Nacido en Damasco, hacia el año 676; muerto en algún momento
entre los años 754 y 787. La única biografía del santo existente
es la de Juan, Patriarca de Jerusalén, que data del Siglo X (P.G.
XCIV, 429-90). Esta vida es la única fuente de la que han sido
extraídos los materiales de todas sus noticias biográficas.
Es extremadamente insatisfactoria desde el punto de vista de la crítica
histórica. Una exasperante falta de detalles, una pronunciada tendencia
legendaria, y un estilo indigesto son sus principales características.
Probablemente el nombre del padre de Juan fue Mansur. Lo poco que se sabe
de él indica que era un excelente cristiano al que el ambiente
infiel no afectaba en su fervor religioso. Aparentemente su adhesión
a la verdad cristiana no constituía ofensa a los ojos de sus compatriotas
sarracenos, pues parece haber gozado de su estima en grado eminente, y
haberse hecho cargo de los deberes de principal funcionario financiero
del califa, Abdul Malek. El autor de la vida sólo registra el nombre
de dos de sus hijos, Juan y su medio hermano Cosme. Cuando el futuro apologista
hubo alcanzado la edad de veintitrés años su padre buscó
un tutor cristiano capaz de dar a sus hijos la mejor educación
que permitía la época En esto fue singularmente afortunado.
Estando un día en la plaza del mercado descubrió entre los
cautivos tomados en una reciente expedición a las costas de Italia
a un monje siciliano llamado Cosme. La investigación le demostró
que era un hombre de profunda y amplia erudición. Por medio de
la influencia del califa, Mansur consiguió la libertad del cautivo
y lo nombró tutor de sus hijos. Bajo la tutela de Cosme, Juan hizo
tan rápidos progresos que, en el lenguaje entusiasta de su biógrafo,
pronto igualó a Diofanto en álgebra y a Euclides en geometría.
Iguales progresos hizo en música, astronomía y teología.
A la muerte de su padre, Juan Damasceno fue hecho protosimbolos, o alcalde,
de Damasco. Fue durante el ejercicio de este cargo cuando la Iglesia de
Oriente comenzó a verse agitada por los primeros rumores de la
herejía iconoclasta. En 726, a despecho de las protestas de Germán,
Patriarca de Constantinopla, León el Isáurico publicó
su primer edicto contra la veneración de las imágenes. Desde
su seguro refugio en la corte del califa, Juan Damasceno inmediatamente
se implicó contra él, en defensa de esta antigua tradición
de los cristianos. No sólo se opuso personalmente al monarca bizantino,
sino que promovió la resistencia del pueblo. En 730 el Isáurico
publicó un segundo edicto, en el que no sólo prohibía
la veneración de las imágenes, sino que incluso impedía
su exhibición en lugares públicos. A este decreto real replicó
el Damasceno con un vigor aún mayor que antes, y mediante la adopción
de un estilo más sencillo puso el punto de vista cristiano de la
controversia al alcance de la gente de la calle. Una tercera carta subrayaba
lo que ya había dicho y advertía al emperador de que tuviera
cuidado con las consecuencias de su ilegal acción. Naturalmente,
estas poderosas apologías suscitaron la ira del emperador bizantino.
Habiendo conseguido una carta autógrafa escrita por Juan Damasceno,
falsificó una carta, de letra exactamente igual, dando a entender
que había sido escrita por Juan a el Isáurico, y que le
ofrecía entregar en sus manos la ciudad de Damasco. Envió
la carta al califa. No obstante la formal declaración de inocencia
del consejero, aquél la aceptó como genuina y ordenó
que la mano que la escribió se le cortara por la muñeca.
La sentencia fue ejecutada, pero, según su biógrafo, por
intervención de la Santísima Virgen, la mano amputada fue
milagrosamente restaurada.
El califa, convencido ahora de la inocencia de Juan, lo habría
repuesto con gusto en su anterior cargo, pero el Damasceno había
oído una llamada a una vida superior, y con su hermanastro entró
en el monasterio de San Sabas, a unas dieciocho millas al sudeste de Jerusalén.
Tras la habitual probación, Juan V, Patriarca de Jerusalén,
le confirió el ministerio del sacerdocio. En 754 el pseudo-Sínodo
de Constantinopla, reunido por orden de Constantino Coprónimo,
el sucesor de León, confirmó los principios de los iconoclastas
y anatematizó por su nombre a los que se habían opuesto
a ellos de manera destacada. Pero la mayor parte del rencor del concilio
se reservó para Juan de Damasco. Se le llamó “maldito
favorecedor de los sarracenos”, “traicionero adorador de imágenes”,
“ofensor de Jesucristo”, “maestro de impiedad”
y “mal intérprete de las Escrituras”. Por orden del
emperador su nombre fue escrito “Manzer” (Manzeros, bastardo).
Pero el Séptimo Concilio Ecuménico de Nicea (787) hizo abundantes
rectificaciones a los insultos de sus enemigos, y Teófanes, escribiendo
en 813, nos dice que fue apodado Crisorroas (corriente de oro) por sus
amigos por sus dotes oratorias. En el pontificado de León XIII
fue incluido entre los doctores de la Iglesia. Su fiesta se celebra el
27 de Marzo.
Juan de Damasco fue el último de los Padres griegos. Su genio
no fue el del desarrollo teológico original, sino el de la compilación
de carácter enciclopédico. De hecho, el estado de pleno
desarrollo al que había sido llevado el pensamiento teológico
por los grandes escritores griegos y los concilios le dejaban poco más
que la labor de un enciclopedista; y esta obra la realizó de manera
tal que mereció la gratitud de todas las épocas posteriores.
Algunos le consideran el precursor de los escolásticos, mientras
que otros lo consideran como el primer escolástico, y a su “De
fide orthodoxa” como la primera obra del Escolasticismo. También
los árabes deben no poco de la fama de su filosofía a su
inspiración. La más importante y mejor conocida de todas
sus obras es aquella a la que el propio autor dio el nombre de “Fuente
de sabiduría” (pege gnoseos).
Esta obra se ha tenido siempre en la máxima estima tanto por la
Iglesia Católica como por la Griega. Su mérito no es el
de la originalidad, pues el autor afirma, al final del segundo capítulo
de la “Dialéctica”, que no es su propósito exponer
sus propias opiniones, sino más bien cotejar y resumir en una única
obra las opiniones de los grandes escritores eclesiásticos anteriores
a él. Se le concede un interés especial porque es el primer
intento de una summa theologica que ha llegado hasta nosotros.
La “Fuente de la sabiduría” se divide en tres partes,
a saber, “Capítulos filosóficos” (Kephalaia
philosophika), “Referente a la herejía” (peri aipeseon),
y “Una exacta exposición de la Fe Ortodoxa” (Ikdosis
akribes tes ortodoxou pisteos). El título del Libro primero es
en cierto modo demasiado genérico para su contenido y por consiguiente
se le llama más comúnmente “Dialéctica”.
Con excepción de los quince capítulos que tratan exclusivamente
de lógica, tiene principalmente que ver con la ontología
de Aristóteles. Es en gran medida un sumario de las Categorías
de Aristóteles junto con la “Isagoge”de Porfirio (Eisagoge
eis tas kategorias). La intención de Juan Damasceno parece haber
sido dar a sus lectores únicamente el conocimiento filosófico
que era necesario para comprender las partes siguientes de la “Fuente
de la sabiduría”. Por más de una razón la “Dialéctica”
es una obra de interés inusual. En primer lugar es un listado de
la terminología técnica utilizada por los Padres griegos,
no sólo contra los herejes, sino también en la exposición
de la Fe en beneficio de los cristianos. Es interesante, también,
por la razón de que es una exposición parcial del “Organon”,
y por la aplicación de sus métodos a la teología
católica un siglo antes de que hiciera su aparición la primera
traducción árabe de Aristóteles. La segunda parte,
“Referente a la herejía”, es poco más que la
copia de una obra similar de Epifanio, puesta al día por Juan Damasceno.
De hecho el autor niega expresamente su originalidad, excepto en los capítulos
dedicados al Islamismo, la Iconoclastia y los Aposquitas. A la lista de
ochenta herejías que forman el “Panarion” de Epifanio,
añadió veinte herejías que habían brotado
desde su época. Al tratar del Islamismo, ataca vigorosamente las
prácticas inmorales de Mahoma y las corruptas enseñanzas
incluidas en el Corán para legalizar los delitos del profeta. Como
Epifanio, acaba la obra con una ferviente profesión de Fe. La autoría
de Juan sobre este libro se ha discutido, por la razón de que el
autor, al tratar del Arrianismo, habla de Arrio, que murió cuatro
siglos antes de la época del Damasceno, como viviendo aún
y causando la ruina espiritual de su pueblo. La solución de la
dificultad se encuentra en el hecho de que Juan Damasceno no resumió
el contenido del “Panarion”, sino que lo copió literalmente.
De ahí que el pasaje referido esté en las términos
exactos de Epifanio, que era contemporáneo de Arrio.
“Referente a la Fe Ortodoxa”, el tercer libro de la “Fuente
de la sabiduría”, es el más importante de los escritos
de Juan Damasceno y una de las más notables obras de la antigüedad
cristiana. Su autoridad ha sido siempre grande entre los teólogos
de Oriente y Occidente. Aquí, de nuevo, el autor modestamente rechaza
toda pretensión de originalidad – cualquier propósito
de intentar una nueva exposición de la verdad doctrinal. Se asigna
la tarea menos pretenciosa de recoger en una sola obra las opiniones de
los autores antiguos dispersas por muchos volúmenes, y de sistematizarlas
y relacionarlas en un conjunto lógico. No es poco para el crédito
de Juan de Damasco que fuera capaz de dar a la Iglesia en el Siglo VIII
su primer resumen de opiniones teológicas relacionadas. Por orden
de Eugenio III se tradujo al latín por Burgundio de Pisa, en 1150,
poco antes de que apareciera el “Libro de Sentencias” de Pedro
Lombardo. Esta traducción fue utilizada por Pedro Lombardo y Santo
Tomás de Aquino tanto como por otros teólogos, hasta que
los humanistas la desecharon por otra más elegante. El autor sigue
el mismo orden que Teodoreto de Ciro en su “Resumen de Doctrina
Cristiana”. Pero, mientras que imita el plan general de Teodoreto,
no hace uso de su método. Cita, no sólo de las páginas
de la Sagrada Escritura, sino también de los escritos de los Padres.
Como resultado, su obra es un inagotable tesoro de la tradición
que se convierte en el modelo para los grandes escolásticos que
vinieron después. En particular extrae generosamente de Gregorio
Nacianceno, cuyas obras parece haber absorbido, de Basilio, Gregorio de
Nisa, Cirilo de Alejandría, León Magno, Atanasio, Juan Crisóstomo,
y Epifanio. La obra se divide en cuatro libros. Esta división,
sin embargo, es arbitraria, ni contemplada por el autor ni justificada
por el manuscrito griego. Es probablemente obra de un traductor latino
que pretendía acomodarla al estilo de los cuatro libros de las
“Sentencias” de Pedro Lombardo.
El primer libro de “La Fe Ortodoxa” trata de la esencia y
existencia de Dios, la naturaleza divina y la Trinidad. Como evidencia
de la existencia de Dios cita la concurrencia de opiniones entre los iluminados
por la Revelación y los que tienen sólo la luz de la razón
para guiarlos. Con la misma finalidad emplea el argumento sacado de la
mutabilidad de las cosas creadas y el de su designio. Tratando, en el
segundo libro, del mundo físico, resume todas las opiniones de
su época, sin comprometerse, sin embargo, con ninguna de ellas.
En el mismo tratado revela un conocimiento global de la astronomía
de su tiempo. Aquí también se dedica espacio a la consideración
de la naturaleza de los ángeles y los demonios, el paraíso
terrestre, las propiedades de la naturaleza humana, la presciencia de
Dios, y la predestinación. Tratando del hombre (c. xxvii)da lo
que acertadamente se ha llamado “psicología en embrión”.
Contrariamente a las enseñanzas de Plotino, el maestro de Porfirio,
identifica mente y alma. En el tercer libro se discute con gran habilidad
acerca de la personalidad y doble naturaleza de Cristo. Esto conduce a
la consideración de la herejía monofisita. En relación
con esto trata de la añadidura de Pedro Fullo al “Trisagio”,
y combate la interpretación de Anastasio de este antiguo himno.
Este último, que era abad del monasterio de San Eutimio en Palestina,
refería el “Trisagio” sólo a la Segunda Persona
de la Trinidad. En su carta “Referente al Trisagio” Juan Damasceno
sostiene que el himno no se aplica al Hijo solo, sino a cada Persona de
la Santísima Trinidad. Este libro también contiene una enérgica
defensa del derecho de la Santísima Virgen al título de
“Theotokos”. Se enfrenta vigorosamente con Nestorio por intentar
sustituir el título de “Madre de Dios” por el de “Madre
de Cristo”. Las Escrituras se discuten en el cuarto libro. Al asignar
veintidós libros al Canon del Antiguo Testamento está tratando
del Canon hebreo, y no del cristiano, tal cómo lo encuentra en
una obra de Epifanio, “De ponderibus et mensuris”. Su tratamiento
en este libro de la Presencia Real es especialmente satisfactorio. El
capítulo diecinueve contiene un poderoso alegato en pro de la veneración
de las imágenes.
El tratado “Contra los Jacobitas”, se escribió a petición
de Pedro, Metropolitano de Damasco, quien le impuso la tarea de reconducir
a la Fe al obispo jacobita. Es una dura polémica contra los Jacobitas,
que es como se llamaban los Monofisitas de Siria También escribió
contra los Maniqueos y los Monotelitas. El “Folleto referente al
juicio recto” es poco más que una profesión de Fe,
confirmada por argumentos que exponen los misterios de la Fe, especialmente
la Trinidad y la Encarnación. Aunque Juan de Damasco escribió
voluminosamente sobre las Escrituras, como en el caso de tantos de sus
escritos, su obra lleva escasamente la marca de la originalidad. Sus “Pasajes
selectos” (Loci selecti), como él mismo admite, están
tomados en gran medida de las homilías de San Juan Crisóstomo
y añadidas como comentarios a textos de las Epístolas de
San Pablo. El comentario sobre las Epístolas a los Efesios, Filipenses,
Colosenses, y Tesalonicenses está tomado de San Cirilo de Alejandría.
Los “Paralelos sagrados” (Sacra parallela) es una especie
de concordancia tópica que trata principalmente de Dios, el hombre,
las virtudes y los vicios.
Bajo el título general de “Homilías” escribió
catorce discursos. El sermón sobre la Transfiguración, del
que Lequien afirma que se pronunció en la iglesia del Monte Tabor,
es de excelencia mayor de la habitual. Se caracteriza por la elocuencia
dramática, la vívida descripción, y la riqueza de
imaginería. En él discurre sobre su tópico favorito,
la doble naturaleza de Cristo, cita los textos clásicos de las
Escrituras en testimonio de la primacía de Pedro, y atestigua la
doctrina católica de la Penitencia sacramental. En su sermón
sobre el Sábado Santo diserta sobre el cumplimiento pascual y la
Presencia real.
La Anunciación es el texto de un sermón, que ahora existe
sólo en la versión latina de un texto árabe, en el
que atribuye diversas bendiciones a la intercesión de la Santísima
Virgen. El segundo de sus tres sermones sobre la Asunción es especialmente
notable por su detallado relato de la traslación del cuerpo de
la Santísima Virgen al cielo, un relato, advierte, que se basa
en la tradición más antigua y digna de confianza. Tanto
Liddledale como Neale consideran a Juan de Damasco como el príncipe
de los autores de himnos griego. Sus himnos se contienen en los “Carmina”
de la edición de Lequien. Los “cánones” de la
Navidad, Epifanía y Pentecostés están escritos en
trímetros yámbicos. Tres de sus himnos se han hecho ampliamente
conocidos y admirados en su versión inglesa – “Esas
moradas eternas”, “Venid fieles, elevad el ánimo”,
y “Este es el día de la Resurrección”. El más
famoso de los cánones es el de Pascua. Es un canto de triunfo y
de acción de gracias – el “Te Deum” de la Iglesia
Griega. Es una opinión tradicional, últimamente controvertida,
que Juan Damasceno compuso el “Octoëchos”, que contiene
himnos litúrgicos utilizados por la Iglesia Griega en sus servicios
dominicales. Gerbet, en su “Historia de la Música sacra”,
le acredita de haber hecho para Oriente lo que Gregorio Magno llevó
a cabo en Occidente—la sustitución por notas y otros caracteres
musicales de las letras del alfabeto para indicar cantidades musicales.
Es seguro que adaptó la música coral a las finalidades de
la Liturgia. Entre las diversas obras que se atribuyen dudosamente a Juan
Damasceno la más importante es la novela titulada “Barlaam
y Josafat”. A lo largo de la Edad Media gozó de una amplísima
popularidad en todos los idiomas. No se considera auténtica por
Lequien, y el descubrimiento de una versión siríaca de la
“Apología de Arístides” demuestra que lo que
equivale a dieciséis páginas impresas de ella fue tomada
directamente de Arístides. El panegírico de Santa Bárbara,
aunque aceptado por Lequien como genuino, es rechazado por muchos otros.
El tratado titulado “Referente a los que han muerto en la Fe”
es rechazado como espurio por Suárez, Belarmino y Lequien, no sólo
por sus discrepancias doctrinales, sino también por su carácter
fabuloso. La primera edición griega de las obras de Juan Damasceno
fue la de la “Exacta exposición de la Fe Ortodoxa”
publicada en Verona (1531) bajo los auspicios de Gian Matteo Giberti,
obispo de Verona. Otra edición griega de la misma obra se publicó
en Moldavia (1715) por Ioan Epnesinus. También se imprimió
una edición latina en París (1507), por Jacobus Faber. Henry
Gravius, O.P., publicó una edición latina en Colonia (1546)
que contenía las siguientes obras: “Dialéctica”,
“Instrucción elemental y dogmática”, “Referente
a las dos voluntades y operaciones”, y “Referente a la herejía”.
Una edición greco-latina con una introducción de Mark Hopper
hizo su aparición en Basilea (1548). Una edición similar,
pero mucho más completa se publicó en el mismo lugar en
1575. Otra edición latina, que constituye una colección
parcial de las obras del autor es la de Michel Lequien, O.P., publicada
en París (1717) y Venecia (1748). A la reimpresión de esta
edición, P.G., XCIV-XCVI (París, 1864), Migne ha añadido
un suplemento de obras atribuidas por algunos a la autoría de Juan
Damasceno.
JOHN B. O’CONNOR
Transcrito por Anthony A. Killeen
En Memoria del P. Cyril Power S.J.
Traducido por Francisco Vázquez
[N. del T: Tras la reforma del calendario romano llevada a cabo por Pablo
VI después del Concilio Vaticano II, la fiesta de S. Juan Damasceno
se trasladó al 4 de Diciembre]