El emperador Francisco I de Austria, el rey Federico Guillermo
III de Prusia, y el Zar Alejandro I de Rusia, firmaron un tratado
el 26 de septiembre de 1815, por el cual se unieron en una Santa
Alianza. Aunque en sí un acto político, el tratado,
en su contenido, fue una declaración puramente religiosa en su carácter. Teniendo en mente los grandes eventos que se
dieron con la caída de Napoleón,
y en gratitud hacia Dios
por las bendiciones hacia sus pueblos, los tres monarcas declararon
su firme resolución de utilizar como única regla de su futura administración,
tanto en asuntos internos como externos, los principios de la religión
Cristiana: justicia, amor y paz. Declararon que, lejos
de ser solamente valiosa para la vida individual, la moral cristiana
es también la mejor guía para la vida pública. Como consecuencia,
los gobernantes declararon su mutua fraternidad, por medio de la cual,
no solamente se apoyarían entre sí, sino que se abstendrían de guerrear,
y guiarían sus asuntos y sus ejércitos en la misma forma.
Declararon que administrarían para guiar a tres grandes ramas
de la familia cristiana de naciones; sin embargo, el legítimo Señor
de las naciones seguiría siendo Aquel a quien todo el poder pertenece:
nuestro Divino Salvador, Jesucristo. Expresaron así mismo que manejarían todos sus
asuntos en forma delicada para fortalecer sus tareas diarias con los
principios y las prácticas de las enseñanzas del Salvador, porque
esta era la única forma de mantener la alegría duradera que da la
paz que nace de una buena conciencia. Para concluir, invitaron a todos
los poderes a que se hicieran miembros de la Alianza. De hecho, Luis
XVIII de Francia se les unió el 19 de noviembre y hasta el Príncipe
Regente de Inglaterra hizo lo mismo.
El mundo había aprendido a no esperar de los estadistas documentos
oficiales en los que prevaleciera un tono religioso. Cuando el texto del acuerdo se conoció a principios
de 1816, los hombres vieron en esa Alianza el producto de una estrecha
relación entre política y religión. En cierta manera, el mundo sospechaba
que era una unión solapada de gobernantes e iglesias, en especial
entre los dirigentes y el papado, en contra de las naciones y en contra
de su libertad. Porque además
del éxito de la Revolución y de Napoleón
y el brusco cambio, nada llamaba más la atención del público como
el renacimiento universal de la fe en las almas de los hombres, el
pensamiento cristiano y la Iglesia Católica.
Este cambio inesperado fue visto con sospecha, ya que era algo
contrario a todos los prejuicios que se habían desarrollado como consecuencia
del racionalismo del siglo XVIII. Se consideró además posible que
los vencedores de Napoleón se hubiesen unido
a través de la Santa Alianza con la Iglesia, la que estaba recuperando
su antiguo poder, para que con su ayuda, se opusieran, por el beneficio
del absolutismo papal y real, al desarrollo liberal de
los estados y de la civilización.
El juicio de la opinión pública, el cual es siempre superficial,
mostró señales como evidencia de los hechos que se suponían existían
detrás de dicha alianza. Entre ellos, tomados como pruebas, estaban
tal vez, la restauración de los Estados de la Iglesia por parte de
los Poderes, o la información casual y confusa que el público gradualmente
infería de las poderosas ideas de José de Maistre, o de opiniones
más circunscritas como las de Bonald, de Haller y de otros.
Realmente la Iglesia, es decir su cabeza, los consejeros papales
y los obispos, vieron la alianza con frialdad, ya que ésta había acogido
a cismáticos, a herejes y a ortodoxos, mientras que el catolicismo,
es decir la totalidad de los individuos católicos y las masas que
formaban parte de la vida pública de las naciones y de los estados,
veían a la alianza con recelo y hostilidad. Que haya habido excepciones
individuales no prueban lo contrario, en opinión de este escritor.
En este caso, como ocurre a menudo en la historia, las palabras
que parecían tener mayor importancia excitaron las nociones más extravagantes
sobre el contenido y la influencia del enunciado. El siguiente es el testimonio del Príncipe Metternich, la
persona más familiarizada con el tema y uno que, cercano al Zar, tuvo
mucho que ver con el establecimiento de la Alianza:
La Santa Alianza,
incluso ante los prejuiciados ojos de su creador {el Zar}, no tuvo
otro objetivo que el de ser un manifiesto moral, mientras que a los
ojos de otros signatarios del documento, carecía incluso de este valor,
y consecuentemente no justificaba ninguna de las interpretaciones
que al final el espíritu partidista le quiso dar. La prueba más irrefutable
de la verdad de este enunciado es, probablemente, la circunstancia
de que, en todo el siguiente período, no se hizo mención sobre la
Santa Alianza en la correspondencia de un gabinete con el otro.
La Santa Alianza no era una institución para suprimir los derechos
de las naciones, para promover el absolutismo o a cualquier clase
de tiranía. Era únicamente
un reflejo de los sentimientos piadosos del Emperador Alejandro y
la aplicación de los principios cristianos a la política.
Esta
cita nos da el enunciado real respecto a los hechos, así como respecto
al factor personal que existió para fundar la Alianza, que no fue
nada más que el sentimiento piadoso del zar en ese momento.
El vigoroso despertar del sentimiento religioso, provocó, especialmente
en relación con el renacimiento del pensamiento cristiano, muchas
manifestaciones místicas y espirituales confusas y obscuras que tuvieron
una tendencia reaccionaria. Desde
junio de 1815, el zar cayó bajo el hechizo de una de estas tendencias
místico-espirituales, a través de la influencia de la Baronesa von
Krudener, dama de ascendencia ruso-germana quien realmente era una
visionaria religiosa. Sin ambicionar ejercer poder político, parece
sin embargo que convenció a Alejandro con la idea de que los príncipes
debían gobernar de acuerdo al dictado de la religión y bajo una forma
religiosa. Mientras que la dama tenía totalmente la intención de hacer sobresalir
los ideales religiosos, Alejandro de inmediato dio una forma política
a la sugerencia cuando entusiasmado, y con este objetivo en mente,
concibió y formuló el tratado sobre el que se basó la Santa Alianza. Su demanda no fue bienvenida por los estadistas
de mente práctica como Metternich ni por los prusianos,
pero sin embargo no consideraron necesario rechazar la propuesta.
Atacaron meramente lo que era más objetable para ellos y Metternich calladamente
reemplazó toda la alianza por la Alianza puramente política del 20
de noviembre de 1815 entre Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra, por
el Tratado de Aachen del 18 de octubre de 1818, y por los acuerdos
logrados en los Congresos de Troppau (1820), Laibach (1821), y Verona
(1822).
Sin embargo, la expresión Período de la Santa Alianza
tuvo cierta justificación para los políticos europeos de los años
1815-1823, es decir durante la época cuando la influencia de Metternich estaba en su
apogeo. Una rápida revisión de hechos lo probarán. Pero el término
no debe ser tomado muy literalmente; por otro lado, debe admitirse
que la historia, al caracterizar un período, se inclina a utilizar
expresiones que sean fáciles y notorias más que definiciones exactas.
Durante los años 1814 y 1815, se firmaron varios tratados entre
diferentes países de Europa. En
esta serie, la Santa Alianza constituyó meramente un enlace y, en
sentido práctico, fue el menos importante de todos; fue también el
único tratado de carácter religioso.
Sin embargo, todos estos tratados tuvieron algo en común.
Revivieron la idea de una Europa centralizada en la que los
derechos de los estados individuales parecían estar limitados por
los deberes que cada uno de esos estados tenían respecto al colegiado
de estados al que pertenecían. Los
signatarios anunciaron el fin de la guerra que se había mantenido
desde la Guerra de los Treinta Años, por parte de aquellos poderes
e intereses acaparadores que tomaban en consideración solamente el
ratio status. Posteriormente determinaron que todas las demandas
políticas justas fueran satisfechas, que los grandes Poderes estuviesen
saturados, y en este aspecto, introdujeron en la ley internacional
el concepto de una responsabilidad europea común, cuya aplicación
iba a estar asegurada por acuerdo de los grandes Poderes en la medida
en que se presentaran los casos.
Esta responsabilidad común iba a ser usada para la promoción
liberal de los aspectos económicos, intelectuales y sociales, pero
el liberalismo político iba a ser suprimido o mantenido bajo control
para reservar la administración de los asuntos públicos a los gobiernos
como se había determinado especialmente. La renovación de la responsabilidad común de
los estados europeos, y del esquema de administración considerado
para ello, puede ser visto como la obra más característica de Metternich.
El deseo de esta responsabilidad conjunta se había desarrollado
gradualmente a partir de las ideas de la política austriaca del siglo
XVIII, y había sido expresada ya en los documentos que Kaunitz escribió
en su vejez. Ahora ya se había formulado y hecho realidad por parte
del más grande estadista de Austria. Sin embargo, entre las épocas
de Kaunitz y de Metternich, había aparecido
el renacimiento del sentimiento religioso en Europa. Las mentes de los hombres, se volvieron una
vez más hacia el Cristianismo y hacia la Iglesia. En forma involuntaria,
el curso del pensamiento europeo, incluso aquél de los estadistas
más duros, volvióse nuevamente a subordinar a las categorías del pensamiento
cristiano. Lo poco que Metternich se inclinó personalmente
a basar sus puntos de vista politicos en la religion, no le hizo abandonar
su idea de una responsabilidad común de las naciones; y su inclinación
hacia la paz tenía un parecido a los ideales medievales de la unidad
cristiana de naciones y de una civilización común. Tenía incluso una idea exagerada de tal semejanza,
al igual que la tuvieron sus contemporáneos. Como una consecuencia
de esta sobre-estimación, (porque en verdad sus ideas estaban enraizadas
en el racionalismo) permitió que estos puntos de vista salieran a
la luz, aunque solo fuera por un momento, en las palabras de la Santa
Alianza como la apropiada aplicación de los principios del Cristianismo
a la política." Debido a la falta de resistencia que mostró hacia
el zar, sus contemporáneos infirieron que la alianza proclamaba un
retorno a los tiempos en que el papado y la Iglesia clamaban y ejercían
el derecho de guiar a la respublica christiana. Es así como
los hechos históricos son deformados y hechos confusos por parte de
la imaginación, tanto del individuo como de las multitudes. La Santa Alianza se convirtió en el fantasma
de la reacción mientras que en realidad, como cualquier otra cosa
que incluso en forma distante armonizaba con el Cristianismo, fue
una ventaja para Europa y le aseguró la paz durante una generación
así como un desarrollo extraordinario de la civilización.
MARTIN SPAHN
Transcribed
by Beth Ste-Marie
Traducido por: Dr. Raúl Toledo, El Salvador