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(Reinó
872-882)
Romano e hijo de Gundus. Parece haber nacido en el primer cuarto del siglo IX;
murió el 16 de diciembre de 882. En 853 y 869 aparece como archidiácono
de la Iglesia Romana y fue como tal que fue electo Papa el 14 de diciembre de
872. Su elección fue objetada por Formoso, quien siguió objetándolo
durante todo su pontificado. Todos los historiadores modernos concuerdan con que
Juan fue uno de los más grandes papas que se sentaron en el trono de Pedro
durante el siglo IX. Algunos, sin embargo, sin suficientes bases, lo califican
de cruel, apasionado, mundano e inconstante. Los actos más importantes
del reinado de Juan pueden dividirse en cuatro grupos: los asuntos de Europa Oriental,
los asuntos del imperio de Occidente, con Italia del Sur y los Sarracenos y por
último con aquellas personas con quienes tuvo contacto más frecuente.
Uno o dos años antes de que Juan fuera elegido Papa, San Metodio, hermano
de San Cirilo, quien había muerto en Roma (869), había sido enviado
de nuevo a Moravia como arzobispo a continuar su trabajo en pro de la conversión
de los eslavos. Había recibido permiso para usar la lengua eslava en
la liturgia de la Iglesia. Esta acción del Papa Adriano II no había
agradado ni a los príncipes ni a los obispos germanos. Los primeros tenían
intereses políticos, los segundos eclesiásticos; sobre Moravia.
Metodio fue aprendido (871) y no fue sino hasta el 873 que un indicio sobre
como era tratado y su apelación a Roma llegaron a Juan. Aunque por el
momento, como deferencia a la oposición germana, el Papa prohibió
el uso de la lengua eslava en la liturgia, insistió en la inmediata restauración
de Metodio. Luego que sus órdenes fueron obedecidas, Juan llamó
a Roma al arzobispo dado que habían nuevas acusaciones en su contra.
Un cuidadoso examen convenció a Juan de la ortodoxia de Metodio, quien
fue enviado de nuevo a Moravia con el permiso de utilizar la lengua eslava en
la liturgia. Con ayuda del Papa, el santo triunfó sobre todas las oposiciones
y continuó su trabajo de conversión hasta su muerte el 6 de abril
de 885. Uno de los resultados del trabajo entre los eslavos fue que varias de
sus tribus se pusieron bajo la protección de la Santa Sede. Juan también
tuvo mucha comunicación con los orientales eslavos de Bulgaria. Luchó
por llevarlos de nuevo bajo la directa jurisdicción de la Santa Sede.
Los derechos papales en ese país habían sido usurpados por los
patriarcas de Constantinopla y, a pesar de su fe que era la misma de él,
tal como se lo dijo al rey búlgaro Boris, con justicia temía que
su tendencia a la herejía y al cisma, eventualmente llevaría a
los búlgaros a ambos. A pesar de ello, no pusieron atención a
las exhortaciones del Papa y lo que él había previsto que sucedería,
termina sucediendo. Cuando Basilio el Macedonio se erige en el trono de Constantinopla,
repuso a San Ignacio en su sede y desterró al usurpador Focio (867).
Durante este destierro, sin embargo, la hábil adulación permitió
al exiliado ganar el favor del emperador y, a la muerte de San Ignacio (877),
fue reconocido como su sucesor. Entonces no reparó en gastos para inducir
a Juan a conciliar con él. Finalmente el Papa accedió bajo ciertas
condiciones pero, como Focio no las observó, fue solemnemente condenado
por el Papa (881).
Luis II, a pesar de no ser señor de Italia, ostentaba en este tiempo
el título de Emperador de los Romanos. Juan le dio su apoyo por ser un
príncipe de carácter. Logró inducir a Carlos el Calvo,
rey de Francia, a renunciar al reino de Lotario; le ayudó en sus esfuerzos
contra los sarracenos y, luego de su muerte (875), consoló a su viuda
Engelberga. Cuando Luis II murió, el apoyo de Juan a Carlos el Calvo
redundó en la recepción de la corona imperial por parte de éste
(25 de diciembre de 875) y la incomodidad de sus rivales. Carlos no fue malagradecido
por la ayuda del Papa, y no sólo decretó que la Iglesia Romana,
como cabeza de todas las Iglesias, debía ser obedecida por todos, sino
que en 876 traspasó a Juan muchos de “los derechos y costumbres
del imperio”. Juan, sin embargo, no obtuvo mucha ayuda práctica
de él. Carlos era un hombre que aspiraba a grandes cosas, pero prácticamente
no sabía adaptar sus medios a los fines que perseguía. Finalmente
lo hizo y fue a ayudar a Juan contra los sarracenos quienes lo habían
mortificado durante todo su pontificado. Su expedición fue, sin embargo,
una falla y, antes de que pudiera renovar su intento, murió el 6 de octubre
de 877. Entre los candidatos para el trono imperial vacante, Juan pensó
que el único adecuado era Bosso, quien pronto sería rey de Provenza.
Pero Bosso no dio ningún paso decisivo en el asunto, así que el
Papa, ignorando las reclamaciones de Carloman debido a su mala salud la cual
había hecho que encomendara el cuidado “del Reino de Italia”
al propio Juan, apoyó a Carlos el Gordo como sucesor imperial de Carlos
el Calvo, estableció exitosamente a su candidato en el trono imperial
y lo coronó en febrero de 881.
Antes de la muerte de Juan, Carlos se había convertido, por lo menos
de nombre, en el soberano de la mayoría de los estados sobre los que
Carlomagno había ejercido soberanía. Pero estaba física
y mentalmente incapacitado para su posición; aunque Juan estaba grandemente
necesitado de ayuda. De principio a fin de su reinado, fue hostilizado por los
sarracenos y preocupado por la conducta antipatriótica de algunos de
los príncipes sureños de Italia, por las intrigas domésticas
y por las aproximaciones amenazantes de Guido II, duque de Spoleto. En el 840,
colonias de sarracenos habían empezado a instalarse en el Sur de Italia.
Juan hubo de escribir “que todas nuestras costas han sido invadidas y
los sarracenos están tan en casa en Fundi y Terracina como en África.”
Para combatir a estos enemigos de la cristiandad, Juan no escatimó su
persona, su tiempo ni su dinero. Nunca cesó de convocar a los emperadores
a tomar conciencia de su posición y responsabilidades, a hacer a un lado
sus ambiciones miserables y a tomar partido contra aquellos que amenazaban su
fe y su país. A través de conversaciones con los príncipes
menores del sur de Italia, y mediante dádivas, logró separarlos
de la alianza con los sarracenos o unirlos en batallas contra ellos. Pero no
quedó conforme con urgir a otros a emprender acciones contra ellos. Él
mismo asumió las tareas tanto de general como de almirante. Fortificó
San Pablo de Extramuros, donde sus trabajos fueron tan extensos que merecieron
ser llamados “Juanópolis.” La nueva fortificación
tenía más de 3 kilómetros de circunferencia. Para proteger
la “ciudad del Viejo Pedro,” como desdeñosamente llamaban
los sarracenos a Roma, el propio Juan patrulló la costa. Atacó
la flota pirata sarracena en el promontorio de Circe y salió completamente
victorioso (876). Pero sabiendo que no podían hacer más, imploró
la ayuda del emperador para que su victoria fuera permanente. Carlos el Calvo
estaba dispuesto a ayudar, pero murió (877) antes que pudiera realizar
alguna acción. De ese modo, Juan tuvo que seguir luchando solo contra
los sarracenos hasta su muerte.
Durante todo el tiempo que duró su pontificado, Juan fue agredido casi
por tantos enemigos en y alrededor de Roma, como lo fue por los sarracenos.
Cuando ocupó la sede de Pedro, encontró muchos de los principales
cargos de la Iglesia en manos de nobles con mala reputación, la mayoría
de ellos relacionados entre sí y con un número de mujeres casi
tan malas como ellos mismos. Entre los primeros estaba Gregorio, el primicerio
de la Iglesia Romana, un pecador irredento; su hermano Esteban, el secundicerio,
hundido en crímenes y su infame yerno, el asesino y adúltero Jorge
de Aventino. Aliados con éstos, al menos en los crímenes, estaban
Sergio y Constantina. Formoso, el Obispo de Porto, tuvo la mala fortuna de estar
relacionado con algunos de estos hombres por lazos de amistad. La muerte del
emperador Luis II en agosto de 875, quien había sido protector de este
nefasto grupo, dio a Juan la oportunidad de enfrentarlos. Cuando inició
el proceso en su contra, lograron evitar aparecerse ante él en un principio.
Mientras tanto organizaron un complot en su contra y buscaron obtener la ayuda
de los sarracenos. Viendo finalmente que el Papa era demasiado fuerte para ellos,
huyeron de la ciudad, llevándose los tesoros de la Iglesia. Desdichadamente
para su reputación, Formoso huyó con ellos. Al no presentarse
a juicio, los exiliados fueron degradados y excomulgados. Mientras estuvo en
Francia, Juan refrendó la sentencia en contra de Gregorio y su grupo.
Juan no había ido a Francia completamente por propia voluntad, Lamberto,
duque de Espoleto, actuando ostensiblemente en favor de Carloman de Bavaria,
quien aspiraba a ser emperador, presionó al Papa lo más que pudo,
amenazando constantemente su territorio para finalmente invadir Roma en el 878.
Incapaz de soportar la persecución de este tiranuelo y al mismo tiempo
ansioso de entrar en contacto personalmente con todos los candidatos al trono
imperial, vacante desde la muerte de Carlos el Calvo (6 de Oct de 877), Juan
fue a Francia. Una vez ahí, coronó a Luis como rey en septiembre
de 878, pero fue incapaz de obtener un candidato adecuado para el imperio.
Las acciones de Juan no se redujeron a Italia, Alemania y Francia. En España
encontramos que constituyó Oviedo como sede metropolitana. También
bajo su influencia se añadió una ley contra el sacrilegio en el
Código Gótico de España. Juan recibió en Roma a
Burhred, rey de Mercia, a quien las miserias que le ocasionaban los daneses
por toda Inglaterra lo obligaron a buscar paz en el santuario de los Apóstoles.
Edred, arzobispo de Canterbury, también busco consuelo en el Papa. Estaba
perturbado por los daneses y preocupado por el rey Alfredo, quien en su juventud
no fue el sabio monarca que llegó a ser. Juan simpatizó con él
y le dijo que había escrito al rey para que le ofreciera la obediencia
debida. La mayoría de los historiadores modernos simplemente nos dicen
que Juan murió el 16 de diciembre de 882. Sin embargo, uno que escribió
en la distante región de Fulda, ha dado ciertos terribles detalles que
no son aceptados por los mejores historiadores modernos. De acuerdo con los
anales de aquel monasterio, un conocido de Juan, quien trataba de apoderarse
de sus tesoros, trató de envenenarle. Al darse cuenta que la droga actuaba
muy lentamente, lo mató golpeándolo en la cabeza con un martillo.
Entonces, aterrorizado por la hostilidad que una vez le había manifestado,
cayó muerto sin que nadie le pusiera una mano encima. Se sospecha de
la autenticidad d lo descrito anteriormente, dado que raya con lo increíble
y que la fecha consignada para la muerte de Juan en los anales de Fulda es incorrecta.
LOEWENFELD, Epp. Pont. Rom. (Leipzig, 1885); Liber Pontificalis
ed. DUCHESNE, II, 221 sq.; FLODOARD, Annals; varios anales contemporaneous y
autores en Mon. Germ. Hist.: Script., I and II, and ibid.: Script. Langob.;
Libellus de imp. potest. in P.L., CXXIX; AUXILIUS AND VULGARIUS in DUEMMLER,
Auxilius und Vulgarius (Leipzig, 1866); LAPOTRE, Le Pape Jean VIII (Paris, 1895);
BALAN, Il pontificato di Giovanni VIII (Rome, 1880); GAY, L'Italie meridionale
et l'empire byzantin (Paris, 1904): HERGENROETHER, Photius (Ratisbon, 1867);
JAGER, Hist. de Photius (Paris, 1844); FORTESCUE, The Orthodox Eastern Church
(London, 1907): D'AVRIL, St Cyrille (Paris, 1885); LEGER, Cyrille et Methode
(Paris, 1868); GINZEL, Gesch. der Slavenaposteln (Vienna, 1861); MANN, Lives
of the Popes, III, 231 sqq.
HORACE K. MANN
Transcrito por John Fobian
Traducido por Antonio Hernández Baca
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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