ETIMOLOGÍA
DE LA PALABRA
La palabra griega
martus significa
testigo que testifica un hecho del que tiene conocimiento por observación
personal. Con este sentido es con el que aparece por primera vez en
la literatura cristiana; los apóstoles fueron testigos de
todo lo que habían observado en la vida pública de
Cristo, así como
de todo lo que habían aprendido con su enseñanza, en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría, hasta lo último de la tierra (Hech 1,
8).
San Pedro emplea el término con este significado
en su alocución a los apóstoles y discípulos con motivo de la elección
del suplente de
Judas: Así que es necesario que de los
que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el
Señor Jesús
convivió con nosotros, empezando desde el bautismo de Juan hasta
el día en que, dejándonos, fue elevado al cielo, uno de ésos sea, junto
con nosotros, testigo de su resurrección (Hech 1, 21-22). El primero
de los apóstoles habla en su primer discurso público de sí mismo y de
sus compañeros como de testigos que vieron la resurrección
de Cristo y posteriormente, tras la
milagrosa evasión de los
apóstoles de prisión, cuando los llevaron por segunda vez ante el tribunal,
Pedro alude de nuevo a los doce como testigos de Cristo, Príncipe y
Salvador de Israel que resucitó de entre los muertos; y añadió que ellos
debían obedecer a
Dios antes que
a los hombres (Hech 5, 29ss) al dar público testimonio de estos hechos,
de los cuales ellos estaban seguros. También en su primera carta se
refiere
San Pedro a sí mismo como testigo de los
padecimientos de Cristo (1Pe 5, 1).
Pero incluso en estos primeros ejemplos del uso de
la palabra martus en la
terminología del cristianismo ya es digno de atención un nuevo matiz
en su acepción, además del significado aceptado para el término. Los
discípulos de Cristo no eran testigos corrientes como los que prestaban
declaración en un tribunal de justicia. Estos últimos no corrían ningún
riesgo al atestiguar los hechos que habían observado, mientras que
los testigos de Cristo se enfrentaban diariamente, desde el comienzo
de su apostolado, con la posibilidad de sufrir graves castigos y aún
la misma muerte. Así, San Esteban fue un testigo que selló su testimonio
con su sangre a principios de la historia cristiana. Las vocaciones
de los apóstoles estuvieron siempre rodeadas de peligros del carácter
más serio, hasta que todos ellos sufrieron finalmente la última pena
por sus convicciones. De este modo, en vida de los apóstoles, el término
martus llegó a usarse en
el sentido de testigo al que se le puede exigir en cualquier ocasión
que renuncie o reniegue de lo que ha testificado, bajo pena de muerte.
A partir de esta fase fue natural la transición hacia el significado
habitual del término, según se usa en la literatura cristiana desde
entonces: un mártir, o testigo de Cristo, es una persona que, aunque
no ha visto ni oído nunca al divino fundador de la Iglesia, está no obstante tan firmemente convencida
de las verdades de la religión cristiana que sufre de buen grado la
muerte antes que renegar de ella. San Juan emplea la palabra con este
significado a finales del siglo primero; se habla de Antipas, un converso
del paganismo, como de "mi testigo (martus), mi fiel (seguidor), que sufrió la muerte entre vosotros,
donde habita el Adversario " (Ap 2, 13). El mismo apóstol habla
más adelante de "las almas de los que habían sido inmolados a
causa de la palabra de Dios y a causa del testimonio (martyrian) [de Jesucristo] que mantenían " (Ap 6, 9).
Aún así, tan sólo gradualmente, durante el transcurso
de la primera época de la Iglesia, llegó a aplicarse la denominación
de mártir exclusivamente a quienes habían muerto por la fe. Por ejemplo,
los nietos de san Judas fueron considerados mártires tras su huida
del peligro que arrostraron cuando fueron citados ante Domiciano (Euseb.,
"list. eccl", III, xx, xxxii). Los célebres confesores de
Lyón, que tan valientemente soportaron tremendos suplicios por sus
creencias, fueron estimados como mártires por sus compañeros en la
fe cristiana, pero ellos mismos declinaron este título como un derecho
perteneciente sólo a quienes habían muerto de hecho: "Son ya
mártires los que Cristo ha juzgado dignos de ser arrestados por su
confesión, habiendo sellado su testimonio con su partida; nosotros
solamente somos pobres y humildes confesores" (Euseb., op. cit.,
V, ii). Por lo tanto, esta distinción entre mártires y confesores
puede situarse hacia las postrimerías del siglo segundo: sólo fueron
mártires aquellos que habían padecido la última pena, mientras que
se dio el título de confesores a los cristianos que habían mostrado
la buena voluntad de morir por su credo, soportando con valentía prisión
o tortura, pero no fueron ejecutados. Con todo, el calificativo de
mártir aún se aplicó algunas veces durante el siglo tercero a personas
todavía vivas, como por san Cipriano, por ejemplo, que dio el título
de mártires a varios obispos, presbíteros y seglares condenados a
trabajos forzados en las minas (Ep. 76). Tertuliano trata como
martyres designati a los arrestados por
ser cristianos y aún no condenados. En el siglo cuarto, San Gregorio
Nacianceno se refiere a san Basilio como un mártir,
pero es evidente que emplea el término en un sentido amplio, en el
que la palabra todavía se aplica a veces a una persona que ha sufrido
muchas y graves penalidades por la causa del cristianismo. La descripción
de mártir dada por el historiador pagano Ammianus Marcellinus (XXII,
xvii) muestra que a mediados del siglo cuarto el título se reservaba
en todas partes para los que habían sufrido realmente la muerte por
su fe. A los herejes y cismáticos ajusticiados como cristianos se
les negó el título de mártires (san Cipriano, "De Unit.",
xiv; san Agustín, Ep. 173; Eusebio., "Hist. Eccl.", V, xvi,
xxi). San Cipriano formula con claridad el principio general de que
"no puede ser un mártir quien no está en la Iglesia; no puede
alcanzar el reino quien reniega de lo que reinará allá." San
Clemente de Alejandría desaprueba con firmeza (Strom., IV, iv) a algunos
herejes que se entregaron a la justicia; ellos "se proscriben
a sí mismos sin que sean mártires".
Lo ortodoxo era no buscar el martirio. Sin embargo,
Tertuliano aprueba la conducta de los cristianos de la provincia
de Asia que se entregaron al gobernador Arrius Antoninus (Ad. Scap.,
v). También Eusebio relata con aprobación el incidente de tres cristianos
de Cesarea, en Palestina, que se presentaron ellos mismos al juez
en la persecución de Valeriano y fueron condenados a muerte (Hist.
Eccl., VII, xii). Pero en general se consideraba imprudente, si bien
las circunstancias podían excusar a veces tal proceder. San Gregorio
Nacianceno recapitula en una sentencia la regla a seguir en casos
semejantes: buscar la muerte es una pura temeridad, pero es cobarde
renunciar a ella (Orat. xlii, 5, 6). El escarmiento de un cristiano
de Esmirna llamado Quintus, que en tiempo de san Policarpo persuadió
a varios de sus compañeros creyentes a manifestarse como cristianos,
fue un aviso de lo que puede pasarle al demasiado ardoroso: Quintus
apostató en el último momento, si bien sus acompañantes perseveraron.
La rotura de ídolos fue condenada en el Concilio de Elvira (306),
el cual decretó, en su canon sexagésimo, que no sería inscrito como
mártir un cristiano ajusticiado por un vandalismo de esa clase. En
cambio Lactancio solo censura levemente a un cristiano de Nicomedia
que sufrió el martirio por derribar el edicto de persecución (Do mort.
pers., xiii). San Cipriano autoriza en un caso a buscar el martirio.
Escribiendo a sus presbíteros y diáconos respecto a los lapsi
arrepentidos que pedían a gritos ser aceptados de nuevo en la comunión,
el obispo, tras dar las instrucciones generales sobre el asunto, concluye
diciendo que si estos impacientes personajes eran tan vehementes para
regresar a la Iglesia había un modo de abrírsela. "La lucha va
aún más allá", dice, "y la contienda se emprende a diario.
Si ellos (los lapsi) se arrepienten con sinceridad y lealtad de lo que han hecho,
y prevalece el fervor de su fe, el que no
pueda ser postergado debe ser premiado" (Ep. xiii).
FUNDAMENTO
LEGAL DE LAS PERSECUCIONES
En la antigüedad, la aceptación de la
religión nacional era un deber obligatorio para todos los ciudadanos;
la omisión del culto a los dioses del Estado era equivalente a traición.
Este principio universalmente aceptado es el origen de diversas persecuciones
sufridas por los cristianos antes del reinado de Constantino; los
cristianos negaban la existencia de los dioses del panteón estatal
y en consecuencia rechazaban el culto. Por consiguiente los cristianos
eran considerados ateos. Realmente, es cierto que los judíos
también rechazaban a los dioses de Roma y aún así eludieron la persecución.
Pero, desde el punto de vista romano, los judíos tenían una religión
nacional y un Dios nacional, Yahveh
o Jehovah, que tenían un derecho de culto legal pleno. Incluso tras
la destrucción de Jerusalén, cuando los judíos dejaron de existir
como nación, Vespasiano no realizó ningún cambio en su estado legal
religioso, salvo que el tributo enviado anteriormente por los judíos
al templo de Jerusalén debía pagarse en adelante al erario romano.
Tras su fundación, la Iglesia cristiana disfrutó algún tiempo de los
privilegios religiosos de la nación judía, pero está claro que por
la índole del caso los jefes de la religión judía no consentirían
esta situación durante mucho tiempo sin protestar. En efecto, ellos
aborrecían la religión de Cristo tanto como detestaban a su
fundador. No puede determinarse la fecha en que las autoridades romanas
dirigieron su atención hacia la diferencia entre las religiones judía
y cristiana, pero parece estar bastante bien fundado que las leyes
que proscribían el cristianismo fueron promulgadas antes de finales
del siglo primero. La autoridad de Tertuliano afirma que la
persecución de los cristianos fue institutum
Neronianum una institución de Nerón (Ad nat., i,
7). La primera carta del apóstol san Pedro también alude claramente
a la proscripción de los cristianos, en calidad de cristianos, en
la época en que fue escrita (1Pe 4, 16). Además, se sabe que Domiciano
(81-96) castigó con la muerte a miembros de su propia familia bajo
el cargo de ateísmo (Suetonius, "Domitianus", xv).
Por tanto, aunque es probable que la fórmula: "Que no haya cristianos"
(Christiani non sint) se
remonte a la segunda mitad del siglo primero, sin embargo, la primera
promulgación clara sobre el asunto del cristianismo es la de Trajano
(98-117) en su célebre carta al joven Plinio, su legado en Bitinia.
Plinio había sido enviado desde Roma por el emperador
para restablecer el orden en la provincia de Bitinia-Pontus. Una de
las más serias dificultades que encontró para el cumplimiento de su
cometido concernía a los cristianos. Le sorprendió profundamente el
número especialmente grande de cristianos que halló en su jurisdicción:
el contagio de su superstición, informó a Trajano, no
sólo afectaba a la ciudades sino también a las aldeas y a los distritos
rurales de la provincia (Plinio, Ep., x, 96). Una consecuencia del
abandono general de la religión estatal era de orden económico: se
había hecho cristiana tanta gente que no se encontraban compradores
para las víctimas que en otro tiempo fueron ofrecidas a los dioses
en gran cantidad. Se presentaron quejas ante el legado relativas a
esta situación de los negocios, con el resultado de que algunos cristianos
fueron detenidos y conducidos ante Plinio para el interrogatorio.
Los sospechosos eran interrogados respecto a su credo y los que persistían
en declinar las repetidas invitaciones a retractarse eran ejecutados.
Sin embargo, algunos prisioneros tras afirmar primero que eran cristianos,
después, cuando eran amenazados con un castigo, modificaban su primer
reconocimiento diciendo que en otro tiempo habían sido adictos de
la institución proscrita pero que ya no lo eran. Asimismo, otros negaban
que eran o habían sido cristianos. No habiendo tenido que tratar nunca
antes cuestiones concernientes a los cristianos, Plinio solicitó instrucciones
al emperador sobre tres puntos respecto a los que no veía con claridad
su modo de obrar: primero, si debía tenerse en cuenta la edad del
acusado para encontrarse libre de castigo; en segundo lugar, si los
cristianos que renunciaban a sus creencias debían ser perdonados;
y en tercer lugar, si la mera declaración de cristianismo debía considerarse
como un delito, y punible como tal, independientemente de la inocencia
o culpabilidad del acusado de los delitos comúnmente asociados con
dicha manifestación.
Trajano respondió a estas consultas con un rescripto
que estaba destinado a tener fuerza de ley con relación al cristianismo
durante todo el siglo segundo. Después de aprobar lo que había hecho
su representante, el emperador indicó que en lo sucesivo la norma
a observar al tratar con los cristianos sería la siguiente: los magistrados
no tenían que tomar ninguna medida para averiguar quienes eran o no
eran cristianos, pero, al mismo tiempo, si una persona era denunciada
y admitía que era cristiana debía ser castigada con la muerte
evidentemente. No se debía obrar sobre denuncias anónimas y, por otra
parte, los que se arrepintiesen de ser cristianos y ofreciesen sacrificio
a los dioses debían ser perdonados. De este modo, desde el año 112,
fecha de este documento, quizá incluso desde el reinado de Nerón,
un cristiano era ipso facto un proscrito o un fuera de la ley. Por
el testimonio de Plinio a este respecto, así como por la orden de
Trajano: conquirendi non sunt,
es evidente que las máximas autoridades del Estado sabían que los
seguidores de Cristo eran inocentes de los numerosos delitos y fechorías
que les atribuía la calumnia popular. Y por el contenido general de
las instrucciones del emperador está claro que éste no consideraba
a los cristianos como una amenaza para el Estado. Su único delito
era ser cristianos, unos adictos a una religión ilegal. La Iglesia
vivió bajo este régimen de proscripción desde el año 112 hasta el
reinado de Septimio Severo (193-211). La situación de los fieles fue
siempre de serio peligro, estando como estaban a merced de cualquier
persona maliciosa que podía citarles, sin previo aviso, al tribunal
más cercano. Realmente, es cierto que el delator era una persona impopular
en el Imperio Romano y, además, al acusar a un cristiano corría el
riesgo de incurrir en severos castigos si era incapaz de probar su
acusación contra su pretendida víctima. No obstante, a pesar del riesgo,
se conocen casos de cristianos víctimas de la delación o acusación
durante la época de la persecución.
Las prescripciones de Trajano sobre el asunto del
cristianismo fueron modificadas por Septimio Severo con la adición
de una cláusula que prohibía a cualquier persona convertirse en cristiana.
La ley existente de Trajano contra los cristianos en general no fue
verdaderamente derogada por Severo, si bien de momento resaltó la
intención del emperador de que debía quedar en letra muerta. La finalidad
pretendida con la nueva ley no era la de inquietar a quienes ya eran
cristianos, sino poner freno al crecimiento de la Iglesia impidiendo
las conversiones. Con esta prohibición se sumaron a la lista de los
paladines de la libertad religiosa algunos insignes mártires conversos,
siendo los más famosos las santas Perpetua y Felicidad, pero no llevó
a cabo nada de importancia respecto a su propósito principal. La persecución
acabó en el segundo año del reinado de Caracalla (211-17). Los cristianos
gozaron de una paz relativa desde esta fecha hasta el reinado de Decio
(250-53), con la excepción del corto período en que ocupó el trono
Maximino Traciano (235-38). El encumbramiento imperial de Decio inició
una nueva época en las relaciones entre el cristianismo y el estado
romano. Aunque era oriundo de Iliria, este emperador estuvo profundamente
imbuido por el espíritu del conservadurismo romano. Ascendió al trono
con el firme propósito de restaurar el prestigio que el imperio estaba
perdiendo con rapidez y parece haber estado convencido de que la principal
dificultad para realizar su intención era la existencia del cristianismo.
La consecuencia fue que en el año 250 despachó un edicto, cuyo tenor
sólo se conoce por los documentos que se refieren a su ejecución,
que prescribía que todos los cristianos del imperio debían ofrecer
sacrificio a los dioses cierto día.
Esta nueva ley tenía una entidad completamente distinta
a la legislación existente contra el cristianismo. Los cristianos
habían disfrutado hasta ahora de relativa seguridad, aunque estuvieran
prohibidos legalmente, bajo un régimen que sentaba abiertamente el
principio de que no debían ser conocidos oficialmente por las autoridades
civiles. El edicto de Decio era exactamente lo contrario: ahora se
constituía a los magistrados en inquisidores religiosos cuyo deber
era castigar a los cristianos que rehusasen apostatar. En resumidas
cuentas, el designio del emperador era aniquilar la cristiandad forzando
a renunciar a su fe a todos los cristianos del imperio. El primer
efecto de la nueva legislación pareció favorable a los deseos de su
autor. Durante el prolongado período de paz desde el reinado de Septimio
Severo cerca de cuarenta años se había deslizado dentro
de la conducta de la Iglesia un relajamiento considerable, una de
cuyas consecuencias fue que con la publicación del edicto de persecución
multitudes de cristianos asediaron a los magistrados, en todas partes,
en su afán de acatar sus exigencias. Muchos otros cristianos nominales
obtuvieron con sobornos los certificados que afirmaban que habían
cumplido con la ley, en tanto que otros apostataron bajo tortura.
No obstante esta primera muchedumbre de criaturas débiles que se habían
situado ellas mismas fuera del gremio de la cristiandad, todavía quedaron
numerosos cristianos en todo el imperio dignos de su religión, los
cuales soportaron por sus convicciones
todo género de tormento e incluso la muerte. La persecución
duró unos dieciocho meses y produjo un daño incalculable.
Antes de que la Iglesia tuviera tiempo de subsanar
el perjuicio ocasionado de ese modo, se inició otro conflicto con
el Estado con un edicto de Valeriano que se publicó en el año 257.
Esta ley iba dirigida contra el clero, obispos, presbíteros y diáconos,
a los cuales se ordenaba que ofreciesen sacrificios bajo pena de exilio.
Además se prohibía que los cristianos frecuentasen sus cementerios,
bajo pena de muerte. Los resultados de este primer edicto tuvieron
tan poca entidad que al año siguiente, 258, apareció otro edicto que
requería al clero a ofrecer sacrificios bajo pena de muerte. También
fueron afectados senadores cristianos, caballeros, e incluso damas
de sus familias, mediante un decreto de ofrecer sacrificios bajo pena
de confiscación de sus bienes y de reducción al estado plebeyo. Y,
en el supuesto de que estas medidas resultasen ineficaces, la ley
prescribía castigos adicionales: la ejecución para los varones, para
las mujeres el exilio. Los esclavos cristianos y los libertos de la
casa del emperador también eran castigados con la confiscación de
sus pertenencias y la reducción al grado más bajo de esclavitud. El
Papa Sixto II y san Cipriano de Cartago se hallaron entre los
mártires de esta persecución. Se sabe poco sobre sus efectos adicionales
por la falta de documentos, pero parece que puede conjeturarse con
seguridad que debió causar enorme sufrimiento a la nobleza cristiana,
además de añadir muchos nuevos mártires a la lista de la Iglesia.
La persecución acabó tras la captura (260) de Valeriano por los persas;
su sucesor, Galieno (260-68), revocó el edicto y restauró a los obispos,
los cementerios y los lugares de culto o asamblea.
La Iglesia permaneció en la misma situación legal
que en el siglo segundo desde esta fecha hasta la última persecución
iniciada por Diocleciano (284-305), excepto en el corto período del
reinado de Aureliano (270-75). El primer edicto de Diocleciano se
promulgó en Nicomedia en el año 303 y tenía el siguiente contenido:
las asambleas cristianas fueron prohibidas, se ordenó que se destruyesen
las iglesias y los libros sagrados, y a todos los cristianos se les
ordenaba abjurar de su religión inmediatamente. La sanción por el
incumplimiento de estas exigencias era la degradación y la muerte
civil para las clases más altas, la reducción a la esclavitud para
los libertos de las clases más modestas y para los esclavos la incapacidad
para recibir el don de la libertad. Después, en el mismo año, un nuevo
edicto ordenó el arresto de los eclesiásticos de cualquier grado,
desde obispos hasta exorcistas. Un tercer edicto impuso la pena de
muerte por rechazar abjurar y concedía la libertad a quienes ofreciesen
sacrificios, mientras que un cuarto edicto, publicado en el año 304,
mandaba a todo el mundo sin excepción ofrecer sacrificios públicamente.
Éste fue el último y más decidido esfuerzo del Estado Romano de acabar
con el cristianismo. Ello dio a la Iglesia incontables mártires y
concluyó con su triunfo durante el reinado de Constantino.
NÚMERO
DE MÁRTIRES
Se calcula que de los 249 años que van
desde la primera persecución de Nerón (64) hasta el año 313, en el
que Constantino erigió la paz final, los cristianos sufrieron persecución
129 años aproximadamente y disfrutaron de cierto grado de tolerancia
unos 120 años. Sin embargo, debe tenerse presente que incluso en los
años de relativa tranquilidad los cristianos estuvieron siempre a
merced de cualquier persona del imperio mal dispuesta hacia ellos
o hacia su religión. No se sabe si ocurrió o no con frecuencia la
delación de cristianos en la época de persecución, pero teniendo en
cuenta el odio irracional de la población pagana hacia los cristianos
puede conjeturarse con seguridad que no pocos cristianos sufrirían
el martirio debido a la traición. Un ejemplo del tipo referido por
san Justino, mártir, muestra cuán repentinas y atroces eran las consecuencias
de la delación. Una mujer que se había convertido al cristianismo
fue acusada por su marido ante un magistrado de ser cristiana. A través
de influencias se le concedió una breve prórroga para resolver sus
asuntos materiales, después de lo cual tenía que comparecer en el
tribunal y presentar su defensa. Mientras tanto su furioso marido
provocó la detención del catequista, de nombre Ptolomeo, que había
instruido a la conversa. Cuando fue interrogado, Ptolomeo reconoció
que era cristiano y fue condenado a muerte. En el momento de pronunciar
esta sentencia estaban en el juzgado dos personas que protestaron
contra la iniquidad de infligir la pena capital por el mero hecho
de profesar el cristianismo. Como contestación el magistrado les preguntó
si también ellos eran cristianos y ante su respuesta afirmativa se
ordenó que ambos fueran ejecutados. Como aguardaba el mismo destino
a la esposa del delator, a menos que se retractase, tenemos aquí un
ejemplo de tres, quizá cuatro, personas que sufrieron la pena de muerte
por la acusación de un hombre que actuó con malicia, únicamente por
el motivo de que su esposa había renunciado a la endemoniada vida
que había llevado anteriormente en su compañía (San Justino Mártir,
II, Apol., ii).
No tenemos información precisa respecto al número
real de personas que murieron como mártires durante estos dos siglos
y medio. La autoridad de Tácito afirma que fue ejecutada por Nerón
una multitud inmensa (ingens multitudo). El Apocalipsis de San
Juan habla de "las almas de los que murieron por la Palabra de
Dios" durante el reinado de
Domiciano, y Dion Cassius nos informa de que "muchos" de
la nobleza cristiana murieron por su fe durante la persecución de
la que es responsable este emperador. Escribiendo alrededor del año
249, antes del edicto de Decio, Orígenes consigna que realmente el
número de los ejecutados por su religión cristiana no fue muy grande,
pero probablemente quiere decir que el número de mártires hasta ese
momento era pequeño comparado con el número total de cristianos (cf.
Allard, "Ten Lectures on the Martyrs", 128). San Justino
mártir, que debe su conversión en gran medida al ejemplo heroico de
los cristianos que sufrieron por su fe, nos da incidentalmente un
resplandor fugaz sobre el peligro de profesar el cristianismo a mediados
del siglo segundo, en el reinado de un emperador tan bueno como Antonino
Pío (138-161). En su "Diálogo con el judío Trifón "
(cx), tras aludir a la fortaleza de sus hermanos de religión, el apologista
añade: "porque es manifiesto que decapitados, crucificados, lanzados
a las fieras, encadenados, abrasados y en toda otra suerte de tortura,
no renunciamos a nuestra profesión de fe; sino que cuanto más pasan
tales cosas, tanto más hacen que muchos otros pasen a ser creyentes.
. . . Cada cristiano ha sido arrojado fuera no sólo de sus propiedades,
sino hasta del mundo entero; por que no permitís vivir a ningún cristiano."
Tertuliano, escribiendo a finales del siglo segundo, también
alude con frecuencia a las sobrecogedoras condiciones bajo las que
subsistían los cristianos ("Ad martyres", "Apología",
"Ad Nationes", etc.): muerte y tortura eran contingencias
siempre presentes.
Pero fue aún más funesto para los cristianos el nuevo
sistema de edictos extraordinarios que comenzó en el año 250 con el
edicto de Decio. Las persecuciones de Decio y Valeriano no se prolongaron
realmente mucho tiempo, pero hay indicios claros de que mientras duraron,
y a pesar del gran número de los que renegaron, produjeron numerosos
mártires. Por ejemplo, Dionisio de Alejandría relata en una carta
al obispo de Antioquía una violenta persecución que tuvo lugar en
la capital egipcia, mediante violencia popular, antes de publicarse
siquiera el edicto de Decio. El obispo de Alejandría pone algunos
ejemplos de lo que soportaron los cristianos a manos del populacho
pagano y después añade que "muchos otros, en las ciudades y en
los pueblos, fueron separados en pedazos por los gentiles" (Eusebio,
"Hist. eccl.", VI, xli sq.). Además de los que perecieron
por la violencia misma, también una "multitud anduvo errante
por los desiertos y las montañas, muriendo de hambre y de sed, por
frío y enfermedad, por los salteadores y los animales salvajes"
(Eusebio, l. c.). Dionisio expone en otra carta, al hablar de la persecución
de Valeriano, que "triunfaron en la contienda y ganaron su corona
hombres y mujeres, de toda raza y edad, jóvenes y ancianos, doncellas
y matronas, soldados y civiles, unos por la flagelación y el fuego,
otros por la espada" (Id., op. cit., VII, xi). En la misma persecución,
en Cirta, al Norte de África, decidieron apresurar las cosas tras
la ejecución de cristianos durante algunos días. Para ello, llevaron
al resto de condenados a la orilla de un río y les hicieron arrodillarse
en filas. El verdugo pasó entre ellas cuando todo estuvo listo y los
despachó a todos sin demora (Ruinart, p. 231).
Sin embargo, la última persecución fue aún más dura
que todos los intentos anteriores de extirpar la cristiandad. Una
gran muchedumbre fue ejecutada en Nicomedia junto con su obispo,
Anthimus; unos perecieron a espada, otros en el fuego y otros fueron
ahogados. En Egipto, miles de hombres, mujeres y niños, desdeñando
esta vida, . . . soportaron diversas formas de muerte" (Eusebio,
"Hist. eccl.", VII, iv sqq.) y lo mismo sucedió en otros
muchos lugares del Este. La persecución terminó antes en el Oeste
que en el Este, pero mientras duró se agregaron numerosos mártires
al calendario, especialmente en Roma (cf. Allard, op. cit., 138 sq.).
Mas, junto a los que vertieron verdaderamente su sangre en los tres
primeros siglos, debe tenerse en cuenta el gran número de confesores
de la fe que sufrieron un martirio diario, en prisión, en el exilio
o en trabajos forzados, más difícil de aguantar que la misma muerte.
Por lo tanto, aunque no es posible una estimación numérica de la cantidad
de mártires, aún las escasas evidencias que existen sobre el asunto
establecen bastante claramente que incontables hombres, mujeres e
incluso niños de esta primera edad gloriosa, pero terrible, del cristianismo
sacrificaron con júbilo sus bienes, sus libertades o sus vidas antes
que renunciar a la fe que apreciaban sobre todas las cosas.
LA
PRUEBA DE LOS MÁRTIRES
El primer hecho en la tragedia de los
mártires era su detención por un agente de la justicia. Antes de llevar
al acusado a juicio se concedía en algunos casos el privilegio de
custodia libera, otorgado
a San Pablo durante su primer encarcelamiento; san Cipriano, por ejemplo,
fue retenido en casa del oficial que le detuvo y fue tratado con consideración
hasta el momento de su interrogatorio. Pero tal proceder era la excepción
de la regla; los cristianos acusados generalmente eran arrojados en
prisiones públicas, donde sufrían frecuentemente las mayores penalidades
durante semanas o meses enteros. Las Actas de los Mártires proporcionan
en casos singulares reflejos de los sufrimientos que padecieron en
prisión. Por ejemplo, santa Perpetua fue horrorizada con una oscuridad
espantosa, con el intenso calor provocado por el hacinamiento en el
clima del África romana y con la brutalidad de los soldados (Passio
SS. Perpet., et Felic., i). Otros confesores
aluden a las miserias de la vida en la cárcel como más allá de lo
que podían describir (Passio SS. Montani, Lucii, iv). Privados de
alimentos, salvo los suficientes para mantenerlos con vida, de agua,
de luz y de aire; sujetos con grilletes o puestos en cepos con las
piernas separadas lo más posible sin llegar al desgarro; expuestos
a toda clase de infección por el calor, el hacinamiento y la ausencia
de cualquier medida higiénica adecuada estas eran algunas de
las aflicciones que precedían al martirio verdadero. Naturalmente,
muchos morían en la cárcel en semejantes condiciones, mientras que
otros, incapaces lamentablemente de soportar la tensión, adoptaban
la escapatoria más fácil que se les ofrecía, es decir, acataban la
condición impuesta por el Estado de ofrecer sacrificio.
Aquellos cuya fortaleza, física y moral, era capaz
de aguantar hasta el final eran, además, interrogados con frecuencia
por los magistrados ante el tribunal, los cuales trataban de inducirlos
a retractarse mediante la persuasión o la tortura. Estas torturas
comprendían todos los medios que ha ideado la ingenuidad humana de
la antigüedad para echar atrás al más valiente; los obstinados eran
azotados con látigos, correas o cuerdas, o eran de nuevo estirados
en el potro de tortura y desgarrados con rastrillos de hierro. Otro
castigo atroz consistía en colgar a la víctima por una mano, a veces
durante un día entero, en tanto que a las mujeres modestas además
se las exponía desnudas a las miradas del tribunal. Casi peor que
todo esto eran los trabajos forzados a los que se condenó, en algunas
de las persecuciones más violentas, a obispos, presbíteros, diáconos,
laicos y mujeres, e incluso niños; estos delicados personajes de ambos
sexos, víctimas de leyes despiadadas, fueron sentenciados a pasar
el resto de sus días en la oscuridad de las minas, donde arrastraron
una existencia desdichada, medio desnudos, hambrientos y sin un lecho
que les protegiera del húmedo suelo. Tuvieron mejor suerte incluso
los que fueron condenados a la muerte más vergonzosa en la arena o
mediante la crucifixión.
HONORES
RENDIDOS A LOS MÁRTIRES
Es fácil comprender que los que sufrieron
tanto por sus convicciones hayan sido tan profundamente venerados
por sus correligionarios aún desde los primeros días de prueba en
el reinado de Nerón. Normalmente, los oficiales romanos permitían
a los parientes y amigos recoger los restos mutilados de los mártires
para su entierro, aunque se negó dicha autorización en algunos casos.
Los cristianos consideraban estas reliquias "más valiosas que
el oro o las piedras preciosas" (Martyr. Polycarpi, xviii). Algunos
de los mártires más memorables recibieron honores especiales, como
por ejemplo San Pedro y San Pablo en Roma cuyos trofeos,
o tumbas, se mencionan a comienzos del siglo tercero por el presbítero
romano Cayo (Eusebio, "Hist. eccl.", II, xxi, 7). También
numerosas criptas y capillas de las catacumbas romanas, algunas de
las cuales fueron construidas en la época sub-apostólica, como la
capella grca, atestiguan
la temprana veneración de aquellos paladines de la libertad de conciencia
que consiguieron, muriendo, la mayor victoria del género humano. Las
ceremonias especiales de conmemoración de los mártires, en las que
se ofrecía el Santo Sacrificio sobre sus tumbas, honraron la costumbre
de consagrar los altares poniendo en ellos las reliquias de los mártires
y dieron origen a conservar los aniversarios de su muerte; probablemente
el célebre fresco Fractio Panis de la capella grca, que data desde comienzos del siglo segundo, es
una representación en miniatura de dicha celebración (véase s. v.
FRACTIO PANIS; EUCARISTÍA; SÍMBOLOS DE). Todavía se otorgó mayor veneración
a los mártires desde la época de Constantino. El Papa Dámaso (366-84)
tuvo un amor particular por los mártires, como sabemos por las inscripciones,
sacadas a la luz por Rossi, que compuso para sus tumbas de las catacumbas
romanas. La veneración de los mártires mostró más tarde ocasionalmente
un contenido no deseado; muchos de los frescos de las catacumbas fueron
mutilados para satisfacer la ambición de los fieles de ser enterrados
cerca de los santos (retro sanctos), en cuya compañía esperaban resucitar algún día de
la tumba. Fue igualmente grande el aprecio que se tuvo a los mártires
en la Edad Media; ninguna privación resultó ser demasiado rigurosa
de soportar al visitar los famosos santuarios que contenían sus reliquias,
como los de Roma.
ALLARD, Ten Lectures
on the Martyrs (New York, 1907); BIRKS in Dict.
of Christ. Antiq. (London, 1875-80), s. v.; HEALY, The Valerian Persecution (Boston, 1905); LECLERCQ, Les Martyrs, I (Paris, 1906); DUCHESNE,
Histoire ancienne de l'église, I (Paris,
1906); HEUSER in KRAUS, Realencyklopädie
f. Christlichen Altenthümer (Freiburg, 1882-86), s. v. Märtyrer;
BONWETCH in Realencyklopädie f.
prot. Theol. u. Kirche (Leipzig, 1903), s. v. Märtyrer
u. Bekenner, and HARNACK in op. cit., s. v. Christenverfolgungen.
MAURICE
M. HASSATT.
Transcribed by Douglas J. Potter
Dedicated to the Sacred Heart
of Jesus Christ
Traducido por Miguel Villoria de Dios