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(Chrisostomos “boca dorada” llamado así debido a su elocuencia).
Doctor de la Iglesia, nacido en Antioquia, c. 347; fallecido en Commana en Ponto,
el 14 de Setiembre de 407.
Jun – cuyo sobrenombre “Crisóstomo” aparece por primera
vez en la “Constitución” del Papa Vigilio (cf. P.L., LX,
217) en el año 553 – es generalmente considerado el más
prominente doctor de la Iglesia Griega y el más grande predicador jamás
escuchado en un púlpito Cristiano. Sus dotes naturales, como así
también circunstancias externas, lo ayudaron a convertirse en lo que
fue.
I. VIDA
(1) Niñez
En la época del nacimiento de Crisóstomo, Antioquia era la segunda
ciudad de la parte Oriental del Imperio Romano. Durante la totalidad del siglo
cuarto disputas religiosas perturbaron al imperio y encontraron su eco en Antioquia.
Paganos, Maniqueos, Gnósticos, Arrianos, Apolinarios, Judíos,
hicieron sus prosélitos en Antioquia, y los Católicos estaban
ellos mismos separados por el cisma entre los obispos Melito y Paulino. Por
tanto la juventud de Crisóstomo acaeció en tiempos difíciles.
Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército Sirio.
A su muerte, poco después del nacimiento de Juan, Anthusa, su mujer,
de solamente veinte años de edad, se hizo cargo sola de sus dos hijos,
Juan y una hermana mayor. Afortunadamente era una mujer de inteligencia y carácter.
No sólo instruyó a su hijo en la piedad, sino que además
lo envió a las mejores escuelas de Antioquia, aún cuando se pudieran
hacer sobre ellas muchas objeciones con relación a moral y religión.
Además de las clases de Andragatio, un filósofo no conocido en
otra parte, Crisóstomo siguió las de Libanio, al mismo tiempo
el más famoso orador de ese período y el más tenaz adherente
al paganismo declinante de Roma. Como podemos observar en posteriores escritos
de Crisóstomo, obtuvo en ese momento una considerable erudición
Griega y cultura clásica, que de ningún modo repudió en
sus días posteriores. La hostilidad que se le atribuye a la sabiduría
clásica, es en realidad una mala interpretación de ciertos pasajes
en los cuales defiende la filosofía del Cristianismo contra los mitos
de los dioses paganos, cuyos principales defensores en su tiempo eran los representantes
y maestros de la sophia ellenike (ver A. Naegele en "Byzantin. Zeitschrift",
XIII, 73-113; Idem, "Chrysostomus und Libanius" en Chrysostomika,
I, Roma, 1908, 81-142).
(2) Crisóstomo como Lector y Monje
El día que conoció al obispo Meletio (alrededor de 367) se produjo
un muy decisivo punto de inflexión en la vida de Crisóstomo. El
carácter sincero, gentil y encantador de este hombre cautivó a
Crisóstomo de tal manera que pronto comenzó a apartarse de los
estudios profanos y a consagrarse a una vida ascética y religiosa. Estudió
las Santas Escrituras y frecuentó los sermones de Meletio. Alrededor
de tres años después recibió el Santo Bautismo y fue ordenado
lector. Pero el joven clérigo, atraído por el deseo de una vida
más perfecta, poco después entró en una de las sociedades
ascéticas cerca de Antioquia, la que estaba bajo la dirección
espiritual de Carterio y especialmente del famoso Diodoro, más tarde
obispo de Tarso (ver Palladius, "Dialogus", v; Sozomenus, "Hist.
eccles.", VIII, 2). La oración, el trabajo manual y el estudio de
las Santas Escrituras eran sus principales ocupaciones, y podemos muy bien suponer
que sus primeros trabajos literarios datan de aquella época, ya que prácticamente
todos sus escritos tempranos tratan temas de ascetismo y monasticismo [cf. abajo
escritos de Crisóstomo: (1) "Opuscuia"]. Cuatro años
después, Crisóstomo decidió vivir como anacoreta en una
de las cuevas cercanas a Antioquia. Permaneció allí dos años,
pero como su salud estaba bastante deteriorada por indiscretas vigilias y ayunos
en heladas y frió, prudentemente regresó a Antioquia para recuperar
su salud, y reasumió su oficio de lector en la iglesia.
(3) Crisóstomo como Diácono y Sacerdote en Antioquia
Como las fuentes sobre Crisóstomo dan una cronología incompleta
de su vida, no podemos sino determinar aproximadamente las fechas para este
período Antíoco. Muy probablemente a comienzos de 381 Meletio
lo hizo diácono, antes de su propia partida hacia Constantinopla, donde
murió como presidente del Segundo Concilio Ecuménico. El sucesor
de Meletio fue Flaviano (con relación a cuya sucesión ver F. Cavallera,
"Le Schime d'Antioche", Paris, 1905). Lazos de simpatía y amistad
ligaban a Crisóstomo con su nuevo obispo. Como diácono tuvo que
asistir en las funciones litúrgicas, cuidar a enfermos y pobres, y probablemente
fue encargado en alguna medida de enseñar a los catecúmenos. Al
mismo tiempo continuó con su trabajo literario, y podemos suponer que
compuso su más famoso libro, “On de Priesthood” (Sobre el
Sacerdocio), hacia el fin de este período (c.386, ver Socrates, “Hist.eccl”,
VI,3), o a mas tardar en el comienzo de su sacerdocio (c. 387, como con buenas
razones lo consigna Nairn en su edición de “De Sacerd.”,
xii-xv). Puede haber alguna duda si fue ocasionado por algún hecho histórico
real, viz., que Crisóstomo y su amigo Basilio fueron requeridos para
aceptar obispados (c.372). Todos los primeros biógrafos griegos parecen
no haberlo tomado en este sentido. En el año 386 Crisóstomo fue
ordenado sacerdote por Flaviano, y desde allí data su real importancia
en la historia eclesiástica. Su principal tarea durante los siguientes
doce años fue la de predicar, lo que debía ejecutar con el Obispo
Flaviano, o en lugar del mismo. Pero no hay dudas que gran parte de la instrucción
religiosa popular y la educación recayeron sobre él. La primera
ocasión notable que mostró el poder de su oratoria y su gran autoridad
fue la Pascua de 387, cuando dio sus sermones “Sobre las Estatuas”
(P.G., XLVIII, 15, xxx.). El pueblo de Antioquia, excitado por la recaudación
de nuevos impuestos, habían volteado las estatuas del emperador Teodosio.
En el pánico y temor al castigo que le siguió Crisóstomo
brindó una serie de veinte o veintiún (el decimonoveno probablemente
no es auténtico) sermones, llenos de vigor, consoladores, exhortativos,
tranquilizadores, hasta que Flaviano, el obispo, trajo desde Constantinopla
el perdón del emperador. Pero la prédica usual de Crisóstomo
consistía en explicaciones consecutivas de las Santas Escrituras. A esa
costumbre, desafortunadamente en desuso, debemos sus famosos y magníficos
cometarios, que nos ofrecen tan inagotable tesoro de conocimiento dogmático,
moral e histórico sobre la transición del cuarto al quinto siglo.
Estos años 386-98, fueron el período de mayor productividad de
Crisóstomo, un período que por si mismo podría haberle
asegurado para siempre un lugar entre los primeros Doctores de la Iglesia. Un
signo de esto podría ser visto en el hecho que ya en el año 392
San Jerónimo otorgara al predicador de Antioquia un lugar entre sus Viri
illustres ("De Viris ill.", 129, in P.L., XXIII, 754), refiriéndose
expresamente a la grande y exitosa actividad de Crisóstomo como escritor
Teológico. De este mismo hecho podemos inferir que durante esa época
su fama se había esparcido lejos más allá de Antioquia,
y que era bien conocido en el Imperio Bizantino, especialmente en la capital.
(4) San Crisóstomo como Obispo de Constantinopla
En el curso ordinario de las cosas Crisóstomo debió haberse convertido
en el sucesor de Flaviano en Antioquia. Pero el 27 de Setiembre de 397, muere
Nectario, Obispo de Constantinopla. Había una rivalidad general en la
capital, abierta o secreta, por la sede vacante. Después de algunos meses
se supo, para desilusión de los competidores, que el Emperador Areadio,
por sugerencia de su ministro Eutropio, había enviado al Prefecto de
Antioquia a llamar a Juan Crisóstomo fuera de la ciudad sin el conocimiento
de la gente, y a enviarlo directamente a Constantinopla. De esta repentina manera
Crisóstomo fue urgido hacia la capital, y ordenado Obispo de Constantinopla
el 26 de Febrero de 398, en una gran asamblea de obispos, por Teofilo, Patriarca
de Alejandría, quien había sido obligado a renunciar a la idea
de asegurar la designación de Isidoro, su propio candidato. El cambio
para Crisóstono fue tan grande como inesperado. Su nueva posición
no era fácil, situado en medio de una advenediza metrópolis, mitad
Occidental, mitad Oriental, en las cercanías de una corte en la que la
lujuria y la intriga siempre jugaban la parte más prominente. y a la
cabeza de un clero compuesto por los más heterogéneos elementos,
y aún más (si no canónicamente, al menos prácticamente)
a la cabeza de todo el episcopado Bizantino. El primer acto del nuevo obispo
fue provocar la reconciliación entre Flaviano y Roma. La misma Constantinopla
comenzó pronto a sentir el impulso de una nueva vida eclesiástica.
La necesidad de reforma era innegable. Crisóstomo comenzó “barriendo
las escaleras desde arriba” (Palladius, op- cit., v). El llamó
a su oeconomus, y le ordenó reducir los gastos del mantenimiento de la
sede episcopal; puso fin a los frecuentes banquetes, y vivió poco menos
estrictamente de lo que antes había vivido como sacerdote y monje. Con
relación al clero, Crisóstomo al comienzo tuvo que prohibirle
tener en sus casas syneisactoe, i.e. mujeres que había hecho votos de
virginidad y atendían sus casas. También procedió contra
otros que, por avaricia o lujuria, habían producido escándalo.
Hasta tuvo que excluir del rango del clero a dos diáconos, uno por asesinato
y otro por adulterio. De los monjes también, que ya por esa época
eran muy numerosos en Constantinopla, algunos habían preferido vagar
sin rumbo y sin disciplina. Crisóstomo los confinó a sus monasterios.
Finalmente cuidó de las viudas eclesiásticas. Algunas de ellas
estaban viviendo de manera mundana: las obligó a casarse nuevamente,
o a observar las reglas del decoro exigidas por su estado. Después del
clero, Crisóstomo volvió su atención a su rebaño.
Como había hecho en Antioquia, tal hizo en Constantinopla y con más
razón, frecuentemente predicó contra las extravagancias irrazonables
de los ricos, y especialmente contra adornos en materia de vestimentas a que
eran afectas mujeres cuya edad debía ponerlas más allá
de tales vanidades. Algunas de ellas, las viudas Marsa, Castricia, Eugraphia,
conocidas por tales ridículos gustos, pertenecían al círculo
de la corte. Parece que las clases altas de Constantinopla no habían
estado previamente acostumbradas a tal lenguaje. Sin duda algunos sintieron
que la reprimenda les estaba dirigida a ellos, y la ofensa producida fue mayor
en proporción a lo merecida que la reprimenda fuera. Por otra parte,
el pueblo se mostraba deleitado con los sermones de su nuevo obispo, y frecuentemente
lo aplaudían en la iglesia (Socrates, "Hist. eccl." VI). Nunca
olvidaron su cuidado por el pobre y el miserable, ni que en su primer año
había construido un gran hospital con el dinero ahorrado de sus gastos
domésticos. Pero Crisóstomo tenía también muy íntimos
amigos entre las clases ricas y nobles. La más famosa fue Olympias, viuda
y diacona, una familiar del Emperador Teodosio, mientras que en la Corte propiamente
dicha estaba Brison, primer acompañante de Eudoxia, quien asistía
a Crisóstomo en la instrucción de sus coros, y siempre mantuvo
una verdadera amistad por él. La emperatriz misma fue, desde el principio
de lo más amistosa con el nuevo obispo. Siguió las procesiones
religiosas, asistió a sus
sermones, y obsequió candelabros de plata para el uso de las iglesias
(Socrates, op. cit., VI, 8; Sozomenus, op. cit., VIII, 8).
Desafortunadamente, los sentimientos de amistad no duraron. Al principio Eutropio,
el antes esclavo, entonces ministro y cónsul, abusó de su influencia.
Privó a algunas personas ricas de sus propiedades, y persiguió
a otros de los que sospechaba fueran sus adversarios o rivales. Más de
una vez Crisóstomo fue él mismo a lo del ministro (ver "Oratio
ad Eutropium" en P.G., Chrys. Op., III, 392) para protestar ante el, y
a advertirle de los resultados de sus propios actos, pero sin éxito.
Entonces las damas arriba nombradas, quienes inmediatamente rodearon a la emperatriz,
probablemente no ocultaron su resentimiento contra el estricto obispo. Finalmente,
la misma emperatriz cometió una injusticia privando a una viuda de su
viñedo (Marcus Diac., "Vita Porphyrii", V, no. 37, en P.G.,
LXV, 1229). Crisóstomo intercedió por esta última. Pero
Eudoxia se mostró ofendida. Desde entonces hubo una cierta frialdad entre
la Corte imperial y el palacio episcopal, el cual, creciendo poco a poco, llevó
a una catástrofe. Es imposible determinar exactamente en que período
comenzó esta alienación, muy probablemente dató de comienzos
del año 401. Pero antes que este estado de las cosas se tornara conocido
para el público, ocurrieron eventos de la más alta importancia
política, y Crisóstomo, sin buscarlo, fue implicado en ellos.
Estos fueron la caída de Eutropio y la revuelta de Gainas.
En Enero de 399, Eutropio, por una razón no exactamente conocida, cayó
en desgracia. Conociendo los sentimientos de la gente y de sus enemigos personales,
huyó a la iglesia. Como él mismo había intentado abolir
la inmunidad del asilo eclesiástico no mucho tiempo antes, la gente pareció
poco dispuesta a perdonarlo. Pero Crisóstomo interfirió, entregando
su famoso sermón sobre Eutropio, y el caído ministro fue salvado
por el momento. Como, sin embargo, trató de escapar durante la noche,
fue capturado, exiliado, y poco tiempo después matado. Inmediatamente
le siguió otro evento más excitante y más peligroso. Gainas,
uno de los generales imperiales, había sido enviado a someter a Tribigild,
quien se había rebelado. En el verano de 399 Gainas se unió abiertamente
con Tribigild, y, para restaurar la paz, Arcadio tuvo que someterse a las más
humillantes condiciones. Gainas fue nombrado comandante en jefe del ejército
imperial, y hasta le tuvieron que ser entregados Aureliano y Saturnino, dos
hombres del más alto rango en Constantinopla. Parece que Crisóstomo
aceptó una misión ante Gainas, y que, debido a esta intervención
Aureliano y Saturnino fueron perdonados por Gaínas y hasta puestos en
libertad. Poco después, Gainas, que era un Godo Arriano, demandó
una de las iglesias Católicas de Constantinopla para él y para
sus soldados. Nuevamente Crisóstomo tuvo una oposición tan enérgica
que Gainas cedió. Mientras tanto el pueblo de Constantinopla se había
comenzado a excitar, y en una noche varios miles de Godos fueron asesinados.
Gainas sin embargo escapó, fue derrotado y asesinado por los Hunos. Tal
fue el fin en el lapso de pocos años de tres cónsules del Imperio
Bizantino. No hay duda que la autoridad de Crisóstomo se había
fortalecido grandemente por la magnanimidad y firmeza de carácter que
había demostrado durante todos estos conflictos. Puede haber sido esto
lo que aumentó los celos de aquellos que entonces gobernaban el imperio
– una camarilla de cortesanos con la emperatriz a la cabeza. A estos se
les unieron nuevos aliados de los rangos eclesiásticos incluyendo algunos
obispos provinciales – Severiano de Gabala, Antíoco de Ptolemais,
y, por algún tiempo, Acacio de Beroea – quienes preferían
las atracciones de la capital a residir en sus propias ciudades(Sócrates
, op. cit., VI, 11; Sozomenus, op. cit., VIII, 10). El más intrigante
entre ellos era Severiano, quien se adulaba a sí mismo diciendo que era
el rival de Crisóstomo en elocuencia. Pero hasta ese momento nada había
sido revelado en público. Un gran cambio ocurrió durante la ausencia
de Crisóstomo de Constantinopla por varios meses. Esta ausencia fue necesaria
por un asunto eclesiástico en Asia Menor, en el cual estaba involucrado.
Aceptando la expresa invitación de varios obispos, Crisóstomo,
en el primer mes de 401, fue a Efeso, donde designó un nuevo arzobispo,
y con el consentimiento de la asamblea de obispos depuso a seis obispos por
simonía. Tras haber fallado la misma sentencia sobre el Obispo Gerontio
de Nicomedia, regresó a Constantinopla.
Mientras tanto habían ocurrido allí cosas desagradables. El Obispo
Severiano, a quien Crisóstomo parece haberle encomendado el desempeño
de ciertas funciones eclesiásticas, había entrado en abierta enemistado
con Serapion, el archidiácono y oeconomus de la catedral y del palacio
episcopal. Cualquiera pueda haber sido la razón real, Crisóstomo
encontró el caso tan serio, que invitó a Severiano a que regresara
a su propia sede. Fue solamente debido a la intervención personal de
Eudoxia, cuya confianza poseía Serapión, que se le permitió
volver de Calcedonia, donde se había retirado.
La reconciliación que siguió no fue sincera, al menos de parte
de Severiano, y el escándalo público había excitado muchos
sentimientos enfermizos. Los efectos pronto fueron visibles. Cuando en la primavera
de 402, el Obispo Porfirio de Gaza (ver Marcus Diac., "Vita Porphyrii",
V, ed. Nuth, Bonn, 1897, pp. 11-19) fue a la Corte de Constantinopla a obtener
el favor para su diócesis, Crisóstomo le contestó que no
podía hacer nada por él, ya que él mismo había caído
en desgracia con la emperatriz. Sin embargo, el partido de los descontentos
no era realmente peligroso, a menos que pudieran encontrar algún líder
prominente e inescrupuloso. Tal persona se presentó más pronto
de lo que podrían haberlo esperado. Fue el bien conocido Teófilo,
Patriarca de Alejandría. Apareció bajo circunstancias bastante
curiosas, lo que de ningún modo anunciaba el resultado final. Teófilo,
hacia el fin del año 402, fue convocado por el emperador a Constantinopla
para disculparse ante el sínodo, que debería presidir Crisóstomo,
por varios cargos, que habían sido presentados en su contra por ciertos
monjes Egipcios, especialmente por los llamados cuatro “hermanos altos”.
El patriarca, su antiguo amigo, se había puesto repentinamente en su
contra, y los había perseguido como Origenistas (Palladius, "Dialogus",
xvi; Socrates, op. cit., VI, 7; Sozomenus, op. cit., VIII, 12).
Sin embargo, Teófilo no era fácilmente atemorizable. Siempre tenía
agentes y amigos en Constantinopla, y conocía el estado de las cosas
y los sentimientos en la corte. Entonces resolvió tomar ventaja de ellos.
Escribió de inmediato a San Epifanio a Chipre, pidiendo que fuera a Constantinopla
y convenciera a Crisóstomo de condenar a los Origenistas. Epifanio fue.
Pero cuando se dio cuenta que Teófilo estaba meramente usándolo
para sus propios propósitos, dejó la capital, muriendo en el regreso
en 403. En ese tiempo Crisóstomo pronunció un sermón contra
la vana lujuria de la mujer. Le fue reportado a la emperatriz como si ella hubiera
estado aludida en él. De esta manera el terreno estaba preparado. Teófilo
finalmente apareció en Constantinopla en Junio de 403, no solo, como
se le había ordenado, sino con veintinueve de sus obispos sufragantes,
como nos dice Palladius (ch.viii), con una buena cantidad de dinero y todo tipo
de regalos. Tomó alojamiento en uno de los palacios imperiales, y mantuvo
conferencias con los adversarios de Crisóstomo. Luego se retiró
con sus sufragantes y otros nueve obispos a una villa cerca de Constantinopla,
llamada epi dryn (see Ubaldi, "La Synodo ad Quercum", Turin, 1902).
Una larga lista de ridículas acusaciones fueron erigidas contra Crisóstomo
(ver Photius, "Bibliotheca", 59, en P.G., CIII, 105-113), quien, rodeado
por cuarenta y dos arzobispos y obispos reunidos para juzgar a Teófilo
de acuerdo con las órdenes de emperador, fue ahora convocado a presentarse
él mismo y disculparse. Crisóstomo naturalmente se rehusó
a reconocer la legalidad de un sínodo en el cual sus abiertos enemigos
fueran los jueces. Después de la tercera citación a Crisóstomo,
y con el consentimiento del emperador, se declaró que fuera depuesto.
A los efectos de evitar un inútil derramamiento de sangre, se rindió
al tercer día a los soldados que lo esperaban. Pero las amenazas del
excitado pueblo, y un repentino accidente en el palacio imperial, atemorizaron
a la emperatriz (Palladius, "Dialogus", ix). Ella temió algún
castigo del cielo por el exilio de Crisóstomo, y de inmediato ordenó
su restauración. Después de alguna vacilación Crisóstomo
re entró en la capital en medio de gran regocijo del pueblo. Teófilo
y sus partidarios se salvaron huyendo de Constantinopla. El retorno de Crisóstomo
fue, en si mismo, una derrota para Eudoxia. Cuando sus temores se fueron, revivió
su rencor. Dos meses después, una estatua de plata de la emperatriz fue
descubierta en la plaza justo frente a la catedral. Las celebraciones públicas
que asistieron a este incidente, y que duraron varios días, se hicieron
tan bulliciosas que molestaron los oficios en la iglesia. Crisóstomo
se quejó al prefecto de la ciudad, quien le informó a Eudoxia
que el obispo se había quejado de su estatua. Esto fue suficiente para
excitar a la emperatriz más allá de todo límite. Convocó
a Teófilo y a los otros obispos para que volvieran y depusieran a Crisóstomo
nuevamente. Sin embargo, el prudente patriarca, no deseaba correr el mismo riesgo
por una segunda vez. El solamente escribió a Constantinopla que Crisóstomo
debía ser condenado por haber reentrado a su sede en oposición
a un artículo del Sínodo de Antioquía mantenido en el año
341 (un sínodo Arriano). Los otros obispos no tenían ni la autoridad
ni el coraje para hacerle un juicio formal. Todo lo que ellos pudieron hacer
fue urgir al emperador a que firmara un nuevo decreto de exilio. Un doble atentado
contra la vida de Crisóstomo fracasó. En Vísperas de Pascua
de 404, cuando todos los catecúmenos estaban por recibir el bautismo,
los adversarios del obispo, con soldados imperiales, invadieron el baptisterio
y dispersaron a toda la congregación. Al final Arcadio firmó el
decreto, y el 24 de Junio de 404, los soldados condujeron a Crisóstomo
una segunda vez al exilio.
(5) Exilio y Muerte
Cuando ellos habían escasamente dejado Constantinopla, una inmensa conflagración
destruyó la catedral, el senado y otros edificios. Los seguidores del
obispo exiliado fueron acusado del crimen y perseguidos. Apresuradamente Arsacio,
un hombre viejo, fue designado sucesor de Crisóstomo, pero fue pronto
sucedido por el astuto Atico. Quienquiera que rehusara entrar en comunión
con ellos era castigado con la confiscación de su propiedad y el exilio.
En cuanto a Crisóstomo, fue conducido Cucusus, un aislado y escabroso
lugar en la frontera este de Armenia, continuamente expuesto a las invasiones
de los Isáuricos. En el siguiente año tuvo hasta que huir por
cierto tiempo al castillo de Arabisso para protegerse de esos bárbaros.
Mientras tanto siempre mantenía correspondencia con sus amigos y nunca
abandonó la esperanza de regresar. Cuando las circunstancias de esta
deposición fueron conocidas en el Occidente, el papa y los obispos italianos
se declararon en su favor. El emperador Honorio y el Papa Inocencio I intentaron
convocar un nuevo sínodo, pero sus delegados fueron apresados y enviados
a casa. El papa rompió toda comunión con los Patriarcas de Alejandría,
Antioquia (donde un enemigo de Crisóstomo había sucedido a Flaviano),
y Constantinopla, hasta que (después de la muerte de Crisóstomo)
consintieron admitir su nombre en los dípticos de la Iglesia. Finalmente
todas las esperanzas para el exiliado obispo se desvanecieron. Aparentemente
el estaba viviendo demasiado para sus adversarios. En el verano de 407. se dio
la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera extrema del imperio,
cerca del Caúcaso. Uno de los dos soldado que tuvo que llevarlo le causó
todo tipo de sufrimientos posibles. Fue forzado ha hacer largas marchas, fue
expuesto a los rayos del sol, a las lluvias y el frío de las noches.
Su cuerpo, ya debilitado por varias enfermedades severas, finalmente se quebró.
El 14 de Setiembre la partida estaba en Comanan en Ponto. En la mañana
Crisóstomo había pedido descansar allí considerando el
estado de su salud. En vano; fue forzado a continuar su marcha. Muy pronto se
sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas
después Crisóstomo murió. Sus últimas palabras fueron:
Doxa to theo panton eneken (Gloria a Dios por todas las cosas) (Palladius, xi,
38). Fue enterrado en Comana. El 27 de Enero de 438, su cuerpo fue trasladado
a Constantinopla con gran pompa, y puesto en una tumba en la iglesia de los
Apóstoles donde Eudoxia había sido enterrada en el año
404 (ver Socrates, VII, 45; Constantine Prophyrogen., "Cæremoniale
Aul Byz.", II, 92, in P.G., CXII, 1204 B).
II LOS ESCRITOS DE SAN CRISÓSTOMO
Crisóstomo ha merecido un lugar en la historia eclesiástica, no
simplemente como Obispo de Constantinopla, sino principalmente como Doctor de
la Iglesia. No poseemos tantos escritos de ningún otro de los Padres
Griegos. Podemos dividirlos en tres porciones, los “opúsculos”,
las “homilías” y las “cartas”. (1) Los principales
“opúsculos” datan todos de los tempranos días de actividad
literaria. Los siguientes se ocupan de materias monásticas: "Comparatio
Regis cum Monacho" ("Opera", I, 387-93, in P.G., XLVII-LXIII),
"Adhortatio ad Theodorum (Mopsuestensem?) lapsum" (ibid., 277-319),
"Adversus oppugnatores vitae monasticae" (ibid., 319-87). Aquellos
que tratan materias ascéticas están en general en el tratado "De
Compunctione" en dos libros (ibid., 393-423), "Adhortatio ad Stagirium"
en tres libros (ibid., 433-94), "Adversus Subintroductas" (ibid.,
495-532), "De Virginitate" (ibid., 533-93), "De Sacerdotio"
(ibid., 623-93). (2) Entre las “homilías” tenemos que distinguir
comentarios sobre libros de las Sagradas Escrituras, grupos de “homilías”
(sermones) sobre temas especiales, y un gran número de homilías
aisladas. (a) Los principales “comentarios” sobre el Viejo Testamento
son las sesenta y siete homilías “Sobre el Génesis”
(con ocho sermones sobre el Génesis, que son probablemente una primera
revisión (IV, 21 sqq., y ibid., 607 sqq.); cincuenta y nueve homilías
“Sobre los Salmos” (4-12, 41, 43-49, 108-117, 119-150) (V, 39-498),
concerniente a las cuales ver Chrys. Baur, "Der urspr ngliche Umfang des
Kommentars des hl. Joh. Chrysostomus zu den Psalmen" en Chrysostomika,
fase. i (Roma, 1908), 235-42, un comentario sobre los primeros capítulos
de "Isaias" (VI, 11 sqq.). Los fragmentos de Job (XIII, 503-65) son
espurios (ver Haidacher, "Chrysostomus Fragmente" en Chrysostomika,
I, 217 sq.); la autenticidad de los fragmentos sobre Proverbios (XIII, 659-740),
sobre Jeremias y Daniel (VI, 193-246), y la Sinopsis del Viejo y Nuevo Testamento
(ibid., 313 sqq.), es dudosa. Los principales comentarios sobre el Nuevo Testamento
son las primeras noventa homilías sobre “San Mateo” (alrededor
del año 390, VII), ochenta y ocho homilías sobre “San Juan”
(c. 389; VIII, 23 sqq – probablemente de una edición posterior),
cincuenta y cinco homilías sobre “los Hechos” ( como fuera
preservada por estenógrafos, IX, 13 sqq.), y homilías “Sobre
todas las Epístolas de San Pablo” (IX, 391 sqq.). Los mejores y
más importantes comentarios son aquellos sobre los Salmos, sobre San
Mateo y sobre la Epístola a los Romanos (escrita c.391). Las treinta
y cuatro homilías sobre la Epístola a los Galatas también
es probable que llegue a nosotros de un segundo editor. (b) Entre las “homilías
formando grupos conexos”, podemos mencionar especialmente cinco homilías
“Sobre Ana” (IV, 631-76), tres “Sobre David” (ibid.,
675-708), sseis "Sobre Ozias" (VI, 97-142), ocho "Contra los
Judíos" (II, 843-942), doce "De Incomprehensibili Dei Natur
" (ibid., 701-812), y las siete famosas homilías "Sobre San
Pablo" (III, 473-514). (c) Un gran número de “homilías
individuales” tratan de temas morales, de ciertas fiestas o santos. (3)
Las “Cartas” de Crisóstomo (alrededor de un número
de 238: III, 547 sqq.) fueron todas escritas durante su exilio. De especial
valor por sus contenidos naturaleza íntima son las diecisiete cartas
a la diácona Olimpia. Entre las numerosas “Apocrypha” podemos
mencionar la liturgia atribuida a Crisóstomo, quien quizás modificó,
pero no compuso el antiguo texto. El más famoso apocryphon es la “Carta
a Cesarius” (III, 755-760). Contiene un pasaje sobre la santa Eucaristía
que parece favorecer la teoría de “impanatio”, y las disputas
sobre ella han continuado por más de dos siglos. El más importante
trabajo espurio en Latín es el "Opus imperfectum", escrito
por un Arriano en la primera mitad del siglo quinto. (ver Th. , "Das Opus
impefectum in Matthæum", Tübingen, 1907).
III. LA IMPORTANCIA TEOLÓGICA DE CRISÓSTOMO
(1) Crisóstomo como Orador.
El éxito de Crisóstomo predicando se debe principalmente a su
gran facilidad natural de palabra, la que era extraordinaria aún para
los griegos, a la abundancia de sus pensamientos como así también
a la popular forma de presentarlos y de ilustrarlos, y, por último pero
no menos importante, la sinceridad de todo corazón y la convicción
con el que entregaba el mensaje el cual sentía le había sido entregado
a él. Las explicaciones especulativas no atraían su mente, ni
se hubieran adecuado a los gustos de sus oyentes. Ordinariamente prefería
materias morales y muy pocas veces seguía en sus sermones un plan regular,
ni tampoco se cuidaba de evitar disgresiones cuando cualquier oportunidad la
sugería. De este modo, no es de ninguna manera modelo para nuestra moderna
prédica temática, la cual, aunque podamos lamentarlo, ha subplantado
en tan gran medida al viejo método homiliético. Pero los frecuentes
arrebatos de aplausos entre su congregación pueden haberle dicho a Crisóstomo
que estaba en la senda correcta.
(2) Crisóstomo como exégeta
Como exégeta Crisóstomo es de la mayor importancia, ya que es
el principal y casi el único exitoso representante de los principios
exegéticos de la Escuela de Antioquía. Diodoro de Tarso lo había
iniciado en el métod gramático-histórico de esa escuela,
el que estaba en fuerte oposición a la interpretación excéntrica,
alegórica y mística de Orígenes y la Escuela Alejandrina.
Pero Crisóstomo correctamente evitó forzar sus principios hasta
el extremo al que, más tarde los llevó, su amigo Teodoro de Mopsuestia,
el maestro de Nestorio. Él ni siquiera excluyó todas las explicaciónes
alegóricas o místicas, pero las confino a casos en los cuales
el propio autor inspirado sugería este significado.
(3) Crisóstomo como Teólogo Dogmático
Como ya ha sido dicho, Crisóstomo no era una mente especulativa, ni estuvo
durante su vida involucrado en grandes controversias dogmáticas. No obstante
sería un error menospreciar los grandes tesoros teológicos que
esconden sus escritos. Desde los comienzos fue considerado por los Griegos y
los Latinos como un muy importante testigo de la Fe. Aún en el Concilio
de Efeso (431) ambos partidos, San Cirilo y los Antioques, ya lo invocaban en
favor de sus opiniones, y en el Séptimo Concilio Ecuménico, cuando
un pasaje de Crisóstomo había sido leido en favor de la veneración
de imágenes, el Obispo Pedro de Nicomedia exclamó: “ Si
Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, quien se atrevería
a hablar contra ellas?” lo que muestra claramente el progreso que había
hecho su autroidad para esa fecha.
Curiosamente, en la Iglesia Latina, Crisóstomo fue invocado aún
antes como una autoridad en materia de fe. El primer escritor que lo citó
fue Pelagio, cuando escribió su perdido libro "De Naturæ"
contra San Agustín (c. 415). El propio Obispo de Hippo, poco tiempo después
(421) reclamó por la enseñanza Católica de Crisóstomo
en su controversia con Julián de Eclanum, quien le había opuesto
un pasaje de Crisóstomo (de "Hom. ad Neophytos", conservado
solamente en latín ) como si estuviera contra el pecado original (ver
Chrys. Baur, "L'entrée littéraire de St. Jean Chrys. dans
le monde latin" e la "Revue d'histoire ecclés.", VIII,
1907, 249-65). Nuevamente, en tiempo de la Reforma, crecieron largas y ácidas
discusiones sobre si Crisóstomo era un Protestante o un Católico,
y esas polemicas no han cesado nunca totalmente. Es cierto que Crisóstomo
tiene algunos extraños pasajes en nuestra Bendita Señora [ver
Newman, "Certain difficulties felt by Anglicans in Catholic Teachings"
(Ciertas dificultades sentidas por los Anglicanos en las Enseñanzas Católicas),
Londres, 1876, pp. 130 sqq.], que parece ignorar la confesión privada
a un sacerdote, que no hay ningun pasaje claro y directo en favor de la primacía
del papa. Pero debe ser recordado que ninguno de los respectivos pasajes contienen
nada positivo contra la actual doctrina Católica. Por otro lado, Crisóstomo
explícitamente reconoce como una regla de fe a la tradición (XI,
488), como prescripta por la enseñanza autorizada de la Iglesia (I, 813).
Esta Iglesia, dice, es sólo una, por la unidad de su doctrina (V, 244;
XI, 554); está esparcida por todo el mundo, es la unica Novia de Cristo
(III, 229, 403; V, 62; VIII, 170). Con relación a la Cristología,
Crisóstomo sostiene claramente que Cristo es Dios y hombre en una persona,
pero nunca entra en un más profundo examen del modo de esta unión.
Su doctrina con relación a la Eucaristía es de gran importancia.
No puede haber la más leve duda de que enseña la Presencia Real,
y sus expresiones sobre el cambio forjado por las palabras del sacerdote son
equivalentes a la doctrina de la transubstanciación (ver Naegle, "Die
Eucharistielehre des hl. Joh. Chry.", 74 sq.).
Un completo análisis y crítica de la enorme literatura
sobre Crisóstomo (desde el siglo dieciseis al veinte) es dada por BAUR,
S. Jean Chrysostome et ses oeuvres dans l'histoire litt raire (Paris y Lovaina,
1907), 223-297.
(1) VIDA DE CRISOSTOMO. (a) Fuentes. -- PALLADIUS, Dialogue cum Theodoro, Ecclesioe
Romanoe Diacono, de vit et conversatione b. Joh. Chrysostomi(escrito c. 408;
mejor fuente; ed. BIGOT, Paris, 1680; P.G., XLVII, 5-82) MARTYRIUS, Panegyricus
in S. Joh. Chrysostomum (escrito c. 408; ed. P.G., loc. cit., XLI-LII); SOCRATES,
Hist. Eccl., VI, 2-23, and VII, 23, 45 (P.G., LXVII, 661 sqq.); SOZOMENUS, Hist.
eccl., VIII, 2-28 (P.G.,ibid., 1513 sqq.), más completa que Socrates,
de quien depende; THEODORET, Hist. eccl., V, 27-36; P.G., LXXXII, 1256-68, no
siempre confiable; ZOSIMUS, V, 23-4 (ed. BEKKER, p. 278-80, Bonn. 1837), no
confiable.
(b)Autores posteriores. -- THEODORE OF THRIMITUS, (P.G., XLVII, col. 51-88),
sin valor, escrito alrededor de fines del siglo séptimo; (PSEUDO-) GEORGIUS
ALEXANDRINUS, ed. SAVILE, Chrys. opera omnia (Eton, 1612), VIII, 157-265 (8th
- 9th century); LEO IMPERATOR, Laudatio Chrys. (P.G., CVII, 228 sqq.); ANONYMUS,
(ed. SAVILE, loc. cit., 293-371); SYMEON METAPHRASTES, (P.G., CXIV, 1045-1209).
(c) Biografías modernas. -- Inglés: STEPHENS, Saint John Chrysostom,
his life and times, a sketch of the Church and the empire in the fourth century
(London, 1871; 2nd ed., London, 1880), la mejor biografía en Inglés,
pero anglicaniza la doctrina de Crisóstomo; BUSH, The Life and Times
of Chrysostom (London, 1885), un tratado popular. Francés: HERMANT, La
Vie de Saint Jean Chrysostome . . . divis e en 12 livres (Paris, 1664; 3rd ed.,
Paris, 1683), la primera biografía científica; DE TILLEMONT, M
moires pour servir l'histoire eccl siastique des six premiers si cles, XI, 1-405,
547-626 (importante por la cronología); STILTING, De S. Jo. Chrysostomo
. . . Commentarius historicus in Acta SS., IV, Sept., 401-700 (1st ed., 1753),
la mejor biografía científica en Latin; THIERRY, S. Jean Chrysostome
et l'imp ratrice Eudoxie (Paris, 1872; 3rd ed., Paris, 1889), "mas romance
que historia"; PUECH, Saint Jean Chrysostome (Paris, 1900); 5th ed., Paris,
1905), popular y para ser leida con cautela. Alemán: NEANDER, Der hl.
Joh. Chrysostomus und die Kirche, besonders des Orients, in dessen Zeitalter,
2 vols. (Berlin, 1821 - 22; 4th ed., Berlin 1858); first vol., traducida al
Ingles por STAPLETON (London, 1838), da cuenta de la doctrina de Crisóstomo
con una opinion protestante; LUDWIG, Der hl. Joh. Chrys. in seinem Verh liniss
zum byzantinischen Hof. (Braunsberg, 1883), científica. Crisóstomo
como orador: ALBERT, S. Jean Chrysostome consid r comme orateur populaire (Paris,
1858); ACKERMANN, Die Beredsamkeit des hl. Joh. Chrys. (W rzburg, 1889); cf.
WILLEY, Chrysostom: The Orator (Cincinnati, 1908), esayo popular.
(2) ESCRITOS DE CRISÓSTOMO. (a) Cronología. -- Ver TILLEMONT,
STILTING, MONTFAUCON, Chrys. Opera omnia; USENER, Religionsgeschichtliche Untersuchungen,
I (Bonn, 1889), 514-40; RAUSCHEN, Jahrb cher der christl. Kirche unter dem Kaiser
Theodosius dem Grossen (Freiburg im Br., 1897), 251-3, 277-9, 495-9; BATIFFOL,
Revue bibl., VIII, 566-72; PARGOIRE, Echos d'Orient, III 151-2; E. SCHARTZ,
J dische und chrisl. Ostertafeln (Berlin, 1905), 169-84.
(b) Autenticidad -- HAIDACHER, Zeitschr. f r Kath. Theologie, XVIII-XXXII; IDEM,
Deshl. Joh. Chrys. Buchlein ber Hoffart u. Kindererziehung (Freiburg, im Br.,
1907).
(3) LA DOCTRINA DE CRISÓSTOMO. MAYERUS, Chrysostomus Lutheranus (Grimma,
1680: Wittenberg, 1686); HACKI, D. Jo. Chrysostomus . . . a Lutheranismo . .
. vindicatus (Oliva, 1683); F RSTER, Chrysostomus in seinem Verh ltniss zur
antiochen. Schule (Gotha, 1869); CHASE, Chrysostom, A Study in the History of
Biblical Interpretation (London, 1887); HAIDACHER, Die Lehre des hl. Joh. Chrys.
ber die Schriftinspiration (Salzburg, 1897); CHAPMAN, St. Chrysostom on St.
Peter in Dublin Review (1903), 1-27; NAEGLE, Die Eucharistielehre des hl. Johannes
Chrysostomus, des Doctor Eucharisti (Freiburg im Br., 1900).
(4) EDICIONES. (a) Completas. -- SAVILE (Eton, 1612), 8 volumenes (el mejor
texto); DUCAEUS, (Paris, 1609-1636), 12 vols.; DE MONTFAUCON, (Paris, 1718-1738),
13 vols.; MIGNE, P.G., XLVII - LXIII.
(b) Parciales. -- FIELD, Homilies in Matth. (Cambridge, 1839), 3 vols., el mejor
texto actual reimpreso por MIGNE, LVII - LVIII; IDEM, Homilioe in omnes epistolas
Pauli (Oxford, 1845-62), VII. La última edición crítica
de De Sacerdotio fue editada por NAIRN (Cambridge, 1906). Existen cerca de 54
ediciones completas (e cinco idiomas), 86 porciento ediciones especiales de
De Sacerdotio (en doce idiomas), y la totalidad de las ediciones (completas
y especiales) está largamente por sobre las 1000. Las ediciones más
viejas son en Latín; de las cuales hay cuarenta y seis diferentes ediciones
de incunables (de antes del año 1500) . Ver DIODORUS OF TARSUS, METETIUS
OF ANTIOCH, ORIGENISTS, PALLADIUS, THEODORE OF MOPSUESTIA.
CHRYS. BAUR.
Transcrito por Mike Humphrey
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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