No hay en toda la historia de la Iglesia una sola persona que pueda ofrecer,
a la admiración de los anales cristianos del mundo, tan glorioso y tan
gran martirologio como el de los japoneses. En enero de 1552, San Francisco
Javier había remarcado el espíritu proselitista de los primeros
neófitos. "Yo los he visto", escribió," regocijándose
con nuestros éxitos, manifestando un celo ardiente por extender la fe
y ganar para el bautismo a los paganos que les conquistaron". Él
previó los obstáculos que bloquearían el progreso de la
fe en ciertas provincias: el absolutismo de este o aquel daimyo (n.d.t. señor
feudadl), una clase en ese momento muy independiente del Mikado (n.d.t. máxima
autoridad en Japón) y en revuelta contra su autoridad suprema. De hecho,
en la provincia de Hirado dónde convirtió a cien y donde, seis
años después, se bautizaron 600 paganos en tres días, una
mujer cristiana (la proto-mártir) fue decapitada por orar ante una cruz.
En 1561 los diamyo obligaron a los cristianos a abjurar de su fe, “pero
ellos prefirieron abandonar todas sus posesiones y vivir en Bungo, pobres con
Cristo, en lugar de ricos sin Él”, escribió un misionero,
el 11 de octubre de 1562. Cuando, bajo el Shogunato de Yoshiaki, Ota Nobunaga,
apoyado por Wada Koresama, un cristiano, dominó la mayor parte de las
provincias y restauró la unidad monárquica, ocurrió lo
que S. Francisco Javier esperaba. En Miyako (la moderno Kyoto) la fe era reconocida
y se había construido una iglesia el 15 de agosto de 1576. La fe continuó
extendiéndose sin notable oposición, mientras los daimyos aceptaron
la primacía del Mikado (Ogimachi, 1558-1586 y Ota Nobunaga). La tolerancia,
o favor, de la autoridad central provocaron la extensión de la religión
cristiana por todas partes, y sólo son conocidos unos casos aislados
de martirio (Le Catholicisme au Japon, I, 173).
No fue hasta 1587, cuando había 200 mil cristianos en Japón,
cuando un decreto de persecución, o más bien de prescripción,
fue emitido para sorpresa de todos, por instigación de un bonzo intolerante,
Nichijoshonin, celoso por la religión de su raza. Se destruyeron veintiséis
colegios y 140 iglesias; los misioneros fueron condenados al destierro, pero
fueron bastante diestros para esconderse o dispersarse. Ellos nunca dudaron
de la constancia de sus conversos; les ayudaban en secreto y en diez años
había 100 mil conversos más en Japón. Sabemos de dos martirios,
uno en Takata, el otro en Notsuhara; pero muchos cristianos fueron desposeídos
de sus bienes y reducidos a la pobreza. La primera persecución sangrienta
data de 1597. Se atribuye a dos causas: (1) Cuatro años antes algunos
religiosos castellanos habían venido de las Filipinas y, a pesar de las
decisiones de la Santa Sede, se habían unido a los 130 jesuitas que,
a causa de la delicada situación creada por el decreto, estaban actuando
con gran cautela. A pesar de todos los caritativos consejos que se les dieron,
estos hombres se pusieron a trabajar de una manera muy indiscreta y violaron
las condiciones del decreto, incluso en la propia capital; (2) un bajel castellano
arrojado por una tormenta a la costa de Japón fue confiscado bajo las
leyes en vigor. Se encontró algo de artillería a bordo y los susceptibles
japoneses se entusiasmaron extraordinariamente con los relatos falsos del piloto,
de los que salió la idea de que los castellanos estaban pensando en anexionarse
el país. Se elaboró una lista de todos los cristianos en Miyado
y Osaka y, el 5 de febrero de 1597, 26 cristianos, entre los que había
6 misioneros franciscanos, fueron crucificados en Nagasaki. Entre los 20 cristianos
nativos había un niño de 13 años y otro de 12. “El
asombroso fruto del generoso sacrificio de nuestros 26 mártires”
(escribió un misionero jesuita) “es que los cristianos, los recién
convertido y los de fe madura, ha sido confirmados en la fe y en la esperanza
de la salvación eterna; ellos han resuelto firmemente entregar sus vidas
por el nombre de Cristo. Los mismos paganos que ayudaban al martirio fueron
golpeados al ver la alegría de los benditos cuando eran crucificados
y el valor con que afrontaron la muerte.”
Diez años antes de esto otro misionero había previsto y había
predicho que “del valor de los japoneses, ayudados por la gracia de Dios,
se espera que la persecución inaugure una raza para el martirio.”
Es cierto que las costumbres nacionales y religiosas de la gente les predisponían
a entregar sus vidas con un singular fatalismo; cierto que algunas de sus costumbres
arraigadas, el suicidio religioso, el hara-kiri, habían desarrollado
un desprecio por la muerte; pero la gracia no destruye la naturaleza, la exalta,
y su caridad ferviente y su amor por Cristo llevó a los neófitos
japoneses a mortificaciones que los misioneros tenían que refrenar. Cuando
este amor por Cristo había crecido fuerte en medio del sufrimiento libremente
escogido, se convirtió en fácil para los creyentes dar al Salvador
la prueba más gran de amor, entregando sus vidas en una muerte cruel
por causa de Su nombre. “Las cincuenta cruces, ordenadas en la montaña
sagrada de Nagasaki, multiplicadas por diez o por cien, no habría bastado
(escribió un misionero) para todo los creyentes que anhelaban el martirio.”
Se formaron asociaciones (Kumi) bajo el patrocinio de la Virgen Bendita, con
objeto de preparar a sus miembros con la oración y mortificaciones, hasta
la sangre, a estar listos para entregar sus vidas por la fe. Tras la persecución
de 1597, hubo casos aislados de martirios hasta 1614, en total unos 70. Los
reinados de Ieyasu, que es más conocido en los anales cristianos por
el nombre de Daifu Sama, y de sus sucesores Hidetada e Iemitziu, fueron los
más desastrosos. No nos vamos a ocupar ahora de las causas de esa persecución
que duró medio siglo con algunos breves intervalos de paz. Según
el Sr. Ernest Satow (citado por Thurston en “The Month”, marzo de
1905, “Japón y Cristiandad”): “Con el gran tacto con
que se comportaban los misioneros jesuitas, no parece improbable que pudieran
haber continuado haciendo conversiones año tras año hasta la atraer
a gran parte de la nación a la religión católica, si no
hubiera sido por la rivalidad de los misioneros de otras órdenes.”
Éstos fueron los religiosos castellanos; y, por tanto, el miedo de ver
a España extender sus conquistas desde las Filipinas a Japón.
Además el celo de ciertos religiosos franciscanos y dominicos estuvo
falto de prudencia y llevó a la persecución.
Año tras año, desde 1614, el número de martirios fueron
55, 15, 25, 62, 88, 15, 20. El año 1622 fue particularmente fructífero
en héroes cristianos. El martirologio japonés cuenta 128 con nombre,
nombre de Bautismo y lugar de ejecución. Antes de esto, las cuatro órdenes
religiosas, dominicos, franciscanos, agustinos y jesuitas, habían tenido
sus mártires, pero el 10 de septiembre de 1622, 9 jesuitas, 6 dominicos,
4 franciscanos y 6 cristianos laicos, fueron llevados a la muerte en el poste,
después de ser testigos de la decapitación de aproximadamente
30 creyentes. Desde diciembre hasta finales de septiembre de 1624, hubo 285
mártires. El capitán inglés, Richard Cocks (Anuario de
Papeles de Estado: Colonias de las Indias Orientales, 1617-1621, pág.,
357) “vio 55 martirizados a la vez en Miako. . . y entre ellos niños
pequeños de 5 o 6 años quemados en brazos de su madre, mientras
gritaban: ¡Jesús, recibe nuestras almas! Muchos más están
en prisión custodiados, esperando la hora de su muerte, por unos pocos
paganos.” No podemos entrar en los detalles de estas horribles matanzas,
las expertas torturas de Monte Unaen, la crueldad refinada del foso. Después
de 1627 las muertes fueron cada vez más terribles para los cristianos;
en 1627 murieron 123, durante los años siguientes, 65, 79, y 198. La
persecución siguió incesantemente allá donde hubiera misioneros,
y los últimos de los que tenemos conocimientos fueron 5 jesuitas y 3
seglares que sufrieron la tortura del foso del 25 al 31 de marzo de 1643. La
lista de mártires que conocemos (nombre, nombre de Bautismo y lugar de
ejecución) tiene 1648 nombres. Si agregamos a este grupo los que sabemos
por los misioneros, o después por los viajeros holandeses entre 1649
y 1660, el total se eleva a 3.125, y esto no incluye a los cristianos que fueron
desterrados, cuya propiedades fueron confiscadas, o que murieron en la pobreza.
Un juez japonés, Arai Hakuseki, atestiguó aproximadamente en 1710,
que al final del reinado de Iemitzu (1650) “fue ordenado que los conversos
debían inclinarse ante su bastón de mando.” En ese momento
perecieron un inmenso número, de 200 mil a 300 mil. Sin contar a los
miembros de Terceras Órdenes y Congregaciones, los jesuitas tuvieron,
según el martirologio (Delplace, II, 181-195; 263-275), 55 mártires,
los franciscanos 36, los dominicos 38, los agustino 20. Pío IX y León
XIII declararon dignos de culto público a 36 mártires jesuitas,
25 franciscanos, 21 dominicos, 5 agustinos y 107 víctimas laicas. Después
de 1632 es imposible obtener datos fiables o la información que llevarían
a la beatificación canónica. Cuando en 1854, el comandante Perry
forzó la entrada en Japón, supo que la fe cristiana, después
de dos siglos de intolerancia, no estaba muerta. En 1865, sacerdotes de las
Misiones extranjeras encontraron 20.000 cristianos practicantes de su religión
en secreto en Kiushu. La libertad religiosa no fue concedida por la ley japonesa
hasta 1873. Hasta este momento en 20 provincias, 3404 habían sufrido
por la fe el destierro o la prisión; 660 de éstos habían
muerto y 1981 regresaron a sus casas. En 1858, 112 cristianos entre los que
había dos catequistas, fueron torturados hasta la muerte. Un misionero
calculó que en total murieron por la fe unos 1.200.