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Platón (Platon, "El de hombros anchos") nació
en Atenas en el año 428 ó 427 a. de C. Pertenecía
a una familia aristocrática y rica, aunque algunos escritores
manifiestan que experimentó el peso de la pobreza. Indudablemente
se benefició de la educación que se brindaba en Atenas
a los jóvenes de su clase. Alrededor de los veinte años
conoció a Sócrates,
y el trato entre maestro y discípulo, que duró ocho
o diez años, tuvo una influencia decisiva en la carrera filosófica
de Platón. Antes de conocer a Sócrates reveló,
muy probablemente, interés por los filósofos antiguos,
así como por el proyecto de mejora de las condiciones políticas
de Atenas. A temprana edad se aficionó a la poesía.
Sin embargo, todos estos intereses fueron absorbidos por la búsqueda
de la sabiduría, a la que se dedicó ardientemente bajo
la guía de Sócrates. Tras la muerte de Sócrates
se unió a los discípulos de éste congregados
en Megara bajo la dirección de Euclides. Más tarde viajó
por Egipto, la Magna Grecia y Sicilia. Algunos biógrafos han
exagerado el provecho de estos viajes, aunque es seguro que en Italia
estudió las doctrinas de los pitagóricos. Sus tres viajes
a Sicilia perseguían, probablemente, influenciar a Dionisio
el Viejo y Dionisio el Joven acerca de su sistema ideal de gobierno,
pero fracasó, atrayéndose la enemistad de los dos soberanos,
siendo encarcelado y vendido como esclavo. Rescatado por un amigo,
volvió a su escuela de filosofía de Atenas. Ésta
difería de la escuela socrática en muchos aspectos.
Tenía una ubicación precisa en la alameda cercana al
gimnasio de Academia, su carácter era más refinado,
se prestaba más atención a la forma literaria y era
menos indulgente con el método particular, e incluso vulgar,
de ilustración que caracterizaba a la exposición socrática.
Al volver de su tercer viaje a Sicilia se dedicó incansablemente
a escribir y enseñar, hasta que a los ochenta años,
según nos dice Cicerón, murió en pleno trabajo
intelectual ("scribens est mortuus") ("De Senect.", v, 13).
Ciertamente todas las obras auténticas de Platón han
llegado hasta nosotros. Las obras perdidas que se le atribuyen, tales
como las "Divisiones" y las "Doctrinas tradicionales", no son auténticas.
De los treinta y seis diálogos, algunos -- "Fedro", "Protágoras",
"Fedón", "La República", "El Banquete", etc. - son auténticos
indudablemente; otros - p.ej. "Minos", -- pueden considerarse apócrifos
con igual seguridad; mientras que un tercer grupo -- "Ión",
"Hipias Mayor ", y "Alcibíades I" - es de dudosa autenticidad.
En todos sus escritos Platón usa el diálogo con una
destreza jamás igualada. Esta forma (literaria n.t.)
le permite desarrollar el método socrático de preguntas
y respuestas. Pues, aun cuando Platón elaboró en alto
grado la facultad de presentar y entender lo abstracto, fue suficientemente
griego para seguir el instinto artístico en la enseñanza
mediante un modelo claro y concreto de excelencia filosófica.
El uso del mito en los diálogos ha acarreado notables dificultades
a los comentaristas y a los críticos. Cuando intentamos evaluar
el contenido de un mito platónico, a menudo nos desconcierta
la sospecha de que todo es sutilmente irónico o que se incluye
para disimular contradicciones inherentes al pensamiento de Platón.
En todo caso, el mito no debería tomarse muy en serio o invocarse
como evidencia de lo que Platón realmente creía.
El punto inmediato de partida de la especulación
filosófica de Platón fue la enseñanza socrática.
En su intento de definir las condiciones del conocimiento, para refutar
el escepticismo de los sofistas, Sócrates había enseñado
que el único conocimiento verdadero es el conocimiento por medio
de conceptos. El concepto, decía, representa toda la realidad
de una cosa. Como lo usó Sócrates,
fue tan sólo un principio de conocimiento; Platón lo elevó
a principio del Ser. Si el concepto representa toda la realidad de las
cosas, la realidad debe ser algo en el orden ideal, no necesariamente
las cosas mismas sino algo por encima de ellas, en un mundo por sí
mismo. En consecuencia, Platón reemplaza el concepto por la Idea.
Completa la obra de Sócrates enseñando que las Ideas,
objetivamente reales, son el fundamento y justificación del conocimiento
científico. Al mismo tiempo tiene en cuenta un problema que llamó
mucho la atención desde los pensadores presocráticos,
el problema del cambio (movimiento n.t.). Los eleáticos,
siguiendo a Parménides, sostenían que no existe cambio
verdadero ni multiplicidad en el mundo, la realidad es una. Heráclito,
por el contrario, afirmando la realidad del movimiento y de la multiplicidad,
mantenía que la permanencia (unidad n.t.) es sólo
aparente. La teoría platónica de las Ideas es un intento
de resolver esta cuestión crucial mediante un compromiso metafísico.
Los eleáticos, decía Platón, tienen razón
al afirmar que la realidad no cambia; porque las Ideas son inmutables.
No obstante, hay cambio en el mundo de nuestra experiencia, como sostenía
Heráclito, o en el mundo de los fenómenos, en términos
de Platón. Por consiguiente, Platón supone un mundo de
Ideas separado del mundo de nuestra experiencia, e inmensamente superior
a él. Concibe que todas las almas humanas habitaron en otro tiempo
en este mundo superior. Cuando luego miramos a nuestro alrededor, en
el mundo de las sombras, un fenómeno o apariencia de algo, la
mente recuerda la Idea (de ese mismo fenómeno) que contempló
en tiempos pasados. En su deleite se pregunta por el contraste, y al
preguntarse es llevada a recordar perfectamente la intuición
de que disfrutó en una existencia anterior. Ésta es la
tarea de la filosofía. La filosofía, por tanto, consiste
en el esfuerzo por remontarse del mundo de los fenómenos, o apariencias,
al de las noumena, o realidades. Entre todas las ideas, no obstante,
la Idea de belleza brilla a través del velo de los fenómenos
más claramente que las demás, por esto el comienzo de
la actividad filosófica es el amor y la admiración por
lo Bello.
(2) División de la Filosofía
Las partes de la filosofía no son diferenciadas por Platón
con la misma precisión formal que la encontrada en los sistemas
aristotélicos y postaristotélicos. Sin embargo, podemos,
por conveniencia, distinguir:
-
Dialéctica, ciencia de la Idea en sí;
-
Física, conocimiento de la Idea en tanto
que incorporada o encarnada en el mundo de los fenómenos,
y,
-
Ética y teoría del Estado, o ciencia
de la Idea encarnada en la conducta humana y en la sociedad.
Se entiende no como sinónimo de la lógica
sino de la metafísica. Significa la ciencia de la Idea, ciencia
de la realidad, ciencia en el verdadero sentido de la palabra. Pues
las ideas son las únicas realidades en el mundo. Observamos,
por ejemplo, acciones justas, y sabemos que algunos hombres son justos.
Pero tanto en las acciones como en las personas designadas como justas
existen muchas imperfecciones; son solamente parcialmente justas.
En el mundo superior existe la justicia, absoluta, perfecta, sin mezcla
de injusticia, eterna, inmóvil, inmortal. Esta es la Idea de
justicia. De modo similar, en el mundo que está por encima
de nosotros existen las Ideas de grandeza, belleza, sabiduría,
etc. y no únicamente éstas, sino también las
Ideas de objetos materiales concretos tales como la Idea de hombre,
la Idea de caballo, la Idea de árboles, etc. En resumen, el
mundo de las Ideas es una imagen del mundo de nuestra experiencia,
o mejor, éste último es una débil imitación
del primero. Las ideas son los prototipos, los fenómenos son
los extratipos. En la alegoría de la caverna (República,
VII, 514 d) unos hombres son descritos como encadenados en una posición
fija en la caverna, siendo capaces exclusivamente de mirar a la pared
del fondo. Cuando un animal, p.ej. un caballo, pasa frente a la caverna,
ellos, contemplando la sombra proyectada en la pared, imaginan que
es la realidad, y mientras dura su cautiverio no tienen noticia de
ninguna otra realidad. Al ser liberados y salir a la luz se deslumbran,
pero, cuando se habitúan y pueden distinguir un caballo entre
los demás objetos que les rodean, su primer impulso es tomarlo
por una sombra del ser que ellos vieron sobre la pared. Los prisioneros
son "como nosotros mismos ", dice Platón. El mundo de nuestra
experiencia, que consideramos real, es solamente un mundo de sombras.
El mundo real es el mundo de las Ideas, que alcanzamos no por los
sentidos sino por una contemplación intuitiva. Las Ideas participan
del fenómeno, pero Platón no llega a explicar como tiene
lugar esa participación, ni tampoco en qué sentido los
fenómenos son imitación de las Ideas; a lo sumo invoca
un principio negativo, a veces llamado "Substancia Platónica",
para dar razón del fenómeno como caído desde
la perfección de la Idea. El principio limitador es la causa
de todos los defectos, decadencias y cambios del mundo que nos rodea.
El hombre justo, por ejemplo, está lejos de la justicia absoluta
(la Idea de Justicia), pues la Idea de justicia está fragmentada
en el hombre, está degradada y reducida por el principio de
limitación. Hacia el final de su vida, Platón se acercó
cada vez más a la teoría pitagórica de los números,
y, en el "Timeo" especialmente, tendió a interpretar las Ideas
en términos matemáticos. Sus seguidores acentuaron indebidamente
este elemento y, en el curso de la especulación neoplatónica,
las ideas se identificaron con los números. La teoría
de la Ideas interesó en gran medida a los primeros filósofos
cristianos. La afirmación categórica de una realidad
de orden supramundano y espiritual, e igualmente la afirmación
de la caducidad de las cosas materiales, concuerdan con la esencia
del cristianismo sobre la supremacía de los intereses espirituales.
Para hacer más aceptable el mundo de las Ideas a los cristianos,
la Patrística platonista, desde el mártir Justino hasta
San Agustín, mantuvo que el mundo existe en la mente de Dios,
y esto era lo que Platón pensaba. Por otra parte, Aristóteles
entendió que Platón se refiere a un mundo de Ideas autosubsistente
y separado. Por lo tanto, en lugar de representarnos el mundo de las
Ideas existiendo en Dios, deberíamos representar a Dios existiendo
en el mundo de las Ideas. En efecto, entre las Ideas, la jerarquía
suprema se atribuye a la Idea de Dios, o Divinidad absoluta, como
se diría, en un universo supraceleste, lo que es el sol del
cielo para nuestro mundo terrestre.
La Idea incorporada en el fenómeno, por decirlo
así, es menos real que la Idea en su propio mundo, o que la
idea encarnada en la conducta humana o en la sociedad. La Física,
esto es, el conocimiento de la Idea en el fenómeno, es, por
lo tanto, de inferior dignidad e importancia que la Dialéctica
y la Ética. De hecho, el mundo de los fenómenos carece
de interés científico para Platón. Su conocimiento
no es un verdadero conocimiento, ni su fuente, sino tan solo ocasión
del verdadero conocimiento. El fenómeno trae a nuestra mente
el recuerdo de la intuición de las Ideas, y con esta intuición
comienza el conocimiento científico. Además, el interés
de Platón por la naturaleza está dominado por una visión
teológica del mundo como dotado de un alma, la cual, consciente
de su conjunto, hace todas las cosas para un propósito útil,
o mejor, para "lo mejor" moralmente, intelectualmente y estéticamente.
Esta convicción se manifiesta especialmente en la narración
platónica del origen del universo, contenida en el "Timeo",
aunque los detalles sobre la actividad de los demiurgos y los dioses
creados no debería, quizás, tomarse muy en serio. Análogamente,
el relato del origen del alma en el mismo diálogo, es una mezcla
de filosofía y mito, en el que no es fácil diferenciar
uno de otro. Es claro, sin embargo, que Platón sostiene la
naturaleza espiritual del alma frente al materialismo de los atomistas,
y que cree en la preexistencia del alma antes de su unión con
el cuerpo. Toda la teoría de las Ideas, al menos en lo que
se refiere al conocimiento humano, presupone la doctrina de la pre-existencia.
"Todo conocimiento es reminiscencia" sólo tiene significado
en la hipótesis pre-natal de la intuición de las Ideas
en el alma. Es igualmente incontrovertible que Platón mantenía
la inmortalidad del alma. Su convicción sobre este punto fue
tan firme como la de Sócrates. Su esfuerzo por fundamentar
esta convicción sobre premisas inexpugnables está, por
cierto, abierta a la crítica, porque sus argumentos se remiten
bien a la hipótesis de una existencia anterior o bien a la
teoría de las Ideas. No obstante, las consideraciones que ofrece
a favor de la inmortalidad, en el "Fedón", han contribuido
a fortalecer en todas las generaciones posteriores la creencia en
una vida futura. En su descripción del estado futuro del alma
predomina la doctrina pitagórica de la transmigración.
Aquí, de nuevo, los detalles no deben tomarse tan en serio
como el hecho principal, y podemos imaginar que el relato del alma
condenada a regresar en el cuerpo de un zorro o un lobo es introducido,
sobre todo, porque acentúa la doctrina de la recompensa y el
castigo, que es parte de la ética platónica. Antes de
pasar a sus doctrinas éticas es necesario indicar algo de su
psicología. Platón enseña que el alma consta
de tres partes: el alma racional, que reside en la cabeza; el alma
irascible, asiento del valor, que reside en el corazón; y el
alma sensitiva, asiento del deseo, que reside en el abdomen. Éstas
no son tres facultades del alma, sino tres partes realmente diferenciadas.
(c) Ética y teoría del Estado
Como todos los griegos, Platón dio por sentado que el mayor
bien del hombre, subjetivamente considerado, es la felicidad (eudaimonia).
Objetivamente, el mayor bien del hombre es el máximo bien absoluto
en general, el Bien en sí mismo, o Dios. El medio para alcanzar
el mayor bien es la práctica de la virtud y la consecución
de la sabiduría. El cuerpo debería someterse en la medida
en que obstaculiza estas ocupaciones. Sin embargo, en este punto el
ascetismo debe moderarse en aras de la armonía y la simetría.
-- Platón nunca se excedió en condenas, en particular
sobre el cuerpo, como fuente de todo lo malo - porque la abundancia,
la salud, la destreza y los placeres inocentes, son medios para alcanzar
la felicidad, aunque no indispensables como lo es la virtud. La virtud
es orden, armonía, salud del alma; el vicio es desorden, discordia,
enfermedad. El Estado es, para Platón, la mayor personificación
de la Idea. Su finalidad debe ser el establecimiento y cuidado de
la virtud. La razón de ello es que el hombre, incluso en condición
inculta, podría realmente alcanzar la virtud. Sin embargo,
a fin de que la virtud pueda realizarse sistemáticamente y
no sea producto del azar o la ventura, es necesaria la educación,
la cual es imposible sin una organización social. En su "República"
describe un Estado ideal, una forma de gobierno que existiría
si gobernantes y gobernados se dedicasen, como debieran, al cultivo
de la sabiduría. El Estado ideal se modela en cada alma individual.
Consta de tres categorías: gobernantes (correspondiendo al
alma racional), productores (correspondiendo al deseo) y guerreros
(correspondiendo al valor). La virtud característica de los
productores es la economía, la de los soldados la valentía
y la de los gobernantes la sabiduría. Puesto que la filosofía
es el amor a la sabiduría, ella debe ser el poder dominante
en el Estado: "A menos que los filósofos se hagan gobernantes
o los gobernantes se tornen verdaderos y consumados discípulos
de la filosofía, no terminarán las dificultades de los
Estados y de la humanidad " (Rep., V, 473), lo cual es otro modo de
decir que aquéllos que gobiernan deben distinguirse por cualidades
claramente intelectuales. Platón aboga por un Estado absoluto,
tal como el que existía en su época en Esparta. El Estado,
afirma, ejerce un poder ilimitado. En el Estado platónico no
cabe ni la institución de la propiedad privada, ni la de la
familia. Los niños pertenecen al Estado tan pronto como nacen,
y éste debe encargarse desde el principio de su educación.
Serían educados por funcionarios elegidos por el Estado y,
según la capacidad que manifestasen, asignados a la categoría
de los productores, guerreros o gobernantes. Estos proyectos inviables
reflejan al mismo tiempo el descontento de Platón con la demagogia
que prevalecía en Atenas y su predilección personal
por la forma de gobierno aristocrático. Ciertamente su proyecto
es aristocrático, en el sentido original de la palabra; defiende
el gobierno de los mejores (intelectualmente). La irrealidad de todo
ello, y la remota posibilidad de ser llevado a la práctica,
debió evidenciarse al mismo Platón, porque en sus "Leyes"
hace el esbozo de un nuevo proyecto que, aún considerándolo
inferior al de la "República", está más cerca
del término medio que el Estado puede alcanzar.
La Escuela de Platón, como la de Aristóteles,
fue organizada por el mismo Platón, y a su muerte la puso en
manos de su sobrino Espeusipo, el primer alumno, como gobernante de
la escuela. Se llamó la Academia, porque estaba en la arboleda
de Academo. La Academia, con diferente fortuna, mantuvo su identidad
como escuela platónica hasta el siglo primero de la era cristiana,
primero en Atenas y después en Alejandría. Se modificó
el sistema platónico, orientándose al misticismo y la
demonología, y padeció al menos un periodo de escepticismo.
Acabó en un eclecticismo indefinido. Con la llegada del neoplatonismo
(q.v.), fundado por Ammonius y desarrollado por Plotino, el platonismo
se unió definitivamente a la causa del paganismo contra la Cristiandad.
Sin embargo, la gran mayoría de filósofos cristianos hasta
San Agustín fueron platonistas. Ellos apreciaban la elevada influencia
de la psicología y la metafísica de Platón, y reconocían,
en ella un poderoso aliado de la Cristiandad frente al materialismo
y el naturalismo. Estos platonistas cristianos subestimaban a Aristóteles,
a quien se referían como un "agudo" lógico, cuya filosofía
favorecía a los heréticos oponentes de la Cristiandad
ortodoxa. La Edad Media trastocó este veredicto. Los primeros
escolásticos conocían solamente los tratados sobre lógica
de Aristóteles, y, en la medida que no eran psicólogos
o metafísicos, se acercaron al platonismo de San
Agustín. No obstante, sus sucesores en el siglo XII conocieron
la psicología, la metafísica y la ética de Aristóteles,
asumiendo el criterio aristotélico tan completamente que, antes
de finales del siglo XIII, el estagirita ocupó en las escuelas
cristianas el lugar que tenía el fundador de la Academia en el
siglo V. Hubo, digamos, episodios de platonismo en la historia del escolasticismo
- p.ej., la Escuela de Chartes en el siglo XII -- y durante todo el
periodo escolástico algunos principios del platonismo, y especialmente
del neoplatonismo, fueron incluidos en el sistema aristotélico
adoptado por las escuelas. El Renacimiento trajo una renovación
del platonismo debido a la influencia de Bessarion, Plethon, Ficino,
y los dos Mirándola. Los platonistas de Cambridge del siglo XVII,
tales como Cudworth, Henry More, Cumberland, y Glanville, reaccionando
contra el naturalismo humanista, "Puritanismo espiritual" instauran
los fundamentos de la conducta sobre principios conocidos intuitivamente
e independientes del propio interés. Además de las escuelas
de filosofía descritas como platónicas, existen muchos
filósofos y grupos de filósofos modernos que deben mucho
a la inspiración de Platón y al entusiasmo por superiores
ocupaciones de la mente que emanan del estudio de sus obras.
La edición estándar de las
obras de Platón es la de STEPHANUS (Paris, 1578). Otras ediciones
más recientes son BEKKER (Berlin, 1816-23), FIRMIN-DIDOT (Paris
1866-). La mejor traducción inglesa es JOWETT, The Dialogues
of Plato (Oxford, 1871; 3rd ed., New York, 1892). Sobre la exposición
del sistema de Platón cf. ZELLER, Plato and the Older Academy,
tr. ALLEYNE AND GOODWIN (London, 1888); GROTE, Plato and the Other
Companions of Socrates (London, 1885); PATER, Plato and Platonism
(London, 1893); TURNER, History of Philosophy (Boston, 1903); 93
s.q.; FOUILLEE, La philosophie de Platon (Paris, 1892); HUIT, La
vie et l'oeuvre de Platon (Paris, 1893); WINDEBLAND, Platon
(Stuttgart,1901); LUTOSLAWSKI, Origin and Growth of Plato's Logic
(London, 1897). Sobre historia del platonismo cf. BUSSELL, The School
of Plato (London, 1896); HUIT, Le platonisme à Byzance et
en Italie à la fin du moyen-âge (Brussels, 1894); artículos
en Annales de philosophie chretienne, new series, XX-XXII; TAROZZI,
La tradizione platonica nel medio evo (Trani Vecchi, 1892).
WILLIAM TURNER
Transcrito por Geoffrey K. Mondello
Traducido por Miguel Villoria de Dios
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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