Martirizados en Roma bajo Diocleciano hacia fines del siglo tercero, muy probablemente
en 286. Estos mártires, quienes eran hermanos, son mencionados en la
mayoría de las martiriologías antiguas el 18 de Junio, y su martirio
es conocido por nosotros desde las Actas de San Sebastián, las que, aunque
en gran parte legendarias, son sin embargo muy antiguas.
Arrojados a prisión por ser Cristianos, fueron visitados por su padre
y madre, Tranquilino y Marcia, los que, siendo aún idólatras,
les imploraron volvieran a la adoración de los dioses falsos para salvar
sus vidas. Pero Sebastián, próximo al martirio que lo volvería
ilustre, habiendo entrado en esa prisión al mismo tiempo, los exhortó
a que no abandonaran la Fe Cristiana con tan sincera convicción, que
no solo tornó su fidelidad inamovible, sino que también convirtió
a sus padres y a varios de sus amigos que estaban presentes. El juez, ante el
cual fueron finalmente llevados, no siendo capaz de inducirlos a apostatar,
los condenó a muerte.
Fueron enterrados en la Vía Ardeatina, cerca del cementerio de Domitilla.
Sus cuerpos fueron trasladados en una fecha posterior (la que no es muy cierta,
pero probablemente fuera en el siglo noveno) a la iglesia de Santos Cosmas y
Damián, donde fueron redescubiertos en 1583 en el reinado de Gregorio
XIII. Todavía descansan allí en una tumba, cerca de la cual se
puede ver una antigua pintura en la cual los dos mártires están
representados con una tercera persona que parece ser la Virgen Bendita.