Mártir (años 69-155).
Nuestras principales fuentes de información sobre San Policarpo
son:
(1) las Epístolas de San Ignacio;
(2) la Epístola del propio San Policarpo a los Filipenses;
(3) diversos pasajes de San Ireneo;
(4) la carta de los de Esmirna relatando el martirio de San
Policarpo.
Las Epístolas de San Ignacio
Cuatro de las siete epístolas genuinas de San Ignacio fueron escritas
desde Esmirna. En dos de éstas -a los de Magnesia y a los Efesios-
habla de Policarpo. La séptima epístola fue dirigida a Policarpo.
Contiene poco o nada de interés histórico en relación
con San Policarpo. En las palabras de inicio san Ignacio da gloria a Dios
“que me ha concedido ver tu rostro”. Parece apenas seguro
inferir de estas palabras, con Pearson y Lightfoot, que los dos no se
habían encontrado nunca antes.
La Epístola de San Policarpo a los Filipenses
La Epístola de San Policarpo fue una respuesta a una de los Filipenses,
en la que habían pedido a San Policarpo dirigirles algunas palabras
de exhortación; hacer seguir con su mismo mensajero una carta dirigida
por ellos a la Iglesia de Antioquía; y enviarles alguna de las
Epístolas de San Ignacio que pudiera tener. La segunda petición
debe subrayarse. San Ignacio había pedido a las Iglesias de Esmirna
y Filadelfia que enviaran un mensajero a felicitar a la Iglesia de Antioquía
por la restauración de la paz; presumiblemente, por tanto, cuando
estuvo en Filippos, dio instrucciones similares a los Filipenses. Este
es uno de los muchos aspectos en los que hay tan completa armonía
entre las situaciones reveladas en las Epístolas de San Ignacio
y la Epístola de San Policarpo, que apenas es posible impugnar
la autenticidad de las primeras sin intentar de alguna manera destruir
el crédito de la última, que da la casualidad que es uno
de los documentos mejor confirmados de la antigüedad. Por consiguiente
algunos extremistas, antiepiscopalianos del Siglo XVII, y miembros de
la escuela de Tubingen del XIX, rechazaron con audacia la Epístola
de Policarpo. Otros intentaron hacer creer que los pasajes que hablaban
más a favor de las epístolas ignacianas eran interpolaciones.
Estas teorías no tienen interés ahora que la autenticidad
de las epístolas de Ignacio ha dejado de ser cuestionada. El único
punto surgido que tenía alguna muestra de plausibilidad (a veces
se usó contra la autenticidad, y a veces contra la temprana fecha
de la Epístola de San Policarpo) se basaba en un pasaje en el que
a primera vista podía parecer que se denunciaba a Marción:
“Pues todo el que no confiese que Jesucristo ha venido en la carne
es un anticristo; y quienquiera que no confiese el testimonio de la cruz,
es un demonio, y quienquiera que pervierta los oráculos del Señor
(para servir) sus propios deseos, y diga que no hay ni resurrección
ni juicio, este hombre es un primogénito de Satán”.
San Policarpo escribió su epístola antes de saber del martirio
de San Ignacio. Ahora bien, suponiendo que el pasaje recién citado
se hubiera dirigido a Marción (a quien, en una ocasión,
como veremos dentro de poco, San Policarpo llamó en su cara “el
primogénito de Satán”), la elección se plantea
entre rechazar la epístola como espuria por el anacronismo, o retrasar
su fecha, y la fecha del martirio de San Ignacio a los años 130-140
cuando Marción sobresalió. Harnack parece haber adoptado
en algún momento esta última alternativa; pero ahora admite
que no hace falta que haya en absoluto una referencia a Marción
en el pasaje en cuestión (Chronologie, I, 387-8). Lightfoot pensaba
que la negativa podía ser probada. Según él, no puede
referirse a Marción porque no se dice nada de sus errores característicos,
vg., la distinción entre el Dios del Antiguo y el Dios del Nuevo
Testamento; y porque el antinomianismo atribuido al “primogénito
de Satán” es inaplicable al austero Marción (Lightfoot,
St. Ignatius and St. Polycarp, I, 585; todas las referencias a Lightfoot
(L), salvo que se afirme otra cosa, lo serán a esta obra).
Cuando escribió Lightfoot era necesario reivindicar la autenticidad
de las epístolas de San Ignacio y la de San Policarpo. Si las primeras
fueran falsificaciones, la última, que las apoya- podría
casi decirse que las presupone- debe ser una falsificación de la
misma mano. Pero una comparación entre Ignacio y Policarpo muestra
que esto es una hipótesis imposible. Las primeras ponen todo el
énfasis en el episcopado, la última ni siquiera lo menciona.
Las primeras están llenas de enfáticas declaraciones sobre
la doctrina de la Encarnación, las dos naturalezas de Cristo, etc.
En la última estas cuestiones apenas se tocan. “Las divergencias
entre los dos autores en lo que respecta a las citas de las Escrituras
es igualmente notable. Aunque las siete cartas de Ignacio son mucho más
largas que la Epístola de Policarpo, las citas en esta última
son incomparablemente más numerosas, al igual que más precisas,
que en las primeras. Las deudas con el Nuevo Testamento son enteramente
diferentes en carácter en los dos casos. Las cartas de Ignacio,
de hecho, muestran un considerable conocimiento de los escritos incluidos
en nuestro Canon del Nuevo Testamento; pero este conocimiento se revela
en palabras y frases casuales, metáforas esporádicas, adaptaciones
epigramáticas, y coincidencias de pensamiento aisladas... Por otro
lado la Epístola de Policarpo está construida frecuentemente
frase tras frase a partir de pasajes de los escritos evangélicos
y apostólicos... Pero esta divergencia tan sólo forma parte
de un contraste más amplio y decisivo, afectando al conjunto del
estilo y carácter de los dos escritos. La profusión de citas
en la Epístola de Policarpo surge de una falta de originalidad...
Por otro lado las cartas de Ignacio tiene una marcada individualidad.
Destacan a este respecto entre todos los primitivos escritos cristianos”
(op. cit., 595-97).
Diversos pasajes en San Ireneo
En San Ireneo, Policarpo nos llega principalmente como un enlace con
el pasado. Ireneo lo menciona cuatro veces: (a) en relación
con Papías; (b) en su carta a Florino; (c)
en su carta al Papa Víctor; (d) al
final de la célebre apelación a la potior principalitas
de la Iglesia Romana.
En relación con Papías
Por “Adv. Haer.”, V, xxxii, 1, sabemos que Papías
fue “un oyente de Juan, y un compañero de Policarpo”.
En su carta a Florino
Florino era un presbítero romano que cayó en la herejía.
San Ireneo le escribió una carta de reconvención (de la
que un largo extracto se conserva en Eusebio, H. E., V, xx), en la que
evocaba sus recuerdos comunes de Policarpo. “Estas opiniones...Florino
no son de juicio sólido...Te veo cuando yo aún era un muchacho
en Asia Menor en compañía de Policarpo, mientras que tú
estabas viviendo prósperamente en la corte real, y esforzándote
en situarte bien en ella. Pues recuerdo claramente los incidentes de esa
época mejor que los acontecimientos ocurridos recientemente...Puedo
describir el mismo lugar en el que el Bienaventurado Policarpo se solía
sentar cuando hablaba... su apariencia personal... y como describía
su relación con Juan y con el resto que habían visto al
Señor, y cómo relataba sus palabras...Puedo testificar en
presencia de Dios, que si el bendito y apostólico anciano hubiera
oído algo de esta clase, habría gritado, y detenido sus
oídos, y dicho según su costumbre, ‘¡Oh buen
Dios!, ¿cuántas veces me vas a obligar a soportar tales
cosas?’...Esto puede demostrarse por las cartas que escribió
a las Iglesias vecinas para su confirmación, etc.”. Lightfoot
(op. cit., 448) no fija la fecha de la época en que San Ireneo
y Florino fueron compañeros discípulos de San Policarpo
más definidamente que entre 135 y 150. De hecho no hay datos para
juzgar.
En su carta al Papa Víctor
La visita de San Policarpo a Roma se describe por San Ireneo en una carta
al Papa Víctor escrita bajo las siguientes circunstancias. Los
cristianos de Asia diferían del resto de la Iglesia en su forma
de observar la Pascua. Mientras que las demás Iglesias guardaban
la fiesta en domingo, los asiáticos la celebraban el 14 de Nisán,
cayera en el día de la semana que fuera. El Papa Víctor
intentó establecer la uniformidad, y cuando las Iglesias de Asia
rehusaron obedecer, las excomulgó. San Ireneo le reconvino en una
carta, parte de la cual se conserva en Eusebio (H.E., V, xxiv), en la
que se contrastaba particularmente la moderación desplegada respecto
a Policarpo por el Papa Aniceto con la conducta de Víctor. “Entre
estos (los predecesores de Víctor) estaban los presbíteros
anteriores a Sotero. Ni lo observaban (el 14 de Nisán), ni permitían
hacerlo a los que les seguían. Y aun así, aun no observándolo,
no estaban menos en paz con los que venían a ellos de las parroquias
en las que se observaba... Y cuando el bienaventurado Policarpo estuvo
en Roma en la época de Aniceto, y estaban un poco en desacuerdo
sobre otras cosas, inmediatamente hicieron la paz uno con otro, no preocupándose
de discutir sobre esta cuestión. Pues ni pudo Aniceto persuadir
a Policarpo...ni Policarpo a Aniceto. Pero aunque las cosas estaban en
esta forma, comulgaron juntos, y Aniceto concedió la administración
de la Eucaristía en la Iglesia a Policarpo, manifiestamente como
señal de respeto. Y se separaron uno de otro en paz”, etc.
Hay una dificultad relacionada con esta visita de Policarpo a Roma. Según
la Crónica de Eusebio en la versión de San Jerónimo
(la versión armenia es bastante indigna de confianza) la fecha
de accesión de Aniceto fue en 156-57. Ahora bien, la fecha probable
del martirio de San Policarpo fue en Febrero de 155. El hecho de la visita
a Roma está demasiado bien atestiguado como para ser puesto en
cuestión. Debemos por tanto, o renunciar a la fecha del martirio,
o suponer que Eusebio fechó con un retraso de un año o dos
la accesión de Aniceto. No hay nada irrazonable en esta segunda
hipótesis, en vista de la inseguridad que prevalece tan generalmente
en las cuestiones cronológicas (para la fecha de la accesión
de Aniceto ver Lightfoot, “St. Clement I”, 343).
En su famoso pasaje sobre la Iglesia Romana
Llegamos ahora al pasaje de San Ireneo (Adv. Haer., III, 3) que resalta
en su máximo relieve la posición de San Policarpo como enlace
con el pasado. Igual que la larga vida de San Juan prolongó la
Época Apostólica, así los ochenta y seis años
de Policarpo extienden la Época Subapostólica, durante la
cual fue posible aprender de palabra de los que habían sido sus
oyentes lo que los Apóstoles enseñaron. En Roma la Época
Apostólica terminó hacia el año 67 con el martirio
de San Pedro y San Pablo, y la Época Subapostólica un cuarto
de siglo después cuando murió San Clemente, “que había
visto a los bienaventurados Apóstoles”. En Asia la Época
Apostólica se retrasó hasta que San Juan murió hacia
el año 100; y la Época Subapostólica hasta 155, cuando
San Policarpo fue martirizado. En el tercer libro de su tratado “Contra
las Herejías”, San Ireneo hace su célebre apelación
a las “sucesiones” de los obispos en todas las Iglesias. Está
argumentando contra los herejes que profesaban tener una especie de tradición
esotérica derivada de los Apóstoles. ¿A quién,
pregunta San Ireneo, habrían declarado más probablemente
los Apóstoles misterios ocultos que a los obispos a quienes habían
confiado sus iglesias? Luego para saber qué enseñaron los
Apóstoles, debemos recurrir a las “sucesiones” de obispos
por todo el mundo. Pero como faltaría tiempo y espacio si intentamos
enumerarlas todas una a una, dejemos que la Iglesia Romana hable por el
resto. El acuerdo de las demás con ella es manifiesto por razón
de la posición que tiene entre ellas (“pues con esta Iglesia
por causa de su potior principalitas la Iglesia entera, esto es, los fieles
de todas partes, tienen que estar de acuerdo”, etc.).
Luego sigue la lista de los obispos romanos hasta Eleuterio, el duodécimo
desde los Apóstoles, el noveno desde Clemente, “que había
visto y conversado con los bienaventurados Apóstoles”. De
la Iglesia Romana, que representa a todas las iglesias, el autor pasa
a dos Iglesias, la de Esmirna, en la que, en la persona de Policarpo,
la Época Subapostólica había llegado hasta un tiempo
aún presente en la memoria viva, y la Iglesia de Éfeso,
dónde, en la persona de San Juan, la Época Apostólica
se había prolongado hasta “el tiempo de Trajano”.De
Policarpo dice, “no sólo fue enseñado por los Apóstoles,
y vivió en relación familiar con muchos que habían
visto a Cristo, sino que también recibió su nombramiento
en Asia de los Apóstoles como Obispo de la Iglesia de Esmirna”.
Luego sigue hablando de su propio conocimiento personal de Policarpo,
su martirio y su visita a Roma, donde convirtió a muchos herejes.
Luego continúa, “los hay que le oyeron contar cómo
Juan, el discípulo del Señor, cuando fue a tomar un baño
en Éfeso, y vio a Cerinto dentro, se precipitó fuera de
la sala sin bañarse, con las palabras ‘Huyamos no sea que
la sala se desplome, pues Cerinto, el enemigo de la verdad, está
dentro’. Sí, y Policarpo mismo, también, cuando en
una ocasión Marción se encaró con él y dijo
‘Reconócenos’, replicó, ‘¡Ay, ay!,
reconozco al primogénito de Satán’.”
La carta de Esmirna describiendo el martirio
de San Policarpo
El martirio de Policarpo se describe en una carta de la Iglesia de Esmirna
a la Iglesia de Philomelium “ y a todas las comunidades de la santa
Iglesia universal”, etc. La carta comienza con un relato de la persecución
y el heroísmo de los mártires. Notorio entre ellos fue un
tal Germánico, que animó al resto, y cuando fue expuesto
a las fieras, les incitó a matarlo. Su muerte excitó la
furia de la multitud, y se alzó el grito “Fuera con los ateos;
que busquen a Policarpo”. Pero hubo un tal Quinto, que por su propia
voluntad se había entregado a los perseguidores. Cuando vio a las
fieras perdió el valor y apostató. “Por lo cual”,
comentan los autores de la epístola, “no alabamos a los que
se entregan, puesto que el Evangelio no nos lo enseña así”.
Policarpo fue persuadido por sus amigos a dejar a la ciudad y ocultarse
en una granja. Aquí pasó su tiempo en oración, “y
mientras rezaba cayó en un trance tres días antes de su
aprehensión; y vio su almohada ardiendo con fuego. Y se volvió
y dijo a los que estaban con él, ‘debe ser que seré
quemado vivo’”. Cuando sus perseguidores estaban tras su rastro
se fue a otra granja. Al ver que se había ido torturaron a dos
jóvenes esclavos, y uno de ellos reveló su escondite. Herodes,
jefe de la policía, envió un grupo de hombres a detenerle
el viernes por la tarde. Aún era posible la huída, pero
el anciano rehusó escapar, diciendo, “hágase la voluntad
de Dios”. Bajó a encontrar a sus perseguidores, conversó
afablemente con ellos, y mandó que les pusieran comida. Mientras
estaban comiendo rezó “recordando a todos, altos y bajos,
a los que se había encontrado en algún momento, y a la Iglesia
Católica de todo el mundo”. Luego fue llevado afuera. Herodes
y el padre de Herodes, Nicetas, se le reunieron y lo llevaron en su carruaje,
donde intentaron inducirlo a que salvara su vida. Viendo que no podían
persuadirlo, lo hicieron salir del carruaje con tanta prisa que se magulló
la espinilla. Siguió a pie hasta que llegaron al Estadio, donde
una gran multitud se había reunido, al oír la noticia de
su aprehensión. “Cuando Policarpo entró en el Estadio
le llegó una voz del cielo: ‘Sé fuerte, Policarpo,
y haz papel de hombre.’ Y nadie vio al que hablaba, pero los de
nuestra gente que estaban presentes oyeron la voz.” Fue al procónsul,
cuando le urgía a maldecir a Cristo, al que Policarpo dio su célebre
respuesta: “Ochenta y seis años le he servido, y no me ha
hecho daño. ¿Cómo puedo entonces maldecir a mi Rey
que me salvó?” Cuando el procónsul hubo terminado
con el prisionero era demasiado tarde para echarlo a las fieras, pues
los juegos habían acabado. Se decidió, por tanto, quemarlo
vivo. La multitud se encargó de reunir el combustible, “
ayudando en esto con celo muy especial los judíos, como es su costumbre”
(cf. el Martirio de Pionius). El fuego, “como la vela de un navío
henchida por el viento, hizo un muro alrededor del cuerpo” del mártir,
dejándolo ileso. Se ordenó al verdugo que lo apuñalara,
y acto seguido, “salió tal cantidad de sangre que apagó
el fuego”. (La historia de la paloma saliendo del cuerpo probablemente
surgió de una corrupción textual. Ver Lightfoot, Funk, Zahn.
Puede haber sido una interpolación del pseudo-Pionius).
Los funcionarios, incitados a ello por los judíos, quemaron el
cuerpo no fuera que los cristianos “abandonaran el culto del Crucificado,
y empezaran a adorar a este hombre”.
Los huesos del mártir fueron recogidos por los cristianos, y enterrados
en un lugar adecuado. “Entonces el bienaventurado Policarpo fue
martirizado el segundo día del mes de Kanthicus, el séptimo
día antes de las Kalendas de Marzo, un gran Sabbath a la hora octava.
Fue aprehendido por Herodes... en el proconsulado de Estacio Quadrato
etc.” Este escrito da los hechos siguientes: el martirio tuvo lugar
un sábado que caía en 23 de Febrero. Ahora bien, hay dos
años posibles para esto, el 155 y el 166. La elección depende
de en cuál de los dos fuera Quadrato procónsul de Asia.
Mediante los datos cronológicos suministrados por el retórico
Aelio Arístides en ciertos detalles autobiográficos que
proporciona, Waddington, que es seguido por Lightfoot (“St.
Ignatius and St. Polycarp”, I, 646 y s.), llegó a la
conclusión de que Quadrato fue procónsul en 154-55 (el año
del cargo proconsular comenzaba en Mayo). Schmid, de cuyo sistema se encontrará
un completo informe en la “Chronologie” de Harnack,
argumentando sobre los mismos datos, llegó a la conclusión
de que el proconsulado de Quadrato cayó en 165-66. Durante algún
tiempo pareció como si fuera probable que prevaleciera el sistema
de Schmid, pero ha fallado en dos puntos:
Arístides nos cuenta que nació cuando Júpiter estaba
en Leo. Esto sucedió tanto en 117 como en 129. El sistema de Schmid
precisa de la última de estas dos fechas, pero se ha descubierto
que la fecha es imposible. Arístides tenía cincuenta y tres
años y seis meses de edad cuando un tal Macrino fue gobernador
de Asia. “Ahora bien Egger (en el ‘Jahreshefte’ Austriaco,
Noviembre de 1906) ha publicado una inscripción que registra la
carrera de Macrino, que se le erigió mientras estaba gobernando
Asia, y señalaba que como el nacimiento de Arístides fue
o bien en 117 o en 129, el gobierno de Macrino debía haber sido
o en 170-71 o en 182-83, y ha demostrado que esta última fecha
es imposible”. (Ramsay en “The Expository Times”,
Enero de 1907).
Arístides menciona a un Juliano que fue procónsul de Asia
nueve años antes de Quadrato. Ahora, hubo un Claudio Juliano, que
está probado por evidencia numismática y epigráfica
que fue procónsul de Asia en 145. Schmid adujo un Salvio Juliano
que fue cónsul en 148 y podía, por tanto, haber sido el
Procónsul de Asia mencionado por Arístides. Pero una inscripción
descubierta en África que da toda la carrera de Salvio Juliano
echa por tierra la hipótesis de Schmid. El resultado de la nueva
prueba es que Salvio Juliano nunca gobernó Asia, pues era procónsul
de África, y no se permitía que la misma persona tuviese
ambos altos cargos. La norma es bien conocida; y la objeción es
decisiva e insuperable (Ramsay, “Expos. Times”, Febrero
de 1904. Ramsay remite a un artículo de Mommsen, “Savigny
Zeitschrift für Rechtgeschichte”, xxiii, 54). El sistema
de Schmid, por tanto, desaparece, y el de Waddington, pese a algunas dificultades
muy reales (el proconsulado de Quadrato muestra una tendencia a desplazarse
un año de su sitio), es el dominante. Subsiste, naturalmente, la
posibilidad de que el escrito fuera interpolado por una mano posterior.
Pero 155 debe ser aproximadamente correcto si San Policarpo fue nombrado
obispo por San Juan.
Hay una vida de San Policarpo por el pseudo-Pionius, compilada probablemente
a mediados del Siglo IV. Es “enteramente sin valor como contribución
a nuestro conocimiento de Policarpo. En cuanto conocemos, no descansa
en ninguna tradición, antigua o tardía, y puede probablemente
ser considerada como una ficción del propio cerebro del autor.”
(Lightfoot, op. cit., iii, 431). El post-scriptum de la carta a los de
Esmirna: “Gayo copió este relato de los papeles de Ireneo...
y yo, Sócrates, lo escribí en Corinto...y yo, Pionius lo
escribí de nuevo”, etc. probablemente procede del pseudo-Pionius.
Los muy abundantes extractos de la carta de los de Esmirna dados por Eusebio
son una garantía de la fidelidad del texto en los manuscritos que
nos han llegado.
F.J.BACCHUS
Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Francisco Vázquez