Condesa de Tuscana, hija del Marqués Bonifacio de Tuscana y de Beatriz,
hija de Frederick de Lorraine; nació en 1046 y murió el 24 de
julio de 1114. En 1053 su padre fue asesinado. El Duque Gottfried de Lorraine,
un oponente del Emperador Henry III, fue a Italia y se casó con la viuda
Beatriz.
Cuando en 1055 Henry III entró en Italia tomó a Beatriz y a
su hija Matilda como prisioneras y las llevó a Alemania. La joven condesa
se vio involucrada en la turbulencia intensa de esos tiempos. Eso, no obstante,
no fue obstáculo para que recibiera una esmerada educación y capacitación.
Sabía latín y tenía seria afición por libros serios.
Fue también profundamente religiosa y aún en su juventud manifestó
interés en asuntos eclesiásticos, que fueran prominentes.
Antes de la muerte de Henry III en 1056, envió de regreso a Gottfried
de Lorraine, su mujer e hijastra. Cuando Matilda creció, contrajo matrimonio
con su hermanastro Gottfried de Lower Lorraine, de quien se separó en
1071. El fue asesinado en 1076; el matrimonio no tuvo hijos, pero como muchos
historiadores indican, no puede ser demostrado que el matrimonio no llegó
a consumarse.
Desde 1071, Matilda entró en la administración directa de sus
posesiones en todo lo extenso en tierras de la medianía y la parte alta
de Italia. Estos dominios tenían una gran importancia en las disputas
eclesiásticas y políticas de la época, debido a que las
rutas de Alemania a Italia pasaban por esas tierras.
El 22 de abril de 1071, Gregorio VII llegó a ser papa y principió
una gran batalla por la independencia de la Iglesia y la reforma de la vida
eclesiástica. En este contexto, Matilda no mostró miedo, tuvo
coraje, siendo aliada de Gregorio y sus sucesores.
Inmediatamente de haber sido entronizado como papa, Gregorio estableció
cercanas relaciones con Matilda y su madre. Las cartas a Matilda (Beatriz murió
en 1076) evidencia la alta estima y simpatía del pontífice por
la princesa.
El papa las llamaba “la hermana e hija de San Pedro” (Regest.,
II, ix) y les expresaba deseos en función de establecer una cruzada que
pudiera liberar a los cristianos en la Tierra Santa (Reg., I, xi). Matilda y
su madre estuvieron presentes en los sínodos de Roma, de la cuaresma
de 1074 y 1075, en los cuales el papa estableció los decretos importantes
sobre la reforma de la vida eclesial. Tanto la madre como la hija le reportaron
al pontífice favorablemente, acerca de la disposición del Rey
Alemán Henry IV; y el 7 de diciembre de 1074, Gregorio le escribió
a este monarca agradeciéndole la amigable recepción del legado
papal, y por la intención de cooperar en la eliminación de la
simonía y el concubinato entre los clérigos.
Sin embargo, las disputas entre Gregorio y Henry IV no tardaron en aparecer.
El papa, en una carta a Matilda y Beatriz (11 de septiembre de 1075) se queja
de la inconsistencia y la volatilidad del rey, quien aparentemente no tiene
intenciones de estar en paz con la Santa Sede. Al año siguiente (1076)
el primer esposo de Matilda, Gottfried de Lorraine, fue asesinado en Antwerp.
Gregorio le escribió al Obispo Hermann de Metz, el 25 de agosto de
1076, indicándole que desconocía en donde estaba Matilda “la
fiel sirviente de San Pedro”.
En una de las resoluciones del Sínodo de Worms (1707) se amenazaba
a Henry IV con la excomunión. Debido a que la mayoría de los príncipes
del imperio tomaron partido contra el rey, Henry deseó reconciliarse
con el papa. Para ello, viajó a Italia en medio de un severo invierno;
deseaba ver al papa, antes de que éste último tratara de llegar
a Alemania.
Gregorio ya había arribado a Lombardía, cuando supo lo del viaje
del rey, y siguiendo el consejo de Matilda, fue a su fuerte en las montañas
de Canossa, por motivos de seguridad. El rey excomulgado, le había pedido
a la suegra de Matilda, Adelaida, y al Abad Hugo de Cluny, que intercedieron
por él ante el papa. Estas personas hicieron lo que el monarca solicitaba,
y luego de gran oposición, Gregorio permitió ver a Henry, en Canossa,
y que enfrentara su culpa con penitencia pública.
Después del encuentro, el pontífice tomó rumbo a Mantua.
Por seguridad, Matilda le acompañó con un conjunto de hombres
armados, pero sabiendo que existía un rumor, de que el Arzobispo Wibert
de Rabean, enemistado con Gregorio, le tendería una emboscada, prefirieron
regresar a Canossa. Aquí Matilda hizo un regalo en el sentido de que
daba sus dominios de Ceperano y Radicofani a la Iglesia de Roma. Sin embargo,
mientras viviera, los continuaría administrando de manera libre e independiente.
Cuando de nuevo se iniciaron las hostilidades entre Henry y Gregorio, Matilda
constantemente manifestó su adhesión al pontífice, por
medio de dinero y soldados. En el sitio donde se sentía segura, el monasterio
de Canossa, su riqueza se derretía; le envió a Gregorio setecientas
libras de planta y nueve libras de oro como una contribución de la guerra
contra Henry.
Este último se retiró de las tierras de Romagna a Lombardía
en 1082, y trató de llegar a las tierras de Matilda en Tucana. No obstante,
la condesa se mantuvo inamovible en su respaldo a Gregorio. Fue confirmada en
esta posición por su confesor, Anselmo, Obispo de Lucca.
De manera similar la condesa apoyó a los sucesores del gran papa en
el respaldo a la libertad de la iglesia. Cuando en 1087, luego de la coronación
del Papa Víctor III, fue llevado desde Roma por el antipapa Wibert, Matilda
avanzó sobre Roma con su ejército, ocupando el castillo de San
Ángel y parte de la ciudad; hizo un llamado para que Víctor regresara.
Sin embargo, con las amenazas del emperador de los romanos, Víctor de
nuevo desertó, de manera que se vio obligado a ponerse en fuga, nuevamente.
Como deseo del Papa Urbano II, Matilda, en 1089, se casó con el joven
Duque Welf de Bavaria. Ello a fin de que quien más fervientemente defendía
la papa, obtuviera un poderoso aliado. En 1090, Henry IV retornó a Italia
para atacar a Matilda, a quien ya le había privado de sus posesiones
en Lorraine.
Conquistó Mantua, la principal posesión de la dama, mediante
traiciones en 1091, así como también se adueñó de
varios castillos. Aunque los vasallos de la condesa se apresuraron a establecer
condiciones de paz con el emperador, Matilda una vez más prometió
fidelidad a la causa del papa y continuó la guerra, la que ahora tomó
sentido a su favor.
El ejército de Henry fue derrotado frente a Canossa. Welf, Duque de
Bavaria, y su hijo del mismo nombre, esposo de Matilda, fueron sobre Henry en
1095, permaneciendo la condesa en sus posiciones. Matilda rindió homenaje
al rey alemán Henry V, cuando entró en Italia en el otoño
de 1110.
Al regresar, se detuvo durante tres días en Tuscana para ver a Matilda.
Le mostró mucho respeto y la hizo su vice-regente imperial en Liguria.
En 1112, ella reconfirmó la donación de sus propiedades a la Iglesia
Romana, lo que inicialmente había hecho en 1077 (Mon. Germ. Hist.: Legum,
IV, i, 653 sqq.). Después de su muerte, Henry fue a Italia en 1116 y
tomó las tierras de ella, no solamente lo que habían sido regales
imperials, sino también las adyacencias.
La Iglesia Romana estableció su legítimo alegato sobre las tierras,
que eran herencia. Se inicio entonces una larga disputa sobre los dominios de
Matilda, la que resultó en un compromiso entre Inocencio II y Lothair
III en 1133. El emperador y el Duque Henry de Saxonia tomaron las tierras de
Matilda a una renta anual de 100 libras de plata. El duque hizo el juramento
ante el papa; luego de la muerte del duque, las posesiones de Matilda se restauraron
a la Iglesia Romana.
Después de un tiempo continuaron las disputas en estas tierras. Estas
son circunstancias que se mencionan en los acuerdos que trataron de establecerse
entre diferentes papas y emperadores del Siglo XII. En 1213 el Emperador Frederick
II reconoció el derecho de la Iglesia Romana en las posesiones de Matilda.
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