanasar IV, lo que da por resultado la captura y
la deportación de Osee (IV Reyes, xvii, 4); principia el sitio
de Samaria;
722. Sargon tiene éxito con Salmanasar IV en Asiria; captura de
Samaria por parte de Sargon;
720. derrota del ejército egipcio en Raphia por parte de Sargon;
717. Charcamis, la plaza fuerte en el Euphrates, cae en manos de Sargon
(Is, x, 8);
713. enfermedad de Ezequías (IV Reyes, xx, 1-11; Es, el xxxviii);
embajada de Merodach Baladan a Ezequías (IV Reyes, xx, 12-13; Es,
el xxxix);
711. invasión de Palestina occidental por Sargon; sitio y captura
de Azotus (A. V. Ashdod; Is, xx);
709. Sargon derrota Merodach Baladan, captura Babilonia, y asume el título
del rey de Babilonia;
705. muerte de Sargon; ascenso de Sennacherib;
701. expedición de Sennacherib contra Egipto; en Elteqeh tiene
este su derrota; captura de Accaron (A. V. Ekron); sitio de Lachis; Embajada
de Ezequías; las condiciones colocadas por Sennacherib, son consideradas
demasiado duras por el Rey de Judá; preparación para resistir
a los asirios; destrucción de parte del ejército asirio;
retraimiento apresurado del resto de actores (IV Reyes, xviii; Is, xxxvi,
xxxvii);
698. A Ezequiel le sucede su hijo Manasses.
Las guerras del noveno siglo y de la seguridad pacífica de los
tiempos que les siguieron, produjeron sus efectos en la última
parte del siglo próximo. Las ciudades se fueron formando o fortaleciendo;
se tuvo nuevas búsquedas, aunque produce las oportunidades de la
abundancia fácil, también ese escenario trajo un aumento
importante de la pobreza.
El contraste entre clases se convirtió en más marcado a
medida que pasaba el tiempo, y los ricos con el apoyo de los jueces oprimieron
a los pobres. Un estado social fundado en inequidades se condena a sí
mismo. Pero como la corrupción social de Israel era mayor que Judá,
se esperaba que Israel sucumbiera primero. Además, era mucho mayor
su corrupción religiosa.
La adoración idólatra prevaleció no sólo
allí, sino que sabemos de Osee qué abusos groseros y prácticas
vergonzosas se desarrollaron en Samaria y a través del reino. La
religiosidad de la gente de Judá en general, parece haber sido
un poco mejor.
Sabemos, sin embargo, en lo que concierne a éstos, que en la misma
época de Isaías, se tenían ciertas formas de adoración
idólatra, como la de Nohestan y de Moloch, probablemente también
la referida a Tammur y la del "anfitrión del cielo";
ellas se realizaban abiertamente o en secreto.
Los comentaristas difieren al referirse a cuándo fue que Isaías
fue llamado a su ministerio profético. Algunos piensan que una
visión previa le fue revelada, vi, 1; él habría recibido
comunicaciones desde el cielo. San Jerónimo en su comentario sobre
este pasaje sostiene que los capítulos i al v deben ser atribuidos
a los últimos años del Rey Ozías.
A partir de allí comenzaría una sería nueva, en
el año de la muerte del referido monarca (740 B.C.; P.L., XXIV,
91; cf. St. Gregory Nazianzen, Orat. ix; P.G., XXXV, 820). Sin embargo
es más comúnmente aceptado, que el capítulo vi se
refiere al primer llamado del profeta. San Jerónimo en una carta
al Papa Damasus parece aceptar este punto de vista (P. L., XXII, 371;
cf. Hesychius "In Is.", P.G. XCIII, 1372), y San Juan Crisóstomo,
comentando sobre Is., vi, 5, contrasta rápidamente la prontitud
del profeta con las tergiversaciones de Moisés y Jeremías.
Por otra parte, debido a que no aparecen profecías en tiempos
más tardíos que el 701 A. de C. es muy dudoso que Isaías
haya podido ver el reino de Manasses; aún así una vieja
y ampliamente divulgada tradición se hace eco de Mishna (Tr. Yebamoth,
49b; cf. Sanhedr., 103b), y puntualiza que el profeta habría sobrevivido
a los tiempos de Exequias, y que fue asesinado en la persecución
de Manasses (IV Reyes, xxi, 16).
Fue este príncipe quien le habría hecho convicto por el
delito de blasfemia, debido a que habría declarado: “Vi al
Señor sentado en un trono” (vi, 1), una pretensión
que reñiría con lo expuesto en Éxodo xxxiii, 20:
“El hombre no me verá y vivirá”. Fue acusado,
más aún, de haber predicado la ruina de Jerusalén
y de haberse referido a la ciudad santa y al pueblo judío con referencias
hacia Sodoma y Gomorra. De conformidad con la “Ascensión
de Isaías” el martirio del profeta consistió en haber
sido aserrado.
La tradición no duda en creer estos postulados. El Targum de
IV Reyes, xxi, 6, lo admite; está también preservado en
dos tratados del Talmud (Yebamoth, 49b; Sanhedr., 103b); San Justino (Dial.
c. Tryph., cxx), y muchos otros Padres lo han adoptado, tomándolo
como incuestionables alusiones a Isaías, aquellas palabras de Heb.,
xi, 37, "ellos (los ancianos) fueron cortados" (cf. Tertullian,
"De patient.", xiv; P.L., I, 1270; Orig., "In Is., Hom."
I, 5, P.G., XIII, 223; "En Mat.", x, 18, P.G., XIII, 882; "En
Mat.", Ser. 28, P.G., XIII, 1637; "Epist. ad Jul. Afr.",
ix, P.G., XI, 65; San Jerónimo, "En Is.", lvii, 1, P.L.,
XXIV, 546-548; etc.).
Sin embargo, poca confianza se debe poner en los extraños detalles
mencionados en el "De Vit. Prophet." del pseudoEpiphanius (P.G.,
XLIII, 397, 419). La fecha del fallecimiento del profeta no se sabe. El
martirologio romano conmemora a Isaías el 6 de julio. Su tumba
se cree para haber estado en Paneas en el norte de Palestina, de dónde
sus reliquias fueron llevadas Constantinople en A.D. 442.
La actividad literaria de Isaías es atestiguada por el libro canónico
que lleva su nombre; por otra parte la alusión se hace en II el
párrafo, xxvi, 22, a los "actos de Ozías primero y
la sección última escrita por Isaías, el hijo de
los Amos, el profeta ".
Otro fragmento del mismo libro nos informa que "el resto de los
actos de Exequias y de sus relacionados, está escrito en la visión
de Isaías, hijo de los Amos, el profeta", en el libro de los
reyes de Judá e Israel. Tal es al menos, la lectura de la Biblia
Masoretica, pero su texto aquí, si podemos juzgar de las variantes
del griego y de San Jerónimo, aparece como adulterado.
La mayoría de los comentaristas que creen en estos fragmentos,
piensan que el escritor se refiere a los segmentos xxxvi-xxxix. Debemos
finalmente mencionar la "Ascensión de Isaías",
contemporáneamente atribuida al profeta, pero nunca admitida en
el Canon.
II. EL LIBRO DE ISAIAS
El libro canónico de Isaías está compuesto de dos
distintas colecciones de discursos. Una de ellas (capítulos 1-35)
es llamada algunas veces el “Primer Isaías”; la otra
(capítulos 40-66) se denomina por los modernos críticos,
como el “Deutero o Segundo Isaías”.
Entre esas dos secciones se interpone una que tiene un rasgo más
bien de historia narrativa; algunos autores como Michaelis y Hengsterberg,
sostienen junto a San Jerónimo, que las profecías están
colocadas en orden cronológico. Otros como Vitringa y Jahn, dicen
que están en orden lógico; otros finalmente, como Gesenius,
Delitzsch, y Keil, piensan que el orden es parcialmente lógico
y parcialmente cronológico. No menor desacuerdo prevalece sobre
el asunto del colector.
Aquellos que piensan que Isaías es el autor de todas las profecías
contenidas en el libro, dan prominencia fija al profeta en sí mismo.
Pero para los críticos que cuestionan lo genuino de algunas de
las partes, la compilación fue realizada por un colector desconocido.
Es necesario, antes de tomar una posición, analizar el contenido.
Primer Isaías
En la primera colección (cc. i-xxxv) parece que el agrupamiento
de los discursos se realizó de acuerdo a los diferentes temas:
(1) cc. i-xii, oráculos relacionados con Judá e Israel;
(2) cc. xiii-xxiii, profecías concernientes de manera principal
con naciones extranjeras; (3) cc. xxiv-xxvii, un apocalipsis; (4) cc.
xxviii-xxxiii, discursos sobre las relaciones entre Judá y Asiria;
(5) cc. xxxiv-xxxv, futuro de Edom e Israel.
Primera sección
En el primer grupo (i-xii) podemos distinguir dos subcomponentes. En
el capítulo i se hace referencia a la ingratitud de Jerusalén
y a su falta de fe. Se han cometido severas faltas, pero aún así
el perdón puede asegurarse y con ello un verdadero cambio en la
vida. Las venganzas de Judá se refieren al tiempo de la coalición
sirio-efrainita (735) o a la invasión asiria (701).
En el capítulo ii se amenaza con el juicio sobre el orgullo,
lo que parece ser una de las primeras advertencias del profeta. A eso
sigue (iii-iv) una severa reprimenda a los gobernantes de las naciones
por la injusticia contra las mujeres de Sión en función
de la lujuria. La bella apología de los siervos del viñedo,
es un prefacio para el anuncio de los castigos debido a los desórdenes
sociales. Esto parece estar dirigido a los últimos días
de Joatham, o al principio de los días de Achaz (de 736 a 735 A.
de C.).
En el siguiente capítulo (vi), fechado para el año de
la muerte de Ozías (740), se narra el llamado del profeta. Con
vii se abre una serie de enunciados impropiamente llamados “el Libro
de Emmanuel”. Se compone de profecías sobre la guerra sirio-efrainita,
y finaliza con una descripción ( ¿independiente del contexto?)
de qué país se espera tener en la perspectiva de un futuro
reino soberano (ix, 1-6). El capítulo ix, 4,7 en cinco estrofas
anuncia que Israel se encamina a la ruina.
Estas alusiones están relacionadas con la rivalidades entre Efraín
y Manasses y posiblemente con las revoluciones que siguieron a la muerte
de Jeroboam II. En este caso la profecía puede ser fechada entre
743-734. Mucho más tardía es la profecía contra Azur
(x, 5-34), más tardía que la captura de Arshad (740), Calano
(738), o de Charcamis (717). La situación histórica a la
que se hace referencia es la del tiempo de la invasión de Sennacherib
(aproximadamente 702 o 701 A. de C.). El capítulo xi describe el
feliz reino propio del rey ideal, y un himno de acción de gracias
y de alabanza es con lo que se cierra esta primera división (xii).
Segunda sección
La primera referencia es hecha a Babilonia (viii, l-xiv, 23). La misma
enfatiza la referencia que el profeta hace al exilio; un hecho que la
hace ubicar un poco antes de 549; otros sostienen que fue escrita a la
muerte de Sargon (705).
El capítulo 24-27 cuenta la historia de la derrota del ejército
asirio en las montañas de Judá, y algunos puntualizan que
se trata de un texto mal colocado y que era parte de la profecía
contra Azur (x, 5-34). La misma pertenece sin duda al período de
la campaña de Sennacherib. El siguiente pasaje (xiv, 28-32) fue
provocado por la muerte de algunos de los filisteos: los nombres de Achaz
(728), Theglatfalasar III (727), y Sargon (705) han sido sugeridos en
relación con el mencionado acontecimiento, lo que parece bastante
probable. Los capítulos xv-xvi, “la carga de Moab”
es según varios autores, algo relacionado con el reino de Jeroboam
II, Rey de Israel (787-746), y su fecha es dada sólo como parte
de conjeturas.
La “carga de Damasco” (xvii, 1-11) se dirigió también
contra el reino de Israel, y debe ser asignada aproximadamente al año
735 A. de C. Se hace aquí una referencia también a Etiopía
(prob. 702 ó 701). Luego viene la sobresaliente profecía
acerca de Egipto (xix), el interés de lo cual se ha reforzado con
los descubrimientos recientes en Elefantina (vv. 18, 19).
Esta fecha presenta un problema, existen otras opiniones que la sitúan
entre los años 720 a 672 A. de C. El siguiente segmento (xx) contra
Egipto y Etiopía, se adscribe al año en el cual Ashdod fue
sitiado por los asirios (711). Si se refiere a la captura de Babilonia
(xxi, 1-10) en lo que se alude como “el peso o carga del desierto”,
es algo que no es fácil determinar. Esto se debe fundamentalmente
a que durante el tiempo de Isaías, Babilonia fue sitiada y tomada
dos veces (710, 703, A. de C.).
Críticos independientes se inclinan por pensar que esto se refiere
a una descripción de la toma de Babilonia en el 528 A. de C. algo
similar a la descripción que se tiene en referencia al cautiverio
en Babilonia. Los dos profecías breves, una sobre Edom (Duma; xxi,
11-12) y otra sobre Arabia (xxi, 13-17) no ofrecen pistas sobre cuando
fueron pronunciadas. En el capítulo xxii, 1-14, se muestra una
reprimenda a los habitantes de Jerusalén.
El resto del capítulo de Sobna (Shebna) es objeto de los reproches
por parte del profeta, además de amenazas (aproximadamente 701
A. de C.). La sección finaliza con el anuncio de la ruina y la
restauración de Tiro (xxiii).
Tercera sección
La tercera sección de la primera colección incluye los
capítulos xxiv-xxviii, algunas veces denominados “el Apocalipsis
de Isaías”. En la primera parte (xxiv-xxvi, 29) el profeta
anuncia que en un indeterminado futuro, el juicio precederá el
reino de Dios (xxiv).
A partir de allí y en términos simbólicos, anuncia
la alegría de los buenos y el castigo a los malos (xxv). A esto
le sigue el himno de los elegidos (xxvi,1-19). En la segunda parte (xxvi,
20-xxvii) el profeta describe el juicio sobre Israel y sus vecinos. Las
fechas a que pueden referirse son motivo de discusión entre los
críticos. Algunos lo atribuyen al 107 A. de C. otros, a fechas
anteriores al 79 A. de C.
Es necesario subrayar, no obstante, que ambas ideas y el lenguaje de
estos cuatro capítulos, apoyan la tradición en cuanto a
atribuir este apocalipsis a Isaías. La cuarta división abre
con un pronunciamiento de advertencia contra Efraín (y quizá
Judá; xxviii, 1-8) escrito antes de 722 A. de C.
La situación histórica implicada en xxviii, 9-29, es una
fuerte indicación de que este pasaje fue escrito aproximadamente
en el 702 A. de C. A la misma fecha corresponderían xxix-xxxii,
profecías concernientes con la campaña de Sennacherib. Estas
secciones concluyen con un himno triunfante (xxxiii) en donde el profeta
se regocija con la entrega de Jerusalén (701). Los capítulos
xxxi-xxxv, la última división, anuncia la devastación
de Edom, y el gozo por las bendiciones de Israel.
Varios críticos sostienen que estos dos capítulos fueron
escritos durante el período de cautividad del Siglo VI. Los análisis
no nos permiten tener una noción incuestionable de que esta primera
colección se debe al trabajo de Isaías.
Es difícil cuestionar seriamente lo genuino de estas profecías,
y la colección de ellas, en su conjunto, puede atribuirse a los
últimos años de vida del profeta o a un tiempo inmediatamente
luego. Puede ser que existan pasajes que reflejen etapas posteriores.
Ellas encontrarían su ruta dentro del libro, con base en el recuento
de cuestiones análogas a las de los genuinos escritos de Isaías.
Es poco lo que se puede decir de xxxvii-xxxix.
Los primeros dos capítulos narran la demanda que hace Sennacherib,
el rendidor de Jerusalén, y el cumplimiento de las profecías
de Isaías en cuanto a su entrega; xxxviii nos dice sobre la enfermedad
de Ezequías, la cura, y la canción de gracias; por último,
xxxix nos habla de la embajada enviada por Merodach Baladan y la respuesta
del profecta de Ezequías.
Segundo Isaías
La segunda colección (xl-lvi) se refiere a la restauración
de Israel luego del exilio en Babilonia. Las principales líneas
de división, propuestas por el jesuita Condamine, son las siguientes:
Una primera sección comprende la misión y el trabajo de
Ciro; y está compuesta de cinco piezas:
(a) xl-xli: llamado de Ciro a fin de que sea instrumento de Jehová
en la restauración de Israel;
(b) xlii, 8-xliv, 5: Israel en relación con el exilio;
(c) xliv, 6-xlvi, 12: Ciro liberará a Israel y permitirá
la reconstrucción de Jerusalén;
(d) xlvii: ruina de Babilonia;
(e) xlviii: las relaciones pasadas entre Dios y su pueblo se colocan
en perspectiva hacia el futuro. En seguida se encuentran otro grupo de
llamados, los que se han estilizados por los académicos alemanes
como "EbedJahwehLieder"; esto está compuesto
de xlix-lv (a lo cual se le debe agregar xlii, 1-7) junto con lx-lxii.
En esta sección podemos ver el llamado del sirviente de Jehová
(xlix, 1-li, 16); luego la llamada gloriosa a Israel (li, 17-lii, 12);
luego se describe al sirviente de Jehová compartiendo con su pueblo
los sufrimientos y muerte (xlii, 1-7; lii, 13-15; liii, 1-12); a eso le
sigue la visión de un nuevo Jerusalén (liv, 1-lv, 13, y
lx, 1-lxii, 12).
El capítulo lvi, 1-8 desarrolla esta idea, la del surgimiento
de los corazones, sin importar cual haya sido su condición anterior,
sí pueden ser admitidos como parte del pueblo escogido de Jehová.
En lvi, 9-lvii, el profeta carga contra la idolatría y la inmoralidad
que practican los judíos, se contrasta con la piedad que ha sido
observada (lvii). En lix el profeta representa al pueblo confesando sus
pecados, este humilde reconocimiento hace que Jehová tome en cuenta
a aquellos que “han dejado la rebelión”.
Una descripción de la dramática venganza de Dios (lxiii,
1-7) es seguida de una oración de misericordia (lxiii, 7-lxiv,
11), y el libro cierra con una escena de castigo a los malos y de felicidad
para los buenos. Muchas preguntas perplejas han sido formuladas por la
exegesis en relación con el “Segundo Isaías”.
The "EbedJahwehLieder", en particular, sugiere muchas
dificultades. ¿Quién es este “Sirviente de Jehová”?
¿Aplica este título a la misma persona de los diez capítulos?
¿Tuvo el escritor en mente, un personaje de épocas
pasadas, o uno que pertenecía a su propio tiempo, o era el Mesías
que debía venir, o aún estaba pensando en una persona ideal?
La mayoría de los comentaristas ven en el “Sirviente de Jehová”
a un individuo. ¿Pero es este individuo una de las más grandes
figuras de Israel? No se han dado respuestas satisfactorias al respecto.
Los nombres de Moisés, David, Ozías, Ezequías,
Isaías, Jeremías, Josías, Zorobabel, Jechonías,
y Eleazar, han sido sugeridos para ser ese personaje. La exégesis
católica siempre ha puntualizado el hecho de que todas las características
del “Siervo de Jehová” se encuentran en la persona
de Nuestro Señor Jesucristo.
Es por tanto, ese el personaje al que se refiere el profeta.
El “Segundo Isaías” aborda aspectos más fundamentales
y menos problemas importantes. Con la excepción de dos pasajes,
el punto de vista de esta sección es el del Cautiverio en Babilonia.
Existe una diferencia notable entre estos veintisiete capítulos
y lo correspondiente al “Primer Isaías”.
Más aún, las ideas teológicas de
xl-lxvi muestran un decidido avance sobre los aspectos tratados en los
primeros treinta y nueve capítulos. Si esto es verdad, quiere decir
que ¿se puede concluir que xl-lxvi no son textos escritos por el
mismo autor de las profecías de la primera colección, y
por ello no se relacionan estrictamente a la vivencia del “Segundo
Isaías” en el Cautiverio de Babilonia? Tal es el aspecto
contencioso que mantienen varios académicos modernos no católicos.
Este no es el lugar para establecer una discusión
intricada acerca de este aspecto. Por ello, limitaremos la situación
a lo que la academia católica puntualiza en este sentido. Esto
se encuentra contenido muy claramente en lo que estableció la Pontificia
Comisión Bíblica, el 28 de junio de 1908.
(1) Se admite la existencia de la verdadera profecía;
(2) No se identifica razón por la cual “Isaías
y los otros profetas, solamente establecerían profecías
que tienen referencia en hechos que tendrían lugar casi inmediatamente,
luego de un breve período” y no “aspectos que serían
llevados a cabo en mucho tiempo”.
(3) Tampoco existe el postulado de que los profetas “deberían
sólo referirse a sus contemporáneos y no a los del futuro,
sino que sólo a los presentes, para que los pudieran entender”.
Por tanto, no puede ser admitido que “la segunda
parte del Libro de Isaías (xl-lxvi) en la cual el profeta se refiere
a los que están vivos, no los judíos que son contemporáneos
de Isaías, sino los judíos del Exilio en Babilonia; no es
en referencia a que el autor Isaías, que había muerto mucho
antes, sino que se atribuye a un profeta desconocido viviendo entre los
exiliados”.
En otras palabras, aunque el autor de Isaías xl-lxvi
habla desde la perspectiva del cautiverio en Babilonia, aún así,
esto no es prueba de que él haya vivido y escrito durante ese tiempo.
(4) "El argumento filológico en cuanto a lenguaje
y estilo contra el autor del Libro de Isaías, no debe ser considerado
como algo de peso en cuanto a sustentar la pluralidad de autores del citado
libro bíblico”. Diferencias de lenguaje y estilo entre las
partes del libro no pueden ser negadas, pero no sustentan la pluralidad
de autores.
(5) "No existen sólidos argumentos para lo
que se ha referido, aún de manera acumulativa, a fin de probar
que el libro de Isaías, no debe ser atribuído solamente
a la autoría de ese profeta, sino que también a dos o más
autores".
III. APRECIACION DEL TRABAJO DE ISAIAS
Puede no ser inútil estudiar las características
prominentes del gran profeta, sin duda alguna una de las personalidades
más llamativas de la historia hebrea. Sin asumir ninguna posición
oficial, es preciso reconocer la posición que tuvo Isaías
tomando parte activa durante cuarenta años difíciles, que
ocurrieron en el control de la política de su país.
Sus consejos y sus reprimendas fueron muchas veces desatendidos,
pero la experiencia finalmente enseñó a Judá que
las opiniones del profeta significaron siempre advertencia sobre la situación
política del pueblo. Para entender la tendencia de su política
es necesario recordar los principios que la animaron.
Fundamentalmente, los principios se basaron en su férrea a inamovible
fe en el Dios que gobernaba el mundo, y particularmente su propia gente
y las naciones que tienen contacto con El. La gente de Judá, olvidadiza
con Dios, se dedicó a prácticas idólatras y a muchos
desórdenes sociales; había prestado muy poca atención
a las advertencias del profeta.
Una cosa lo alarmó solamente: las otras naciones
hostiles que los amenazaban; pero cabe preguntar, ¿no eran la gente
elegida de Dios? Él no permitiría ciertamente que su propia
nación fuera destruida, como había sucedido con otros pueblos.
Se trataba de que prudentemente se tomaran las medidas
a fin de evitar los peligros. Siria e Israel planeaban los ataques contra
Judá y su rey; Judá y su rey acudirían a la nación
poderosa del norte, y más adelante al rey de Egipto.
Isaías no se prestaría a esta política
basada en perspectivas de corto plazo, tratada de desarrollar por prudencia
o con base en una confianza religiosa falsa; no se intentaba ver más
allá del momento presente. Judá estaba en condiciones terribles.
Sólo Dios podía salvarla; pero la primera condición
colocada para la manifestación de su poder, debía basarse
en una seria reforma moral y social.
Los sirios, efrainitas, asirios, y el resto de los pueblos,
eran el instrumento del juicio de Dios. El fin era el derrocamiento de
los pecadores. Yavé no permitiría que se destruyera totalmente
a su pueblo; El guardará su convenio. Pero es inútil esperar
que solamente con buenos deseos se pueda escapar de los peligros.
La fe de Isaías se mantuvo siempre firme con base
en estos designios de Dios. Primero proclamó este mensaje al principio
del reinado de Achaz. El rey y sus consejeros no vieron ninguna salvación
para Judá excepto mediante la promoción de una alianza,
que resultaría en un vasallaje con Asiria. A ello, el profeta se
opuso con todo lo que tuvo a su alcance.
Con un claro sentido de previsión, Isaías
percibió claramente que el peligro no provenía de la tribu
de Efraín. Lo que ocurrió ciertamente fue que la intervención
de Asiria en los asuntos de Palestina implicó un derrocamiento
completo del equilibrio del poder a lo largo de la costa mediterránea.
Por otra parte, el profeta no manifestó ninguna
duda en que tarde o temprano se desarrollaría un conflicto entre
los imperios rivales del Eufrates y el Nilo; para ese entonces, se tendría
un verdadero enjambre de problemas sobre Judá.
Para Isaías era visible la perspectiva que tomarían
los acontecimientos: el curso que tomaba la política de Judá
era como el vuelo de “aves tontas” que se lanzaban de cabeza
en la red que las capturaría. El consejo de Isaías no fue
tomado en cuenta y una por una, las consecuencias que él había
previsto se fueron cumpliendo.
Él continuó proclamando sus profecías
sobre los sucesos que se desencadenaban. Con cada nuevo acontecimiento
de importancia dio una lección no solamente a Judá, sino
también a las naciones vecinas. Damasco ha caído; como castillo
de naipes, y los juerguistas de Samaria ven la ruina de su ciudad.
Los ricos y poderosos se jactan de su abundancia y posición
aparentemente invulnerable; su condena no ha sido decretada sino provocada,
y su caída asombraría al mundo. Asiria misma, cebada con
el hecho de estropear a las naciones vecinas, Asiria "que es la venganza
de Dios"; ella también tendrá su destino providencial,
también tendría su resultado.
Dios ha decretado así la condenación de
todas las naciones para la realización de sus propósitos
y el establecimiento de un Israel nuevo, limpio de los infieles. Los políticos
de Judá, hacia el final del reinado de Ezequías habían
planeado una alianza con el rey de Egipto, a fin de estar contra Asiria
y habían encubierto cuidadosamente su propósito para que
no lo conociera el profeta.
Cuando Isaías se enteró de las preparaciones
que se realizaban para la rebelión, ya era demasiado tarde para
deshacer lo que se había desarrollado. Pero él podría
dar por lo menos desahogo a su cólera (véase Is, xxx), y
sabemos ambas versiones tanto en la Biblia como en el Sennacherib de la
campaña de 701; cómo el ejército asirio conminó
a egipcios en Altaku (Elteqeh de Jos., xix, 44), Accaron capturado, y
se tuvo venganza contra Judá; Jerusalén fue salvada, únicamente
mediante el pago de un enorme rescate.
Lo que había anunciado Isaías, no obstante,
aún no se había completado. El ejército asirio se
retiró; pero Sennacherib, considerando la inseguridad que estaba
presente, a pesar de ser una ciudad fortificada, hizo exigir la capital
de Ezequías; de manera inmediata. El monarca no dio una respuesta
directa, pero hizo una oferta humilde, enviando a Isaías a interceder
por la ciudad.
El profeta llegó a tener un mensaje tranquilizador.
Pero el plazo para la capital de Judá era corto. Pronto, una embajada
asiria llegó con una carta del rey mediante la cual se imponía
un ultimátum.
La ciudad era presa del pánico y se sabía
que un hombre había del cual Sennacherib no había prestado
atención; era mediante él que se daría respuesta
al ultimátum de los orgullosos asirios: “La virgen, del desdeñado
Sión y de lo que se ha despreciado; … El no vendrá
a esta ciudad, ni lanzará flecha alguna. Por el camino que venga
se regresará, y a la ciudad no vendrá, dice el Señor”
(xxx, 22, 23).
Sabemos en realidad que una catástrofe repentinamente
alcanzó al ejército asirio y con ello se cumplió
la promesa de Dios. Esto justificó la política que de manera
divina inspirada en Isaías; con ello se prepararon los corazones
judíos para la reforma religiosa llevada a cabo por Ezequías;
no se tenían dudas de las directrices del profeta.
En el repaso del lado político de la vida pública
de Isaias, hemos visto ya algo de sus ideas religiosas y sociales; todos
estos puntos de vista de hecho se conectaron, tuvieron relación
íntima con su enseñanza. Conviene ahora ahondar un poco
más en esta parte del mensaje del profeta. La descripción
de Isaias de la condición religiosa de Judá en la última
parte del siglo octavo A. de C. es cualquier cosa, excepto adulación.
Jerusalén se compara a Sodoma y a Gomorra; la mayoría
de la gente era más supersticiosa que religiosa. Los sacrificios
fueron ofrecidos fuera de rutina; la brujería y la adivinación
estaban por doquier; la sociedad trataba de deleitarse, los placeres extranjeros
fueron incluidos, se dejó de lado al Dios verdadero. Muchas veces
en secreto se practicó la adoración inmoral de algunos de
los ídolos foráneos; esta actividad fue extensa en particular
en las clases altas, en la corte, con ello se daba un ejemplo abominable.
La corrupción se hacia presente en todo el reino,
en los altos funcionarios, el lujo era cada vez más ostentoso entre
los pudientes, la insensibilidad de las mujeres, la ostentación
de la clase media, la parcialidad vergonzosa de los jueces, la avaricia
sin escrúpulos de los dueños de grandes propiedades, todo
ello estaba allí junto a la opresión del pobre y los humildes.
El dominio de la soberanía feudal asiria no cambió
en casi nada esta lamentable situación. A los ojos de Isaías
este orden de cosas era intolerable; y él nunca se cansó
de reiterar que tales condiciones no podían durar. La primera condición
de la reforma social era la derogación de reglas injustas y corruptas;
los asirios eran los medios designados por Dios para nivelar el orgullo
y tiranía.
Con sus ideas equivocadas sobre Dios, la nación
se imaginaba que el Señor no se refería a las actitudes
de los adoradores. Pero Dios detesta a los sacrificios ofrecidos por “…
manos llenas de sangre. Lávense ustedes y estén limpios
… liberen a los oprimidos, defiendan a los huérfanos y a
las viudas …. Si no ocurre, la espada los devorará”(i,
15-20).
Aquí aparece Dios como el vengador de la justicia
humana que ha sido desatendida conforme a sus designios divinos. Él
no puede y no dejará la injusticia, crimen, y la idolatría
como algo que no va a ser castigado. La destrucción de los pecadores
inaugurará una era de regeneración, y un pequeño
círculo de los hombres fieles a Dios serán los primeros
frutos del nuevo Israel, un pueblo libre, gobernado desde la casa de David.
Con el reinado de Ezequías comenzó un período
del renacimiento religioso. No podemos indicar hasta donde alcanzó
la reforma, pero los santuarios en los cuales había existido abuso
fueron suprimidos, y mucho del asherîm y el masseboth fueron destruidos.
Los tiempos no estaban maduros para un cambio radical,
y había poca respuesta a la súplica del profeta para la
enmienda moral y la compensación de abusos sociales. Los padres
de la iglesia, repitiendo el elogio de Jesús, hijo de Sirach (Ecclus.,
xlviii, 25-28), convienen que Isaías fue el más grande de
los profetas literarios (Euseb., "Præp. Evang.", v, 4,
P.G., XXII, 370; "Synops. Escritura. S. ", entre los trabajos
de San. Athan., P.G., XXXVIII, 363; San. Cirilo de Jerusalén, "Prooem.",
P.G., LXX, 14; San. Isidoro de Pelus., "Epist.", i, 42, P.G.,
LXXVIII, 208; Theodoret., "Argum.", P.G., LXXXI, 216; San. Jerónimo,
"Prol. en es ", P.L., XXIV, 18; "anuncio Paul de Præf..
et Eustoch. ", P.L., XXXII, 769; "De civ. Dei ", XVIII,
xxix, 1, P. L., XLI, 585, etc.).
El genio poético de Isaías estaba en cada
respecto que era digno de su alta posición como profeta. Él
no tiene igual en la poesía, descriptivo, lírico, o en la
construcción de la elegía. Hay en sus composiciones, una
elevación y una majestad infrecuente del concepto, y una abundancia
sin par de las imágenes, y la dignidad nunca rebasando, sin embargo,
la propiedad, la elegancia, y la dignidad extremas.
Él poseyó una energía extraordinaria
en cuanto a adaptar su lengua a las ocasiones y las audiencias; él
exhibe a veces una dulzura exquisita, y en otras, la severidad austera
de las épocas; él sucesivamente se proyecta en la imagen
del padre que aboga o bien la forma severa de un juez implacable. Unas
veces hace uso de la ironía delicada para traer el hogar a sus
oyentes; así puede hacer que se rompan las ilusiones más
acariciadas o bien maneja las amenazas que pulsan como rayos poderosos.
Sus reprimendas no son ni impetuosas como las de Osee
ni como las de Amos; él nunca permite la convicción de su
mente o el calor de su corazón que gire como en descubierto ante
cualquier característica; y también evita sobrepasar los
límites asignados por el gusto más exquisito. Ese gusto
exquisito es de hecho una de las características principales del
estilo del profeta. Este estilo es rápido, enérgico, lleno
de vida y color, y siempre casto y dignificado.
Por otra parte manifiesta un dominio maravilloso de la
lengua. Justo se ha dicho que ningún profeta tenía siempre
el mismo comando de pensamientos nobles; es justo agregar que nunca se
expresó un pensamiento tan elevado del hombre en un lenguaje hermoso.
San Jerónimo rechazó la idea que las profecías de
Isaías constituían verdadera poesía, en el sentido
completo de la palabra (Præf. P.L., XXVIII, 772).
Sin embargo la autoridad del Roberto Lowth, en sus "Conferencias
sobre la Poesía Sagrada de los Hebreos" (1753), estimó
que "el libro entero de Isaías para ser una obra poética,
con pocas excepciones, no excederían el límite de unos cinco
o seis capítulos". Esta opinión de Lowth, al principio
fue casi imperceptible, pero más tarde ha llegado a ser más
y más general en la última parte del Siglo XIX, y hoy en
día es una opinión común entre los eruditos bíblicos.
In addition to general and special commentaries consult:
CHEYNE, Book of Isaiah chronologically arranged (London, 1870); IDEM,
Prophecies of Isaiah (London, 1880); IDEM, Introd. to the Book of Isaiah
(London, 1895); DRIVER, Isaiah: his life and times and the writings which
bear his name (London, 1888); LOWTH, Isaiah, translation, dissert. and
notes (London, 1778); SKINNER, Isaiah (Cambridge, 1896); G. A. SMITH,
Book of Isaiah (Expositor's Bible, 1888-1890); W. R. SMITH, The Prophets
of Israel and their place in history (London, 1882); KNABENBAUER, Comment.
in Isaiam prophetam (Paris, 1887); CONDAMINE, Livre d'Isaie, trad. critique
avec notes et comment. (Paris, 1905; a volume of introduction to the same
is forthcoming); LE HIR, Les trois grandes prophètes, Isaïe,
Jérémie, Ezéchiel (Paris, 1877); IDEM, Etudes Bibliques
(Paris, 1878); DELITZSCH, Commentar über das Buch Jesaja; tr. (Edinburgh,
1890); DUHM, Das Buch Jesaia (Gottingen, 1892); GESENIUS, Der Prophet
Jesaja (Leipzig, 1820-1821); EWALD, Die Propheten des Alten Bundes (Tübingen,
1840-1841); tr. by F. SMITH, (London, 1876–); HITZIG, Der Prophet
Jesaja übers. und ausgelegt (Heidelberg, 1833); KITTEL, Der Prophet
Jesaia, 6th ed. of DILLMANN's work of the same title (Leipzig, 1898);
KNABENBAUER, Erklärung des Proph. Isaias (Freiburg, 1881); MARTI,
Das Buch Jesaja (Tübingen, 1900).
CHARLES L. SOUVAY
Transcrito por WGKofron
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes