Nacido en Montemayor el Nuevo, Portugal, el 8 de Marzo de 1495, de devotos
padres Cristianos; muerto en Granada, el 8 de Marzo de 1550. Las maravillas
que acompañaron el nacimiento del santo anunciaban una vida polifacética
en sus intereses, pero dominada de principio a fin por la fidelidad implícita
a la gracia de Dios. Un sacerdote español a quien siguió a Oropesa,
España, a sus nueve años lo dejó a cargo del principal
pastor del lugar, de quien gradualmente se hizo querer por medio de su puntualidad
y fidelidad en el servicio, así como su piedad ardiente. Cuando había
llegado a la edad viril, para escapar al bien intencionado, pero persistente,
ofrecimiento de su maestro de casarlo con su hija, Juan ingresó por un
tiempo al servicio del ejército de Carlos V, y a la renovación
de la propuesta se alistó en un regimiento de camino a Austria para combatir
con los Turcos. Años sucesivos lo encontraron primero en su lugar de
nacimiento, entristecido por las noticias de la muerte prematura de su madre,
quien había estado al tanto de su misteriosa desaparición; luego
como pastor en Sevilla y aún después en Gibraltar, en el camino
a Africa, a redimir con su libertad a los Cristianos mantenidos cautivos por
los Moros. Acompañó a Africa a una familia portuguesa expulsada
del país, a quienes la caridad lo impulsó a ofrecer sus servicios.
Por consejo de su confesor, pronto regresó a Gibraltar, donde, en tan
corto tiempo como había transcurrido desde la invención de la
imprenta, inauguró el Apostolado de la página impresa, haciendo
el recorrido de los pueblos y aldeas alrededor de Gibraltar, vendiendo libros
y cuadros religiosos, prácticamente sin ningún margen de utilidad,
para ponerlos al alcance de todos.
Fue durante este período de su vida que se dice habérsele concedido
la visión del Niño Jesús, Quien le confirió el nombre
por el que fue conocido más tarde, Juan de Dios, mandándolo también
ir a Granada. Allí quedó tan impresionado por la predicación
del Bienaventurado Juan de Avila, que distribuyó sus bienes terrenales
y fue a través de las calles de la ciudad, dándose golpes de pecho
y clamando la misericordia de Dios. Por algún tiempo su cordura fue puesta
en duda por la gente y fue tratado como un loco, hasta que el celoso predicador
lo obligó a desistir de sus lamentaciones y adoptar otro método
de reparar por su vida pasada. Entonces hizo una peregrinación al santuario
de Nuestra Señora de Guadalupe, donde le fue revelada por la Virgen Bendita
la naturaleza de su vocación. De regreso a Granada se consagró
al servicio de los enfermos y los pobres, arrendando una casa donde cuidar de
ellos y después proveyéndola de todo lo necesario, buscó
en la ciudad a todos aquellos afligidos por cualquier enfermedad, cargando sobre
sus hombros a los impedidos para caminar. Por algún tiempo estuvo solo
en su trabajo caritativo buscando por la noche las provisiones necesarias, y
durante el día atendiendo escrupulosamente a las necesidades de sus pacientes
y los ocasionales del hospital; pero pronto recibió la colaboración
de sacerdotes y médicos caritativos. Muchas hermosas historias se cuentan
de los huéspedes celestiales que lo visitaban durante los primeros días
de hercúleas faenas, que eran aligeradas a veces por San Rafael en persona.
Para poner término a su costumbre de intercambiar su manto con cualquier
pordiosero que tuviera ocasión de encontrarse, Don Sebastián Ramírez,
Obispo de Tuy, había hecho para él un hábito, que fue más
tarde adoptado en todas sus necesidades como atuendo religioso de sus seguidores,
y le impuso para siempre el nombre dado por el Niño Jesús, Juan
de Dios. Los primeros dos compañeros del santo, Antonio Martín
y Pedro Velasco, una vez enemigos implacables que habían escandalizado
a todo Granada con sus disputas y disipaciones, fueron convertidos por medio
de sus oraciones y formaron el núcleo de una formidable congregación.
El primero avanzó tanto en el camino de la perfección, que el
santo en su lecho de muerte lo recomendó a sus seguidores como su sucesor
en el gobierno de la orden. El otro, Pedro el Pecador, como él mismo
se llamaba, llegó a ser un modelo de humildad y caridad. Entre los muchos
milagros que se cuentan del santo, el más famoso es el conmemorado en
el Oficio de su fiesta, su rescate de todos los enfermos durante un incendio
en el Gran Hospital de Granada, pasando ileso él mismo a través
de las llamas. Su caridad sin límite se extendía a viudas y huérfanos,
a los desempleados, estudiantes pobres, y mujeres perdidas. Luego de trece años
de severa mortificación, incesante oración, y dedicación
a sus pacientes, murió en medio de las expresiones de dolor de todos
los habitantes de Granada. Su última enfermedad había sido consecuencia
de un heroico pero inútil esfuerzo por salvar a un joven de perecer ahogado.
Los magistrados y la nobleza de la ciudad se arremolinaron alrededor de su lecho
de muerte para expresar su gratitud por sus servicios a los pobres, y fue sepultado
con la pompa usualmente reservada a los príncipes. Fue beatificado por
Urbano VIII, el 21 de Septiembre de 1638, y canonizado por Alejandro VIII el
16 de Octubre de 1690. El Papa León XIII hizo a San Juan de Dios patrono
de los hospitales y de los moribundos. (Ver también HERMANOS HOSPITALARIOS
DE SAN JUAN DE DIOS).
Acta SS. 1 March, I, 813: De CASTRO, Miraculosa vida y santas
obras del. b. Juan Dios (Granada, 1588); GIRARD DE VILLE-THIERY, vie de s. Dieu
(Paris, 1691); BUTLER, lives of the Saints, 8 March; BEISSEL in Kircheslex.,
s.v. Johannes von Gott.
F.M. RUDGE
Transcrito por Joseph P. Thomas
En memoria de Fr. George Kanatt M.C.B.S.
Traducido por Daniel Reyes V.
Gracias infinitas a Dios por enviarnos seres tan maravillosos que nos estimulan
a la perfección.