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Nació el 31 de Enero de 1597, en el pueblo de Fontcouverte (departamento
de Aude); falleció en la Louvesc, el 30 de Diciembre de 1640. Su padre,
Juan, un acaudalado comerciante, había recibido recientemente su título
de nobleza, en reconocimiento por el importante rol que había desempeñado
en las Guerras de la Liga. Su madre, Margarita de Cugunhan, pertenecía
por nacimiento a la nobleza terrateniente de esa parte de Languedoc. Ambos, son
gran preocupación cristiana, cuidaron la educación inicial de su
hijo, cuyo único temor era disgustar a sus padres o tutores. La más
leve dureza en las palabras lo volvía inconsolable, y le anulaba sus facultades
juveniles.
Cuando cumplió catorce años, fue enviado a proseguir
sus estudios en el colegio Jesuita en Béziers. Su comportamiento era
ejemplar y era muy dado a las prácticas de devoción, en tanto
que su buen humor, franqueza y ganas de estar bien con todos, pronto le ganaron
la buena voluntad de sus camaradas. Pero Francisco no amaba lo mundano, e incluso
durante sus vacaciones vivía retirado, dedicado al estudio y la oración.
Sólo en una ocasión se permitió la diversión de
la cacería de animales salvajes. Al término de sus cinco años
de estudiar humanidades, la gracia y sus inclinaciones ascéticas le llevaron
a abrazar la vida religiosa bajo la norma de San Ignacio de Loyola.
Ingresó al noviciado Jesuita de Toulouse el 8 de Diciembre
de 1616, el día de la Fiesta de la Inmaculada Concepción de María.
Aquí se distinguió por su fervor extremo, que jamás flaqueó,
ni en Cahors, donde estudió retórica durante un año (Octubre
1618-Octubre 1619), ni durante los seis años que enseñó
gramática en los colegios de Billom (1619-22), de Puy-en-Velay (1625-27),
de Auch (1627-28), ni en los tres años que estudió filosofía
en el escolasticado de Tournon (Octubre 1622-Octubre 1625). En este tiempo,
a pesar que tenía a su cargo la esforzada función de la oficina
del regente, hizo sus primeros intentos como predicador. En los días
festivos le encantaba visitar los pueblos y las aldeas de las cercanías,
ofreciendo enseñanza informal que, nunca dejaba --según testigos
que le habían escuchado -- de causar una profunda impresión en
los presentes.
Dado que ardía en él el deseo de dedicarse totalmente
a la salvación de su prójimo, aspiraba a ser sacerdote con todo
su corazón. Con ese objetivo, comenzó en Octubre de 1628, sus
estudios teológicos. Los cuatro años que se suponía debía
dedicar a los mismos le parecían tan largos, que finalmente imploró
a sus superiores que le disminuyeran ese plazo. Su solicitud fue aprobada y
en consecuencia Francisco presidió su primera Misa un domingo de la Santísima
Trinidad, el 15 de Junio de 1631; pero, de otro lado, de conformidad con los
estatutos de su orden, que requerían tener los estudios completos, no
fue admitido a la profesión solemne de los cuatro votos. En esa época,
la plaga asolaba Toulouse. El flamante sacerdote se apresuró a ofrecer
los primeros frutos de su apostolado a las infortunadas víctimas. A comienzos
de 1632, luego de haber contribuido a superar discrepancias familiares en Fontcouverte,
su lugar de nacimiento, y habiendo vuelto a dictar una clase de gramática
en Pamiers, sus superiores lo destinaron definitivamente al duro trabajo misionero.
Este se convirtió en el trabajo de los últimos diez años
de su vida. Es imposible contar las ciudades y localidades que fueron escenario
de su celo. Al respecto, el lector debe consultar a su biógrafo moderno,
el Padre de Curley, quien mejor ha logrado reconstruir el itinerario de este
hombre santo. Sólo necesitamos mencionar que desde Mayo de 1632 hasta
Setiembre de 1634, su base fue el colegio Jesuita de Montpellier, desde donde
trabajó para la conversión de los Hugonotes, visitando los hospitales,
apoyando a los necesitados, salvando del vicio a las jóvenes y mujeres
de mal vivir, y predicando con celo incansable la doctrina católica a
los niños y los pobres. Posteriormente (1633-40) él evangelizó
en más de cincuenta distritos en le Vivarais, le Forez, y le Velay. En
todas partes desplegaba el mismo espíritu, la misma intrepidez, que eran
recompensadas por las conversiones más sorprendentes. "Todos",
escribió el rector de Montpellier al general de los Jesuitas, "están
de acuerdo en que el Padre Regis tiene un talento maravilloso para las Misiones"
(Daubenton, "La vie du B. Jean-François Régis", ed.
1716, p. 73). Pero no todos apreciaban la emoción de su celo. En ciertos
lugares se le reprochaba por ser impetuoso y entrometido, por alterar la paz
de las familias con una caridad indiscreta, por predicar no con sermones evangélicos
sino con sátiras e insultos que a nadie convertían. Algunos sacerdotes,
que sentían criticado su propio estilo de vida, decidieron arruinarlo,
y por lo tanto lo denunciaron ante el Obispo de Viviers. Ellos habían
preparado su plan con tal perfidia y habilidad, que el obispo mismo quedó
prejuiciado por un tiempo. Pero fue sólo una nube pasajera. La influencia
de la mejor gente por un lado, y la paciencia y humildad del santo, por el otro
lado, pronto lograron refutar la calumnia e hicieron que brillara con renovado
esplendor el ardor discreto y la intensidad espiritual de Regis (Daubenton,
loc. dit., 67- 73). Ciertamente que menos moderado era su amor por la mortificación,
que él practicaba con rigor extremo en todas las ocasiones, sin que le
afectara en lo mínimo su carácter. Al regresar a casa una noche,
después de un día de duro trabajo, uno de sus cofrades le preguntó,
con una sonrisa: "Bueno, Padre Regis, hablando francamente, ¿no
se siente usted muy cansado?" "No", fue la respuesta, "Estoy
tan fresco como una rosa." Luego, él tomó sólo un
tazón de leche y un poco de fruta, que generalmente constituían
su almuerzo y cena, y finalmente, después de largas horas de oración,
se acostó sobre el piso de su habitación, el único lecho
que conocía. Él deseaba fervientemente ir a Canadá, que
en ese entonces era una de las misiones de la Sociedad de Jesús donde
se corrían los mayores riesgos. Habiendo sido rechazado, finalmente él
buscó y obtuvo permiso del general para pasar seis meses del año,
y en los terribles meses del invierno, en las misiones de la sociedad. El resto
del tiempo él lo dedicaba las labores más ingratas en las ciudades,
especialmente al rescate de las mujeres públicas, a quienes ayudaba a
perseverar después de su conversión, abriendo para ellas refugios
donde encontraban medios honestos para ganarse la vida. Como la más delicada
de sus tareas, ésta le absorbía una gran parte de su tiempo y
le causaba muchas molestias, pero la fortaleza de su alma estaba encima de los
peligros que él corría. Frecuentemente, hombres de vida disipada
le apuntaba con un arma de fuego o le colocaban un cuchillo en la garganta.
Él ni siquiera cambiaba de color, y el brillo de su rostro, su intrepidez,
y la fuerza de sus palabras les hacían caer las armas de sus manos. Él
era más sensible a la oposición que ocasionalmente provenía
de quienes debían apoyar su valor. Su trabajo entre penitentes le llevaba
a extremar su celo para emprender esfuerzos muy grandes. Sus superiores, como
afirman con toda claridad sus primeros biógrafos, no siempre compartían
su optimismo, o mejor dicho, su inconmovible fe en la Providencia, y algunas
veces ocurría que ellos se alarmaban con los proyectos de caridad de
él y le expresaban su desaprobación. Esta fue la cruz que le causaba
el mayor sufrimiento al santo, aunque para él era suficiente que la obediencia
hablara: él silenciaba todos los murmullos de la naturaleza humana y
abandonaba sus designios más queridos. Setenta y dos años después
de su muerte, un eclesiástico francés, quien consideraba tener
una queja contra los Jesuitas, circuló la leyenda de que hacia el final
de su vida, San Juan Francisco Regis había sido expulsado de la Sociedad
de Jesús. Se dieron muchas versiones diferentes, pero finalmente los
enemigos de los Jesuitas convinieron en la versión de que la carta del
General que le anunciaba a Juan su expulsión fue enviada desde Roma,
pero que se demoró en llegar a su destino, siendo entregada unos días
después de que falleciera el santo. Esta calumnia no resiste el más
ligero análisis. (Para su refutación, ver de Curley, "St.
Jean-François Régis", 336-51; más breve y completamente
en "Analecta Bollandiana", XIII, 78-9.) Fue en lo más fuerte
del invierno, en la Louvesc, una pobre aldea en las montañas de Ardèche,
después de haber gastado con valor heroico la poca fuerza que le quedaba,
y mientras estaba contemplando la conversión de the Cévennes,
que sobrevino la muerte del santo, el 30 de Diciembre de 1640. No hubo atraso
en disponer las investigaciones canónicas. El 18 de Mayo de 1716, Clemente
XI emitió el decreto de beatificación. El 5 de Abril de 1737,
Clemente XII promulgó el decreto de canonización. Benedicto XIV
estableció el 16 de Junio como su día festivo. Pero inmediatamente
después de su muerte, Regis fue venerado como santo. Los peregrinos llegaron
masivamente a su tumba, y desde entonces la afluencia sólo se ha incrementado.
Debe mencionarse el hecho de que una visita efectuada en 1804 a los restos del
Apóstol de Vivarais fue el comienzo de la vocación del Blessed
Curé of Ars, Juan Bautista Vianney, a quien la Iglesia elevó,
a su turno, a los altares. "Todo lo bueno que yo haya hecho ", dijo
mientras agonizaba, "se lo debo a él" (de Curley, op. cit.,
371). El lugar donde murió Regis ha sido transformado en una capilla
mortuoria. Cerca hay un arroyo de agua fresca, al cual los devotos de San Juan
Francisco Regis atribuyen curaciones milagrosas por su intercesión. La
antigua iglesia de la Louvesc ha recibido (1888) el título y los privilegios
de una basílica. En este lugar sagrado se fundó a comienzos del
siglo diecinueve el Instituto de las Hermanas de San Regis, o Hermanas del Retiro,
mejor conocidas bajo el nombre de la Religiosas del Cenáculo; y fue la
memoria de su celo misericordioso a favor de tantas infortunadas mujeres caídas
lo que originó la ahora floreciente obra de San Francisco Regis, cual
es apoyar a la gente pobre y trabajadora que desea contraer matrimonio, y que
principalmente se centra en lograr que las uniones ilegítimas alcancen
la conformidad con las leyes Divinas y humanas.
Además de las biografías mencionadas en CARAYON,
Bibliographic historique de la Compagnie de Jésus, nn. 2442-84, debe
mencionarse las vidas más recientes: DE CURLEY, St. Jean-François
Régis (Lyons, 1893), que, junto con la obra de DAUBENTON -- frecuentemente
reimpresa --es la historia más completa de Regis; CROS, Saint Jean-François
Régis (Toulouse, 1894), en la que la parte nueva consiste de documentos
sin editar referidos a la familia del santo. Entre sus biógrafos iniciales
LABRONE, un alumno del santo, ocupa un lugar sin paralelo por el encanto, la
sinceridad y el valor documentario de su relato. Su libro apareció en
1690, diez años después de la muerte del santo.
FRANCIS VAN ORTROY
Transcrito por Robert B. Olson
Ofrecido a Dios Todopoderoso por Philip Tighe
Traducido al español por Manuel Guevara
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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