General de la Compañía
de Jesús, nacido en Florencia, el 2 de agosto de 1703; falleció en
el Castillo de San Angelo en Roma el 24 de noviembre de 1775. Miembro
de una de las familias más antiguas e ilustres de la Toscana. Tuvo
dos hermanos, uno de ellos fue canónigo de la catedral y el otro fue
elevado por Francisco I, Gran Duque de Toscana, a la dignidad de primer
síndico del Gran ducado. Enviado muy joven a Prato, para seguir sus
estudios bajo la dirección de la Compañía de Jesús en la famosa universidad
de Cicognini, entró en la Compañía cuando tenía
escasamente quince años el 16 de diciembre de 1718, en el noviciado
de San Andrea en Roma. Habiendo hecho los cursos usuales de los estudios
filosóficos y teológicos y defendido,
públicamente, dos veces con un éxito poco común su tesis en estas
materias, fue encargado consecutivamente de enseñar bellas letras
y filosofía, en Siena, y filosofía y teología en el Colegio Romano,
desde el que fue promovido al más alto cargo de su orden. Entretanto,
fue admitido a la profesión de los cuatro votos el 15 de agosto de
1736. Alrededor de 1751 su vida regular y moralmente edificante, su
discreción, apacibilidad, y simplicidad causaron su designación para
la importante tarea de padre espiritual, deber que desempeñó con satisfacción
para todos. En 1755, el padre Luigi Centurione,
que apreciaba sus eminentes cualidades, lo eligió como secretaria
de la Sociedad . Finalmente en la decimonona Congregación fue elegido
general por voto unánime, (21 de mayo de 1758). Fue el periodo más
tormentoso y angustioso de su existencia, cuando el capitulo
de la Compañía puso su gobierno y sus destinos en manos de un hombre
profundamente virtuoso y dotado de méritos poco usuales, pero inexperto
en el arte de gobernar y que siempre había vivido apartado del mundo
y las intrigas diplomáticas. El historiógrafo Julius Cordara, que
vivió cerca de Ricci y parece haberlo conocido íntimamente, deploró
esta elección: "Eundem tot, inter iactationes ac fluctus cum
aliquid praeter morem audendum et malis inusitatis inusitata remedia
adhibenda videbantur, propter ipsam nature placiditatem et nulla unquam
causa incalescentem animum, minus aptum arbitrabar" (a causa
de su naturaleza plácida y temperamento apacible, lo consideré como
poco adecuado para un tiempo donde la perturbación y la tormenta parecían
requerir la aplicación extraordinaria de inusuales remedios para inusuales
males). (Denkwurdigkeiten der Jesuiten, p.19.)
Por otro lado, debe admitirse que el nuevo general no estaba
desorientado.
En su primera entrevista con Clemente XIII, quién había
asumido la tiara el 6 de julio de 1758 y siempre se había mostrado
profundamente ligado a los jesuitas, el Papa le aconsejó ""Silentium,
patientiam et preces; cetera sibi curae fore" (Cordara, op. cit.,
22), Silentium, preces de et de patientiam; el cetera sibi curae frente"
(Cordara, el op. el cit., 22), el santo superior siguió al pie de
la letra esta línea de conducta e incesantemente la inculcó a sus
subordinados. Las siete cartas encíclicas que les dirigió en los quince
años de su generalato, respiran todas dulzura y la más tierna piedad
y celo por su perfección religiosa. "Preces vestras", dice
en la última, el 21 de febrero de 1773, "animate omni pietatis
exercitio accurate fervideque obeundo, mutua inter vosmetipsos caritate,
obedientia et observantia erga eos qui vobis Dei loco sunt, tolerantia
laborurn, aerumnarum, paupertatis, contumeliarum, secessu et solitudine,
prudentia et evangelica in agendo simplicitate, boni exempli operibus,
piisque colloquiis" (Que
vuestras oraciones sean animadas por toda práctica de piedad, con
caridad mutua entre vosotros, obediencia y respeto para aquéllos que
Dios ha puesto un su lugar para vosotros, por la paciencia en el trabajo,
las penalidades, la pobreza, el ultraje, el retiro y la soledad, por
la prudencia y la evangélica conducta de simplicidad, el ejemplo de
las buenas obras y las conversaciones pías). (Epistolae praepositorum
generalium S.J., 11, Ghent 1847, 306). Sin embargo, este hombre pío
y profundamente honrado, no estaba falto, en ocasiones, de valor y
firmeza. Cuando se le sugirió salvar las provincias francesas de su
orden, dándoles un superior
completamente independiente del general de Roma, se negó a transgredir
las constituciones confiadas a su cuidado y profirió al papa el tan
famoso dichorefrán: "Sint ut sunt aut non sint" (Son como
son o no son). (Cordara, op.cit., 35)
Desgraciadamente puso toda su confianza en su ayudante para
Italia, el padre Timón, de origen griego, "vir quippe praefidens
sibi, iudiciique sui plus nimio tenax" (Idem, op. cit., 20),
quién, como muchos otros, esperaba que la Compañía se
salvara por un milagro de la Providencia. Cuando, a la masa de folletos
dirigidos contra los Jesuitas, el episcopado portugués añadió el refuerzo
de sus cartas pastorales, varios obispos escribieron cartas al papa,
que eran grandes elogios de la Compañía de Jesús y su Instituto, y
Clemente XIII se apresuró a enviar una copia al padre Ricci . Era
una brillante apología para la orden,
Cordara y muchos de su hermanos consideraron conveniente publicar
esta correspondencia por completo con el único título: "ludicium
Ecclesiae, universae, de statu praesenti Societatis Iesu" (op.
cit., 26). Timón, que imaginó que nadie se atrevería a hacer cualquier
cosa contra los Jesuitas de Portugal, era de contraria opinión, y
el general fue vencido por este modo de pensar.
Desastre tras desastre, Ricci experimentó las más serias
dificultades materiales ayudando a los miembros que fueron expulsados
de cada país. A instancia suya, y quizás incluso con su colaboración,
Clemente XIII, ansioso por el destino de la Compañía,
publicó el 7 de enero de 1765, la Bula "Apostolicam pascendi",
que era una convincente defensa del Instituto y sus miembros (Masson,
"Le cardinal de, Bernis depuis son ministere" 80). Pero
ni siquiera la intervención del pontífice podría parar el torrente
devastador. Tras la supresión de los Jesuitas en Nápoles y el ducado
de Parma, los embajadores
de Francia, España, y Portugal fueron (enero de 1769) a para pedir
oficialmente al papa la supresión total de la sociedad. Fue un golpe
mortal para Clemente XIII, quién falleció algunos días después (el
2 de febrero de 1769) de un ataque de apoplejía. Su sucesor, el conventual
Ganganelli, poco se lo pareció. Cualesquiera que hubieran sido sus
simpatías hacia la orden, antes de su elevación al soberano pontificado,
y su deuda con Ricci, que había usado su poderosa influencia para
asegurarle el capelo de cardenal,
es indiscutible que, una vez se convirtió en papa, asumió,
al menos en apariencia, una actitud hostil. "Se
palam Jesuitis infensum praebere atque ita quidem, ut ne generalem
quidem praepositum in conspectum admitteret" (Cordara, 43). No
hay necesidad de repetir, siquiera brevemente,
la historia del pontificado de Clemente XIV (18 de mayo de 1769 -
22 de septiembre de 1774) que estuvo absorto por sus medidas para
provocar la supresión de la Compañía de Jesús. A pesar de las exacciones
y las ultrajantes injusticias que las casas de los jesuitas sufrían,
incluso en Roma, el general no abandonó la esperanza de una rápida
liberación, como se testifica por la carta que escribió a Cordara
el día después de la fiesta de San Ignacio, en 1773 (Cordara, loc.
cit., 53). Aunque el Breve de abolición se había firmado por el papa
diez días antes, al padre Ricci se le notificó de repente en la tarde
del 16 de agosto. Al día siguiente se le asignó el Colegio Inglés
como residencia, hasta el 23 de septiembre de 1773, cuando fue trasladado
al Castillo de San Angelo dónde permaneció en estricta cautividad
los restantes dos años de su vida. La vigilancia era tan severa que
no supo de la muerte de su secretario Cornolli, encarcelado con él
y en su vecindad, hasta seis meses después del hecho. Para satisfacer
el odio de sus enemigos, su proceso y el de sus compañeros fue precipitado,
pero el juez acabó reconociendo "nunquam objectos sibi reos his
innocentiores; Riccium etiam ut hominem vere sanctum dilaudabat"
(Cordara, op. cit., 62); y el cardinal de Bernis se atrevió a escribir (el 5 de julio): "
no hay, quizás, pruebas suficientes para los jueces, pero hay suficientes
para los hombres honrados y razonables (Masson, op. cit., 324).
La justicia requirió que el ex-general fuera puesto
en seguida en libertad, pero nada se hizo, aparentemente por miedo,
no fuera que los dispersos Jesuitas se reunieran alrededor de su antigua
cabeza para reconstruir su sociedad en el centro del Catolicismo.
Al final de agosto de 1775, Ricci envió una apelación al nuevo papa,
Pío VI, para obtener su liberación. Pero, mientras sus demandas eran
consideradas por el círculo del soberano Pontífice, la muerte vino
a llamar al venerable anciano al tribunal del Juez supremo. Cinco
días antes, cuando iba a recibir el Santo Viático, hizo su doble protesta:
(1)" Declaro y protesto que la suprimida Compañía de Jesús no
ha dado ninguna causa para su supresión; esto yo lo declaro y protesto
con toda la certeza moral que un superior bien informado puede tener
de su orden. (2) Declaro y protesto que yo no he dado causa alguna,
incluso la más ligera, para mi encarcelamiento; esto lo declaro y
protesto con la certeza suprema y la evidencia que cada uno tiene
de sus propias acciones. Sólo hago esta segunda protesta porque es
necesario para la reputación de la suprimida Compañía de Jesús de
la que yo era el general (Murr, "Journal zur Kunstgeschichte",
IX, 281.) Para hacer honor
a su memoria, el papa hizo celebrar suntuosos servicios fúnebres en
la iglesia de San Juan de los Florentino, cerca del Castillo de San
Angelo. Como se acostumbraba para los prelados, el cuerpo se puso
en un túmulo. Fue llevado por la tarde a la Iglesia del Gesu dónde
fue inhumado en la bóveda reservada para el entierro de sus predecesores
en el gobierno de la orden.
CORDARA, Denkwürdigkeiten in DÖLLINGER, Beiträge zur
politischen, kirchlichen und Culturgesch., III (1882), 1-74. Estas
memorias tienen mucho peso ya que Cordara habla con severidad de sus
compañeros y de la Socidad de Jesúss. CARAYON, Documentos inéditos
concernientes a la Compañía de Jesús, XVII, El padre Ricci
y la supresión de la Compañía de Jesús en 1773, CLXXIV (Poitiers,
1869); Epistoloe proepositorum generalium Societatis Jesu, If (Ghent,
1847); SMITH, The Suppression of the Society of Jesus in The Month
(1902-03); MURR, Journal zur Kunstgesch. u. zur allgemeinen Litteratur,
IX (Nuremberg, 1780), 254-309; MASSON, Le Cardinal de Bernis depuis
son ministere 1758-1794 (Paris, 1903), una buena colección de documentos,
pero el autor desconoce la historia de los Jesuitas; RAVIGNAN, Clemente
XIII et Clemente XIV, volumen de historia suplementaria, documentos
históricos y críticos (Paris, 1854); BOERO, Osservazioni sopra l'istoria
del pontificato di Clemente XIV scritta dal P. A. Theiner (2nd ed.,
Monza, 1854), útil por los documentos.
FRANCIS VAN ORTROY
Transcrito por Jeffrey L. Anderson
Traducido por Quique Sancho. A.M.D.G