Origen y desarrollo.
El moderno lenguaje italiano se deriva naturalmente del latín.
Es una continuación y desarrollo del latín que cotidianamente
hablaban los habitantes de la península después de la caída
del Imperio Romano. Aún es motivo de debate hasta qué punto
este latín usual era idéntico a la lengua literaria clásica
de Roma, el latinus togatus, o hasta qué punto era meramente
un lenguaje popular, el sermo rusticus. Lo más probable
es que haya sido una mezcla de los dos- con predominio del segundo, debido
a las cambiantes condiciones sociales. Una pequeña cantidad de
palabras de origen griego son en parte reliquias de la dominación
bizantina, y en parte fueron introducidas por los cruzados en época
posterior, o a través del comercio. Las invasiones de los sarracenos
han dejado su huella en unas pocas palabras árabes, principalmente
en Sicilia. Otras palabras han llegado indirectamente del latín
a través del francés o provenzal. Los largos años
de invasiones y conquistas teutónicas apenas lograron una insignificante
influencia de palabras de origen germánico.
En su “De vulgare eloquentia” (I, 10-16), Dante habla
de las “muchas y discordantes variedades del italiano vernáculo”,
las que rechaza a favor del “vernáculo ilustre, cardenal,
cortés y curial en Italia”. Lo considera el lenguaje nacional
ideal y normal, “perteneciente a cada ciudad de Italia, y que sin
embargo no pertenece a ninguna en particular; por el que son medidos,
pesados y comparados todos los dialectos municipales italianos”.
Estos dialectos pueden clasificarse en tres grupos:
(1) Liguorio, piemontés, lombardo y emiliano, y sardiniano. Todos
ellos forman un grupo galo-itálico distinto del vernáculo
del resto de la península.
(2) Veneciano, corso, siciliano, napolitano, umbrío y los dialectos
de las Marcas y de Roma, los cuales, si bien difieren del italiano auténtico,
forman un sistema con él.
(3) Toscano.
Pero el lenguaje nacional literario, el “vernáculo ilustre”,
es uno e idéntico en todo el territorio. No se trata de un lenguaje
que haya sido formado artificialmente, o que esté despojado de
los accidentes peculiares de lugar o raza, sino del que se habla ordinariamente
en Toscana, más precisamente en Florencia, según fue establecido
por los grandes escritores florentinos del siglo XIV y adoptado por los
de otras regiones durante el Renacimiento, y que fue formulado por la
famosa “Academia della Crusca”, fundada en la segunda mitad
del siglo XVI.
A partir del siglo VII, empezamos a encontrar huellas en los documentos
que aún existen, de varias partes de Italia, del uso de la lengua
vernácula, encarnada en formas que son más o menos italianas,
insertadas en el latín vulgar de la época. Nombres comunes
italianos de hombres y de lugares aparecen cada vez con mayor frecuencia.
En un documento del año 960, guardado en los archivos de Montecasino,
hay una frase, que se repite cuatro veces, que es prácticamente
italiana: “Sao ko kelle terre, per kelle fini que ki contene,
trenta anni le possette parte sancti Benedicti” (Sé
que esas tierras, dentro de los límites que están aquí
contenidos, han sido poseídos por el grupo de san Benito durante
treinta años). Una confessio, o fórmula de confesión,
de una abadía cercana a Noria, que data probablemente de finales
del siglo XI, muestra pasajes incluso más cercanos al italiano
de hoy día. Cincuenta años más tarde ya se encuentran
composiciones literarias en lengua vernácula. Una inscripción
que se encontraba en la catedral de Ferrara, de 1135, consiste de dos
pares de versos rimados en italiano. Cuatro líneas, conocidas como
la “Cantilena Bellunese”, también compuestas
en pares rimados, forma parte de una crónica que hace mención
de la victoria sobre Casteldardo por la gente de Belluno en 1193. En un
contrasto (diálogo en verso entre un amante y su dama) escrito
por Raimbaut de Vaqueiras (cercano al 1190), la dama responde en genovés
a las declaraciones provenzales del poeta. El “Ritmo Laurenziano”,
una cantiga en honor de cierto obispo escrita por un toscano, y el “Ritmo
Cassinese”, un obscuro poema alegórico en dialecto apuliano,
pertenecen probablemente al fin del siglo XII. A la misma época
pertenece una serie de 22 sermones redactados en un dialecto del norte
de Italia mezclado con francés, publicados por Wendelin Foerster,
y que constituyen los ejemplos más antiguos que conocemos de predicaciones
en lengua vernácula italiana.
El siglo XIII (Il Ducento)
Los italianos siempre consideraron el lenguaje y las tradiciones romanas
como algo propio, y aún cuando la literatura vernácula empezaba
a florecer en Francia y la Provenza, ellos se mantenían fieles
al latín. La literatura italiana, hablando estrictamente, nació
a comienzos del siglo XIII. Entre las influencias que ayudaron a formarla
debe mencionarse antes que nada la revitalización del sentimiento
religioso causado por san Francisco de Asís y sus seguidores, que
produjeron frutos líricos en los lauda, cantos sagrados populares,
especialmente en la parte central de Italia. El mismo san Francisco compuso
uno de los más antiguos poemas italianos, la famosa “Cantica
del Sole”, o “Laudes creaturarum” (1225),
una “improvisación sublime” (como bien la llama Paschal
Robinson) más que una obra literaria en toda forma. La creciente
conciencia de si mismos que tenían los estados individuales y las
ciudades dio pie después a las crónicas e historias locales.
Los trovadores provenzales, que se establecieron en las cortes de Ferrara
y Monferrato, o que migraban al sur hacia el reino de Sicilia, llevaban
consigo las obras de amor artificial de su poesía. Tan influyente
como el movimiento franciscano, aunque con un espíritu totalmente
distinto, fue el impulso que le dieron a las letras los cortesanos inmorales
y antirreligiosos de las cortes del Emperador Federico II y su hijo Manfredo,
cuyo reino en Sicilia abarcaba no solamente la isla sino también
Nápoles y todo el sur de la península.
Dante escribió: “Por el hecho de que el trono real estaba
en Sicilia, sucedió que cualquier cosa que nuestros predecesores
escribieron en lengua vulgar llegó a ser llamado siciliano”
(V.E. I, 12). Los escritores de esta familia siciliana procedían
de todas partes de Italia. No usaban normalmente el dialecto siciliano,
sino que escribían en un lenguaje vernáculo que era prácticamente
idéntico al que llegó a ser el lenguaje literario de la
nación entera. Sus obras son casi exclusivamente poemas de amor
derivados de los de Provenza. El mismo Federico (+ 1250) y su canciller,
Pier delle Vigne (+ 1249), escribieron de ese modo. Muchos de esos poetas,
como Ruggiero da Amicis (+ 1246), Arrigo Testa (+1247) y Percíbale
Doria (+1264), tenían una alta posición social, eran notables
en la historia de esa época, y murieron en el campo de batalla
o en los andamios, pero su poesía carece de individualidad, es
convencional y artificial en sus sentimientos. Los más notables
poetas de esa escuela son Giacomo da Lentino, “Il Notaro”,
que fue uno de los notarios del emperador en 1233; Rinaldo d’Aquino,
pariente de Santo Tomás, cuyo lamento de una joven que ha visto
irse a su amado a las cruzadas fue probablemente escrito en 1242; Giacomo
Pugliese da Morra, en el que encontramos una huella de realismo popular;
y Cielo dal Camo, o d’Alcamo, de cuyo contrasto, “Rosa
fresca aulentissima”, se dice que es posterior al 1231, está
fuertemente impregnado de dialecto de Sicilia. Una nota más personal
se manifiesta en el patético poema del Rey Enzo de Sardinia (+
1272), "S'eo trovasse", escrito en la prisión
de Bolonia, que concluye dramáticamente la época siciliana.
El último poeta de la escuela siciliana es Guido delle Colonne
(+ después del 1288), quien también escribió la “Historia
Trojana” en prosa latina y es mencionado laudatoriamente por Dante
y Cahucer.
Los más antiguos poetas toscanos, tales como Pannuccio dal Bagno,
de Pisa, y Folcaccluero de’ Folcacchieri, de Siena (+ 1250), están
estrechamente relacionados con los sicilianos. Pero desde el principio
los toscanos no se limitaron a la poesía erótica, sino que
también cantaron temas religiosos, satíricos y políticos.
Guittone del Viva (1230-1294), conocido también como Fra Guittone
d’Arezzo, se manifiesta como un seguidor de los provenzales en su
poesía lírica amorosa, pero también escribe con fuerza
y sinceridad en sus poemas religiosos y políticos, sobre todo en
su canzone sobre la derrota de los florentinos en Montaperti (1260). Él
también es autor de una colección de cartas, uno de los
logros más tempranos de la prosa italiana. Ya para la mitad del
siglo, además de las canzone, u odas (imitadas de los provenzales),
encontramos en la Italia central dos formas de poesía lírica
de origen puramente italiano: la ballata y el soneto. La caída
de la soberanía suabia en el sur, a consecuencia de la victoria
de Carlos de Anjou (1266), trasladó el centro de la cultura hacia
Bolonia y Florencia. Varios discípulos de Guitton entran en escena.
Entre ellos, los más notables son Chiaro Davanzati (de fechas desconocidas),
de Florencia, y Bonaggiunta Urbicciani, de Lucca (+ después del
1296). En un nivel superior se encuentra el poeta que inició el
dolce stil nuovo, “el dulce nuevo estilo” del que
habla Dante: Guido Guinizelli, de Bolonia (+ 1276). Guido escribió
del amor más puro con un espíritu que anticipa la “Vita
nuova”, y con ello fundó una escuela a la que pertenecieron
los poetas de la última década de ese siglo, aún
cuando sus predecesores se adhirieron a la escuela de Guittone. Quien
encabeza ese grupo es Guido Cavalcanti (+ 1300), amigo personal de Dante.
Él compuso una canzone muy elaborada acerca de la filosofía
del amor, en la que la poesía queda asfixiada por la metafísica.
Pero en sus obras menores, originales en cuanto al motivo y personales
en los sentimientos, llevó la ballata y el soneto a un grado de
perfección que antes no se había alcanzado. Con él
y con Dante se relaciona otro poeta florentino, Lapo Gianni (+ 1323),
cuya obra pertenece a esa época, si bien él la sobrevivió.
Con otra faceta tenemos las piezas humorísticas y satíricas
de Rustico di Filippo, (+ cerca del 1270) y el “Tesoretto”
de Brunetto Latini (+ 1294), poema didáctico alegórico que
influyó en la forma externa de la “Divina Comedia”.
La poesía religiosa de Umbría, que se desarrolló
bajo la influencia franciscana, culmina con los laudi místicos
de Jacopone da Todi (+1306), uno de los poetas sacros más
inspirados que el mundo ha conocido.
Comparada con la poesía, la prosa italiana de ese siglo es insignificante.
El principal cronista de esa época, Fra Salimbene de Parma (+ 1288),
escribió en latín. Brunetto Latini compuso su obra enciclopédica,
el “Tesoro”, en francés. De muchas de las obras que
antes se creía que pertenecían a este siglo se sabe ahora
que pertenecen a tiempos más tardíos y es imposible afirmar
con certeza si las obras auténticas deben ser ubicadas al fin del
siglo XIII o al inicio del XIV. Entre éstas se encuentran las “Cento
novelle antiche”, una colección de cuentos cortos tomados
de varias fuentes, y la “Tavola ritonda”, una versión
italiana del romance de Tristán. En 1282 Fra Ristoro de Arezzo
completó un tratado muy elaborado de cosmografía, “Della
composizione del mondo”. La mayor parte de la prosa de esta
época consiste de traducciones del latín o del francés.
Se tribuyen a Bono Giamboni (+ pasado el 1296), un florentino que vertió
al italiano el “Tesoro” de Brunetto Latini, tres tratados
éticos (de fecha posiblemente posterior), basados en modelos latinos
medievales que no son meras traducciones. De entre éstos, el más
importante, “Introduzione alle virtù”, en
parte se deriva de Boecio y Prudencio y es una alegoría religiosa
impactante en la que el alma es llevada por la Filosofía al palacio
de la Fe para atestiguar el triunfo de la Iglesia y alcanzar, así,
la libertad espiritual.
El siglo XIV (Il Trecento)
Gracias al triunfo de los Güelfos, el primer lugar de la cultura
italiana fue ocupado por Florencia en vez de Sicilia. La literatura italiana
se había convertido principalmente en algo de temperamento republicano
(aunque se profesaba realista) y toscana en su lenguaje. La gloria filosófica
de santo Tomás causó que aún la belles lettres
se empaparan de escolasticismo, mientras que el creciente descontento
por las actividades políticas de los papas, particularmente durante
el destierro babilónico de Avignon, daba un tono anticlerical a
gran parte de la poesía y la prosa de ese siglo. Al final de esa
época comenzó a sentirse la resurrección de los estudios
clásicos. Tanto la literatura como la lengua nacional alcanzaron
su completa madurez y perfección artística en las manos
de tres grandes escritores toscanos: Dante Alighieri (1265-1321), Francesco
Petrarca (1304-1374) y Giovanni Boccaccio (1313-1375).
Dante aún pertenece a la época precedente en su “Vita
Nuova” (1295), al elevar los ideales del amor establecidos
por Guido Guinizelli a las alturas del misticismo católico. Sus
“rime”, y en particular sus canzoni, desarrollan
las formas líricas de sus predecesores pero las revisten de una
pasión fresca y de cierta autoridad filosófica. Con su “Convivio”
(1306, inconclusa, constituye la primera obra monumental de la prosa italiana)
pretendió allanar el conocimiento escolástico de su época
para hacerlo accesible al lector común. La “Divina Commedia”
(1314- 1321), la expresión poética más noble del
espíritu italiano, y un punto de referencia en la historia del
Hombre, reúne los avances intelectuales y el progreso espiritual
de los nueve siglos que iban desde la caída del imperio romano,
mientras describe fielmente las aspiraciones más altas y el ambiente
moral de la época del propio autor. Esa obra no ha sido nunca superada
en profundidad espiritual, intensidad dramática, seguridad en el
tratamiento y tersura de expresión. En ella Europa tuvo una obra
de arte capaz de competir con las del mundo clásico. Petrarca lleva
la canzone y el soneto a su más alto grado de perfección
técnica a través de sus poemas líricos, el “Canzoniere”
o “Rime”, una serie de miniaturas acerca de los diversos
sentimientos por los que pasa el alma, comenzando por el amor terreno
y el entusiasmo patriótico hasta llegar a su descanso en la religión.
Sus “Trionfi”, poema en terza rima, en diez cantos,
trata el mismo asunto pero de modo alegórico, dándole un
significado simbólico a su propia vida. En sus voluminosos escritos
latinos- cartas, tratados y poemas- aparece como el primer humanista,
precursor del Renacimiento. El adorador de Dante y amigo íntimo
de Petrarca, Boccaccio, en su “Filostrato” y “Teseide”,
estableció la ottava rima (que antes sólo se usaba
en el verso popular) como la medida normal de la poesía narrativa
italiana. A través de su “Ameto” introdujo la prosa
pastoral y la égloga vernácula. “Fiammetta”,
una obra rudamente inmoral, es la obra que inaugura la moderna novela
psicológica. En los cien cuentos del “Decameron” le
dio perfección artística a la novella, o cuento, dotándola
de vida moderna. Escrito en una prosa adornada y poética, que carece
de sencillez y franqueza, el “Decameron” nos coloca en una
situación apropiada para ver ciertos aspectos de la vida de la
sociedad del siglo XIV, aunque desfigurados por la obscenidad y empapados
de una idea superficial y sensual de la vida.
Ese siglo en Italia, como en otras partes, es el siglo de oro de la literatura
vernácula ascética y mística, que produjo una rica
cosecha de traducciones de las Escrituras y de los Padres, de cartas espirituales,
sermones, tratados religiosos notables tanto por su fervor como por su
valor lingüístico. De los primeros años del Trecento
proceden los sermones del dominico B. Giordano da Rivalto (+1311). Las
exquisitas “Fioretti di San Francesco”, que ahora
se sabe que son una traducción del latín, datan del año
1328, más o menos. Entre los escritores espirituales, que se habían
propuesto abrir los tesoros de la Iglesia a los ignorantes, destacan los
agustinos Simone da Cascia (+1348) y Giovanni da Salerno (+ 1388), cuyas
obras han sido editadas por el P. Incola Mattioli. También los
dominicos Domenico Cavalca, prolífico traductor, y Jacopo Passavanti
(+1357), cuyo “Specchio della Vera Penitenza” es
modelo de estilo y lenguaje. Las admirables cartas de Giovanni Colombini
(+ 1367) y la lírica mística de su discípulo, Bianco
dall’ Anciolina (El Bianco da Siena), tienen el brillante fervor,
la locura divina, de los primeros franciscanos. En forma menos elevada,
las epístolas del monje de Valleombrosa, Giovanni dalle Celle (+
1396), se extendieron desde los cuarentas a los noventas de ese siglo.
Pero la figura mayor de todos fue alguien que, desde el punto de vista
literario, está a la altura de Dante y Petrarca: santa Catarina
de Siena (1347- 1380), cuyo “Diálogo” constituye la
más grande obra mística en prosa de la lengua italiana,
y cuyas “Cartas” no han sido superadas en los anales del cristianismo.
Hay muchos poetas menores. Ceceo Angioleri de Siena (+ 1312), el Billon
Italiano, escribió sonetos humorísticos y satíricos
de admirable vigor y acerca de personajes de las clases bajas. Folgore
da San Gimignano (+ después del 1315) describe la modosa existencia
de los nobles jóvenes de Siena con el toque de un pintor. Guittoncino
de’ Sinibuldi, comocido como Cino da Pistoia (+ 1337), también
es renombrado como jurista; amigo de Dante, cuya “Rime”
imitó, produjo obras amatorias y políticas dignas de su
maestro. Francesco da Barberino (+ 1348), quien fue influenciado por los
modelos provenzales y franceses, es autor de dos poemas didácticos
alegóricos algo insípidos. Un exilado florentino, Fazio
degli Uberti (+ después de 1368), llegó a niveles más
altos en su “Dittamondo”, un largo poema en terza
rima que “intentaba ser un paralelo terrenal del poema sagrado de
Dante; hacer para este mundo lo que él hizo por el otro”
(Rosetti). Y en su espléndido lirismo patriótico se superó
a si mismo; en él dio una expresión vigorosa al nuevo gibelinismo
italiano. Antonio Pucci de Florencia (+ 1374) es el representante principal
de la poesía popular de esa edad.
Con los primeros años del siglo se inició una serie de crónicas
y diarios escrito en lengua vernácula. Dino Compagni (+ 1324),
a quien se atribuye también la “Intelligenza”,
un poema alegórico en nona rima, describe las facciones de los
Bianchi y Neri en Florencia con indignación patriótica e
imparcialidad. Giovanni Villani (+ 1348) y su hermano Matteo (+ 1363)
escribieron toda la historia de Florencia, desde sus orígenes legendarios
hasta la muerte de Matteo. Su obra, además de su gran valor histórico,
es un monumento a la más pura prosa toscana. Cronistas menores
aparecieron por toda Italia. Mencionaremos solamente a dos sieneses, Agnolo
di Tura y Neri di Donato, y al abad benedictino Niccolò de Gavello.
Este escribió el “Libro del Polistore”, un
tipo de historia universal (sólo publicado en parte) que termina
en 1367. En el área de ficción, el “Reali di Francia”,
de Andrea da Barberino, escrito a fines del siglo, vierte del francés
las aventuras de Carlomagno y sus paladines. El “Pecorone”
de Ser Giovanni Fiorentino (+ 1378) es una colección de cuentos
a la manera de Boccaccio. Franco Saccheti (1335- 1400), menos artificial
que Boccaccio, adaptó la novella a propósitos morales. También
escribió sermones evangélicos, poemas, tanto lúdicos
como serios, con frecuencia de una gran belleza lírica, con las
que llegó a un hermoso final la literatura del Trecento florentino.
El Renacimiento
Hay dos épocas distintas en la historia del Renacimiento italiano.
La más temprana, que incluye la mayor parte del siglo XV (Il
Quatrocento), va desde el retorno de los papas de Avignon (1377)
a la invasión de Carlos VIII (1494). La posterior, que comprende
el siglo XVI (Il Cinquecento), va de la derrota de los franceses
en Fornovo (1495) a la devolución del ducado de Ferrara a la Santa
Sede (1597). Aceptando que debe haber algunas sobreposiciones, la literatura
de la época se ubica en dos períodos correspondientes. El
Quatrocento es el período intermedio entre el movimiento
mayormente toscano, del siglo XIV, y la literatura general italiana, en
el XVI. Se desarrolló bajo el patrocinio de los príncipes
que estaban en proceso de formar estados hereditarios sobre las ruinas
de las comunas, y su primera característica fue dar continuidad
al trabajo (inaugurado por Petrarca) de recuperar los autores clásicos
y copiar manuscritos, al mismo tiempo que se menospreciaba lo vernáculo
y los autores intentaban escribir versos y prosa en latín según
el modelo de los antiguos. Los helenistas se dieron cita en Italia, y
la influencia de Platón, traducido al latín por Leonardo
Bruni (+1444) y Marsilio Ficino (+ 1495), llegó a adquirir una
enorme importancia. Este último, quien deseaba armonizar a Platón
con el cristianismo, sirvió de instrumento para la fundación
de la Academia Florentina Neoplatónica. Algunos de los humanistas
eran verdaderos paganos en espíritu, como Poggio Bracciolini (+1459),
Antonio Beccadelli, apodado Panormita (+ 1471) y Francesco Filelfo (+
1481). Pero había otros, como el monje camaldolense Ambrogio Traversari
(+ 1439), Palla Strozzi (+ 1462), Giannozzo Manetti (+ 1459), Guarino
Veronese (+ 1460), Vittorino da Feltre (+ 1446) y Giovanni Pico della
Mirandola (1463-1494), quienes pudieron reconciliar su culto a la antigüedad
con una fe viva en la Iglesia Católica. Entre esos cristianos humanistas
hubo dos papas, Nicolás V (+ 1455) y Pío II (+ 1464). La
“Vita d’uomini illustri”, del librero florentino,
Vespasiano da Bisticci (1421-1498), nos describe vivamente la vida literaria
de esa época. Durante la primera parte del siglo, la literatura
vernácula alcanzó poca importancia. Leonardo Giustiniani
de Venecia (1388-1446) escribió poesía amorosa y laudi
religiosos, de los cuales algunos han sido atribuidos a Jacapone da Todi.
El arquitecto florentino, León Battista Alberti (1406- 1472), es
el autor de algunos tratados artísticos y diálogos morales,
entre los que destacan los cuatro libros de “Della famiglia”,
escritos en un toscano salpicado de latinismos. Feo Belcari (1410-84)
escribió teatro de misterio y poemas religiosos, así como
las vidas de Giovanni Colombini y sus seguidores, adornados con la devota
simplicidad de tiempos idos. En la literatura religiosa también
están las cartas ascéticas de Giovanni Dominici (+ 1419),
tenaz opositor de las tendencias paganas del renacer clásico, así
como los sermones vernáculos (1427) de san Bernardino de Siena.
En la parte posterior del siglo, y principalmente gracias a la influencia
de Lorenzo de’ Medici y los Duques de Ferrara, de nueva cuenta el
italiano se impuso al latín. Aparecen tres poetas, casi de la primera
clase: el propio Lorenzo de’ Medici (1449- 1492), Angelo Poliziano
( 1454-1494) y Matteo Maria Bolardo (1434-1494). Dotado de extraordinaria
versatilidad como poeta, Lorenzo dejó la huella de su impactante
personalidad en todo lo que escribió, y manifiestó una fina
sensibilidad acerca de la naturaleza, especialmente en sus personajes,
salidos de la vida del campo. Las ballate y canzonette de Poliziano
poseen un verdadero carácter lírico, mientras que sus “Stanze
per la Giostra” están empapadas del espíritu
de la pintura florentina y su “Orfeo” maneja el tema mitológico
con el estilo del teatro místico religioso. El “Canzoniere”
de Bolardo, un poco petrarcano en el tono, aunque bastante original
en la forma, es la colección más fina de poemas de amor
del siglo. Su “Orlando inamorato”, obra inconclusa,
es un romance poético en ottava rima que infunde vida fresca a
las leyendas carolingias al impregnarlas del espíritu del ciclo
arturiano. Entre los poetas menores del círculo mediciano, Luigi
Pulci (1432-1484) trata en su “Morgante” las aventuras de
Orlando con una mezcla fantástica de seriedad y jocosidad. Girolamo
Benivieni (1453-1542), dotado de un espíritu noble, místico
y patriótico, que sobrevivió a su propia época, cantó
el amor celestial “según la mente y la opinión de
los platónicos” (1487) y se convirtió en el intérprete
lírico de las aspiraciones de Savonarola. En las cortes del norte,
el poeta ciego Francesco Bello siguió los pasos de Boiardo al escribir
su “Mambriano” (1496). El cortesano de Ferrara, Antonio Tebaldeo
(1463-1537), cuya poesía pertenece al siglo XV, exageró
los defectos de Petrarca y versificó la actividad política
de sus patrones. Antonio Cammelu, llamado “Il Pistoia”
(1441-1502), produjo una serie extraordinariamente vívida
de sonetos satíricos que constituyen documentos históricos
de la mayor importancia. Las dos figuras literarias de renombre en el
sur son los napolitanos Giovanni Pontormo (1426-1503) y Jacopo Sannazaro
(1458-1530). El primero, quien dio su nombre a una famosa academia, solamente
escribió en latín, que lo mismo en prosa que en verso manejaba
como si fuera su propia lengua. El último debe su fama a su “Eclogae
piscatoriae”, en latín, y su “Arcadia”,
escrita en italiano, en verso y prosa, las cuales influenciaron la literatura
de la Inglaterra isabelina. Su principal poema latino, “De partu
Virginis”, no fue publicado sino hasta 1526. La obra histórica
italiana más importante del siglo XV es la “Storia de
Milano”, de Bernardo Corio (1459-1510), que reviste un valor
muy especial por su descripción tan detallada de los reinados de
los duques de la familia Sforza. El Cinquecento fue testigo de cómo
el toscano vernáculo finalmente llegó a establecerse como
el lenguaje literario de Italia y de cómo los estudios clásicos
del pasado ya no se manifestaban en una pedante imitación sino
en una literatura nacional que ya sólo era clásica en la
perfección de su forma. En la prosa, Niccolò Maquiavelo
(1469-1527) y, en la poesía, Lodovico Ariosto (1474-1533), son
los espíritus maestros de esa era.
Las obras políticas e históricas de Maquiavelo, admirables
por su claridad, brevedad y eficacia de expresión, visión
penetrante y, a veces, por su nobleza de aspiraciones patrióticas,
están, sin embargo, sometidas a severas condenas debido a su carencia
casi total de consideraciones éticas en la esfera de la vida pública.
Después de Dante, Ariosto es el más grande poeta que haya
producido Italia. Su “Orlando furioso”, una épica
romántica que continúa el tema del poema caballeresco de
Boiardo, pero apegado a los modelos clásicos, tiene las más
altas cualidades de estilo, imaginación y humor. Esta obra, si
bien refleja fielmente la sociedad del Cinquecento temprano,
está manchada por la misma disolución y la falta de ideales
nobles que caracterizan a su época. Sus “Satires”,
o epístolas en verso, nos dan un retrato perfecto del mismo poeta
y hacen un bosquejo magistral de la vida de entonces. En su “Rime”,
a pesar de ocasionales imitaciones de Petrarca, reconocemos una sinceridad
de palabra y una pasión genuina que son raras en la poesía
lírica de ese tiempo. Junto a esos dos gigantes se tiene de pie
Francesco Guicciardini (1483-1540), investigador inmisericorde de los
motivos secretos de las personas en su “Storia d’Italia”
y en sus escritos políticos, cuya descripción histórica
es poco común, pero que carece de entusiasmo y de aspiraciones
nobles.
El “Cortegiano” de Baldassare Castiglione (1478-1529)
expresa un ideal más alto de vida y conducta. Esta obra es la descripción
del caballero perfecto, quien al final se deja llevar sobre las alas del
amor platónico hacia la contemplación mística de
belleza celestial. Pietro Bembo (1470-1547), sumo sacerdote literario
del siglo tocó el mismo tema, aunque de modo menos noble, en su
“Asolani”. Su poesía no es más que servil imitación
de Petrarca, pero su “Prose”, en la que formuló
las reglas del lenguaje italiano, y la pasión con la que dio ejemplo
de cómo editar a los clásicos, fueron factores influyentes
en la creación de un criterio de buen gusto. Los petrarquistas
Francesco Maria Molza (1489-1544), Giovanni Guidiccioni (1500-1541), Giovanni
della Casa (1503-1556), pertenecientes a la misma escuela poética
que Bembo, son reconocidos por la perfección de su técnica
más que por la originalidad de su pensamiento. Vittoria Colonia
(1490-1547), cuya vida de santidad ilumina su poesía, Gaspara Stampa
(1523-1554), en cuya poesía encontramos la fiel descripción
de una pasión profunda pero infeliz, y el gran artista Michelangelo
Buonarroti (1475-1564), se elevaron por sobre los demás gracias
a la nobleza de su pensamiento y vigoroso estilo. Un sureño versátil,
Luigi Tansillo (1510-1568), muestra una individualidad muy marcada tanto
en su poesía lírica como en sus poemas idílicos.
Entre los poetas burlescos está el simpático pero inmoral
Francesco Berni (1498-1535) y Teofilo Folengo (1492-1544), cuya “Macaronea”,
o “Baldus”, es una épica burlesca escrita en una mezcla
extravagante y sutil de latín e italiano, la poesía
“maccheronica”, de la cual el fue el perfeccionador,
más que el inventor.
Giovanni Rucellai (1475) y Luigi Alamanni (1495-1556) compusieron poemas
didácticos en verso libre, a imitación del “Georgicos”
de Virgilio, mientras que Gian Giorgio Trissino (1478-1550), uno de los
más importantes críticos literarios de esa época,
probó suerte en la épica heroica, con el mismo tipo de métrica,
en su “Italia liberata dai Goti”. Numerosos escritores
intentaron seguir las huellas de Ariosto escribiendo poemas épicos,
y de entre ellos el “Amadigi” de Bernardo Tasso (1493-1569),
padre de Torcuato, es el más logrado. En la poesía religiosa
de Celio Magno (1536-1602) encontramos la renovación de los ideales
espirituales provocados por la reacción católica, y la misma
tendencia se nota en Torcuato Tasso (1544-1595), con el que termina la
poesía del Renacimiento italiano. La “Gerusalemme liberata”
de Tasso, creada según las reglas clásicas, es simultáneamente
una épica heroica y religiosa, elegante y musical, en la que no
faltan detalles menores de romance y sentimiento. También ganó
un sitio como compositor y dramaturgo. Y al fin de su vida compuso el
poema didáctico “Il mondo creato”, cuyos méritos
son más teológicos que poéticos.
El Renacimiento italiano no produjo dramas de valor. La comedia italiana
del Cinquecento es una imitación directa de Plauto y Terencio,
aunque intenta adaptar los tramas y personajes de los dramaturgos latinos
a las condiciones de vida del siglo XVI. También en esta rama,
tal como en la épica romántica, Ariosto es la figura principal.
Sus primeras comedias (1508-1509) están escritas en prosa; las
posteriores (1520-1531), en verso sdrucciolo, verso libre terminado en
un dáctilo, que pretende reproducir el trimetro yámbico
de los comediantes latinos. Esas obras nos dan una imagen vívida
de la época. El diálo es natural y brillante; los caracteres,
superficiales pero astutos, aunque desfigurados por tanta inútil
obscenidad. Entre las primeras y las últimas comedias de Ariosto
están la “Calandria” de Bernardo da Bibbiena (1513)
y la “Mandragola” de Maquiavelo (posterior a 1512), ambas
en prosa. La última es una obra de verdadera fuerza dramática,
aunque cínica y sumamente inmoral. Esto se puede decir igualmente
de gran parte de la comedia de ese siglo y su peor expresión son
las obras de Pietro Aretino (1492-1556), de triste memoria. Las tragedias
son de menor calidad todavía. No tienen relación con la
vida contemporánea; son meras imitaciones retóricas de los
trágicos griegos y de Séneca. Sólo el “Torrismondo”
de Torquato Tasso (1587) se libra un poco de la mediocridad. Son
mucho más atractivos los dramas líricos pastorales, por
ejemplo, el “Aminta” (1573) de Tasso y su digno rival, el
“Pastor Fido”, de Battista Guarini (1585), obras
maestras de su tipo, en los que lo artificial y convencional del sentimiento
queda idealizado y convertido en algo aceptable gracias a lo melódico
de la poesía con la que está revestido.
Además de Maquiavelo y Giucciardini, Florencia produjo varios admirables
historiadores, especialmente Jacopo Nardi (1476-1555), Donato Giannoti
(1492-1572) y Benedetto Varchi (1502-1565). En Venecia, aparte de las
historias oficiales de Bembo y Paolo Paruta (+ 1598), tenemos los voluminosos
“Diarii” de Marino Sanudo (1466-1536), que nos hacen
posible reconstruir día a día la vida pública y privada
de la república. Angelo di Costanzo (1507-1591) escribió
la historia de Nápoles con precisión y simplicidad. La autobiografía
de Benvenuto Cellini (1500-1571) y la serie de “Vite”
de los pintores, escultores y arquitectos, de Giorgio Vasari (1531-1574)
nos ponen ante los ojos la cara artística del Renacimiento. Bernardino
Baldi (1553-1617), otro poeta idílico y didáctico de espíritu
austero, compuso admirables monografías acerca de las vidas y tiempos
de los dos primeros duques de Urbino. Dos novelistas, Matteo Bandello
(1480-1560) y Giambattista Giraldi (1504-75), tienen el mérito
de ser menos inmorales que Bocaccio. Entre los tratados en prosa de menor
valía, el “Galateo” de Giovanni della Casa, un manual
sobre buenas costumbres, ha logrado que su título sea casi proverbial.
La traducción que hizo Bernardo Davanzati (1529-1606) de Tácito
es un modelo de estilo. Entre los gramáticos y críticos
literarios, además de Bembo, Trissino y Varchi, debe mencionarse
a Leonardo Salviati, quien tuvo un importante papel en la fundación
de la “Academia della Crusca”, en 1582. El elemento
espiritual de la literatura vernácula está representada
por la “Vita e transito della Beata Osanna da Mantua”,
de Girolamo Montolivetano (1505); el “Trattato del Purgatorio”,
de santa Catalina de Génova (+1510); los escritos místicos
de su ahijada, la monja carmelita Battista Vernazza (+ 1587); las cartas
de santa Catalina de’ Ricci (+ 1590); y el “Combattimento
spirituale” (alrededor de 1585), de Lorenzo Scupoli, usado
hasta hace poco con motivos devocionales.
La decadencia
El genio creativo de los italianos se agotó durante el Renacimiento,
y la vida nacional fue aplastada por el yugo extranjero de España,
impuesto sobre la península por el tratado de Cateau-Cambrésis
(1559). Ya la decadencia había sentado sus reales desde la segunda
parte del siglo XVII (Il Seicento) y la primera parte del siglo
XVIII (Il Settecento), las cuales juntas constituyen la última
época fructífera de la historia de la literatura italiana.
Las características de la poesía del inicio del siglo XVII
son la exageración y la extravagancia, con un gusto corrompido
y una pasión desenfrenada por las novedades (en reacción
contra el clasicismo frígido con el que terminó el Renacimiento).
De esta edad la obra más representativa es el “Adone”
del poeta napolitano Giovanbattista Marini (1569-1625), poema sumamente
inmoral que aparentaba tener intenciones éticas. Alessandro Tassoni
(1565-1635) parodió la poesía heroica en su épica
cómica “La secchia rapita”, y atacó
a los invasores españoles en su prosa “Filippiche”.
Gabriello Chiabrera (1552-1637) inauguró una nueva escuela de poesía
lírica. Este autor intentó, con poco éxito, adoptar
para el verso italiano la métrica de los poetas griegos y romanos.
Fulvio Testi (1593-1646) siguió sus pasos, con peor gusto pero
más virilidad y alcanzó notoriedad con sus poemas patrióticos.
Entre los poetas satíricos, fruto natural de una edad corrupta,
está el pintor napolitano Salvator Rosa (1615-73). La reacción
inevitable en contra del amaneramiento exagerado de los marinistas dio
origen a un movimiento encaminado a reformar la poesía italiana
a base de volver a la naturaleza y a los ideales de sencillez. A esta
escuela pertenecen Vincenzo Filicaja (1642-1707), cuyos mejores sonetos
son considerados las joyas poéticas de esa era; Benedetto Menzini
(1646-1704), un sacerdote florentino que también compuso con éxito
algunas sátiras y Alessandro Guidi (1650-1712), apodado el “Píndaro
italiano”, que introdujo mayor libertad a la estructura rítmica
de las canzone. Este movimiento culminó con la famosa “Academia
dell’Arcadia”, inaugurada en Roma en 1690. Pero ésta
también cayó pronto en una afectado pastoralismo y una simplicidad
artificial, tan falsa ante la naturaleza y la genuina poesía como
los amaneramientos que intentaba combatir.
Si bien el italiano más grande de esa época, Galileo Galilei
(1564-1642), pertenece más bien al campo de la ciencia que al de
la literatura, sus escritos se distinguen por su excelsa calidad literaria.
Francesco Redi (1626-1698), una destacado médico, también
fue poeta y filólogo. Entre los principales escritores en prosa
de ese tiempo están tres jesuitas, que combinan la devoción
y el deseo de aprender con un estilo literario que, aunque menos libre
que el de Galileo- a causa de las inclinaciones contemporáneas-
no fue superado por ningún otro de sus coetáneos. El Padre
Sforza Pallavicino (1607-1667) compuso la historia oficial del Concilio
de Trento, para refutar la de Fray Paolo Sarpi (1552-1623), y otros tratados
éticos y religiosos. Algunos de éstos, como el “Arte
della perfezione cristiana” y los cuatro volúmenes de
“Del Bene”, diálogos filosóficos sostenidos
en la villa del Cardenal Alessandro Orsini, son aún leídos
en nuestro tiempo. El Padre Daniello Bartoli (1608-85),autor prolífico
y brillante, escribió la historia de la Compañía
de Jesús en un estilo típico del Seicento. El Padre Paolo
Segneri (1624-94) reformó el arte de la oratoria religiosa y la
liberó de las corrupciones de su tiempo. Destacan entre los historiadores
el Cardenal Guido Bentivoglio (1579-1644), confiable diplomático
de la Santa Sede, y Enrico Caterino Davila (1576-1631), quien escribió
acerca de la guerra civil francesa.
Un poco después Giambattista Vico (1668-1744) y Lodovico Antonio
Muratori (1672-1750) colocaron el estudio de la historia sobre una base
científica. Vico mostró de qué forma la historia
puede ser iluminada por la aplicación de la jurisprudencia y la
filosofía; Muratori, ese valioso sacerdote a quien todo estudioso
de la Edad Media debe más que a cualquier otra persona, enseñó
con su propio ejemplo que la historia debe sustentarse en la investigación
documental, y con ello preparó el terreno a subsecuentes investigadores.
En el terreno de la filología y del criticismo literario deben
mencionarse los nombres de Carlo Dati (1619-76), quien estuvo asociado
con la Academia della Crusca (cuyo primer diccionario había
sido publicado en 1612); Gianvincenzo Gravina (1664-1718), uno de los
fundadores de la Arcadia; y el sienés Girolamo Gigli (1660-1722),
el celoso editor de santa Catalina. El jesuita Girolamo Tiraboschi (1731-94)
compiló la voluminosa historia de la literatura italiana, indispensable
hasta nuestros días.
Al llegarse la mitad del siglo XVIII los cambios dinásticos habían
hecho desaparecer las antiguas casas reinantes y por la paz de Aachen
(1748) se había levantado de Italia el yugo reaccionario de España.
La última mitad de ese siglo deja entrever un cierto despertar
intelectual y moral, emparejado con el crecimiento del espíritu
de escepticismo e irreligiosidad, causado en parte por la influencia francesa.
Era una época de economistas políticos y científicos,
entre los que fue Cesare Beccaria (1738-94) quien se llevó la fama
más duradera. Pietro Trapassi (1698-1782), mejor conocido como
Metastasio, fue quien llevó el melodrama a su máxima perfección,
invistiéndola de dignidad trágica y belleza poética.
Carlo Goldoni (1707-93) reformó la comedia italiana, liberándola
de su pedantería y payasada, y haciendo de ella una representación
de la vida y de los temperamentos humanos. Con Giuseppe Baretti (1718-89),
el crítico que golpeó las afectaciones literarias y demandó
sincera virilidad en las cartas, el Piemonte logró una entrada
significativa en la literatura italiana. Al final se irguieron dos grandes
poetas, un sacerdote lombardo y un noble piemontés, quienes anticiparon
la nueva era y utilizaron la poesía como instrumento en pro del
progreso social. Ellos fueron: Giuseppe Parmi (1729-99) y Vittorio Alfieri
(1749-1803). La obra mayor de Parini, “Il Giorno”,
satiriza la vida afeminada y corrupta de la aristocracia y protesta contra
las injusticias de clase. Sus “Odi”, iguales de admirables
por su estilo, ponen la misma nota de virilidad en la poesía lírica.
Alfieri, además de componer fuertes sonetos y sátiras, también
produjo una larga serie de tragedias austeras y poderosas, a través
de las cuales protesta contra toda tiranía y opresión y
llama a la nación a ponerse la armadura de la hombría y
la perseverancia.
Literatura moderna
Al inicio del siglo XIX los ideales de la Revolución Francesa
habían penetrado en Italia, al mismo tiempo que el establecimiento
de la República Cisalpina y, luego, del reino italiano napoleónico,
de breve vida, inspiraban el sentimiento nacional y daban esperanza a
la última independencia. Esos eventos tuvieron una influencia profunda
en la literatura italiana, la cual, durante los siguientes cincuenta años,
se dividió entre las escuelas clásica y romántica.
Aquella pretendía llevar a cabo la obra de renovación por
medio de adaptar los modelos clásicos a las condiciones nuevas;
ésta, a base de poner menos atención a la forma que a los
aspectos pintorescos de la historia (sobre todo la de la Edad Media),
al sentimiento popular, y a la naturaleza. Vincenzo Monti (1754-1828)
es la cabeza de la escuela clásica en la poesía, si bien
sus primeras obras pertenecen al siglo precedente. Sin gran originalidad,
ni estabilidad de pensamiento, ni constancia de ideales, este autor tuvo
sin embargo una inextinguible fecundidad y vigor de estilo que en ocasiones
impresiona. Ugo Foscolo (1778-1827), al igual que Monti, fue crítico
literario, poeta y fiel patriota. Su obra maestra, “I sepolcri”,
es una epístola poética en verso libre, de pensamiento clásico,
de estilo elevado y rico en imágenes. La “Ultime lettere
di Jacopo Ortis”, su más reconocida obra en prosa, es
una producción poco decente y morbosa. Entre los autores menores
de la escuela clásica están el poeta Ippolito Pindemonte
(1753-1828), traductor de la Odisea, y que respondió al “Sepolcri”
de Foscolo desde una perspectiva religiosa; Antonio Cesan (1760-1828),
sacerdote veronés, cuyo objetivo era purificar el leguaje siguiendo
el criterio de los autores toscanos del Trecento; Giulio Perticari (1779-1822),
yerno de Monti, cuyos trabajos lingüísticos estaban estrechamente
vinculados con la revisión del “Vocabolario della Crusca”;
Carlo Botta (1766-1837), que intentó seguir las huellas de los
historiadores latinos y los grandes florentinos del siglo XVI. Giacomo
Leopardi (1798-1837), quien más que a la escuela romántica
pertenece a la clásica, es una figura solitaria y trágica.
La infelicidad hogareña, una salud que quedó pronto dañada
a causa de la excesiva dedicación al estudio, un amor no correspondido,
y la pérdida de la fe católica en la que había sido
educado, lo llevaron a un crudo pesimismo. Ningún italiano desde
Petrarca había alcanzado la belleza lírica que logró
en sus “Canti”, en los que el contraste entre el
pasado y presente de su patria, el culto a la antigüedad, la desilusión
política, el amor sin esperanza, y hasta la contemplación
de la naturaleza encuentran una expresión en la desesperanza desnuda.
El fundador de la escuela romántica es Giovanni Berchet (1783-1851),
quien en 1816 definió la escuela clásica como la “poesía
de los muertos”, y la romántica como la “poesía
de los vivos”. Sus propios poemas, poco después, le ganaron
el título de “Tirteo italiano”. A los románticos
pertenece la más noble figura de la literatura italiana del siglo
XIX: el gran escritor católico, Alessandro Manzoni (1785 1873).
Su vida fue gobernada y su arte inspirado solamente por la religión
y el patriotismo. En sus “Inni sacri” ((1815-22)
él expresa líricamente los principales misterios de la fe.
En su oda acerca de la muerte de Napoleón, “Il Cinque
Maggio”, hace un juicio de la trayectoria del poderoso conquistador
a la luz de la religión. Sus dramas poéticos, "Il
Conte di Carmagnola" (1820) y "L'Adelchi" (1822),
son pobres en verdaderas cualidades dramáticas, pero notables por
sus interludios corales, tan patrióticos como religiosos. Las mismas
ideas forman su obra maestra, "I Promessi Sposi" (1827),
un romance realista con un fondo histórico, admirable tanto por
sus caracteres y descripción, por su pathos y humor, como
por la altura de su idealismo. A la escuela de Manzoni, combinando igualmente
un ardiente catolicismo con el entusiasmo patriótico, pertenecen
Tommaso Grossi (1790-1853), poeta y novelista, Silvio Pellico (1789-1854),
cuyo “Le mie Prigione” describe con patético
detalle y resignación cristiana su cruel prisión a manos
de los austriacos, y Cesare Cantù (1804-95), mejor conocido por
sus posteriores y voluminosos estudios históricos. Las consideraciones
políticas matizan la mayor parte de la literatura de la mitad del
siglo ya en los escritos históricos de Cesare Balbo (1789-1853),
los poemas satíricos y patrióticos de Giuseppe Giusti (1809-50),
los poemas revolucionarios de Gabriele Rossetti (1783-1854), la tragedias
de Giovanbattista Niccolini (1782-1861), o los alguna vez admirados romances
de Francesco Domenico Guerrazzi (1804-73). La “Storia d’Italia
nel Medio Evo”, de Carlo Troya (1784-1858), la “Storia
de la Repubblica di Firenze” de Gino Capponi (1792-1876), y
la "Storia dei Mussulmani di Sicilia" de Michele Amari
(1806-89) son obras de más permanente valor. Niccolò Tommaseo
(1802-74), poeta y patriota, que unió el estudio de la filología
con el de la filosofía, se convirtió en un favorito de los
estudiosos de Dante y santa Catalina.
Entre esa época y la nuestra, perteneciente, por el carácter
de su arte, más a la antigua que a la nueva era, destaca un genuino,
aunque no grande, poeta, Giacomo Zanella (1820-89), erudito profesor y
devoto sacerdote católico. En la obra de Zanella se mezclan noblemente
el culto a la ciencia, el amor a la naturaleza, un fervoroso patriotismo
y profundas convicciones religiosas. Lo mejor de su obra es la poesía,
y en la última de ellas, una oda a León XIII, aboga por
la reconciliación entre el Estado y la Iglesia, la boda de la Cruz
de Cristo con la cruz savoyarda de la bandera nacional. Desde la unificación
de Italia se ha logrado más en el campo de la economía y
de las ciencias sociales que en la literatura pura. Entre los poetas más
distinguidos de Europa del siglo XIX destaca sin duda un moderno italiano,
Giosuè Carducci (1836-1906). Encarnizado oponente del ideal cristiano
y esforzado demócrata, Carducci dio forma poética a la faceta
anticlerical de la revolución que hizo una a Italia, y expresó
el paganismo que late en el genio italiano. En su obra maestra, “Odi
barbare”, vacía sus contendidos esencialmente modernos
en formas rítmicas modeladas según las métricas poéticas
de los poetas clásicos de Grecia y Roma. Sus escritos en prosa
y sus actividades magisteriales han influido en la creación de
un alto nivel de crítica literaria y academicismo en Italia. En
este último campo, se debe mucho también al veterano historiador
Pasquale Villan (nacido en 1827). De los poetas que aún vivían
en 1909, el honor pertenece a Giovanni Pascoli (1855-1912), a quien la
contemplación de la naturaleza y la vida campesina inspiran versos
cortos que han llegado a ser clásicos por su belleza. Tanto en
verso como en prosa, Gabriele d'Annunzio (1864-1938) ha pervertido sus
extraordinarios talentos en una literatura de la más baja categoría.
Es imposible concebir que su preciosa retórica, con sus descripciones
de pasión sensual y grosera obscenidad, puedan ser aceptados permanentemente.
El manto de Manzoni cayó sobre un discípulo de Zanella,
Antonio Fogazzaro (1842-1911), católico e idealista, cuyos romances
descuellan sobre el resto de la ficción italiana moderna, y cuya
nota central se encuentra en la convicción del autor de que una
de las misiones del arte es reforzar el elemento divino que reside en
cada persona.
Archivio Glottologico Italiano (Roma, cuatrimestral);
MORANDI, Origine della lingua italiana (Città di Castello, 1892);
CAIX, Le origini della lingua poetica italiana (Florencia, 1880); MONACI,
Crestomazia italiana dei primi secoli (Città di Castello, 1889-97);
TIRABOSCHI, Storia della letteratura italiana; TORRACA, Studi sulla lirica
italiana del Ducento (Bolonia, 1902); BANTOLI, Storia della letteratura
italiana (Florencia, 1878-84); GASPARY, Geschichte der italienischen Literatur
(Berlin, 1885-88); tr. al italiano, con adiciones, por ZINGARELLI y ROSSI
(Turín, 1887-1901); OELSNER, Gaspary's History of Early Italian
Literature to the Death of Dante (Londres, 1901); D'ANCONA y BACCI, Manuale
della letteratura italiana (Florencia, 1892-94); FORNACIARI, Disegno storico
della letteratura italiana (Florencia, 1898); D'ANCONA, Origini del teatro
italiano (Turin, 1891); BURCKHARDT, Die Cultur der Renaissance in Italien
(nueva ed., Leipzig, 1901); VOIGT, Die Wiederbelebung des classischen
Alterthums (Berlínn, 1859); traducción italiana, aumentada
por VALBUSA (Florencia, 1888-97); SYMONDS, The Renaissance in Italy: Italian
literature (Londres, 1881); DORNIS, La poésie italienne contemporaine
(Paris, 1898); GARNETT, History of Italian Literature (Londres, 1898);
KING y OKEY, Italy To-day (Londres, 1901); GREENE, Italian Lyrists of
Today (Londres, 1893).
Una amplia historia literaria, elaborada por varias manos,
estaba en publicación en Milán al escribirse este artículo:
NOVATI, Origini della lingua; ZINGARELLI, Dante; VOLPI, Il Trecento; ROSSI,
Il Quattrocento; FLAMINI, Il Cinquecento; BELLONI, Il Seicento; CONCARI,
Il Settecento; MAZZONI, L'Ottocento. La revista trimestral Giornale Storico
della letteratura italiana, editada por NOVATI y RENIER (Turín),
es indispensable para los estudiosos.
EDMUND G. GARDNER.
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María.
Traducido por Javier Algara Cossío.