Pintor francés, n. en Montauban
el 29 de agosto de 1780; m. en París el 14 de enero de 1867. Su padre lo mandó
a estudiar a Tolosa. A la edad de dieciséis entró en el famoso estudio
de David (París). Éste, absorto en las teorías de Mengs y Wincklemann,
había roto con las presunciones y los libertinismos del siglo xviii y condujo al arte de regreso a la naturaleza y a la antigüedad. En opinión de David, las antigüedades eran la máxima expresión de la
vida, libres de todo lo meramente transitorio y lejanos a los caprichos
del antojo y la moda. Ingres aceptó el programa de su maestro en su totalidad. Sin embargo,
lo que para David constituía un sistema homogéneo, que contestaba las
facultades gemelas de su vasto y poderoso organismo, significaba otra
cosa muy distinta para el alumno. El joven artista estaba dotado de una maravillosa sensibilidad
realista: nadie experimentó jamás tan meridianas, penetrantes
y obvias impresiones, así como la capacidad para trasladarlas en su
totalidad al papel o al lienzo. Pero estos dones excepcionales fueron perjudicados
por una extremada carencia de ingenio y originalidad. Desafortunadamente, las enseñanzas
de David le hiceron creer que el arte fino consistía en imitar lo antiguo
y que la dignidad de un pintor lo constreñía a pintar temas históricos. Toda su vida,
Ingres se hizo violencia para pintar escenas de la clase de las Sabinas
de su maestro, tal como lo hizo en Los embajadores de Agamenón
(Pais, Ecole des Beaux-Arts), cuadro ganador del Prix de Rome en
1801. Mas en lugar
de ser una escena histórica o poética viva, esta pintura no es más que
una colección de estudios, bordados con esfuerzo, y con un resultado
carente de verdadera unidad.
Así, en Ingres siempre hubo una curiosa contradicción entre su temperamento
y su educación, entre su habilidad y sus teorías. Y esta batalla
secreta entre sus vehementes deseos realistas y sus convicciones idealistas
explica las discordancias de sus obras. Al principio, sin embargo,
su juventud fue el factor principal aunque quizá también le favorecieran
su obscuridad, la escasez de órdenes importantes y la necesidad de ganarse
la vida, pues nunca fue más fenomenal, o nunca fue más él mismo,
que durante este período de su carrera (1800-1820). Su realismo absoluto
y su intransigencia causaron que se le considerara en la escuela de
David como excéntrico y revolucionario. Ingres había sido amigo de un escultor florentino llamado Bartolini,
y sintió una fuerte atracción por las obras del período renacentista
temprano, y por aquel arte vibrante de vida y casi febril en su manera
de representar la naturaleza, ejemplos de los cuales hayamos en las
obras de Donatelo y Filippo Lippi. Se volvió entusiasta de las escuelas arcaicas, de los extraños poemas
de Osián, de los trajes medievales, en pocas palabras, de todo lo que
al ser poco convencional le parecía acercarse más a la realidad, o al
menos le emocionaba y llenaba de sensaciones. Fue catalogado de gótico, de imitador de Jean de Bruges (Jan van
Eyck), y todas las obras que produjo en este tiempo llevan la marca
de rareza. Esto es cierto especialmente en sus retratos. Los de Madame
Rivière (Louvre, 1804), de Granet (Aix-en-Provence, 1806), de Madame
Aymon, La Belle Zélie, (Rouen, 1806), de Madame Devançay (Chantilly,
1807) y el de Madame de Sennoues (Nantes, 1810) no tienen igual en todo
el mundo, y merecen un lugar enseguida de las creaciones inmortales
de Tiziano y Rafael. Nunca hubo una
ausencia más total de estilo, de olvido de un propósito fijo,
de esfuerzo sistemático o poético; nunca un pintor se dio más enteramente
al realismo o se rindió más plenamente a su modelo, al objeto que se
hallaba ante él.
Ninguna
obra nos ayuda a entender con mayor claridad la expresión de algo acabado,
a no ser que sean esos pequeños bocetos dibujados por este mismo artista
en los días de su pobreza, vendidos a veinte francos cada uno, y que
ahora se conocen en todo el mundo como los dibujos a lápiz de Ingres. Los mejores han de verse en
el Louvre y en la colección Bonnat de París y Bayona.
En 1806, Ingres partió para Roma, y en el Vaticano vio los frescos del
mejor de los decoradores, el maestro del Parnaso y la Escuela
de Atenas. Al
instante se convenció de que esta era la belleza en su forma absoluta
y de que estas pinturas contenían las fórmulas y los conceptos reveladores
de una total definición del arte y de sus leyes inmutables. Y a este error suyo debemos
no pocas de sus mejores obras; pues si no se hubiera creído equivocadamente
un clasicista, no se hubiera sentido obligado a adoptar el constituyente
esencial del idioma clásico, es decir, el desnudo. El desnudo, en el realismo
moderno, da a entender lo inusual, sugiere algo furtivo y secreto, y
sólo ocurre en el programa de los realistas como algo excepcional. Mientras que
con Ingres, gracias al idealismo clásico de su doctrina, el desnudo
siempre fue un objeto de estudio muy importante y sagrado. Y a este estudio aplicó, como
con todas sus empresas, una delicadeza y una frescura de sentimiento,
una exactitud de observación atenuada por un leve toque de atractivo
sensual, el cual coloca estas pinturas entre sus más preciadas obras. Ningún francés
llegó a dominar en igual medida, o con tanta similaridad al arte de
los grandes, el gozo de dibujar y pintar un hermoso cuerpo, de reproducirlo
en toda la gloria y la gracia de su juventud. El Edipo y la Bañista
(1808), la Odalisca (1814), la Fuente (1818) todos
estos cuadros hallados el Louvre están entre los más bellos poemas
consagrados a la exposición de aquel nobilísimo significado de la figura
humana. Con todo, siguen siendo apenas
«estudios» incomparables. El pintor mientras tanto permanece incapaz de
armonizar sus sensaciones para formar un cuadro vivo.
Este mismo gusto por lo curioso llevó a Ingres en este periodo a producir
una gran cantidad de obras menores del tipo anecdótico e históricas,
tales como Rafael y la Fornarina, Francesca da rimini
(1819, en el Museo de Angers), etcétera, obras que a veces demuestran
el ingenio, el romance y el capricho de una miniatura del Quattrocento.
Aquí el estilo se convierte en una parte de la realidad y el arcaísmo
del uno sólo sirve para resaltar con mayor claridad la originalidad
del otro. En obras de esta clase,
no hay otra más perfecta que su Capilla Sixtina (Louvre,
1814). Esta magnífica creación, aunque pequeña en tamaño, es quizá la
obra más completa, mejor balanceada y de mayor firmeza que jamás haya
creado el maestro. Para este tiempo, David, exiliado por la Restauración,
dejó la escuela francesa sin representante; mientras que la escuela
romántica, con la Medusa de Gericault (1818) y el Dante
de Delacroix (1822), clamaba reconocimiento. Ingres, hasta ahora poco conocido
en su soledad en Italia, decidió regresar a Francia y asestar un golpe
temerario. Ya en 1820 envió al Salón su Cristo entrega las llaves a san Pedro
(Louvre), una obra fría y sobria que ganó gran éxito entre los clasicistas. El cuadro El
voto de Luis XIII (Montauban, 1824), homenaje a Rafael, apareció
oportunamente como un contraste a La matanza de Quíos de Delacroix. Desde entonces,
a Ingres se le respetó como dirigente de la escuela tradicional, y prueba
su derecho al título con la producción de la famosa Apoteosis de
Homero (Louvre, 1827).
Esto señala el comienzo de un nuevo período, en el cual Ingres, absorto
en las obras decorativas, no es más que el defensor de la enseñanza
clásica. Una y otra vez se violentó en
la composición de obras enormes como el Martirio de san Sinforiano
(Autun, 1835), La edad de oro (Dampierre, 1843-49), la Apoteosis
de Napoleón, Jesús entre los doctores (Montauban, 1862),
obras que suponen una labor de la máxima perseverancia, y que después
de todo son solamente grupos de «estudios»: mosaicos cuidadosamente
colocados y sin vida. Algunos de los
retratos más bellos de Ingres, los de Armand Bertin (Louvre, 1831),
de Cherubini (Louvre, 1842) y de Madame de Haussonville (1845), pertenecen
a este período. Pero poco a poco renunció a los retratos, y deseó ser únicamente pintor
de lo ideal. Sin embargo, ahora lo era menos. En sus últimas obras, su deficiencia
en la composición se vuelve cada vez más evidente; su vida pasa sin
acontecimientos de nota. En 1820 partió de Roma hacia Florencia, y en 1824 se
estableció en París, ciudad a la que nunca dejó, excepto por seis años
(1836-1842), los cuales pasó en Roma como director de la Villa Médici. Murió a la edad
de 87 trabajando hasta el último día. Tal vez su prestigio y su alta
autoridad valió algo en el renacimiento de la pintura decorativa ocurrido
a mediados del siglo xix. Mas su legado
indiscutible fue un principio de rareza o curiosidad y de excentricidad,
copiada por artistas como Signol y Jeanniot. Ingres fue un naturalista
que persistió en practicar el estilo más idealista del arte jamás emprendido
en la escuela francesa. Como su gran rival Delacroix, puede decirse que fue
un fenómeno aislado en el arte del siglo xix.
GAUTIER, Les Beaux-Arts en Europe (París, 1855); DELECLUZE, Louis David,
son ecole et son temps (París, 1855); DELABORDE, Ingres, sa vie, sa
doctrine (París, 1870); BLANCE, Ingres (París, 1870); DUVAL, LAtelier
dIngres (París, 1878); LAPAUZE, Les dessins dIngres (París,
1901): 7 vols. en folio
y 1 vol. de impresos); DE WYZEWA, Laervre peint de J.D. Ingres (París,
1907): DAGEN, Ingres, dapres une correspondance inedite (París,
1909).
LOUIS GILLET
Transcrito por Beth Ste-Marie
Traducción de Manuel Rodríguez Rmz.