(Gr.
hyle; Lat. materia; Fr. matière; Ale.
Materie y Stoff), lo correlativo de Forma. Véase HYLOMORFISMO; FORMA.
Tomando el término en su sentido más amplio,
materia significa aquello de lo que cualquier cosa está hecha o compuesta. Por
lo tanto, el significado original de hyle
(Homero) es madera en el sentido de soto o bosque
y de ahí, por extensión, bosque talado o madero. El latín
materia, a diferencia de lignum
(leña, madera que se usa como combustible), también significa madera para propósitos
constructivos. En los lenguajes modernos, esta palabra (significando material
en bruto) se usa de manera similar. La materia es así, uno de los elementos del
ser, en ciernes o existente, de un producto artificial. El arquitecto emplea madera
en la construcción de su casa; el zapatero confecciona sus zapatos con cuero.
Se advierte que, en su calidad de elemento intrínseco, la materia connota una
composición y resulta más fácil de estudiar considerando la naturaleza del cambio.
Esto se trata ex professo en el artículo
acerca de la CAUSA (q.v.). Sin embargo, será necesario tocarlo aquí brevemente,
pues la materia sólo puede considerarse racionalmente en tanto que se trata de
un correlato. Por lo tanto, este artículo se dividirá en párrafos que exponen
la doctrina escolástica bajo los siguientes encabezados:
1.
Materia secundaria (en cambio accidental);
2. Materia primordial (en cambio sustancial);
3. La naturaleza de la materia primordial;
4. Privación;
5. Materia permanente;
6. La unidad de la materia;
7. La materia como principio de individuación;
8. Lo casual de la materia;
9. Teorías divergentes.
1. Materia secundaria
Aceptando
materia en el sentido original expuesto arriba, Aristóteles define causa
material hoion ho chalkos tou andriantos kai ho argyros
tes phiales. Resulta evidente a los sentidos que la forma de la estatua se
realiza en el bronce, que el bronce es el sujeto de la forma. Estos dos elementos
de la estatua o del tazón son las causas intrínsecas de que sean lo
que son. Con la adición de las causas eficiente y final (y de la privación), constituyen
toda la doctrina de su etiología y se les invoca como explicación suficiente del
cambio accidental. No hay dificultad en comprender esta doctrina.
La materia determinable (que aquí, en terminología escolástica, es
más propiamente substancia) es la realidad concreta latón o metal blanco,
susceptible de ser determinada a un modo particular de ser. Lo determinante es
la forma artificial o el aspecto visible. La materia permanece sustancialmente
igual antes, durante y después de su confección.
2. Materia primordial
La
explicación no es tan obvia cuando se la extiende para abarcar un cambio sustancial.
Es realmente cierto que ya al hablar de la materia del cambio accidental
(sustancia) vamos más allá de la experiencia dada por la percepción mediante los
sentidos. Pero cuando nos proponemos tratar los elementos de la sustancia corpórea
avanzamos aún más en el proceso de abstracción. Resulta imposible representarnos
la materia primordial o la forma sustancial. Cualquier intento de hacerlo inevitablemente
se convierte en un juego de la imaginación, que tiende a falsificar la naturaleza
de materia y forma, puesto que no son imaginables. Los objetos adecuados de nuestro
entendimiento son las esencias de esos cuerpos que nos rodean (cf. Sto. Tomás,
De Principio Individuationis). Sin embargo, de éstos no tenemos conocimiento
intuitivo, como tampoco de sus principios. De hecho, podemos razonar acerca de
ellos, y debemos hacerlo si deseamos explicar la posibilidad del cambio, pero
imaginar significa correr el riesgo de alcanzar conclusiones del todo falsas.
De ahí que cualquier cosa que pueda afirmarse en relación a la materia primordial
necesariamente será el resultado de razonamiento puro y abstracto, en torno a
datos concretos provistos por el juicio. Se trata de un principio inexistente,
que se invoca para dar cuenta de la alteración sustancial. Pero como lo señala
santo Tomás de Aquino, cualquier conocimiento que podamos adquirir de aquélla
se obtendrá solamente por su analogía a forma (ibid). Las dos son
los constituyentes inseparables de los seres corpóreos. La enseñanza de Aquino
puede considerarse aquí brevemente como incluyente de la de Aristóteles, respecto
de la cual es, en lo general, idéntica. Se trata de la enseñanza comúnmente impartida
en su Escuela; con todo, es posible encontrar que otras opiniones, a las que se
aludirá más adelante, fueron expuestas antes y después de su formulación a cargo
de Aquino.
3. La naturaleza
de la materia primordial
Para santo Tomás, la materia primordial es el
ámbito del cambio sustancial, el elemento de indeterminación en los seres corpóreos.
Es potencialidad pura, o determinabilidad, desprovista de sustancialidad, calidad,
cantidad o los otros accidentes que determinan la existencia sensible. No es creada
ni es susceptible de crear, sino más bien concretable y concretada mediante la
Forma (q.v.), a la cual se opone como correlato, como uno de los constituyentes
intrínsecos esenciales (De Principiis Naturæ) de aquellos seres corpóreos
con cuya existencia termina el acto de creación. De manera similar, no es generada
ni se corrompe con el cambio sustancial, ya que toda generación y corrupción es
una transición en la cual una sustancia se convierte en otra, por lo cual sólo
puede ocurrir en cambios de sujetos compuestos. Se produce de la nada y sólo puede
cesar de existir volviendo a la nada (De Natura Materiæ, I). Su potencialidad
no es una propiedad superpuesta a su esencia, pues se trata de una potencialidad
que tiende a la existencia sustancial (en I Phys., Lect. 14). Encontramos una
aseveración más enfática en QQ. Disp, III, Q. iv., a. 2 ad 4: La
relación de la materia primordial
a la potencialidad pasiva es como la de
Dios
a la activa (potentiam activam).
Por lo tanto, la materia es su pasividad, del modo como Dios es Su actividad.
Queda absolutamente claro que santo Tomás tiene aquí presente la materia primordial
en su extremo grado de abstracción. De hecho, así lo asienta. Se llama comúnmente
materia primordial a aquello que está en la categoría de sustancia como potencialidad
sabida por separado de toda especie
y forma, e inclusive de privación; y con todo, susceptible de formas y privaciones
(De spiritual. creat., Q. I, a. 1).
Si nos viéramos obligados a definir su
esencia, tendría como diferencia específica su relación a la forma y
como género, su sustancialidad (Quod., IX, a. 6.3). Una vez más:
Tiene su existencia en razón de lo que le viene, ya que en sí
misma tiene existencia incompleta, o más propiamente, no la tiene
(De Princip. Naturæ). Esta información es principalmente de carácter
negativo y las frases empleadas por santo Tomás demuestran que hay una
cierta dificultad en expresar exactamente la naturaleza del principio
que se considera. Esta dificultad evidentemente surge de la imaginación,
con la cual la filosofía de la materia no tiene nada que ver. Debemos
comenzar con el ser real, concreto. A fin de explicar éste y los cambios
que es capaz de experimentar, debemos inferir la coexistencia de la
materia y de la forma determinable y determinante. Así, por abstracción,
podremos despojar a la materia de tal o cual determinación; así podremos
considerarla al margen de todas sus determinaciones. Pero en cuanto
intentamos considerarla al margen de aquella única analogía mediante
la cual posemos conocerla, una vez despojada mentalmente de su determinabilidad
por vía de la forma, no queda nada, absolutamente nada, puesto que la
materia no es ni realizable ni pensable sin su correlación. El objeto
propio de la inteligencia (y del mismo modo, el sujeto de la existencia),
es Ens, Verum. De ahí que santo
Tomás enseñe que la materia primordial es una realidad sustancial
(es decir, una realidad que por reducción pertenece a la categoría de
sustancia), potencial hacia todas las formas y, bajo la acción
de una causa eficiente indicada y proporcionada, determinable para cualquier
especie de sustancia corpórea (en VII Met., sect.2); y una vez más:
Nunca queda desprovista de forma o privación; ahora está bajo
una forma y ahora, bajo otra. Por sí misma no puede existir nunca
(De Princip. Natur.). Lo dicho podría parecer que niega a la materia
la realidad que le está predicada. No es así. En tanto que elemento
determinable en la sustancia corpórea, tiene que tener una realidad
que no es la de la forma determinante. Por abstracción, la mente puede
considerarla como potencial de cualquier forma, pero nunca puede rebasar
el límite de su potencialidad inexistente (cf., de Aristóteles, ti enyparchontos, Phys., iii 194b, 16)
y vuelta realidad en los cuerpos, sin encontrarse a sí misma contemplando
la nada absoluta. Por sí misma, la materia no puede existir nunca; consecuentemente,
nunca puede ser pensada por sí misma.
4. Privación
El uso del término privación por
parte de santo Tomás nos conduce hacia una consideración por demás interesante.
Mientras que la materia primordial, entendida sin forma ni privación,
es una potencialidad indiferente de ser formada en una forma corpórea, la misma
materia, considerada como realizada por conducto de una forma dada y existiendo
en realidad, no connota esta capacidad indefinida de ser formada. De hecho, hay
una cierta evolución rítmica de las formas, observable en la naturaleza. Del agua
sólo pueden obtenerse oxígeno e hidrógeno mediante la electrólisis; de oxígeno
e hidrógeno en proporciones definidas, sólo se genera agua. Santo Tomás expresa
este hecho en los términos físicos de su época: Si cualquier materia en
particular, por ej., fuego o aire, fuera despojada de su forma, queda de manifiesto
que el potencial hacia otras formas inferibles que quedaran en esa materia no
sería tan amplia como en relación a la materia (considerada) universalmente
(De Nat. Mat., v). La consideración nos da el significado de privación
como se le usa en la teoría del cambio sustancial. La materia es privada
de la o las formas hacia las que solamente es potencial cuando realmente existe
en tal o cual estado de determinación. De ahí la distinción que encontramos en
el opúsculo De Principiis Naturæ.
5. Materia permanente
La materia que no connota una privación
es permanente, mientras que aquélla que lo hace es transitoria.
La connotación de una privación limita a la materia primordial a aquello
que se realiza por conducto de una forma que la dispone hacia la realización
por conducto de otras formas definidas. La privación es
la ausencia de esas formas. La materia permanente es materia considerada
en su más alto grado de abstracción, que de tal modo no connota más
que su correlación haca la forma en general.
6. La unidad de
la materia
Más aún, se dice que esta materia (permanente)
es una, mas no en el sentido de unidad numérica. Se considera cada ser
corpóreo como resultado de la unión de materia y forma. En consecuencia,
hay tantas porciones individuales y distintas de materia hechas realidad
como cuerpos existen en el universo (por ejemplo, átomos). Sin embargo,
cuando los varios principios determinantes y las varias privaciones
son abstraídos, cuando la materia es percibida en su mayor abstracción,
lo es como poseedora de una unidad lógica. Se le entiende desprovista
de todas esas disposiciones que la llevan a diferir numéricamente de
la multiplicación de los cuerpos (De Principiis Naturæ).
7. La materia
como principio de individuación
Más importante es la doctrina que sustenta en
la materia la distinción numérica de seres corpóreos específicamente idénticos.
En la doctrina general de santo Tomás, el individuo esta cosa
(hoc aliquid) es una sustancia primordial,
individualizada por el hecho de ser lo que es (Substantia individuatur per
seipsam: Summa, Pars I, Q. xxix, a. 1). Es intrínsecamente completo, capaz
de subsistir por sí mismo como sujeto de accidentes en el orden ontológico, y
de predicados en el lógico. Está individido en sí mismo, distinto de todo otro,
incomunicable (cf. De Principio Individuationis). Estas notas características
se realizan en el caso de dos sustancias que difieren en esencia. Por lo tanto,
para santo Tomás, no hay dos ángeles (q.v.) que sean específicamente idénticos
(Summa, Pars I, Q. 1, a. 4). Más que eso, inclusive una forma corpórea, por más
material y baja que se encuentre en la jerarquía de las formas, no sería más que
única en su especie, si pudiera existir (o ser pensada) al margen de su relación
con la materia (cf. De Spiritual. Creaturis, Q. I,
a. 8). La blancura, si pudiera
existir sin sujeto, sería única. Si pudiera subsistir alguna pluralidad de tales
formas accidentales, éstas también diferirían específicamente (a modo de blancura,
rojura, etc.). Pero esta distinción evidentemente no ocurre en el
caso de cierto número de individuos pertenecientes a una especie. Son esencialmente
idénticos. ¿Cómo es, entonces, que pueden constituir una pluralidad? La respuesta
dada a esta cuestión por santo Tomás es su doctrina del Principio de Individuación.
Mientras que la pluralidad de sustancias (o formas) simples se debe
a una diferencia real en sus esencias (del modo como un triángulo difiere de un
círculo), la pluralidad de esencias (o formas) idénticas supone un
principio intrínseco de individuación para cada uno (a la manera de dos triángulos
realizados en dos trozos de madera). Por tanto, sustancias simples difieren en
lo formal, en razón de su naturaleza, mientras que las compuestas lo hacen en
lo material, en razón de un principio inherente. Se multiplican dentro de su especie
en razón de la materia.
En este punto surge una cuestión particularmente
delicada. La esencia abstracta del hombre connota materia. Entonces, si la materia
primordial es el principio de la individuación, parecería que la esencia abstracta
ya está individualizada. ¿En dónde yacería la diferencia, admitida, entre la especie
y el individuo? Por otro lado, si no es así, parecería igual de evidente que,
al agregar al individuo un principio no contenido en la esencia abstracta, no
sería ya objeto de clasificación dentro de la especie. No sería meramente la realización
concreta de la esencia sino algo más. En cualquier caso, la doctrina parecería
incompatible con el Realismo moderno. Santo Tomás evita la dificultad al enseñar
que la materia es el principio de la individuación, pero solamente correlacionada
a la cantidad. Las expresiones que usa son materia signata, materia
subjecta dimensioni (en Boeth. de Trin., Q. iv, a. 2), materia sub
certis dimensionibus (De Nat. Mat., iii). Esto requiere de cierta explicación.
La cantidad, como tal, es un accidente; resulta evidente que ningún accidente
puede dar cuenta de la individualidad de su propio sujeto. Pero la cantidad resulta
en sustancia corpórea en razón de la materia. Entonces, la materia primordial,
considerada como tal, tiene una relación a la cantidad consecuente con su necesaria
relación a la forma (De Nat. Mat., iv). Al ser accionada por la forma, posee dimensiones,
los concomitantes inseparables que la determinan en el tiempo y el espacio
(De Princip. Individ.). Entonces, la esencia abstracta, que abarca a la materia
del modo como abarca la forma, connotará una aptitud o potencial hacia la determinación
cuantitativa, que necesariamente resultará en cada sujeto concreto que se realice.
Aquí, como antes, no debe perderse de vista
el hecho de que el razonamiento comienza con los cuerpos concretos que realmente
existen en la naturaleza. Es por la vía de una abstracción que consideramos a
la materia sin la cantidad real que siempre exhibe cuando se hace realidad en
sustancia corpórea. Pedro difiere de Pablo por la vía de los hechos, y sin embargo
son específicamente idénticos en tanto que animales racionales. Pedro es este
hombre y Pablo, aquél, pero este y aquél por
el aquí y el allá. La forma no es individuada en
tanto que recibida en la materia, sino sólo en tanto que es recibida en esta o
aquella materia distinta y ceñida al aquí y el ahora (en Boeth. de Trin.
Q. iv, a. 1). Resulta evidente que aquí y ahora son para
nosotros los signos inmediatos del individuo. Indican hc caro et ossa. Y sólo son posibles en razón de materia (formada),
la base de la divisibilidad y la ubicación en el espacio. Con todo, hay que anotar
que materia signata quantitate no debe entenderse como materia primordial
que tiene una aptitud hacia dimensiones fijas e invariables. Las dimensiones determinadas
que se encuentran en el sujeto existente se deben atribuir, como lo enseña santo
Tomás, a materia individuada por dimensiones indeterminadas que están preentendidas
en ella (en Boeth. de Trin., Q. iv, a. 2; De Nat. Mat.,
vii). Esta observación explica cómo es que un individuo (como Pedro) puede variar
de dimensión sin variar de identidad; al mismo tiempo, da la respuesta de santo
Tomás a la dificultad que se suscitó antes. La materia primordial, como lo connota
la esencia, tiene una aptitud hacia dimensiones indeterminadas. Al realizarse,
estas dimensiones son la base de las dimensiones determinadas (ibid.)
que hacen del individuo hic et nunc
objeto de razón-percepción (De Nat. Materiæ, iii).
8. La causalidad
de la materia
Puesto que a la materia primordial se le enumera
entre las causas del ser corpóreo, queda por considerar la naturaleza de su causalidad
(ver CAUSA). Todos los escolásticos admiten su simultaneidad con la forma como
causa intrínseca, pero no coinciden exactamente en relación a la parte que desempeña.
Según Suárez, es unificante; según Juan de Santo Tomás, es receptiva. Los conimbricenses
sitúan su causalidad en ambas notas. Parecería, tal vez, más acorde con la doctrina
de santo Tomás el adoptar la opinión del cardenal Mercier en cuanto a que la causalidad
de la materia es primero receptiva y después, unificante, siempre y cuando no
se pierda de vista su potencialidad esencial.
9. Variaciones
sobre la teoría de la materia
La enseñanza de santo Tomás de Aquino se ha
dado como sustancialmente idéntica a la de Aristóteles. El principal punto de
divergencia reside en la opinión de Aristóteles de que el mundo y la materia,
en consecuencia es eterno. Santo Tomás, al aceptar la doctrina de la Creación,
niega la eternidad primordial de la materia. Resulta interesante anotar cómo esta
doctrina de la materia como el elemento potencial o determinable del cambio, unifica
y corrige los puntos de vista de Heráclito, Parménides y Platón. Encontramos el
flujo perpetuo del primero en las transformaciones continuas que ocurren en la
naturaleza material. El uno permanente del segundo se reconoce en
las esencias abstractas, eternamente idénticas a sí mismas. Al mundo de ideas
de Platón se le asigna su lugar como un mundo de abstracciones intelectuales practicado
sobre los cuerpos que caen bajo la observación de los sentidos. Lo universal es
inmanente en el individuo y multiplicado en razón de su materia. En el sistema
de Platón, la materia (me on, apeiron: lo informe e invisible) también es la
condición bajo la cual el ser se convierte en objeto de los sentidos. Le da existencia
a todas sus imperfecciones. Es a través de una mezcla de existencia y nada, más
que de realización y potencial, que existen las cosas sensibles. Mientras que
la materia, para Aristóteles, es un elemento real del ser, para Platón no. Entre
los neoplatónicos, Philo (siguiendo a Platón y a los estoicos) también consideró
a la materia el principio de la imperfección, la limitación y el mal;, Plotinio
la tuvo por espacio vacío, o la posibilidad pura del Ser.
Se mencionan aquí estos sistemas porque fue
a través de ellos que san Agustín obtuvo su conocimiento de la filosofía griega.
En la doctrina de san Agustín encontramos la fuente de una importante corriente
de pensamiento que corre a través de toda la Edad Media. En diferentes momentos,
san Agustín sostiene dos puntos de vista sobre la naturaleza de la materia. Primero,
es sustancia corpórea, en estado caótico; segundo, es un elemento de la indeterminación
total, acercándose al me on de Platón. San Agustín no tuvo contacto directo con los trabajos
de Aristóteles, aunque parece haberse aproximado notablemente a su pensamiento
(tal vez a través de los escritos en latín de los neoplatonistas) en ciertos pasajes
de las Confesiones (cf. Lib. XIII v y xxxiii):
Pues la mutabilidad de las cosas mutables es
capaz de todas esas formas en las que lo mutable es mutado. ¿Y qué es esto? ¿Es
alma? ¿Es cuerpo? Si pudiera decirse: nada: algo que es y no es, eso
diría yo
Pues de nada fueron ellos hechos por Ti, mas no de Ti: ni
de nada que no fuera Tuyo o que fuera antes, sino de materia concretada, porque
Tú creaste su informidad sin interposición alguna de tiempo'.
San Agustín no enseña la dependencia de la cantidad
sobre la materia; admite además una cuasimateria en los ángeles. Más aún, su doctrina
de rationes seminales (de origen estoico),
que encontró muchos adeptos entre los escolásticos tardíos, claramente asigna
a la materia algo más que el carácter de potencialidad pura que le atribuyó santo
Tomás de Aquino. Cabe destacar que Alberto Magno, el predecesor de Aquino, también
enseñó esta doctrina y más allá de esto, opinaba que a las formas
angélicas debía considerárseles poseedoras de un fundamentum
o base de diferenciación, análoga a la materia de los seres corpóreos.
Siguiendo a san Agustín, Alejandro de Hales
y san Buenaventura, junto con la escuela franciscana en su totalidad, enseñan
que la materia es uno de los elementos intrínsecos de todas las criaturas. Para
san Buenaventura, materia y forma juntas son los principios de la individuación.
Como cabría esperarlo, Duns Escoto es
más sutil en este particular, que es uno de los primordiales de su síntesis. La
materia debe distinguirse como:
Materia primo prima, el elemento indeterminado y universalizado de los seres
contingentes; tiene unidad real y numérica.
Materia secundo prima, unida a la forma y cuantificada.
Materia tertio prima, sujeto de cambio accidental en los cuerpos existentes.
Para Escoto, quien reconoce su deuda con Avicebron
en relación a esta doctrina (De rerum princip., Q. viii, a. 4), Materia primo prima es homogénea sin excepción
en todas las criaturas. Su sistema es dualista. Entre los escolásticos tardíos
a destacar, puede citarse a Suárez por atribuirle existencia a la materia primordial.
Esto es una consecuencia lógica de su doctrina sobre la inadmisibilidad de una
distinción real entre esencia y existencia. Enseña que Dios podría preservar
materia sin forma, del modo como puede preservar forma sin materia (Disput.
Metaph., xv, sec. 9). En su opinión, además, la materia cuantificada ya no
es el principio de la individuación. Un considerable número de teólogos y filósofos
han profesado su doctrina en torno a estos dos puntos.
ALBERTUS
MAGNUS, Opera (Lyon, 1851);
ALEJANDRO DE HALES, In duodecim
Aristotelis Metaphysicæ libros (1572); IDEM, Universæ
Theologiæ Summa (Colonia, 1622): Sto. TOMÁS DE AQUINO, Opera (Parma, 1852-72), en especial Opuscula De Natura Materiæ, De Principio Individuationis, De Spiritualibus
Creaturis, In Boethium de Trinitate, De Principiis Naturæ, Quodlibet,
IX, Q. iv, De Mixtione Elementorum;
ARISTÓTELES, Opera (París,
1619); SAN AGUSTÍN, Opera
(Amberes, 1679-1703); SAN BUENAVENTURA, Opera
(París, 1864-71); CAYETANO, Summa
Thomæ a Vio
Commentariis illustrata (Lyon, 1562); DE WULF,
Histoire de la Philosophie Médiévale (Lovaina); FARGES, Matière et Forme en présence des Sciences modernes
(París, 1892); GROTE, Aristotle
(Londres, 1873); IDEM, Plato and
the other companions of Socrates (Londres, 1865); HARPER, The Metaphysics of the School (Londres, 1879); LORENZELLI, Philosophiæ Theoreticæ Institutiones (Roma,
1896); MERCIER, Ontologie
(Lovaina, 1902); NYS, Cosmologie
(Lovaina, 1904); ESCOTO, Opera
(Lyon, 1639); SAINT-HILAIRE, uvres
d'Aristote (París, 1837-92); SUÁREZ; Metaphysicarum
disputationum (Maguncia, 1605); UEREEWEG: History of Philosophy, tr. MORRIS (1872);
WINDELBAND, A History of Philosophy,
tr. TUFTS (Nueva York, 1893).
FRANCIS AVELING
Transcrito por Douglas J. Potter
Traducido
por Gabriel E. Breña
Dedicado al Sagrado
Corazón de Jesús