1.
Origen de la Palabra
2.
Teoría del Modernismo Teológico
a. El error esencial del Modernismo
b. Nociones Católica y Modernista del Dogma
Comparado
3.
Diversos Grados de Modernismo y su Criterio
4.
Pruebas de los Puntos de Vista Anteriores
5.
Los Objetivos Modernistas Explicados por su Error Esencial
6.
Las Proposiciones Modernistas Explicadas por su Error Esencial
7.
El Movimiento Modernista
8.
El Origen Filosófico y las Consecuencias del Modernismo
a. El Origen
b. Las Consecuencias
9.
Las Causas Psicológicas del Modernismo
10.
Documentos Pontificios Concernientes al Modernismo
Origen de la Palabra
Etimológicamente,
modernismo significa un amor exagerado a lo que es moderno,
una infatuación con las ideas modernas, el abuso de lo que es
moderno, como lo explica el Abbé Gaudaud (La Foi catholique, I,
1908, p. 248). Las ideas modernas, de las cuales hablamos no son tan
antiguas como el período llamado tiempos modernos. Aunque
el protestantismo las ha generado poco a poco, no se entendió
desde el principio que ésa sería la consecuencia. Incluso existe una
facción protestante conservadora que concuerda con la Iglesia en combatir
el modernismo. En general podemos decir que el modernismo se propone esa transformación radical del pensamiento
humano en relación a Dios, el hombre, el mundo y la vida, ahora y de
aquí en adelante, que fue preparada por el humanismo y la filosofía
del siglo XVIII, y solemnemente promulgada en la Revolución Francesa.
J.J.Rousseau, quien calificó a un filósofo ateo de su tiempo como modernista,
parece haber sido el primero en utilizar la palabra en ese sentido (Correspondance
à M.D., 15 de enero de 1769). Littré (Dictionnaire), quién cita
el pasaje, explica: Modernista, alguien que estima los tiempos
modernos por arriba de la antigüedad. Después de eso, la palabra
parece haber sido olvidada, hasta el tiempo del publicista católico
Périn (1815-1905), profesor en la Universidad de Lovaina, 1844-1889.
Este escritor, mientras que se disculpa por la acuñación, describe las
tendencias humanitarias de la sociedad contemporánea como modernismo.
El término en sí mismo lo define él como la ambición de eliminar
a Dios de toda la vida social. Con este modernismo absoluto
él asocia una forma más moderada, que declara ser nada menos que el
liberalismo de todos los grados y matices (Le Modernisme
dans lEglise daprès les lettres inédites de Lamennais,
Paris, 1881).
Durante
los primeros años del siglo XX, especialmente durante 1905 y 1906, la
tendencia a la innovación que metió en problemas a las diócesis italianas,
y especialmente a los rangos del clero joven, fue acusada de modernismo.
Así en la Navidad de 1905, los obispos de las provincias eclesiásticas
de Turín y Vercelli, en una carta circular de esa fecha, emitieron graves
advertencias contra lo que ellos llamaron Modernismo nel clero
(Modernismo entre el clero). Varias cartas pastorales del año 1906 hicieron
uso del mismo término; entre otros podemos mencionar la censura de Cuaresma
del Cardenal Nava, arzobispo de Catania, a su clero; una carta del Cardenal
Bacilieri, obispo de Verona, fechada el 22 de Julio de 1906 y una carta
de Msgr.Rossi, arzobispo de Acerenza y Matera. Modernismo e Modernisti,
una obra del Abate Cavallanti que fue publicada hacia fines de 1906,
da largos extractos de estas cartas. El nombre de modernismo
no fue del gusto de los reformadores. Lo adecuado del nuevo término
fue discutido incluso entre los buenos católicos. Cuando apareció el
decreto Lamentabili, Msgr. Baudrillart expresó su complacencia
al encontrar que no se mencionaba la palabra modernismo
(Revue pratique dapologetique, IV, p.578). Él consideraba el término
demasiado vago. Además parecía insinuar que la Iglesia
condena todo lo moderno. La Encíclica Pascendi (del
8 de septiembre de 1907) puso fin a la discusión. Llevaba el título
oficial, De Modernistarum doctrinis. La introducción declaraba
que el nombre comúnmente dado a los sostenedores de los nuevos errores
no era inadecuado. Desde entonces los mismos modernistas han aceptado
el uso del nombre, aunque no han admitido que sea adecuado (Loisy, Simples
réflexions sur le decret Lamentabili et sur lencyclique
Pascendi du 8 Sept., 1907, p.14; Il programma
dei modernisti: nota al inicio).
Teoría
del Modernismo Teológico
El error
esencial del Modernismo
Una
definición plena del modernismo sería un tanto difícil. Primero, apoya
ciertas tendencias, y en forma secundaria, un cuerpo de doctrina la
cual, si no ha dado nacimiento a tales tendencias (la práctica a menudo
precede la teoría), sirve en cualquier caso como su explicación y apoyo.
Tales tendencias se manifiestan por sí mismas en diferentes ámbitos.
No están unidas en cada individuo, ni son siempre y en todos lados encontradas
juntas. La doctrina modernista, también, puede ser más o menos radical,
y es ingerida en dosis según los gustos y disgustos de cada quién. En
la Encíclica Pascendi, el Papa San Pío X dice que
el modernismo abraza toda herejía. M. Loisy hace prácticamente la misma
declaración cuando escribe que en realidad toda la teología católica,
aun en sus principios generales, la filosofía general de la religión,
la Ley Divina, y las leyes que gobiernan nuestro conocimiento de Dios,
vienen para ser juzgadas ante esta nueva corte de normas legislativas
(Simples réflexions, p.24). El modernismo es un sistema compuesto: a
sus afirmaciones y reclamos les falta ese principio que une las facultades
naturales en un ser vivo. La Encíclica Pascendi fue la primera
síntesis católica sobre el tema. Sacada de materiales dispersos forma
lo que semeja un sistema lógico. En realidad, amigos y enemigos por
igual, no pudieron menos de admirar la paciente habilidad que debió
requerirse para integrar algo parecido a un todo coordinado. En su respuesta
a la Encíclica, Il Programma dei Modernisti, los modernistas
trataron de retocar esta síntesis. Antes de todo esto, algunos de los
obispos italianos en sus cartas pastorales, habían intentado dicha síntesis.
Particularmente mencionaríamos a Msgr. Rossi, obispo de Acerenza y Matera.
A este respecto, también el libro del Abate Cavallanti, ya referido,
merece ser mencionado. Aun antes, protestantes alemanes y franceses
habían hecho algún trabajo de síntesis en la misma dirección. Prominentes
entre ellos están: Kant, Die Religion innerhalb der Grenzen
der reinen Vernunft (1803); Schleiermacher, Der christliche
Glaube (1821-22); y A. Sabatier, Esquisse duna philosophie
de la religion daprè la psychologie et lhistoire (1897).
La
idea general del modernismo puede expresarse mejor en las palabras del
Abate Cavallanti, aunque aun aquí hay una pequeña vaguedad: El
modernismo es moderno en un falso sentido de la palabra; es un estado
morboso de la conciencia entre los católicos, especialmente entre los
jóvenes, que profesan múltiples ideales, opiniones y tendencias. De
tiempo en tiempo estas tendencias resultan en sistemas, que pretenden
renovar la base y superestructura de la sociedad, la política, la filosofía,
la teología, de la Iglesia misma y de la religión cristiana. Una
remodelación, una renovación de acuerdo a las ideas del siglo XX -tal
es el anhelo que invade a los modernistas. Los modernistas confesos,
dice M. Loisy, forman un grupo bien definido de hombres pensantes
unidos en el deseo común de adaptar el catolicismo a las necesidades
intelectuales, morales y sociales de hoy (op.cit., p. 13). Nuestra
actitud religiosa, como Il programma dei modernisti
lo declara (p.5, nota I), está regida por el solo deseo de ser
uno con los cristianos y católicos que viven en armonía con el
espíritu de la época. El espíritu de este plan de reforma puede
resumirse bajo los siguientes encabezados:
·
Un espíritu de completa emancipación, tendiente a debilitar
la autoridad eclesiástica; la emancipación de la ciencia, que debe permear
todos los campos de investigación sin temor de conflicto con la Iglesia;
la emancipación del Estado, que jamás debería ser estorbado por la autoridad
religiosa; la emancipación de la conciencia privada cuyas inspiraciones
no deben ser atropelladas por definiciones o anatemas papales; la emancipación
de la conciencia universal, con la cual la Iglesia debería estar siempre
de acuerdo;
·
Un espíritu de movimiento y de cambio, con una inclinación
a una forma avasalladora de evolución tal que aborrece todo lo fijo
y estacionario;
·
Un espíritu de reconciliación entre los hombres a través
de los sentimientos del corazón. Muchos y variados son también los sueños
modernistas de una comprensión entre las diferentes religiones cristianas,
e incluso, entre la religión y una especie de ateísmo, y todo
sobre una base de acuerdo que debe ser superior a las meras diferencias
doctrinales.
Tales
son las tendencias fundamentales. Como tales, buscan explicarse, justificarse
y afianzarse en un error, al cual de aquí en adelante podemos dar el
nombre de modernismo esencial. ¿Cuál es este error? Es nada
menos que la perversión del dogma. Múltiples son los grados y matices
de la doctrina modernista sobre la cuestión de nuestras relaciones con
Dios. Pero ningún verdadero modernista mantiene intactas las
nociones católicas del dogma. ¿Está usted dudoso en cuanto a si un escritor
o un libro es modernista en el sentido formal de la palabra? Verifique
cada declaración respecto al dogma; examine el tratamiento que hace
de su origen, su naturaleza, su sentido, su autoridad. Ud. sabrá si
está tratando con un verdadero modernista o no, de acuerdo al modo en
el cual la concepción católica del dogma es parodiada o respetada. El
dogma y el conocimiento sobrenatural son términos correlativos; uno
implica el otro como la acción implica su objeto. De este modo, podemos
definir el modernismo como la crítica de nuestro conocimiento
sobrenatural conforme a los falsos postulados de la filosofía contemporánea.
Sería
aconsejable para nosotros citar una crítica completa de tal conocimiento
sobrenatural como un ejemplo del modo de proceder. (Mientras tanto sin
embargo, no debemos olvidar que hay modernistas parciales o menos avanzados
que no van tan lejos). Para ellos la intuición externa provee al hombre
únicamente con conocimiento sensible, contingente, de los fenómenos.
Él ve, él siente, él oye, él saborea, él toca este algo, este fenómeno
que viene y pasa sin decirle nada de la existencia de una realidad suprasensible,
absoluta e inalterable fuera del espacio y tiempo que todo lo envuelve.
Pero muy en su interior el hombre mismo siente la necesidad de una esperanza
más alta, Aspira a la perfección en un ser de quién siente que depende
su destino.Y así él tiene un anhelo instintivo y afectivo de Dios. Este
impulso necesario es al principio oscuro y oculto en la subconciencia.
Una vez que es comprendido, revela al alma la íntima presencia de Dios.
Esta manifestación, en la cual Dios y el hombre colaboran, no
es otra cosa que la revelación. Bajo la influencia de su anhelo, esto
es de sus sentimientos religiosos, el alma trata de llegar a Dios, de
adoptar hacia Él una actitud que satisfaga su anhelo. Tantea, busca.
Estos tanteos forman la experiencia religiosa del alma. Son más o menos
fáciles, exitosos y de largo alcance, según sea ahora una u otra alma
individual la que se pone en búsqueda de Dios. Existen aquellas almas
privilegiadas que pronto alcanzan resultados extraordinarios. Comunican
sus descubrimientos a sus compañeros y de inmediato llegan a ser fundadores
de una nueva religión, la cuál es más o menos cierta en proporción a
la paz que brinda a los sentimientos religiosos.
La
actitud que Cristo adoptó, llegando hasta Dios como el padre y luego
volviendo a los hombres como a los hermanos -tal es el significado del
precepto, Ama a Dios y a tu prójimo- trae el pleno descanso
al alma. Esto hace de la religión de Cristo la religión par excellence,
la verdadera y definitiva religión. El acto por el cuál el alma adopta
esta actitud y se abandona a Dios como padre y luego a los hombres como
a hermanos, constituye la fe cristiana. Llanamente tal acto es un acto
de la voluntad más bien que del intelecto. Pero el sentimiento religioso
trata de expresarse a través de conceptos intelectuales, los que a su
vez sirven para preservar este sentimiento. De aquí el origen de estas
fórmulas concernientes a Dios y a las cosas divinas, de esas proposiciones
teóricas que son el resultado de sucesivas experiencias religiosas de
almas dotadas con la misma fe. Estas fórmulas llegaron a ser dogmas,
cuando la autoridad religiosa las aprueba para la vida de la comunidad.
Porque la vida comunitaria es un crecimiento espontáneo entre las personas
de la misma fe, y con ella viene la autoridad. Los dogmas promulgados
de este modo no nos enseñan nada de lo incognoscible, sino que sólo
lo simbolizan. No contienen ninguna verdad. Su utilidad al preservar
la fe es su única raison dêtre. Sobreviven mientras ejercen
su influencia. Siendo la obra del hombre en el tiempo, y adaptados a
sus mudables necesidades, ellos son a lo más contingentes y pasajeros.
La autoridad religiosa también, naturalmente conservadora, puede rezagarse
de los tiempos. Puede equivocar los mejores métodos de enfrentar las
necesidades de la comunidad y tratar de mantener fórmulas desgastadas.
A través del respeto de la comunidad, el individuo cristiano que ve
el error continua en una actitud de sumisión exterior. Pero interiormente
no se siente obligado por las decisiones de poderes superiores; más
bien hace loables esfuerzos por traer a su Iglesia en armonía con los
tiempos. Puede limitarse también, si a él le importa, a las formas religiosas
más antiguas y más simples; puede vivir su vida en conformidad con los
dogmas aceptados desde el principio. Tal es el consejo de Tyrrell en
su carta a Fogazzaro y tal fue su propia práctica privada.
Comparación
de las nociones católica y modernista respecto al dogma
La
tradición de la Iglesia Católica, por otra parte, considera los dogmas
como sobrenaturales y misteriosos, propuestos a nuestra fe por una autoridad
divinamente instituida sobre la base que forman parte de la revelación
general que los Apóstoles predicaron en nombre de Jesucristo.
Esta fe es un acto del intelecto realizado bajo el dominio de la voluntad.
Mediante ella sostenemos firmemente lo que Dios ha revelado y lo que
la Iglesia nos propone que creamos. Porque creer es sostener algo firmemente
basados en la autoridad de la palabra de Dios, cuando tal autoridad
puede ser reconocida por signos que son suficientes, al menos con la
ayuda de la gracia para crear certidumbre.
Al
comparar estas nociones, la católica y la modernista, veremos que el
modernismo altera la fuente, la manera de promulgación, el objeto, la
estabilidad y la verdad del dogma. Para el modernista, la única y necesaria
fuente es la conciencia privada. Y lógicamente es así, puesto que rechaza
los milagros y la profecía como signos de la palabra de Dios (Il programma,
p.96). Para el católico, el dogma es una libre comunicación de Dios
al creyente realizada a través de la predicación de la Palabra. Por
supuesto la verdad exógena, que está por arriba y más allá de cualquier
deseo natural, es precedida por una cierta finalidad o perfectibilidad
interior que capacita al creyente para asimilar y vivir la verdad revelada.
Entra a un alma bien dispuesta a recibirla, como un principio de felicidad
que, aunque siendo un regalo inmerecido al cuál no tenemos derecho,
aun es tal que el alma puede gozarlo con gratitud ilimitada. En la concepción
modernista, la Iglesia ya no puede definir el dogma en nombre de Dios
y con Su infalible auxilio; la autoridad eclesiástica no es ahora sino
un intérprete secundario, sujeto a la conciencia colectiva a la que
ha de expresar. El individuo necesita adaptarse a esta conciencia colectiva
al menos externamente; en cuanto a lo demás, él puede embarcarse en
cualesquier aventuras interiores que le interesen. El modernista dimensiona
el dogma a su intelecto o más bien a su corazón. Los misterios como
la Trinidad o la Encarnación son o impensables (una tendencia modernista
kantiana) o están dentro del alcance de la razón sola (una tendencia
modernista hegeliana). La verdad de la religión está en él (el
hombre) implícitamente, tan seguramente como la verdad del universo
físico entero está envuelta en cada parte de dicho universo. Podría
leer las necesidades de su propio espíritu y conciencia, no necesitaría
ningún maestro (Tyrell, Scylla y Charybdis, p. 277).
Indudablemente
la verdad católica no es una cosa sin vida. Más bien es un árbol viviente
que brota en verdes hojas, flores y frutos. Hay un desarrollo, o gradual
desenvolvimiento, y una enunciación más clara de sus dogmas. Además
de las verdades primarias, tales como la Divinidad de Cristo y Su misión
como Mesías, hay otras que, una a una, llegan a ser mejor comprendidas
y definidas, por ejemplo, el dogma de la Inmaculada Concepción y el
de la infalibilidad del Papa. Tal desdoblamiento tiene lugar
no sólo en el estudio de la tradición del dogma sino también al mostrar
su origen en Jesucristo y los Apóstoles, en la comprensión de los términos
que lo expresan y en las pruebas históricas y de razonamiento aducidas
para apoyarlo. Así la prueba histórica del dogma de la Inmaculada Concepción
ciertamente ha sido reforzada desde la definición de 1854. La concepción
racional del dogma de la Divina Providencia es un continuo objeto de
estudio del dogma del Sacrificio de la Misa que permite que la razón
indague en la idea de sacrificio. Siempre ha sido creído que fuera de
la Iglesia no hay salvación, pero a medida que esta creencia ha venido
a ser mejor entendida, muchos son ahora considerados dentro del alma
de la Iglesia que antes habrían sido colocados fuera, en un día cuando
la distinción entre el alma y el cuerpo de la Iglesia no se había generalmente
obtenido. En otro sentido, también el dogma es instinto con vida. Porque
su verdad no es estéril, sino que siempre sirve para nutrir la devoción.
Pero mientras se mantiene con vida, progreso y desarrollo, la Iglesia
rechaza los dogmas transitorios que en la teoría modernistas serían
olvidados o al menos reemplazados con fórmulas contrarias. Ella (la
Iglesia) no puede admitir que el pensamiento, la jerarquía, el
culto, en una palabra, todo ha cambiado en la historia de la Cristiandad,
ni puede estar complacida con la identidad del espíritu religioso
que es la única permanencia que el modernismo admite (Il programma dei
modernisti).
La
verdad consiste en la conformidad de la idea con su objeto. Ahora, en
el concepto católico, una fórmula dogmática nos proporciona al menos
un conocimiento analógico de un objeto dado. Para el modernista, la
naturaleza esencial del dogma consiste en su correspondencia con y su
capacidad de satisfacer una cierta necesidad momentánea del sentimiento
religioso. Es un símbolo arbitrario que no dice nada del objeto que
representa. A lo más, como M. Leroy, uno de los modernistas menos radicales,
sugiere, es una prescripción positiva de orden práctico (Leroy, Dogme
et critique, p.25). Así el dogma de la Presencia Real en la Santa
Eucaristía significa: Actuar como si Cristo tuviese presencia
local, la idea de la cual es tan familiar a ustedes.
Pero, para evitar la exageración, agregamos esta otra declaración
del mismo autor (loc.cit.), Esto no significa sin embargo que
el dogma no guarde relación con el pensamiento; porque (1) hay deberes
concernientes a la acción del pensamiento; (2) el dogma mismo implícitamente
afirma que la realidad contiene en una forma u otra la justificación
de tales prescripciones como siendo razonables o saludables.
Diversos
Grados de Modernismo y su Criterio
Los
ataques modernistas al dogma, como ya hemos hecho notar, varían conforme
al grado en que sus doctrinas son abrazadas. Así, en virtud de la idea
principal de sus sistemas, el padre Tyrrell era un agnóstico modernista
y Campbell (un ministro congregacionalista) es un modernista simbólico.
De nuevo la tendencia a la innovación es a veces no del todo general,
sino limitada a algún dominio particular. Junto con el modernismo en
sentido estricto, el cuál es directamente teológico, encontramos otras
clases de modernismo en filosofía, política y ciencia social. En tales
casos debe darse un significado más amplio al término.
Aquí,
sin embargo, es necesario decir una palabra de advertencia contra ataques
irracionales. No toda novedad ha de ser condenada, ni tampoco cada proyecto
de reforma debe ser tildado de modernista porque sea inoportuno o exagerado.
Del mismo modo, el intento de entender completamente el pensamiento
filosófico moderno para comprender lo que es verdadero en tales sistemas
y para descubrir los puntos de contacto con la antigua filosofía, está
muy lejos de ser modernismo. Al contrario, éste es el mejor modo de
refutar el modernismo. Todo error contiene un elemento de verdad. Aíslese
y acéptese ese elemento. La estructura que ayuda a sostenerlo, habiendo
perdido su base, pronto sucumbirá. El nombre modernista entonces será
apropiado sólo cuando haya una cuestión de oposición a la enseñanza
cierta de la autoridad eclesiástica a través de un espíritu de innovación.
Las palabras del Cardenal Ferrari, Arzobispo de Milán, como son citadas
en La Revue Pratique dApologétique (VI, 1908, p.134),
ayudarán a mostrar el punto de nuestra última observación. Estamos
profundamente doloridos, dice, de encontrar que ciertas
personas, en controversia pública contra el modernismo, en folletos,
periódicos y otras publicaciones regulares, llegan al grado de detectar
el mal en todos lados, o de cualquier modo imputarlo a quienes están
muy lejos de estar infectados con él. En el mismo año, el Cardenal
Maffei había condenado a La Penta azurea, un órgano anti-modernista,
debido a su exageración a este respecto. Por otra parte, es lamentable
que ciertos líderes declarados del modernismo, llevados tal vez por
el deseo de permanecer a toda costa dentro de la Iglesia otra
característica del modernismo hayan tomado refugio en la equivocación,
la reticencia o los subterfugios. Tal línea de conducta no merece ninguna
simpatía; mientras que explica, si bien no justifica, la desconfianza
de los católicos sinceros.
Pruebas
de los puntos de Vista antes Mencioados
¿Pero
la norma y cuasiesencial error del modernismo reside en su corrupción
del dogma? Consultemos la Encíclica Pascendi. El texto oficial
latino califica el sistema dogmático modernista como un capítulo principal
en su doctrina. La traducción francesa, que también es auténtica, habla
así: El dogma, su origen y naturaleza, tal es el principio base
del modernismo. El principio fundamental del modernismo es, de
acuerdo a M. Loisy, la posibilidad, la necesidad y la legitimidad
de la evolución en la comprensión de los dogmas de la Iglesia, incluyendo
el de la autoridad y la infalibilidad papal, así como la manera de ejercer
esta autoridad (op.cit., p.124). El carácter y tendencia de nuestra
época confirma nuestro diagnóstico. Es proclive a sustituir las cuestiones
principales y fundamentales en el lugar de los temas secundarios. El
problema del conocimiento natural es la cuestión ardiente en la metafísica
actual. No es sorprendente por tanto que la cuestión del conocimiento
sobrenatural sea el principal tema de discusión en la polémica religiosa.
Finalmente, el Papa San Pío X ha dicho que el modernismo abarca
todas las herejías. (La misma opinión está expresada de otra manera
en la encíclica Editae del 16 de Mayo de 1910). ¿Y qué error,
preguntamos, más plenamente justifica la declaración del Papa que aquel
que altera el dogma en su raíz y esencia?. Además es claro para
usar un argumento directo que el modernismo falla en su intento
de reforma religiosa, si no hace un cambio en la noción católica de
dogma. Adicionalmente, ¿no es su propia concepción de dogma lo que explica
un gran número de sus proposiciones y sus proclividades hacia la independencia,
la evolución y la conciliación?
Los Objetivos
Modernistas Explicados Mediante su Error
La
definición de un dogma inalterable se impone por sí misma en cada católico,
erudito o no, y necesariamente supone una Iglesia legislando para todos
los fieles, haciendo juicios sobre la acción del Estado desde
su propio punto de vista por supuesto y que incluso busca la alianza
con el poder civil para realizar su obra de Apostolado. Por otra parte,
una vez que el dogma es mantenido como un mero símbolo de lo incognoscible,
una ciencia que trate solamente con los hechos de la naturaleza o la
historia no podría oponerse ni incluso entrar en controversia con ella.
Si esto es verdadero únicamente en cuanto excita y nutre el sentimiento
religioso, el individuo privado está en plena libertad de hacerlo a
un lado cuando la influencia sobre él haya cesado; y aun, incluso la
Iglesia misma, cuya existencia depende de un dogma no diferente de los
de otros en naturaleza y origen, no tiene derecho de legislar para un
Estado autosuficiente. Y así la independencia se realiza plenamente.
No hay necesidad de probar que el espíritu modernista del movimiento
y la evolución está en perfecta armonía con su concepto de dogma siempre
cambiante y es incomprensible sin él; la cuestión es auto evidente.
Finalmente, en lo que respecta a la conciliación de las diferentes religiones,
debemos necesariamente distinguir entre lo que es esencial a la fe considerado
como un sentimiento, y las creencias que son accesorias, mudables y
prácticamente irrelevantes. Si por tanto ustedes van tan lejos como
hacer de la Divinidad una creencia, esto es decir, una expresión simbólica
de la fe, entonces la docilidad en seguir los impulsos generosos puede
ser religiosa, y la religión del ateísta no parecería diferir esencialmente
de la de ustedes.
Las Proposiciones
Modernistas Explicadas Mediante su Error Esencial
Hacemos una selección de las siguientes proposiciones
(modernistas) mencionadas en la Encíclica para discusión:
- El
Cristo de la fe no es el Cristo de la historia. La Fe retrata a Cristo
conforme a las necesidades religiosas de los fieles; la historia lo
representa como realmente fue, esto es, en cuanto a que Su aspecto
en la tierra fue un fenómeno concreto. De este modo es fácil entender
cómo un creyente puede, sin contradicción, atribuir ciertas cosas
a Cristo, y al mismo tiempo negarlas en calidad de historiador. En
el Hibbert Journal de enero de 1909, el Rev. Mr. Robert
deseaba llamar al Cristo de la historia Jesús y reservar
Cristo para la misma persona como idealizada por la fe;
- La
obra de Cristo al fundar la Iglesia e instituir los sacramentos fue
mediata, no inmediata. El punto principal es encontrar apoyos para
la fe. Ahora, a medida que la experiencia religiosa tiene tanto éxito
al crear dogmas útiles, ¿por qué no proceder igualmente en la cuestión
de instituciones adecuadas a la época?
- Los
sacramentos actúan como fórmulas elocuentes que tocan el alma y la
entusiasman. Precisamente; porque si los dogmas existen solamente
en cuanto que preservan un sentimiento religioso, ¿qué otro servicio
podría uno esperar de los sacramentos?
- Los
Libros Sagrados son en cada religión una colección de experiencias
religiosas de una naturaleza extraordinaria. Porque si no hay revelación
externa, el único sustituto posible es la experiencia religiosa subjetiva
de l
El
Movimiento Modernista
El
finado M.Périn fechó el movimiento modernista desde la Revolución
Francesa. Y lo hizo acertadamente, porque fue entonces
que muchas de las modernas libertades que la Iglesia ha reprobado como
desenfrenadas e ingobernables, encontraron aprobación por primera vez.
Varias de las proposiciones reunidas en el Syllabus del Papa Pío
IX, aunque enunciadas desde un punto de vista racionalista, han
sido asumidas por el modernismo. Tales son, por ejemplo, la cuarta proposición
que deriva toda la verdad religiosa de la fuerza natural de la razón;
la quinta, que afirma que la revelación, si se une a la marcha de avance
de la razón, es capaz de progreso ilimitado; la séptima, que trata de
las profecías y milagros de la Sagrada Escritura como imaginaciones
poéticas; las proposiciones de la dieciséis a la dieciocho sobre el
valor igual de todas las religiones desde el punto de vista de la salvación;
la proposición cincuenta y cinco sobre la separación de la Iglesia y
el Estado; las proposiciones setenta y cinco y setenta y seis, que se
oponen al poder temporal del Papa. La tendencia modernista es aun más
evidente en la última proposición, que fue condenada el 18 de Marzo
de 1861: El Romano Pontífice puede y debería adaptarse al progreso
contemporáneo, al liberalismo y a la civilización.
Tomando
únicamente las grandes líneas del movimiento modernista dentro de la
Iglesia misma, podemos decir que bajo el Papa Pío IX su tendencia era
políticoliberal, bajo el Papa León XIII y San Pío X, tuvo
una tendencia social; más tarde bajo éste último, su tendencia llegó
a ser declaradamente teológica.
Es
en Francia e Italia sobre todo que el propiamente denominado modernismo,
esto es, la forma que ataca el concepto mismo de religión y dogma, ha
difundido sus estragos entre los católicos. De hecho, algún tiempo después
de la publicación de la Encíclica del 8 de Septiembre de 1907, los obispos
alemanes, ingleses y belgas se congratularon que sus respectivos países
se hubieran librado de la epidemia en su forma más contagiosa. Por supuesto,
sostenedores individuales del nuevo error son encontrados en todos lados,
y aun Inglaterra como Alemania han producido modernistas de nota. En
Italia, por el contrario, aun antes de que la Encíclica apareciera,
los obispos habían dado el grito de alarma en sus cartas pastorales
de 1906 y 1907. Periódicos y revistas, abiertamente modernistas en sus
opiniones, dan testimonio de la gravedad del peligro que el Soberano
Pontífice buscó evitar. Después de Italia es Francia la que ha proporcionado
el mayor número de adherentes a esta reforma religiosa o partido ultraprogresista.
A pesar de la notoriedad de ciertos individuos, comparativamente pocos
laicos se han unido al movimiento; hasta ahora ha encontrado a sus adherentes
principalmente entre las filas del clero joven. Francia posee una casa
editorial modernista (La Librería Nourry). Una revista modernista fundada
por el difunto padre Tyrrell, Nova et Vetera, es publicada
en Roma. La Revue Moderniste Internationale fue iniciada
en 1910 en Ginebra (Suiza). Esta publicación mensual se llama a sí misma
el órgano de la sociedad modernista internacional. Está
abierta a todos los matices de las opiniones modernistas y reclama tener
colaboradores y corresponsales en Francia, Italia, Alemania, Inglaterra,
Austria, Hungría, España, Bélgica, Rusia, Rumania y Estados Unidos.
La Encíclica Pascendi señala y deplora la pasión de la propaganda
modernista. Una fuerte corriente de modernismo está fluyendo a través
de la Iglesia Cismática Rusa. La Iglesia Anglicana no ha escapado. Y
realmente el Protestantismo liberal no es sino una forma radical
de modernismo que está ganando un número creciente de teólogos de la
Iglesia Reformada. Aquellos otros que se oponen a la innovación encuentran
refugio en la autoridad de la Iglesia Católica.
El
Origen Filosófico y las Consecuancias del modernismo
El Origen
La
filosofía presta un gran servicio a la causa de la verdad; pero el error
busca también su asistencia. Muchos consideran que el fundamento filosófico
del modernismo es kantiano. Esto es verdad, si por filosofía kantiana
se entiende todo sistema que tiene una conexión de raíz con la filosofía
del sabio de Koenigsberg. En otras palabras, la base de la filosofía
modernista es kantiana si, debido a que Kant es su progenitor y más
ilustre representante moderado, todo agnosticismo puede ser llamado
Kantismo (entendiendo por agnosticismo la filosofía que niega que la
razón, usada de todas formas de una manera especulativa y teórica, pueda
lograr un conocimiento verdadero de las cosas suprasensibles). No es
nuestra ocupación aquí oponernos a la aplicación del nombre de kantiana
a la filosofía modernista. En realidad si comparamos los dos sistemas,
encontraremos que tienen dos elementos en común, la parte negativa de
la Crítica de la Razón Pura (que reduce el conocimiento
puro o especulativo a la intuición de los fenómenos o experimental)
y un cierto método argumentativo al distinguir el dogma de la base real
de la religión. En el lado positivo, sin embargo, el modernismo difiere
del Kantismo en algunos puntos esenciales. Para Kant,
la fe es realmente la adhesión racional de la mente a los postulados
de la razón práctica. La voluntad es libre de aceptar o rechazar la
ley moral; y es a cuenta de esta opción que él llama a su aceptación
creencia. Una vez aceptada, la razón no puede sino admitir
la existencia de Dios, la libertad y la inmortalidad. La fe modernista,
por otra parte, es una cuestión de sentimiento, una tentativa de uno
mismo hacia lo Incognoscible y no puede ser científicamente justificada
por la razón. En el sistema de Kant, los dogmas y la entera armazón
positiva de la religión son necesarios solo para la infancia de la humanidad
o para el pueblo común. Son símbolos que guardan cierta analogía a las
imágenes y a las comparaciones. Sirven para inculcar esos preceptos
morales que para Kant constituyen la religión. Los símbolos modernistas,
aunque mudables y huidizos, corresponden a la ley de la naturaleza humana.
Generalmente hablando, ayudan a excitar y nutrir el sentimiento religioso
efectivo que Kant (quién lo conocía de su lectura de los pietistas)
llama schwärmerei. Kant, como racionalista, rechaza la religión
sobrenatural y la oración. Los modernistas consideran la religión natural
como una abstracción inútil; para ellos es la oración la que constituye
la esencia misma de la religión. Sería más correcto decir que el modernismo
es un hijo de Schleiermacher (1768-1834), quien pensó que debía algo
a la filosofía de Kant, aunque construyó su propio sistema teológico.
Ritschl le llamó el legislador de la teología (Rechtf. und
Vers., III, p.486). Schleiermacher concibe el plan modernista de reformar
la religión con el punto de vista de conciliarla con la ciencia. Así
él establecería una entente cordiale entre los diversos cultos
e incluso entre la religión y algún tipo de sentimentalismo religioso
que, sin reconocer a Dios, sin embargo tiende hacia el Bien y el Infinito.
Como los modernistas, tiene sueños de una nueva apologética religiosa;
quiere ser cristiano; se declara independiente de toda filosofía; rechaza
la religión natural como una pura abstracción y deriva el dogma de la
experiencia religiosa. Sus principales escritos sobre esta materia son
Ueber die Religion (1799: nótese la diferencia entre la
primera y la última edición) y Der Christliche Glaube (1821-22).
Ritschl, uno de los discípulos de Kant, reconoce el Nuevo Testamento
como la base histórica de la religión. Él ve en Cristo la conciencia
de una íntima unión con Dios y considera la institución de la religión
cristiana, que para él es inconcebible sin la fe en Cristo, como un
acto especial de la providencia de Dios. Así él preparó el camino para
una forma de modernismo más moderado que el de Schleiermacher. Aunque
predijo un continuo desarrollo de la religión, Schleiermacher admitió
una cierta fijeza del dogma. Por esta razón nos parece que los modernistas
deben su revolucionaria teoría evolutiva a Herbert Spencer (1820-1903).
Fue a través de los escritos de A.Sabatier (1839-1901), un protestante
francés del tipo de la Iglesia Amplia, que las teorías religiosas de
las que hemos hablado, se difundieron entre los pueblos latinos, en
Francia e Italia. Es en estos países, también, que el modernismo ha
hecho el mayor daño entre los católicos. Sabatier es un modernista radical.
Ha recurrido especialmente a Schleiermacher para la composición de sus
dos obras de síntesis religiosa (Esquisse dune philosophie
de la religion daprè la psychologie et lhistorie,
Paris, 1897; Les religions dautoritè et la religion de lesprit,
Paris, 1902).
El
error fundamental de la filosofía modernista es su mala comprensión
de la fórmula escolástica que toma en cuenta los dos aspectos del conocimiento
humano. Sin duda, la mente humana es una facultad vital dotada con una
actividad propia y que tiende a su objeto propio. Sin embargo, como
no está en actividad continua, no es autosuficiente; no tiene
en sí misma el principio completo de sus operaciones, sino que está
forzada a utilizar la experiencia sensible para llegar al conocimiento.
Esta característica de estar incompleta y su falta de perfecta autonomía
se debe a la naturaleza misma del hombre. Como consecuencia, en todo
conocimiento y actividad humanos, debe tomarse en cuenta tanto el lado
intrínseco como el extrínseco. Urgido por la finalidad que le inspira,
el hombre tiende hacia esos objetos que se le adaptan, mientras que
al mismo tiempo los objetos se le presentan por sí mismos. En la vida
sobrenatural, el hombre adquiere nuevos principios de acción y, como
si fuera, una nueva naturaleza. Ahora es capaz de actos de los cuáles
Dios es el objeto formal. Estos actos, sin embargo, en su mayoría
a ser propuestos al hombre, sea que Dios se digne hacerlo así
mediante revelación directa al alma del hombre, o de conformidad con
la naturaleza social del hombre, sea que Dios haga uso de intermediarios
que se comuniquen exteriormente con el hombre. De allí la necesidad
de la predicación, de los motivos de credibilidad y de la autoridad
docente externa. La filosofía católica no niega la vida espontánea del
alma, la sublimidad de sus operaciones suprasensibles y sobrenaturales
y la inadecuación de las palabras para traducir sus anhelos. Los doctores
escolásticos dan expresión a transportes místicos bastante superiores
a los de los modernistas. Pero en la filosofía de los primeros, no olvidan
la bajeza de la naturaleza humana, la cual no es puramente espiritual.
El modernista recuerda solamente el elemento interno de nuestra
actividad superior. Esta absoluta y exclusiva interioridad constituye
lo que la Encíclica llama inmanencia vital. Cuando se les
priva del apoyo externo que les resulta indispensable, los actos de
las facultades intelectuales superiores sólo pueden consistir de vagos
sentimientos que son tan indeterminados como esas mismas facultades.
De allí que las doctrinas modernistas, necesariamente expresadas en
términos de ese sentimiento, sean tan intangibles. Adicionalmente, admitiendo
la necesidad de símbolos, el modernismo hace una concesión a lo exterior
lo cual es su propia refutación.
Las Consecuencias
El
hecho de que esta concepción radicalmente intrínseca de la actividad
espiritual o religiosa del hombre (esta perfecta autonomía de la razón
frente a lo que es exterior) es la concepción filosófica fundamental
de los modernistas, como la alteración del dogma es la característica
esencial de su herejía, puede
ser mostrada sin dificultad deduciendo de ella su entero sistema de
filosofía. Primero que todo, de su agnosticismo: la vaga naturaleza
que atribuyen a nuestras facultades no les permite, sin observación
científica, llegar a ningún resultado intelectual definido. Luego, de
su evolucionismo: no hay ningún objeto determinado que asegure a las
fórmulas dogmáticas un significado permanente y esencial compatible
con la vida de la fe y el progreso. Ahora, desde el momento que estas
fórmulas simplemente sirven para nutrir el vago sentimiento que para
el modernismo es el único común y estable fundamento de la religión,
ellos deben cambiar indefinidamente con las necesidades subjetivas del
creyente. Es un derecho e incluso un deber para éste último el interpretar
libremente, según lo vea adecuado, los hechos y doctrinas religiosas.
Nos enfrentamos aquí con los a priorismos a los cuales la Encíclica
Pascendi atrajo la atención.
Deseamos
insistir un poco sobre la grave consecuencia que esta Encíclica pone
especialmente ante nuestros ojos. De muchas maneras, el modernismo parece
estar en la rápida pendiente que conduce al panteísmo. Parece estar
allí debido a su simbolismo. Después de todo, ¿no es la afirmación de
un Dios personal una de esas fórmulas dogmáticas que sirven únicamente
como expresiones simbólicas del sentimiento religioso?¿No llega entonces
a ser algo incierta la Personalidad Divina? De allí que el modernismo
radical predique la unión y la amistad, incluso con el ateísmo místico.
El Modernismo es proclive al panteísmo también debido a su doctrina
de la Inmanencia Divina esto es, de la presencia íntima de Dios dentro
de nosotros. ¿Este Dios se declara a Sí Mismo como distinto de nosotros?
Si es así, uno no debe contraponer la posición modernista a la posición
católica ni rechazar la revelación exterior. Pero si Dios Mismo se declara
no diferente de nosotros, la posición del modernismo llega a ser abiertamente
panteísta. Tal es el dilema propuesto en la Encíclica. El modernismo
también es panteísta por su doctrina de la ciencia y la fe. La Fe teniendo
por objeto lo Incognoscible no puede reconciliar el deseo de proporción
que los modernistas colocan entre el intelecto y su objeto. Por tanto,
para el creyente como para el filósofo, este objeto permanece desconocido.
¿Por qué no esto Incognoscible no debería ser el alma misma
del mundo? El modernismo es panteísta también en su modo de razonar.
Independiente de y superior a las fórmulas religiosas, el sentimiento
religioso por un lado las origina y les da su entero valor, y por otro
lado, no puede ignorarlas, debe expresarse en ellas y mediante ellas;
ellas son su realidad. Pero tenemos aquí la ontología del panteísmo,
que enseña que el principio no existe fuera de la expresión que da de
sí mismo. En la filosofía panteísta, el Ser o la Idea, Dios, es antes
del mundo y superior a él. El lo crea y sin embargo El no tiene realidad
fuera del mundo; el mundo es la realización de Dios.
Las
Causas Psicológicas del Modernismo
De
acuerdo a la Encíclica Pascendi, la curiosidad y el orgullo
son dos causas remotas. Nada es más cierto; pero aparte de ofrecer una
explicación común a toda obstinación herética, preguntémonos aquí por
qué este orgullo ha asumido la forma del modernismo.
En seguida procedemos a abordar esta cuestión. En el modernismo
encontramos, primero que todo, el eco de las muchas tendencias de la
mentalidad de la presente generación. Inclinadas hacia la duda y a desconfiar
de lo que es afirmado, las mentes de los hombres tienden espontáneamente
a minimizar el valor de las definiciones dogmáticas. Los hombres son
impactados por la diversidad de religiones que existen sobre la faz
de la tierra. La religión católica ya no es, a sus ojos, como fue a
los ojos de nuestros ancestros, la religión moralmente universal de
la humanidad instruída. Se les ha mostrado la influencia de la raza
en la difusión del Evangelio. Se les han mostrado los lados buenos de
otros cultos y creencias. Nuestros contemporáneos encuentran difícil
creer que la mayor parte de la humanidad está sumida en el error, especialmente
si son ignorantes que la religión católica enseña que los medios de
salvación están a disposición de los que se equivocan de buena fe. Por
tanto ellos se inclinan a pasar por alto las divergencias doctrinales
para insistir en una cierta conformidad fundamental de tendencias y
de aspiraciones.
Luego,
de nuevo son movidos por los sentimientos del liberalismo y la moderación,
que reducen la importancia de la religión formal, según ven en los diversos
cultos meras opiniones privadas que cambian con el tiempo y con el lugar,
y que merecen un respeto igual de todos. En Occidente donde las personas
tienen una inclinación más práctica, un interés nointelectual
explica el éxito de herejías que ganan cierta popularidad. Considérense
los países en los que el modernismo se ha proclamado más: Francia e
Italia. En estos dos países, y especialmente en Italia, la autoridad
eclesiástica ha impuesto directrices sociales y políticas que requieren
el sacrificio de ideas o sueños humanitarios y patrióticos. Que haya
importantes razones para tales directivas no evita el descontento. La
mayoría de los seres humanos no tienen suficiente virtud o nobleza para
un sacrificio prolongado, para deberes superiores, una causa que toca
su interés o que suscita su simpatía. De allí que algunos católicos,
que no están firmes en su fe y religión, intentan sublevarse y se consideran
afortunados teniendo algunos pretextos doctrinales para cubrir su secesión.
El
fundador de la publicación periódica La Foi Catholique,
una revista iniciada con el propósito de combatir el modernismo, agrega
esta explicación: El insuficiente cultivo de la filosofía y la
ciencia católicas es la segunda explicación profunda del origen de los
errores modernistas. Ambas se han confinado durante demasiado tiempo
a respuestas que, aunque fundamentalmente correctas, son poco adecuadas
para la mentalidad de nuestros adversarios, y están formuladas en un
lenguaje que ellos no entienden y que ya no viene al caso. En vez de
utilizar lo que es bastante legítimo en sus tendencias positivas y críticas,
ellos sólo las han considerado como inclinaciones tan anormales que
deben ser rechazadas... (Gaudeau, La Foi Catholique,
I, pp. 62-65). Otro punto es que la naturaleza intrínseca del
movimiento de filosofía contemporánea ha sido tan despreciado o ignorado
en las escuelas católicas. Ellos no le han dado ese reconocimiento parcial
que está bastante en consonancia con la mejor tradición escolástica:
De este modo, hemos fallado en asegurar un verdadero punto de
contacto entre el pensamiento católico y el moderno (Gaudeau,
ibid.). Debido a la falta de profesores que supieran cómo señalar el
verdadero camino de la ciencia religiosa, muchas mentes cultas, especialmente
entre el clero joven, se encuentran inermes contra un error que las
seduce con su engañosa apariencia y por cualquier elemento de verdad
contenido en sus reproches contra las escuelas católicas. Es el escolasticismo
malcomprendido y calumniado el que ha incurrido en su desdén.
Y para el Papa, ésta es una de las causas inmediatas del modernismo.
El modernismo, dice, no es sino la unión de la fe
con la falsa filosofía. El cardenal Mercier, en ocasión de su
primera visita solemne a la Universidad Católica de Lovaina (8 de diciembre
de 1907), hizo el siguiente cumplido a los profesores de teología: Porque,
con más buen criterio que otros, ustedes se han apegado vigorosamente
a los estudios objetivos y al tranquilo examen de los hechos, ustedes
han preservado tanto nuestra Alma Mater de los extravíos del modernismo
como le han asegurado las ventajas de los modernos métodos científicos
(Annuaire de lUniversité Catholique de Louvain, 1908, p.
XXV, XXVI). San Agustín (De Genesi contra Manicheos, I, Lb. I, i) en
un texto que ha entrado al Corpus Juris Canonici (c.40, c. xxiv, q.
3) había ya hablado a este respecto: La Divina Providencia soporta
a muchos herejes de un tipo u otro, así que sus retos y preguntas sobre
doctrinas de las cuáles somos ignorantes, puedan forzarnos a levantarnos
de nuestra indolencia y estimularnos en el deseo de conocer la Sagrada
Escritura. Desde otro punto de vista, el modernismo marca una
reacción religiosa contra el materialismo y el positivismo, ambos de
los cuáles fallan en satisfacer el anhelo del alma. Esta reacción sin
embargo, por las razones que se acaban de dar, se extravía del camino
correcto.
Documentos
Pontificios Concernientes al Modernismo
El semiracionalismo
de diversos modernistas, tales como Loisy por ejemplo, ya había sido
condenado en el Syllabus; varios cánones del Concilio Vaticano (I) sobre
la posibilidad de conocer a Dios a través de sus criaturas, sobre la
distinción entre fe y ciencia, sobre la subordinación de la ciencia
humana a la Divina Revelación en lo relativo a la inalterabilidad del
dogma, tratan en un estilo similar con los principios del modernismo.
Los
siguientes son los principales decretos o documentos expresamente dirigidos
contra el modernismo.
·
Discurso del Papa el 17 de abril de 1907, a los recién
creados cardenales. Es un sumario que anticipa la Encíclica Pascendi.
·
Carta del 29 de abril de 1907, de la Congregación del
Indice al Cardenal Arzobispo de Milán con respecto a la revista Il
Rinnovamento. En ella encontramos nociones más precisas de las
tendencias que los Papas condenan. La carta incluso llega a mencionar
por nombre a Fogazzaro, al padre Tyrrell, a von Hügel y al abate Murri.
·
Cartas del 6 de mayo de 1907, del Papa San Pío X a los arzobispos y obispos y a los patrocinadores
del Instituto Católico de París. Esto muestra claramente el grande y
doble cuidado de San Pío X para la restauración de los estudios
sagrados y la filosofía escolástica, y para la salvaguarda del clero.
·
El decreto Lamentabili del Santo Oficio,
del 3-4 de julio de 1907, condenando 65 proposiciones diferentes.
·
La orden Recentissimo del Santo Oficio, del
28 de agosto de 1907, la cual con el objeto de remediar el mal, prohibe
ciertas normas a obispos y superiores de órdenes religiosas.
·
La Encíclica Pascendi, del 8 de septiembre
de 1907, de la cuál hablaremos posteriormente.
·
Tres cartas del cardenal Secretario de Estado del 2 y
10 de octubre y del 5 de noviembre de 1907, sobre la asistencia del
clero a universidades seculares, urgiendo a la ejecución de la regulación
general de 1896 sobre esta materia. La Encíclica extendió esta regulación
a la Iglesia entera.
·
La condena por parte del Cardenalvicario de Roma
del panfleto: Il programma dei modernisti, y un decreto
del 29 de octubre de 1907, declarando la excomunión de sus autores,
con especiales reservas.
·
El decreto Motu Proprio del 18 de noviembre de 1907,
sobre el valor de las decisiones de la Comisión Bíblica, sobre el decreto
Lamentabili, y sobre la Encíclica Pascendi.
Estos dos documentos han sido de nuevo confirmados y apoyados mediante
penas eclesiásticas.
·
El discurso en el Consistorio del 16 de diciembre de
1907.
·
El decreto del Santo Oficio, del 13 de febrero de 1908,
con la condena de los dos periódicos, La Justice sociale
y La Vie Catholique. Desde entonces han aparecido varias
condenas de libros.
·
La Encíclica Editae del 26 de mayo de 1910,
renovando las condenas anteriores.
·
Aun más fuerte es el tono del Motu Proprio Sacrorum
Antistitum, del 1º de septiembre de 1910, que declaró:
·
por un decreto de las Congregaciones Consistoriales del
25 de septiembre de 1910. Este Motu Proprio lanza invectivas contra
la obstinación y la engañosa astucia modernistas. Luego de haber citado
las medidas prácticas prescritas en la Encíclica Pascendi,
el Papa urge a su aplicación y, al mismo tiempo, da nuevas directivas
respecto a la formación del clero en los seminarios y casas religiosas.
Los candidatos a las órdenes superiores, confesores recién nombrados,
predicadores, sacerdotes diocesanos, canónigos, colaboradores de los
obispos, predicadores de Cuaresma, funcionarios de congregaciones
o tribunales romanos, superiores y profesores en congregaciones religiosas,
todos están obligados a jurar conforme a una fórmula que reprueba las
principales ideas modernistas.
·
La carta del Papa al Prof. Decurtins sobre el modernismo
literario.
Estos
actos son en su mayoría de carácter disciplinario (el Motu Propio de
septiembre de 1910, es claramente de la misma naturaleza); el decreto
Lamentabili es totalmente doctrinal; la Encíclica Pascendi
y el Motu Proprio del 18 de marzo de 1907, ambos son doctrinales y disciplinarios
en carácter. Los escritores no concuerdan en cuanto a la autoridad de
los dos principales documentos: el decreto Lamentabili y
la Encíclica Pascendi. En opinión del presente escritor,
desde la nueva confirmación
acordada a estos decretos por el Motu Propio, ambos contienen en sus
conclusiones doctrinales la infalible enseñanza del Vicario
de Jesucristo. (Para una opinión más moderada cf. Choupin en
Etudes, Paris, CXIV, p. 119-120). El decreto Lamentabili
ha sido llamado el nuevo Syllabus, porque contiene la prohibición por
parte del Santo Oficio de 65 proposiciones, que pueden ser agrupadas
bajo los siguientes encabezados: Prop. 1-8, errores concernientes a
la enseñanza de la Iglesia; Prop. 9-19, errores concernientes a la inspiración,
veracidad y estudio de la Sagrada Escritura, especialmente de los Evangelios;
Prop. 20-36, errores concernientes a la revelación y el dogma; Prop.
37-38, errores cristológicos; Prop. 39-51, errores relativos a los sacramentos;
Prop. 52-57, errores concernientes a la institución y organización de
la Iglesia; Prop. 58-65, errores sobre la evolución doctrinal. La Encíclica
Pascendien la introducción reveló la gravedad del peligro,
señaló la necesidad de una acción firme y decisiva y aprobó el título
de Modernismo para los nuevos errores.
Dicha Encíclica nos da primero una exposición muy metódica del
modernismo; sigue luego su condena general con una palabra en cuanto
a los corolarios que pueden sacarse de la herejía. El Papa continúa
luego examinando las causas y efectos del modernismo y finalmente busca
los remedios necesarios. La aplicación de éstos él se esfuerza en ponerlos
en práctica mediante una serie de enérgicas medidas. Un llamado urgente
a los obispos concluye adecuadamente este notable documento.
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we do not wish to make any reflexion on the Catholicity of the author];
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A.
VERMEERSCH
Transcrito por Gerard Haffner
Traducido por Eduardo Torres