La lepra, o mas propiamente lepra tuberculosa, a diferencia de otras
enfermedades de la piel comúnmente designadas por la palabra Griega
lepra (psoriasis, etc), es una enfermedad infecciosa crónica causada
por el bacillus leprae, caracterizada por la formación
de crecimientos de la piel, membranas mucosas, nervios periféricos,
huesos, y vísceras internas, produciendo varias deformidades y
mutilaciones del cuerpo humano, que usualmente terminan en la muerte.
I. Historia de la Enfermedad
II. Patología
III. Lepra en la Biblia
IV. Lepra en la Edad Media
I. Historia de la Enfermedad
La lepra no fue rara en la India, tan lejos como en el siglo XV antes
de Cristo (Ctesias, Pers., xli; Herodian, I, i, 38), y en Japón
durante el siglo X antes de Cristo. De su origen en estas regiones poco
es lo que se conoce, pero Egipto siempre ha sido estimado como el lugar
desde donde la enfermedad alcanzo el mundo Occidental. Es bien conocido
en el país, evidenciado por documentos del siglo XVI antes de Cristo
(Papiro de Eber); antiguos escritos atribuyen la infección a las
aguas del Nilo (Lucretius, “De Nat. Rer.”, VI, 1112)
y de la insalubre dieta de la gente (Galen). Varias causas ayudaron a
diseminar la enfermedad mas allá de Egipto. Primero entre las causas,
Manetho pone a los hebreos, que de acuerdo con el, eran una masa de leprosos,
de los cuales los Egipcios se los desembarazaron de su territorio (“Hist.
Græc. Fragm.", ed. Didot, II, pp. 578-81). Aunque es un
romance, no hay duda que al Éxodo, la contaminación había
afectado a los Hebreos. Desde los marinos egipcios fenicios que trajeron
la lepra a Siria y los países con los cuales ellos han tenido relaciones
comerciales, de allí el nombre de “enfermedad Fenicia”
dada por Hipócrates, esto parece haber nacido por el hecho que
se encontraron rastros a lo largo de la costa oeste de Grecia (Ionian)
alrededor del siglo XVIII antes de Cristo (Hesiodo, remarcado por Eustaquio
en “Comentarios de la Odisea.”, pagina 1746), y en Persia
hacia el siglo V antes de Cristo (Herodoto). La dispersión de los
judíos luego de la Restauración (siglo quinto) y de las
campañas de la armada Romana (Plinio, “Histo. Nat.”,
XXXVI) son sostenidos como los responsables de la propagación de
la enfermedad en Europa Occidental: así en las colonias de Romanos
en España, Galia y Bretaña rápidamente fueron infectados.
En los tiempos Cristianos los cánones de los primeros concilios
(Ancyra, 314), las regulaciones de los Papas (por ejemplo la famosa carta
de Gregorio II a San Bonifacio), la ley promulgada por el Rey Lombardo
Rotar (siglo séptimo), por Pepin y Carlomagno (siglo octavo), el
levantamiento de las casas de leprosos en Verdun, Metz, Masstricht (siglo
séptimo), San Gall (siglo octavo), y Canterbury (1096) dan testimonio
de la existencia de la enfermedad en Europa Occidental durante la Edad
Media. La invasión de los árabes y, luego en las Cruzadas
se agravo grandemente el flagelo, que no respetaba ninguna etapa de la
vida y atacaba aun a las familias reales. Los leprosos estaban sujetos
a las mas astringentes regulaciones. Ellos estaban excluidos de la Iglesia
por una Misa funeral y una inhumación simbólica.( Martène,
"De Rit. ant.," III, x). En cada comunidad importante
de los asilos, la mayoría dedicados a San Lázaro y atendidos
por religiosos, fueron levantados por las infortunadas victimas.
Mateo Paris (1197 – 1259) apenas estimo el numero de casas de leprosos
en Europa en 19.000, Francia solo tenia cerca de 2000, e Inglaterra mas
de cien. Estos leprosos como no estaban confinados dentro de asilos tenían
que vestir un atuendo especial, y acarrear “un palmoteador de madera
para dar aviso a los que se acercaban. Ellos tenían prohibido entrar
a las posadas, iglesias, molinos, o panaderías, para tocar personas
sanas o comer con ellos, de lavarse en riachos, o caminar en estrechos
senderos “ (Creighton).(ver debajo: IV. Lepra en la Edad Media.)
Respondiendo a estrictas legislaciones, los leprosos gradualmente desaparecieron,
al extremo que en el siglo XVII se convirtieron en una rara excepción,
salvo en algunas escasas localidades. Al mismo tiempo se comenzó
a diseminar en las colonias de América y en la isla de Oceanía.
“Esta es endémica en África del Norte y Oriental,
Madagascar, Arabia, Persia, India, China y Japón, Rusia, Noruega
y Suecia, Italia, Grecia, Francia, España, en las islas de los
Océanos Indico y Pacifico. Es prevalente en América Central
y del Sur, México, en las Indias Occidentales, las islas de Filipinas
y Hawai, Australia y Nueva Zelanda. Fue encontrado además en Brunswick,
Canadá. En los Estados Unidos de Norteamérica, la mayoría
de los casos ocurrieron en Luisiana y California, mientras que desde otros
Estados casos de leprosos, son ocasionalmente reportados, notablemente
desde Nueva Cork, Ohio Pensilvania, Minessota, Missouri, las Carolinas
y Texas. La lepra en Luisiana hizo pie desde 1758, cuando fue introducida
por los Acadians” (Dyer). De acuerdo a las estadísticas provistas
por delegados a la segunda conferencia internacional de lepra (en Bergen,
Noruega, Setiembre, 1909), estos eran aproximadamente 200.000 casos de
la enfermedad a través del mundo: India, como lo puso de manifiesto,
ocupaba el primer lugar con 97.340 casos; los Estados Unidos de Norteamérica
contribuyeron con 146 casos, y la zona del Canal de Panamá con
el mínimo de 7 casos.
II. Patología
Como se origino la lepra es desconocido: mala nutrición, mala
higiene, condiciones constitucionales (tuberculosis, alcoholismo, probablemente
hereditaria, etc.) parece favorecer su producción y propagación.
La enfermedad es inmediatamente causada por la infección del bacillus
leprœ, un pequeño bacilo en bastón de 0.003 mm a 0.007
de largo y 0,0005 mm de diámetro, recto o ligeramente curvo, con
extremidades puntiagudas, redondeados, o en grupos, usualmente encontrados
en cadenas cortas o cuentas. Este bacilo descubierto en 1868 por Hansen,
ha sido descrito desde 1880 por varios especialistas, particularmente
por Byron, quien tuvo éxito en cultivar en agar – agar (musgo
de Ceylon). Esta presente en todos los tejidos leprosos y en las secreciones
(excepto la orina; Köbner afirma haberlo tenido en la sangre), y
ha sido repetidamente observado en la tierra de los sepulcros de leprosos
(Brit. Lepr. Comision de Indias). Esta registrado un solo caso, - aunque
es dudoso- de lepra comunicada por inoculación artificial. Así
tanto como fue contagiosa de persona a persona, esta fue por años
una cuestión muy discutida entre los especialistas; aunque la demostración
científica de contagiosidad es imposible – el modo de contagio
aun permanece , así como también el periodo de incubación
del bacilo- hasta ahora son irrecusables pruebas practicas de contagio,
así como el efecto de aislamiento en la diseminación de
la enfermedad, y casos de personas sanas contrayendo la enfermedad cuando
eran expuestos (Padre Damián y Boglioli, enfermeras y asistentes),
aun accidentalmente , como en momentos de estudios médicos quienes
sufren cortes mientras realizan estudios post mortem en leprosos. En la
conferencia internacional de Bergen, estas evidencias fueron profundamente
convincentes para lograr la declaración que la enfermedad se declarara
contagiosa.
El periodo de incubación se “estima de unas pocas semanas
hasta entre veinte y cuarenta años” (Dyer). Como la mayoría
de las infecciones, la lepra tiene una etapa preliminar, incierta en su
carácter: se presenta con perdida de apetito, dispepsia, y nausea,
neuralgia, dolores reumáticos y articulares, fiebre intermitente
o irregular, inexplicable laxitud y ansiedad. Estos síntomas premonitorios,
los cuales pueden durar meses, son seguidos por erupciones periódicas.
Manchones primero rojizos, luego marrones con un borde blanco, aparecen
y desaparecen en varias partes del cuerpo; tarde o temprano aparecen pequeños
tumores, que además no son específicamente leprosos, rellenos
de una sustancia amarillenta que rápidamente vira a un matiz oscuro,
apareciendo a veces en las articulaciones, pero mas suavizados en las
articulaciones de los dedos y en la punta del pie. Estos tumores, además,
no son específicamente leprosos; al final ellos pueden dejar maculas
permanentes, pálidas o marrones, o nódulos. Luego la enfermedad,
, manifestada por formaciones específicamente leprosas, diverge
en diferentes variedades, de acuerdo a su afección sobre la piel
y membranas mucosas (lepra cutánea), o los nervios (anæsthetic),
o ambas (mixta o completa); cada una de estas variedades, además,
confluye frecuentemente en otras, y algunas veces es dificultoso separar
las líneas de casos.
La lepra cutánea puede ser macular o tubercular. La primer variedad
esta caracterizada por maculas oscuras (L. maculosa nigra), o blanquecinas
(L. m. alba), usualmente formados en el lugar de los viejos manchones;
la erupción, al principio solo intermitentemente, para finalmente
dentro de una ulcera contumaz, con destrucción constante del tejido;
la ulceración usualmente comienza en las articulaciones de los
dedos y punta del pie, las cuales van tomando articulación por
articulación , dejando muñones curados (L. mutilans);
algunas veces este precedido por, y manifestado con anestesia ordinariamente,
la cual, comienza en las extremidades, se extiende a las piernas, dejándolas
insensibles al calor y frió, dolor, y aun al tacto. En el tipo
tubercular, nudosidades, de tejido leproso, las cuales alcanzar el tamaño
de una nuez, son formados fuera de los manchones. Ellos pueden ocurrir
en cualquier parte del organismo, pero usualmente afectan la cara (frente,
parpados, nariz, labios, mejillas y orejas), engrosando todas las formas
y dándoles una apariencia leonina (leontiasis, satyriasis).
La lepra tubercular se desarrolla rápidamente, y, cuando ataca
las extremidades, en un proceso destructivo tiene el mismo efecto de ulceración,
mutilación, y deformidad que ha sido mencionado encima.
Apenas diferente de las precedentes en el periodo de invasión
es el curso anestésico de la lepra, diferente del periodo precedente
de invasión es el curso de lepra anestésica, un de los síntomas
característicos de los cuales es la anestesia del dedo pequeño,
la cual puede ocurrir aun antes de que aparezcan las lesiones. La ulcera,
primero se localiza usualmente en un dedo, ataca uno a uno los otros dedos,
luego la otra mano; en algunos casos el pie es afectado al mismo tiempo,
en otros la ulceración sigue hasta las manos. Dolor neurálgico
acompaña la invasión, y el engrosamiento de ciertos nervios
puede observarse; parálisis motora gradual invade la cara, las
manos y los pies. De este modo, los músculos de la cara se vuelven
contracturados y distorsionados por la atrofia; ectropion de los parpados
inferiores previene al paciente de lastimar sus ojos; los labios se vuelven
fláccidos y el inferior se cae. El sentido del tacto y el control
muscular, se pierden, las manos son incapaces de asir, y la contracción
de los músculos del antebrazo producen la mano en garra. En las
extremidades inferiores, se producen efectos análogos, resultando
primero en una marcha arrastrando los pies y finalmente en una completa
incapacidad de movimiento. Luego la piel se encoge, el pelo, los dientes,
y las uñas se caen, y el proceso de necrosis puede extenderse a
la perdida total de una mano o un pie. La variedad mixta de lepra es la
combinación y el completo desarrollo de los dos tipos descriptos.
En todos los casos un aroma peculiar ofensivo, que trae a la memoria el
de las morgues, mezclado con el olor de las plumas de ganso- los autores
de la Edad Media comparan esto con el de la cabra macho- que es emitido
por los Leprosos , y transforma a ellos en objetos de repulsión
y a todo aquello que este cerca de ellos. Sumado a la tortura de una inagotable
sed en las ultimas etapas de la enfermedad, y, como el paciente usualmente
preserva su mente sin afección hasta el final, la completa postración
resultante de este completo desamparo y la vista de un lento e implacable
proceso de descomposición de su cuerpo, y es fácil de entender
como correctamente , en el libro de Job(xviii,13), la lepra es llamada
“el primogénito de la muerte”.
El curso promedio de la lepra es cerca de ocho años, el tipo mixto
es de mas rápida conclusión. “La muerte es la primera
conclusión ordinaria de cada caso, el cual puede comenzar (en 38%
de los casos) por los agotadores efectos de la enfermedad, de la casi
necesaria septicemia, o de alguna intercurrencia de la enfermedad, como
la nefritis (en el 22,5% de los casos); de la enfermedad pulmonar, incluyendo
la tisis (en el 17% de los casos), diarrea (en el 10% de los casos), anemia
(en el 5% de los casos) fiebre remitente (en el 5% de los casos), peritonitis
(en el 2,5% de los casos)”. (Dyer).
Tanto como la lepra ha frustrado todos los esfuerzos de la ciencia medica:
casi cualquier método concebible de tratamiento ha sido intentado,
aun sin apreciables resultados. Ocasionalmente el tratamiento ha sido
seguido por largos periodos de remisión de la enfermedad (quince
a veinte años) lo que podría asociarse a pensar que la cura
esta completa; aun, especialistas continúan manteniendo que en
estas circunstancias la virulencia del bacilo es, a través de causas
desconocidas, meramente suspendida, y pueden romper las defensas otra
vez. Esta siendo admitido que la enfermedad es contagiosa y prevenible,
por lo que parece que no existen dudas que deben ser provistos medios
de protección publica. Para responder a este propósito,
varios países (Noruega y Suecia en particular) han creado legislación
que ordena el aislamiento de los leprosos. En algunos otros países
los Gobiernos refuerzan, y, mas o menos generosamente, subsidian establecimientos
privados. De todos los estados de la Unión, Luisiana es el único
que ha tomado pasos definitivos: parcialmente sostienen a las casas de
leprosos en Carville, lugar donde setenta pacientes son alojados bajo
el cuidado de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul (Emmitsbour).
Algunos no neciamente, piensan que si las autoridades federales no estiman
correcto interferir, los estados individuales, especialmente aquellos
como, California que están expuestos al constante peligro de la
infección, deben tomar los medios de prevenir la diseminación
de la enfermedad.
III. Lepra en la Biblia
El bosquejo precedente de la patología de la lepra, puede servir
para ilustrar algunos de varios pasajes de la Biblia cuando la enfermedad
es mencionada. Desde la época de la estadía de la gente
de Dios en el desierto bajo los tiempos de Cristo, la lepra parece haber
sido prevalerte en Palestina: no solo fue en algunos particulares casos
(Num., xii, 10; IV Kings, v, 27; Is., liii, 4) mirando por encima del
castigo Divino, pero de todos los tiempos los Hebreos pensaban que era
contagiosa y hereditaria (II Kings, iii, 29); por esto fue considerada
como causa de deshonra, que involucraba la exclusión de la comunidad.
De estas ideas proceden las actas de regulación de Lev., xiii,
xiv, concernientes al diagnostico de la enfermedad y la restauración
de la vida social y religiosa, de aquellos que fueron curados. Todas la
decisiones en esta materia correspondían al párroco, ante
quien se debía presentar personalmente aquellos que fueran sospechosos
de lepra y aquellos que reclamaban que estaban curados. Si, en el primer
examen, los signos- nódulos coloreados, las ampollas, las maculas
brillantes (xiii,2), la decoloración del pelo (3) – fueran
manifiestos, el aislamiento era indicado nuevamente; si alguno de estos
signos, eran deficientes, una cuarentena de siete días era ordenada,
al termino de la cual una nueva inspección tomaba lugar; si luego
los síntomas parecían mantenerse se les indicaba otra semana
de cuarentena. La aparición de “carne viva” en conexión
con manchas blanquecinas fue considerado como un signo claro de infección
(10)
Formaciones blancas cubriendo totalmente el cuerpo, no eran signos de
lepra, al menos que aparezca “carne viva” (ulceraciones) acompañándolas;
en este ultimo caso, el paciente era aislado como sospechoso, y si las
ulceras, las cuales podrían ser solo pústulas temporarias,
podrían curar, el tenia que aparecer nuevamente delante del párroco,
quien podía declararlo sano (12-17). Un nódulo blanco o
rojizo afectando la cicatriz de una ulcera o de una quemadura podían
ser consideradas como signo dudoso de lepra, y condenar al paciente a
siete días de cuarentena, luego de lo cual, de acuerdo a si los
signos aparecían mejor o no, el podría ser declarado sano
o no (18-28). Otro caso sospechoso, para ser reexaminado luego de unas
semanas de reclusión, si la lepra le quita el cuero cabelludo,
en la cual, no propiamente lepra, pero si tiña podía ser
reconocida. En todos los casos de reconocimiento de la infección
de lepra, el paciente tenia que “tener sus ropas colgada de la cuerda,
su cabeza descubierta, su boca cubierta con una tela” y se le ordenaba
pegar gritos diciendo que estaba infectado y enfermo. Tanto como dura
la enfermedad, el tenia que “vivir solo sin el campamento”
(o la ciudad). Como la presencia de lepra, la recuperación era
objeto de sentencia del párroco, y el reestablecimiento en la comunidad
era solemnemente hecho de acuerdo a un elaborado ritual dado en Lev.;
xiv.
En conexión propia con la lepra, el Leviticus habla además
de la “vestimenta de la lepra” (xiii, 47 – 59) y “
la casa de la lepra”(xiv, 34 – 53). Estos tipos de lepra,
probablemente asociada a formaciones fungosas, no tenían nada que
ver con la lepra propiamente dicha, la cual es específicamente
una enfermedad humana.
CHARLES L. SOUVAY.
IV. Lepra en la Edad Media
Como consecuencia de la diseminación de la lepra en Europa, la
legislación prevista contra la diseminación de la enfermedad
(la cual fue considerada contagiosa) y las regulaciones concernientes
al casamiento de personas leprosas, así como su segregación
y detención en instituciones – las cuales eran mas filantrópicas
y de caridad que medicas – tomando parte del carácter de
hospicios o asilos de ancianos – que gradualmente entraron en operación.
Los investigadores históricos de Virchow concernientes a casas
de leprosos (leprosarios) han establecido el hecho que estas instituciones
existían en Francia tan temprano como en el siglo siete en Verdun,
Metz, Mastricht,, etc., y que la lepra podría aun haber sido diseminada.
En el siglo ocho, San Othmar en Alemania y San Nicolas de Corbis en Francia,
fundaron casas para leprosos, y algunos de estos existían en Italia.
(ver Virchow en “Archivo de Anatomía Patológica”,
XVIII – XX, Leipzig, 1860.) El establecimiento de leyes contra el
casamiento de leprosos, y proveyendo para su segregación, eran
hechos y reforzados tan temprano como en el siglo séptimo por Rothar
Rey de los Lombardos, y por Pepin (757) y Carlomagno (789) para el Imperio
de los Francos. La temprana cuenta del hallazgo de casas de leprosos en
Alemania, se da en los siglos ocho y nueve; en Irlanda
(Inisfallen), 869; Inglaterra, 950; España, 1007 (Málaga)
y 1008 (Valencia); Escocia, 1170 (Aldnestun); los Países Bajos,
1147 (Ghent).
El hallazgo de estas casas no tuvo lugar hasta que la enfermedad se había
diseminado considerablemente y se habían convertido en una amenaza
de la salud publica. Se ha dicho que es la mas prevalente en el tiempo
de las Cruzadas, asumiendo proporciones epidémicas en algunas localidades:
en Francia solamente, al tiempo de la muerte de Luis IX se computo que
fueron cerca de doscientas de estas casas, y en toda la Cristiandad no
menos de diecinueve mil (Manual de Patología Geográfica
e Histórica”), tr. Creighton, Londres, 1885, p.7, nota Cf.
Raymund) “Historia de la Elefantiasis”, Lausanne, 1767, p.
106) Mézeray (Historia de Francia, II, 168) dice: “Il
y avait ni ville ni bourgade, que ne fust obligée de bâtir
un hôpital pour les (lepreux) retirer". Para Italia tenemos
la Declaración de Muratori (Antiq. Ital. Med. Ævi, III, 53),
"Vix ulla civitas quæ non aliquem locum leprosis destinatum
haberet."
Esto es, además, buena razón para dudar de la seguridad
de las figuras anteriores (19.000) como se estimo por nuestros informantes
medievales. Excepto, “esto podria ser un error”, escribe Hirsch
(op. Cit., p. 7), “para inferir de la multiplicación de las
casas de leprosos, que esto fue un incremento de casos correspondientes,
o tomo el numero de los primeros como la medida de la extensión
en la cual la lepra fue prevalente, o concluir, como algunos han hecho,
que la coincidencia de la Cruzadas implica alguna conexión intrínseca
entre las dos cosas; o que el aumento del numero de casos fue asociado
a la importación de la lepra a Europa desde el Este. En el juicio
de estos temas no debemos dejar fuera de la vista el hecho que la noción
de “lepra” fue muy comprehensiva en la Edad Media, no solo
ente los laicos, sino además entre los médicos; que la sífilis
fue frecuentemente incluida dentro de ella, así como también
una variedad de enfermedades crónicas de la piel, y que el diagnostico
con una visión de segregación de los leprosos no era hecho
por los practicantes de medicina, sino mayoritariamente por los laicos.”
Simpson, en su admirable ensayo sobre las casas de leprosos de Bretaña
(Edin. Med. and Surg. Journal, 1841-42),, escribió: “He tenido
que referirme a la especial Orden de Caballeros que se habían establecido
en etapas tempranas para el cuidado y administración de los leprosos.
Conocemos que los Caballeros de San Lázaro separados de la Orden
General de los Caballeros Hospitallers, cerca del final del siglo once
o el comienzo del siglo doce (Index. Monast., p. 28). Ellos fueron los
primeros designados: Caballeros de San Lázaro y de Santa Maria
de Jerusalén. San Luis trajo doce de los Caballeros de San Lázaro
a Francia y les comisiono a ellos la administración de los Lazarios
(u hospitales de leprosos) del Reino. La primera noticia de haber obtenido
un asidero en Gran Bretaña es en el reino de Esteban (1135 –
54) en Burton Lazars (Leicestershire). Encontré en hospitales de
Tilton, de los Santos Inocentes en Lincoln, de San Giles (Londres), cercano
a Norfolk, y varios otros anexados a Burton Lazar como células
conteniendo 'fratres leprosos de Sancto Lazaro de Jerusalem'. Estos [Burton's]
privilegios y posesiones fueron confirmados por Enrique II, el rey Juan
y Enrique VI. Esto fue finalmente disuelto por Enrique VIII (ver Lazarus,
St. Orden de.)
Como ya ha sido dicho, estas instrucciones fueron principalmente orientadas
a casas de aislamiento del infectado, y no mas que hospicios para el tratamiento
curativo de la enfermedad, la cual fue considerada luego, como ahora,
una enfermedad incurable. Fueron fundados y donados como establecimientos
religiosos, y como fueron generalmente puestos bajo el control y manejo
de alguna abadía o monasterio por una Bula Papal, la cual designaba
cada casa de leprosos para ser provista con su propio cementerio de iglesia,
capilla, y sacerdote - "cum cimuterio ecclesiam construere et
propriis gaudere presbyteris" (Semler, "Hist. Eccles.
Select."). las casas inglesas y escocesas fueron bajo control
total de una tutor, canónigo, oficial del monasterio, y, en algunos
casos – como en el hospital de San Lorenzo, Canterbury, el cual
tenia leprosos de ambos sexos – por una mujer superior del monasterio.
Los oficiales eclesiásticos de los hospitales y de los internados
de leprosos estaban comprometidos bajo las regulaciones puestas en tierra
en los estatutos de las instituciones, las cuales tenían que observar
estrictamente, especialmente las de ofrecer sus plegarias por el reposo
de las almas de los fundadores y de sus familias. Los siguientes extractos
de las regulaciones de los hospitales de leprosos en Illeford (Essex),
en 1346, por Baldock, Obispo de Londres, ilustran el punto: “Nosotros
además ordenamos que el leproso no omita la atención de
su iglesia, el escuchar el servicio divino a menos que este impedido por
alguna enfermedad previa del cuerpo, y ellos deben preservar silencio
y escuchar las plegarias matinales y la misa si son capaces de hacerlo;
y mientras ellos estén absortos en devoción y plegaria,
tanto como se los permita le enfermedad. Recomendamos además y
ordenamos que como esto fue ordenado y dicho por siempre en los hospitales,
cada hermano leproso debe cada día decir como deber por la mañana,
un Padre Nuestro y un Ave Maria trece veces y para las otras horas del
día...respectivamente un Padre Nuestro y un Ave Maria siete veces,
etc... Si un hermano leproso secretamente{oculto} falla en la realización
de estos artículos, deben consultar al párroco de dicho
hospital en el tribunal de penitencia” (Dugdale, "Monasticon
Anglicanum", II, 390).
Hubo generalmente un capellán debajo del párroco y en algunas
ocasiones una capilla libre anexada con los canónigos residentes.
El hospital de San Giles (Norwich), por ejemplo, tenia un párroco
y ocho canónigos (actuando como capellanes), dos administrativos,
siete coreutas, y dos hermanas (Monast., Index, 55).
Mateo Paris dejo una copia de los votos tomados por los hermanos de los
hospitales de leprosos de San Julián y San Albano antes de su admisión:
“Yo, hermano B., prometo y, tomando mi juramento corpóreo
por tocar los mas sagrados Evangelios, afirmo ante Dios y todos los Santos
en esta Iglesia la cual es construida en honor de San Julián (el
Confesor), en la presencia de Dominus R. el archidiácono, que todos
los días de mi vida yo estaré subordinado y obediente a
las ordenes del Señor Abad de San Albano por lo pronto y de su
archidiácono, resistiéndome en nada, al menos que estas
cosas sean ordenadas en militancia contra el Divino placer: Nunca robare,
o daré un falso testimonio contra cualquiera de mis hermanos, ni
infringiré el voto de castidad ni fallare en mi servicio por apropiarme
de nada o dejar cualquier cosa por deseo de otros, a menos que la dispensación
beneficie a mis hermanos. Yo haré en mi estudio correctamente para
evitar todo tipo de usura como cosa monstruosa y odiada por Dios. Yo nunca
estaré beneficiando ni instigando en palabra o pensamiento, directa
o indirectamente en cualquier plan por el cual alguno podría ser
nominado Tutor o Diacono de los leprosos de San Julián, excepto
la persona nominada por el Señor Abad de San Albano. Yo estaré
contento, sin antagonismos ni quejas, con la comida y la bebida y otras
cosas dadas y permitidas a mi por el Maestro; de acuerdo al uso y costumbre
de la casa. Yo no transgrediré los limites impuestos a mi, sin
licencia especial de mis superiores, y con su consentimiento y voluntad;
y si yo probara una ofensa contra alguno de los artículos citados
arriba, es mi deseo que el Señor Abad o su sustituto puedan castigarme
acorde la naturaleza y el monto de la ofensa, que sea lo mejor para el,
y aun mostrarme en el reparto como un apostata de la congregación
de los hermanos sin esperanza de remisión, excepto a través
de especial gracia del Señor Abad. “ Es interesante comparar
con el pasaje de la usura en esta formula de compromiso de Mézeray
(Hist. De Francia), que durante el siglo doce dos muy crueles diablos
(deux maux très cruels) reinaron en Francia,
a saber, lepra y usura, uno de los cuales, el agrega, infecta el cuerpo
mientras que el otro arruina las familias.
La Iglesia de este modo, desde un remoto periodo ha tomado una parte
activa en promover el bienestar y el cuidado de los leprosos, ambos espiritual
y temporalmente. La orden de San Lázaro fue el resultado de su
practica simpatía por los pobres sufrientes durante las largas
centurias cuando la pestilencia fue endémica en Europa. Aun en
nuestros propios días encontramos el mismo espíritu Apostólico
viviente. El piadoso Padre Damien, el mártir de Molokai, cuya vida
de sacrificio por el mejoramiento de los leprosos de las islas Sándwich
esta aun fresco en la memoria publica, y sus colaboradores y seguidores
en este campo de trabajo misionero han fuertemente manifestado en tiempos
recientes el mismo espíritu apostólico con el cual actuaron
los seguidores de San Lázaro en el siglo doce y dos centurias subsiguientes.
Bennet, Enfermedades de la Biblia (Londres, 1887); DYER,
Lepra (Nueva York, 1897); HANSEN AND LOOFT, Lepra en sus aspectos clinicos
y patologicos (Londres, 1895); Reporte de la Comison de Lepra de la India
(Londres, 1893), THIN, Lepra (Londres, 1891); BARTHOLINUS, De morbis
biblicis (Copenhagen 1671); PRUNER, Die Krankheiten des Orients
(Erlangen, 1847); TRUSEN, Die Sitten, Gebräuche und Krankheiten
der alten Hebräer (Breslau, 1833); LELOIR, Traité
pratique et théorique de la lèpre (Paris, 1886); SAUTON,
La Léprose (Paris, 1901). Vea los trabajos de MÉZERAY,
MURATORI, VIRCHOW, y SEMLER, y el ensayo de SIMPSON in Edinb. Med. and
Surg. Journal (1841-42), todos marcados en este articulo.
J. F. DONOVAN.
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.
Traducido por Juan Ramón Cifre.