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Obispo de Hierápolis (cerca de Laodicea y de Colosas en el valle
del Lico, en Frigia) y Padre Apostólico, llamado por San Ireneo
“discípulo de Juan y compañero de Policarpo, un hombre
del tiempo antiguo”. Escribió una obra en cinco libros, logion
kyriakon exegesis, que, exceptuados algunos fragmentos, se ha perdido.
Conocemos algo de sus contenidos gracias al prefacio, parte del cual ha
sido conservado por Eusebio (III,XIX):
“No dudaré en añadirte también a mis interpretaciones
lo que en el pasado aprendí con cuidado de los Presbíteros
y memoricé diligentemente, asegurando su verdad. Pues no me complacía,
como muchos hacen, en aquellos que hablan mucho, sino en aquellos que
enseñan lo que es verdadero, ni en los que se refieren a preceptos
impropios, sino en aquellos que transmiten los preceptos dados por el
Señor para la fe y provenientes de la misma Verdad. Y si acontecía
que venía algún seguidor de los Presbíteros, yo trataba
de inquirir sobre los dichos de los Presbíteros, lo dicho por Andrés,
o por Pedro, o por Felipe, o por Tomás o Santiago, o por Juan o
Mateo o algún otro de los discípulos del Señor, y
sobre las cosas de cualquier otro de los discípulos del Señor,
o lo que estaban diciendo Aristión y el Presbítero Juan,
discípulos del Señor. Pues yo consideraba que no obtendría
tanto provecho al respecto de los libros como de la voz todavía
viva y permanente”.
A partir de esto conocemos que el libro de Papías estaba compuesto
principalmente de “interpretaciones”, que eran una especie
de comentario sobre los “Logia del Señor”. La palabra
logia, con el significado de “sentencias, oráculos”
es hoy utilizada con frecuencia para referirse a los dichos del Señor,
diferenciándolos de los relatos de sus acciones (así Zahn
y muchos otros). Pero Lightfoot puso de manifiesto hace ya mucho tiempo
(Essays on Supernatural Religion, 171-7) que tal enfoque es insostenible.
Filón usa este vocablo para cualquier parte de los escritos inspirados
en el Antiguo Testamento, sean orales o escritos. San Pablo, Ireneo, Clemente,
Orígenes, incluso Focio, no hacen otro uso. San Ireneo habla de
corromper las sentencias del Señor del mismo modo que Dionisio
de Corinto lo hace de corromper las Escrituras del Señor. Logia
kyriaka en Papías, en Ireneo, en Focio, significa “las sentencias
divinas” del Antiguo o del Nuevo Testamento (o de ambos). A aquellas
“interpretaciones” Papías añadió tradiciones
orales de dos clases: algunas oídas directamente de los Presbíteros
(para ton presbyteron); otras de segunda mano, obtenidas a través
de discípulos de los Presbíteros cuando le visitaban a su
paso por Hierápolis. Los Presbíteros transmitían
aquello que los “discípulos del Señor” –Pedro,
Andrés, etc. – decían en los primeros tiempos. Otros
informantes de los visitantes de Papías estaban todavía
vivos (“Aristión y Juan el Presbítero, discípulos
del Señor”), como pone de manifiesto el uso del presente,
legousin. Podemos entender con facilidad que Papías los incluía
entre los informantes directos a los cuales menciona con anterioridad;
viviendo en Éfeso y Esmirna, no más lejos, podría
seguramente conocerlos personalmente. En cualquier caso, muchos críticos
eminentes (Zahn y Lightfoot, y entre los católicos, Funk, Bardenhewer,
Michiels, Gutjahr, Batiffol, Lepin) identifican a los Presbíteros
con Andrés, Pedro, etc., haciéndoles de este modo Apóstoles,
pues entienden “lo que Andrés o Pedro y el resto dijeron”
como explicativo de “las palabras de los Presbíteros”.
Esto es imposible, ya que Papías ha hablado poco antes acerca de
lo que aprendió directamente de los Presbíteros, ora pote
para ton presbyteron kalos emathon, y, sin embargo, no habría podido
conocer a los Apóstoles. Además, parece distinguir los dichos
de los discípulos del Señor, Aristion y Juan, de aquellos
de los Presbíteros, dando a entender que estos últimos no
fueron discípulos del Señor. Finalmente, Ireneo y Eusebio,
que cuentan con la antecedente obra de Papías, consideran que los
Presbíteros no son los Apóstoles, sino discípulos
de los discípulos del Señor o bien discípulos de
los discípulos de los Apóstoles. Clemente de Alejandría
otorga a la palabra el mismo significado. Nos vemos obligados, por tanto,
a hacer de la proposición “lo dicho por Andrés y Pedro
(y el resto)” no una coordinada con “los dichos de los Presbíteros”,
sino una subordinada, es decir: “yo trataba de inquirir sobre los
dichos de los Presbíteros, lo (que ellos referían como)
dicho por Andrés, o por Pedro (o por el resto), y lo que habían
dicho Aristión y el Presbítero Juan”. Eusebio señaló
una dificultad adicional relevando que se menciona a dos Juanes, uno al
que se distingue con el epíteto “presbítero”
y otro que sería obviamente el Apóstol. El historiador añade
que Dionisio de Alejandría cuenta que había oído
hablar de la existencia de dos tumbas de Juan en Éfeso. Este enfoque
ha sido adoptado por prácticamente todos los críticos liberales
y también por algunos conservadores como Lightfoot y Westcott.
Pero Zahn y la mayoría de los autores católicos concuerdan
en que Dionisio se equivocaba respecto al asunto de la tumba y que la
interpretación que en este tema hace Eusebio de las palabras de
Papías es incorrecta. Para ello señalan que Papías
citaba frecuentemente a Juan el Presbítero, y que Ireneo, que profesaba
gran veneración por la obra de Papías, lo identifica con
Juan el Apóstol; hay que recordar que Ireneo conocía personalmente
la tradición asiática y no podría ignorar la existencia
de Juan el Presbítero, si tal persona (diferente del Apóstol
Juan) hubiese existido en Asia. Más aún: Ireneo cuenta que
el Apóstol vivió en Éfeso hasta los tiempos de Trajano,
habiendo escrito el Apocalipsis en los últimos días de Domiciano.
Ireneo había oído a Policarpo relatar sus recuerdos del
Apóstol. Justino, que se hallaba en Éfeso hacia los años
130-135, dice que el Apóstol fue el autor del Apocalipsis (y por
tanto estuvo al frente de las Iglesias de Asia). Pero si el Apóstol
vivía en Éfeso en fecha tan tardía (y no hay razón
para ponerlo en duda), habría sido el más importante de
los testigos de Papías. Además, si Eusebio no se equivoca,
parecería que Juan el Presbítero sería su principal
informador. Por otra parte, el “Presbítero” que escribió
las cartas primera y segunda de Juan lleva tal nombre en todos los manuscritos,
siendo identificado con el Apóstol por Ireneo y Clemente, y además
es ciertamente (por evidencias internas) el autor del cuarto Evangelio,
atribuido al Apóstol por Ireneo y por toda la tradición.
Además, Polícrato de Éfeso, enumerando a los hombres
que fueron la gloria de Asia, no menciona a Juan el Presbítero,
sino a “Juan, el que reposó en el pecho del Señor”,
referencia indudable al apóstol. Un segundo Juan en Éfeso
resulta, por tanto, una conjetura desafortunada de Eusebio.
Un fragmento atribuido a Papías afirma que “Juan el teólogo
y Santiago su hermano fueron liquidados por los Judíos”.
No es posible que Papías dijera realmente esto, pues en tal caso
Eusebio lo hubiera hecho notar e Ireneo no podría ignorarlo. Ciertamente
hay algún error en la cita. O algo se ha omitido o bien el referido
se trata de San Juan Bautista. Que San Juan sea mencionado dos veces en
la lista de las autoridades de Papías se explicaría por
la distinción entre los primeros dichos que los Presbíteros
repetirían y los complementos de sus últimos años
referidos por visitantes procedentes de Éfeso. El fragmento más
importante de Papías es aquel en el cual ofrece un informe sobre
San Marcos a partir de palabras del Presbítero (obviamente San
Juan). Se trata de una defensa de San Marcos, atestiguando el cuidado
con el cual plasmó por escrito las enseñanzas de San Pedro,
pero admitiendo que no las colocó en orden correcto. Es de interés
poner de manifiesto (como lo ha hecho el Dr. Abbott) que el cuarto evangelio
inserta o refiere todos los acontecimientos relatados por Marcos que Lucas
ha omitido. El prólogo de San Lucas se halla manifiestamente citado
en el fragmento, por tanto Papías y el Presbítero conocían
aquel evangelio, el cual presumiblemente era preferido al de Marcos en
la iglesia paulina de Éfeso; de ahí, la necesidad de rehabilitación
de Marcos por “el Presbítero”, quien habla con autoridad
como uno de los que conoció los hechos y la vida de Cristo no menos
que el mismísimo Pedro. La famosa afirmación de Papías
de que San Mateo escribió sus logia (es decir, su obra canónica)
en hebreo, y que cada uno las interpretó (tradujo) según
su aptitud, parece implicar que cuando Papías escribía era
ya común una traducción aceptada (nuestro actual San Mateo).
Su conocimiento del evangelio de San Juan se prueba no solamente por su
mención de aloes, sino también por una cita de Juan, 14,2,
que se halla en la curiosa profecía de una vendimia milagrosa en
el milenio que atribuye a Nuestro Señor (Ireneo, V, xxxvi). La
referencia que hace en su prefacio a nuestro Señor como “la
Verdad” implica también un conocimiento previo del cuarto
evangelio. Citaba 1 Jn y 1 Pe según Eusebio, y se sirvió
ampliamente del Apocalipsis, a partir del cual diseñó sus
perspectivas quiliastas. En el pasado era común entre los críticos
liberales suponer (no habiendo prueba alguna) que Papías ignoraba
a San Pablo. Ahora se reconoce que un obispo que vivía a pocas
millas de Colosas no puede ser sospechoso de oposición a San Pablo
por el solo hecho de que las pocas líneas de sus escritos que han
llegado a nosotros no contengan ninguna cita del Apóstol. Es bastante
probable que Papías tuviese un Nuevo Testamento compuesto por los
cuatro evangelios, los Hechos, las principales epístolas de San
Pablo, el Apocalipsis, las cartas de San Juan y la primera de Pedro.
Eusebio dice que Papías frecuentemente citaba tradiciones de Juan
y narraciones de Aristión. También había recibido
información de las hijas de Felipe, una de las cuales fue sepultada
como su padre en Hierápolis y aparentemente habría conocido
a Papías. Relató la resurrección de la madre de Manaimo
(probablemente no se trate de Manaén hermano de leche de Herodes);
también el haber bebido Justo Barsabás veneno sin sufrir
daño: podría haber relatado esto en referencia a Mc 16,
18, pues se trata del único de los milagros prometidos en aquel
pasaje por el Señor que no se halla ejemplificado en el libro de
los Hechos. Sería interesante si pudiésemos asegurar que
Papías mencionaba esta última sección de Marcos a
partir de un manuscrito armenio atribuido a Aristión. Eusebio dice
que Papías “publicó la historia de una mujer acusada
ante el Señor de muchos pecados, que está contenida en el
Evangelio de los Hebreos”. Esto parece referirse a la perícopa
de la adúltera (Jn 8).
La causa de la pérdida de esta preciosa obra de un Padre Apostólico
fue la orientación quiliasta que mantuvo, como San Justino y San
Ireneo. Defendió esta postura por “extrañas parábolas
del Salvador y sus enseñanzas, y otras cosas legendarias”,
afirma Eusebio. Podemos considerar entre ellas el relato del vino maravilloso
antes mencionado. Su método exegético tal vez puede valorarse
con cierto alcance por un quinto libro con el final original del comentario
de Victorino sobre el Apocalipsis, tal como fue publicado por Haussleiter
(Theologisches Litteraturblatt, 26 abril 1895); pues ambos pasajes están
evidentemente basados en Papías, conteniendo las mismas referencias
del Antiguo Testamento. Eusebio se opuso a las especulaciones quiliastas,
y remarca: “Papías fue un hombre con reducida inteligencia,
a juzgar por sus propias palabras”. Parecería que el fragmento
de Victorino de Pettau “De fabrica mundi” está parcialmente
basado en Papías. En él hallamos quizá las verdaderas
palabras a las que Eusebio se refería: “Nunc igitur de inenarrabili
gloria Dei in providentia videas memorari; tamen ut mens parva poterit,
conabor ostendere”. Este pasaje probablemente conservó la
substancia de lo que Papías dijo, según el testimonio de
Anastasio del Monte Sinaí, respecto a la mística aplicación
a Cristo y a la Iglesia de los siete días de la creación.
Una brutal y extraordinaria leyenda sobre Judas Iscariote es atribuida
a Papías por una catena. Es probable que siempre que San Ireneo
hace referencia a “los Presbíteros” o “los Presbíteros
que habían visto a Juan”, esté citando la obra de
Papías. Allí atribuye a estos seguidores de Juan la aserción
de que Nuestro Señor santificó todas las edades del hombre,
que Papías había inferido que Nuestro Señor alcanzó
los cincuenta años de edad, como Ireneo concluye, no necesitamos
admitir como cierto que Papías citase explícitamente a los
Presbíteros respecto a este pasaje. La afirmación verdadera
se halla tal vez preservada en una frase de “De fabrica mundi”
que implica sólo que Nuestro Señor alcanzó la edad
perfecta (entre 30 y 40 años) a partir de la cual comienza la decadencia.
Nada se sabe de la vida de Papías. Si Policarpo nació en
el año 69, su “camarada” habría nacido pocos
años antes. El fragmento que sienta que aquellos que fueron devueltos
a la vida por Cristo vivieron hasta la edad de Adriano no puede ser usado
para determinar su fecha, pues es claramente falsificado a partir de la
más creíble declaración de Quadratus (Eusebio, IV,
3) de que algunos de los curados por Nuestro Señor vivían
en su propio tiempo (y el hecho de que Quadratus escribió bajo
Adriano); el nombre de Papías fue sustituido por el del egregio
compendiador. La obra de Papías fue escrita con toda evidencia
en sus últimos años, es decir entre los años 115
y 140.
La literatura sobre Papías es muy cuantiosa. Toda
introducción al Nuevo Testamento, todo libro sobre el Cuarto evangelio
lo menciona. La mejor discusión en lengua inglesa es la obra de
LIGHTFOOT Essays on Supernatural Religion, reimpresa de la Contemporary
Review (Londres, 1889); sobre el prefacio, véase especialmente
ZAHN, Forschungen VI, (1900); sobre los dos Juanes, DRUMMOND, EZRA ABBOT,
CAMERLUNCH, y otros sobre el Evangelio de San Juan; para la postura de
que el que estuvo en Éfeso fue sólo el presbítero
y no el apóstol, HARNACK, Gesch. der altchr. Litt. II (1897), y
(haciendo del presbítero el discípulo amado) DELFF, Gesch
d. Rabbi Jesus (Leipzig, 1889); IDEM, Das vierte Evang. wienderhergestellt;
IDEM, Neue Beitrage zur Kritik und Eklarung des vierten Ev. (ambos en
Husum, 1890); SANDAY, The Criticism of the Fourth Gospel (Oxford, 1905);
BOUSSET, Offenbarung d. Joh. (Leipzig, 1896); también ZAHN, loc.
cit.; STANTON, The Gospels as Hist. Documents, I (1903); CHAPMAN, John
the Presbyter (Oxford, 1911); sobre el supuesto martirio de San Juan,
DE BOOR, Neue Fragmente des Papias in Texteu. Unters. V, II (1888); DELEF,
loc. cit.; CHAPMAN, loc. cit.; SCHWARTZ, Ueber den Tod der Sohne Zebedaei
(a favor del martirio, Berlín, 1904); en contra, ARMITAGE RONSON,
The Historical Character of St. John’s Gospel (Londres, 1908); EDWIN
ABBOT, Notes on New Testament Criticism (Londres, 1906); para un tratamiento
general sobre Papías, véase BARDENHEWER RICHARDSON Synopsis
(Buffalo, 1887). Sobre San Juan en Ireneo, CHAPMAN, Papias on the Age
of our Lord in Journal of Theol. Studies, IX (Oct. 1907), 33; GUTJAHR,
Die Glaubwurdigkeit des irenaischen Zeugnisses (Graz, 1904); LEWIS, The
irenaeus testimony of the Fourth Gospel (Chicago, 1908); sobre la perspectiva
quiliasta de Papías, ATZBERGER, Gesch. der christl. Eschatologie
(Friburgo, 1896); GRY, Le millenarisme (París, 1904; Nueva York,
1899).
JOHN CHAPMAN
Transcrito por Marcia L. Bellafiore
Traducido por Josep M. Prunés, O.M.
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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