Reina y fundadora de la Orden de la Anunciata (n. en 1464, m. en Bourges
el 4 de febrero de 1505). Hija de rey y esposa de otro, hay quizá
pocos santos en el calendario que hayan sufrido grandes y amargas humillaciones
como Madame Juana de Francia, la heroica mujer conocida usualmente en
inglés como santa Juana de Valois. Hija de Luis XI con su segunda
esposa, Carlota de Savoy, fue rechazada por su padre desde su nacimiento,
a causa de su sexo, primero, y también por su complexión
enfermiza y deforme. Enviada lejos para ser criada por guardias en una
casa de campo, y privada de los privilegios propios de su rango, con escasas
comodidades y no pocas necesidades, fue la intensa soledad y miseria moral
de su vida, que hizo primeramente a Juana acercarse a Dios en busca de
consuelo, y que le motivó desde muy niña, a una tierna y
práctica devoción a la Bendita Virgen. Se dice que tuvo
una promesa sobrenatural de que algún día fundaría
una familia religiosa en honor de Nuestra Señora. Los misterios
de la Anunciación y la Encarnación, como se rezan en el
Ángelus, fueron su gran deleite.
Debido a sus intereses políticos, Luis XI forzó a Juana a desposarse
con Luis, Duque de Orleáns, su primo segundo y presunto heredero al trono.
Tras su matrimonio, la princesa sufrió aún más que antes,
pues el duque odió a la mujer que le había sido impuesta e incluso
la insultaba en público en cualquier modo posible. Imaginando virtudes
en su esposo que no existían, Juana le amó tiernamente, e incluso
al caer él en desgracia y en prisión, ella se esforzó en
mitigar sus sufrimientos y en liberarlo. Tiempo después, tras la muerte
de Carlos VIII, el duque, elevado al trono de Francia como Luis XII, hizo anular
su matrimonio con Juana en Roma, argumentando invalidez por falta de consentimiento
y porque nunca había consumado el mismo (ver Alejandro VI); la humillación
de la santa alcanzó el clímax cuando se vio ante toda Francia
como una esposa y reina repudiada, injustamente.
Pero las dos virtudes en las que Juana había resuelto imitar a la Virgen,
silencio y humildad, hicieron que ella enfrentara valientemente el asunto como
vino. Aceptó el veredicto cuando llegó, meramente dando gracias
a Dios por dejarla en libertad de servir a Su Madre, como siempre quiso, fundando
una orden a Su servicio. Fue nombrada Duquesa de Berry y le fue entregada esa
provincia para gobernarla. Durante su vida en Bourges, la capital, cumplió
sus deberes como gobernante con toda conciencia y ternura por el bienestar de
sus súbditos. En 1500, junto con su director espiritual franciscano,
Gilbert Nicolas, Juana fundó la Orden de la Anunciata, de oración
y penitencia, cuya principal regla era imitar las virtudes de María,
como se mostraban en los Evangelios. Por fin la repudiada reina halló
felicidad en dedicarse a su trabajo y hacia el final de su vida, ella misma
hizo sus votos, se quitó su anillo matrimonial –que sin embargo,
siempre había llevado-, y vistió el hábito bajo sus ropas.
A pesar de su mala salud y constante sufrimiento, había hecho mucha penitencia
corporal toda su vida, además de dedicar muchas horas a la oración.
Cerca de su muerte, oraba por su esposo de cruel corazón, y dejó
como legado a su orden, que siempre se rezara por el alma de él, por
la de su padre y hermano.
Juana murió como vivió, y fue lamentada por sus hijas espirituales
y su pueblo. Muchos milagros, especialmente de sanidad siguieron a su muerte.
En 1514, León X permitió a las Anunciatas honrarla con un oficio
especial. Benedicto XIV la declaró Beata y extendió su culto a
toda Francia pero, aunque el proceso de canonización ha sido introducido
desde 1614, debido a retrasos y obstáculos, de hecho no ha sido canonizada,
aunque universalmente se le reconoce como santa.