(EL
PROFETA)
I.
Periodo de Jeremías
II. Misión de Jeremías
III. Vida de Jeremías
IV. Cualidades Características de Jeremías
V. El Libro de las Profecías de Jeremías
A. Análisis del contenido
B. Crítica literaria del libro
C. Condiciones textuales del Libro
VI. Lamentaciones
A. Colocación
y autenticidad de las lamentaciones
B. Forma técnica de la Poesía de las Lamentaciones
C. Uso litúrgico de las Lamentaciones
Jeremías vivió
a fines del Siglo VII y en la primera parte del Siglo VI antes de
Cristo; contemporáneo de Dracón y Solón de Atenas. En el año 627, durante
el reinado de Josías, fue llamado en edad juvenil a ser profeta, y durante
casi medio siglo, al menos desde 627 a 585, llevó la carga de la función
profética. Perteneció a una familia sacerdotal (no de los sumos sacerdotes)
de Anatot, una pequeña ciudad rural al nordeste de Jerusalén que ahora
se llama Anatâ; pero no parece que haya realizado nunca tareas sacerdotales
en el templo. Los escenarios de su actividad profética fueron, durante
un breve tiempo, su ciudad natal, y durante la mayor parte de su vida,
la metrópoli Jerusalén, y durante la época posterior a la caída de Jerusalén,
Mispá (Jer., 40, 6) y las colonias judías de la Diáspora en Egipto (Jer.,
43, 6 y ss.). Su nombre ha recibido diversas interpretaciones etimológicas
(Sublime es Yahvé o Yahvé encuentra); aparece
también como el nombre de otras personas en el Antiguo Testamento. Las
fuentes para la historia de su vida y época son, primero, el libro de
profecías que lleva su nombre, y, segundo, los Libros de los Reyes y
de los Paralipómenos (Crónicas).Sólo se puede comprender el curso externo
de su vida, la individualidad de su naturaleza y el tema dominante de
sus discursos cuando se pone en relación con la historia de su época.
I.
PERIODO DE JEREMÍAS
Los últimos
años del Siglo VII y las primeras décadas del VI trajeron consigo una
serie de catástrofes políticas que cambiaron completamente las condiciones
nacionales de Asia Occidental. El derrumbamiento del Imperio Asirio,
que terminó en 606 con la conquista de Nínive, indujo a Necao II de
Egipto a intentar, con ayuda de un gran ejército, dar un golpe decisivo
al antiguo enemigo en el Éufrates. Palestina estaba en el camino directo
entre las grandes potencias del mundo de esa era en el Éufrates y el
Nilo, y la nación judía se puso en acción por la marcha del ejército
enemigo a través de su territorio. Josías, el último descendiente de
David, había comenzado en Jerusalén una reforma moral y religiosa al
modo de David, cuya ejecución, sin embargo, se frustró por el
letargo del pueblo y la política exterior del rey. El intento de Josías
de detener el avance de los egipcios le costó la vida en la batalla
de Meguido, en 608. Cuatro años después, Necao, el vencedor en Meguido,
fue muerto por Nabucodonosor en Karkemish en el Éufrates. Desde ese
momento los ojos de Nabucodonosor estuvieron pendientes de Jerusalén.
Los últimos y oscuros reyes en el trono de David, los tres hijos de
Josías Joacaz, Joakim y Sedecías apresuraron la destrucción
del reino por su desafortunada política exterior y su política interna
antirreligiosa o, al menos, débil. Tanto Joakim como Sedecías, pese
a las advertencias del profeta Jeremías, se dejaron engañar por el partido
de la guerra en la nación al rehusar pagar tributo al rey de Babilonia.
La venganza del rey siguió rápidamente a la rebelión. En la segunda
gran expedición Jerusalén fue conquistada (586) y destruida tras un
asedio de dieciocho meses, que sólo se interrumpió por la batalla con
el ejército de socorro egipcio. El Señor apartó su escabel en el día
de su ira y envió a Judá a la Cautividad de Babilonia.
Este es el
fondo histórico de la vida y obra del Profeta Jeremías: en política
exterior una época de batallas perdidas y otros acontecimientos preparatorios
de la gran catástrofe; en la vida interna del pueblo una época de infructuosos
intentos de reforma, y la aparición de partidos fanáticos tales como
los que generalmente acompañan los últimos días de un reino en decadencia.
Mientras los reyes del Nilo y el Éufrates ponían alternativamente la
espada al cuello de la Hija de Sión, los dirigentes de la nación, reyes
y sacerdotes, se implicaban cada vez más en los planes de los partidos;
un partido de Sión, dirigido por falsos profetas, ellos mismos engañados
por la creencia supersticiosa de que el templo de Yahvé era el talismán
infalible de la capital; un partido de la guerra fanáticamente temerario
que quería organizar una resistencia a ultranza contra las grandes potencias del mundo; un
partido del Nilo que esperaba de los egipcios la salvación del país,
e incitaba a la oposición al señorío de Babilonia. Exaltados por políticos
humanos, el pueblo de Sión olvidó su religión, la confianza nacional
en Dios, y deseaba fijar el día y hora de su redención según su propia
voluntad. Por encima de todas estas facciones la copa del vino de la
ira se colmó gradualmente, para derramarse finalmente desde siete vasijas
durante el exilio de Babilonia sobre la nación de los profetas
II.
MISIÓN DE JEREMÍAS
En medio de
la confusión de una impía política de desesperación ante la cercanía
de la destrucción, el profeta de Anatot se yergue como una columna
de hierro, y un muro de metal. El profeta de la hora undécima,
tuvo la difícil misión, en vísperas de la gran catástrofe de Sión, de
proclamar el mandato de Dios de que en el futuro inmediato la ciudad
y el templo serían derribados. Desde la época de su primera vocación
a la clarividencia de la función profética, vio la vara de corrección
en la mano de Dios, oyó la palabra que el Señor velaría por la ejecución
de su mandato (1, 11 y s.). Su constante afirmación fue que Jerusalén
sería destruida, el ceterum censeo del Catón de Anatot. Apareció ante
el pueblo con cadenas alrededor de su cuello (cf. 27, 28) para dar una
drástica ilustración de la cautividad y cadenas que predecía. Los falsos
profetas sólo predicaban acerca de libertad y victoria, pero el Señor
dijo: Libertad para vosotros de la espada, de la peste y del hambre
(34, 17). Estaba tan claro para él que la siguiente generación estaría
implicada en el derrumbe del reino que renunció al matrimonio y a fundar
una familia (16, 104), porque no deseaba tener hijos que seguramente
serían víctimas de la espada o se convertirían en esclavos de los babilonios.
Su celibato fue, por consiguiente, una declaración de su fe en la revelación
que se le hizo de la destrucción de la ciudad. Jeremías es así la contrafigura
bíblica e histórica de Casandra en los poemas homéricos, que previó
la caída de Troya, pero no encontró crédito en su propia casa, aunque
su convicción fue tan fuerte que renunció al matrimonio y a todas las
alegrías de la vida.
Junto a esta
primera tarea, probar la certeza de la catástrofe de 586, Jeremías tuvo
el segundo encargo de declarar que esta catástrofe era una necesidad
moral, proclamarlo a los oídos del pueblo como el resultado inevitable
de la culpa moral desde los días de Manases (IV Reyes, 21, 10-15); en
una palabra, explicar la Cautividad de Babilonia como un hecho moral,
no meramente histórico. Fue sólo a causa de que la testaruda nación
se sacudió el yugo del Señor (Jer., 2, 20) por lo que debió inclinar
su cuello bajo el yugo de los babilonios. Para despertar a la nación
de su letargo moral, y hacer preparación moral para el día del Señor,
los sermones del predicador de arrepentimiento de Anatot subrayaban
esta relación causal entre castigo y culpa, hasta que se hizo monótono.
Aunque fracasó en convertir al pueblo, y desviar así por completo la
calamidad de Jerusalén, sin embargo la palabra del Señor en su boca
se convirtió, para algunos en un martillo que rompía sus corazones de
piedra al arrepentimiento (23, 29). Así, Jeremías tuvo no sólo que desarraigar
y demoler, también tuvo en la obra positiva de salvación que construir
y plantar (1, 10). Estas últimas finalidades de los discursos
penitenciales de Jeremías aclaran porqué las condiciones religiosas
y morales de la época se nos pintan todas en el mismo tono oscuro: los
sacerdotes no se preocupan de Yahvé; los mismos dirigentes se extravían
por extraños caminos; los profetas profetizan en nombre de Baal; Judá
se ha convertido en lugar de reunión de dioses extraños, el pueblo ha
renegado de la fuente de agua viva y ha provocado la ira del Señor por
la idolatría y el culto de los
lugares elevados, por el sacrificio de niños, la profanación del Sábado
y por los falsos pesos. Esta severidad en los discursos de Jeremías
los hace el tipo más destacado de declamación profética contra el pecado.
Una hipótesis bien conocida atribuye también a Jeremías la autoría de
los Libros de los Reyes. En realidad el pensamiento que forma la base
filosófica de los Libros de los Reyes y la concepción subyacente a los
discursos de Jeremías se complementan una a otra, puesto que la caída
de los reyes se hace remontar en uno a la culpa de los reyes, y en el
otro a la participación del pueblo en esta culpa.
III. VIDA
DE JEREMÍAS
Se ha conservado
un retrato de la vida de Jeremías mucho más exacto que de la vida de
cualquier otro profeta de Sión. Fue una cadena ininterrumpida de dificultades
interiores y exteriores continuamente crecientes, una genuina Jeremiada.
Por causa de sus profecías, su vida ya no estuvo segura entre sus conciudadanos
de Anatot (11, 21 y ss.), y de ningún maestro probó ser más cierto el
dicho de que nadie es profeta en su tierra. Cuando trasladó
su residencia de Anatot a Jerusalén aumentaron sus problemas, y en la
capital del reino se vio obligado a aprender mediante el sufrimiento
corporal que veritas parit odium (la verdad atrae sobre sí odio). El
rey Joakim nunca pudo perdonar al profeta por amenazarle con el castigo
por causa de su manía desaprensiva de construir y por sus asesinatos
judiciales: Su entierro será el de un borrico (22, 13-19).
Cuando las profecías de Jeremías se leyeron ante el rey, se puso tan
rabioso que lanzó al fuego el rollo y ordenó la detención del profeta
(36, 21-26).Entonces vino a Jeremías la palabra del Señor de que Baruch
el escriba escribiera de nuevo sus palabras (36, 27-32). Más de una
vez estuvo el profeta en prisión y con cadenas sin que la palabra del
Señor fuera silenciada (36, 5 y ss.); más de una vez pareció, según
el juicio humano, condenado a muerte; pero, como un muro de metal, la
palabra del Todopoderoso fue la protección de su vida: No temas...
no prevalecerán: pues Yo estoy contigo, dice el Señor, para librarte
(1, 17-19). La opinión religiosa que mantenía, de que sólo por un cambio
moral podía una catástrofe en las condiciones exteriores preparar el
camino a una mejora, le puso en amargo conflicto con los partidos políticos
de la nación. El partido de Sión con su confianza supersticiosa en el
templo (7, 4), incitaba al pueblo a rebelarse contra Jeremías, porque,
en la puerta y en el patio exterior del templo, profetizaba el destino
del lugar santo de Silo para la casa del Señor; y el profeta estaba
en gran peligro de muerte violenta a manos de los sionistas (26, cf.
7).El partido de los amigos de Egipto lo maldijo porque condenaba la
coalición con Egipto, y presentó también al rey de Egipto la copa del
vino de la ira (25, 17-19); también lo odiaban porque, durante el sitio
de Jerusalén, declaró antes del acontecimiento, que las esperanzas puestas
en el ejército de socorro egipcio eran engañosas (36, 5-9). El partido
de los patriotas vociferantes calumniaba a Jeremías como pesimista malhumorado
(cf. 27, 28) porque se habían dejado engañar respecto a la seriedad
de la crisis por las palabras aduladoras de Ananías de Gabaón y sus
compañeros, y soñaban con la paz y la libertad mientras que el exilio
y la guerra se estaban ya acercando a las puertas de la ciudad. La exhortación
del profeta a aceptar lo inevitable, y a elegir la sumisión voluntaria
como un mal menor que una lucha sin esperanza, se interpretaba por el
partido de la guerra como falta de patriotismo. Incluso en la actualidad,
algunos comentaristas desean considerar a Jeremías como un traidor a
su país Jeremías, que fue el mejor amigo de sus hermanos y del
pueblo de Israel (II Mac., 15, 14), tan profundamente sintió el bienestar
y la aflicción de su tierra natal. Así fue Jeremías agobiado con las
maldiciones de todos los partidos como la víctima propiciatoria de la
ciega nación. Durante el asedio de Jerusalén fue condenado a muerte
una vez más y arrojado a una fangosa mazmorra; esta vez un extranjero
le rescató de una muerte segura (37-39).
Aún más violentos
que estas batallas externas fueron los conflictos en el alma del profeta.
Al simpatizar plenamente con el sentimiento nacional, sentía que su
propio destino estaba ligado con el de la nación; de ahí su oposición
a aceptar este encargo (1, 6). Con todos los recursos de la retórica
profética buscaba traer de vuelta al pueblo a los viejos caminos
(6, 16), pero en esta empresa sentía como si estuviera intentando llevar
a cabo que el etíope cambie su piel, o el leopardo sus manchas
(13, 23). Oía los pecados de su pueblo clamando por venganza en los
cielos, y expresa enérgicamente su aprobación del juicio pronunciado
sobre la ciudad manchada de sangre (cf. 6). Al momento siguiente, sin
embargo, ruega al Señor que aparte el cáliz de Jerusalén y lucha como
Jacob con Dios por una bendición para Sión. La grandeza de alma del
gran sufridor aparece más claramente en las fervorosas plegarias por
su pueblo (cf. especialmente 14, 7-9, 19-22), que se ofrecían a menudo
inmediatamente después de una vehemente declaración del futuro castigo.
Sabe que con la caída de Jerusalén el lugar que fue la escena de la
revelación y la salvación será destruido. Sin embargo, en la tumba de
las esperanzas religiosas de Israel, aún tiene la esperanza de que el
Señor, no obstante todo lo que ha sucedido, llevará a cabo sus promesas
por respeto a su nombre. El Señor tiene pensamiento de paz, y
no de aflicción, y dejará que lo encuentren los que lo buscan
(29,10-14). Como se cuidó de destruir, así se cuidará del mismo modo
de construir (31, 28). El don profético no aparece con igual claridad
en la vida de ningún otro profeta como a la vez un problema psicológico
y una tarea personal. Sus amargas experiencias interior y exterior dan
a los discursos de Jeremías una fuerte tono personal. Más de una vez
este hombre de hierro parece en peligro de perder su equilibrio espiritual.
Pide el castigo del cielo para sus enemigos (cf. 12, 3; 18, 23). Como
un Job entre los profetas, maldice el día de su nacimiento (15, 10;
20, 14-18); le gustaría levantarse, salir, y predicar a las piedras
del desierto: ¿Quien me dará un alojamiento en el desierto...
y dejaré mi pueblo, y me separaré de él?(9, 2; texto hebreo, 9,
1). No es improbable que el doliente profeta de Anatot fuera el autor
de muchos de los salmos que están llenos de amargo reproche.
Tras la destrucción
de Jerusalén, Jeremías no fue conducido al exilio babilonio. Se quedó
en Canaán, en el devastado viñedo de Yahvé, para que pudiera continuar
su función profética. Fue en realidad una vida de martirio entre la
hez de la nación que había sido dejada en su tierra. En fecha posterior
fue llevado a Egipto por judíos emigrantes (41-44). Según una tradición
mencionada en primer lugar por Tertuliano (Scorp., viii), Jeremías fue
lapidado en Egipto por sus propios compatriotas por sus discursos que
amenazaban con el futuro castigo de Dios (cf. Heb., 11, 37), coronando
así con el martirio una vida de pruebas y dolores constantemente crecientes.
Jeremías no habría muerto como Jeremías si no hubiera muerto mártir.
El Martirologio Romano asigna su nombre al 1 de Mayo. La posteridad
buscó expiar los pecados que sus contemporáneos habían cometido contra
él. Incluso durante la Cautividad de Babilonia sus profecías parecen
haber sido la lectura favorita de los exiliados (II Par., 36, 21; I
Esd., 1,1; Dan., 9, 2). En los libros posteriores se puede comparar
Ecclo., 49, 8 y s.; II Mac., 2, 1-8; 15, 12-16; Mt., 16, 14.
IV. CUALIDADES
CARACTERÍSTICAS DE JEREMÍAS
El bosquejo
en II y III de la vida y tarea de Jeremías ya ha dejado clara la peculiaridad
de su carácter. Jeremías es el profeta del lamento y del sufrimiento
simbólico. Esto distingue su personalidad de la de Isaías, el profeta
del éxtasis y el futuro mesiánico, de Ezequiel, el profeta del sufrimiento
místico (no típico), y de Daniel, el revelador cosmopolita de visiones
apocalípticas de la Antigua Alianza. Ningún profeta perteneció tan completamente
a su época y a sus circunstancias inmediatas, y ningún profeta fue tan
raramente transportado por el Espíritu de Dios de un triste presente
a un futuro más brillante que el doliente profeta de Anatot. Por consiguiente,
la vida de ningún otro profeta refleja la historia de su época tan vívidamente
como la vida de Jeremías refleja el tiempo que precede inmediatamente
a la Cautividad de Babilonia. Un espíritu sombrío, deprimido, ensombrece
su vida, igual que una luz melancólica está colgada en la gruta de Jeremías
en la parte norte de Jerusalén. En los frescos de los techos de la capilla
Sixtina hay un bosquejo magistral de Jeremías como el profeta de la
mirra, quizá la figura más expresiva y elocuente entre los profetas
pintados por el gran maestro. Está representado inclinado como una columna
del templo que se tambalea, la cabeza apoyada en la mano derecha, la
barba desordenada expresiva de una época de intensa preocupación, y
la frente marcada con arrugas, todo el exterior en contraste con la
pura alma interior. Sus ojos parecen ver sangre y ruinas, y sus labios
aparentan murmurar un lamento. Toda la pintura retrata de manera chocante
a un hombre que nunca en su vida se rió, y que se apartó de las escenas
de alegría, porque el Espíritu le dijo que pronto se silenciaría la
voz de la alegría (16, 8 y s.).
Igualmente
característico e idiosincrático es el estilo literario de Jeremías.
No usa el lenguaje clásicamente elegante del Deutero-Isaías o de Amós,
ni posee la imaginación demostrada en el simbolismo y elaborado detalle
de Ezequiel, ni sigue el elevado pensamiento de Daniel en su visión
apocalíptica de la historia del mundo. El estilo de Jeremías es simple,
sin ornamento y no más que poco pulido. Jerónimo habla de él como in
verbis simplex et facilis, in majestate sensuum profundissimus
(simple y fácil en palabras, muy profundo en majestad de pensamiento).
Jeremías a menudo habla con frases desiguales, inconexas, como si el
daño y la excitación de espíritu hubiera sofocado su voz. Ni sigue estrictamente
las reglas del ritmo poético en el uso del Kînah, o verso elegíaco,
que tenía, además, una medida anacolútica propia. Como estos anacolutos
son también las muchas repeticiones, a veces incluso monótonas, por
las que ha sido reprochado, las únicas expresiones individuales del
triste sentimiento de su alma que son correctas de estilo. El dolor
inclina a la repetición, a la manera de las oraciones en el Monte de
los Olivos. Igual que el dolor en Oriente se expresa en el descuido
de la apariencia exterior, así el gran representante del verso elegíaco
de la Biblia no tuvo tiempo ni ganas de adornar sus pensamientos con
una dicción cuidadosamente escogida.
Jeremías se
sitúa también por sí mismo entre los profetas por su manera de continuar
y desarrollar la idea mesiánica. Estuvo lejos de alcanzar la plenitud
y claridad de la buena nueva mesiánica del Libro de Isaías; no contribuye
tanto como el Libro de Daniel a la terminología del evangelio. Por encima
de todos los demás grandes profetas, Jeremías fue enviado a su época,
y sólo en casos muy aislados lanza una luz profética en una profecía
verbal sobre la plenitud de los tiempos, como en su célebre discurso
del Buen Pastor de la Casa de David (23, 1-5), o cuando muy bellamente,
en los capítulos 30-32, proclama la liberación de la Cautividad de
Babilonia como la figura y promesa de la liberación mesiánica. Esta
falta de profecías mesiánicas reales tiene su compensación; pues toda
su vida se convirtió en una profecía personal viviente del Mesías sufriente,
una ilustración viva de las predicciones de sufrimiento hechas por los
demás profetas. El sufriente Cordero de Dios en el Libro de Isaías (53,
7) se convierte en Jeremías en un ser humano: Yo que estaba como
cordero manso, llevado al matadero (Jer., 11, 19). Los demás videntes
fueron profetas mesiánicos; Jeremías fue una profecía mesiánica encarnada
en carne y sangre. Es, por tanto, afortunado que se haya conservado
la historia de su vida más exactamente que la de otros profetas, porque
su vida tuvo una significación profética. Los diversos paralelismos
entre la vida de Jeremías y la del Mesías son conocidos: tanto uno como
el otro tuvieron que proclamar en la hora undécima la destrucción de
Jerusalén y su templo por babilonios o romanos; ambos lloraron sobre
la ciudad que apedreaba a los profetas y no reconocía lo que le traía
la paz; el amor de ambos fue correspondido con odio e ingratitud. Jeremías
profundizó la concepción del Mesías en otro aspecto. Desde el momento
en que el profeta de Anatot, hombre amado por Dios, fue obligado a vivir
una vida de sufrimiento pese a su inocencia y santidad desde el nacimiento,
Israel ya no estaba justificada para juzgar a su Mesías por una teoría
mecánica de retribución y dudar de su impecabilidad y su aceptabilidad
a Dios por causa de sus sufrimientos externos. Así la vida de Jeremías,
una vida tan amarga como la mirra, iba gradualmente a acostumbrar al
ojo del pueblo a la figura sufriente de Cristo, y clarificar por adelantado
la amargura de la Cruz. Por tanto es con profundo derecho por lo que
los Oficios de la Pasión en la liturgia de la Iglesia utilizan a menudo
el lenguaje de Jeremías en sentido aplicado.
V.
EL LIBRO DE LAS PROFECÍAS DE JEREMÍAS
A. Análisis
del contenido
El libro en
su forma actual tiene dos partes principales: los capítulos 1-45, discursos
que amenazan con el castigo que se dirigen de manera directa contra
Judá y se entremezclan con narraciones de acontecimientos personales
y nacionales, y los capítulos 46-51, discursos que contienen amenazas
contra nueve naciones paganas y pretenden advertir indirectamente a
Judá contra el politeísmo y la política de estos pueblos.
En el capítulo
1 se relata la vocación del profeta, para probar a sus suspicaces compatriotas
que era el embajador de Dios. No es que haya él asumido la función de
profeta, sino que Yahvé se la ha conferido no obstante su reticencia.
Los capítulos 2-6 contienen retóricas y pesadas quejas y amenazas de
juicio por causa de la idolatría y de la política exterior de la nación.
El mismo primer discurso en 2-3 puede decirse que presenta el esquema
del discurso jeremíaco. Aquí también aparece enseguida la concepción
de Oseas que es típica también de Jeremías: Israel, la prometida del
Señor, se ha degradado al convertirse en la amante de naciones extranjeras.
Incluso el templo y el sacrificio (7-10), sin conversión interna por
parte del pueblo, no pueden traer la salvación; mientras que otras advertencias
se unen como mosaicos con las principales. Las palabras de la
alianza de la Torá recientemente encontradas bajo Josías contienen
amenazas de juicio; la enemistad de los ciudadanos de Anatot contra
el heraldo de esta Torá revela la infatuación de la nación (11-12).
Se ordena a Jeremías que oculte un ceñidor de lino, símbolo de la nación
sacerdotal de Sión, junto al Éufrates y que lo deje pudrirse allí, para
tipificar la caída de la nación en el exilio del Éufrates (13). El mismo
duro simbolismo se expresa después con el jarro de cerámica que se rompe
en las rocas ante la Puerta de la Alfarería (19, 1-11). Según la costumbre
de los profetas (III Reyes, 11, 29-31; Is., 8, 1-4; Ezeq., 5, 1-12),
sus advertencias van acompañadas de una enérgica acción de pantomima.
Siguen oraciones en época de una gran sequía, declaraciones que son
de mucho valor para la comprensión de la condición psicológica del profeta
en sus luchas espirituales (14-15). Los disturbios de los tiempos exigen del profeta una vida célibe y sin alegría (16-17).
El creador puede tratar a los que ha creado con la misma autoridad suprema
que tiene el alfarero sobre las vasijas de barro y arcilla. Jeremías
es maltratado (18-20). Una condena de los dirigentes políticos y eclesiásticos
del pueblo y, en relación con esto, se pronuncia la promesa de un mejor
pastor (21-23). La visión de los dos cestos de higos se narra en el
capítulo 24. Sigue la repetida declaración (ceterum censeo) de que el
país se convertirá en una desolación (25). Se detallan las disputas
con los falsos profetas, que quitan las cadenas de madera del pueblo
y les conducen en cambio con otras de hierro. Tanto en una carta a los
exiliados en Babilonia como por palabras de su boca, Jeremías exhorta
a los cautivos a conformarse con los decretos de Yahvé (26-29). Compárese
esta carta con la epístola de Jeremías en Baruch, 6. Se
da luego una profecía de consuelo y salvación en el estilo del Deutero-Isaías,
referente a la vuelta del favor de Dios a Israel y a la nueva y eterna
alianza (30-33). Los capítulos siguientes se dedican ampliamente a narraciones
de los últimos días del asedio de Jerusalén
y del periodo posterior a la conquista con numerosos detalles
biográficos referentes a Jeremías (34-45).
B.
Crítica literaria del libro
El testimonio
del capítulo 36 lanza mucha luz sobre la producción y carácter genuino
del libro; Jeremías es dirigido a escribir, bien personalmente o bien
mediante su escriba Baruch, los discursos que había recibido en el cuarto
año de Joakim (64 antes de Cristo). Para reforzar la impresión hecha
por las profecías en conjunto, las predicciones individuales han de
reunirse en un libro, conservando de ese modo la prueba documental de
estos discursos hasta el momento en que los desastres amenazados en
ellos se produzcan efectivamente. Esta primera recensión auténtica de
las profecías forma la base del actual Libro de Jeremías. Según una
norma de transmisión literaria a la que están también sujetos los libros
de la Biblia habent sua fata libelli (los libros tienen sus vicisitudes)
la primera transcripción se amplió por diversas inserciones y
adiciones de la pluma de Baruch o de un profeta posterior. Los intentos
de los comentaristas de separar estas adiciones secundarias y terciarias
en los diversos casos de la materia original jeremíaca no siempre han
conducido a pruebas tan convincentes como en el capítulo 52. Este capítulo
debe considerarse como una añadidura del periodo post-jeremíaco basado
en IV Reyes, 24, 18- 25, 30, a causa de la afirmación con que acaba
el capítulo 51: Hasta aquí las palabras de Jeremías. La
crítica literaria prudente está obligada a observar el principio de
ordenación cronológica que es perceptible en la composición actual del
libro, no obstante las añadiduras: los capítulos 1-6 pertenecen aparentemente
al reinado del rey Josías (cf. la fecha en 3, 6); 7-20 pertenecen, al
menos mayoritariamente, al reinado de Joakim; 21-33 parcialmente al
reinado de Sedecías (cf. 21, 1; 28,1 ; 32, 1), aunque otras partes se
asignan expresamente al reinado de otros reyes; 34-39 al periodo del
asedio de Jerusalén; 40-45 al periodo posterior a la destrucción de
esa ciudad. Por consiguiente, se ha debido considerar la cronología
en la ordenación del material. El análisis crítico moderno del libro
distingue entre las partes narradas en primera persona, consideradas
como directamente atribuibles a Jeremías, y aquellas partes que hablan
de Jeremías en tercera persona. Según Scholz, el libro está ordenado
en décadas, y cada secuencia más amplia de pensamientos
o serie de discursos se cierra con una canción u oración. Es cierto
que en el libro partes de carácter clásicamente perfectas y altamente
poéticas se ven a menudo repentinamente seguidas por la prosa más vulgar,
y asuntos tratados mediante el más escueto esbozo son sucedidos no raramente
por detalles prolijos y monótonos. Después de lo que se ha dicho más
arriba respecto del verso elegíaco, esta diferencia de estilo sólo puede
utilizarse con la máxima precaución como criterio para la crítica literaria.
Del mismo modo, la investigación, más tarde muy popular, respecto a
si un pasaje exhibe un espíritu jeremíaco o no, conduce a resultados
subjetivos imprecisos. Desde que el descubrimiento (1904) de los textos
de Assuán, que confirman destacadamente a Jer., 44, 1, ha probado que
el arameo, como la koiné (dialecto común) de la colonia judía en Egipto,
se hablaba ya en los siglos V y VI antes de Cristo, las expresiones
arameas del Libro no puede ya citarse como prueba del origen tardío
de tales pasajes. También el acuerdo, verbal o conceptual, de textos
de Jeremías con libros anteriores, quizá con el Deuteronomio, no es
un argumento concluyente contra la autenticidad de estos pasajes, pues
el profeta no pretende la originalidad absoluta.
No obstante
la repetición de pasajes anteriores en Jeremías, los capítulos 1-51
son fundamentalmente originales, aunque se ha dudado mucho de su originalidad,
porque en la serie de discursos que amenazan con el castigo a las naciones
paganas, es imposible que no haya una profecía contra Babilonia, entonces
el representante más poderoso del paganismo. Estos capítulos están,
en realidad, llenos del espíritu de consuelo del Deutero-Isaías, de
algún modo a la manera de Is., 47, pero no les falta, como es de suponer,
carácter genuino, igual que el mismo espíritu inspira también los capítulos
30-33.
C. Condiciones
textuales del Libro
El orden del
texto en los Setenta varía respecto del texto hebreo y la Vulgata; los
discursos contra las naciones paganas, en el texto hebreo, 46-51, se
insertan, en los Setenta, después de 25, 13, y en orden parcialmente
diferente. Existen también grandes diferencias en cuanto a la extensión
del texto del Libro de Jeremías. El texto de las Biblias hebrea y latina
es casi un octavo más extenso que el de los Setenta. La cuestión de
qué texto ha conservado la forma originaria no puede responderse según
la teoría de Streane y Scholz, que declaran de entrada que toda añadidura
de la versión hebrea es una ampliación del texto original de los Setenta.
Tampoco puede resolverse la dificultad confesando, como Kaulen, una
preferencia a priori por el texto masorético. En la mayor parte de los
casos la traducción de Alejandría ha conservado la versión original
y mejor; por consiguiente, el texto hebreo está glosado. En un libro
tan leído como el de Jeremías no puede parecer extraño el gran número
de glosas. Pero en otros casos la recensión más corta de los Setenta,
que asciende a unas 100 palabras, que puede oponerse a sus lagunas más
extensas, cuando se compara con la Masorah, es prueba suficiente de
que en su preparación se tomaron considerables libertades. Por consiguiente,
no fue hecho por un Aquila, y recibió cambios textuales en la transmisión
literaria. El contenido dogmático de los discursos de Jeremías no se
ve afectado por estas variaciones del texto.
VI.
LAMENTACIONES
En las Biblias
latina y griega hay cinco cantos
de lamentación que llevan el nombre de Jeremías, que siguen al Libro
de la profecía de Jeremías. En hebreo se titulan Kînoth, por su carácter
elegíaco, o los cantos Ekhah por la primera palabra de la primera,
segunda y cuarta elegías; en griego se llaman Threnoi, en latín se conocen
como Lamentationes.
A.
Colocación y autenticidad de las Lamentaciones
La introducción
a las Lamentaciones en los Setenta y otras versiones ilumina sobre la
ocasión histórica de su producción y sobre el autor: Y sucedió,
después de deportado Israel y Jerusalén devastada, que el profeta Jeremías
se sentó a llorar; entonó esta lamentación sobre Jerusalén, y dijo.
La inscripción no fue escrita por el autor de las Lamentaciones, siendo
una prueba de esto que no pertenece a la forma alfabética de las elegías.
Expresa, sin embargo, brevemente, la tradición de tiempos antiguos que
es también confirmada tanto por el Tárgum como por el Talmud. Para un
hombre como Jeremías, el día en que Jerusalén se convirtió en un montón
de ruinas fue no sólo una desgracia nacional, como lo fue el día de
la caída de Troya para el troyano, o el de la destrucción de Cartago
para el cartaginés, fue también un día de vacío religioso. Pues, en
un sentido religioso, Jerusalén tenía una importancia peculiar en la
historia de la salvación, como escabel de Yahvé y como escenario de
la revelación de Dios y del Mesías. Por consiguiente, el dolor de Jeremías
era personal, no meramente una emoción de simpatía con el dolor de los
demás, pues había buscado evitar el desastre mediante sus labores como
profeta por las calles de la ciudad. Todas las fibras de su corazón
estaban adheridas a Jerusalén; ahora estaba aniquilado y desolado. Así
Jeremías, más que ningún otro hombre estaba claramente llamado puede
decirse, conducido por una fuerza interiora lamentar la ciudad
arruinada como cantor fúnebre del gran periodo penitencial del Antiguo
Testamento. Ya estaba preparado con su lamento por la muerte del rey
Josías (II Par., 35, 25) y con los cantos elegíacos en el libro de sus
profecías (cf. 13, 20-27, lamento sobre Jerusalén). La falta de variedad
en las formas verbales y en la construcción de las frases, que, se pretende,
no concuerda con el carácter del estilo de Jeremías, puede explicarse
como una peculiaridad poética de este poético libro. Descripciones tales
como las de 1, 13-15, o 4, 10, parecen señalar a un testigo presencial
de la catástrofe, y la impresión literaria del conjunto recuerda continuamente
a Jeremías. A esto conduce el tono elegíaco de las Lamentaciones, que
sólo se interrumpe ocasionalmente por tonos intermedios de esperanza;
las quejas contra los falsos profetas y contra los que se afanan tras
el favor de las naciones extranjeras; las concordancias verbales con
el Libro de la Profecía de Jeremías; finalmente la predilección por
cerrar una serie de pensamientos con una cálida plegaria del corazón
cf. 3, 19-21, 64-66, y el capítulo 5, que, como el Salmo Miserere
de Jeremías, constituye un final a las cinco lamentaciones. El hecho
de que en la Biblia hebrea el Kînoth fuera quitado, como obra poética,
de la colección de libros proféticos y colocado entre los Kethúhîm,
o Hagiographa, no puede citarse como argumento decisivo contra su origen
jeremíaco, como el testimonio de los Setenta, el testigo más importante
en el foro de la crítica bíblica, debe en otros cien casos corregir
la decisión de la Masorah. Además, la introducción de los Setenta parece
presuponer un original hebreo.
B.
Forma técnica de la Poesía de las Lamentaciones
(1) En las
cuatro primeras lamentaciones se utiliza la medida Kînah en la construcción
de las líneas. En esta medida cada línea se divide en dos partes desiguales
que tienen respectivamente tres y dos acentos, como por ejemplo en las
tres primeras líneas introductorias del libro.
(2) En todas
las elegías la construcción de los versos sigue un orden alfabético.
La primera, segunda, cuarta y quinta lamentaciones están compuestas
de veintidós versos cada una, que corresponden al número de letras del
alfabeto hebreo; la tercera lamentación está formada por tres veces
veintidós versos. En la primera, segunda y cuarta elegías cada verso
comienza con una letra del alfabeto hebreo, las letras siguiendo en
orden, el primer verso empieza con Aleph, el segundo con Beth, etc.;
en la tercera elegía cada cuarto verso comienza con una letra del alfabeto
en el debido orden. Así, con algunas excepciones y cambios (Pê, la decimoséptima,
precede a Ayin la decimosexta letra), se forma el alfabeto hebreo con
las letras iniciales de los versos separados. Cuán fácilmente este método
alfabético puede estorbar el espíritu y lógica de un poema se muestra
claramente en la tercera lamentación, que, aparte, tuvo probablemente
en un principio la misma estructura que las demás, una letra inicial
diferente en cada uno de los versos originales; no fue sino más tarde
cuando un autor menos cuidadoso desarrolló cada verso en tres por medio
de ideas tomadas de Job y otros autores.
(3) Respecto
a la estructura de la estrofa, es seguro que el principio seguido en
algunos casos es el cambio de la persona del sujeto que habla o al que
se dirige. La primera elegía está dividida en un lamento sobre Sión
en tercera persona (versículos 1-11), y un lamento de Sión sobre sí
misma (versículos 12-22). En la primera estrofa Sión es el objeto, en
la segunda, una estrofa de igual longitud, el sujeto de la elegía. En
11c, según los Setenta, debería usarse la tercera persona. En la segunda
elegía, también, la intención parece ser, con el cambio de estrofa,
cambiar de la tercera persona a la segunda, y de la segunda a la primera
persona. En los versículos 1-8 hay veinticuatro elementos en tercera
persona; en 13-19 veintiuna en segunda persona, mientras que en 20-22,
una estrofa en primera persona, la lamentación acaba en un monólogo.
En la tercera lamentación, también, el discurso de un solo sujeto en
primera persona alterna con los parlamentos de varias personas representadas
por un nosotros y con coloquio; los versículos 40-47 se
distinguen claramente por su sujeto nosotros de la estrofa
precedente, en la que el sujeto es un individuo, y de la siguiente estrofa
en primera persona del singular en los versículos 48-54, mientras que
los versículos 55-66 representan un coloquio con Yahvé. La teoría del
autor, de que en la estructura de la poesía hebrea la alternancia de
personas y sujetos es un principio fijo en la construcción de las estrofas,
encuentra en las Lamentaciones su más contundente confirmación.
(4) En la estructura
de las cinco elegías consideradas en conjunto, Zenner ha demostrado
que ascienden en una progresión continua y exactamente medida hasta
un clímax. En la primera elegía hay dos monólogos de dos diferentes
personajes. En la segunda elegía el monólogo se desarrolla en un animado
diálogo. En la tercera y cuarta elegías el grito de lamentación es aún
más fuerte, conforme se unen más al lamento, y la voz solitaria se ha
visto reemplazada por un coro de voces. En la quinta lamentación se
añade un tercer coro. La crítica literaria encuentra en la construcción
dramática del libro un fuerte argumento para la unidad literaria de
las Lamentaciones.
C.
Uso litúrgico de las Lamentaciones
Las Lamentaciones
han recibido una peculiar distinción en la Liturgia de la Iglesia en
el Oficio de la Semana Santa. Si el propio Cristo denominó su muerte
como la destrucción de un templo, hablaba del templo de su cuerpo
(Juan, 2, 19-21), entonces la Iglesia tiene derecho seguramente a expresar
su dolor por su muerte en las Lamentaciones que se cantaron sobre las
ruinas del templo destruido por los pecados de la nación.
Para una introducción
general a Jeremías y a las Lamentaciones ver la Introducción Bíblica
de CORNELY, VIGOUROUX, GIROT, DRIVER, CORNILL, STRACK. Para cuestiones
especiales de introducción: CHEYNE, Jeremiah (1888); MARTZ, Der
Prophet Jeremias von Anatot (1889); ERBT, Jeremia und seine Zeit (Göttingen,
1902); GILLIES, Jeremiah, the Man and His Message (Londres, 1907); RAMSAY,
Studies in Jeremiah (Londres, 1907); WORKMAN, The Text of Jeremiah (Edimburgo,
1889); STREANE, The Double Text of Jeremiah (Cambridge, 1896); SCHOLZ,
Der masoretische Text und die Septuagintaübersetzung des B. Jeremias
(Ratisbona, 1875); FRANKL, Studien über die LXX und Peschito zu Jeremia
(1873); NETELER, Gliederung der B. Jeremias (Münster, 1870). Comentarios sobre Jeremías publicados en las últimas
décadas.Católicos: SCHOLZ (Würzburg, 1880); TROCHON (París, 1883);
KNABENBAUER (París, 1889); SCHNEEDORFER (Viena, 1903). Protestantes:
PAYNE SMITH en el Speaker's Commentary (Londres, 1875); CHEYNE en SPENCE,
Commentary (Londres, 1883-85); BALL (Nueva York, 1890); GIESEBRECHT
en NOWACK, Handkommentar (Göttingen, 1894); DUHM en MARTI, Kurzer Hand-Commentar
(Tübingen y Leipzig, 1901); DOUGLAS (Londres, 1903); ORELLI (Munich,
1905). Comentarios sobre las Lamentaciones:Católicos: SEISSENBERGER
(Ratisbona, 1872); TROCHON (París, 1878); SCHÖNFELDER (Munich, 1887);
KNABENBAUER (París, 1891); MINOCCHI (Roma, 1897); SCHNEEDORFER (Viena,
1903); ZENNER, Beiträge zur Erklärung der Klagelieder (Friburgo de Br.,
1905). Protestantes: RAABE (Leipzig, 1880); OETTLI (Nördlingen, 1889);
LÖHR (Göttingen, 1891); IDEM en NOWACK, Handkommentar (Göttingen, 1893);
BUDDE en MARTI Kurzer Hand-Commentar (Friburgo de Br.,1898). Para monografías
ver los comentarios más recientes y las bibliografías en los periódicos
bíblicos.
M.
FAULHABER
Transcrito por WGKofron
Traducido por Francisco
Vázquez