Fue emperador romano y rey germano. Nació en 912. Murió
en Memleben, el 7 de mayo del 973. Fue hijo de Enrique I y de su consorte
Matilda. En 929 se casó con Edith, hija del Rey Athelstan de Inglaterra.
En 936 sucedió a Enrique en el trono. Su coronación, realizada
en Aachen, demostró que las tradiciones imperiales carolingias
aún estaban en vigor. Otto proyectó una fuerza centralista
muy poderosa, a la que se opuso el espíritu particularista alemán.
Enrique, hermano de Otto, fue el cabecilla de los grandes movimientos
de insurrección que Otto debió suprimir. Eberhard, nuevo
Duque de Bavaria, se rehusó a dar homenaje al rey. Entonces Otto
subyugó a Bavaria y concedió el trono ducal al hermano de
Arnulfo, Bertoldo. Esta actitud del poder real, abiertamente adoptada,
de favorecer el poder ducal, despertó enorme oposición.
Los francos, antiguos rivales de los sajones, resintieron esa absorción
del poder. El duque franco Eberhard se alió con el hermanastro
de Otto, Thankmar, y con otros nobles descontentos. El hermano menor de
Otto, Enrique, y el indisciplinado Duque Eiselbert de Lorena se levantaron
en armas. La agitación se encendió a las orillas del Rin
y en el palatinado real del Saale. El problema tuvo su primer momento
decisivo cuando los duques Eberhard y Giselberto perecieron en la batalla
de Andernach. Sin embargo, la victoria no trajo consigo el poder absoluto.
Una revuelta interna que se suscitó en la Franconia entre los nobles
menores y el ducado favoreció la causa del Rey. Enrique se reconcilió
con su real hermano, pero la insinceridad de esa reconciliación
quedó manifiesta cuando, poco después, conspiró con
el Arzobispo de Mainz y con los nobles sediciosos para asesinar a Otto.
El complot fue descubierto. Pero en 941 se dio la reconciliación
final. El principio del monarquismo había triunfado sobre el individualismo
de los nobles, y ello preparó el camino para reorganizar la constitución.
Otto aprovechó bien su triunfo. Los ducados hereditarios estaban
llenos de hombres estrechamente vinculados con la casa real. Otto se reservó
la Franconia como posesión privada. La Lorena quedó en manos
de Conrado el Rojo, su cuñado; su hermano Enrique, que había
contraído nupcias con Judit, hija del Duque de Bavaria, recibió
dicha región; Suavia fue otorgada al hijo de Otto, Ludolfo. Estos
duques vieron sensiblemente reducidas sus fuerzas. Lo que Otto pretendía
era devolver a los ducados su carácter oficial original. Esta disminución
de la posición política de los ducados le convino a Otto
para hacer paulatinamente de su reino un exponente único de la
idea imperial. El paso decisivo en la dirección correcta consistía
en establecer una monarquía hereditaria. A ello dirigió
sus esfuerzos. El reino, aparentemente unificado, recurrió a las
políticas de Carlomagno en aquellas regiones en las que él
ya había preparado el camino. Las tribus sureñas promovieron
la obra de germanización y cristianización de los vecinos
estados eslavos, y paulatinamente la influencia germana se extendió
al Oder y a toda Bohemia. La antigua idea de un imperio universal se había
apoderado de la mente de Otto. Buscaba ampliar su soberanía hasta
Francia, Burgundia e Italia. Consecuentemente, vio con buenos ojos el
pleito entre Hugo de Francia y Ludovico IV, cada uno de los cuales se
había desposado con una de sus hermanas. El rey y los duques franceses
eran como el fiel de la balanza que Otto podía manipular en el
momento que quisiera como árbitro supremo. Movido por la misma
ambición también utilizó las diferencias internas
de la casa reinante de Burgundia. Conrado de Burgundia llegó a
aparecer como protegido de Otto. Y aún más significativa
fue la actitud que asumió respecto a la complicada situación
italiana. Por entonces era impactante el rebajamiento moral y espiritual
de la península italiana, incluida Roma. La mención de los
nombres de Teodora y Marozia traen a la mente un capítulo por demás
triste de la historia de la Iglesia. El desorden reinante en la capital
del cristianismo era, sin embargo, únicamente un síntoma
de las condiciones que imperaban en Italia toda. La Italia del norte fue
testigo de las guerras de Berengario de Friuli, coronado emperador por
el hijo de Marozia, Juan XI, contra Rodolfo II de la Alta Burgundia. Luego
del asesinato de Berengario en 924 la lucha se reinició entre este
Rodolfo y Hugo, de la Baja Burgundia. Finalmente, Hugo se convirtió
en el único gobernante de Italia y ascendió al trono imperial.
Pero pronto fue derrotado por Berengario de Ivrea, contra el que, a su
vez, surgió otra oposición que favorecía a Adelaida,
hija de Rodolfo II de la Alta Burgundia. Para someter dicha oposición
Berengario hubo de raptar a la princesa por la fuerza. Otto había
estudiado todos estos desórdenes con cuidado. Convencido de la
trascendencia de las antiguas ideas sobre el imperio, su mayor deseo era
someter Italia bajo su autoridad, basando su derecho en su rango real.
En 951 llegó a Italia, liberó a Adelaida y se casó
con ella, mientras Berengario le juraba alianza. Bajo la influencia de
Alberico, hijo de Marozia, el Papa Agapito se rehusó a coronar
al rey germano. Pero con o sin corona, nadie dudaba de la universalidad
de su reinado. De hecho se había convertido en la cabeza del Occidente.
Pero ahora su poder real necesitaba el apoyo más grande que hubiese.
Nuevas y peligrosas insurrecciones dejaban ver la falta de solidaridad
interna. El monstruo del particularismo de nuevo mostró su cabeza.
Y fue precisamente Ludolfo, hijo de Otto, quien estuvo al frente del nuevo
levantamiento. El exigía participar en el gobierno y le irritaba
la consorte burgundesa de su padre. Los particularistas se reunieron en
torno a Ludolfo para sembrar su fermento a lo largo del ducado y surgieron
brotes por todos lados. El peligro de este segundo levantamiento era mayor
que el del primero. En 954 los magiares de nuevo invadieron el imperio.
A causa de esta crisis se hubo de reconocer la necesidad de tener un gobierno
central más fuerte y finalmente la insurrección feneció.
Quedó aniquilada definitivamente durante la Dieta Imperial de Auerstadt,
donde se anunció que Conrado y Ludolfo habían perdido sus
ducados. Mientras eso pasaba, las hordas magiares cercaron Augsburgo.
El Obispo Ulrico defendió heroicamente la ciudad. Habiendo acudido
en defensa de la ciudad, Otto derrotó completamente al ejército
húngaro en la gran batalla de Lechfelde, en 955. Gracias a esa
victoria, Otto liberó definitivamente a Alemania de la amenaza
húngara. Y al mismo tiempo provocó una crisis en la historia
de la raza magiar, que a partir de entonces se tornó independiente
y creó un imperio con límites bien definidos. Esto también
llevó a Otto a darse cuenta que su gran sueño de impedir
el uso del poder con los ducados no se lograría por la fuerza ni
con sólo su prestigio como rey. Consecuentemente, se dedicó
entonces a buscar el apoyo de la Iglesia alemana en todo el imperio.
Se había iniciado el sistema de Otto, una alianza estrecha entre
el reino alemán y la Iglesia. También Carlomagno había
llevado a cabo un concepto grandioso de unidad entre la Iglesia y el Estado,
pero el pensamiento eclesiástico le había dado tintes religiosos
al Estado franco, mientras que Otto planeaba una Iglesia estatal, dueña
de una jerarquía que sería una simple rama del gobierno
interior del reino. Para resolver ese problema, Otto hubo de permear la
Iglesia con una nueva vida espiritual y moral, y de liberarse a si mismo
del dominio de la aristocracia laica. Su mejor garantía era su
naturaleza profundamente religiosa. En el hijo se encontraba algo de la
piedad ascética de su madre, Matilda. Y su hermano Bruno, posteriormente
arzobispo de Colonia y representante de las perspectivas eclesiásticas,
también ejerció una gran influencia sobre los sentimientos
religiosos del rey. La unión del Estado y la Iglesia también
tuvo un efecto saludable sobre ambos poderes. A base de otorgar a la Iglesia
el usufructo de las tierras que no estaban en uso, el Estado podía
destinar sus rentas a objetivos militares. También para los reinos
aliados la situación fue causa de bendiciones, puesto que bajo
la protección de los obispos se desarrolló el comercio en
las tierras eclesiásticas, y las clases menos privilegiadas contaron
siempre con la protección del clero frente a la nobleza. La supremacía
siempre fue del imperio sobre la Iglesia: el rey podía nombrar
a los obispos y abades; los obispos estaban sujetos a los tribunales reales;
los sínodos podían ser convocados exclusivamente si contaban
con la aprobación real. La corte germánica se convirtió
en el centro de la vida religiosa y espiritual. En el así llamado
“renacimiento otoniano” la mano la llevaban las mujeres, guiadas
por las mujeres de la familia real: Matilde, Gerberga, Judit, Adelaida
y Teofano. Quedlinburg, fundado por Otto en 936, fue un centro cultural
muy influyente. Pero todo el sistema otoniano dependía de una premisa:
si lo que se quiere es beneficiar al Estado, el rey debe controlar la
Iglesia. Si bien, de hecho, la autoridad suprema sobre la Iglesia germana
era el Papa, la política de imperialismo de Otto estaba enraizada
en la premisa mencionada. La conquista de Italia debería dar como
resultado la sujeción del nivel más alto de la autoridad
eclesiástica a la realeza germánica. Fue por ello que Otto
se vio obligado a emprender esa campaña, y así quedó
resulto el tan debatido asunto de los motivos que dictaban las políticas
imperiales. En aquel tiempo reinaba en Roma el indigno Juan XII. Este
era hijo de Alberico, el tirano de Roma, cuyas ambiciosas miradas se dirigían
hacia el Exarcado y la Pentápolis. Un rival de esas aspiraciones
se mostró en Berengario, quien ansiaba ampliar su poderío
sobre Roma. Otto acudió al llamado de auxilio que le hizo el Papa,
porque ello coincidía con sus planes respecto a la Iglesia. Ya
previamente había logrado que su hijo, Otto, aún siendo
un infante, fuera elegido y ungido rey en la Dieta de Worms en 961. Dejó
a su hermano Bruno y a su hijo natural, Guillermo, como regentes de Alemania
y viajó a Roma a través del Brenner. Ahí fue coronado
emperador el 2 de febrero de 962. En esa ocasión fue concedido
el así llamado privilegio otoniano, cuya genuineidad ha sido frecuentemente,
aunque injustamente, atacado. En la primera parte de tal privilegio se
recuerda el Pactum Ludovici de 817. En él se confirma la concesión
hecha a la Iglesia por parte de los Carolingios y sus sucesores. La segunda
parte hace referencia la Constitución de Lotario (824), según
la cual la consagración de los reyes no se podía realizar
sin previamente jurar alianza a los gobernantes germanos. Cuando Otto
avanzó en contra de Berengario, el Papa Juan entró traidoramente
en relación con los enemigos del Emperador. A resultas de ello
Otto retornó a Roma y forzó a los romanos a jurar que nunca
elegirían un Papa sin autorización de su hijo. Juan fue
depuesto y en su lugar se colocó en el trono papal a un seglar,
León VIII. Por su parte, Berengario fue derrotado y llevado prisionero
a Bamberg. Una vez más Roma, en continua agitación, se levantó
en armas. El Papa exilado, Juan, forzó a su suplantador a huir.
Pero Juan murió en 964 y los romanos eligieron a un nuevo Papa,
Benedicto V. El Emperador restauró el orden haciendo uso de la
fuerza y León fue devuelto a su sede. No quedaba duda de que era
el Emperador quien controlaba el papado y que éste ocupaba una
posición de simple eslabón en la constitución germánica.
El sistema otoniano fue algo de la mayor importancia para Alemania en
lo tocante a su posición ante los poderes seculares. Se hizo evidente,
por el asombroso progreso que hicieron el teutonismo y la cristiandad
en territorio eslavo, hasta qué punto se fortaleció el poder
del rey alemán a través de la estrecha alianza entre la
Iglesia y el Estado y hasta qué punto ello reforzó el prestigio
del Imperio. Otto eligió Magdeburg, por el que sentía un
afecto especial, para que fuera el centro de la nueva civilización
y la elevó al categoría de arzobispado.
Una serie de desórdenes lo llamó a Roma. El Papa al que él
había elegido, Juan XIII, encontró algunos opositores entre la
nobleza romana. El Emperador realizó sus obligaciones de protector de
la Iglesia aplicando estrictamente la justicia y castigando a los nobles alborotados.
En respuesta, Juan XIII coronó a su hijo, Otto II, como emperador. Como
consecuencia lógica de su política imperialista, abiertamente
manifestó Otto I su intención de adquirir la Baja Italia. Su supremacía
quedaría a salvo si lograra adueñarse de la parte sur de la península.
Sin embargo, eventualmente, Otto abandonó la guerra en el sur. La perspectiva
de que su hijo pudiera casarse con una novia bizantina obraron en contra de
ello. El antiguo axioma germánico de la legitimidad, que había
sido honrado en ese matrimonio, iba a vengarse luego en forma muy amarga.
Otto fue sepultado en Magdeburg. Sus contemporáneos comparaban su extraordinaria
resistencia física la de un león. Era un verdadero sajón
en todos aspectos. Había aprendido todas las artes marciales en su juventud.
Víctima de tremendos arrebatos de ira, y conciente de su poder e inteligencia,
en su infancia acostumbraba a orar devotamente. Era un astuto estratega, siempre
convincente e incansable, y conocía perfectamente la importancia de las
negociaciones diplomáticas. Tenía un agudo poder de observación
y de conocimiento de la naturaleza humana, lo que le daba la posibilidad de
elegir siempre a la persona adecuada para las funciones más importantes
del gobierno.
KÖPKE Y DÖNNIGES, Jahrbücher des deutschen Reiches
unter Otto dem Grossen (Berlín, 1838); KÖPKE Y DÜMMLER, Kaiser
Otto der Grosse (Leipzig, 1876); FICKER, Das deutsche Kaiserreich in seinen
universellen und nationalen Beziehungen (Innsbruck, 1861); VON SYBEL, Die deutsche
Nation und das Kaiserreich (Düsseldorf, 1862); SACKUR, Die Quellen für
den ersten Römerzug Ottos I in Strassburger Festschrift zur 46. Versammlung
deutscher Philologen (Estrasburgo, 1901); SICKEL, Das Privilegium Otto I für
die römische Kirche vom Jahre 962 (Innsbruck, 1883); MENKEL, Ottos I Beziehungen
zu den deutschen Erzbischofen seiner Zeit und die Leistungen der letzteren für
Staat, Kirche und Kultur (Program, Magdeburg, 1900); MITTAG, Erzbischof Friedrich
von Mainz und die Politik Ottos des Grossen (Halle, 1895).
F. KAMPERS
Transcrito por Gerald Rossi
Traducido por Javier Algara C.