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Martin Lutero


Líder de la gran revolución religiosa del s. XVI en Alemania; nació en Eisleben el 10 de noviembre de 1483 y murió en Eisleben el 18 de febrero de 1546.

Su padre, Hans, era un minero áspero, duro, de carácter irascible que en opinión de muchos de sus biógrafos hubo de huir de Mohra, lugar de su familia, por una expresión de rabia incontenida, una herencia congénita que transmitió a su hijo mayor, para escapar de la pena u oprobio de homicidio. Esto, aunque expuesto por primera vez por Wicelius, un convertido del luteranismo, ha sido admitido en la tradición e historia protestante. Melanchton dice de su madre Margaret Ziegler que destacaba por su "modestia, temor de Dios y devota de la oración" (Corpus Reformatorum", Halle 1834).

La vida en su hogar se caracterizó por una extrema simplicidad y severidad inflexible, de manera que las alegrías de la niñez le fueron prácticamente desconocidas. Su padre le golpeó una vez de forma tan inmisericorde que huyó de casa y estaba tan "amargado contra él que tuvo que ganarme para él de nuevo". Su madre "por una simple nuez me golpeó hasta que corrió la sangre y por este rigor y severidad de la vida en su compañía me llevó a huir a un monasterio y hacerme monje". La misma crueldad experimentó en sus primeros días de escuela cuando, una mañana, fue castigado no menos de quince veces. Resulta difícil reconstruir su infancia por la escasez de datos. De la escuela en Mansfeld, a donde sus padres habían vuelto, no hay nada que contar. Asistió a la escuela de latín en la que se enseñaban los Diez Mandamientos, "La Fe de los Niños", la Oración del Señor y la gramática latina de Donato, que aprendió rápidamente. A los 14 años (1497) entró en una escuela en Magdeburgo donde, en palabras de su primer biógrafo, "como muchos niños de padres acomodados, cantaba y mendigaba el pan” --panem propter Deum (Mathesius op. cit.). Con 15 años lo encontramos en Eisenach y a los 18 (1501) entró en la universidad de Erfurt para estudiar a petición de su padre. En 1502 recibió el grado de Bachiller en Filosofía, quedando el número trece entre cincuenta y siete candidatos.

En el día de la Epifanía de 1505 se le promovió al grado de maestro , quedando el segundo entre 17 candadatos. Sin duda cursó sus estudios filosóficos con Jodocus Trutvetter von Eisenach, entonces rector de la universidad y con Bartholomaus Arnoldi von Usingen. El primero era el Doctor Erfordiense que no tuvo rival en Alemania de su tiempo. Lutero se dirigió a él en una carta (1518) no sólo como "el primer teólogo y filósofo" sino también como el primero de los dialécticos de su tiempo. Usingen era un fraile agustino, que sólo cedía en sabiduría ante Trutvetter, pero que le superaba en productividad literaria. Aunque el tono de la universidad, especialmente entre los estudiantes, era pronunciada y entusiásticamente humanista y aunque Erfurt lideraba el movimiento en Alemania y se suponía que sus tendencias teológicas eran "modernas", sin embargo "de ninguna manera mostró falta de respeto por el sistema (escolástico) dominante"(ibid.). El mismo Lutero a pesar de conocer a algunos de los más activos espíritus del humanismo no parece que se dejara influir mucho por él, viviendo en la periferia del movimiento sin hacer méritos para entrar en su círculo "poético".

La repentina e inesperada entrada de Lutero en el monasterio agustiniano de Erfurt ocurrió el 17 de julio de 1505. Los motivos que le llevaron a dar este paso fueron varios, conflictivos y tema de considerable debate. El mismo alega, como se ha dicho arriba que la brutalidad en la vida del hogar y en de la escuela le llevó al monasterio. Hausrath, su biógrafo y uno de los estudiosos especialistas en Lutero, se inclina sin reservas por esta creencia. "la casa de Mansfeld más que atraerle, le repelía", (Beard, "Martin Luther and the Germ. Ref.", London, 1889, 146), y respecto a la cuestión ¿Por qué entró Lutero en el monasterio?", la respuesta que el mismo Lutero da es la más satisfactoria" ( Hausrath, "Luthers Leben" I, Berlin, 1904, 2, 22). Lutero , en una carta a su padre explicando su defección de la antigua iglesia, escribe : "Cuando estaba aterrorizado y abrumado por el miedo de una muerte inmediata hice un voto involuntario y forzado". Se han dado varias explicaciones a este episodio. Melancthon lo atribuye a una profunda melancolía que llegó a un punto crucial "cuando perdió uno de sus camaradas en un accidente mortal" (Corp. Ref., VI, 156). Cochlaeus, oponente de Lutero, relata que "en una ocasión estaba tan asustado en el campo, en medio de una tormenta o sintió tanta angustia por la muerte de un compañero que murió en una tormenta, que en breve tiempo, para asombro de muchas personas pidió la admisión a la Orden de S. Agustín. Mathesius, su primer biógrafo, lo atribuye " a la fatal muerte de un compañero alcanzado por un rayo en una tormenta" (op.cit.), Seckendorf , tras cuidadosa investigación, siguiendo a Bavarus (Beyer), un discípulo de Lutero, da nombre al fallecido amigo de Lutero: Alexius, y atribuye su muerte a un rayo (Seckendorf, "Ausfuhrliche Historie des Lutherthums", Leipzig, 1714,51). D'Aubigné cambia el nombre de Alexius por Alexis y dice que fue asesinado en Erfurt. (D'Aubigné, "History of the Reformation", New York, s.d., I, 166). Oerger ("Vom jungen Luther", Erfurt, 1899, 27-41) ha probado la existencia de este amigo, llamado Alexius o Alexis, pero su muerte por rayo o asesinato, pura leyenda carente de toda verificación histórica. Kostlin-Kawerau (I, 45) relata que volviendo de su "casa en Mansfeld fue sorprendido por una terrible tormenta con una alarmante aparato eléctrico de rayos y truenos. Aterrorizado, grita: "Socorro, Santa Ana, seré monje". "La historia interior del cambio es más difícil de narrar. No tenemos evidencia contemporánea en la que apoyarnos; mientras que los recuerdos del mismo Lutero, de los que dependemos principalmente, están coloreados por sus últimas experiencias y sentimientos"(Beard, op.cit., 146).

Sobre la vida monástica de Lutero tenemos poca información auténtica, está basada en sus propias expresiones y sus mismos biógrafos admiten que son muy exageradas, con frecuencia contradictorias y en general llevan a la confusión. Así, la supuesta costumbre por la que se le obligó a cambiar el nombre recibido en su bautismo, Martín, por el nombre monástico de Agustín, un proceder que denuncia como malvado y sacrílego, no existía en la Orden Agustiniana. Su descubrimiento accidental de la Biblia en la biblioteca del monasterio de Erfurt "un libro que no había visto en su vida" o la afirmación de Lutero de que "nunca había visto una Biblia hasta que tuvo 20 años" o la aún más enfática afirmación de que Carlstadio al recibir el doctorado "no había visto hasta entonces ninguna Biblia y sólo yo leía la Biblia en el monasterio de Erfurt", todas ellas tomadas en el sentido literal no sólo son contrarias a hechos demostrables sino que han perpetuado una equivocación y es muy difícil entender cómo ha perdurado durante tanto tiempo. La regla de S. Agustín da especial importancia a que en la formación, el novicio " lea la Escritura asiduamente, la oiga con devoción y la aprenda con fervor (Constitutiones Ordinis Fratr. Eremit. Sti. Augustini", Rome, 1551, cap. xvii).Los estudios bíblicos florecían por entonces en la universidad, de manera que su historiador afirma que "es asombroso encontrar tan gran número de comentarios bíblicos, lo que nos fuerza a concluir que hay un estudio activo de la Sagrada escritura" (Kampschulte, op.cit., I, 22). Escritores protestantes de reputación han abandonado totalmente esa leyenda. Hay que hacer mención de que carecen de base las denuncias acumuladas contra el maestro de novicios de Lutero - por encomendarle los oficios más bajos y por tratarle con una indignidad ultrajante - por parte de Mathesius, Ratzeberger, y Jurgens, y que fueron copiadas con docilidad exenta de crítica por sus transcriptores. Estos escritores "evidentemente se dejan llevar por rumores y siguen las historias legendarias que se desarrollaron sobre la persona del reformador" (Oerger, op.cit., 80). El maestro de novicios de nombre desconocido de quien hasta el mismo Lutero dice que era "un hombre excelente y sin duda aún bajo la condenada capucha, un verdadero cristiano", debió ser "un digno representante de su orden"(Oerger, op.cit.).

Lutero fue ordenado sacerdote en 1507. La fecha es incierta. Un extraño resumen, que ha circulado durante tres siglos, coloca la fecha de la ordenación y la de la primera misa en el mismo día dos de mayo, lo que es una coincidencia imposible. Kostlin que lo repitió (Luther's Leben, I, 1883, 63) suprime la fecha en su última edición. Oerger la fija en el 27 de febrero, lo que deja un intervalo sin precedente de dos meses entre la ordenación y la primera misa. ¿Pudo quizá ser que pospusiera la celebración de su primera misa por cuestión de los escrúpulos que jugaron una parte importante en el último período de su vida monástica?

No hay razón para dudar de que hasta entonces la carrera monástica de Lutero era ejemplar, tranquila y feliz: su corazón en reposo, su mente tranquila y su alma en paz. Las disquisiciones metafísicas, las disertaciones sicológicas, los altibajos pietísticos sobre sus conflictos interiores, sus luchas teológicas, su ascetismo torturado, su irritación por las condiciones monásticas no pueden tener otro valor que el académico o quizás el psicopático. Carecen de datos verificables. Desafortunadamente el mismo Lutero apenas puede ser tomado como un seguro guía en su auto-revelación. Más aún, Deniflé ha puesto fin al debate con sus impresionantes evidencias, investigaciones exhaustivas, conocimiento total y maestría sin rival en el conocimiento del monasticismo, escolasticismo y misticismo. "Lo que Adolf Hausrath ha hecho en un ensayo para la parte Protestante, fue acentuado y confirmado por el penetrante trabajo de Deniflé. El joven Lutero de su autorevelación es ahistórico: no fue un agustino descontento, quejoso de la vida monástica, perpetuamente torturado por su conciencia, ayunador, rezador, mortificado y demacrado. No, él era feliz en el monasterio, encontró allí la paz, y a todo ello volvió la espalda más tarde.(Kohler, op.cit., 68-69).

Durante el invierno de 1508-09 fue enviado a la universidad de Wittemberg, que estaba en sus comienzos (fundada el 2 de julio de 1502) y tenía 156 estudiantes. El lugar era bastante insignificante, con 356 propiedades taxables y acreditada como la ciudad más llena de borrachos de la provincia más bebedora (Sajonia) . Mientras enseñaba filosofía y dialéctica, continuaba con el estudio de la teología. El 9 de marzo de 1509, siendo deán Staupitz, consiguió el bachillerato bíblico en el curso de teología, un paso necesario para alcanzar el doctorado. Ese mismo año fue llamado a Erfurt.

En 1511 - algunos creen que en 1510 - ocurrió su viaje a Roma que duró unos cinco meses, uno de los cuales lo pasó en la Ciudad Eterna. Este viaje jugó una parte muy importante en sus primeras biografías y aún hoy es importante en la investigación de la Reforma. Sin embargo aún no ha sido satisfactoriamente aclarado. Mathesius le hace ir desde Wittemberg por asuntos del monasterio; Melanchton lo atribuye a unas "disputas monásticas; Cochlaeus, que es seguido en general por los investigadores católicos, lo hace aparecer como representante delegado de siete monasterios agustinianos aliados contra algunas innovaciones de Staupitz, pero que abandonó a su cliente y se pasó su causa. Los protestantes dicen que fue enviado a Roma como abogado de Staupitz. El mismo Lutero dice que fue una romería para cumplir un voto de confesión general en la ciudad eterna. El resultado del viaje, como el motivo del mismo, aun permanece rodeado de misterio. ¿Qué efecto produjo su visita a Roma en su vida espiritual o en su pensamiento teológico? ¿Acaso esta visita "tornó en aversión su reverencia hacia Roma"? ¿Encontró " un pozo de iniquidad, sacerdotes infieles, y cortesanos papales, hombres de vidas desvergonzadas"? (Lindsay, "Luther and the German Reformation", New York, 1900). "Regresó de Roma tan fuerte en su fe como a la ida. En cierto sentido su estancia en Roma fortaleció sus convicciones religiosas"(Hausrath, op.cit., 98), "En sus cartas de esos años nunca menciona su estancia en Roma: ni en su conferencia con el cardenal Cayetano ni en sus disputas con el Dr, Eck, ni sus cartas al papa León, ni en sus tremendamente amplias invectivas y acusaciones contra todo lo romano, ni en su "Dirigido a la Nobleza de la Nación Alemana", ni una sola vez ni por equivocación se menciona que hubiera estado en Roma.

Así pues toda la evidencia nos lleva a sostener que cuando el más furioso asaltante que Roma ha tenido nunca describía desde la distancia de diez años los incidentes de un viaje a Roma través de Italia, los pocos puntos de luz en su descripción son más dignos de confianza que “sus negras y sombrías exhalaciones ” (Bayne, "Martin Luther", I, 234). Toda su experiencia romana tal como la expresó en su vida posterior es un asunto no cerrado. "Podemos realmente cuestionar la importancia dada a comentarios que en gran medida datan de los últimos años de su vida, cuando ya era un hombre distinto. Mucho de lo que resalta como experiencia personal es manifiestamente el producto de un explicable autoengaño. (Hausrath, op.cit., 79). Uno de los incidentes de la misión romana, durante un tiempo considerado como un punto crucial de su carrera, de manera que dio un carácter inspiracional a la doctrina central de la Reforma, y que aún se detalla por sus biógrafos, es la supuesta experiencia mientras subía la Scala Sancta. Mientras subía de rodillas, un pensamiento cruzó como un relámpago por su cabeza: "Los justos vivirán por la fe". E inmediatamente dejó de subir abandonando esa pía costumbre. La anécdota se apoya en una frase autógrafa de su hijo Pablo en una Biblia que ahora está en la biblioteca de Rodolstadt. En ella asegura que su padre le contó el incidente. Hay que calibrar el valor histórico con la consideración de que son recuerdos personales de un muchacho inmaduro (nacido en 1533) escritos veinte años después del suceso al que ni su padre ni sus primeros biógrafos, ni su compañero de mesa, ante el que se dice que se realizó la confidencia, aluden a ello aunque podía considerarse de importancia capital. "Es fácil ver aquí la tendencia a fechar la actitud (teológica) del Reformador retrocediendo a los días de su fe monástica (Hausrath, op.cit., 48).

Habiendo salido airoso y con éxito evidente, agradando a ambas partes, Lutero volvió a Wittemberg en 1512 siendo nombrado subprior. Las promociones académicas siguieron a buen ritmo. El 4 de octubre alcanzó la licenciatura y el 19 de octubre, siendo deán Carlstadio - sucesivamente amigo, rival y enemigo - fue admitido al doctorado; tenía 30 años.

El 22 de octubre fue formalmente admitido al claustro de la facultad de teología y en 1513 recibió el encargo de enseñar Biblia. Su posterior nombramiento en 1515 como vicario del distrito le hizo ser el representante del vicario general de Turingia y Sajonia. Su obligaciones eran muy variadas y su vida muy ocupada. Le quedaba poco tiempo para los proyectos intelectuales y la creciente irregularidad en el cumplimiento de sus deberes religiosos no podía ser algo bueno para su futuro. El mismo nos dice que necesitaba dos secretarios o cancilleres, escribía cartas todo el día, predicaba en la mesa, también en monasterio y en las iglesias parroquiales, era superintendente de estudios, y como vicario de la orden tenía tanto que hacer como once priores; daba clases sobre los Salmos y S. Pablo, además de preocuparse por los recursos económicos del monasterio de 22 sacerdotes, 12 jóvenes, un total de 41 personas. Sus cartas manifiestan una profunda solicitud por los irresolutos, amable simpatía por los caídos; muestran profundos detalles de sentimiento religioso y un raro sentido práctico, aunque salpicadas de consejos de tendencias no ortodoxas. La plaga que afectó a Wittemberg en 1516 le encontró valientemente en su puesto y a pesar de las preocupaciones de sus amigos, no lo abandonó.

Pero ya se podían discernir cambios significativos en su vida espiritual que no auguraban nada bueno. Ya sea que entrase "en el monasterio y abandonase el mundo para huir de la desesperación (Jurgens, op.cit., I,522) y no encontrase la codiciada paz; sea que las sospechas de su padre de que la "llamada del cielo" a la vida monástica fuese "un engaño satánico", el caso es que le desataron pensamientos de duda. Si la repentina y violenta resolución era el resultado de uno de esos "tremendos letargos que le interrumpían el sistema circulatorio y hasta el pulso. (Hausrath, "Luthers Leben", I, 22), herencia de su depresiva infancia y situación crónica que le duró hasta el fin de su vida; o si estudios más profundos, para los que apenas tenía tiempo crearon dudas que no pudo resolver y le revolvieron una conciencia que no lograba la calma, es evidente que su vocación, si es que existió, corría peligro, y que el insano conflicto interior indicaba que iba soltando las antiguas amarras y que los mismos remedios adoptados para reestablecer la paz de forma más efectiva, más bien le privaban de ella. Esta situación morbosa derivó en la formación de escrúpulos. A continuación se sucedieron rápidamente con creciente gravedad infracciones de las reglas, rupturas de la disciplina, y prácticas ascéticas distorsionadas que, seguidas por reacciones convulsivas espasmódicas, convertían la vida en una agonía. Descuidaba la obligación solemne bajo pecado mortal de recitar diariamente el oficio divino con el fin de conseguir más tiempo para el estudio, con el resultado de abandono del breviario durante semanas. Entonces Lutero, en un paroxismo de remordimientos, se encerraba en su celda y como en un acto retroactivo remediaba todo lo que había descuidado; se abstenía de toda comida y bebida, se torturaba con mortificaciones horrorosas de manera que sufría insomnios de hasta cinco semanas, lo que amenazaba con llevarle a la locura. Dejaba a un lado arbitrariamente los ejercicios ascéticos regulados y sin hacer caso a la reglas monásticas ni a los consejos de su confesor, se inventaba los suyos propios, lo que, naturalmente, le daba un carácter singular en la comunidad. Como todas las víctimas de escrúpulos no veía en si mas que maldad y corrupción. Dios era el ministro de la ira y de la venganza. Su dolor por el pecado no tenía ni caridad humilde ni confianza en el perdón misericordioso de Dios y de Jesucristo. Su temor de Dios, que le perseguía como una sombra, podía ser evitado por “su propia rectitud “por la “eficacia de las obras serviles”. Tal actitud mental era seguida necesariamente por un desánimo desesperanzado y un pesimismo taciturno que creaban unas condiciones en el alma en las que de hecho “odiaba a Dios y estaba enfadado con El”, blasfemaba contra Dios y deploraba hasta el haber nacido. Esta anormal condición producía en él una siniestra melancolía y una depresión física, mental y espiritual que más tarde, en un largo proceso de razonamiento la atribuía a las enseñanzas de la Iglesia sobre las buenas obras, mientras él vivía todo el tiempo en oposición directa y absoluta a sus enseñanzas doctrinales y a su disciplina.

Naturalmente este ascetismo hipocondríaco y voluntaria determinación, como suele suceder en casos de naturalezas escrupulosas mórbidas, no encontraba alivio en los sacramentos. Sus confesiones generales en Erfurt y Roma no tocaron la raíz del mal. Todo su ser estaba en una tensión aguda hasta tal punto que lamentaba que sus padres no hubieran muerto aún para conseguirles un aval de los que se facilitaban en Roma para salvarlos del Purgatorio. Estaba dispuesto a convertirse en el “más brutal asesino” por motivos religiosos, “…a matar a todos los que rehusaban sumisión al papa” (Sämmtliche Werke, XXXX, Erlangen, 284). Una condición física tan tensa y neurótica exigía una reacción y, como suele ocurrir con frecuencia en casos análogos, se fue al extremo diametralmente opuesto: rechazó completa y totalmente la indebida importancia que había puesto en sus propias fuerzas en el proceso espiritual de justificación. Se convenció de que el hombre, como consecuencia del pecado original, estaba totalmente depravado, carente de voluntad libre y que todas sus obras, aun las dirigidas al bien, no eran otra cosa que una excrecencia de su voluntad corrompida y, para Dios, verdaderos pecados mortales. El hombre sólo puede ser salvado por la fe. Nuestra fe en Cristo hace que sus méritos sean nuestra posesión, nos envuelvan en una túnica de corrección que ocultan nuestra culpa y pecabilidad y supla abundantemente los defectos de la rectitud humana. “Sé un pecador y peca fuertemente, pero ten una fe más fuerte en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. No te imagines ni por un momento que esta vida es el lugar donde habita la justicia: se ha de cometer pecado. Para ti debería ser suficiente reconocer al Cordero que quita los pecados del mundo, el pecado no puede separarte de El aunque cometas adulterio cien veces al día y cometas otros tantos asesinatos” (Enders, "Briefwechsel", III, 208).La nueva doctrina de justificación por la fe que entonces comenzaba fue desarrollándose gradualmente y fue por fin fijada por Lutero como una de las doctrinas centrales de la Cristiandad. El suceso que hizo época en Alemania y que provocó la crisis de sus dificultades espirituales, fue la publicación por León X de la Bula de las Indulgencias, una adaptación renovada de la de Julio II, con el fin de conseguir fondos para la construcción de la iglesia de San Pedro de Roma.

Alberto de Brandenburgo estaba lleno de deudas, pero no por la cuestión de su pallium, como relatan los historiadores católicos y protestantes, sino por pagar sobornos a un agente desconocido en Roma, para deshacerse de un rival, y que el arzobispado disfrutara de una variedad de oficios eclesiásticos. Por este pago, que apestaba a simonía, el papa permitiría una indemnidad, que en este caso tomaba la forma de indulgencia. Con estos innobles arreglos de los negocios con Roma, una transacción comercial indigna tanto del arzobispo como del papa, los beneficios se iban a dividir en partes iguales para ambos, además de un bono de 10.000 ducados de oro que se añadiría a la parte de Roma.

Se eligió a Juan Tetzel, un dominico con una personalidad impresionante, dotado para la oratoria popular y con la reputación de exitoso predicador de la indulgencia, como subcomisario general de la misma.
La historia presenta pocos personajes más desafortunados y patéticos que Tetzel. Entre sus contemporáneos fue la víctima del más corrosivo ridículo: se le atribuían toda clase de tonterías y expresiones blasfemas; se construye su personalidad con fábulas y mentiras, fue despreciado como un saltimbanqui o un arlequín al que se negó hasta la simpatía y apoyo de sus propios aliados. Tetzel hubo de esperar al escrutinio de la crítica moderna para conseguir no sólo su rehabilitación moral sino su reputación como sólido teólogo y monje de comportamiento irreprochable. Sus sermones en Juteborg y Zerbst, ciudades vecinas de Wittemberg, que atrajeron a una audiencia que después se presentaba a confesarse con Lutero y que llevaron a éste a dar el paso que había contemplado desde hacía más de un año. Algunos aspectos sobre la doctrina de las indulgencias estaban aún bajo discusión en la escuela y no se niega que podía llevar a confusión a los laicos y que los predicadores al calor de del entusiasmo retórico hicieran afirmaciones exageradas o que las consideraciones financieras que las acompañaban, aunque no eran de carácter obligatorio, podían llevar a abusos y escándalos. La oposición a las indulgencias no era oposición a la doctrina, que permanece la misma hasta hoy, sino a los métodos mercantiles utilizados al predicarlas, de hecho el duque Jorge de Sajonia las prohibió en su territorio y el cardenal Cisneros en España, ya en 1513.

El 31 de octubre de 1517, vigilia de Todos los Santos, Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo, que servía como tablón de anuncios de la universidad y en la que se ponían las noticias de las defensas de tesis, disputas y otras funciones académicas. El acto no fue una declaración de guerra sino la simple invitación a una discusión académica. “Tales discusiones eran consideradas en las universidades medievales como un medio reconocido para definir y elucidar la verdad y también como una especie de gimnasia mental que era parte de la educación de los estudiantes. Se sobreentendía que un hombre no tenía por que adoptar las ideas que defendía en la arena académica y de igual manera el que aceptaba el reto de la discusión podía atacar proposiciones ortodoxas sin que su reputación de ortodoxia se viera en peligro (Beard, op. cit.). El mismo día envió al arzobispo una copia de las tesis con una carta explicatoria. Éste a su vez las envió al concilio de Aschaffenburg y a los profesores de la Universidad de Maguncia. Los cancilleres fueron de la opinión unánime de su carácter herético y debía incoarse un proceso contra el agustino de Wittemberg. Este informe fue enviado al papa, junto con una copia de las tesis. Así se verá que el primer proceso judicial contra Lutero no se debió a Tetzel. Sus armas iban a ser literarias.
Tetzel se dio cuenta del contenido revolucionario de las tesis antes que algunos de los brillantes teólogos contemporáneos. Aunque apuntaban ostensiblemente al abuso de las indulgencias, eran un ataque encubierto al sistema penitencial de la Iglesia y golpeaban el la mismísima raíz de la autoridad eclesiástica. Las tesis de Lutero dan la impresión al lector de que ”se han puesto juntas con alguna precipitación” en vez de mostrar “ pensamiento claramente digerido y delicada intención teológica”; le ” llevan un momento a la rebelión audaz y le devuelven otro a la obediencia y conformidad” (Beard, 218, 219). Las Anti-Tesis de Tetzel se defendieron parcialmente en una disputa de doctorado en Francfort del Oder (20 enero., 1518), y publicadas con otras en una lista no numerada y se las conoce comúnmente como las Ciento Seis Tesis. Pero no eran de autoría de Tetzel sino que fueron enseguida atribuidas correctamente a Conrad Wimpina, su maestro en Leipzig. Se admite en general que este hecho significa que no hay ignorancia de la teología o poca familiaridad con el latín por parte de Tetzel, como se ha asumido generalmente, y así lo aceptan los escritores protestantes. Era simplemente una costumbre legítima en los círculos académicos, como sabemos por el mismo Melancthon.

Las tesis de Tetzel – ya que asumió toda la responsabilidad – opusieron la enseñanza tradicional de la iglesia a las innovaciones de Lutero, pero hay que admitir que a veces sancionaban de forma intransigente y hasta dogmáticamente lo que eran meras opiniones teológicas que no siempre estaban en consonancia las enseñanzas más acertadas de los teólogos.
En Wittemberg crearon mucha expectación. Un desafortunado vendedor ambulante que las ofrecía a la venta fue asaltado por los estudiantes y las cerca de ochocientas copias que tenía fueron quemadas públicamente en la plaza del mercado – con la desaprobación de Lutero. Se admite que el pretexto que entonces se puso y aún se repite, venganza por la quema por parte de Tetzel de las tesis de Lutero, no era correcto, aunque lo defienda el mismo Melancthon. En vez de contestar a Tetzel, Lutero trasladó la controversia de la arena académica al foro público al publicar en lengua vernácula su “Sermón de la Indulgencia y de la Gracia”. En realidad era un folleto en el que se abandonaba la forma de sermón y se sostenían veinte proposiciones. Al mismo tiempo estaba preparando la defensa en latín de sus Tesis, las “Resoluciones” que fueron enviadas a su ordinario, el obispo Scultetus de Brandenburgo quien aconsejó silencio y abstención de toda publicación de momento ya que la aquiescencia expresada por Lutero era la de un verdadero monje: “Estoy listo y y prefiero obedecer que hacer milagros para justificarme”

En este momento aparece un nuevo motivo de discusiones: Johann Eck, Vicecanciller de la universidad de Ingoldstadt, generalmente reconocido como uno de los teólogos más importantes de su tiempo, dotado de una memoria fenomenal y un rara habilidad dialéctica, admitida por Lutero antes de la disputa de Leipzig, se vio envuelto inocentemente en la controversia. A petición del obispo von Eyb de Eichstatt, sometió las Tesis a un estudio más detenido; seleccionó dieciocho de ellas como portadoras del germen de la herejía husita, como violadoras de la caridad cristiana, subvertidotas del orden de la jerarquía eclesiástica y alimentadoras de la sedición. Estos “obeliscos” (“obelisco”, la forma en que los antiguos editores anotaban los pasajes dudosos o espurios) fueron enviados al obispo en forma manuscrita, pasados de mano en mano entre conocidos, y sin la intención de publicarlos. Una de esas copias le llegó a Lutero y le produjo una grandísima indignación. Eck trató de suavizar los agitados temperamentos de Carlstadio y Lutero y con tonos corteses y urgentes les pidió que no hicieran públicas sus disputas ni en sus clases ni en la imprenta.

A pesar de que Carlstadio advirtió a Lutero, éste sacó sus “Asteriscos” (el 10 de agosto de 1518). La escaramuza llevó a la Disputa de Leipzig. Sylvester Prierias, fraile dominico como Tetzel, teólogo doméstico de la corte en Roma, en su capacidad oficial como Censor Librorum de Roma, envió a continuación su informe "In praesumtuosas M. Lutheri, Conclusiones Dialogus", en el que defendía la absoluta supremacía del papa, en términos no completamente libres de exageración, especialmente extendiendo su teoría más allá de lo debido al tratar de las indulgencias. Esto provocó la respuesta de Lutero "Responsio ad Silv. Prierietatis Dialogum". Hoogstraten, cuya inmisericorde sátira en Epistolae Obscurorum Vivorum" estaba en la memoria de todos, entró también en la refriega en defensa de las prerrogativas papales aunque Lutero se despachó con él en su "Schedam contra Hochstratanum", de una ligereza y vulgaridad tales que hasta uno de los estudiosos y más vehemente defensor de Lutero lo caracteriza apologéticamente como “a tono con el gusto mayoritario del tiempo y de las circunstancias, pero no recomendable como digno de imitación “ (Loscher, op.cit., II, 325).

Antes de que el “Dialogus” de Prierias llegara a Alemania, llegó una citación papal para Lutero (7 de agosto) para que se presentara en persona en Roma antes de 60 días para una audiencia. Enseguida se refugió en la excusa de que tal viaje no podía emprenderse sin poner en peligro su vida; buscó influencias para asegurarse de que se le negaría el salvoconducto para atravesar el electorado y trató de ejercer presión sobre el elector Federico y el Emperador Maximiliano a fin de que la audiencia y se celebrara en Alemania ante jueces nombrados allí.
La universidad envió cartas a Roma y al nuncio Miltitz que sostenía la alegación de “salud enferma” y hacia votos por su ortodoxia. Su actividad literaria siguió sin disminución. Envió al papa (30 de mayo) sus “Resoluciones”, que ya estaban terminadas. La carta de acompañamiento respira las más leales expresiones de confianza en la Santa Sede, pero redactada en tales términos de servilismo y excesiva adulación que se cuestiona inmediatamente su sinceridad y franqueza, a juzgar por la casi instantánea cambio de de parecer que siguió. Más aún, antes de que esta carta fuera escrita su ya se había anticipado al predicar su “Sermón sobre el poder de la Excomunión” (16 de mayo) en el que se dice que la unión visible con la iglesia no se rompe por la excomunión sino sólo por el pecado, lo que refuerza la sospecha de falta de buena fe. El mismo reconoció el carácter incendiario del sermón.

Las influencias hicieron que se fijara la audiencia durante la Dieta de Ausgburgo que había sido convocada para constituir una alianza entre la Santa Sede, el Emperador Maximiliano, el rey Cristian de Noruega Dinamarca y Suecia. En la convocatoria oficial de la Dieta no figura la causa de Lutero
Cayetano, el legado papal, y Lutero se vieron cara a cara por primera vez en Ausgburgo el 11 de octubre. Cayetano (nacido en 1470) era una “de las más notables figuras relacionadas con la Reforma desde el ponto de vista romano…un hombre de erudición y vida intachable” Weizacker): era doctor en filosofía antes de llegar a los 21 años y desde esa temprana edad ocupaba cátedras con distinción en las universidades más sobresalientes; en los estudios humanísticos estaba tan bien versado que entró en polémica contra Pico de la Mirandola con sólo 24 años. Sin duda alguna no había un hombre mejor cualificado para ajustar las dificultades teológicas. Pero las audiencias estaban condenadas al fracaso. Cayetano venía a pronunciar una sentencia; Lutero a defender. El primero exigió sumisión el segundo se lanzó a la protesta: el uno mostró un espíritu de paciencia mediadora y el otro se equivocó al creerlo miedo y aprehensión; como el detenido ante el juez que no puede controlarse en sus réplicas. El legado “que tenía la reputación de ser el más conocido y seguramente el primer teólogo de su tiempo” quedó desagradablemente impresionado por el tono rudo, poco educado y de voz alterada del fraile y habiendo resultado inútiles todos sus esfuerzos le despidió con la advertencia de que no volvieran sin antes haberse retractado.

Pero la ficción y el mito influyeron ampliamente al tratar de esta reunión y han tejido una red de oscuridad a su alrededor imposible de desenredar y debemos seguir o las narraciones muy coloreadas de Lutero y sus amigos o guiarnos por el criterio más confiable de la conjetura lógica
El Breve papal a Cayetano ( 23 de agosto), que se entregó a Lutero en Nüremberg, camino de vuelta a casa, y que contra todo precedente canónico, demanda la acción inmediata respecto al no condenado ni excomulgado “hijo de la iniquidad”, pide la ayuda del emperador en el caso de que Lutero rehusara presentarse en Roma y reclama el arresto a la fuerza, es una falsificación evidente (Beard, op. cit., 257-258; Ranke, "Deutsche Gesch." VI, 97-98) que fue escrita en Alemania. Como todos los documentos papales falsificados aún muestra una sorprendente vitalidad y se encuentra en todas las biografías de Lutero
La vuelta de Lutero a Wittemberg ocurrió en el aniversario del día en que clavó las tesis en la puerta de la iglesia del castillo (31 Octubre, 1518). Habiendo fallado todos los esfuerzos para conseguir una retractación y ahora que se había asegurado la simpatía y apoyo de los príncipes temporales, Lutero en vez de al papa, apeló al concilio ecuménico (28 Noviembre, 1518) aunque, como veremos más tarde, negó la autoridad de ambos y acabó apelando a la Biblia.
La elección del joven noble sajón Karl von Miltitz, que tenía las órdenes menores, como nuncio para entregar al elector Federico la Rosa de Oro fue muy desafortunada. La Rosa de Oro no se le ofreció al elector como don para conseguir sus favores sino en respuesta a una inoportuna y prolongada agitación por su parte para conseguirla (Hausrath, "Luther", I, 276). Miltitz no sólo carecía de prudencia y tacto sino que en sus frecuentes borracheras perdió todo el sentido de la reserva diplomática y se colocó en una posición que inspiraba desprecio al estar pidiendo prestado continuamente a los amigos de Lutero. Aunque es verdad que sus intentos no autorizados lograron sonsacar a Lutero algo que “si no es una retractación se le parece mucho” (Beard, op.cit., 274).En ella promete: observar silencio si sus adversarios también lo hacían, completa sumisión al papa, publicar un documento dirigido al publico admitiendo su lealtad a la iglesia y dejar todos los aspectos del fastidioso caso en manos del obispo.

Toda esta transacción se celebró con un banquete en el que hubo abrazos, lágrimas de alegría y un beso de la paz – todo ello fue despreciado y ridiculizado después por Lutero.
El tratamiento dado a Tetzel por el nuncio fue severo e injusto. Tetzel, enfermo y dolorido no pudo acudir debido que el sentimiento público contra él estaba era muy fuerte. Miltitz en su visita a Leipzig le mandó llamar a una reunión en la que llenó de reproches y acusaciones y le estigmatizó como causante de todo aquel infortunado asunto, le amenazó con el disgusto del papa y sin duda aceleró la muerte inminente de Tetzel ( 1 de agosto de1619)
Mientras estaban pendientes los preliminares de la Disputa de Leipzig, se pueden discernir los verdaderos puntos de vista de Lutero hacia el papado en sus propias cartas. El 3 de marzo de 1519 escribe a León X: “Ante Dios y todas sus criaturas, doy testimonio de que yo no deseaba ni deseo tocar la autoridad del papa ni intrigar para eliminar la autoridad de la Iglesia Romana ni la de Su Santidad” " (De Wette, op. cit., I, 234). Dos días después (5 de marzo) escribe a Spalatin:” Nunca fue mi intención rebelarme contra la Sede Apostólica” (De Wette, op. cit., I, 236). Diez días después (13 de marzo) le vuelve a escribir: “ No sé si el anticristo es el papa o su apóstol (De Wette, op. cit., I, 239). Un mes antes (20 Feb.) agradece a Scheurl que le haya enviado el sucio "Dialogo de Julio y S. Pedro “, un ataque muy venenoso contra el papado, diciéndole que está tentado de publicarlo en lengua vulgar (De Wette, op. cit., I, 230).” Para probar la consistencia de Lutero - para reivindicar su conducta en todos los puntos, sin falta tanto en la veracidad como en la valentía – en aquellas circunstancias - debe dejarse a los simplones creadores de leyendas.“(Bayne, op. cit., I, 457).

La Disputa de Leipzig fue un factor importante para fijar las posiciones de ambos contrincantes y que forzó la evolución teológica de Lutero. Fue un producto de los “Obeliscos” y “Asteriscos”, retomados por Carlstadio durante la ausencia de Lutero en Heidelberg en 1518. Lutero precipitó la Disputa sin que Eck lo pidiera ni buscara. Se pusieron todos los obstáculos para que hubiera tal reunión y fue abandonada inmediatamente después. Los obispos de Merseburgo y Brandenburgo publicaron sus inhibiciones oficiales; la facultad teológica de la universidad de Leipzig envió a una carta de protesta a Lutero para que no se metiera en un asunto que era exclusivamente de Carlstadio y otra al duque Jorge para prohibirla. Scheurl, por entonces íntimo de Lutero trató de disuadirlo de que asistiera a la reunión y Eck en términos pacíficos y dignos, replicó a la ofensiva de Carlstadio y las polémicas cartas de Lutero, en un intento inútil de de evitar la controversia pública tanto impresa o en las lecciones universitarias; el mismo Lutero, obligado por la prohibición de discursos públicos o impresos, pidió al duque Federico que intentara que se celebrara la reunión(De Wette, op.cit., I, 175) al mismo tiempo que él personalmente apelaba al duque para conseguir el permiso para que la autorizara, a pesar del hecho de que ya había entregado al público las tesis contra Eck. Ante estas presiones, Eck no podía sino aceptar el reto. En este momento aún eran Eck y Ecolampadio los contendientes acreditados y la admisión formal de Lutero al debate sólo llegó a determinarse cuando los disputantes estaban ya en Leipzig.

La disputa sobre las doce y después trece tesis de Eck se abrió con solemnidad y ceremonia el día trece 27 de junio y siendo el aula universitaria demasiado pequeña se celebró en el castillo de Pleissenburg. La batalla verbal entre Eck y Carlstadio era sobre la gracia divina y la libre voluntad. Como es bien sabido acabó en humillante desconcierto de de Carstadio. La discusión de Lutero y Eck, el 4 de julio, era sobre la supremacía papal. El primero, aunque dotado con una brillante dominio de palabra, carecía – lo que admiten hasta sus más devotos seguidores - de la compostura tranquila, autocontrol y temperamento ecuánime de un buen polemista. El resultado fue que la serenidad imperturbable y confianza sin errores de Eck tuvieron un efecto exasperante en él. “Quejumbroso y criticón “, “arbitrario y amargo” (Mosellanus), lo que no contribuyó a darle ventaja en su causa ya en la argumentación o con sus oyentes. Negó la supremacía papal porque no encontraba justificación en la Sagrada Escritura o en el derecho divino. Al comentario de Eck sobre los errores “pestilentes” de Wiclef y Hus, condenados por el concilio de Constanza, contestó que respecto a la postura de los husitas, había entre ellos muchos que eran “muy cristianos y evangélicos”. Eck llevó a su antagonista a admitir que el individuo estaba en posición de entender mejor la Biblia que los papas, concilios, doctores y universidades y forzando el argumento afirmó que los bohemios condenados no dudarían en saludarle como su patrón, lo que llevó a Lutero a la afirmación poco amable de que aquello era “una mentira desvergonzada”. Eck sin inmutarse y con el instinto del polemista entrenado llevó a su antagonista aún más allá hasta que finalmente admitió la falibilidad del concilio ecuménico, tras lo que cerró el debate con un lacónico ”Si crees que un concilio convocado legítimamente puede errar, entonces eres para mí como un pagano o un publicano” (Köstlin-Kawerau, op. cit., I, 243-50). Esto sucedía el 15 de julio. Lutero volvió a Wittemberg alicaído por el poco éxito del certamen.

El desastroso resultado de la disputa le llevó a tomar medidas imprudentes y desesperadas. En este momento no tuvo escrúpulos en coaligarse con los elementos más radicales de humanismo nacionalista y los caballeros filibusteros que en su propaganda le saludaban como su aliado más valioso. Sus compañeros de armas eran ahorra Ulrich von Hutten y Franz von Sickingen y la horda de seguidores que suele encontrarse bajo tales liderazgos. Con Melancthon, también un humanista, como intermediario se abrió una correspondencia secreta con Hutten y casi con toda seguridad estaba en frecuente contacto directo o indirecto con Sickingen. Hutten aunque era un hombre de talento e inteligencia poco comunes, era un degenerado moralmente sin conciencia o carácter. Sickingen, el príncipe de los condottieri, era un mercenario y conspirador cuyas fechorías y atrocidades asesinas han llegado a ser legendarias en Alemania. Con sus tres inexpugnables fortalezas, Ebernburg, Landstuhl y Hohenburg con la soldadesca aventurera, su caballería ligera y magnífica artillería “quien se dedicó al robo como si fuera comercio y consideraba un honor ser comparado con los lobos” (Cambridge Hist., II,154), era una amenaza para el mismo imperio, pero muy útil como compañero. Tenían muy poco en común con Lutero porque ambos eran impermeables a todo impulso religioso, excepto en el mortal odio al papa y en la confiscación de las propiedades y tierras de la iglesia. El descontento entre los caballeros era especialmente agudo. El florecimiento de la industria perjudicaba los intereses de los pequeños propietarios agrarios; los nuevos modos de llevar la guerra hacían disminuir su importancia política; la adopción de Derecho Romano que reforzaba a los señores territoriales amenazaba con reducir a la servidumbre a la pequeña nobleza.

Un cambio, aunque llevara consigo una revolución, era bienvenido y Lutero y su movimiento fueron recibidos como la causa y guía sicológica. Hutten ofreció su pluma, arma formidable, Sickingen sus fortalezas, un refugio de seguridad: el primero le aseguró el apoyo entusiasta de los humanistas nacionales y el segundo “le ofreció mantenerse firme y rodearle de espadas (Bayne, op. cit., II,59). El ataque se haría a los príncipes eclesiásticos que se oponían a las doctrinas luteranas y a los privilegios de los caballeros. Mientras tanto Lutero se iba saturando con literatura humanística anticlerical, publicada o no, de manera que se puede hallar en ella el origen de su apasionado odio a Roma y al papa, el génesis de su Anticristo, el desprecio de sus opositores teológicos, su efusiva profesión de patriotismo, su adquisición de las amenidades literarias "Epistolae Obscurorum Vivorum", hasta la absorción en cuerpo y alma de los argumentos de Hutten, por no mencionar otras llamativas observaciones de sus relaciones y asociación con los agitadores políticos humanistas. En esta atmósfera sobrecargada por esas influencias publicó su primer manifiesto que hizo época “A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana, que es “en su forma una imitación de la carta circular de Hutten al emperador y a la nobleza alemana” y la mayor parte de su contenido un resumen del "Vadiscus o Trinidad Romana", de Hutten de su “Lamento y Exhortación” y de las sus cartas al elector Federico de Sajonia. Esto es admitido, al parecer, por especialistas luteranos competentes. Lutero da el paso desde la arena de la seriedad académica y precisión verbal al foro público de la invectiva y de la retórica deslumbrante. Se dirige a las masas con la lengua del populacho; abandona su actitud teológica; su elocuencia arrastra a la naturaleza emocional de sus oyentes – mientras aun en calma, la razón crítica permanece pasmada, muda, él se convierte en un intérprete hierático, la voz articulada de unas aspiraciones nacionales durmientes, latentes. En un apasionado arranque corta todas sus amarras católicas – su furia parece intensificarse ante las más insignificantes huellas que quedan. Su oratoria ardiente e incomparable toca todos los temas, Iglesia y Estado, religión y política, reforma eclesiástica y avance social. Habla con audacia temeraria y actúa con un atrevimiento que quita la respiración. Ni guerra ni revolución le acobardan - ¿no tiene acaso el apoyo de Ulrich von Hutten, Franz von Sickingen, Sylvester von Schaumburg? ¿No es el primero de ellos el espíritu maestro revolucionario de de su tiempo? ¿Acaso no puede el segundo hacer que hasta un emperador se incline ante sus condiciones? La Buena Nueva – ahora lo ve – “No puede ser introducida sin tumulto escándalo y rebelión”; “la palabra de Dios es una espada, una guerra, una destrucción, un escándalo, una ruina, un venero” (De Wette, op.cit., I, 417). Y en lo que toca al papa, cardenales, obispos “y todo el género de Sodoma romana” por qué no atacarla “ con toda clase de armas y lavar nuestras manos en su sangre” (Walch, XVIII, 245).

Lutero el reformador se ha convertido en Lutero el revolucionario, la agitación religiosa se ha transformado en rebelión política. La actitud teológica de Lutero en esta época, en cuanto puede ser deducida para formularla de forma coherente, era la siguiente: La Biblia es la única fuente de la fe; contiene la plena inspiración divina; su lectura está investida de un carácter quasi-sacramental. La naturaleza humana ha sido corrompida totalmente por el pecado original y el hombre, en consecuencia, está privado de la libre voluntad. Cualquier cosa que haga, sea buena o mala, no es su propia obra, sino la de Dios. Sólo la fe puede obrar la justificación y el hombre se salva creyendo con confianza que Dios le perdonará. Esta fe no sólo incluye un completo perdón del pecado, sino una absolución incondicional de sus penas. La Jerarquía y el sacerdocio no son instituciones divinas ni necesarias, y el ceremonial y la adoración externa no son esenciales ni útiles. Las vestiduras eclesiásticas, peregrinaciones, mortificaciones, votos monásticos, oraciones por los muertos, intercesión de los santos, no sirven de nada al alma. Todos los sacramentos son rechazados, con la excepción del bautismo, sagrada eucaristía y la penitencia, pero su ausencia puede ser sustituida por la fe. El sacerdocio es universal, todo cristiano debe asumirlo. Es innecesario que haya una corporación de hombres especialmente entrenados y ordenados para dispensar los misterios de Dios, lo que sería una usurpación. No hay iglesia visible o una especialmente establecida por Dios en la que los hombres puedan obrar su salvación. En sus tres primeros panfletos apela al emperador para destruir el poder del papa, confiscar para su propio uso las propiedades eclesiásticas, abolir las fiestas, fastos y celebraciones eclesiásticas, eliminar las misas por los difuntos etc. En su “Cautividad de Babilonia”, en particular, trata de levantar el sentimiento nacional contra el papado y apelando al los apetitos más bajos de las masas estableciendo un sensual código de ética matrimonial, como sacado del paganismo, que “de nuevo resurgió en la Revolución Francesa” (Hagen, "Deutsche literar. u. religiöse Verhaltnisse", II, Erlangen, 1843, 235). Su tercer manifiesto “Sobre la libertad del cristiano”, de tono más moderado, pero radical sin compromiso, lo envió al papa.

En abril de 1520, Eck apareció en Roma con las obras alemanas traducidas al latín, que contenían la mayoría de esas doctrinas. Fueron entregadas y discutidas con paciente cuidado y calma crítica. Cuatro miembros de los cuatro consistorios que se celebraron entre el 21 de mayo y el 1 de junio aconsejaron paciencia y amabilidad. Pero se impusieron los que exigían procedimientos sumarios. Así que el 15 de julio se emitió la Bula de excomunión "Exsurge Domine". Condenaba formalmente 41 proposiciones sacadas de sus escritos, se ordenaba la destrucción de los libros que contenían los errores y se conminaba a Lutero a retractarse dentro del plazo de 60 días o recibiría la totalidad de las penas del castigo eclesiástico.

Tres días después (18 de julio) Eck fue nombrado protonotario papal con la misión de publicar la bula en Alemania. El nombramiento de Eck no fue ni sabio ni prudente. La actitud de Lutero hacia él era de un odio personal implacable; el disgusto hacia él por parte de los humanistas era decididamente virulento, a lo que hay que añadir además su conocida impopularidad entre los católicos. Más aún, sus sentimientos personales como implacable antagonista de Lutero podían difícilmente ser obviados, de manera que una causa que requería el más exquisito ejercicio de imparcialidad judicial y de caridad cristiana, difícilmente podía encontrar su mejor exponente en un hombre al que el triunfo individual se impondría sobre el puro amor a la justicia. Eck lo vio y sólo aceptó el encargo, por fuerza mayor.
Su llegada a Alemania se produjo una explosión de protesta popular y de resentimiento académico, que los humanistas nacionalistas amigos de Lutero no perdieron tiempo en extender como un terrible incendio. Apenas pudo publicar la bula en Meissen (21 sept.), Merseburg (25 sept.) y Brandenburg (29 sept.). Era recibido en todas partes con igual resistencia. Fue sometido a insultos personales y a violencia de la masa. La bula misma se convirtió en objeto de ultrajes. Costó mucho tiempo que los obispos le dedicaran alguna atención. El mayor de los desprecios le esperaba en Wittemberg, donde (10 diciembre), en respuesta a una llamada de Melancthon, los estudiantes universitarios se concentraron en la puerta de Elster y entre el canto burlón del "Te Deum laudamus", y "Requiem aeternam", intercalando canciones de taberna, el mismísimo Lutero le prendió fuego.

Al parecer la bula le afectó poco. Si acaso le llevó a mayores extremos y dio un nuevo impulso a la agitación revolucionaria. Ya el 10 de julio, cuando la bula estaba discutiendo, la desafió desdeñosamente: “Para mi, la suerte está echada”: desprecio igualmente el favor que la furia de Roma; no quiero reconciliarme con ella o mantener jamás comunión alguna con ella. Que condene y queme mis libros; yo, a mi vez, a no ser que no encuentre fuego, condenaré y quemaré públicamente toda la ley pontificia, esa ciénaga de herejías “(De Wette, op. cit., 466).

El siguiente paso, la ejecución de las provisiones de la Bula, era obligación del poder civil. Esto iba a hacer , a la vista de la creciente oposición, en la Dieta de Worms, cuando Carlos V, el joven emperador recién coronado, iba a reunirse por primera vez con los estados alemanes reunidos en solemne deliberación. Carlos, aunque no está en la línea de los más grandes caracteres de la historia, era “un honorable caballero cristiano, que a pesar de defectos físicos, tentaciones morales e imposibilidades políticas, en un estado de vida al que una Providencia poco amable le había llamado, intentaba cumplir con su deber “(Armstrong, "The Emperor Charles V", II, London, 1902, 383).

Grandes cuestiones, nacionales y religiosas, sociales y económicas iban a ser sometidas a consideración – pero la de Lutero enseguida se convirtió en la más importante. El papa envió dos legados para representarle -- Marino Carricioli a quien se confiaban los problemas políticos, y Jerónimo Aleander, que debía encargarse de la más urgente cuestión religiosa. Aleander era un hombre brillante, de fenomenal dotación intelectual y lingüística, un hombre de mundo, casi moderno por sus ideas progresivas, un hombre de estado bien entrenado, no carente de la astucia y celo que a veces requiere el juego de la diplomacia. Como su incondicional protector, el Elector de Sajonia, era no sólo de mente lo suficientemente abierta para admitir la deplorable corrupción de la iglesia, la codicia de los procedimientos curiales romanos, el frío comercialismo y la bien asentada inmoralidad que infectaba a muchos del clero, pero, como él, era lo suficientemente valiente para denunciarlo con libertad apuntando al mismo papa.

El problema, en este singular devenir de los acontecimientos, iba a convertirse en el más grave a que se enfrentaba no solo la Dieta sino la misma Cristiandad. El éxito o fracaso de la solución estaban preñados con el destino del Estado y de la Iglesia e iban a guiar el curso de la historia del mundo.

Alemania estaba viviendo sobre un volcán político – religioso. Todo estaba en una situación convulsa y en un estado de inquietud que presagiaba males para la Iglesia y el Estado. Las apasionadas denuncias de Lutero sobre el papa y el clero desataron un huracán incontrolable de odio religioso y racial que iba a acabar en la Guerra de los Campesinos y en las orgías del Saco de Roma; su hábil yuxtaposición de los relativos poderes y riqueza de los estados espiritual y temporal fomentó los celos y la avaricia; los embustes de los propagandistas revolucionarios o poetastros panfletistas iluminó la nación con fuegos artificiales retóricos, en los que la sedición y la impiedad, bien vestida de de fraseología bíblica y santurrones lugares comunes presentados como libertad “evangélica” y puro patriotismo. Los tranquillos campesinos, víctimas de la opresión y la pobreza, tras esporádicos y fútiles levantamientos, cayeron en un descontento malhumorado y terco; las quejas no satisfechas de los burgueses y trabajadores de las ciudades populosas reclamaban cambios y las víctimas estaban listas para adoptar cualquier método para deshacerse de los impedimentos que cada día se hacían más molestos; el encarecimiento de la vida, el empeoramiento de de la economía llevaron a la pequeña nobleza a la desesperación, ya que sus vidas desde 1495 se habían convertido en una simple lucha por la subsistencia, mientras los señores territoriales miraban con envidia las tierras de los monasterios y la ostentación principesca de los dignatarios de la iglesia y no tenían escrúpulos en ver el futuro de una Alemania autónoma que tratara al soberano “español” con arrogancia dictatorial o con complacencia tolerante. La misma ciudad de Worms no estaba lejos de caer la anarquía, libertinaje y asesinatos. Desde la madriguera de Sickingen en Ebernburg, a solo 6 millas de la ciudad, Hutten iba lanzando sus truculentas filípicas, amenazando con ultrajes y muerte al legado (al que no logró asaltar) a los príncipes espirituales y dignatarios de la iglesia, hasta al emperador, aunque acababa de recibir una pensión como soborno para que guardara silencio.

Alemania estaba en el reino del terror, las mentes paralizadas por la consternación. Se murmuraba que se iba a propinar un golpe fatal a los clérigos y los hambrientos nobles se arrojarían sobre sus propiedades. Se temía la amenazadora aparición de Sickingen, quien en opinión de Aleander era “el único rey de Alemania ahora; porque tiene tantos seguidores como desea, cuando los quiere. El emperador está desprotegido, los príncipes están inactivos; los prelados tiemblan de miedo. Sickingen es en este momento el terror de Alemania ante el que todos se acobardan” (Brieger, "Aleander u. Luther", Gotha, 1884, 125). “Los elementos de la revolución estaban preparados y solo esperaban una señal para estallar, la aparición de un líder apropiado.(Maurenbrecher, op. cit., 246).
Tal era el fermento crítico local y nacional cuando Lutero, en ese momento psicológico, fue proyectado al primer plano por la Dieta de Worms, donde “ los diablos que estaban en los tejados de las casas eran más bien amistosos…que otra cosa” (Cambridge Hist., II, 147), apareciendo como el campeón contra la corrupción romana, que en la locura del momento se convirtió en la expresión del patriotismo nacional. “El era el héroe del momento solamente por permanecer como la oposición nacional a Roma” (ibid., 148). Pero en su primera audiencia antes de la Dieta no se encontraba precisamente en un estado de confianza. Al reconocer sus obras se le preguntó que las mencionara y contestó en un tono tan bajo, que apenas se le pudo oír, que se le concediera tiempo para reflexionar. Su firmeza no le falló en la segunda audiencia (18 de abril), cuando su esperada resolución se confirmó, y emitió el rechazo con una compostura segura y una voz firme, en latín y en alemán, que no se retractaría a no ser que se le convenciera de sus errores por la Escritura o por la razón. “Yo ni puedo ni quiero retractarme, porque no es seguro ni correcto actuar contra la propia conciencia”, añadiendo en alemán—“Dios me ayude .Amén”. “El emperador actuó al día siguiente (19 de abril) escribiendo personalmente a los Estados, que fiel a la tradición católica de sus progenitores, él ponía su fe en la doctrina cristiana y en la Iglesia Romana, en los Padres, en los concilios que representaban a la cristiandad, más que en la enseñanza de un monje individual”, y ordenó la partida de Lutero. “ La palabra que yo le garanticé “, concluye, “y el salvoconducto prometido, lo recibirá”. Estad seguros que volverá a donde vino sin ser molestado”. (Forstemann," Neues Urkundenbuch", I, Hamburg, 1842, 75). Habiendo fallado todas las negociaciones emprendidas para llegar a un acuerdo, se ordenó a Lutero volver, pero se le prohibió predicar o publicar mientras volvía. El edicto, redactado (8 mayo) fue firmado el 26 de mayo pero se promulgó después de que expiró el tiempo permitido en el salvoconducto. Colocaba a Lutero bajo la proscripción del imperio y se ordenaba la destrucción de sus escritos.
No estará de más constatar que la historicidad de la famosa declaración de Lutero ante la Dieta “Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén” ha sido cuestionada con éxito y declarada inadmisible por historiadores protestantes. El que se mantenga esta anécdota en las más extensas biografías e historias, aunque nunca o rara vez sin reservas, debe ser atribuido que las ficciones sobre lo sagrado son difíciles de suprimir, o a una ausencia de rectitud histórica por parte del escritor.
Abandonó Worms el 26 de abril, hacia Wittemberg, protegido por un grupo formado en parte o en la totalidad por amigos personales. Por un acuerdo secreto, del que era conocedor, ya que fue advertido la noche anterior por el elector Federico, fue capturado en una emboscada hecha por amigos el 4 de mayo, y aunque él no sabía el destino, fue llevado al castillo de Wartburg, cerca de Eisenach.
El año de estancia en Wartburg marca un nuevo y decisivo período de su vida y carrera. Dejado en reclusión con sus pensamientos y reflexiones, sin ser molestado por la excitación de la agitación política y polémica, acabó siendo la víctima de una lucha interior que le hacía retorcerse de agonía en una tortura de de ansiedad, dudas angustiosas y agonizantes reproches de conciencia.
Con una franqueza que no permitía escapatoria se enfrentaba a las patéticas dudas que surgían del precipitado curso de los acontecimientos: ¿Estaba justificada su atrevida acción sin precedentes?¿No eran sus acciones algo diametralmente opuesto a la historia y experiencia del orden espiritual y humano que existía desde los tiempos apostólicos?¿ Acaso era él ,“solamente él” el barco elegido , preferido a todos los santos de la cristiandad para inaugurar esos cambios radicales?¿ No era el responsable de los levantamientos sociales y políticos, la ruptura de la caridad y unidad cristiana y la consecuente ruina de las almas inmortales? Hay que añadir la explosión de sensualidad que le asaltó con furia desatada, tanto más fiera por la ausencia de las armas aprobadas de defensa espiritual, de la misma forma que el estímulo intensificado por su imprudente gratificación de su apetito de comer y beber. Añadido a estos horrores, sus tentaciones, morales y espirituales se convirtieron en realidades vivas; se daban frecuentes y alarmantes manifestaciones satánicas que no consistían en meros encuentros verbales sino colisión personal. Su disputa con Satán sobre la Misa se ha convertido en histórica. Su vida como Junker George, su abandono de las viejas restricciones dietéticas monásticas atormentaban su cuerpo en un paroxismo de dolor “que no dejó de colorear sus escritos polémicos” (Hausrath, op. cit., I, 476), ni dulcificar lo acerbo de su temperamento, ni suavizar lo áspero de su discurso. Sin embargo, muchos escritores ven esas manifestaciones satánicas como puras ilusiones.
Mientas estaba en estas siniestras disposiciones de ánimo, sus amigos temían que en el flujo de sus interminables abusos y groserías sin paralelismo se lanzara contra el papado, la iglesia y el monacato. ”Maldeciré y reprenderé a los canallas hasta que me vaya a la tumba, y nunca oirán de mí una palabra civilizada. Tocaré a muerto en sus tumbas con rayos y truenos, porque no soy capaz de rezar al mismo tiempo que maldigo. Si digo “bendito sea Tu nombre, debo añadir: “malditos, condenados, maldito sea el nombre de los papistas. Si digo “Venga a nosotros tu Reino” a la fuerza he de añadir “que el papado sea maldito, condenado y destruido”. En verdad rezo con mi boca y mi corazón todos los días sin interrupción “(Sammtl. W., XXV, 108). Acaso nos sorprenderá que uno de sus antiguos admiradores cuyo nombre figura con el suyo en la bula original de excomunión, concluya que Lutero “ con su lengua desvergonzada e ingobernable debe haber caído en la locura o haber sido inspirado por un espíritu malo ( Pirkheimer, ap. *Döllinger, "Die Reformation", Ratisbon, I, 1846-48)
Mientras estuvo en Wartburg publicó “Sobre la Confesión” que corta aún más profundamente en el mutilado sistema sacramental que conservó, cercenando la penitencia. Lo dedicó a Franz von Sickingen. Sus réplicas a Latomus de Lovaina y a Emser, su antiguo antagonista y a la facultad teológica de París, se caracterizan por su proverbial rencor y descortesía. Hace invariablemente “una caricatura arbitraria de las obras de de sus antagonistas a las que vapulea con rabia ciega y les lanza unas contestaciones de lo más apasionado” (Lange, "Martin Luther, ein religioses Characterbild", Berlin, 1870, 109). En su respuesta a la bula papal "In coena Domini", escrita en alemán coloquial, utiliza el sentido del humor más grosero y chanzas sacrílegas.
Mientras estuvo en Wartburg, tradujo al alemán el Nuevo Testamento, hecho que permanecerá para siempre unido a su nombre. El invento de la Imprenta dio un vigoroso ímpetu a la multiplicación de copias de la Biblia. Se sabe que hubo catorce ediciones y reimpresiones de la traducción alemana entre 1466 y 1522. Pero su lenguaje anticuado, su revisión poco crítica y las glosas pueriles apenas contribuyeron a su divulgación. Para Lutero la Biblia vernacular se convirtió en un accesorio necesario e indispensable. Su subversión del orden espiritual, la abolición de la ciencia eclesiástica, el rechazo de los sacramentos, supresión de las ceremonias, degradación del arte cristiano, requerían ser sustituidos y nada mejor ni más a mano que la “pura palabra de Dios”, junto con “la predicación evangélica
En menos de tres meses la primera copia de del Nuevo Testamento traducido estaba lista para la prensa. Con la versión griega de Erasmo como base y asistido por Melancthon, Spalatin y otros cuyos servició usó, con notas, comentarios cargados de espíritu polémico y grabados de Cranach, de carácter vulgar y ofensivo vendidos por cantidades triviales, se publicó en Wittemberg en septiembre. Se vendió tan rápidamente que en diciembre se tiró otra edición. Sus méritos lingüísticos eran indiscutibles y su influencia en la literatura nacional, muy potente. Todos sus escritos en el idioma popular impresionaron y encantaron el oído nacional. Desdobló la afluencia, la claridad y el vigor de la lengua alemana de tal manera y con resultados que no tienen paralelo en la historia de la literatura alemana. Sin embargo no está en armonía con los hechos y las investigaciones de la moderna ciencia filológica que sea el creador del Alto Alemán como lengua literaria. Mientras desde el punto de vista de la filología es digno de las mayores recomendaciones, desde el punto de vista teológico falló en los elementos esenciales de una traducción fiel. A través de atribuciones, supresiones y mutilaciones arbitrarias lo convirtió en un medio de ataque a la vieja iglesia y de reivindicación de sus doctrinas individuales.
En Wartburg tuvo también su origen “Opinión sobre las ordenes monásticas”, el libro que ayudó a despoblar los santuarios y monasterios alemanes, del que el mismo lutero dijo que era su más inasaltable pronunciamiento, que Melancthon alabó como libro de rara sabiduría y que muchos especialistas de la Reforma declaran que es su obra más importante tanto en los contenidos como en los resultados. Expresado con la impetuosidad de un torbellino que hacía de él un líder tan poderoso, fue la proclamación de un código ético: que la concupiscencia es invencible, los institutos sexuales irreprimibles, la gratificación de las tendencias sexuales como naturales e inexorables como la realización de cualquier necesidad natural de nuestro ser. Era una trompeta que llamaba a los curas monjas y monjes a romper sus votos de castidad y entrar en el matrimonio. La “imposibilidad “de éxito en la resistencia a nuestras pasiones naturales fue conectado con tal fascinación retórica a la salvación del alma que la salud del cuerpo exigía inmediata derogación de las leyes del celibato. Los votos se hacían a Satán, no a Dios. Tomando esposa o marido se renunciaba absolutamente a la ley del diablo. Las consecuencias de tal código moral fueron inmediatas y generales. Son evidentes desde la mordaz reprimenda de su antiguo maestro, Staupitz, ya que menos de un año después de su promulgación, los principales abogados de su antiguo discípulo eran los frecuentadores de las notorias casas de prostitución. Para nosotros todo el tratado no hubiera tenido otro interés que el de lo arcaico si no hubiera inspirado el libro de Deniflé “Lutero y el luteranismo” (Maguncia, 1904), la más notable contribución a la historia de la Reforma, en el que las doctrinas, escritos y dichos de Lutero han sido sometidas a un análisis tan exhaustivo que han demostrado flagrantemente que su concepción del monasticismo es una caricatura, su conocimiento de la escolática muy superficial, su errónea representación de la teología medieval tan desvergonzada, su interpretación del misticismo tan errónea , y todo ello con un inmisericorde dominio de los detalles como para arrojar sombras de duda en toda la fábrica de la reforma de la historia de la Reforma.
A mediados del verano de este mismo año (4 de agosto) envió su respuesta a libro “Defensa de los Siete Sacramentos” del rey Enrique VIII, del que sólo vale la pena recordar su proverbial tono áspero y grosero. El rey no sólo es un “descarado mentiroso”, sino que está anegado en un torrente de sucio abuso y le atribuye todos los motivos indignos. Esto significó, como demostraron los acontecimientos, a pesar de las serviles y tardías disculpas de Lutero, la pérdida de Inglaterra para el movimiento reformador alemán. Por estos días editó en latín y alemán su “Contra el falsamente llamado estado espiritual del papa y los obispos” en el cual su injurioso vocabulario llega a alturas a las que sólo había llegado él mismo y aún las supera. Consciente al parecer de lo incendiario de su lenguaje, pregunta burlón: “Pero ellos dicen “hay miedo de que surja una rebelión contra el Estado espiritual”. Entonces la contestación es ¿Es justo que las almas sean atormentadas eternamente para que estos saltimbanquis puedan divertirse tranquilamente? Es mejor que asesinen a todos los obispos y que derriben todos los monasterios y fundaciones religiosas que una sola alma perezca, para no hablar de las almas arruinadas por estos zopencos y maniquíes. (Sammtl. W., XXVIII, 148)
Durante su ausencia en Wartburg ( del 3 de abril de 1521- al 6 de marzo de 1522) el centro de la tormenta de la agitación reformadora estaba en Wittemberg, donde Carlstadio tomó las riendas del liderazgo, ayudado por Melancthon y los frailes agustinos. En la narración de la historia convencional de la Reforma se hace a Carlstadio chivo expiatorio de todos los salvajes excesos que barrieron Wittemberg durante esos días y hasta en una historia más critica se le dibuja como un conjurador, cuyos manejos oficiosos casi hacen naufragar la obra de la Reforma. Sin embargo últimamente su carácter y su obra han sufrido una asombrosa rehabilitación en manos de investigadores protestantes científicos, que requiere una revalorización de todos los valores históricos en los que figura. Aparece no sólo como “hombre de extensos saberes, valor trepidante y brillante entusiasmo por la verdad (Thudichum, op. cit., I, 178), como precursor de Lutero al que se anticipó en muchas de sus más relevantes doctrinas e innovaciones audaces. Así, por ejemplo, esta nueva valoración establece los siguientes hechos: Hacia el 13 de abril de 1517 publicó sus 152 tesis contra las indulgencias; que el 21 de junio de 1521 abogó y defendió el derecho de los sacerdotes a casarse y asombró a Lutero al incluir a los monjes; que el 22 de julio de 1521 exigió la retirada de todas la imágenes y estatuas de los santuarios e iglesias ; que el 13 de mayo de 1521 protestó públicamente contra la reserva del Santísimo Sacramento, la Elevación de la Ostia y denunció la privación del Cáliz a los laicos, de manera que ya tan temprano como el uno de marzo de 1521, mientras Lutero estaba aún en Wittemberg, él habló contra las oraciones por los muertos y exigió que la misa se dijera en alemán vernacular. Mientras que en esta nueva reevaluación aún retiene el carácter de un disputador y polemista puritano, de conducta errática, de maneras hoscas, de temperamento irascible y mordiente discurso, es que cada vez tiene menos reticencia en adoptar acciones radicales sin la aprobación de la congregación o sus representantes acreditados. A la luz de esas mismas investigaciones fue el suave y gentil Melancthon el que empujó a Carlstadio hasta que se encontró en el vórtice de los inminentes desórdenes y disturbios. “Debemos comenzar alguna vez, trata de convencernos, o nada se hará. El que pone la mano en el arado no debiera mirar atrás”.
Una vez abiertas las compuertas, sobrevino la inundación. El 9 de octubre de 1521, 39 de los 40 frailes agustinos se negaron a seguir celebrando misas en privado y Zwinglio uno de los más fanáticos, denunció la misa como una institución diabólica; Justus Jonas estigmatizó las misas por los difuntos como pestilencias sacrílegas del alma; la comunión bajo las dos especies se administró públicamente. Trece frailes ( el 12 de noviembre) se quitaron los hábitos y huyeron del convento con demostraciones tumultuosas, con otros quince siguiendo inmediatamente su estela; los que permanecieron fieles fueron sometidos a malos tratos e insultos por un furiosa chusma dirigida por Zwinglio; se impedía la celebración de la misa con alborotos; el 4 de diciembre, 40 estudiantes, entre burlas y chanzas entraron en el monasterio franciscano y demolieron los altares; rompieron las ventanas de la casa de los canónigos residentes y amenazaron con el pillaje. Estaba claro que estos excesos, que el poder civil no controlaba ni los líderes religiosos refrenaban, eran síntomas de la revolución social y religiosa. Lutero, que visitó subrepticiamente Wittemberg (entre el 4 y 9 de diciembre) no dijo palabra alguna de desaprobación de estos sucesos; al contrario, no ocultó su satisfacción: “todo lo que veo y oigo”, escribe a Spalatin el 9 de diciembre, “me agrada inmensamente” (Enders, op. cit., III, 253). El colapso y la degradación de la vida religiosa siguieron a buen paso. En un capítulo de los frailes agustinos en Wittemberg, el 6 de enero de 1522, se adoptaron unánimemente seis resoluciones sin duda inspiradas por el mismo Lutero, que apuntaban a la subversión de todo el sistema monástico; cinco días después, los agustinos quitaron todos los altares de su iglesia, excepto uno y quemaron los cuadros y los santos óleos. El 19 de enero, Carlstadio, ahora de 41 años de edad, se casó con una jovencita de 15, hecho que Lutero aprobó de todo corazón; el 9 ó 10 de febrero, Justus Jonas y casi al mismo tiempo Johann Lange, prior del monasterio agustiniano de Erfurt, siguió su ejemplo. El día de Navidad (1521) Carlstadio “con vestido civil, sin ningún hábito”, ascendió del púlpito, predicó la “libertad evangélica” de tomar la comunión en las dos especies, se burló de la confesión y de la absolución y despotricó contra el ayuno como una imposición al margen de la Escritura. A continuación procedió hacia al altar y dijo misa en alemán, omitiendo todo lo que se refería al carácter sacrificial, suprimió la elevación de la Hostia y como conclusión extendió una invitación general a todos para que se acercaran a recibir la Cena del Señor , tomando individualmente la Hostia en sus manos y bebiendo del Cáliz. La llegada de los tres profetas de Zwickau (27 de diciembre) con sus ideas comunistas, comunicación personal directa con Dios, extremo subjetivismo en la interpretación de la Biblia, todo lo cual impresionó fuertemente a Melancthon, no hizo más que añadir leña al fuego que ya ardía salvajemente. Llegaron para consultar con Lutero, y con buena razón, porque “era él quien enseñó el sacerdocio universal de los cristianos, que autorizaba a todos los hombres a predicar; era él quien anunció la plena libertad de todos los sacramentos, especialmente el bautismo, y de acuerdo con ello se justificaron para rechazar el bautizo de los niños”. Es dudoso que se asociaran íntimamente con Carlstad en estos momentos y que él suscribiera completamente sus enseñanzas, es no sólo improbable sino imposible (Barge, op. cit., I,402).

¿Qué atrajo a Lutero con tanta urgencia a Wittemberg? Parece exagerado y no verdadero, a pesar de que ha sido aceptado universalmente , que se debiera a que Carlstadio se había convertido en instigador de la rebelión y líder del devastador “movimiento iconoclástico” (Thudichum, op. cit., I,193, lo llama “una desvergonzada mentira "); la afirmación de que Lutero fuera llamado a Wittemberg por el consejo de la ciudad o congregación se descarta como insostenible (Thudichum, op. cit., I,197). Tampoco fue reclamado por el elector “aunque el elector recelaba de su vuelta, y por consiguiente no la consideraba necesaria, al menos en lo referente a moderar el celo reformador de los habitantes de Wittemberg; no sólo no prohibió a Lutero que volviera, sino que lo permitió expresamente” (Thudichum, op. cit., I,199; Barge, op. cit., I,435). ¿Acaso la información de Wittemberg presagiaba la ascendencia de Carlstadio, o había realmente causa de alarma en la propaganda de los profetas de Zwickau?. Sea lo que fuere, el 3 de marzo salió Lutero de Wartburg a caballo vestido como un caballero con la espada al cinto, barba crecida y pelo largo. Antes de su llegada a Wittemberg volvió a ponerse su hábito monástico haciéndose la tonsura y llegó al monasterio abandonado vestido completamente de monje. No perdió el tiempo y predicó ocho días sucesivos (9-17 de marzo) principalmente contra las innovaciones de Carlstadio, cada una de las cuales, como es bien sabido, adoptó después. La Cena del Señor volvió a ser la Misa, cantada en latín en el altar mayor, con vestimentas litúrgicas, y aunque se expurgue toda referencia al sacrificio, se retiene la Elevación, se expone la Sagrada Forma y se invita a la a la congregación a la adoración. Se administra la comunión bajo una especie en el altar mayor – aunque se permite hacerlo bajo las dos especies en un altar lateral. Aunque rara vez se encuentran en Lutero sermones caracterizados por la moderación, ejerció la influencia de su acostumbrada elocuencia, pero no sirvió de nada. El sentimiento popular suprimido o intimidado, favorecía a Carlstadio. La enemistad entre Lutero y Carlstadio continuaba y mostraba al primero “deslumbrando en su forma más repelente” " (Barge, I, op. cit., VI), y sólo terminaría cuando el segundo, exiliado y empobrecido gracias a las maquinaciones de Lutero, pasó a la eternidad acompañado por las acostumbradas bendiciones de Lutero a sus enemigos. Lutero tenía un prominente rasgo de carácter que ensombrecía a todos los demás, en esto coinciden sus estudiosos: tenía una presuntuosa confianza y una voluntad indomable apoyada en un dogmatismo inflexible. No reconocía a superior alguno, no toleraba rivales, no aguantaba que le llevaran la contraria. Esto era una evidencia constante, pero ahora se convierte en un estorbo sobresaliente en sus intensivos intentos de arrastrar a Erasmo, a quien observaba hacia tiempo con mirada envidiosa, a la arena de la controversia. Erasmo, como todos los dedicados al conocimiento humanístico, amantes de la paz y amigos de la religión, sentía hacia el Lutero de los comienzos de la reforma un completo acuerdo y simpatía, pero las irritantes e incontrolables afirmaciones apodícticas, la amargura y brutalidad de su discurso, su alianza con el radicalismo político de la nación, le crearon una repulsión instintiva que, al ver que todo el movimiento “desde su mismo principio era una rebelión nacional, un motín del espíritu y conciencia germánicos contra el despotismo italiano”, y él, temeroso por naturaleza, de espíritu vacilante, se abstuvo de toda controversia, y se retiró tímidamente a sus estudios. Erasmo era popular con los papas, honrado por los reyes, exaltado extravagantemente por los humanistas y respetado por los más íntimos amigos de Lutero, y a pesar de sus conocidas proclividades racionalísticas, su mordaz crítica de los monjes y de lo que era un término controvertible, el escolasticismo, era el más eminente de los sabios de su tiempo. Sus escritos satíricos que, según Kant, hicieron más bien al mundo que la suma de las especulaciones de todos los metafísicos y que en la mente de sus contemporáneos pusieron el huevo que lutero incubó – le dieron una gran fama en todos los aspectos de la vida. Se supuso que las convicciones de tal hombre corrían paralelas a las de Lutero y si Lutero no logró conseguir su cooperación, a pesar de todos los intentos, al menos había que asegurarse su neutralidad.
Forzado por los oponente de Lutero, y aguijoneado por la militante actitud de Lutero, casi un desafío formal, no solo rehusó la petición personal de que se abstuviera de toda participación en el movimiento y convertirse en un pasivo “espectador de la tragedia” sino que salio al público con su tratado latino sobre “La libre voluntad”. En él investigaría los testimonios aportados por el Antiguo y el Nuevo Testamento respecto a la “libre voluntad “del hombre y para establecer el resultado de que a pesar del profundo pensamiento del filósofo o la erudición del teólogo, el tema está aún envuelto en oscuridad, y que su solución definitiva solo ha de buscarse en la plenitud de la luz difundida por la Visión Divina. Era una cuestión puramente escolática que tocaba problemas filosóficos y exegéticos que eran entonces, y son ahora, puntos discutibles en las escuelas. En ningún momento antagoniza con Lutero en su guerra con Roma. El trabajo se difundió ampliamente y fue de general aceptación. Melancthon escribió aprobatoriamente al autor y a Spalatin. Tras el lapso de un año, Lutero respondió “Sobre la esclavitud de la Voluntad”. Lutero “nunca en toda su vida abordó un tema desde un punto de vista sólo y puramente científico, y menos aún en este escrito. “(Hausrath, op. cit., II, 75). Consiste en un “torrente de gruesos improperios a Erasmo” (Walch, op. cit., XVIII, 2049-2482 – lo da traducido al alemán) y evoca el lamento del humanista perseguido, y que él, amante de la paz y de la tranquilidad debe ahora convertirse en un gladiador y luchar contra las “bestias salvajes” (Stichart, op. cit., 370).
El retrato que su pluma hace de Lutero en sus dos réplicas es magistral, de manera que hasta hoy tienen el reconocimiento de todos los estudiantes imparciales.
Sentencias como “Donde florece el luteranismo perece la ciencia”, que sus seguidores eran hombres “con sólo dos fines en la vida: dinero y mujeres” y aquél: “evangelio que afloja las riendas” y permite que cada uno haga lo que quiere, todo ello prueba que Erasmo es ajeno al movimiento de Lutero por algo más profundo que por sus insultos. Los subsecuentes esfuerzos de Lutero para reestablecer unas relaciones amigables con Erasmo, a que alude en una carta (11 de abril, 1526) no hallaron otra respuesta que un lacónico rechazo.
Los tiempos estaban preñados de sucesos importantes para el movimiento. Los humanistas se retiran de la controversia uno tras otro. Mutianus Rufus, Crotus Rubianus, Beatus Rhenanus, Bonifacius Amerbach, Sebastian Brant, Jacob Wimpheling, que jugaron un papel tan importante en la batalla de los Hombres Oscuros volvían ahora al redil de la Vieja Iglesia. Ulrich Zasius de Freiburg, y Christoph Scheurl de Nürnberg, los dos juristas más ilustres de Alemania, al principio amigos y cooperadores con él, con previsión de hombres de estado se dieron cuenta de la complejidad política de los asuntos, la creciente anarquía religiosa y oyendo los distantes ruidos de la Guerra de los Campesinos, abandonaron su causa. El primero halló su predicación mezclada con veneno mortal para el pueblo alemán, el último definió a Wittemberg como un sumidero de errores, un semillero de herejías. El último ataque de Sickingen contra el Arzobispo de Tréveris (27 agosto, 1522) resultó desastroso para su causa y para él mismo. Abandonado por sus confederados, derrotado por sus asaltantes, su madriguera – la fortaleza de Landstuhl – cayó en manos de sus enemigos y el mismo Sickingen resultó horriblemente herido y murió poco después de firmar su capitulación (30 Agosto, 1523). Hutten, desamparado y solo, pobre y olvidado, cayó víctima de su prolongada corrupción (agosto, 1523) a la temprana edad de treinta y cinco. La pérdida de estos apoyos fue incalculable para Lutero, especialmente entonces, uno de los períodos más críticos de la historia alemana. Las rebeliones de los campesinos, que habían sido previamente controladas por no ser excesivamente violentas ahora se hicieron tan enormes y tanto se agudizaron que amenazaron hasta la pervivencia de Alemania como nación.
Las principales causas del conflicto previsto e inevitable fueron el excesivo lujo y amor desordenado del placer en todas las situaciones de la vida, la codicia del dinero por parte de la nobleza y los mercaderes ricos, las extorsiones desvergonzadas de las corporaciones comerciales, el aumento artificial de los precios , la adulteración de las necesidades de la vida, la decadencia del comercio, la paralización de la industria que resultaron de la disolución de los gremios y, sobre todo, la opresión largamente sufrida y la miseria cada día mayor de los campesinos, que eran las víctimas principales en las guerras no declaradas y luchas que asolaron Alemania durante más de un siglo. Ardía por toda la nación un fuego de desasosiego y rebelión reprimida. Lutero convirtió esas brasas en un incendio incontrolable con sus turbulentos e incendiarios escritos, leídos con avidez por todos y por nadie más vorazmente que por los campesinos que miraban al “hijo de campesino” no sólo como un emancipador de las imposiciones romanas sino como precursor de avances sociales. “Su invectivas arrojaban aceite a las llamas de la revuelta”. Verdaderamente, cuando ya era demasiado tarde para evitar la tormenta publicó “Exhortación a la Paz” que contradice de forma imborrable a su segunda y sin precedentes explosión “Contra la chusma de campesinos rapaces y asesinos”, con la que cambia al bando contrario, “mojando su pluma en sangre” (Lang, 180), reclama a los príncipes que aniquilen a los campesinos rebeldes como a perros rabiosos, acuchillando, estrangulando y matando lo mejor que puedan, y prometiéndoles además el cielo por hacerlo. Las pocas frases en las que hay alusiones a la simpatía y misericordia para ellos son contenidas y están relegadas a un segundo plano. ¡Y qué profunda desilusión hay en el hecho de que Lutero tuviera la desfachatez de ofrecer como disculpa por el terrible manifiesto decir que si hablo así fue porque Dios se lo ordenó! (Schreckenbach, "Luther u. der Bauernkrieg", Oldenburg, 1895,44; "Sammtl. W." XXIV, 287-294). Sus consejos fueron seguidos al pie de la letra. El proceso de represión fue terrible. En vez de batallas, los encuentros fueron verdaderas masacres. Los indisciplinados campesinos con sus rudos instrumentos de trabajo como armas fueron masacrados como animales en el matadero. Más de 1000 monasterios y castillos fueron derruidos, cientos de pueblos incendiados, las cosechas destruidas y 100.000 campesinos muertos. Uno de los comandantes presumía de haber colgado a “40 predicadores evangélicos y ejecutado a 11.000 revolucionarios y herejes” Sin voces discrepantes, se atribuye la causa de esta guerra a Lutero, demostrando donde se originó y donde está la responsabilidad
Mientras Alemania estaba anegada en sangre, las gentes paralizadas por el horror, y los llantos de viudas y de huérfanos se oían por doquier, Lutero, con 42 años y de luna de miel con Catalina von Bora, una monja de S. Bernardo de 26 años que había abandonado el convento, (se habían casado el 13 de junio de 1525). Lutero regalaba a sus amigos con mucha sangre fría con chistes sobre la catástrofe, confesando y reprochándose avergonzado, y dando detalles circunstanciales de sus placeres matrimoniales que avergüenza reproducir. La famosa carta en griego de Melancthon a su amigo del alma Camerarius, el 16 de junio de 1525 sobre el tema, refleja sus sentimientos personales, que sin duda eran compartidos por la mayoría de los amigos sinceros del novio. Este paso, junto con la Guerra de los Campesinos, marcaron el punto de inflexión en la carrera de Lutero y el movimiento que controlaba. “La onda expansiva de la Reforma había perdido su momento. Lutero ya no avanzaba de éxito en éxito, como en los primeros siete años de su actividad…La conspiración para una completa anulación de la supremacía romana en Alemania por un levantamiento popular torrencial resultó un a quimera” (Hausrath, op. cit., II,62). Hasta después del estallido de la revolución social, ningún príncipe o gobernador había dado su adhesión formal a las nuevas doctrinas. Hasta el elector Federico (muerto el 5 de mayo de 1525) cuya falta de resolución permitió el cambio sin obstáculos, no se había aún separado de la Iglesia. El impulso radicalmente democrático de la agitación luterana, sus despreciativas alusiones a los príncipes alemanes, “generalmente los tontos más grandes y las peores sabandijas sobre la tierra” (Walch, op. cit., X, 460-464), no eran algo calculado para lograr alianzas o favores. La lectura de un pronunciamiento tan explosivo como el de 1523 “Sobre el poder seglar” o su “Exhortación a la Paz” de 1525, especialmente a la luz de los sucesos recientes, les impresionó como si respirasen el espíritu de insubordinación, si no de insurrección. Lutero “aunque era la más poderosa voz que había hablado nunca en alemán era una “vox et praeterea nihil”, porque se admite que no poseía ninguna de las cualidades del estadista y proverbialmente del prudente atributo de la coherencia. Su campeonato “de las masas parece haber estado limitado a las ocasiones en las que veía en ellas una arma útil para levantarla sobre las cabezas de sus enemigos”.
El trágico fracaso de la Guerra de los Campesinos le hacen sufrir una transformación abrupta y precisamente cuando en este momento de situación penosa debilidad y desamparo debería recibir sus consejos y simpatía, él y Melancthon proclamen por primera vez la hasta entonces desconocida doctrina del poder ilimitado del gobernante sobre el súbdito, demandado sumisión total a la autoridad, predicando y formalmente enseñando el espíritu de servidumbre y despotismo. La lección de la Guerra de los Campesinos tenía la intención de atraer la atención de los príncipes para que aplicaran la ley con todo el rigor. Las masas habían de ser cargadas con impuestos para quebrar su resistencia; el pobre había de ser “forzado y obligado, como se obliga y lleva a los cerdos o ganado salvaje” (Sammtl. W., XV, 276). Melanchton encontraba que los alemanes eran “un pueblo salvaje, incorregible, sediento de sangre” (Corp. Ref., VII, 432-433), y que sus libertades deberían ser recortadas por todos los medios empleando drásticas y más severas medidas. Ese poder autocrático no se debía limitar sólo a los asuntos políticos, sino que los príncipes habían de emplear “el Evangelio” como instrumento para entrar en los asuntos religiosos.

Lutero buscaba subvertir todo el viejo orden católico con la creación del “sacerdocio universal de todos los cristianos”, al delegar la autoridad “para juzgar todas las doctrinas a la Asamblea cristiana o congregación, “al darle poder para nombrar o despedir a los maestros o predicadores”. No le pareció extraño que establecer una nueva iglesia, fundar una organización eclesiástica sobre bases tan volátiles fuera imposible por su misma naturaleza. Las semillas de la anarquía yacían durmientes en tales principios. Pero él tenía esto claro cuando en ese momento dijo (1525) “Hay casi tantas sectas como cabezas” (De Wette, op. cit., III, 61). Esta anarquía en la fe era concomitante con la decadencia de las actividades espirituales, caritativas y educacionales. Tenemos una enorme cantidad de evidencias del mismo Lutero sobre este asunto. La situación era tal que la imperativa necesidad forzó a los líderes del movimiento reformador a pedir ayuda al poder temporal. Así “toda la reforma fue un triunfo del poder temporal sobre el espiritual. El mismo Lutero, para escapar de la anarquía, colocó la autoridad en las manos de los príncipes”. Y esta ayuda les fue dada inmediatamente, puesto que se ponía a disposición del poder temporal las vastas posesiones de la vieja Iglesia, y sólo exigía la condición de que se aceptara la nueva opinión e introducirla como religión estatal o territorial. Las ciudades libres no pudieron resistir la tentación de conseguir las mismas ventajas: exenciones de todo impuesto episcopal y de corporaciones religiosas, la enajenación de las propiedades de la iglesia, la suspensión de la autoridad episcopal y su transferencia al poder temporal. En esto está el fundamento del decreto nacional de la Dieta de Ausgburgo, 1555, “ marcada para la eternidad con la maldición de la historia” (Menzel, op. cit., 615) e incorporada en el axioma Cujus regio, ejus religio: la religión del país está determinada por la religión de quien lo gobierna, “un fundamento que era una consecuencia de la política de Lutero “ (Idem, loc. cit.). La libertad de religión se convirtió en monopolio de los príncipes gobernantes e hizo a Alemania “poco más que un nombre geográfico y muy vago por añadidura” (Cambridge Hist. II, 142); naturalmente “la esclavitud permaneció allí durante más tiempo que en ningún otro país civilizado excepto en Rusia” (ibid., 191), y fue “una de las causas de la debilidad nacional y esterilidad intelectual que marcó a Alemania durante la última parte del siglo dieciséis”(ibid.). Naturalmente se encuentran “tantas iglesias nuevas cuantos principados o repúblicas (Menzel, op. cit., 739).

Un suceso teológico , el primero de verdadera magnitud real y que tuvo una marcada influencia en el movimiento reformador aún más que la guerra de los Campesinos, fue el amenazador descontento levantado por la perentoria condena y supresión por el mismo Lutero de toda innovación, doctrinal o disciplinaria, que no estuviese de completo acuerdo con las suyas. Esta debilidad de carácter era bien conocida por sus admiradores ya entonces, así como es completamente admitida hoy en día. Carlstadio, a quien por una extraña ironía se había prohibido predicar o publicar en Sajonia y de quien se exigió una retractación, que fue exiliado de su casa por su opiniones – Lutero mismo se encargó personalmente de que se hicieran cumplir todas estas condenas – desafió se opuso a todo ello de forma injuriosa. Qué grado de culpabilidad había entre Lutero que había hecho lo mismo y aún con mayor temeridad y audacia contra la prohibición imperial – o Carlstadio que lo hacía de forma tentativa contra la prohibición del señor local, no parece haber causado sospecha alguna de incongruencia. Sin embargo, Carlstadio precipitó una contienda que removió los mismos cimientos de la fábrica de la reforma. La controversia fue el primer conflicto decisivo que convirtió el campo los separatistas en un campo de batalla de combatientes hostiles. El casus belli fue la doctrina de la Eucaristía. Carlstadio en sus dos tratados (26 febrero y 16 marzo, 1525), tras asaltar al “Nuevo Papa”, hizo un juicio exhaustivo de sobre su doctrina de “la Cena del Señor”. Rechaza la interpretación literal de las palabras institucionales de Cristo “esto es mi cuerpo” y la presencia real claramente negada. La doctrina de la transubstanciación de Lutero, según la cual, el cuerpo está allí, con y bajo el pan, carecía para él todo soporte escritural. La Escritura ni dice que el pan “es” mi cuerpo ni “dentro del “pan está mi cuerpo, de hecho no dice absolutamente nada sobre el pan. El pronombre demostrativo “este” no se refiere al pan en absoluto, sino al cuerpo de Cristo, presente en la mesa. Cuando Jesús dijo “este es mi cuerpo”, se señalaba a si mismo y dijo:”este cuerpo será ofrecido, su sangre derramada por vosotros”. Las palabra “tomad y comed” se refieren al pan ofrecido y las palabra “este es mi cuerpo”, al cuerpo de Jesús. Va más allá y mantiene que “esto es” realmente quiere decir “esto significa”. Consecuentemente la gracia ha de buscarse en Cristo crucificado, no en el sacramento. Entre todos los argumentos presentados ninguno resultó más embarazoso que el deíctico “esto es”. Fue la insistencia en la identica interpretación de “este” refiriéndose el Cristo presente, que Lutero usaba en sus más cerrados al dejar a un lado la primacía del papa en las Disputas de Leipzig. Los escritos de Carlstadio fueron prohibidos con el resultado de que Sajonia, Estrasburgo, Basilea y Zurich prohibieron su circulación y venta. Esto atrajo al líder de la reforma suiza, Zwinglio, a la controversia como apologista de Carlstadio, abogado de la libertad sin trabas expresión y pensamiento e ipso facto adversario de Lutero
El movimiento de reforma presentaba el espectáculo de los dos mas formidables oponentes de Roma, las dos mentes más conocedoras y más autorizados exponentes del pensamiento separatístico contemporáneo, enfrentadas abiertamente en una guerra sobre la Cena del Señor. Zwinglio, en general, compartía las doctrinas de Carlstadio, con algunas divergencias, que no es necesario ampliar aquí. Pero lo que dio una importancia, mística, semi–inspirada a su doctrina de la Cena del Señor, fue la relación que hizo de sus dificultades y dudas sobre las palabras institucionales, que encontraron la solución en un sueño. No recordaba, al contrario que Lutero en Wartburg, si esa aparición era en blanco y negro [ Monitor iste ater an albus fuerit nihil memini (Planck, op. cit., II, 256)]. Si Lutero siguió su costumbre de nunca leer “los libros que los enemigos de la verdad han escrito contra mí” (Mörikofer, "Ulrich Zwingli", II, Leipzig, 1869, 205), o si había una pizca de celos “de que los suizos estaban ansiosos de ser los más preeminentes” en el movimiento reformista, el caso es que el mero hecho de que Zwinglio fue confederado de Carlstadio y tuviera un desafortunado y dudoso sueño, añadieron suficiente madera al fuego para que Lutero desplegara lo mejor de sus conocidos métodos dialécticos. No se podía tener “una discusión científica con Lutero puesto que él atribuía al diablo cualquier oposición a su doctrina” " (Hausrath). Esto envenenaba la controversia en sus mismas raíces porque él “no llegaría a una tregua con el diablo” (Hausrath, op. cit., II, 188-223). Y que los ojos de las masas se estuvieran volviendo de Wittemberg a Zurich, era una evidencia que confirmaba el engañodiabólico. Las contestaciones de Lutero a la heterodoxa carta privada de Zwinglio a Alber (16 de noviembre de 1524) y a sus irritantes provocadores llegaron en 1527 y mostraron que “la injusticia y barbaridad de sus polémicas” no estaban reservadas sólo para el papa, para los monjes o para los votos religiosos”. Sobrepasaron en ” causticidad y desprecio del oponente todo lo que había escrito hasta entonces”, “eran las expresiones de un hombre enfermo que había perdido todo control de sí mismo”. Traza una descripción cronológica de de las políticas de Satán y las arteras maquinaciones de Príncipe del Mal desde sus incursiones en las herejías de la primitiva iglesia hasta Carlstadio, Zwinglio y Oecolampadio. Eran estas tras agencias satánicas que habían planteado el problema de de la Cena del Señor para frustrar la obra del “Evangelio recuperado”. Maldice con el abismo del infierno las profesiones de paz y amor del suizo, porque son parricidios “No se puede decir que sea una respuesta furiosa, es desgraciada en la forma en que arrastra por el fango las más sagradas representaciones de sus oponentes “. Epítetos oprobiosos